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Hay seres
que nacen sin piel,
viven en la nada
y se alimentan de sueños.
En la cama del
hospital yace don Chema, el actor demente. El ayer se veía mejor que
el hoy en sus facciones. Era como si el mañana acortase sus
instantes para él, como si el tiempo viviese al enfermo con una
totalidad imperceptible para los demás. En aquellos ojos se abría un
hueco, cual rendija a la nada... Él miraba atrás y oculto, dentro.
Sus objetivos estaban sensiblemente más allá de lo real, sin centro.
Permanecía tumbado en la cama, en total dejadez de su persona,
apuntando con la mirada al techo, indefinidamente infinito.
El hospital se
antojaba sumergido en una pausa del tiempo. Como si las fuentes de
la vida estuviesen en suspenso. Fuera, la noche apacible se
encaramaba en las paredes, lamiéndolas con sus tentáculos de
sombras y susurrando una oda al silencio. En el interior los
médicos realizaban su rutina eficaz. Era como un hormiguero a
tiempo, gobernado por un corazón activo.
Apenas
transcurrían unos minutos del paso de la enfermera por su cuarto. La
atención de quienes trabajaban en el piso del paciente buscaba la
puerta de la habitación del ilustre enfermo. Algunas enfermeras,
incapaces de resistirse a la tentación de verlo, inventaban motivos
para ir por ahí y mirar a través de la ventanilla. Dos galenos
asoman por el vidrio, comentando:
- Hace ya tres meses
que lo trajeron. Es difícil creer que sea el mismo que nos
sorprendiera actuando. Lo trajeron con delirios. Perdió el juicio
durante su última función. Llegó despertando gran curiosidad. Todo
mundo fingía pretextos para pasar a mirarlo. Anoche sufrió una
crisis comentada por todos.
- Por eso vine a
conocerlo. Me dijeron que había dicho: "Estoy mirándome en todos los
que soy atrás." El galeno miraba al enfermo con sonrisa atenta.
- Es extraño - dijo el
otro médico, - cuando lo trajeron estaba en shock, perdido. Ya no
vivía en nuestro plano. Esa mirada suya, que durante sus
representaciones nos pareciera estremecedora, vaga, extraviada. Da
la sensación, por las alucinaciones que sufre, que su espíritu
estuviera pasmado entre mil argumentos, en los que vaga diluyéndose
en sucesivos personajes. Es maravilloso cómo viene actuando, en
roles progresivos durante estos meses. Creo que con sus crisis
habitaron su mente todos esos personajes que representó en el
escenario ¡para deleite de cuantos tuvimos la suerte de ser los
espectadores!
En ese momento el
enfermo lanzó su mirada alerta al techo, ventana a otra vida o gran
cinescopio, que exhibía, simultáneos, los roles de todas sus
existencias. ¡El gran actor aguardaba el momento de abordar una
escena definitiva! ¡Su escena de destino!
- En la crisis de ayer
se agitó más que de costumbre, comentó uno de los médicos. -Lo
poseía una especie de alegría salvaje. Decía que, al final,
retornaba al principio..., que todo se acomodaba para la escena de
su último encuentro. Al decir esto su alma de artista irradiaba, con
nitidez desbordante, un gozo interior que a todos nos afectaba.
Quienes lo atendíamos nos sentimos incómodos. No acertamos rechazar
el contagio cosquilleante de su placer, proyectaba un gozo que
resurgía en nosotros, pegajoso como miel. Lo auténtico de sus
impulsos nos llenó de alegría. Las enfermeras reían, seducidas por
el extraño encanto de Don Chema, que desbordaba incontroladas
risas.
El enfermo, ajeno a la
charla de los médicos, seguía con la mirada clavada en el techo,
alerta ante el momento de su entrada a escena.
- También yo caí
prisionero del juego. Controlándome, me acerqué al enfermo, buscando
con alarma detener aquello. Las enfermeras lloraban de risa, cual
irresponsables mocosas, reían y algunas palmoteaban de entusiasmo.
Tomé firme al paciente de un brazo y le dije: Don José... Don José,
reaccione, contrólese. No se pierda.
- Él, apartándose un
instante de su regocijo desbordado, miró hacia mí, concentrándose.
Me interrogó desde el fondo de sus ojos y, hecho una mueca, musitó:
- ¿Quién eres?
