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ENSOÑACIÓN
Reúno
todas mis emociones,
las envuelvo en un pequeño trozo de género y las guardo
cuidadosamente en mi bolsillo.
Mientras avanzo por las atestadas calles de la ciudad huyendo hacia
la paz, voy apretando con la mayor delicadeza este pequeño
envoltorio que contiene todas mis experiencias sentimentales: las
que he vivido y aquellas que, aún reprimidas, forman parte de este
bagaje de sensaciones propias.
-Será más que un amuleto -pienso mientras voy palpando con mi
pulgar, el primer beso en aquel inocente juego de barrio-. Es como
tener la felicidad escondida, para que nadie me la pueda robar. He
vuelto a sentir esas caricias de adolescente, en mi alma de casi
medio siglo.
Me
he sentado en un banco de plaza, dejando atrás el bullicio y el
gentío. Solos, mis recuerdos y yo. Yo y esas ansias reprimidas,
formando un triángulo perfecto con mis sentimientos.
Sigo buscando en este cofre de sensaciones. Toco, con mi dedo
anular, aquella infinita protección del padre y vuelvo por un
instante a ser el hijo frágil, prendido de esa mano firme, capaz de
guiarme por los laberintos más tenebrosos, con la certeza de llegar
a destino.
Continúo hurgando. Necesito palpar emociones tan fuertes y
reales como sólo se sienten en el umbral de la juventud. Tomarla
de la cintura en forma casi teatral, besarla suavemente en los
labios y gozar infinitamente de esa sensación eléctrica que hace
mucho dejé de disfrutar. Tan sólo por un beso, se me da vuelta el
mundo.
En
mi pequeña -pero a la vez enorme- bolsa de género, están escondidas
mis emociones más íntimas, los momentos más intensos ya vividos y
también aquellos guardados sólo como anhelos, para el día en que me
inunde el valor.
Prosigo escarbando, dentro de este envoltorio mágico. Salgo de la
luz y entro en la penumbra. Una tenue llama de vela ilumina mis
sentimientos. ¿Deberé tocar su imagen, o sólo contemplarla?
Vuelvo a mirar esta plaza con sus árboles sin hojas, únicos
testigos de mis secretos. ¿Habré guardado todo lo que quiero y
necesito para seguir respirando? ¿Habré sido tan necio, como para
olvidar tan sólo un pensamiento de amor y alegría en mi
bolso encantado?
Ahora que tengo el más grande de los tesoros en mi mano, puedo
continuar mi vida. Si lo pierdo, no podré volver a sentir la magia,
seré un cuerpo sin vida, un ser sin emociones. Un ente de
existencia plana, como la línea de un ferrocarril en el
desierto, desprovisto de curvas y estaciones. Rodando a un ritmo
tedioso, monótono, sin sentido.
Guardo nuevamente mi pequeño cofre de vivencias y esperanzas y me
dirijo a las bulliciosas calles de esta ciudad gris, a enfrentarme
con aquellos seres inconmovibles, que no escuchan, que llevan una
vida carente de emociones; con aquellos que no han sabido fabricar
un pequeño bolso como el mío, tan simple y tan lleno de
complejidades. Donde cabe todo lo positivo de mi ser; con aquellos
que sólo viven despiertos; con aquellos que no saben soñar.
LA MARÍA
Me
llamo María y vengo del Sur. En realidad mi nombre es María
Soledad Cortéz Cañileo, pero la señora dice que es más fácil decirme
“María”. En Pitrufquén -donde vive parte de lo que algún día fue mi
familia- me decían “Sole”. Igual que a la sobrina de la señora. A mi
me gustaba ser la “Sole”. Eran tiempos de lluvia y mucho barro, pero
también eran años de sueños e ilusiones. Yo quería ser profesora,
como la señorita Elisa que me enseñó a leer, pero sólo he podido
llegar a ser “la María”, que vino del Sur y que es “super eficiente”
como dice la señora. Y la señora que es tan bonita y sabe tantas
cosas, no se puede equivocar.
Salí de Pitrufquén una mañana de sol. Es raro, porque en mayo
casi no se ve el sol en Pitrufquén, pero ese día, ese viernes de sol
en Pitrufquén, marcó el fin de María Soledad Cortéz Cañileo y
comenzó la vida de la María del Sur.
El
tren que me trajo a Santiago era largo. Más largo que las trenzas de
mi madrina; y su chucu-chucu-tuu-tuu me fue separando de mi
Pitrufquén querido. Me fue alejando de lo que algún día fue mi
familia, me fue presentando poco a poco, estación por estación,
chucu-chu por chucu-chu, esa nueva realidad con la que he aprendido
a vivir.
