Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 19/20

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 



 

POETAS ESPAÑOLES

 

JOSÉ LÓPEZ RUEDA 


Nació en Madrid (1928). Es Doctor en Filosofía y Letras y Catedrático (jubilado) de la Universidad Simón Bolívar de Caracas. Ha sido profesor en universidades americanas y chinas. Desde 1991 a 1999, fue Director del programa de la Universidad de Bowling Green (Ohio, U.S.A.) en España. Entre sus libros de investigación, destacan Helenistas Españoles del siglo XVI (C.S.I.C., Madrid, 1973, tesis doctoral con Premio Extraordinario en la Universidad Complutense) y Rómulo Gallegos y España (Monte Avila, Caracas, 1986, Premio "Andrés Bello" de la Universidad Simón Bolívar). Ha publicado varias novelas y cinco poemarios. En el campo de la poesía, obtuvo el Premio “Alfonso Reyes” (Quito, Ecuador, 1958) y el “José Chacón” (Ayuntamiento de Alcalá de Henares, 1992). Ha sido Director del Capítulo de Madrid de la Academia Iberoamericana de Poesía y Presidente del Patronato de la Asociación Prometeo de Poesía. Algunos poemas suyos se han traducido al chino, al italiano y al ruso. 


 

 

OJOS Y HOMBRES 

(1954)

 

Considero despacio y con asombro

la gran metamorfosis, el prodigio

largamente incubado en esa inmensa

matriz inagotable que es el mundo.

Mas en vano atormento yo mis horas

de soledad tratando de explicarme

el cómo del suceso. Inútilmente

prolongo mis vigilias, examino

mi corazón por dentro, me paseo

por ciertas calles lívidas, por ciertas

madrugadas difuntas, con mi cara

de náufrago perdido o fraile insomne

que blasfema en secreto y dando tumbos

de tanto no saber irremediable.

Pero lo cierto es que por fin surgieron

a millares los ojos. ¡Es un dogma!

Y, Narciso total, el mundo pudo

mirarse trecho a trecho y construirse

una múltiple imagen de sí mismo.

Fue como un gigantesco alumbramiento

de las tinieblas a la luz. ¡Oh alba

de la visión al cabo inaugurada!

Ojos rapaces, ojos temerosos

poblaron el abismo, destellaron

entre la fronda insomne de las selvas,

entre corales, entre blancas nubes,

entre colmenas y entre nebulosas.

¡Oh santo advenimiento de los ojos!

La luz fue luz, los astros fueron astros.

La primavera toda cupo en una

clara, pequeña, límpida pupila.

Y al tiempo mil rumores y alaridos

quebrantaron las copas del silencio

y en la piel de la tierra comenzaron

el odio y el amor su eterno drama.

Los ojos contemplaban un momento

las cosas y volvían a cerrarse,

a disolverse en el materno lecho,

a ser de nuevo tierra inerte y muda.

Nuevas pupilas siempre renacían,

ojos de amor, de odio, de tristeza,

ojos innumerables, ojos, ojos...

Hasta que al fin la fiera pesadumbre

del pensamiento y el ensueño pudo

encarnar en el hombre y una hoguera

feroz organizar en sus pupilas.

El ser se hizo conciencia vigilante

y quiso resolver su propio enigma

en el humano corazón, abriendo

la historia del espíritu, la guerra

del yo con las tinieblas que oscurecen

la tan ansiada explicación del mundo.         

 

 

 

VENDEDOR SILENCIOSO EN UN MERCADO CHINO

(1990)

 

Bajo el sombrero cónico, de paja,

se dibuja su rostro

de pergamino viejo

y miran misteriosos

sus ojos orientales.

Es un delgado y ya reseco tronco

de pie junto a su cesta de verdura:

Vendedor silencioso.

Viene de los inmensos arrozales

que despliegan su verde melancólico

por las llanuras, llega de los huertos

cuidados con afán meticuloso

y paciente pericia milenaria.

Es la resignación tallada poco

a poco por los soles del verano

y los vientos brumosos

que ciegamente barren extensiones

aullando como lobos.

No espera casi nada. Centinela

de sus humildes vegetales, sólo

desea conseguir unas monedas

para pagar sus ocios

y el sustento frugal con que mantiene

el ritmo de su sangre ya dudoso.

Es un olmo desnudo

que respira sus últimos otoños.

 

 

 

DOMINGO DE RAMOS 

(1994)

 

Hace ya varios lustros

que el tiempo con su lima silenciosa

trabaja sin descanso y a destajo

en la demolición de mi osamenta.

Un día me erosiona las rodillas,

otro roe mis vértebras lumbares

y con una paciencia solapada

me mina los cimientos

y prepara la ruina

de mi torre de calcio y asadura.

