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Se
había acostado con su mejor amigo y le gustaba. Maria Luisa se
refugió tras la puerta de su pequeño apartamento. Lejos del amante
reflexionaba, recostada su espalda contra la madera fría, sobre los
eventos del día. No sabía decir exactamente cómo sucedió. Recordaba
que observaban una película de acción. Cuando apareció la inevitable
escena de cama, sintió el impulso de apoyar su cabeza en las piernas
de Jorge. Él empezó a su vez a acariciar su cabello, su cuello, su
espalda. Los ojos de Maria Luisa se clavaron en el televisor viendo
sin ver los miles de puntos de la pantalla, mientras toda su
atención se centraba en esas caricias. Una sensación vieja y nueva a
la vez empezó a tomar forma dentro de ella. Esas caricias venían
como del pasado y le recordaban aquella otra época, hace ya diez
años, en que era feliz, durante los primeros meses de su matrimonio
con Emilio. Y al mismo tiempo todo era tan diferente. Las manos de
Jorge eran tan diferentes, grandes y suaves. La asían con un ansia
sabia. Nada tenían que ver con el roce casi imperceptible que Emilio
producía con sus manos, en una aterciopelada sensación que
finalmente le hacía cosquillas. Nada tenían que ver con los otros
roces torpes, los de los amantes que se había topado desde que
estaba sola y soltera en esta ciudad que no era la suya.
Esas manos grandes
eran de alguien que la conocía muy bien, mucho más de lo que Emilio
pudo llegar a adivinar de ella durante los seis años que duró el
matrimonio. Se conocieron a los trece años, cuando su mejor amiga,
Rossana, fue novia de Jorge. Bueno, novia por usar un término y
llamar de alguna forma a los paseos por el malecón, cogidos de la
mano, rezagados del grupo de amigas y amigos que caminaban ruidosos
frente a ellos. El noviazgo alcanzó una duración récord en las
parejas de esa edad: tres meses. Hasta que un chisme se encargó de
incendiar los celos de Rossana: su novio y su mejor amiga la
traicionaban. El rumor se expandió por el círculo como el fuego que
arrasa un pastizal seco. De más está decir que las dos chicas
dejaron de ser amigas. Pero Jorge y Maria Luisa siguieron siempre en
contacto haciendo caso omiso de las murmuraciones que los
vinculaban, cuando alguien veía su carro estacionado frente a la
casa de ella. Al principio la visitaba para quejarse de su mala
suerte y recordar las cosas que hizo con Rossana durante esos tres
meses. Después las visitas se volvieron costumbre y Jorge le contaba
todos los pormenores de sus lances amorosos o le pedía consejo sobre
cómo conquistar a tal muchacha. Maria Luisa a su vez hacía lo mismo
y durante varios años fueron testigos de su mutuo aprendizaje en las
cosas del amor y también de la vida.
Jorge se fue a la
capital para estudiar administración de empresas. Maria Luisa
conoció a Emilio durante el primer año de arquitectura en la
Universidad de la Costa y tras seis años de noviazgo se casaron con
toda la pompa requerida por la reducida sociedad de una ciudad
costera colombiana. Con la distancia la amistad tuvo un receso
grande. Él viajó al exterior a continuar sus estudios y ella,
separada definitivamente de Emilio tras varios intentos de salvar el
matrimonio, decidió emprender una vida nueva. Se fue del país a los
32 años. Tras un año de vivir en Madrid, y mientras estudiaba para
el examen final de la especialización en restauración que hacía,
Maria Luisa recibió sorprendida y alegre la llamada de Jorge. Estaba
a pocas cuadras de allí, había sido trasladado por la filial de la
multinacional para la que trabajaba en los Estados Unidos.
Extranjeros en la
ciudad, reanudaron la amistad con salidas a cenar y noches de copas
y se rodearon de un grupo de amigos latinoamericanos que fue
surgiendo en torno a ellos. En los dos años que él llevaba viviendo
en Madrid y los tres que llevaba ella, surgieron múltiples intentos
de ser felices con otros y reanudaron las noches de tertulia y
filosofía acerca de los temas que los apasionaban: el amor y la
vida, como hacían cuando eran adolescentes.
