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El reportero del New York Times que enviaron a cubrir el huracán
Floyd a Florida era un becario, un pobre diablo recién llegado a la
redacción. Su nombre era Simón y hacía tan solo una semana que
estaba en la ciudad. Hasta ese momento había compartido granja y
tierras con su madre y cinco hermanos en Texas y allí le llegó la
noticia de su beca.
Había
alquilado un apartamento barato y todavía no le había dado tiempo a
poner ni la foto de su viejo perro en la mesilla cuando le
comunicaron su primer trabajo. Esa noche volvió al apartamento
deprimido y algo asustado. Se sentó en la cama, de debajo de ella
sacó una pequeña bolsa de piel y la abrió de un desganado puntapié.
Sabía que era el último, el más insignificante reportero del Times y
que precisamente por eso le había tocado a él lo que absolutamente
ningún otro hubiera aceptado. Probablemente su nuevo jefe, el
impenetrable redactor Trump, esbozó una sonrisa cuando el gran
problema anual, quién mandar a cubrir los malditos huracanes a
Florida, se vio resuelto con la llegada de un insulso becario –
pensaba Simón apretando los dientes con rabia. Pero de nada servía
lamentarse, su avión saldría a las tres y media. Miró el reloj y se
levantó de un salto. Una cosa estaba clara, no podía perder el avión
o su jefe le daría una enorme patada que le llevaría directamente de
vuelta a Texas, a preparar el biberón del ternero recién nacido de
turno.
El
aeropuerto estaba abarrotado de gente, miles de pasos se cruzaban en
el hall y el humo salía en forma de intensas bocanadas de los
respiradores del techo y el suelo. De los túneles llegaban
amenazantes ráfagas de aire y Simón tuvo un escalofrío pensando en
lo que le esperaba.
En el avión
se entretuvo leyendo revistas y, cada dos por tres, pegaba un trago
del zumo de naranja al que había añadido una botellita de vodka.
Cuando hubo bebido suficiente alcohol, bajó la persiana por miedo a
tener pesadillas y se durmió.
Florida
estaba hermosa y lucia un sol radiante cuando Simón llegó a su
hotel. Solo que si uno miraba al cielo las nubes negruzcas se
acercaban por el este y si uno miraba a la tierra sólo veía ventanas
y puertas tapiadas con maderas, bolsas de arena contra los muros y
coches cargados de pasajeros listos para emprender un inminente
viaje, no importaba sí al norte o al sur.
La
habitación era modesta, olía a naftalina y la moqueta tenía algunas
manchas imborrables, los muebles llevaban más de diez años en el
mismo sitio y las cortinas habían sido escogidas con el peor de los
gustos. El periódico no iba a quebrar con su viaje, estaba claro.
Simón se
dispuso a darse una ducha sin escribir una sola palabra. Después
salió a dar una vuelta antes de que las circunstancias le retuvieran
encerrado. Las calles estaban solitarias y las primeras farolas
empezaban a encenderse. Las palmeras se agitaban de un lado a otro
mecidas por un viento amenazador aunque todavía suave. Simón entró a
un restaurante chino y cenó pollo al estilo vietnamita y arroz
picante disfrutando cada segundo tal y como venía haciendo desde que
salió del rancho.
A las once
en punto estaba de vuelta en el hotel. El estómago lleno y la pluma
afilada, lista par empezar a trabajar. Subió a su habitación
utilizando el pequeño montacargas y fue allí, en una esquina, donde
descubrió un elegante bolso de raso negro. Como buen periodista,
curioso, perseguidor de sucesos, metomentodo o simplemente cotilla
profesional, lo cogió y se lo llevó con él sin otro objeto que
averiguar, más tarde, qué había dentro.