Yo sigo caminando

con pies como pezuñas

de plomo, recorriendo las escasas

millas que me separan del desastre.

Ahora sí, de veras, me he quedado

sin el Pegaso de las ilusiones

y a cualquiera le ofrezco

el reino de mi sangre y mis neuronas

por un caballo que me lleve a cuestas

al fin de la batalla

o más sencillamente, por un asno

que me brinde sus lomos

para entrar resignado

en mi Jerusalén inevitable.

Pues oigo ya a lo lejos las trompetas

de mi semana santa, me hacen señas

los movedizos ramos y vislumbro

mi Gólgota final, el ominoso

miércoles de ceniza.  

                                    

  

LIRIOS PARA ALLISON HANSEN 

(1996)

 

Ahora que la primavera

pinta de rojo los tejados

de las casas antiguas

y se sube a los nidos

a preguntar por ti,

ahora que las cigüeñas

de la vieja ciudad donde vivías

abandonan sus torres

e inspeccionan los patios

para ver si te encuentran,                                                                     

ahora que la luna

añora los espejos

de tus ojos nocturnos

donde se duplicaba,                                                     

a veces, soñadora silente,

penetro en el zaguán

de la vetusta casa

que tu presencia rejuvenecía

y abro nostálgico la puerta

de este jardín un poco abandonado.                                                                 

Entonces los purpúreos

lirios que ya hace un año

sembraste en un poema

de niebla susurrada,

me salen al encuentro

preguntando por ti.                                                                  

Y en ese instante creo

que vas a aparecer con tu sonrisa

de esfumada Gioconda,

con tu figura leve

hecha de sol y pájaros azules.

                                                      

 

 

EXEQUIAS DE DON JUAN

(1997)

 

Sobre el armón de artillería

el ataúd del rey que no reinó

envuelto en la bandera de la patria

que ya se desintegra sin remedio

en las antiguas taifas.

Detrás el hijo -el nuevo rey que reina-

con los borbones ojos que humedecen

las lágrimas viriles

apenas contenidas.

Secas voces de mando. Una trompeta

que entona un largo toque de silencio.

La joven reina que se quiebra en llanto.

Sobre el armón que rueda lentamente,

un pedazo de España

entra en el pudridero.

 

 

 

QUEVEDIANA

(2000)

               

“¡Ah de la vida!”... ¿Nadie me responde?”

Francisco de Quevedo

 

En el desierto de mis desengaños,

llamo con aldabón enloquecido

a las férreas puertas del olvido

que me niegan volver a mis antaños.

                           

Probablemente sólo son engaños

cuanto la fe me tiene prometido

y sé que por las horas malherido,

ya sólo viviré muy pocos años.

 

Miro los muros de mi patria y siento

que se dividen ya sin que los una

otra vez un ensueño colectivo.

 

Y como conclusión del argumento,

diré que he sido y soy desde la cuna

un presente difunto sucesivo.

                                        

 

 

 

ÁNGELA REYES


Nació en Jimena de la Frontera, Cádiz, España (1946). Poeta, cuentista y novelista. Reside en Madrid. Es miembro del Patronato y Secretaria General de la Asociación Prometeo de Poesía y Directora de Sección de la revista en Internet PROMETEO Digital (A.P.P.). Co-Directora de la Editorial Altorrey que publica la revista “La Pájara Pinta”. Ha publicado diez poemarios, entre los que se encuentran: Amaranta (1981), La muerte olvidada (1984), Lázaro dudaba (1987), Cartas a Ulises de una mujer que vive sola (1990), La niña azul (1993) y Carméndula (2000). Ha recibido numerosos premios, entre los que se destacan: la Mención de Honor en el Concurso “Centenario Juan Ramón Jiménez” (1981), el Premio “Reina Amalia” (1985) y el Premio Internacional de Poesía religiosa “San Lesmes Abad” (1986).


 

 

ESTÁ TU BARCA VARADA

 

entre silencios de fronda,

tiene la quilla redonda

de tanto abrir la cañada

por lo más azul. Ajada

la vela duerme y, qué pena,

cuando el mar las olas suena

ver silente el corazón,

desprovisto de razón

latiendo sobre la arena.

 

(Amaranta, 1981)

 

 

 

ESTA NOCHE HE SENTIDO

 

el roce de tus dedos en mi puerta,

siempre cerrada.

Me has llamado

desde el mural del viento

y tu angustia rodó conmigo.

a la estación de la abstinencia.

Hoy te digo, María,

que ha llegado el momento

de cerrar las cortinas y dejar mis sandalias

en el rincón de los que nunca vuelven.