Habíanse contado
tantas cosas y pasado tanto tiempo juntos sin que nada surgiera
entre los dos que ya se creían a prueba de todo. Por eso Maria Luisa
nunca sospechó que el acto inocente de reclinar la cabeza en sus
piernas, movida por el cansancio, fuera a encender una pasión muchas
veces reprimida por él. Ante el temor de perder a la única mujer
que lo había acompañado por más de tres meses a lo largo de su vida,
Jorge se controlaba para no besarla cuando caminaban abrazados por
las calles en busca de un café donde tomar algo caliente y encontrar
refugio del frío invernal al que su crianza tropical nunca podría
acostumbrarse.
Maria Luisa no era
bonita. No era como las chicas de labios perfectos y curvas de
guitarra, por lo general modelos, con las que salía. Tampoco era
fea. Su cara podría haber llegado a ser perfecta de no ser porque
sus cejas eran demasiado pobladas y su nariz tenía una pequeña
deformación en el puente. Estos rasgos le daban un toque un poco
salvaje, como una escultura muy bella pero inacabada. Jorge se
fijaba en todas esas cosas. La había observado miles de veces. Había
visto sus piernas largas cuando la visitaba y ella lo recibía en
unos shorts muy cortos y se sentaban a conversar en el pollito
frente a su casa. Había visto cómo cambiaron, cómo se rellenaron en
torno a las caderas despojándose de esa apariencia de palo de
escoba. Era testigo de los cambios en su rostro, de cómo el tiempo
imprimió líneas finas en torno a los ojos que finalmente le quitaron
esa expresión aniñada que tenía antes. La veía madura y hermosa,
mucho más hermosa que a los trece o a los veinte, mucho más hermosa
que el día de su matrimonio a los veintiséis, cuando fue nombrada
como la novia más bonita del año por el magazín social de la ciudad.
Jorge se controlaba
porque sabía que cuando llegara el momento de besarla ya no podría
parar hasta dejarle los labios rojos. Sabía también que después de
un par de meses todo se volvería rutina, se empezaría a sentir
asfixiado, ella comenzaría a reclamar su tiempo y él no tendría más
remedio que ignorar sus llamadas y portarse como un perro, como le
confesó alguna vez que siempre hacía, y no le importaría porque
necesitaría un poco de aire.
Jorge caminaba hacia
el metro. Tenía frío. Quería frotarse las manos para darse calor,
pero al mismo tiempo quería retener durante un momento más la forma
de su cuerpo atrapada en la piel de sus dedos. Maria Luisa, Maria
Luisa, qué buena que estaba, qué buena que había estado siempre. Y
cómo se movía en la cama, Dios. Nunca hubiera sospechado que fuera
tan caliente. Él jugó con su pelo, después no pudo resistir la
visión de su nuca, su espalda se le ofreció como una madera que
quería ser tallada. Sus manos se perdieron, se salieron de su
control, se aferraron a su cuerpo con codicia. Ella reaccionó como
una caoba que cobra vida en relieves y hendiduras bajo la mano
experta del ebanista. Lo miró de frente y sus ojos de chimenea lo
quemaron por dentro. Se abalanzó sobre él y su boca lo asfixió, lo
atrapó, lo chupó y lo lamió, su boca fue un animal desbocado sobre
su cuerpo. Luego se quitó la ropa sin pudor y brilló con un
esplendor que lo dejó ciego de deseo. De repente se vio envuelto en
su piel, arropado con sus huesos. De repente estaba entrando en
ella, sintiéndola toda, gritando por dentro, apretando la cara en
muecas de dolor y gozo.
