Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 19/20

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

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Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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CUENTOS VERDADEROS

(Selección narrativa)

por 

 Jorge Biggs Henning

 

 


ENSOÑACIÓN

 

     Reúno todas mis emociones, las envuelvo en un pequeño trozo de género y las guardo cuidadosamente en mi bolsillo.

     Mientras avanzo por las atestadas calles de la ciudad huyendo hacia la paz, voy apretando con la mayor delicadeza este pequeño envoltorio que contiene todas mis experiencias sentimentales: las que he vivido y aquellas que, aún reprimidas, forman parte de este bagaje de sensaciones propias.

     -Será más que un amuleto -pienso mientras voy palpando con mi pulgar, el primer beso en aquel inocente juego de barrio-. Es como tener la felicidad escondida, para que nadie me la pueda robar. He vuelto a sentir esas caricias de adolescente, en mi alma de casi medio siglo.

     Me he sentado en un banco de plaza, dejando atrás el bullicio y el gentío. Solos, mis recuerdos y yo. Yo y esas ansias reprimidas, formando un triángulo perfecto con mis sentimientos.

     Sigo buscando en este cofre de sensaciones. Toco, con mi dedo anular, aquella infinita protección del padre y vuelvo por un instante a ser el hijo frágil, prendido de esa mano firme, capaz de guiarme por los laberintos más tenebrosos, con la certeza de llegar a destino.

     Continúo hurgando. Necesito palpar emociones tan fuertes y reales como sólo se sienten en el umbral de la juventud. Tomarla de la cintura en forma casi teatral, besarla suavemente en los labios y gozar infinitamente de esa sensación eléctrica que hace mucho dejé de disfrutar. Tan sólo por un beso, se me da vuelta el mundo.

    En mi pequeña -pero a la vez enorme- bolsa de género, están escondidas mis emociones más íntimas, los momentos más intensos ya vividos y también aquellos guardados sólo como anhelos, para el día en que me inunde el valor.

     Prosigo escarbando, dentro de este envoltorio mágico. Salgo de la luz y entro en la penumbra. Una tenue llama de vela ilumina mis sentimientos. ¿Deberé tocar su imagen, o sólo contemplarla?

     Vuelvo a mirar esta plaza con sus árboles sin hojas, únicos testigos de mis secretos. ¿Habré guardado todo lo que quiero y necesito para seguir respirando? ¿Habré sido tan necio, como para olvidar tan sólo un pensamiento de amor y alegría  en mi bolso encantado?

    Ahora que tengo el más grande de los tesoros en mi mano, puedo continuar mi vida. Si lo pierdo, no podré volver a sentir la magia, seré un cuerpo sin vida, un ser sin emociones. Un ente de existencia plana, como la línea de un ferrocarril en el desierto, desprovisto de curvas y estaciones. Rodando a un ritmo tedioso, monótono, sin sentido.

    Guardo nuevamente mi pequeño cofre de vivencias y esperanzas y me dirijo a las bulliciosas calles de esta ciudad gris, a enfrentarme con aquellos seres inconmovibles, que no escuchan, que llevan una vida carente de emociones; con aquellos que no han sabido fabricar un pequeño bolso como el mío, tan simple y tan lleno de complejidades. Donde cabe todo lo positivo de mi ser; con aquellos que sólo viven despiertos; con aquellos que no saben soñar.

 

 

LA MARÍA

 

     Me llamo María y vengo del Sur. En realidad mi nombre es María Soledad Cortéz Cañileo, pero la señora dice que es más fácil decirme “María”. En Pitrufquén -donde vive parte de lo que algún día fue mi familia- me decían “Sole”. Igual que a la sobrina de la señora. A mi me gustaba ser la “Sole”. Eran tiempos de lluvia y mucho barro, pero también eran años de sueños e ilusiones. Yo quería ser profesora, como la señorita Elisa que me enseñó a leer, pero sólo he podido llegar a ser “la María”, que vino del Sur y que es “super eficiente” como dice la señora. Y la señora que es tan bonita y sabe tantas cosas, no se puede equivocar.

     Salí de Pitrufquén una mañana de sol. Es raro, porque en mayo casi no se ve el sol en Pitrufquén, pero ese día, ese viernes de sol en Pitrufquén, marcó el fin de María Soledad Cortéz Cañileo y comenzó la vida de la María del Sur.

     El tren que me trajo a Santiago era largo. Más largo que las trenzas de mi madrina; y su chucu-chucu-tuu-tuu me fue separando de mi Pitrufquén querido. Me fue alejando de lo que algún día fue mi familia, me fue presentando poco a poco, estación por estación, chucu-chu por chucu-chu, esa nueva realidad con la que he aprendido a vivir.

     -¡Que estoy tanto mejor aquí en Santiago! -dice la señora. Y es tan bonita y sabe tantas cosas la señora, que pienso que su juicio tiene que ser el bueno.

     De la niña Macarena, me encariñé apenas un día después que me sacaran de la agencia. Que ni tenía recomendaciones y lo mismo la señora casi se mató con otra patrona por llevarme.