-¡Que estoy tanto mejor aquí en Santiago! -dice la señora. Y es
tan bonita y sabe tantas cosas la señora, que pienso que su juicio
tiene que ser el bueno.
De
la niña Macarena, me encariñé apenas un día después que me sacaran
de la agencia. Que ni tenía recomendaciones y lo mismo la señora
casi se mató con otra patrona por llevarme.
-¡Que ésta niña es justo lo que necesito! -gritaba como una
fiera.
-¡Que yo estaba primero! -la otra patrona, gorda y fea. No como
la señora que es tan linda y sabe tantas cosas.
-Que ésta es tu pieza y me la mantienes limpiecita -y que- aquí
hay jabón y champú para que te laves bien -fueron las primeras
frases que escuché en esta casa donde no hay lluvia ni barro, como
en mi pueblo de Pitrufquén.
La
niña Macarena es rubia y delgadita. Es la mayor de tres hermanos y
me dice que cuando sea grande quiere ser mi patrona. Come poco la
niña Macarena y la señora:
“Que si no te alimentas, te vas a poner tonta”.
Y
las carnes y las tortas quedan casi sin tocar en sus platos. A lo
mejor -pienso yo- por eso no soy más que “la María”, porque en mi
casa de Pitrufquén sobraba el amor entre mis hermanos, pero muchas
veces nos teníamos que repartir un poco de pan y una taza de té en
esos días de lluvia y barro.
Los
dos hermanos menores de la niña Macarena, son malcriados como
diría mi madrina. Y les bajan unos ataques que la señora llama
pataletas y los mete debajo de la ducha fría para que se les
pase. A mi me da pena porque son tan chiquitos, pero la señora -que
es tan bonita y sabe tanto- me dice que es la única manera que van a
aprender. Y yo pienso que la señora no puede equivocarse.
La
casa es grande y elegante. Como las que salen en las revistas. El
dormitorio de los patrones es casi del doble del tamaño de la salita
donde la señorita Elisa me enseñó a leer en Pitrufquén. Tiene dos
baños y en uno de ellos hay una piscina que tira chorros de agua.
Además, tiene una pieza más grande que en la que duermo con la Rosa,
llena de ropa y de zapatos. La Rosa es la cocinera y se la pasa
hablando mal de los patrones. Dice que la señora es una vieja
ociosa y que el caballero anda metido con una azafata. Yo ni sé
lo que es una azafata, pero no creo que don Eugenio vaya a ser tan
leso como para engañar a la señora, ni menos con una de esas
azafatas.
Yo
prefiero no hacerle juicio a la Rosa. Claro que me da susto cuando
le retiro el plato -casi lleno- a la niña Macarena y se lo doy al
perro. Me dice que uno de estos días me va a acusar y que me van a
echar. Y que voy a terminar bailando pilucha en un bar de mala
muerte, porque a las que echan, no las toma nadie. “A menos que te
querai ir a trabajar con gente ordinaria a esos bloques de
departamentos” -me amenazó el otro día.
El
Raúl es el jardinero. Viene todos los viernes a cortar el pasto y
los martes a limpiar los vidrios. Le hace a todo el Raúl. Y come
como condenado. Pero a mí me da susto, porque es más cargoso el
Raúl. Cada vez que me encuentra por ahí en la casa, me arrincona y
empieza con que “dame un besito puh’ María”. Y yo no pienso, porque
lo que más me repitió mi madrina antes de venirme de Pitrufquén:
“Ten cuidado Sole, mira que en la capital no te dai ni cuenta cuando
estai con crío”. Y la señora, que es tan bonita y sabe tantas cosas,
me dijo el primer día: “Te advierto altiro María que yo no tengo
empleadas con guagua, así es que nada de novios”. Entonces pienso
que si me echan y termino bailando pilucha en un bar de mala muerte
-como dice la Rosa- ¿quién cuidaría de mi crío? Ya aprendí a servir
la mesa. Por el lado izquierdo sujetando la fuente con harta fuerza
y retirando los platos por la derecha. Estar atenta a la campanilla
que toca la señora y a servir el café y el agüita en esas tazas tan
chicas “que pobre que las quiebres porque son de porcelana y te
acriminai pa’ siempre” -como me repite la Rosa.
Y
así tiene que ser, porque debo ser “super eficiente”. No como otras
empleadas que son unas “flojas mugrientas”. Y cuando junte plata, el
próximo año, podré viajar a mi Pitrufquén que lo quiero tanto,
aunque llueva y tenga mucho barro. Y veré a mis hermanos, a mi
madrina y a la señorita Elisa que me enseñó a leer. Y converso con
la Rosa y me arranco del Raúl. Y veo las telenovelas y salgo los
miércoles en la tarde y domingo por medio. Y me voy sola a pasear
por el parque. Y a lo mejor algún día voy a conocer una amiga. Y
cuando puedo, regaloneo con la niña Macarena que es rubia y
delgadita y que cuando sea grande, va a ser como la señora, que es
tan bonita y sabe tantas cosas.
