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Una
tarde, ya en pleno otoño, llegó a la plaza del pueblo caminando muy
lentamente, como si pesaran sobre él todos los siglos vividos por el
hombre en este mundo desde que se irguiera sobre sus piernas y
comenzara a preguntarse el porqué de los fenómenos que la naturaleza
mostraba ante sus sentidos. Despacio, con la mirada perdida en sabe
Dios qué paisajes, se acercó al bar (el único a varios kilómetros a
la redonda) que mostraba a lo ancho de su fachada un letrero
lumínico con este mensaje lleno de optimismo: “La Copa de la
Alegría”. En las mesas de la terraza entoldada se reunían día a día
los miembros de la autotitulada Peña de los Eternos Jóvenes,
que no eran tan eternos como su nombre indicaba, pues de vez en
cuando alguno de ellos se marchaba a dormir el sueño ídem al plácido
cementerio que se levantaba en las afueras, en la cima de una colina.
Mientras jugaban cartas y bebían unas copas de vino discutían de
todo y de todos...de la política al deporte, de los últimos chismes
del pueblo al costo de la vida. Todo ello en medio de un jolgorio
que daba envidia a los chicos del pueblo y que el cura, en un
principio trató de apaciguar, - quejándose incluso ante el alcalde -
que de más está decir, formaba parte de la peña, por lo que el cura
decidió hacer las paces con todos y participar de vez en cuando del
jolgorio, aunque con cierta moderación, como él acostumbraba a
decirle a sus feligreses y amigos.
En medio de
los gritos y alguna que otra palabrota, la mirada de Mario, uno de
los miembros más respetados del grupo, no sólo por su estatura y
gruesa humanidad, sino también por su gran corazón, como proclamaba
el cura a los cuatro vientos, se encontró con la del recién llegado,
que por una razón desconocida, decidió pararse frente a él,
mirándolo fijamente, apenas sin pestañear. Pese al agotamiento, su
cuerpo era fuerte, con patas musculosas y su pelo corto color café
brillaba, como si el polvo del camino jamás se hubiera posado en él.
Era imposible adivinar su raza, pues, como pensó Mario en ese
momento, en ese perro se fundían todas las razas conocidas.
- ¡Eh Perucho! -
Bramó Mario llamando a uno de los meseros.
- Tráele algo de
comer a este amigo, que por la cara que tiene, se nota que hace
varios días que no ve - ni en sueños - un pedazo de carne.
- ¿Qué amigo? -
Contestó el mesero.
- ¡Joder! -
Retumbó la voz de Mario, acallando de pronto el bullicio.
- ¿Estás ciego,
coño? - Y señalando al perro continuó:
- Este es mi
amigo Sansón y tiene hambre, así que vamos, ¡alimentad al hambriento,
como buenos cristianos!
La atención de
todos en el bar se enfocó en el perro, que devoraba casi sin
masticar los alimentos que Perucho había puesto ante él.
- Oye Mario -
dijo uno de los parroquianos. - ¿Tú conoces al dueño de este perro?-
- ¡No hombre! Primera vez en mi vida
que lo veo.
- Y entonces... ¿por
qué le llamaste Sansón?
- Porque se ve un
animal fuerte y noble, como Sansón que, ¡claro!, no era animal. Por
eso y porque me dio la gana, lo bauticé así... ¡Señores: les
presento a un nuevo miembro de esta peña...mi amigo Sansón!
Todos aplaudieron,
gritaron y brindaron por Sansón una y otra vez, mientras que el
homenajeado, ajeno a tantos honores recibidos, seguía engullendo
bocado tras bocado. Mario le acariciaba suavemente, mientras
le decía:
- ¡Joder, Sansón! Tu hambre viene
desde antes del Diluvio.
Terminó Sansón su
festín y después de un espectacular y sonoro eructo, se echó a los
pies de Mario, hundiéndose en una reparadora siesta.
Desde ese
día, pese a las protestas de Pilar, la esposa de Mario, Sansón pasó
a ser parte de la familia y de la peña del bar, participando de las
discusiones con sus sonoros y potentes ladridos y de la vida
cotidiana de aquel tranquilo pueblo, enmarcado en un hermoso valle
en medio de las montañas con sus picos nevados en invierno y sus
verdes bosques que en primavera envolvía con el aroma de sus flores
la tranquilidad de sus habitantes. Aunque Sansón ya tenía una
familia, no tenía dueño. Para Mario lo más preciado para todo ser
viviente debía ser la libertad. Por eso, al llegar a la casa el
primer día y después de un baño que al perro no le gustó mucho, pero
que aceptó resignado, le dijo:
- Escucha bien
esto que te voy a decir, porque todo lo que tengo de grande y fuerte
lo tengo también de sincero.
Sansón se sentó
sobre sus patas traseras y paró bien las orejas, como un soldado en
posición de atención.
- Esta es tu casa
y tu familia...incluyendo a Pilar, que aunque se cabreó con tu
llegada, es una gran mujer y te va a querer como quiere a todos en
esta casa y en el pueblo.
- Pero en fin,
volviendo a donde quería llegar. Somos tu casa y tu familia, pero no
tus amos. Todos los seres vivos somos libres por derecho. Por
lo tanto, puedes entrar y salir de aquí cada vez que lo desees,
aunque no confundas esto con libertinaje, porque entonces sí vamos a
tenerla en grande. El pueblo es tuyo, el mundo también y puedes
estar aquí hasta el día que desees... ¿de acuerdo?