     -¡Que ésta niña es justo lo que necesito! -gritaba como una fiera.

     -¡Que yo estaba primero! -la otra patrona, gorda y fea. No como la señora que es tan linda y sabe tantas cosas.

     -Que ésta es tu pieza y me la mantienes limpiecita -y que- aquí hay jabón y champú para que te laves bien -fueron las primeras frases que escuché en esta casa donde no hay lluvia ni barro, como en mi pueblo de Pitrufquén.

     La niña Macarena es rubia y delgadita. Es la mayor de tres hermanos y me dice que cuando sea grande quiere ser mi patrona. Come poco la niña Macarena y la señora:

     “Que si no te alimentas, te vas a poner tonta”. 

     Y las carnes y las tortas quedan casi sin tocar en sus platos. A lo mejor -pienso yo- por eso no soy más que “la María”, porque en mi casa de Pitrufquén sobraba el amor entre mis hermanos, pero muchas veces nos teníamos que repartir un poco de pan y una taza de té en esos días de lluvia y barro.

     Los dos hermanos menores de la niña Macarena, son malcriados como diría mi madrina. Y les bajan unos ataques que la señora llama pataletas y los mete debajo de la ducha fría para que se les pase. A mi me da pena porque son tan chiquitos, pero la señora -que es tan bonita y sabe tanto- me dice que es la única manera que van a aprender. Y yo pienso que la señora no puede equivocarse.

     La casa es grande y elegante. Como las que salen en las revistas. El dormitorio de los patrones es casi del doble del tamaño de la salita donde la señorita Elisa me enseñó a leer en Pitrufquén. Tiene dos baños y en uno de ellos hay una piscina que tira chorros de agua. Además, tiene una pieza más grande que en la que duermo con la Rosa, llena de ropa y de zapatos. La Rosa es la cocinera y se la pasa hablando mal de los patrones. Dice que la señora es una vieja ociosa y que el caballero anda metido con una azafata. Yo ni sé lo que es una azafata, pero no creo que don Eugenio vaya a ser tan leso como para engañar a la señora, ni menos con una de esas azafatas.

     Yo prefiero no hacerle juicio a la Rosa. Claro que me da susto cuando le retiro el plato -casi lleno- a la niña Macarena y se lo doy al perro. Me dice que uno de estos días me  va a acusar y que me van a echar. Y que voy a terminar bailando pilucha en un bar de mala muerte, porque a las que echan, no las toma nadie. “A menos que te querai ir a trabajar con gente ordinaria a esos bloques de departamentos” -me amenazó el otro día.

     El Raúl es el jardinero. Viene todos los viernes a cortar el pasto y los martes a limpiar los vidrios. Le hace a todo el Raúl. Y come como condenado. Pero a mí me da susto, porque es más cargoso el Raúl. Cada vez que me encuentra por ahí en la casa, me arrincona y empieza con que “dame un besito puh’ María”. Y yo no pienso, porque lo que más me repitió mi madrina antes de venirme de Pitrufquén: “Ten cuidado Sole, mira que en la capital no te dai ni cuenta cuando estai con crío”. Y la señora, que es tan bonita y sabe tantas cosas, me dijo el primer día: “Te advierto altiro María que yo no tengo empleadas con guagua, así es que nada de novios”. Entonces pienso que si me echan y termino bailando pilucha en un bar de mala muerte -como dice la Rosa- ¿quién cuidaría de mi crío?  Ya aprendí a servir la mesa. Por el lado izquierdo sujetando la fuente con harta fuerza y retirando los platos por la derecha. Estar atenta a la campanilla que toca la señora y a servir el café y el agüita en esas tazas tan chicas “que pobre que las quiebres porque son de porcelana y te acriminai pa’ siempre” -como me repite la Rosa.

     Y así tiene que ser, porque debo ser “super eficiente”. No como otras empleadas que son unas “flojas mugrientas”. Y cuando junte plata, el próximo año, podré viajar a mi Pitrufquén que lo quiero tanto, aunque llueva y tenga mucho barro. Y veré a mis hermanos, a mi madrina y a la señorita Elisa que me enseñó a leer. Y converso con la Rosa y me arranco del Raúl. Y veo las telenovelas y salgo los miércoles en la tarde y domingo por medio. Y me voy sola a pasear por el parque. Y a lo mejor algún día voy a conocer una amiga. Y cuando puedo, regaloneo con la niña Macarena que es rubia y delgadita y que cuando sea grande, va a ser como la señora, que es tan bonita y sabe tantas cosas.

      Y yo seguiré siendo la María. Hasta que me ponga vieja, como la mamá de mi madrina que se murió seca, como el barro de Pitrufquén cuando ha dejado de llover. Y que nunca conoció la capital, por no haber sido como yo, la María que vino del Sur.