 

Ensombrece mi espejo

y ahorca de la encina mi sudario,

que para mí noviembre

ha reclinado la cabeza.

 

Yo no sé cuánto tiempo jugaré a estar perdido

con la lluvia tensándome los nervios

y en los ojos un coágulo de sangre

que no llegó a desvanecerse.

 

(Lázaro dudaba, 1987)

 

 

 

EL PIANO

 

Anochece diciembre. Bajo el viento

y la lluvia, la voz de un piano suena;

resbala muro abajo tanta pena

que humano me parece su lamento.

 

¿Qué niña le castiga al desaliento

y en el pedal azul desencadena

un río de dolor, que pasa y llena

de nostálgicas aguas su aposento?

 

La música camina. Su figura

es navío sin mástil y sin nombre.

Es muerte que en los mazos se adelanta.

 

Sabe tanto este piano de amargura

que en la noche se crece como un hombre

y un gemido le hiere la garganta.

 

(1987)

 

 

 

DORMÍA EL NAVEGANTE

 

con la bondad del ángel en su rostro,

con el atardecer dorándole

el sur desnudo, el sur

y aquel lunar sumido en la pereza,

el sur

y las quebradas líneas de su cuerpo.

 

Lenta avancé mi mano

en donde más pequeña era la tarde,

allí, en donde el hombre oculta

su frontera,

sus juveniles aguas,

la tibia desazón del bosque bien amado.

 

Feliz momento

su vientre era ciudad

perdida tras las yerbas del otoño.

Y el sur

una tendida flor siempre despierta

al borde del vacío,

una flor que al rozarla me ofrecía

el oculto lenguaje de la noche,

la magia de habitarme

oquedad y penumbra,

la luz anaranjada del deseo.

 

(Cartas a Ulises de una mujer que vive sola, 1990)

 

 

 

LA TARDE QUE MURIÓ LA NIÑA AZUL 

         

el otoño rozó el bronce de la aldaba.

Quemaba el aire

como beso de novio a punto de partir

y allá,

en ese sitio en donde octubre

le da a la uva su color de incendio,

un perro de testuz viajera

ladró con un sonido casi humano.

Era una tarde

que compartía la vejez con la orfandad de la retama

cuando murió la niña azul.

Su casa daba al mar

y el mar, desarraigando su posición yacente,

llegó tal un muchacho

y le besó en la boca conocida.

Luego,

con ánimo de ir a donde ella fuera,

enlutecióse

y no se hizo otra cosa

más que delta viril

que buscaba refugio en su pálido cuello.

(Nada me asusta tanto

como cerrar los ojos

y verlos replegados bajo la misma piel,

yéndose de la mano

para heredar la última sonrisa).

 

(La niña azul, 1993)

 

 

 

NO SERÁ ENTRE TUS OJOS

 

donde yo vaya a construir mi nido,

pues temo que una noche

la bruma conventual,

el dorondón de tu mirada

decidan desahuciarme.

Tampoco entre tus labios,

aunque me aguarde

el pan caliente de tu aliento.

 

De tu cuerpo, que tanto amo,

renuncio a visitar la playa de las ingles.

¿Qué sería de mí junto al puma de sal

siempre rugiendo y puesto en pie?

¿Quién vendría a salvarme del reflujo

y de los bajamares de tus piernas?

Pero, dime, ¿y si cayera hondo,

donde el añil y el cobre

dan altura a tu pubis dulcemente marino?

 

Quiero para vivir la calle de tu frente.

No me importa que en ella llueva

ni que la oscuridad me obligue

a encender un farol

cada vez que decida ir a tu encuentro.

Me gusta perseguir esa cincha de luz

que por tu rostro parte muy despacio.

Lleva tu misma delgadez,

esa forma de andar, cayendo hacia adelante.

 

Sólo en tu frente soy feliz

-guardián de mis aljibes-,

porque el claror del día sabe a hombre,

tiene un regusto a yedra masculina

y al respirar te siento

como arroyo crecido

que baja enfebreciendo mis veranos.

 

(Carméndula, 2000)

 

 

 

JUAN RUIZ DE TORRES


Nació en Madrid, España (1931). Poeta, ensayista, antólogo, crítico literario, periodista y profesor universitario. Dr. en Filología Hispánica, Dr. en Ingeniería Industrial y Licenciado en Informática. Fundador, Miembro del Patronato y actual Presidente de la Asociación Prometeo de Poesía (A.P.P.). Fundador y Documentalista de la Academia Iberoamericana de Poesía (A.I.P.). Fundador del Ateneo Casa del Tiempo. Asesor de la revista en Internet PROMETEO Digital. Ha publicado 22 poemarios, además de otras obras profesionales, ensayísticas y en prosa, entre los que se destacan: Un camino al futuro (1952), La luz y la sombra (1958), La suma imposible (1967), Los brindis del poeta (1970), Poesía para sobrevivir (1980), Las trece Puertas del Silencio (1984), y Herencia (Editorial Verbum, Madrid; 1999), hermoso poemario de gran calidad poética y lleno de amor a España y a la otra España que se extendió al otro lado del Atlántico. Ha recibido numerosas distinciones, entre las que se encuentran: Ateneo de Oro (1973) y Carlos Sabat Escasty (1989).


