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Personajes:
NARRADOR
HOMBRE
CORO
El CORO está situado a la izquierda de los espectadores. El
hombre, en el
centro. El narrador, a la derecha. Éste último lee lo que dice de un
gran libro, situado sobre un atril frente a él.
NARRADOR
Te ahoga
toda voz: la de la vida, la de lo viviente.
Quieres
sentirlo todo, pero la nada encuentras.
Miras el
horizonte, el cielo azul, inmenso;
estás de
pie, inmóvil, diminuto,
contemplando, cegado, un horizonte inútil, infinito.
CORO
En tal
mutismo hallamos un enorme abandono,
mayor
fragilidad, mayor pureza
y se
produce, entonces, la aparición primera del temor.
El mundo
es en nosotros, nosotros contra el mundo.
Podemos
escapar de aquel temor
penetrando en el núcleo del torbellino ciego de la vida.
Ya fuera
del refugio los peligros son muchos.
Por eso
no dudamos: nuestra única opción es la obediencia.
La
obediencia es nuestro hábito.
La única
recompensa: la abertura del círculo
de la
vida negada que ahora nos contiene.
Nos
considera suyos.
Nos
movemos, bailamos en el círculo,
dentro
siempre del círculo, somos pequeños hombres.
Apartados del sueño toda quietud se aleja, se hace otra.
Somos
parte del mundo en cuanto abandonamos la quietud.
El sueño
negador ahora es vida que actúa.
El otro
ser que fuimos permanece en silencio, acurrucado,
plegado
sobre sí, ensimismado.
Nos
ignora. Nosotros, lo ignoramos.
HOMBRE
Si me
muestro inocente, me desprecian.
No les
sirve mi voz, no ha madurado.
Mi voz
viene de lejos, no recuerdan.
No me
recuerdan siempre, soy pasado.
Soy su
pasado próximo, me humillan.
Han
aprendido a ser un presente exultante.
Mi
presente inhibido se recluye en los pliegues
de un
dolor aún no humano.
Soy
sombra que se busca, que carece de raza,
que aún
ignora su nombre, que siente las agujas del rechazo.
Al
mirarme al espejo descubro lo que odio.
Es como
una certeza, un fogonazo.
Ignorando las formas distingo sus perfiles.
NARRADOR
Primera
intuición de lo grotesco,
de la
más espantosa vaciedad,
de las
asociaciones sin sentido.
Todo
responde a un fin:
lo
inamovible, lo cerrado, lo cierto.
HOMBRE
No puedo
defenderme de la risa
si soy
una prisión a campo abierto
entre
imágenes vanas de la vida.
CORO
Aparecen
figuras que acompañan a este tipo de imágenes:
figuras
que carecen de contornos,
de las
que recordamos una mueca, una frase, una idea perpetua.
HOMBRE
Yo
recuerdo su risa y su risa me ofende.
Y me
siento distante, humillado y distante,
mi voz
es un recuerdo inútil, deformado.
Él
carece de voz e imagino su boca: es una cueva inmunda.
Todos
ellos son bocas estúpidas y necias.
Ahora
los recuerdo y sólo siento odio.
Entonces
los recuerdo y sólo siento miedo.
Ahora
los recuerdo, esas bocas sin fondo,
y sólo
siento odio, y sólo siento miedo
y, para
no sentirlo, les escupo en la boca.
NARRADOR
Nuevo
ensimismamiento sin quietud.
En
movimiento, siempre en movimiento.
Ahí la
enfermedad, la crueldad.
No hay
nada más cruel que lo endiosado.
La
falsedad, el mal, lo redivivo.
La
mutación del cuerpo, sus designios, su superioridad.
CORO
Heridos
e inferiores contemplamos lo alto.
Nos
hemos convertido en sólidos sin vida.
En el
cambio encontramos la virtud.
Contemplamos estáticos la mutación de todo,
cómo
cualquier acción en nuestro mundo
se
encamina, inconsciente, a dominarlo.
