Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 19/20

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

DRAMA SIN NOMBRE

 

por

 

Antonio Redondo Andújar

 


Personajes:

 

NARRADOR

HOMBRE

CORO

 

El CORO está situado a la izquierda de los espectadores. El hombre, en el centro. El narrador, a la derecha. Éste último lee lo que dice de un gran libro, situado sobre un atril frente a él.

 

 

NARRADOR

 

Te ahoga toda voz: la de la vida, la de lo viviente.

Quieres sentirlo todo, pero la nada encuentras.

Miras el horizonte, el cielo azul, inmenso;

estás de pie, inmóvil, diminuto,

contemplando, cegado, un horizonte inútil, infinito.

 

 

CORO

 

En tal mutismo hallamos un enorme abandono,

mayor fragilidad, mayor pureza

y se produce, entonces, la aparición primera del temor.

El mundo es en nosotros, nosotros contra el mundo.

Podemos escapar de aquel temor

penetrando en el núcleo del torbellino ciego de la vida.

Ya fuera del refugio los peligros son muchos.

Por eso no dudamos: nuestra única opción es la obediencia.

La obediencia es nuestro hábito.

La única recompensa: la abertura del círculo

de la vida negada que ahora nos contiene.

Nos considera suyos.

Nos movemos, bailamos en el círculo,

dentro siempre del círculo, somos pequeños hombres.

Apartados del sueño toda quietud se aleja, se hace otra.

Somos parte del mundo en cuanto abandonamos la quietud.

El sueño negador ahora es vida que actúa.

El otro ser que fuimos permanece en silencio, acurrucado,

plegado sobre sí, ensimismado.

Nos ignora. Nosotros, lo ignoramos.

 

 

HOMBRE

 

Si me muestro inocente, me desprecian.

No les sirve mi voz, no ha madurado.

Mi voz viene de lejos, no recuerdan.

No me recuerdan siempre, soy pasado.

Soy su pasado próximo, me humillan.

Han aprendido a ser un presente exultante.

 

Mi presente inhibido se recluye en los pliegues

de un dolor aún no humano.

Soy sombra que se busca, que carece de raza,

que aún ignora su nombre, que siente las agujas del rechazo.

 

Al mirarme al espejo descubro lo que odio.

Es como una certeza, un fogonazo.

Ignorando las formas distingo sus perfiles.

 

 

NARRADOR

 

Primera intuición de lo grotesco,

de la más espantosa vaciedad,

de las asociaciones sin sentido.

Todo responde a un fin:

lo inamovible, lo cerrado, lo cierto.

 

 

HOMBRE

 

No puedo defenderme de la risa

si soy una prisión a campo abierto

entre imágenes vanas de la vida.

 

 

CORO

 

Aparecen figuras que acompañan a este tipo de imágenes:

figuras que carecen de contornos,

de las que recordamos una mueca, una frase, una idea perpetua.

 

 

HOMBRE

 

Yo recuerdo su risa y su risa me ofende.

Y me siento distante, humillado y distante,

mi voz es un recuerdo inútil, deformado.

Él carece de voz e imagino su boca: es una cueva inmunda.

Todos ellos son bocas estúpidas y necias.

Ahora los recuerdo y sólo siento odio.

Entonces los recuerdo y sólo siento miedo.

Ahora los recuerdo, esas bocas sin fondo,

y sólo siento odio, y sólo siento miedo

y, para no sentirlo, les escupo en la boca.

 

 

NARRADOR

 

Nuevo ensimismamiento sin quietud.

En movimiento, siempre en movimiento.

Ahí la enfermedad, la crueldad.

No hay nada más cruel que lo endiosado.

La falsedad, el mal, lo redivivo.

La mutación del cuerpo, sus designios, su superioridad.

 

 

CORO

 

Heridos e inferiores contemplamos lo alto.

Nos hemos convertido en sólidos sin vida.

En el cambio encontramos la virtud.

Contemplamos estáticos la mutación de todo,

cómo cualquier acción en nuestro mundo

se encamina, inconsciente, a dominarlo.

 

 

HOMBRE

 

Permanezco en silencio. Ellos entonan

un primaveral canto a las metamorfosis.