El abrazo final, ese
que viene siempre después del sexo, ese instante en que todas las
mujeres se acurrucan buscando protección, nunca llegó. Eso lo
desconcertaba. Inmediatamente después del orgasmo, Maria Luisa cayó
en un sueño profundo. Se quedó con su cuerpo: la masa inerte
descansaba encima de él, su sexo aún dentro de ella. Estuvo
inmovilizado temiendo despertarla. Cuando empezó a pesarle le
acarició la espalda, esperando que ella abriera los ojos. Pero nada,
sólo se escuchaba su respiración plácida. Finalmente resolvió
quitársela de encima con delicadeza. Ella ni cuenta se dio. Entonces
Maria Luisa no necesitaba carantoñas, pensó. Tras encontrar lo que
buscaba, se retiraba al mundo de los sueños a gozarlo. Hasta llegó a
sentirse usado, algo impensable.
Encendió la luz para
vestirse, pero en cambio se quedó mirándola. Un involuntario
arranque de ternura lo atacó: le besó la frente, la nariz, los ojos,
se entretuvo en la curva de su cuello y repasó sus orejas con sus
dedos. Maria Luisa despertó y lo pescó infraganti. Todavía estás
aquí, dijo sonriendo, con los ojos como rendijas. Luego se dio la
vuelta y siguió durmiendo. ¿Era eso una invitación para que se fuera
o agradecimiento por haberse quedado? Ahora sí que no sabía que
pensar. Se sintió en la obligación de quedarse, después de todo eran
amigos y ella alguna vez le había comentado lo mucho que la irritaba
ese acto cobarde de los hombres que se iban antes del café con
leche. Se obligó a dormirse y pronto cayó, agotado por la jornada.
Un sonido extraño la
sacó del sueño. Se estiró para prender la luz y sintió a su lado su
cuerpo. Era él, Jorge. Su amigo, el solterón empedernido, roncaba a
su lado, completamente desnudo, el sexo colgando hacia un lado. ¿Qué
era todo esto? Recordó lo pasado y no supo cómo afrontarlo. Se le
venían encima remordimientos, visiones de una amistad perdida, una
mañana incómoda llena de silencios sobre el desayuno. ¿Cómo iban a
seguir ahora? ¿Iba ella a ser otra de sus víctimas? No, por Dios, se
sabía la historia de memoria. Todo iba a estar muy bien durante unos
meses y luego él saldría corriendo. Pero era tan bello y se veía tan
vulnerable en su cama, con su metro ochenta desparramado de
cualquier forma, un niño grande. Desechó la idea y resolvió
despertarlo.
Esperaba sentado en
una banca. Sólo otros dos trasnochadores deambulaban por la estación
del metro a esa hora. No podía quitarse de la cabeza el recuerdo de
lo que pasó. Ella lo despertó y a él le bastaron dos segundos para
darse cuenta de lo que le estaba sucediendo. La conocía demasiado
bien como para no percatarse de que la invadía un miedo profundo.
Ella trató de actuar naturalmente, le explicó que ambos tenían que
trabajar al día siguiente y bromeó diciéndole que otro día lo
invitaría a desayunar. Para colmo apeló a su provincialismo diciendo
que no quería que los vecinos los vieran salir juntos por la mañana.
¿Acaso no llevaba ya varios años viviendo en Europa? ¿Acaso algunos
de sus amantes no habían pasado la noche en su casa? No quiso
contradecirla y obedientemente empezó a vestirse. Ella se puso una
bata para ir al baño, cuando salió, él ya estaba completamente
vestido. No supo si lo que vio en sus ojos fue decepción o
vergüenza. Sus instintos de seductor le decían que debía tomar ese
cuerpo que se transparentaba por encima de la bata y tumbarlo con
firmeza y ternura sobre la cama. Tenía que vencer sus escrúpulos a
punta de besos y chantajearla para que lo aceptara metiendo sus
dedos dentro de ella hasta excavar en su vientre. Pero no lo hizo
así. No podía hacer eso con ella. Se despidieron con un beso en la
mejilla, como lo hacían después de sus idas a cenar.