HOMBRE
Permanezco en silencio. Ellos entonan
un
primaveral canto a las metamorfosis.
No puedo
más y estallo en una algarabía de palabras
que
apenas si comprendo.
Sin por
qué se sorprenden y me admiran.
Sigo sin
comprender qué ha hecho que me ensalcen,
que
elevando los brazos me alaben sin cesar
si yo no
he hecho nada.
¡Qué
orgulloso me siento de mí mismo!
Me he
recuperado.
Me han
recuperado y, luego, enaltecido.
Dialogo
con ellos, me rodean sus brazos.
¡Oh qué
fraternidad, almas gemelas!
Ahí está
el amor, temo me asfixien.
Pese a
ese temor, danzamos abrazados.
¡Oh, la
vida! ¡Qué sería la vida sin la danza,
sin esos
brazos fuertes, musculosos, que me ciñen el talle,
sin esos
cuerpos jóvenes que, sin por qué, me adoran,
sin
aquellas mujeres que me ofrecen su más dulce atributo!
La
quietud, sí, ¿qué era la quietud?
¡Qué
ajeno el ser que en mi interior reposa!
¡Quédate
ahí! ¡No existas!
Sólo
existe la danza de la vida, el éxtasis de todo, la sorpresa.
Buscaré
la penumbra si es que esconde un placer ignorado,
no iré
solo.
La
soledad no existe en este instante:
hay
hombres que me siguen, mujeres que me adoran,
multitudes que habitan mis sueños primerizos
y que
claman mi nombre, me proclaman.
Ahora
vivo de imágenes, de pensamientos poco razonados,
de
utopías.
Me
enfrento al mundo y venzo.
Ya no
existe el dolor, no me doblega.
Pero el
dolor existe,
se
acercará cuando menos lo espere,
me
mirará a los ojos,
se verá
reflejado en mis primeras lágrimas,
seré,
qué duda cabe, un inocente.
Impediré
que sepan que estoy triste.
Y
danzaré, danzaré eternamente.
De la
melancolía haré un escudo.
Velaré
por mi nueva situación.
Debo
evitar posibles retrocesos.
Reiré
como todos, es absurdo.
NARRADOR
La
crueldad humana y sus designios.
No caer
en sus redes: ser cruel.
Tan
cruel como ellos y su risa.
En la
debilidad hallar las claves.
No
golpear, defenderse sin método.
Aquí no
hay esqueletos, sólo carne.
Hay
calor y humedad, contacto tibio.
Sueña
con renacer, come ceniza.
El
animal adora su imagen reflejada en el espejo.
La
primera pregunta sin respuesta trae la primera crisis.
Su
permanencia eterna la ruptura
con los
móviles hilos de la dicha.
Su otro
ser que, oculto, permanecía inmóvil,
se
incorpora.
Le hace,
por un momento, retornar a lo estático,
a ese
mutismo inerme, le hace huir de la vida...
Pero
ahora es imposible.
El
exterior no vuelve a ser lo externo:
es su
prolongación, sin él no existe.
No puede
responder a esa pregunta porque ese ser inmóvil
ha
perdido la voz, no quiere decir nada
o ha
olvidado, sin más, la más cruda respuesta.
Quizás
es que ha perdido la facultad de oír:
el ruido
de la vida le ha convertido en sordo.
HOMBRE
De
pronto, un gran estruendo.
Me
sorprende desnudo, con los ojos abiertos.
Todo lo
que se oculta se ha concentrado en mí.
Me he
convertido en víctima.
No hay
clave que buscar, no hay maleficio
ni forma
de romperlo.
He sido
profanado por mí mismo.
Ha sido
una pregunta sin respuesta
la que
ha abierto mis ojos.
La que
ha hecho que conserve en mis recuerdos
una
figura atónita, cegada.
Después
de esta certeza ya no existe el instante,
el
tiempo se prolonga hasta dejar de ser.
Ya no me
reconozco.
