Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 19/20

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

SANSÓN

por

Roberto Hernández Russi

 

    

     Una tarde, ya en pleno otoño, llegó a la plaza del pueblo caminando muy lentamente, como si pesaran sobre él todos los siglos vividos por el hombre en este mundo desde que se irguiera sobre sus piernas y comenzara a preguntarse el porqué de los fenómenos que la naturaleza mostraba ante sus sentidos. Despacio, con la mirada perdida en sabe Dios qué paisajes, se acercó al bar (el único a varios kilómetros a la redonda) que mostraba a lo ancho de su fachada un letrero lumínico con este  mensaje lleno de optimismo: “La Copa de la Alegría”. En las mesas de la terraza entoldada se reunían día a día los miembros de la autotitulada Peña de los Eternos Jóvenes, que no eran tan eternos como su nombre indicaba, pues de vez en cuando alguno de ellos se marchaba a dormir el sueño ídem al plácido cementerio que se levantaba en las afueras, en la cima de una colina. Mientras jugaban cartas y bebían unas copas de vino discutían de todo y de todos...de la política al deporte, de los últimos chismes del pueblo al costo de la vida. Todo ello en medio de un jolgorio que daba envidia a los chicos del pueblo y que el cura,  en un principio trató de apaciguar, - quejándose incluso ante el alcalde - que de más está decir, formaba parte de la peña, por lo que el cura decidió hacer las paces con todos y participar de vez en cuando del jolgorio, aunque con cierta moderación, como él acostumbraba a decirle a sus feligreses y amigos.

 

     En medio de los gritos y alguna que otra palabrota,  la mirada de Mario, uno de los miembros más respetados del grupo, no sólo por su estatura y gruesa humanidad, sino también por su gran corazón, como proclamaba el cura a los cuatro vientos, se encontró con la del recién llegado, que por una razón desconocida, decidió pararse frente a él, mirándolo fijamente,  apenas sin pestañear. Pese al agotamiento, su cuerpo era fuerte, con patas musculosas y su pelo corto color café brillaba,  como si el polvo del camino jamás se hubiera posado en él. Era imposible adivinar su raza, pues, como pensó Mario en ese momento, en ese perro se fundían todas las razas conocidas.

 

- ¡Eh Perucho! -  Bramó Mario llamando a uno de los meseros.

 

- Tráele algo de comer a este amigo, que por la cara que tiene, se nota que hace varios días que no ve - ni en sueños - un pedazo de carne.

 

- ¿Qué amigo? -   Contestó el mesero.

 

- ¡Joder! - Retumbó la voz de Mario, acallando de pronto el bullicio.

 

- ¿Estás ciego, coño? - Y señalando al perro continuó:

 

- Este es mi amigo Sansón y tiene hambre, así que vamos, ¡alimentad al hambriento, como buenos cristianos!

 

La atención de todos en el bar se enfocó en el perro, que devoraba casi sin masticar los alimentos que Perucho había puesto ante él.

 

- Oye Mario - dijo uno de los parroquianos. - ¿Tú conoces al dueño de este perro?-

 

- ¡No hombre! Primera vez en mi vida que lo veo.

 

- Y entonces... ¿por qué le llamaste Sansón?

 

- Porque se ve un animal fuerte y noble, como Sansón que, ¡claro!, no era animal. Por eso y porque me dio la gana, lo bauticé así... ¡Señores: les presento a un nuevo miembro de esta peña...mi amigo Sansón!

 

Todos aplaudieron, gritaron y brindaron por Sansón una y otra vez, mientras que el homenajeado, ajeno a tantos honores recibidos, seguía engullendo bocado tras bocado. Mario le acariciaba suavemente, mientras le decía:

 

- ¡Joder, Sansón! Tu hambre viene desde antes del Diluvio.

 

Terminó Sansón su festín y después de un espectacular y sonoro eructo, se echó a los pies de Mario, hundiéndose en una reparadora siesta.

 

     Desde ese día, pese a las protestas de Pilar, la esposa de Mario, Sansón pasó a ser parte de la familia y de la peña del bar, participando de las discusiones con sus sonoros y potentes ladridos y de la vida cotidiana de aquel tranquilo pueblo, enmarcado en un hermoso valle en medio de las montañas con sus picos nevados en invierno y sus verdes bosques que en primavera envolvía con el aroma de sus flores la tranquilidad de sus habitantes. Aunque Sansón ya tenía una familia, no tenía dueño. Para Mario lo más preciado para todo ser viviente debía ser la libertad. Por eso, al llegar a la casa el primer día y después de un baño que al perro no le gustó mucho, pero que aceptó resignado, le dijo:

 

- Escucha bien esto que te voy a decir, porque todo lo que tengo de grande y fuerte lo tengo también de sincero.

 

Sansón se sentó sobre sus patas traseras y paró bien las orejas, como un soldado en posición de atención.

 

- Esta es tu casa y tu familia...incluyendo a Pilar, que aunque se cabreó con tu llegada, es una gran mujer y te va a querer como quiere a todos en esta casa y en el pueblo.

 

- Pero en fin, volviendo a donde quería llegar. Somos tu casa y tu familia, pero no tus amos.      Todos los seres vivos somos libres por derecho. Por lo tanto, puedes entrar y salir de aquí cada vez que lo desees, aunque no confundas esto con libertinaje, porque entonces sí vamos a tenerla en grande. El pueblo es tuyo, el mundo también y puedes estar aquí hasta el día que desees... ¿de acuerdo?

