Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 19/20

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

EL DÍA MÁS PENOSO PARA LA HISTORIA

 DE LOS ESTADOS UNIDOS

(Reflexiones de un periodista)

 

por

 

Fernando Escobar Giraldo

    

     Cada uno tiene su manera de recordar la historia. Hablo de lo que todos vimos aquel penoso 11 de septiembre. 

  

   Lo que presento a continuación es una reflexión, como ser humano y especialmente como periodista, que por nuestra categoría profesional estamos llamados a la objetividad, la imparcialidad, a la crítica.

 

     Al margen del cansancio por las muchas horas trabajadas  y sin detenerme a pensar en lo que faltaba, hice un alto para escribir unas líneas, quizás muchas, que contienen mi reflexión y mi desahogo, mi poema de ira hasta donde mi débil carácter humano lo permite, porque... la verdad... quisiera que ese carácter fuese más allá, hasta querer la venganza que nunca me ha sido característica ni en los momentos más aciagos.

 

     Y es que no puede esconderse el enojo cuando vemos herida de manera vil a una nación entera, cuyo mayor pecado, aunque se haya equivocado muchas veces, es amar y defender la libertad, la democracia y todos esos principios que ya casi estoy empezando a confundir porque aunque me enseñaron a distinguir muy bien lo bueno de lo malo, me horroriza pensar que otros como Osama Bin Laden y la fila de alimañas que le siguen piensen que están actuando bien, que Alá los autoriza, que cegando vidas inocentes le están haciendo un bien a Alá, a Mahoma y a quienes 1.500 años después de su muerte lo siguen y creen en sus enseñanzas, en sus prédicas.

 

     El dolor es tan grande como inexplicable. Aquella mañana, como ha sido mi costumbre, estaba preparándome para ir a mi trabajo de dar consejos a los cientos de usuarios de la página de Internet que me escriben cada día en busca de un espaldarazo, una crítica o una idea nueva para salir de algún atolladero. Pero se fueron al diablo los consejos cuando escucho en la radio que un avión había chocado contra una de las torres del Centro Mundial de Comercio. Encendí de inmediato el televisor y me encuentro con la transmisión en todos los canales, incluso en el que trabajo. Observaba incrédulo las imágenes pero luego se me convirtió en espanto, en ira infinita, en desconcierto total cuando veo, en vivo y en directo, que otro avión chocaba contra la segunda torre.

 

     Se me hacía tarde para ir a dar consejos pero es que, no había caso, mi lugar estaba en otro lado. Oré, medité, lloré y decidí que tenía que irme a la televisión con la que trabajo para entrar a formar parte de la historia como soldado de la información.

 

     Encendí el motor del auto y al instante, frenético, también la radio. Pensé en hombres grandes de este país, en Washington, Franklin, Roosevelt, y el Kennedy que tanto admiré. Si es que se permite llorar desde la tumba, ellos lloraron a su manera como lo hice yo y como lo hizo el país entero en aquel momento de desconcierto del 11 de septiembre. Recordé los pies pintados sobre las calles de Nueva York, de distintos colores, que sirven para guiar a los turistas que caminan. Esas marcas terminaron para siempre en el World Trade Center. El derrumbe de esas dos moles simbólicas, los aviones, la explosión, el fuego, el Pentágono, la cara de Bush desde una escuela en La Florida, en fin, todo lo que vi, no podía escapar de mi mente

 

    Qué valor tiene la vida para hombres que actúan como estos infames terroristas. No les cabe el término de valientes, arrojados o creyentes. Porque nada de eso va con un cerebro hecho pedazos por las ideas inculcadas por el rey del mal. Como dijera Oriana Fallaci, me gustaría escupirlos. Pero eso no es nada Oriana, es todavía bondadoso el tan solo patearlos, golpearlos a la enésima potencia y herir su fundamentalismo idiota, vil, malévolo.

 

     Bin Laden, millonario, odia a quienes usamos jabón, desodorante, crema dental y nos bañamos diariamente y sabemos limpiar tan bien el cuerpo como el espíritu. Utiliza a la civilización para aumentar su riqueza, para poder entonces destruir a los civilizados. El vive en cuevas y en vez de comer manzanas o puré de papa, consume opio. Sus barbas, su serenidad, sus caricias al fusil, su mugre, su voz de santurrón, son parte del convencimiento de que es un Mesías.

 

Para nosotros el diablo hecho carne y hueso.