El
círculo está abierto, la danza ya es frenética,
mas yo
soy un muñeco sin articulaciones.
Aunque
quiera danzar mis miembros no responden,
estoy
triste.
Padezco,
estando sano, la enfermedad más grave,
el dolor
más agudo.
Ensalzo,
a toda costa, la noción de conciencia;
reelaboro, a ciegas, el concepto de espíritu
y paso a
definirlo de otra forma.
Siento,
qué duda cabe, lo inútil de mi intento,
pero me
siento extraño, superior.
Ya no
puedo evitarlo, el desprecio ha hecho nido,
la ira
ha retornado a este tiempo presente
de un
remoto pasado.
Se
cierne sobre mí, se alía a la venganza.
Las
manejo en silencio como un juego imposible,
disfruto
como un loco y río a carcajadas.
Y aquí
veo la vida, veo la actividad, el movimiento.
Y tras
esta ilusión toda ilusión perece o se recluye.
Ahora
hablo y me escucho.
No
existen otros seres: sólo yo y mis palabras.
NARRADOR
En este
desvarío es presa del amor.
El amor
viene a él: débil, se entrega.
El mundo
no le niega: abre los brazos.
No es
iniciar la vida: es retomarla.
Dejarse
hacer, no hacerse.
De
pronto vislumbrar un único sentido.
Dejarse
acariciar por la certeza
de no
haber apreciado las caricias.
Sin
pensar en la entrega, abrir los brazos.
El fin
de nuestro cuerpo es entregarse:
entregarse ignorando el pensamiento.
CORO
No
querer nada más, no exigir nada más
que ese
instante de gozo,
que ese
placer que nace
de
nuestra comunión con lo viviente.
HOMBRE
Vuelvo a
sentirme solo.
Dentro
del torbellino me resisto a girar.
He
tensado los músculos, me he hecho objeto pesado.
Carezco
de la fuerza necesaria para seguir inmóvil.
Resisto
a duras penas golpeándome contra enormes murallas,
contra
árboles enormes, centenarios,
contra
miles de seres que, boquiabiertos, miran
cómo,
por mi insistencia, me destruyo.
Pero no
me destruyo, soy feliz.
Dentro
de este dolor hallo mi espíritu,
mi
espíritu que es falso, que no existe,
pero que
yo me creo y me sostiene.
Reivindico mi nombre, me ensaño contra todo,
a mí
mismo me oprimo,
me
considero el único defensor de mi carne.
Estoy
solo y dormido.
Soy un
ser singular, es mi destino.
No
encuentro en lo que veo mi reflejo.
Pregunto
por mí mismo y me respondo,
pero
otras voces niegan la respuesta.
Por eso
me recluyo: en mí no hay nadie,
fuera de
mí no hay nadie.
NARRADOR
En la
naturaleza no haya nada,
se
empeña en no hallar nada.
El
múltiple sonido del silencio, el eterno murmullo,
el
descanso negado. Ya no hay lágrimas.
Construye su prisión: es su recluso.
En las
paredes graba con sus uñas
mensajes
que se apropia sin ser suyos.
Es una
letanía que redime.
Piensa
en lo que no existe.
Quiere
cerrar los ojos, buscar allí un contrario y entregarse
a una
lucha que le haga renacer, que le haga más humano.
Al
cerrarlos encuentra una calma ignorada. Desconfía.
La
oscuridad relaja, pero halla la amenaza,
intuye
la amenaza de lo desconocido.
Todo lo
que conoce se oculta en su conciencia,
intenta
allí imponerse.
Supone
que en lo oscuro se oculta lo que ignora.
Es la
visión negada la que crea un absurdo fantasma
que,
pese a ser absurdo, le hace estar intranquilo.
Aunque
sabe que un día encontrará la calma,
no será
nada más que un vil vacío
al que
se entregará si un día muere.
Y un día
morirá, no cabe duda.
Ahora
abrirá los ojos, odia el sueño.