 

 

REALIDAD

 

    La vÍ pasar por mi ventana y supe que era aquella en quien  descansaban todos mis sentimientos de los últimos quince años. La había visto, soñado y sin embargo parecía más perfecta que aquella fabricada por mis sensaciones. Mis primeros amores habían muerto después de largas agonías. Ya no necesitaba nada real, me bastaba con soñarla, con verla en la enorme pantalla de mi mente. Sin embargo y tal vez para mi desdicha, ahí estaba, frágil como una buena intención, delgada como hoja de libro nuevo, imprevista como una tormenta tropical.

     Abandoné la carta que me estaba escribiendo y corrí por las escaleras, temiendo que al tocar el suelo que sostenía mi edificio, ella hubiera desaparecido  para siempre. La sola idea me angustió, pues aquella de mis sueños era mía y, como tal, podía hacerla volver como y cuantas veces yo quisiera.  La que había pasado por mi ventana, sin embargo, era tan real como una tempestad en el mar. No podría volver a fabricarla.

     Al llegar al final de mi carrera, divisé su delgada figura caminado por la misma vereda que ahora yo pisaba. Corrí como un niño en busca de una recompensa y al tocar su sombra con mis pies, me detuve en un arranque de cordura. ¡Qué hacía! ¿Acaso me estaba volviendo loco? Yo, el siempre mesurado, aquel incapaz de mostrar sus debilidades ante sus iguales, caía en una actitud propia de un pre adolescente. Pensé volver, tomar nuevamente el lápiz y terminar aquella carta. Tenía aún tantas cosas que contarme. Sin embargo el aroma de su perfume, no solo me confirmó que era ella, sino que me obligó a seguir en esta carrera desprovista de toda sensatez.

     -Perdone, pero necesito hablarle -le dije con voz entrecortada. Ella giró lentamente, con una seguridad que me dejó abismado y me respondió:

     -Que bien. Esperaba que esto sucediera. ¿Nos sentamos en un banco o seguimos caminando, hasta agotar las palabras?

     -Lo que digas. Soy un tipo tan seguro de mí mismo, que no me importa hacer lo que prefieras.

     -Sigamos entonces -me dijo como si aquella fuera una frase más en nuestra larga vida.

      -Yo creo que nos conocemos, -le expresé con toda valentía.

     -Por cierto -contestó ella con esa seguridad que comenzaba a molestarme. Nos conocemos desde hace unos quince años.

     Entonces pensé que indudablemente se había confundido. Era una gran oportunidad. ¡Qué manera fácil de entablar una amistad partiendo de ese gran error!

     -Sí, debe haber sido en algún verano en la playa -continué casi con arrogancia.

     -Imposible -me contestó- jamás he visto el mar.

     -Ha de haber sido en uno de esos paseos al campo -insistí. Claro, en alguno de esos paseos de juventud.

     -No, -terminó en forma casi dura- nunca he estado en el campo.

     -¿Entonces será en algún lugar de esta horrible ciudad? -pregunté de manera impaciente.

     -Tampoco -contestó- esta ciudad no existe para mí.

     -¿...?

     -¿Acaso no lo entiendes? -me dijo en un tono tan directo, que sentí una enorme debilidad de pies a cabeza. Te conozco  -prosiguió- en todas esas noches de desvelo en que me buscaste y acudí a tu pensamiento.

     -Pero eso es imposible -le respondí. Yo soy un tipo práctico, realista, no creo en fantasmas ni aparecidos. Lo que está en la tierra lo veo, lo toco y luego existe. Lo que está en mi mente, no son más que sensaciones. No se pueden ver con los ojos abiertos, ni tocar con las manos.

     -¿No me has imaginado y soñado acaso, llenándote el alma  como un adolescente?

     -Sí, -contesté con entusiasmo.

     -Entonces, aquí estoy. Toma mi mano y comencemos a cruzar el horizonte.

     -A propósito -le dije- ¿cuál es tu nombre?

     -El que tú quieras -me respondió con una voz tan dulce que no puede ser escrita.

     -Entonces es ella -me dije, volviendo a tomar el lápiz para terminar esa carta dirigida a mí.


 

 


Jorge Biggs Henning nació en Valparaíso, Chile (1948). Abogado y escritor. Estudió en el Saint George's College de Santiago, en Shrine High School, Royal Oak, Michigan y en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha sido columnista de la revista VISA y tiene cuatro libros publicados: Voy y Vuelvo (Editorial Pehuén, 1993), ¿Por qué a Mí? (Editorial Cal y Canto, 1995), Cuentos Verdaderos (Iuniverse USA, 2000) y En Torno a la Casa de Madame Lorraine (Editorial Cuarto Propio, Primera Edición, Noviembre de 2001 / Segunda Edición, Enero de 2002). Los tres primeros libros actualmente sólo se encuentran disponibles a través de las principales librerías virtuales de Internet: Amazon.com, Barnes & Noble, Walmart.com, Iuniverse.com, etc. Ha participado en diversos grupos literarios, fue invitado por DUOC el 23 de abril de este año a dictar una charla con motivo del día internacional del Libro y actualmente dirige un taller literario en Santiago y otro en Panquehue, V Región. Su intención principal radica en escribir en forma ágil y amena, tratando de llegar a sus lectores por la vía de la identificación personal a través de sus personajes.