Me sentí absurdo.
Perdí la visión de mi papel profesional ante aquella mirada. Y no
supe responder. No acudían a mi cerebro más palabras que mi nombre.
Y no acertaba a comprender qué significado podría tener para el
enfermo. A quien, por primera vez desde que llegara, lo sentía
conmigo, mirándome. Coordinando mi cerebro respondí: -Soy el médico
que le atiende.
- ¿A mí? - me
interrogó extrañado el actor. - ¿Y quién soy yo?
Aprovechando la
pregunta quise saber qué personaje pasaba por su mente y le exigí
una respuesta a su duda, inquiriéndole a mi vez con su misma
interrogante:
- ¿Usted? ¿Quién es
usted? ¡Dígame! Me miró extrañado de que yo no supiera quién era y,
mientras se dibujaba una demacrada sonrisa en el semblante,
respondió:
- ¿Quién soy yo? ¿Y
quien más podría ser yo que el payaso real? Soy
Folial, el bufón real,
¡naturalmente!
Al decir esto iluminó
su rostro con una mueca, tan cómica, que desde el fondo de mi
corazón emergió una carcajada alegre, para extenderse por mi cuerpo
con gozo delirante y un escalofrío. Al sonido de mi risa el actor
reflexionó y, como si hubiera decidido algo, con una gran firmeza
nos demandó a todos silencio, indignado, para luego exigirnos
abandonar su aposento, con un gesto que no admitía réplicas. Todos,
sorprendidos y casi avergonzados ante su figura formidable,
obedecimos cual tiernas criaturas.
Cuando todos salieron
él se tumbó en la cama, dejando huir nuevamente su mirada hacia sus
planos personales, tras la nada.
Interrumpe la
conversación una enfermera, quien trae la cena del enfermo en una
charola junto con un periódico, que mostró al más experto de los
galenos.
- Aquí está el diario
que me encargó, doctor. Tenía razón, sí lo publicaron...
El aludido extendió el
ejemplar, buscó y leyó con avidez el siguiente artículo:
"¿Qué es de José María
Trueva? Tres meses hace ya que el primer valor de nuestra escena
sufriera su crisis nerviosa. Representaba el papel de Folial en esa
obra con la que tantos éxitos alcanzara esta última temporada
teatral. Seguramente los que gustan del teatro recuerdan en su
última obra a José María. Representaba el papel de un bufón, Folial,
amante de una reina frustrada, en una corte cruel e irreal,
gobernada por un monarca loco de impotencia y enfermo de celos.
“Todos recordamos
aquella noche en la que José María perdió el sentido durante la
escena culminante del drama. Se hundió en una pausa, un silencio
expectante. Sus compañeros no acertaron volverlo. Recuerdo al gran
Chema de aquella última función perdida en pausa. El desconcierto
invadió la sala entre comentarios y sorpresa. La función fue
interrumpida. Recuerdo a José María llevado al hospital
psiquiátrico. Estuve ahí, en contacto con su locura, escuchando para
entenderlo. Lo único que puedo decir es que José Maria vive con fe
su locura; cree en cuanto sueña tanto como cuando dio alma a sus
personajes: con total vivencia. Dicen quienes lo atienden que
nuestro José María cambia regularmente de nombre. Vive
personalidades diversas a las que se entrega de mente a acciones
imaginarias. Cuando agota uno de sus personajes cae en crisis. Tras
éstas viene un cambio en el campo ideal de su ser. Por su vida
mental es otro. Yo me pregunto, ¿cuál de todos esos personajes es el
actor?”
“¿Dónde quedó él y
dónde su personalidad? ¿Quién es dentro de los personajes que ahora
lo poseen?”
La enfermera llega al
lecho del paciente. Le dice: -Señor Folial. Señor Folial, don
Chemita, soy Cuca. Le traigo su cena.
- Cené dolor en el
lecho mortuorio de mi reina - le respondió una voz ronca, cansada,
harta de su amargura.
-No sea así, Don
Chemita, ya ve que se le quiere. Tómese este atolito. No me salga
con que se me va a morir por no comer.
El enfermo estira sus
pupilas y la ve como mira un loco a quien inventa una máxima
acertada. Él sabe que aquella mujer hace todo por su bien. Y que lo
trata de ayudar. Pero ya no cabe en él aquella realidad, aquella
estéril fantasía del consumo de lo real como libertad.