Odia la
calma humana, su mutismo.
No caer
en el círculo, evitarlo.
Buscar
otras figuras geométricas.
CORO
De
pronto nos quedamos silenciosos, ignorando qué hacer,
si
persistir en nuestro pobre empeño
o
entregarnos a una quietud creada, sin duda, innatural.
O bien
nos contemplamos pero sin contemplarnos,
sin
querer contemplarnos sino huir,
huir
como huiría un ave migratoria,
buscar
ese otro clima que no existe
creyendo
que sí existe: el autoengaño.
Nuestro
intento de ser nos lleva a distanciarnos del enigma,
del
enigma resuelto por medio de otro enigma.
Hoy nada
es necesario.
Nadie
nos ha enseñado a amar la vida
por el
menudo hecho de vivirla.
Nadie
nos ha impulsado a vernos vivos
aun con
el sufrimiento.
Si todos
nuestros actos se encaminan a alguna destrucción,
dejamos
de existir.
Hallamos
el consuelo en los escombros
y en
ellos nuestro nombre.
El
nombre que nos nombra pero que nos ignora.
NARRADOR
Es
descubrir, de pronto, lo imposible.
Hacer de
las palabras instrumentos sin uso,
ver que
toda palabra encierra en su interior
la
negación insomne
de sí misma.
No es
ver la soledad, sólo el murmullo de los seres que viven,
que
junto a ti conviven y naufragan
en un
mar de palabras sin sentido.
Considerar cerrado lo que
siempre está abierto.
Hacerle
al cambio un trono redentor.
Mientras
tanto, vivir,
vivir
entre el murmullo de la vida,
ver la
quietud engaño,
abrir
los ojos siempre mas cerrarlos
cuando
llega el placer.
Hay que
vivir lo intenso con los ojos cerrados.
HOMBRE
En la
desolación hallo el refugio último.
Solapado
en mí mismo ignoro qué es mi voz y pienso sólo.
En
soledad pervivo, siempre atento a un mandato:
mi
propia tiranía.
Elaboro
aforismos a nadie destinados.
Los
pienso y nada dicen: todo es inaprensible.
Hay algo
que me observa,
algo que
me he creado para asirme,
para
seguir asiéndome a esta inmovilidad
que es
mi refugio último.
No
aspiro a una experiencia sobrehumana,
no
quiero hacer de esto una experiencia
que me
lleve a sentir un soñado total.
No puedo
ser no-ser si sigo siendo.
Si dejo
de sentir es porque finjo que, sintiendo, no siento;
que,
inmóvil, he negado el movimiento.
Sé que
soy el actor de este drama sin nombre,
no
porque no lo tenga
sino
porque no doy a mis actos un nombre.
Prefiero, en la quietud, sentirme humilde,
sabiendo
que mi orgullo es mayor que mi vida.
En la
quietud contemplo algo que observa,
pero que
no me daña: sólo observa.
Me
construyo a mí mismo un ente autónomo
que
observa mis defectos, mi impotencia.
Es mi
esclavo, en el fondo.
Hago de
mis recuerdos una fiesta,
me dejo
profanar por mis pasiones
para
hacer más grandiosa esta quietud.
La
absurda pretensión de hacerme un trono
me lleva
a despreciarme absurdamente.
Mi sueño
de ser todo me ha hecho nada.
Y esta
nada me empuja a la quietud,
ansiando
en la quietud hallar el todo.
No es
humana mi humana vanidad.
Lo que
quiero es ser hombre.
Y sin
duda ser hombre significa
no
dejarse atrapar en una forma,
hallar
en la quietud el movimiento, en el todo la nada:
hallar,
en fin, la vida que nos huye
al
tiempo que se torna omnipresente.
NARRADOR
Nada
puede encontrar en las palabras y esa nada transmite.
Y en esa
nada un todo de palabras se engarzan,
hacen
muecas y horadan
la necia
pulcritud de lo infinito.
FIN
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