Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 21/22

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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EL FIN DE LA AMISTAD

por

Beatriz E. Mendoza

 

    

     Se había acostado con su mejor amigo y le gustaba. Maria Luisa se refugió tras la puerta de su pequeño apartamento. Lejos del amante reflexionaba, recostada su espalda contra la madera fría, sobre los eventos del día. No sabía decir exactamente cómo sucedió. Recordaba que observaban una película de acción. Cuando apareció la inevitable escena de cama, sintió el impulso de apoyar su cabeza en las piernas de Jorge. Él empezó a su vez a acariciar su cabello, su cuello, su espalda. Los ojos de Maria Luisa se clavaron en el televisor viendo sin ver los miles de puntos de la pantalla, mientras toda su atención se centraba en esas caricias. Una sensación vieja y nueva a la vez empezó a tomar forma dentro de ella. Esas caricias venían como del pasado y le recordaban aquella otra época, hace ya diez años, en que era feliz, durante los primeros meses de su matrimonio con Emilio. Y al mismo tiempo todo era tan diferente. Las manos de Jorge eran tan diferentes, grandes y suaves. La asían con un ansia sabia. Nada tenían que ver con el roce casi imperceptible que Emilio producía con sus manos, en una aterciopelada sensación que finalmente le hacía cosquillas. Nada tenían que ver con los otros roces torpes, los de los amantes que se había topado desde que estaba sola y soltera en esta ciudad que no era la suya.

    

     Esas manos grandes eran de alguien que la conocía muy bien, mucho más de lo que Emilio pudo llegar a adivinar de ella durante los seis años que duró el matrimonio. Se conocieron a los trece años, cuando su mejor amiga, Rossana, fue novia de Jorge. Bueno, novia por usar un  término y llamar de alguna forma a los paseos por el malecón, cogidos de la mano, rezagados del grupo de amigas y amigos que caminaban ruidosos frente a ellos.  El noviazgo alcanzó una duración récord en las parejas de esa edad: tres meses.  Hasta que un chisme se encargó de incendiar los celos de Rossana: su novio y su mejor amiga la traicionaban. El rumor se expandió por el círculo como el fuego que arrasa un pastizal seco. De más está decir que las dos chicas dejaron de ser amigas. Pero Jorge y Maria Luisa siguieron siempre en contacto haciendo caso omiso de las murmuraciones que los vinculaban, cuando alguien veía su carro estacionado frente a la casa de ella. Al principio la visitaba para quejarse de su mala suerte y recordar las cosas que hizo con Rossana durante esos tres meses. Después las visitas se volvieron costumbre y Jorge le contaba todos los pormenores de sus lances amorosos o le pedía consejo sobre cómo conquistar a tal muchacha. Maria Luisa a su vez hacía lo mismo y durante varios años fueron testigos de su mutuo aprendizaje en las cosas del amor y también de la vida.

    

     Jorge se fue a la capital para estudiar administración de empresas. Maria Luisa conoció a Emilio durante el primer año de arquitectura en la Universidad de la Costa y tras seis años de noviazgo se  casaron con toda la pompa requerida por la reducida sociedad de una ciudad costera colombiana. Con la distancia la amistad tuvo un receso grande. Él viajó al exterior a continuar sus estudios y ella, separada definitivamente de Emilio tras varios intentos de salvar el matrimonio, decidió emprender una vida nueva. Se fue del país a los 32 años. Tras un año de vivir en Madrid, y mientras estudiaba para el examen final de la especialización en restauración que hacía, Maria Luisa recibió sorprendida y alegre la llamada de Jorge. Estaba a pocas cuadras de allí, había sido trasladado por la filial de la multinacional para la que trabajaba en los Estados Unidos.

    

     Extranjeros en la ciudad, reanudaron la amistad con salidas a cenar y noches de copas y se rodearon de un grupo de amigos latinoamericanos que fue surgiendo en torno a ellos. En los dos años que él  llevaba viviendo en Madrid y los tres que llevaba ella, surgieron múltiples intentos de ser felices con otros y reanudaron las noches de tertulia y filosofía acerca de los temas que los apasionaban: el amor y la vida, como hacían cuando eran adolescentes.