Sentado
delante del ordenador intentó poner en orden unas cuantas ideas para
enviar su primer artículo vía correo electrónico esa misma noche. Lo
titularía “Tempestad Calmada” y ya tenía algunas nociones de cómo y
qué quería decir. Una frase, otra, una tercera y una cuarta que se
enlazan ingeniosamente con la primera y hacen alusión a la segunda
aliñadas con una foto espectacular y algunas palabras ininteligibles
para el ciudadano medio componen un artículo en condiciones. Pero
los pensamientos gramaticales de Simón se vieron interrumpidos por
la curiosidad. ¿De quién sería ese bolso?, ¿qué llevaría dentro?, ¿cómo
y cuando lo habría perdido?, ¿por qué nadie más lo había cogido del
suelo del ascensor? Y tras hacerse esas preguntas se levantó de la
silla y abrió el bolso. Su contenido quedó esparcido encima de la
cama: una diminuta barra de labios, un cuaderno para tomar notas,
una agenda electrónica y una cartera en la que encontró un carnet de
identidad caducado y una tarjeta visa platino. Simón marcó
rápidamente el número de la centralita:
- Por
favor, ¿me puede decir el número de habitación de la señorita Helen
J.?
Y en cuanto lo
tuvo, metió todas las cosas desordenadamente en el bolso y salió de
su habitación rumbo al pasillo. Simón golpeó con los nudillos la
puerta de la 363. Una mujer abrió apoyándose contra el marco de
madera y sonriendo ampliamente. Simón no era fácil de impresionar
pero esa enorme sonrisa unida a ese cuerpo habrían impresionado a
cualquiera. Antes de que pudiera abrir la boca ella miró su bolso
asintiendo con la cabeza y le hizo pasar. Simón empezó a balbucear
cosas como:
- Me
he encontrado tu bolso en... me lo he encontrado -
La chica extendió
rápidamente la mano:
- Soy Helen J. ... y gracias -
Simón abrió la
boca de nuevo, a la vez que estrechaba su mano, y Helen le lanzó
otra sonrisa de oreja a oreja con sus enormes labios pintados de
rojo.
- Simón, yo soy Simón R. y escribo lo de
los huracanes para el Times... - Ella se pasó la mano por el cuello:
- Vaya,
para el Times, menuda suerte - Y antes de que Simón dijera una
palabra añadió:
-
¿Te
apetece tomar una copa?
Eso si que
era una sorpresa. La verdad es que en toda su vida no había conocido
una mujer como aquella y de hecho ninguna mujer le había propuesto
antes ir a tomar una copa. Así que todo era bastante novedoso y a la
vez sugerente. En su rancho de Texas, la única chica joven en 300
kilómetros a la redonda era su vecina Mary-Lou que aún no había
cumplido los temidos 30 pero cuyos modales remilgados y árido
carácter, la excluían de cualquier plan romántico que Simón pudiera
haber hecho en su juventud. Mientras pensaba en todo esto, Simón
miró a la mujer y se dijo a si mismo que lo que le estaba ocurriendo
era probablemente el comienzo de su nueva vida. Sin embargo cuando
se disponía a aceptar la invitación, recordó su ordenador encendido
sobre el escritorio, la luz encendida, el artículo y se vio en la
obligación de decir:
- No
puedo salir, tengo que entregar el artículo esta noche - Helen
acalló su conciencia.
- Vente
a tomar una copa y yo te ayudo a acabarlo más tarde. Se me da muy
bien escribir.
Helen y
Simón pasearon por la playa a la luz de las tenues farolas del paseo
marítimo y rodearon dos veces el hotel para fumar algunos
cigarrillos antes de volver. En este intervalo de tiempo ambos se
habían contado múltiples anécdotas sobre sus vidas, regadas de
abundantes vodkas con hielo, se habían regalado una gama amplia de
piropos y gestos artificiales y derrochaban simpatía por los cuatro
costados. Una de esas corrientes de simpatía que solo se pueden
mantener a lo largo de una o dos citas. Desde luego llegó el momento
en que ambos habían flirteado hasta estar agotados y hacia las dos y
media empezaron a sentir, el uno por el otro, cierta desmedida
curiosidad que sin duda acabaría en la habitación de Helen.
