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Cada uno tiene su manera de recordar la
historia. Hablo de lo que todos
vimos aquel penoso 11 de septiembre.
Lo que presento
a continuación es una reflexión, como ser humano y especialmente
como periodista, que por nuestra categoría profesional estamos
llamados a la objetividad, la imparcialidad, a la crítica.
Al margen del cansancio por las muchas horas
trabajadas y
sin detenerme a pensar en lo que faltaba,
hice un alto para escribir unas líneas, quizás muchas, que contienen
mi reflexión y mi desahogo, mi poema de ira hasta donde mi débil
carácter humano lo permite, porque... la verdad... quisiera que ese
carácter fuese más allá, hasta querer la venganza que nunca me ha
sido característica ni en los momentos más aciagos.
Y es que no puede esconderse el enojo cuando
vemos herida de manera vil a una nación entera, cuyo mayor pecado,
aunque se haya equivocado muchas veces, es amar y defender la
libertad, la democracia y todos esos principios que ya casi estoy
empezando a confundir porque aunque me enseñaron a distinguir muy
bien lo bueno de lo malo, me horroriza pensar que otros como Osama
Bin Laden y la fila de alimañas que le siguen piensen que están
actuando bien, que Alá los autoriza, que cegando vidas inocentes le
están haciendo un bien a Alá, a Mahoma y a quienes 1.500 años
después de su muerte lo siguen y creen en sus enseñanzas, en sus
prédicas.
El dolor es tan grande como inexplicable.
Aquella mañana, como ha sido mi costumbre, estaba preparándome para
ir a mi trabajo de dar consejos a los cientos de usuarios de la
página de Internet que me escriben cada día en busca de un
espaldarazo, una crítica o una idea nueva para salir de algún
atolladero. Pero se fueron al diablo los consejos cuando escucho en
la radio que un avión había chocado contra una de las torres del
Centro Mundial de Comercio. Encendí de inmediato el televisor y me
encuentro con la transmisión en todos los canales, incluso en el que
trabajo. Observaba incrédulo las imágenes pero luego se me convirtió
en espanto, en ira infinita, en desconcierto total cuando veo, en
vivo y en directo, que otro avión chocaba contra la segunda torre.
Se me hacía tarde para ir a dar consejos pero
es que, no había caso, mi lugar estaba en otro lado. Oré, medité,
lloré y decidí que tenía que irme a la televisión con la que trabajo
para entrar a formar parte de la historia como soldado de la
información.
Encendí el motor del auto y al instante,
frenético, también la radio. Pensé en hombres grandes de este país,
en Washington, Franklin, Roosevelt, y el Kennedy que tanto admiré.
Si es que se permite llorar desde la tumba, ellos lloraron a su
manera como lo hice yo y como lo hizo el país entero en aquel
momento de desconcierto del 11 de septiembre. Recordé los pies
pintados sobre las calles de Nueva York, de distintos colores, que
sirven para guiar a los turistas que caminan. Esas marcas terminaron
para siempre en el World Trade Center. El derrumbe de esas dos moles
simbólicas, los aviones, la explosión, el fuego, el Pentágono, la
cara de Bush desde una escuela en La Florida, en fin, todo lo que vi,
no podía escapar de mi mente
Qué valor tiene la vida para hombres que
actúan como estos infames terroristas. No les cabe el término de
valientes, arrojados o creyentes. Porque nada de eso va con un
cerebro hecho pedazos por las ideas inculcadas por el rey del mal.
Como dijera Oriana Fallaci, me gustaría escupirlos. Pero eso no es
nada Oriana, es todavía bondadoso el tan solo patearlos, golpearlos
a la enésima potencia y herir su fundamentalismo idiota, vil,
malévolo.
Bin Laden, millonario, odia a quienes usamos
jabón, desodorante, crema dental y nos bañamos diariamente y sabemos
limpiar tan bien el cuerpo como el espíritu. Utiliza a la
civilización para aumentar su riqueza, para poder entonces destruir
a los civilizados. El vive en cuevas y en vez de comer manzanas o
puré de papa, consume opio. Sus barbas, su serenidad, sus caricias
al fusil, su mugre, su voz de santurrón, son parte del
convencimiento de que es un Mesías.
Para nosotros el
diablo hecho carne y hueso.