    

     Habíanse contado tantas cosas y pasado tanto tiempo juntos sin que nada surgiera entre los dos que ya se creían a prueba de todo. Por eso Maria Luisa nunca sospechó que el acto inocente de reclinar la cabeza en sus piernas, movida por el cansancio, fuera a encender una pasión muchas veces reprimida por él.  Ante el temor de perder a la única mujer que lo había acompañado por más de tres meses a lo largo de su vida, Jorge se controlaba para no besarla cuando caminaban abrazados por las calles en busca de un café donde tomar algo caliente y encontrar refugio del frío invernal al que su crianza tropical nunca podría acostumbrarse.

    

     Maria Luisa no era bonita. No era como las chicas de labios perfectos y curvas de guitarra, por lo general modelos, con las que salía. Tampoco era fea. Su cara podría haber llegado a ser perfecta de no ser porque sus cejas eran demasiado pobladas y su nariz tenía una pequeña deformación en el puente. Estos rasgos le daban un toque un poco salvaje, como una escultura muy bella pero inacabada. Jorge se fijaba en todas esas cosas. La había observado miles de veces. Había visto sus piernas largas cuando la visitaba y ella lo recibía en unos shorts muy cortos y se sentaban a conversar en el pollito frente a su casa. Había visto cómo cambiaron, cómo se rellenaron en torno a las caderas despojándose de esa apariencia de palo de escoba. Era testigo de los cambios en su rostro, de cómo el tiempo imprimió líneas finas en torno a los ojos que finalmente le quitaron esa expresión aniñada que tenía antes. La veía madura y hermosa, mucho más hermosa que a los trece o a los veinte, mucho más hermosa que el día de su matrimonio a los veintiséis, cuando fue nombrada como la novia más bonita del año por el magazín social de la ciudad.

    

     Jorge se controlaba porque sabía que cuando llegara el momento de besarla ya no podría parar hasta dejarle los labios rojos. Sabía también que después de un par de meses todo se volvería rutina, se empezaría a sentir asfixiado, ella comenzaría a reclamar su tiempo y él no tendría más remedio que ignorar sus llamadas y portarse como un perro, como le confesó alguna vez que siempre hacía, y no le importaría porque necesitaría un poco de aire.

    

     Jorge caminaba hacia el metro. Tenía frío. Quería frotarse las manos para darse calor, pero al mismo tiempo quería retener durante un momento más la forma de su cuerpo atrapada en la piel de sus dedos. Maria Luisa, Maria Luisa, qué buena que estaba, qué buena que había estado siempre. Y cómo se movía en la cama, Dios. Nunca hubiera sospechado que fuera tan caliente. Él jugó con su pelo, después no pudo resistir la visión de su nuca, su espalda se le ofreció como una madera que quería ser tallada. Sus manos se perdieron, se salieron de su control, se aferraron a su cuerpo con codicia. Ella reaccionó como una caoba que cobra vida en relieves y hendiduras bajo la mano experta del ebanista. Lo miró de frente y sus ojos de chimenea lo quemaron por dentro. Se abalanzó sobre él y su boca lo asfixió, lo atrapó, lo chupó y lo lamió, su boca fue un animal desbocado sobre su cuerpo. Luego se quitó la ropa sin pudor y brilló con un esplendor que lo dejó ciego de deseo. De repente se vio envuelto en su piel, arropado con sus huesos. De repente estaba entrando en ella, sintiéndola toda, gritando por dentro, apretando la cara en muecas de dolor y gozo.

    

     El abrazo final, ese que viene siempre después del sexo, ese instante en que todas las mujeres se acurrucan buscando protección, nunca llegó. Eso lo desconcertaba. Inmediatamente después del orgasmo, Maria Luisa cayó en un sueño profundo. Se quedó con su cuerpo: la masa inerte descansaba encima de él, su sexo aún dentro de ella. Estuvo inmovilizado temiendo despertarla. Cuando empezó a pesarle le acarició la espalda, esperando que ella abriera los ojos. Pero nada, sólo se escuchaba su respiración plácida. Finalmente resolvió quitársela de encima con delicadeza. Ella ni cuenta se dio. Entonces Maria Luisa no necesitaba carantoñas, pensó. Tras encontrar lo que buscaba, se retiraba al mundo de los sueños a gozarlo. Hasta llegó a sentirse usado, algo impensable.