 

     Este hombre confunde todo y hace que miles, no sabemos cuantos, a su alrededor, hagan lo mismo. El Corán de 114 capítulos que Alá transmitió a Mahoma, un analfabeto con mucho carisma, ha sido convertido en arma peligrosa contra el mundo. ¿Qué hubiese pensado el profeta Abraham si viviese hoy? ¿Y el mismo Mahoma?

 

     Alguien, en una de esas miles de conversaciones de esquina, me decía en estos días que Tirofijo, el terrorista colombiano, y sus secuaces, no son más que boy scouts comparados con las hazañas macabras” de Bin Laden y sus guerrilleros. Pero no es cierto, aquí son los aviones cargados de pasajeros convertidos en proyectiles. Allá, en Colombia, son los tanques de gas disparados contra los mismos seres indefensos, contra inocentes, contra víctimas de las mentes cascorvas, trogloditas, ñausas, paridas para hacerle mal a la humanidad. Nuestro World Trade Center puede ser cualquiera de los pueblitos de Antioquia, Santander, los llanos, en fin; otrora ricos en arte e historia, y ahora convertidos en cenizas también. Los muertos están hechos de lo mismo, al igual que los de aquí, los de allá tenían  cerebro, corazón y afecto.  

 

     He aprendido tanto de los afganos en los últimos meses como de pocos pueblos en el mundo. Poco recuerdo de las narraciones de los guías y de lo que se mostró frente a mis ojos en lugares históricos cuando visité Italia, Egipto, Israel o Grecia. Pero si sé muy bien que Afganistán es tan pequeño como Texas, aunque nunca lo he visitado. Que el país tan sólo tenía un embajador, que los talibanes que lo gobernaban son asesinos basados en sus interpretaciones equivocadas del Islam, que condenaban a la pena de muerte a quien los fotografiara; que maltrataban, asesinaban y subyugaban a las mujeres y a la prensa; que a las cámaras de fotografía o video les llamaban “cajas del diablo”, que los afganos tenían  que ir a las mezquitas a orar cinco veces al día o si no los mataban, que si los hombres no llevaban la barba larga corrían el riesgo de ser azotados, que prohibían a las mujeres salir a la calle si no era en compañía de un pariente, que las apaleaban cuando no cumplían con sus deberes, que tenían que vestir como ellos digan (con el velo o “shador”) o las ataban y las azotaban.

 

     Los talibanes no tenían poder legislativo ni judicial. A los adúlteros los apedreaban, al igual que a los borrachos. A los ladrones les cortaban los dedos y si el soldado de turno estaba de mal humor, pues la mano entera. Castigaban a los drogadictos pero exportaban narcóticos fuera de sus fronteras. Los afganos son los primeros productores de opio en el mundo.

 

     El promedio de esperanza de vida de los afganos no alcanza a los 48 años, la mayoría no saben leer ni escribir, no saben que es un portaviones, un teléfono celular, una computadora, en fin, podría enumerar miles de productos que jamás han visto en sus vidas, ni siquiera por televisión porque apenas hay 100.000 televisores en todo el país para los privilegiados, no pasan de 170.000 los aparatos de radio, ni de 40.000 las líneas telefónicas en un país de casi 26 millones de habitantes.

 

   Esta dolorosa tragedia nos hace reflexionar muchas cosas. Los norteamericanos se han armado de valor, de esperanzas y de banderas. Los socorristas hicieron un alto en sus labores para recibir al presidente Bush un día en Nueva York y agitaron cientos de banderitas que se convirtieron en miles en los estadios, y en millones en los automóviles, en las viviendas, comercios y edificios públicos. Ha sido un noble gesto de patriotismo espontáneo, un gran contraste con las marchas masivas que organiza Fidel Castro en La Habana en las que los cubanos agitan sus banderas porque el régimen de terror se los ordena.

 

      Reflexiono también que Bin Laden es para nosotros un asesino. Pero es un enviado de Alá para sus seguidores. Un líder, un caudillo, un guía como lo fue Hitler para los alemanes, o el Ayatollah Khomeini para los iraníes y hasta el propio Sha pro-imperialista que él derrocó, y Saddam Hussein para los iraquíes y Noriega para los panameños, y Trujillo para los dominicanos.