 

Sansón puso sus patas delanteras en las rodillas de Mario, soltó un fuerte ladrido y se fue a deambular por el amplio patio. Mientras lo miraba alejarse, Mario pensaba:

 

“Carajo...este perro es un humano con cuatro patas. Creo que vamos a ser buenas migas.”

 

     Tomando al pie de la letra los conceptos de Mario sobre la libertad, Sansón recorría el pueblo a diario. En cada casa tenía las puertas abiertas, jugaba con los chicos en la plaza, visitaba al cura en la sacristía.  A propósito, el cura le comentaba a Mario, mirando al Cielo y pidiéndole perdón a Dios, que aquel perro parecía un cristiano. También Sansón era huésped de honor del alcalde en el Ayuntamiento; allí entraba y salía cada vez que le venía en ganas e incluso participaba, silencioso, en las sesiones del Consejo Municipal. Igualmente en el Cuartel de la Guardia Civil era siempre bienvenido y ya le habían otorgado sus grados: en el Cuartel era el “teniente” Sansón. Al terminar su diaria rutina pueblerina, incluso visitaba a los enfermos, se dirigía fiel y puntualmente cada tarde al bar a compartir con sus amigos y, ¿por qué no?,  tomarse una copa de vino. Una sola,  porque Mario no le permitía copas de más.

 

- En esto de las copas- le decía Mario a Sansón,  - no hay libertad, pues no debe  haber un espectáculo más ridículo que un perro borracho... ¡joder!

 

     Los meses y las estaciones seguían pasando por aquel tranquilo pueblo, solamente alterado por los nacimientos, las muertes, los partidos de fútbol en la televisión y, claro, por el jolgorio de la peña. A esto de los nacimientos también contribuyó Sansón, pues resultó galán y tuvo sus aventuras amorosas. Estas aventuras en ocasiones fueron algo tormentosas, como ocurrió con la perra del alcalde, ya que ésta tenía su pedigrí (con papeles incluidos) y la alcaldesa se molestó mucho al atrapar a Sansón in fraganti en medio de la faena con Susy, que así se llamaba la perrita y que se convirtió en mamá de cuatro cachorritos. Por suerte, la sangre no llegó al río y todo se solucionó civilizadamente entre vecinos, aunque no por ello se libró Sansón de las diatribas que le lanzó Mario en medio de una cólera apocalíptica, amenazándolo incluso con castrarlo. Pero, pronto Mario se olvidó de la castración y Sansón siguió gozando de sus atributos naturales.

 

Una madrugada de invierno, Sansón se despertó sobresaltado con el ir y venir de la familia y las luces de la casa  todas encendidas. Se desperezó rápidamente y se encaminó a ver qué pasaba.  Llegó al cuarto de Mario y lo encontró en la cama, con la mirada perdida en el techo de la habitación, rodeado de la familia que trataba de consolar a Pilar, quien lloraba desconsoladamente. De golpe, Sansón comprendió todo. Su amigo, aquel hombre fuerte y a la vez bonachón; que había cambiado su vida, dándole no sólo un hogar, sino también todo un pueblo en el que por primera vez se sintió verdaderamente feliz, ya no estaría más a su lado. La muerte, inevitable, lo llevaba a otros rumbos, más allá de nuestro entendimiento.

 

     Todo el pueblo acompañó a Mario al cercano cementerio en la colina, con Sansón marchando a la cabeza, delante de la carroza fúnebre. Ante la tumba habló el alcalde, el cura, el jefe de la Guardia Civil, mientras que un nudo apretaba las gargantas de todos aquellos vecinos que nacieron, se criaron y vivieron juntos en aquel pueblo, como una gran familia.

 

     Al invierno le sucedió la primavera. A la primavera, el verano y la vida sosegada siguió adelante. La peña seguía reuniéndose a diario en el bar, donde Sansón, sin proponérselo, había tomado el sitio dejado por Mario. Le preguntaban su opinión sobre cualquier tema y  Sansón ladraba fuertemente, sorbiendo, por supuesto, su diaria ración de vino. Una tarde, Sansón no apareció por el bar y rápidamente uno de los amigos fue a casa de Mario a indagar.

 

-Pues no - le dijo Pilar- Salió como siempre en la mañana a deambular por ahí. Aunque,

a decir verdad, hace varios días que lo noto algo extraño, triste.

 

De inmediato comenzó por todo el pueblo la búsqueda de Sansón, aunque sin resultados. De repente alguien sugirió ir al cementerio, pues el perro acostumbraba en su recorrido diario, a pasar por la tumba de Mario y echarse allí un rato antes de regresar al pueblo. Buscaron al sepulturero, pues a esa hora ya el cementerio estaba cerrado y fueron todos hacia allá con una sensación de temor en el corazón. La noche había caído y tuvieron que ayudarse de linternas para la búsqueda, mientras llamaban a Sansón sin obtener respuesta. Al llegar a la tumba de Mario, se encontraron allí, junto a la tarja, a Sansón, que se había bebido todas las estrellas del firmamento y dormía el más profundo de los sueños.

 

 

Roberto Hernández Russi nació en Matanzas, Cuba (1948).  Reside en Miami, Florida desde 1980.  En Cuba escribió para la radio en el Instituto Cubano de Radio y Televisión. También produjo programas educacionales y musicales. En los Estados Unidos ha colaborado en diferentes publicaciones, entre ellas las revistas Marie Claire, el semanario Vista Magazine y El Nuevo Herald. Ha trabajado en los últimos diecisiete años para el Departamento de Noticias del Canal 23/WLTV y para la cadena televisiva UNIVISION, en el programa CRISTINA.