    

     Encendió la luz para vestirse, pero en cambio se quedó mirándola. Un involuntario arranque de ternura lo atacó: le besó la frente, la nariz, los ojos, se entretuvo en la curva de su cuello y repasó sus orejas con sus dedos. Maria Luisa despertó y lo pescó infraganti. Todavía estás aquí, dijo sonriendo, con los ojos como rendijas. Luego se dio la vuelta y siguió durmiendo. ¿Era eso una invitación para que se fuera o agradecimiento por haberse quedado? Ahora sí que no sabía que pensar. Se sintió en la obligación de quedarse, después de todo eran amigos y ella alguna vez le había comentado lo mucho que la irritaba ese acto cobarde de los hombres que se iban antes del café con leche. Se obligó a dormirse y pronto cayó, agotado por la jornada.

    

     Un sonido extraño la sacó del sueño. Se estiró para prender la luz y sintió a su lado su cuerpo. Era él, Jorge. Su amigo, el solterón empedernido, roncaba a su lado, completamente desnudo, el sexo colgando hacia un lado. ¿Qué era todo esto? Recordó lo pasado y no supo cómo afrontarlo. Se le venían encima remordimientos, visiones de una amistad perdida, una mañana incómoda llena de silencios sobre el desayuno. ¿Cómo iban a seguir ahora? ¿Iba ella a ser otra de sus víctimas? No, por Dios, se sabía la historia de memoria. Todo iba a estar muy bien durante unos meses y luego él saldría corriendo. Pero era tan bello y se veía tan vulnerable en su cama, con su metro ochenta desparramado de cualquier forma, un niño grande. Desechó la idea y resolvió despertarlo.

    

     Esperaba sentado en una banca. Sólo otros dos trasnochadores deambulaban por la estación del metro a esa hora. No podía quitarse de la cabeza el recuerdo de lo que pasó. Ella lo despertó y a él le bastaron dos segundos para darse cuenta de lo que le estaba sucediendo. La conocía demasiado bien como para no percatarse de que la invadía un miedo profundo. Ella trató de actuar naturalmente, le explicó que ambos tenían que trabajar al día siguiente y bromeó diciéndole que otro día lo invitaría a desayunar. Para colmo apeló a su provincialismo diciendo que no quería que los vecinos los vieran salir juntos por la mañana. ¿Acaso no llevaba ya varios años viviendo en Europa? ¿Acaso algunos de sus amantes no habían pasado la noche en su casa? No quiso contradecirla y obedientemente empezó a vestirse. Ella se puso una bata para ir al baño, cuando salió, él ya estaba completamente vestido. No supo si lo que vio en sus ojos fue decepción o vergüenza. Sus instintos de seductor le decían que debía tomar ese cuerpo que se transparentaba por encima de la bata y tumbarlo con firmeza y ternura sobre la cama. Tenía que vencer sus escrúpulos a punta de besos y chantajearla para que lo aceptara metiendo sus dedos dentro de ella hasta excavar en su vientre. Pero no lo hizo así. No podía hacer eso con ella. Se despidieron con un beso en la mejilla, como lo hacían después de sus idas a cenar.

    

     Maria Luisa y Jorge, sin haber sido nunca amantes, gozaban de la complicidad que comparten dos personas después de hacer el amor.  Irónicamente esa noche la complicidad había desaparecido y en la habitación sólo estaban dos extraños. Maria Luisa sentía como si ese hombre, completamente vestido parado frente a ella, fuera algún tipo sacado de un bar del que vagamente recordaba el nombre.  Mientras iba al baño tuvo la esperanza de que no se vistiera, mas cuando lo vio se sintió vulnerable, envuelta en esa gastada bata de casa. Trató de dormir cuando se fue, pero no pudo. Su olor estaba en esa cama, en esa almohada y ella lo buscaba, se llenaba los pulmones con él, recordaba el espasmo, el tamaño de su sexo que jamás llegó a imaginar, sencillamente porque nunca pensó que él podría ser un amante en  potencia. Pero sobre todo, recordaba sus manos, esas manos que la habían amasado como a un pan mañanero, esas manos que clamaban su cuerpo como territorio suyo, que recorrían cada accidente de su geografía hasta transformarla en un terreno suave y plano, propicio para la agricultura. Sintió el impulso de vestirse a toda prisa, bajar corriendo las escaleras y salir a buscarlo antes de que tomara el metro, pero se controló dando vueltas por el apartamento como un ánima en pena, ordenando el reguero que habían hecho en su disparatado recorrido del sofá a la cama.