Sansón puso sus
patas delanteras en las rodillas de Mario, soltó un fuerte ladrido y
se fue a deambular por el amplio patio. Mientras lo miraba alejarse,
Mario pensaba:
“Carajo...este
perro es un humano con cuatro patas. Creo que vamos a ser buenas
migas.”
Tomando al
pie de la letra los conceptos de Mario sobre la libertad, Sansón
recorría el pueblo a diario. En cada casa tenía las puertas abiertas,
jugaba con los chicos en la plaza, visitaba al cura en la sacristía.
A propósito, el cura le comentaba a Mario, mirando al Cielo y
pidiéndole perdón a Dios, que aquel perro parecía un cristiano.
También Sansón era huésped de honor del alcalde en el Ayuntamiento;
allí entraba y salía cada vez que le venía en ganas e incluso
participaba, silencioso, en las sesiones del Consejo Municipal.
Igualmente en el Cuartel de la Guardia Civil era siempre bienvenido
y ya le habían otorgado sus grados: en el Cuartel era el “teniente”
Sansón. Al terminar su diaria rutina pueblerina, incluso visitaba a
los enfermos, se dirigía fiel y puntualmente cada tarde al bar a
compartir con sus amigos y, ¿por qué no?, tomarse una copa de vino.
Una sola, porque Mario no le permitía copas de más.
- En esto de las
copas- le decía Mario a Sansón, - no hay libertad, pues no debe
haber un espectáculo más ridículo que un perro borracho... ¡joder!
Los meses y
las estaciones seguían pasando por aquel tranquilo pueblo, solamente
alterado por los nacimientos, las muertes, los partidos de fútbol en
la televisión y, claro, por el jolgorio de la peña. A esto de los
nacimientos también contribuyó Sansón, pues resultó galán y tuvo sus
aventuras amorosas. Estas aventuras en ocasiones fueron algo
tormentosas, como ocurrió con la perra del alcalde, ya que ésta
tenía su pedigrí (con papeles incluidos) y la alcaldesa se molestó
mucho al atrapar a Sansón in fraganti en medio de la faena con Susy,
que así se llamaba la perrita y que se convirtió en mamá de cuatro
cachorritos. Por suerte, la sangre no llegó al río y todo se
solucionó civilizadamente entre vecinos, aunque no por ello se libró
Sansón de las diatribas que le lanzó Mario en medio de una cólera
apocalíptica, amenazándolo incluso con castrarlo. Pero, pronto Mario
se olvidó de la castración y Sansón siguió gozando de sus atributos
naturales.
Una madrugada de
invierno, Sansón se despertó sobresaltado con el ir y venir de la
familia y las luces de la casa todas encendidas. Se desperezó
rápidamente y se encaminó a ver qué pasaba. Llegó al cuarto de
Mario y lo encontró en la cama, con la mirada perdida en el techo de
la habitación, rodeado de la familia que trataba de consolar a Pilar,
quien lloraba desconsoladamente. De golpe, Sansón comprendió todo.
Su amigo, aquel hombre fuerte y a la vez bonachón; que había
cambiado su vida, dándole no sólo un hogar, sino también todo un
pueblo en el que por primera vez se sintió verdaderamente feliz, ya
no estaría más a su lado. La muerte, inevitable, lo llevaba a otros
rumbos, más allá de nuestro entendimiento.
Todo el
pueblo acompañó a Mario al cercano cementerio en la colina, con
Sansón marchando a la cabeza, delante de la carroza fúnebre. Ante la
tumba habló el alcalde, el cura, el jefe de la Guardia Civil,
mientras que un nudo apretaba las gargantas de todos aquellos
vecinos que nacieron, se criaron y vivieron juntos en aquel pueblo,
como una gran familia.
Al invierno
le sucedió la primavera. A la primavera, el verano y la vida
sosegada siguió adelante. La peña seguía reuniéndose a diario en el
bar, donde Sansón, sin proponérselo, había tomado el sitio dejado
por Mario. Le preguntaban su opinión sobre cualquier tema y Sansón
ladraba fuertemente, sorbiendo, por supuesto, su diaria ración de
vino. Una tarde, Sansón no apareció por el bar y rápidamente uno de
los amigos fue a casa de Mario a indagar.
-Pues no
sé- le dijo
Pilar- Salió como
siempre en la mañana a deambular por ahí.
Aunque,
a decir verdad,
hace varios días que lo noto algo extraño, triste.
De inmediato
comenzó por todo el pueblo la búsqueda de Sansón, aunque sin
resultados. De repente alguien sugirió ir al cementerio, pues el
perro acostumbraba en su recorrido diario, a pasar por la tumba de
Mario y echarse allí un rato antes de regresar al pueblo. Buscaron
al sepulturero, pues a esa hora ya el cementerio estaba cerrado y
fueron todos hacia allá con una sensación de temor en el corazón. La
noche había caído y tuvieron que ayudarse de linternas para la
búsqueda, mientras llamaban a Sansón sin obtener respuesta. Al
llegar a la tumba de Mario, se encontraron allí, junto a la tarja, a
Sansón, que se había bebido todas las estrellas del firmamento y
dormía el más profundo de los sueños.
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