Este hombre confunde todo y hace que miles,
no sabemos cuantos, a su alrededor, hagan lo mismo. El Corán de 114
capítulos que Alá transmitió a Mahoma, un analfabeto con mucho
carisma, ha sido convertido en arma peligrosa contra el mundo. ¿Qué
hubiese pensado el profeta Abraham si viviese hoy? ¿Y el mismo
Mahoma?
Alguien, en una de esas miles de
conversaciones de esquina, me decía en estos días que Tirofijo, el
terrorista colombiano, y sus secuaces, no son más que boy scouts
comparados con las “hazañas
macabras” de Bin Laden y sus guerrilleros. Pero no es cierto, aquí
son los aviones cargados de pasajeros convertidos en proyectiles.
Allá, en Colombia, son los tanques de gas disparados contra los
mismos seres indefensos, contra inocentes, contra víctimas de las
mentes cascorvas, trogloditas, ñausas, paridas para hacerle mal a la
humanidad. Nuestro World Trade Center puede ser cualquiera de los
pueblitos de Antioquia, Santander, los llanos, en fin; otrora ricos
en arte e historia, y ahora convertidos en cenizas también. Los
muertos están hechos de lo mismo, al igual que los de aquí, los de
allá tenían cerebro, corazón y afecto.
He aprendido tanto de los afganos en los
últimos meses como de pocos pueblos en el mundo. Poco recuerdo de
las narraciones de los guías y de lo que se mostró frente a mis ojos
en lugares históricos cuando visité Italia, Egipto, Israel o Grecia.
Pero si sé muy bien que Afganistán es tan pequeño como Texas, aunque
nunca lo he visitado. Que el país tan sólo tenía un embajador, que
los talibanes que lo gobernaban son asesinos basados en sus
interpretaciones equivocadas del Islam, que condenaban a la pena de
muerte a quien los fotografiara; que maltrataban, asesinaban y
subyugaban a las mujeres y a la prensa; que a las cámaras de
fotografía o video les llamaban “cajas del diablo”, que los afganos
tenían que ir a las mezquitas a orar cinco veces al día o si no los
mataban, que si los hombres no llevaban la barba larga corrían el
riesgo de ser azotados, que prohibían a las mujeres salir a la calle
si no era en compañía de un pariente, que las apaleaban cuando no
cumplían con sus deberes, que tenían que vestir como ellos digan
(con el velo o “shador”) o las ataban y las azotaban.
Los talibanes no tenían poder legislativo ni
judicial. A los adúlteros los apedreaban, al igual que a los
borrachos. A los ladrones les cortaban los dedos y si el soldado de
turno estaba de mal humor, pues la mano entera. Castigaban a los
drogadictos pero exportaban narcóticos fuera de sus fronteras. Los
afganos son los primeros productores de opio en el mundo.
El promedio de esperanza de vida de los
afganos no alcanza a los 48 años, la mayoría no saben leer ni
escribir, no saben que es un portaviones, un teléfono celular, una
computadora, en fin, podría enumerar miles de productos que jamás
han visto en sus vidas, ni siquiera por televisión porque apenas hay
100.000 televisores en todo el país para los privilegiados, no pasan
de 170.000 los aparatos de radio, ni de 40.000 las líneas
telefónicas en un país de casi 26 millones de habitantes.
Esta dolorosa tragedia nos hace reflexionar muchas
cosas. Los norteamericanos se han armado de valor, de esperanzas y
de banderas. Los socorristas hicieron un alto en sus labores para
recibir al presidente Bush un día en Nueva York y agitaron cientos
de banderitas que se convirtieron en miles en los estadios, y en
millones en los automóviles, en las viviendas, comercios y edificios
públicos. Ha sido un noble gesto de patriotismo espontáneo, un gran
contraste con las marchas masivas que organiza Fidel Castro en La
Habana en las que los cubanos agitan sus banderas porque el régimen
de terror se los ordena.
Reflexiono también que Bin Laden es para
nosotros un asesino. Pero es un enviado de Alá para sus seguidores.
Un líder, un caudillo, un guía como lo fue Hitler para los alemanes,
o el Ayatollah Khomeini para los iraníes y hasta el propio Sha
pro-imperialista que él derrocó, y Saddam Hussein para los iraquíes
y Noriega para los panameños, y Trujillo para los dominicanos.