No puedo más y estallo en una algarabía de palabras

que apenas si comprendo.

Sin por qué se sorprenden y me admiran.

Sigo sin comprender qué ha hecho que me ensalcen,

que elevando los brazos me alaben sin cesar

si yo no he hecho nada.

¡Qué orgulloso me siento de mí mismo!

Me he recuperado.

Me han recuperado y, luego, enaltecido.

Dialogo con ellos, me rodean sus brazos.

¡Oh qué fraternidad, almas gemelas!

Ahí está el amor, temo me asfixien.

Pese a ese temor, danzamos abrazados.

¡Oh, la vida! ¡Qué sería la vida sin la danza,

sin esos brazos fuertes, musculosos, que me ciñen el talle,

sin esos cuerpos jóvenes que, sin por qué, me adoran,

sin aquellas mujeres que me ofrecen su más dulce atributo!

La quietud, sí, ¿qué era la quietud?

¡Qué ajeno el ser que en mi interior reposa!

¡Quédate ahí! ¡No existas!

Sólo existe la danza de la vida, el éxtasis de todo, la sorpresa.

Buscaré la penumbra si es que esconde un placer ignorado,

no iré solo.

La soledad no existe en este instante:

hay hombres que me siguen, mujeres que me adoran,

multitudes que habitan mis sueños primerizos

y que claman mi nombre, me proclaman.

Ahora vivo de imágenes, de pensamientos poco razonados,

de utopías.

Me enfrento al mundo y venzo.

Ya no existe el dolor, no me doblega.

Pero el dolor existe,

se acercará cuando menos lo espere,

me mirará a los ojos,

se verá reflejado en mis primeras lágrimas,

seré, qué duda cabe, un inocente.

Impediré que sepan que estoy triste.

Y danzaré, danzaré eternamente.

De la melancolía haré un escudo.

Velaré por mi nueva situación.

Debo evitar posibles retrocesos.

Reiré como todos, es absurdo.

 

 

NARRADOR

 

La crueldad humana y sus designios.

No caer en sus redes: ser cruel.

Tan cruel como ellos y su risa.

En la debilidad hallar las claves.

No golpear, defenderse sin método.

Aquí no hay esqueletos, sólo carne.

Hay calor y humedad, contacto tibio.

Sueña con renacer, come ceniza.

El animal adora su imagen reflejada en el espejo.

 

La primera pregunta sin respuesta trae la primera crisis.

Su permanencia eterna la ruptura

con los móviles hilos de la dicha.

Su otro ser que, oculto, permanecía inmóvil,

se incorpora.

Le hace, por un momento, retornar a lo estático,

a ese mutismo inerme, le hace huir de la vida...

Pero ahora es imposible.

El exterior no vuelve a ser lo externo:

es su prolongación, sin él no existe.

No puede responder a esa pregunta porque ese ser inmóvil

ha perdido la voz, no quiere decir nada

o ha olvidado, sin más, la más cruda respuesta.

Quizás es que ha perdido la facultad de oír:

el ruido de la vida le ha convertido en sordo.

 

 

HOMBRE

 

De pronto, un gran estruendo.

Me sorprende desnudo, con los ojos abiertos.

Todo lo que se oculta se ha concentrado en mí.

Me he convertido en víctima.

No hay clave que buscar, no hay maleficio

ni forma de romperlo.

He sido profanado por mí mismo.

 

Ha sido una pregunta sin respuesta

la que ha abierto mis ojos.

La que ha hecho que conserve en mis recuerdos

una figura atónita, cegada.

Después de esta certeza ya no existe el instante,

el tiempo se prolonga hasta dejar de ser.

Ya no me reconozco.

El círculo está abierto, la danza ya es frenética,

mas yo soy un muñeco sin articulaciones.

Aunque quiera danzar mis miembros no responden,

estoy triste.

Padezco, estando sano, la enfermedad más grave,

el dolor más agudo.

Ensalzo, a toda costa, la noción de conciencia;

reelaboro, a ciegas, el concepto de espíritu

y paso a definirlo de otra forma.

Siento, qué duda cabe, lo inútil de mi intento,

pero me siento extraño, superior.