Además, bien sabía él,
Folial, que la obra estaba representándose mientras esperaba por él,
para la escena de su último encuentro con el rey.
-Cené la agonía de
vivir la muerte de mi reina - gruñó molesto. Y borró sabiamente a
las enfermeras para recluirse en su interior. Ahí tornó al gran
salón del trono, en donde el rey aguardaba...
Toda la enfermedad de
la reina y ahora, con la gravedad, su majestad imperial se mostraba
inestable, retraído, desatento a sus farsas y muecas. Pareciera
odiarlo.
Exigió su presencia
urgentemente. Folial presentía lo peor. Rodríguez, quien por
desgracia conociera de sus relaciones con la reina, lame ahora el
plato del favorito del monarca, bajo la mirada complacida de éste.
Desde que Rodríguez intima tanto, el rey olvido la sonrisa malévola
tras una mueca de dolor. Ya es imposible arrancarle una sonrisa. Aún
hilvanando ocurrencias con estupideces nada le divierte. Ni tornando
la vida en tropezón, espectáculo o pirueta lograba entretenerlo.
¡El rey no ríe! ¡Algo muy serio está ocurriendo!
Ya estaba frente a la
puerta del salón. Dentro dormía pesadamente un silencio que le
abrazó el corazón. No había luz. Bien sabía lo que esto significaba
en el ánimo del monarca. Tomó el picaporte, giró y fue dentro.
Una sensación malvada,
que le había estado aguardando, lo invadió en silencio.
- ¿Señor?
- ¡Entra, amigo mío,
queridísimo gusano!-, silbó desde su garganta el rey, lento, en un
oscuro rincón del trono.
- ¡Ay, mi señor!... Me
pesa veros tierno y alegre el día de la muerte. Aunque temo no estar
de humor para entretener reyezuelos. Mi humor es pésimo esta noche.
Créame vuestra demencia, mi único consuelo sería divertir a un rey
de vivos y no de muertos, esclavos de la locura. No crea sire, la
muerte es, después de todo, la última sonrisa con que entregamos la
vida. Puede ser algo bello, como la libertad de nosotros mismo... La
muerte es sonrisa del mal sobre la vida.
- ¿La muerte?...
¡Ah! Qué inspirado vienes. ¡Bravo! Así que, ¿qué es pues tu
muerte, amado Folial?
El monarca clava la
mirada en el cerebro de Folial.
- Es la última sonrisa
de su vida, monseñor.
- ¡Bien, bien, bravo!,
¡hurra!, sí, sí, sí.... Porque ahora tú vas a hacer que yo ría, vas
a convertirme en carcajada, en catarata de alegría, hijo mío. ¡Qué
bello es ser malo! ¡Como amo la venganza! Porque al fin vas a
liquidar mi agonía. Hazme reír ahora tú a mí. Libérame de mis
dolores Folial.
- ¿Por última vez,
señor?
- Como siempre tienes
razón, caro. Aunque esta vez, oficialmente, al auténtico bufón de la
corte le toca ser el rey; ¡al fin...! Yo aquí termino de ejecutar mi
dolor; ¡gozando el espectáculo de tu última sonrisa, mono erótico!
¿Conoces a Rodríguez?
- ¿Os referís al
falsario y merodeador de fortunas que últimamente tanto os divierte?
- Me refiero al
delator del juego conocido. Hablo del interés que desenmascaró las
sonrisas de la noche, de la corte; precipitando mi ridículo en
estéril denuncia. ¡Y venir hacerlo ahora, ante a la muerte de quien
tanto amo en su pecado?
- ¿Vos?... luego, ¿lo
conocíais?
- ¡Siempre!, ¡desde el
primer aliento que no tuve!, padeciendo el filo de cada detalle,
destrozándome. Ahora la reina ha muerto, querido. ¿Ves qué fácil?
Para ella fue siempre así: "fácil". Mi oficio en cambio es arduo,
lento, corrosivo. Morí entre secretos y sonrisas, reventado de
tragar murmullos. Soporté las sonrisas de la corte como
verduguillos. ¡Mira! Se me ocurre que hasta en esto me vas a sacar
ventaja tú a mí: tu muerte va a ser algo simple y rápido. Será aún
más rápida que la de ella. ¡Suertudo! También tú partirás sin
llagas, sin padecer la hoguera de murmuraciones. Te largas sin
gustar el amargo brebaje que me corroe, deformándome con arrugas
¡hasta transformarme en fea máscara!