Y así debió
ocurrir, porque Simón despertó al amanecer en la cama de la 363
oyendo un ruido que parecía anunciar el fin del mundo. Le dolía la
cabeza, tanto que tenía la sensación de que aquello iba a estallar
en mil pedazos, mil agujas se clavaban en su cuero cabelludo, una
tras otra, lentamente. Se levantó con la boca pastosa, como si se
hubiera estado lavando los dientes toda la noche. La lengua era un
trozo de trapo cosido a la garganta y la visión de la habitación,
que tan hermosa le había parecido antes, ahora le recordaba al
infierno terrenal.
Una certeza
le daba martillazos en la memoria: nunca había escrito o enviado
ningún artículo al New York Times. A su lado, Helen dormía levemente.
No llevaba puesto nada de ropa y Simón pensó que era una mujer
realmente preciosa pero la angustia le seguía subiendo por la
garganta y ni siquiera se atrevía a incorporarse y cruzar los
escasos metros de moqueta que lo separaban de su teléfono móvil
donde juraría iba a encontrar un mensaje del redactor jefe
Trump.
Miró entre
las cortinas antes de realizar la temida comprobación. Florida
presentaba un panorama espantoso. Las farolas habían caído al suelo
formando montones de hierro retorcidos que a su vez se mezclaban con
los coches, las señales de tráfico y otros artilugios que de seguro
nadie podría reconocer. La tierra parecía haber sido removida por el
mismísimo diablo y las olas del mar, hacía pocas horas pacíficas y
azules, se habían levantado hasta llegar a los mismísimos muros del
hotel. El viento parecía estar arrastrándose por cada calle ululando
y gimiendo. La ciudad era un puerto fantasma azotado por algún tipo
de desconocida furia divina. Simón temblaba, no le importaba nada lo
que estuviera pasando ahí fuera y ni siquiera le importaba nada lo
que pudiera haber hecho con Helen debajo de aquellos edredones. Lo
que de verdad le estaba matando era la certeza de no haber enviado
al periódico ni el más pequeño atisbo de un reportaje. Y tras eso,
la seguridad de estar sin trabajo en ese mismo instante. A Simón se
le vinieron a la mente muchas cosas que se mezclaban y no querían
retroceder. Simón vio terneros recién nacidos. Cinco hermanos
peleando por entrar a un miserable cuarto de baño. Una mujer agotada
y a su alrededor un mundo de pobreza y desastre. Simón recordó el
título de su reluciente artículo “Tempestad Calmada” y pensó que le
faltaba la respiración. Hizo un esfuerzo enorme por coger el
teléfono y llegar al baño y allí se desplomó sobre el lavabo. Las
imágenes seguían desfilando por su cabeza y ahora el rancho adquirió
una nitidez extrema, rodeado de sus trigales, un espantapájaros
roído por las ratas y las arañas, el árbol quemado y la cerca
siempre por reparar. El huracán del exterior era una balsa de aceite
comparado con el terror que se apoderó de Simón. Cuando logró mirar
en la pantalla del teléfono con los ojos empañados, vio el temido
mensaje y como si el enorme muro de contención de un embalse acabara
de ser destruido, reposó la cabeza en el codo izquierdo y lloró.
Simón necesitó varios minutos para reponerse. Había perdido el norte
y no sabía en qué dirección dirigirse pero al volver la cabeza hacia
la cama, un nuevo horizonte se abrió ante él. Había perdido su
trabajo y con él, el sueño de toda una vida, pero ahora empezaría
otra nueva, al lado de la mujer que amaba. Sin dudarlo un instante,
se lanzó sobre Helen y la despertó besándola suavemente para
pedirle que fuera con él, a alguna parte, lejos de allí, para
siempre. Helen entreabrió los ojos, esbozó media sonrisa, abrazó su
almohada y le contestó entre sueños:
- Cariño, cuando te vayas vuelve a dejar
el bolso en su sitio, es tan difícil conocer hombres en estos
tiempos.
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