Maria Luisa y Jorge,
sin haber sido nunca amantes, gozaban de la complicidad que
comparten dos personas después de hacer el amor. Irónicamente esa
noche la complicidad había desaparecido y en la habitación sólo
estaban dos extraños. Maria Luisa sentía como si ese hombre,
completamente vestido parado frente a ella, fuera algún tipo sacado
de un bar del que vagamente recordaba el nombre. Mientras iba al
baño tuvo la esperanza de que no se vistiera, mas cuando lo vio se
sintió vulnerable, envuelta en esa gastada bata de casa. Trató de
dormir cuando se fue, pero no pudo. Su olor estaba en esa cama, en
esa almohada y ella lo buscaba, se llenaba los pulmones con él,
recordaba el espasmo, el tamaño de su sexo que jamás llegó a
imaginar, sencillamente porque nunca pensó que él podría ser un
amante en potencia. Pero sobre todo, recordaba sus manos, esas
manos que la habían amasado como a un pan mañanero, esas manos que
clamaban su cuerpo como territorio suyo, que recorrían cada
accidente de su geografía hasta transformarla en un terreno suave y
plano, propicio para la agricultura. Sintió el impulso de vestirse a
toda prisa, bajar corriendo las escaleras y salir a buscarlo antes
de que tomara el metro, pero se controló dando vueltas por el
apartamento como un ánima en pena, ordenando el reguero que habían
hecho en su disparatado recorrido del sofá a la cama.
Una ráfaga de viento
caliente y el inconfundible sonido del metal chillando anticipó la
llegada del tren. Por última vez en esa noche fantaseó con la idea
de no subirse en él, de recoger sus pasos de vuelta al apartamento
de Maria Luisa, tirar la puerta de su casa y de sus miedos abajo y
hacerla suya una vez más. Abandonó la idea casi antes de pensarla y
al levantarse se metió la mano en el bolsillo del pantalón. ¿Dónde
estaban sus llaves? Las buscó junto a la banca, en el piso, cerca de
las escaleras que había bajado para llegar a la plataforma. ¿Será
posible - se preguntó incrédulo - que las haya dejado en su
apartamento? ¿Dónde más? Aunque no era supersticioso, no pudo evitar
tomar este sencillo hecho como una señal del cielo. No era el Santo
Sudario de Turín, pero no por eso su descuido dejaba de tener algo
de intervención divina. Subió las escaleras de tres en tres, un
mendigo que pasaba se sorprendió con el sonido de su carrera en
medio de la calle desolada, hundió frenético el código de acceso al
edificio de ella y una vez adentro la paciencia no le alcanzó para
esperar el ascensor. Cuando se vio frente a su puerta las ganas que
tenía de derribarla se le desvanecieron, se le hizo un nudo en el
estómago, pensó en devolverse pero se acordó de las llaves.
Finalmente golpeó despacito.
Recostada su espalda
contra la madera fría, Maria Luisa trataba de imaginar las manos de
Jorge en su cuerpo. Se había despojado de la bata y así le daba
rienda suelta a su imaginación mientras las frías ráfagas de viento
que recorrían la sala acariciaban su piel. Un ruido la trajo a la
realidad. ¿Tocaban a la puerta? Miró por el visor, era él. Ahora no,
ahora no podía enfrentarlo, ahora estaba encendida como un carbón,
húmeda de su recuerdo. Ahora iba a arrojarse sobre él hasta
comérselo vivo, ahora él no podía venir a tocar en su vida, venir a
trastocar el orden de las cosas, no podía quitarle la única amistad
cierta que le quedaba. Ahora él no iba cambiar su patrón de
comportamiento con las mujeres, ella no quería pensar que era
especial, que sería la excepción. Decidió quedarse así, callada en
la oscuridad, y dejarlo ir. Él volvió a tocar, esta vez más fuerte,
y con cada golpe ella escuchaba el ruido que hacían al derrumbarse
cada una de las murallas de la razón que defendían la ciudad de sus
emociones. Después hubo silencio y un sonido de pasos que se alejan.
Entonces abrió la puerta y le dio la bienvenida a la desgracia, sin
darse cuenta de que un poco más allá de esos ojos anhelantes, un
poco más allá de ese momento electrizante, estaba el hombre que más
la amaba.
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