Pienso también que las fuerzas del mal han
puesto a prueba de fuego a quienes deben garantizar nuestra
seguridad ciudadana y, por lo que dicen los expertos, nuestras
fuerzas, las de los protectores, han fallado. Los terroristas se les
metieron por una hendija y no se dieron cuenta. Algunos de los
agentes de esas agencias han sido acusados de preparar complots en
el pasado para comprometer a inocentes. Estamos llenos de esos
casos. Y ahora, esa xenofobia con disfraz oficial se amplía a gran
parte de la población. ¡Qué miedo! Ahora nos tendremos que cuidar de
las palabras que decimos y como las decimos, hasta de hablar español
en muchos casos, y de no dar la más mínima sospecha con nuestros
actos. Usar lentes para el sol podría ser interpretado por un agente
del orden como una manera de esconder identidad. ¡Qué horror!
Existen unas 1.100 mezquitas musulmanas en
Estados Unidos. Son los centros de oración y meditación de unos 7
millones de musulmanes que viven aquí, entre nosotros, y de los
cuales no tenemos por qué pensar mal. No es delito el ser musulmán,
todo lo contrario, generalmente es gente buena y de costumbres
sanas. Pero entre ellos se deben esconder algunos extremistas o
fundamentalistas, como prefiera llamarles.
Cuando si conocí algunas mezquitas fue cuando
visité la Tierra Santa hace algunos años. Son lugares enormes. Hay
que dejar los zapatos fuera para poder entrar. Las mujeres deben
cubrirse las piernas y en algunos casos la cara. Cuando entras te
contagias de paz, de silencio, pero te ahuyenta el desgraciado olor
a pecueca. Tanto que disimuladamente te pones la mano cubriendo la
nariz y anhelas salir pronto para tirar a la basura las medias que
llevas puestas. El piso es siempre alfombrado y allí ponen sus
cabezas los musulmanes para orar. Lo hacen siempre en dirección a La
Meca. O sea que cuando un musulmán llega a algún sitio, lo primero
que tiene que hacer es convertirse en brújula, para no faltar a la
tradición. Dios, es decir Alá, le dijo a Abraham que invitara a toda
la humanidad a visitar la Ka'ba, algo así como el templo sagrado de
los musulmanes, que está en La Meca y que dicen fue construido por
el propio profeta. Allí está además la Piedra Negra, un símbolo de
adoración islámica.
Y la reflexión me regresa al principio, a la
masacre y a sus consecuencias. Tengo la misma preocupación que
George W. Bush y Tony Blair, y el soldado Smith de la Infantería de
Marina, y el resto de los pobladores actuales de este planeta. Claro
está, guardando las debidas proporciones. Los talibanes derrocaron
en 1996 al presidente Burhannuddin Rabbani y colgaron de un semáforo
al ex presidente frentepopulista Najibullah junto a un hermano
suyo. Ese no fue su primero ni su último crimen. Y esos son los
señores que protegían a Bin Laden. ¿Qué esperanzas tenemos entonces?
¿Cuales serán las consecuencias? Estamos luchando contra un enemigo
oculto, bien oculto, que se minimiza para escabullirse y se cambia
como el camaleón. Un enemigo que no es convencional, del que no
conocemos sus armas, ni sus caras, ni sus intenciones, ni sus bases.
Por lo pronto no nos queda otro remedio que
la ducha, el trabajo, el regreso a casa después de mucho bla, bla,
bla; y tratar de dormir, quizás con un ojo entreabierto para tener
la oportunidad de correr cuando la metralla suene.

Fernando Escobar Giraldo
nació en Risaralda (Caldas), Colombia. Abogado, escritor y periodista.
Radicado desde hace 21 años en los Estados Unidos. Fue director del periódico
“La Aurora” en Dallas, Texas, y de la revista bilingüe “Puntos”, en la misma
ciudad. En Miami, donde radica desde 1989, fue director de noticias de
Radio Klaridad, Radio Caracol y RCN, las más
grandes empresas de radio
colombianas que se han extendido al estado de la Florida.
Actualmente es uno de los
encargados de escribir el noticiero nacional de la cadena de televisión en
español UNIVISIÓN, la más grande del mundo en nuestro idioma, con la cual ganó
dos de los prestigiosos premios EMY de periodismo. También actúa como “Tu
Consejero” en Univisión Online. Además colabora para diversas publicaciones en
español y es autor de varias obras dedicadas a orientar a los latinos sobre
como vivir mejor, en todos los campos en la nación norteamericana. Entre sus
libros se destaca: Oportunidades para los Hispanos en Estados Unidos.

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