    

     Una ráfaga de viento caliente y el inconfundible sonido del metal chillando anticipó la llegada del tren. Por última vez en esa noche fantaseó con la idea de no subirse en él, de recoger sus pasos de vuelta al apartamento de Maria Luisa, tirar la puerta de su casa y de sus miedos abajo y hacerla suya una vez más. Abandonó la idea casi antes de pensarla y al levantarse se metió la mano en el bolsillo del pantalón. ¿Dónde estaban sus llaves? Las buscó junto a la banca, en el piso, cerca de las escaleras que había bajado para llegar a la plataforma. ¿Será posible - se preguntó incrédulo - que las haya dejado en su apartamento? ¿Dónde más? Aunque no era supersticioso, no pudo evitar tomar este sencillo hecho como una señal del cielo. No era el Santo Sudario de Turín, pero no por eso su descuido dejaba de tener algo de intervención divina. Subió las escaleras de tres en tres, un mendigo que pasaba se sorprendió con el sonido de su carrera en medio de la calle desolada, hundió frenético el código de acceso al edificio de ella y una vez adentro la paciencia no le alcanzó para esperar el ascensor. Cuando se vio frente a su puerta las ganas que tenía de derribarla se le desvanecieron, se le hizo un nudo en el estómago, pensó en devolverse pero se acordó de las llaves. Finalmente golpeó despacito.

    

     Recostada su espalda contra la madera fría, Maria Luisa trataba de imaginar las manos de Jorge en su cuerpo.  Se había despojado de la bata y así le daba rienda suelta a su imaginación mientras las frías ráfagas de viento que recorrían la sala acariciaban su piel. Un ruido la trajo a la realidad. ¿Tocaban a la puerta? Miró por el visor, era él. Ahora no, ahora no podía enfrentarlo, ahora estaba encendida como un carbón, húmeda de su recuerdo. Ahora iba a arrojarse sobre él hasta comérselo vivo, ahora él no podía venir a tocar en su vida, venir a trastocar el orden de las cosas, no podía quitarle la única amistad cierta que le quedaba. Ahora él no iba cambiar su patrón de comportamiento con las mujeres, ella no quería pensar que era especial, que sería la excepción. Decidió quedarse así, callada en la oscuridad, y dejarlo ir. Él volvió a tocar, esta vez más fuerte, y con cada golpe ella escuchaba el ruido que hacían al derrumbarse cada una de las murallas de la razón que defendían la ciudad de sus emociones. Después hubo silencio y un sonido de pasos que se alejan. Entonces abrió la puerta y le dio la bienvenida a la desgracia, sin darse cuenta de que un poco más allá de esos ojos anhelantes, un poco más allá de ese momento electrizante, estaba el hombre que más la amaba.

 

 

Beatriz E. Mendoza nació en Barranquilla, Colombia (1973). Poeta, narradora y guionista de televisión y cine. Estudió Comunicación Social en la Universidad Javeriana en Bogotá. Participó en Talleres de la Casa  de Poesía Silva y publicó una revista universitaria con dos amigas. Desde hace seis años vive en Miami donde trabaja como periodista para la televisión en español. Tomó cursos de cine y realizó varios cortometrajes. Tiene un libro de poesía que se titula "Esa Parte que se esconde".  Varios de sus poemas han sido publicados en la revista literaria "La casa del Hada". Uno de sus cuentos fue incluido en la antología de nuevas escritoras colombianas "Rompiendo el Silencio" de Editorial Planeta Colombia. Actualmente prepara un libro de cuentos.