Ya no puedo evitarlo, el desprecio ha hecho nido,

la ira ha retornado a este tiempo presente

de un remoto pasado.

Se cierne sobre mí, se alía a la venganza.

Las manejo en silencio como un juego imposible,

disfruto como un loco y río a carcajadas.

Y aquí veo la vida, veo la actividad, el movimiento.

Y tras esta ilusión toda ilusión perece o se recluye.

Ahora hablo y me escucho.

No existen otros seres: sólo yo y mis palabras.

 

 

NARRADOR

 

En este desvarío es presa del amor.

El amor viene a él: débil, se entrega.

El mundo no le niega: abre los brazos.

No es iniciar la vida: es retomarla.

Dejarse hacer, no hacerse.

De pronto vislumbrar un único sentido.

Dejarse acariciar por la certeza

de no haber apreciado las caricias.

Sin pensar en la entrega, abrir los brazos.

El fin de nuestro cuerpo es entregarse:

entregarse ignorando el pensamiento.

 

 

CORO

 

No querer nada más, no exigir nada más

que ese instante de gozo,

que ese placer que nace

de nuestra comunión con lo viviente.

 

 

HOMBRE

 

Vuelvo a sentirme solo.

Dentro del torbellino me resisto a girar.

He tensado los músculos, me he hecho objeto pesado.

Carezco de la fuerza necesaria para seguir inmóvil.

Resisto a duras penas golpeándome contra enormes murallas,

contra árboles enormes, centenarios,

contra miles de seres que, boquiabiertos, miran

cómo, por mi insistencia, me destruyo.

Pero no me destruyo, soy feliz.

Dentro de este dolor hallo mi espíritu,

mi espíritu que es falso, que no existe,

pero que yo me creo y me sostiene.

Reivindico mi nombre, me ensaño contra todo,

a mí mismo me oprimo,

me considero el único defensor de mi carne.

Estoy solo y dormido.

Soy un ser singular, es mi destino.

No encuentro en lo que veo mi reflejo.

Pregunto por mí mismo y me respondo,

pero otras voces niegan la respuesta.

Por eso me recluyo: en mí no hay nadie,

fuera de mí no hay nadie.

 

 

NARRADOR

 

En la naturaleza no haya nada,

se empeña en no hallar nada.

El múltiple sonido del silencio, el eterno murmullo,

el descanso negado. Ya no hay lágrimas.

Construye su prisión: es su recluso.

En las paredes graba con sus uñas

mensajes que se apropia sin ser suyos.

Es una letanía que redime.

Piensa en lo que no existe.

Quiere cerrar los ojos, buscar allí un contrario y entregarse

a una lucha que le haga renacer, que le haga más humano.

Al cerrarlos encuentra una calma ignorada. Desconfía.

La oscuridad relaja, pero halla la amenaza,

intuye la amenaza de lo desconocido.

Todo lo que conoce se oculta en su conciencia,

intenta allí imponerse.

Supone que en lo oscuro se oculta lo que ignora.

Es la visión negada la que crea un absurdo fantasma

que, pese a ser absurdo, le hace estar intranquilo.

Aunque sabe que un día encontrará la calma,

no será nada más que un vil vacío

al que se entregará si un día muere.

Y un día morirá, no cabe duda.

Ahora abrirá los ojos, odia el sueño.

Odia la calma humana, su mutismo.

No caer en el círculo, evitarlo.

Buscar otras figuras geométricas.

 

 

CORO

 

De pronto nos quedamos silenciosos, ignorando qué hacer,

si persistir en nuestro pobre empeño

o entregarnos a una quietud creada, sin duda, innatural.

O bien nos contemplamos pero sin contemplarnos,

sin querer contemplarnos sino huir,

huir como huiría un ave migratoria,

buscar ese otro clima que no existe

creyendo que sí existe: el autoengaño.

Nuestro intento de ser nos lleva a distanciarnos del enigma,

del enigma resuelto por medio de otro enigma.

Hoy nada es necesario.

 

Nadie nos ha enseñado a amar la vida

por el menudo hecho de vivirla.

Nadie nos ha impulsado a vernos vivos

aun con el sufrimiento.

Si todos nuestros actos se encaminan a alguna destrucción,

dejamos de existir.