El soberano, dueño
total del destino, respira intensamente antes de dictar sentencia.
- Así que... ¡bravo!
El bufón de las murmuraciones ordena la muerte del aprendiz, o bufón
oficial, de esta hiena erótica que fabricó mi ridículo... Al fin
respiro ya un aire que me pertenece. Tu dolor me da el aliento para
reír. Me urge dejes de existir hoy mismo, porque hoy decidí asesinar
mi ridículo; a esa fiebre cruel que devoró mi humor. ¡Ay!, cómo
gozaré al ver extinguirse la llama vital de tu cruel egoísmo. Tú,
víbora erótica, ¡acércate! Arrástrate a mí, ¡nauseabundo amante
real!, !mi queridísimo gusano!
El rey le acaricia la
cara. Y sus dedos sienten las lágrimas del condenado.
- ¿Sabes una cosa,
caro mío? Resultaste pésimo alumno para sufrir. Veo que te duele la
ausencia de mi reina. ¿Tú qué sabes?, caro. Si sufres, ¡empiezas!
Yo culminé ya todo mi dolor en la sentencia que te espera. ¿No
puedes sufrir todo el dolor que cargo ahora? Cada instante de
vuestra pasión impura está clavado en mi corazón de niño, ¡como
agujas! Durante estos largos años fui menos que el más infeliz de
mis súbditos. Vuestra voluptuosidad me obligó al papel de bufón del
reino. Ahora, cuando un miserable indiscreto
forza hacer luz de los
murmullos, oficialmente no me resta, en mi dignidad de rey, sino
darme a respetar por enterado, y castigar tu impudicia
ejemplarmente. ¡Anda! ¡Aún pierdo! Mi reina te requiere ahora en su
lecho mortuorio. Corre a morir, anda, ve, porque ya me corresponde a
mí volver a ser el rey; ¡y no "el bufón de la corte"!
El silencio, pesado,
cubrió lo tocable. Los susurros y los gritos del rey aún resonaban
en el gran salón, penetrando todo con la expectación de la
sentencia.
- Hasta aquí llegó mi
dolor. ¡Dios! ¡La muerte también es un bálsamo para nuestras
heridas...! ¡Cómo sufrí esta llaga insoportable de los celos! Ahora,
simbólicamente, te ejecuto con mi dolor. ¡El rey bufón concluye sus
bufonadas con tu ejecución! Y ya..., ya está dictado el futuro, cual
bálsamo de olvido, caro.
El verdugo ase el
cuello de Folial bajo sus garras de vértigo.
- Ahora sí, caro, deja
a tu mal consumirse en risa. Saca a temblar todas tus entrañas, con
las angustias que te encajan a tus deseos de vida. Y tú, verdugo,
cumple tu oficio. Has de reír, Folial. Libérate del mal de vivir,
ríe tu vida hasta morir. Suelta a carcajadas las cadenas de estar
vivo. Y déjate ir en risas. Busca ser la carcajada y muere; ¡ya
déjame vivir a mí! Tu vida me confundió, me ahogó en envidia. Y
aquí, ahora, debe llegar a su fin. ¡Bendita alegría de matarte!
Aprieta maldito verdugo, aprieta. Y tú ríe, ríe, ríe amado Folial.
Ríe maldito.
- Doctor, doctor, el
enfermo ríe frenéticamente. Su risa a todos contagia. Nos llena de
gozo. Suena en todas las salas del piso. El área psiquiátrica es un
circo. ¡Ja, ja, ja!, qué chistoso: "el área psiquiátrica es un
circo", ¡ja , ja ja...!
Asustada y aún riendo, tomó al doctor por el brazo. Temblorosa lo
jaló a las escaleras. Por ellas se precipitaron. Llegando al piso
psiquiátrico corrieron al cuarto del actor enfermo, abrieron la
puerta y.... la risa había cesado. Sólo el rostro del actor sonreía.
Su mirada hecha cristal se aferraba a un firmamento convertido en
techo, que él imaginaba estrellas, riendo.
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