 

     Pienso también que las fuerzas del mal han puesto a prueba de fuego a quienes deben garantizar nuestra seguridad ciudadana y, por lo que dicen los expertos, nuestras fuerzas, las de los protectores, han fallado. Los terroristas se les metieron por una hendija y no se dieron cuenta. Algunos de los agentes de esas agencias han sido acusados de preparar complots en el pasado para comprometer a inocentes. Estamos llenos de esos casos. Y ahora, esa xenofobia con disfraz oficial se amplía a gran parte de la población. ¡Qué miedo! Ahora nos tendremos que cuidar de las palabras que decimos y como las decimos, hasta de hablar español en muchos casos, y de no dar la más mínima sospecha con nuestros actos. Usar lentes para el sol podría ser interpretado por un agente del orden como una manera de esconder identidad. ¡Qué horror!

 

     Existen unas 1.100 mezquitas musulmanas en Estados Unidos. Son los centros de oración y meditación de unos 7 millones de musulmanes que viven aquí, entre nosotros, y de los cuales no tenemos por qué pensar mal. No es delito el ser musulmán, todo lo contrario, generalmente es gente buena y de costumbres sanas. Pero entre ellos se deben esconder algunos extremistas o fundamentalistas, como prefiera llamarles.

 

     Cuando si conocí algunas mezquitas fue cuando visité la Tierra Santa hace algunos años. Son lugares enormes. Hay que dejar los zapatos fuera para poder entrar. Las mujeres deben cubrirse las piernas y en algunos casos la cara. Cuando entras te contagias de paz, de silencio, pero te ahuyenta el desgraciado olor a pecueca. Tanto que disimuladamente te pones la mano cubriendo la nariz y anhelas salir pronto para tirar a la basura las medias que llevas puestas. El piso es siempre alfombrado y allí ponen sus cabezas los musulmanes para orar. Lo hacen siempre en dirección a La Meca. O sea que cuando un musulmán llega a algún sitio, lo primero que tiene que hacer es convertirse en brújula, para no faltar a la tradición. Dios, es decir Alá, le dijo a Abraham que invitara a toda la humanidad a visitar la Ka'ba, algo así como el templo sagrado de los musulmanes, que está en La Meca y que dicen fue construido por el propio profeta. Allí está además la Piedra Negra, un símbolo de adoración islámica.

 

     Y la reflexión me regresa al principio, a la masacre y a sus consecuencias. Tengo la misma preocupación que George W. Bush y Tony Blair, y el soldado Smith de la Infantería de Marina, y el resto de los pobladores actuales de este planeta. Claro está, guardando las debidas proporciones. Los talibanes derrocaron en 1996 al presidente Burhannuddin Rabbani y colgaron de un semáforo al ex presidente frentepopulista Najibullah junto a un  hermano suyo. Ese no fue su primero ni su último crimen. Y esos son los señores que protegían a Bin Laden. ¿Qué esperanzas tenemos entonces? ¿Cuales serán las consecuencias? Estamos luchando contra un enemigo oculto, bien oculto, que se minimiza para escabullirse y se cambia como el camaleón. Un enemigo que no es convencional,  del que no conocemos sus armas, ni sus caras, ni sus intenciones, ni sus bases.

 

     Por lo pronto no nos queda otro remedio que la ducha, el trabajo, el regreso a casa después de mucho bla, bla, bla; y tratar de dormir, quizás con un ojo entreabierto para tener la oportunidad de correr cuando la metralla suene.

 

 

 Fernando Escobar Giraldo nació en Risaralda (Caldas), Colombia. Abogado, escritor y periodista. Radicado desde hace 21 años en los Estados Unidos. Fue director del periódico “La Aurora” en Dallas, Texas, y de la revista bilingüe “Puntos”, en la misma ciudad. En Miami, donde radica desde 1989, fue director de noticias de Radio Klaridad, Radio Caracol y RCN, las más grandes empresas de radio colombianas que se han extendido al estado de la Florida. Actualmente es uno de los encargados de escribir el noticiero nacional de la cadena de televisión en español UNIVISIÓN, la más grande del mundo en nuestro idioma, con la cual ganó dos de los prestigiosos premios EMY de periodismo. También actúa como “Tu Consejero” en Univisión Online. Además colabora para diversas publicaciones en español y es autor de varias obras dedicadas a orientar a los latinos sobre como vivir mejor, en todos los campos en la nación norteamericana. Entre sus libros se destaca: Oportunidades para los Hispanos en Estados Unidos.