 

YO RECUERDO (1952)

 

Hace tiempo te dije "yo recuerdo",

buscando entre tus ojos y los míos

un enlace sutil y misterioso.

 

No era verdad. No recordaba nada.

Sólo estaba cubierto por la sombra

del deseo de amar.

 

Y cuando fue la luz,

aún seguía vacío el universo.

 

(Del poemario  “Un camino al futuro”)

 

 

 

EN TODO ESTE TIEMPO QUE HA PASADO (1958)                    

 

En todo este tiempo que ha pasado

después de aquello nuestro,

no sé si estuve vivo, dormitando,

o simplemente muerto.

 

Sólo sé que tu imagen se marchaba,

que toda tú te ibas

al igual que la niebla se levanta

al Sol de mediodía.

 

Hasta hoy, que en las sombras de la tarde,

en una de tus cartas,

el hambre antigua ha vuelto inevitable,

y sé que me haces falta.

 

En este largo, oscuro laberinto

después de aquello nuestro,

no puedo recordar que haya latido

mi corazón desierto.

 

(Del poemario  “La luz y la sombra”)

 

 

 

LAS HORAS (1967)

 

Hay horas que nos saben como a sueño.

Hay horas que destila una por una

la voz de la nostalgia.

 

No parecen reales esas horas.

Tal vez fueron medidas

por las ruedas exactas de todos los relojes.

Pero que nos duraban...

¡no sé lo que duraban!

 

Cada una nos iba salpicando

de emoción y agonía, de grito y de silencio.

 

Horas con la razón de vacaciones

y la voz atascada entre los labios.

 

Con la risa pugnando con la lágrima

y el frío con el fuego.

 

Unas horas teñidas de extraña purpurina,

con aroma a misterio y a victoria.

 

Horas que nos valieron más que años,

aunque luego pasaran la factura.

 

Horas que ¡duelen tanto!,

pues nacieron sin molde

y no podrán salirnos repetidas.

 

¿Cómo vinieron? ¿Cómo se marcharon?

¡Qué buena y mala suerte

tenemos de que ocurran esas horas!

 

Esas horas extrañas

serás las que envidiemos al pasado

cuando entremos,

de modo irremediable, en el futuro.

Las horas de esos días

que sabremos que fueron tan reales

aunque apenas nos sepan como a sueño.

 

(Del poemario  “La suma imposible”)

 

 

 

BRINDIS DEL POETA (1970)

                                                        

Brindo...

... por las espaldas de todas las mujeres.

... por nuestro adiós desencantado a cada minuto que se va.

... por la primera hierba de la Primavera.

... por todos los bolígrafos que cambian de mano cada día.

... por el amor que espera en una esquina del futuro.

 

(Del poemario  “Los brindis del poeta”)

 

 

 

CASTILLA (1980)

                                                                       

Altiplano español, dura meseta,

doscientos mil kilómetros cuadrados

de obstinación y polvo,

de viña y mies y adobe,

de pueblos en subasta,

de hielos y paisajes requemados.

 

El de los pies ligeros,

Aquiles, no hallaría

una meta precisa en tu horizonte.

 

Un castigo verían otras gentes

en tenerte por cuna de sus hijos.

La cólera de un dios

engendró tus distancias.

 

Pero, tierra inflexible,

en ti guardo raíces y cadenas.

Tómame.

Hazme ganar a pulso

esa herencia de hierro,

de sed y mediodía.

Que no me sienta débil

y me acomode un sol menos brillante.

Que mi mano castiguen tus ortigas,

mis ojos tus resoles,

mi olfato la acritud de tus caballos.

 

Haz que empape mi boca

el sabor de la hogaza.

 

Que acompañe a mi tumba

el antiguo silencio de tus noches.

 

(Del poemario “Poesía para sobrevivir”)

 

 

 

A ROMPER (1999) 

A romper,

a romper.

 

Tanto verso fallido.

 

Fotos.

Y diccionarios.

Ombligos.

Discursos, crucigramas.

 

Sólo el instante único

se resuelve en poema.

El resto es vanidad,

tiempo al amor perdido.

A romper.

Incluso este manual.

 

Hay que salvar los bosques.

 

(Inédito en libro)