Hallamos el consuelo en los escombros

y en ellos nuestro nombre.

El nombre que nos nombra pero que nos ignora.

 

 

NARRADOR

 

Es descubrir, de pronto, lo imposible.

Hacer de las palabras instrumentos sin uso,

ver que toda palabra encierra en su interior

la negación insomne de sí misma.

No es ver la soledad, sólo el murmullo de los seres que viven,

que junto a ti conviven y naufragan

en un mar de palabras sin sentido.

Considerar cerrado lo que siempre está abierto.

Hacerle al cambio un trono redentor.

Mientras tanto, vivir,

vivir entre el murmullo de la vida,

ver la quietud engaño,

abrir los ojos siempre mas cerrarlos

cuando llega el placer.

Hay que vivir lo intenso con los ojos cerrados.

 

 

HOMBRE

 

En la desolación hallo el refugio último.

Solapado en mí mismo ignoro qué es mi voz y pienso sólo.

En soledad pervivo, siempre atento a un mandato:

mi propia tiranía.

Elaboro aforismos a nadie destinados.

Los pienso y nada dicen: todo es inaprensible.

 

Hay algo que me observa,

algo que me he creado para asirme,

para seguir asiéndome a esta inmovilidad

que es mi refugio último.

No aspiro a una experiencia sobrehumana,

no quiero hacer de esto una experiencia

que me lleve a sentir un soñado total.

No puedo ser no-ser si sigo siendo.

Si dejo de sentir es porque finjo que, sintiendo, no siento;

que, inmóvil, he negado el movimiento.

Sé que soy el actor de este drama sin nombre,

no porque no lo tenga

sino porque no doy a mis actos un nombre.

Prefiero, en la quietud, sentirme humilde,

sabiendo que mi orgullo es mayor que mi vida.

En la quietud contemplo algo que observa,

pero que no me daña: sólo observa.

Me construyo a mí mismo un ente autónomo

que observa mis defectos, mi impotencia.

Es mi esclavo, en el fondo.

Hago de mis recuerdos una fiesta,

me dejo profanar por mis pasiones

para hacer más grandiosa esta quietud.

La absurda pretensión de hacerme un trono

me lleva a despreciarme absurdamente.

Mi sueño de ser todo me ha hecho nada.

Y esta nada me empuja a la quietud,

ansiando en la quietud hallar el todo.

No es humana mi humana vanidad.

Lo que quiero es ser hombre.

Y sin duda ser hombre significa

no dejarse atrapar en una forma,

hallar en la quietud el movimiento, en el todo la nada:

hallar, en fin, la vida que nos huye

al tiempo que se torna omnipresente.

 

 

NARRADOR

 

Nada puede encontrar en las palabras y esa nada transmite.

Y en esa nada un todo de palabras se engarzan,

hacen muecas y horadan

la necia pulcritud de lo infinito.

 

FIN

 

 

Antonio Redondo Andújar nació en Almonacid de la Sierra (Zaragoza, España) en 1966. Desde 1988 reside en Barcelona. Es licenciado en Filosofía. Ha publicado las obras: Fantasmagorías entre poemas de amor que no deben ser cantados (Premio “Isabel de Portugal” de poesía en su VI convocatoria. Institución Fernando el Católico. Zaragoza, 1991); Tríptico doloroso y otros relatos (Institución Fernando el Católico. Zaragoza, 1993). “Nicodemo –tragedia–” (Las palabras del pararrayos. Barcelona, 1996; manuscritos.com, 2001); Memoria de la soledad arrebatada (Puente de la Aurora. Málaga, 1997); Fragmentos de una oda (P.O.E.M.A.S. Valladolid, 1998; El fantasma de la glorieta, 2002); Sin historia (Vinalia bolsillo. León, 1999); "Canción del peregrino". (En el libro “Poemas 1999”. Ayuntamiento de Zaragoza, 1999); "Paráfrasis de «La idea» –una lectura de Frans Masereel–” (Iralka. Irún, 1999); “Telegramas” (En el libro “Poemas 2000”. Ayuntamiento de Zaragoza, 2000) y “Fábulas humanas” (Manuscritos.com, 2001).