Y
yo seguiré siendo la María. Hasta que me ponga vieja, como la mamá
de mi madrina que se murió seca, como el barro de Pitrufquén cuando
ha dejado de llover. Y que nunca conoció la capital, por no haber
sido como yo, la María que vino del Sur.
REALIDAD
La
vÍ pasar
por mi ventana y supe que era aquella en quien descansaban todos
mis sentimientos de los últimos quince años. La había visto, soñado
y sin embargo parecía más perfecta que aquella fabricada por mis
sensaciones. Mis primeros amores habían muerto después de largas
agonías. Ya no necesitaba nada real, me bastaba con soñarla, con
verla en la enorme pantalla de mi mente. Sin embargo y tal vez para
mi desdicha, ahí estaba, frágil como una buena intención, delgada
como hoja de libro nuevo, imprevista como una tormenta tropical.
Abandoné la carta que me estaba escribiendo y corrí por las
escaleras, temiendo que al tocar el suelo que sostenía mi edificio,
ella hubiera desaparecido para siempre. La sola idea me angustió,
pues aquella de mis sueños era mía y, como tal, podía hacerla volver
como y cuantas veces yo quisiera. La que había pasado
por mi ventana, sin embargo, era tan real como una tempestad en el
mar. No podría volver a fabricarla.
Al
llegar al final de mi carrera, divisé su delgada figura caminado por
la misma vereda que ahora yo pisaba. Corrí como un niño en busca de
una recompensa y al tocar su sombra con mis pies, me detuve en un
arranque de cordura. ¡Qué hacía! ¿Acaso me estaba volviendo loco?
Yo, el siempre mesurado, aquel incapaz de mostrar sus debilidades
ante sus iguales, caía en una actitud propia de un pre adolescente.
Pensé volver, tomar nuevamente el lápiz y terminar aquella carta.
Tenía aún tantas cosas que contarme. Sin embargo el aroma de
su perfume, no solo me confirmó que era ella, sino que me obligó
a seguir en esta carrera desprovista de toda sensatez.
-Perdone, pero necesito hablarle -le dije con voz entrecortada.
Ella giró lentamente, con una seguridad que me dejó abismado y me
respondió:
-Que bien. Esperaba que esto sucediera. ¿Nos sentamos en un
banco o seguimos caminando, hasta agotar las palabras?
-Lo
que digas. Soy un tipo tan seguro de mí mismo, que no me importa
hacer lo que prefieras.
-Sigamos entonces -me dijo como si aquella fuera una frase más
en nuestra larga vida.
-Yo creo que nos conocemos, -le expresé con toda valentía.
-Por cierto -contestó ella con esa seguridad que comenzaba a
molestarme. Nos conocemos desde hace unos quince años.
Entonces pensé que indudablemente se había confundido. Era una
gran oportunidad. ¡Qué manera fácil de entablar una amistad
partiendo de ese gran error!
-Sí, debe haber sido en algún verano en la playa
-continué casi con arrogancia.
-Imposible -me contestó- jamás he visto el mar.
-Ha
de haber sido en uno de esos paseos al campo -insistí. Claro, en
alguno de esos paseos de juventud.
-No, -terminó en forma casi dura- nunca he estado en el campo.
-¿Entonces será en algún lugar de esta horrible ciudad?
-pregunté de manera impaciente.
-Tampoco -contestó- esta ciudad no existe para mí.
-¿...?
-¿Acaso no lo entiendes? -me dijo en un tono tan directo, que
sentí una enorme debilidad de pies a cabeza. Te conozco -prosiguió-
en todas esas noches de desvelo en que me buscaste y acudí a tu
pensamiento.
-Pero eso es imposible -le respondí. Yo soy un tipo práctico,
realista, no creo en fantasmas ni aparecidos. Lo que está en la
tierra lo veo, lo toco y luego existe. Lo que está en mi mente, no
son más que sensaciones. No se pueden ver con los ojos
abiertos, ni tocar con las manos.
-¿No me has imaginado y soñado acaso, llenándote el alma como
un adolescente?
-Sí, -contesté con entusiasmo.
-Entonces, aquí estoy. Toma mi mano y comencemos a cruzar el
horizonte.
-A
propósito -le dije- ¿cuál es tu nombre?
-El
que tú quieras -me respondió con una voz tan dulce que no puede ser
escrita.
-Entonces es ella -me dije, volviendo a tomar el lápiz
para terminar esa carta dirigida a mí.
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