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Por la
estación, ahí merito donde termina la cola de un tren abandonado,
vas a divisar la tumba. Tiene un techo de dos aguas que bajan desde
la punta como un capote de cemento y se entiesan para arriba antes
de tentar el suelo. Al llegar le compras al que está en la puerta,
una piedra, la más bonita que encuentres. Te va a entretener un rato
preguntándote a ver que te saca. Tú lo dejas hablar porque así son
los que cuidan, luego entras. Las veladoras atraviesan el suelo como
culebras de lumbre. Al fondo en la penumbra, está el que buscas,
dibujado en la pared, junto al montón de recaditos. Clavas el tuyo
en un lugar que veas, si no, lo encimas. Antes de poner la piedra
con las otras, la suenas tres veces para que te oiga. Ahí le
comienzas a contar lo que te lleva. –Así nomás, le pregunté. – Así
nomás Luciano, me respondió sin dejar de revolver la baraja.
-A
veces los adivinos le atinan. Dijo el hombre entrando en una curva.
Luciano agarró el velíz que se le iba por entre las piernas y
preguntó en voz baja: -¿Ha visitado el sepulcro?
Mejor
sería que no, pero tengo vicio de mirar.
¿De
mirar qué?
Las
esperanzas Luciano.
En el
cristal le brilló el oro de la medalla que le colgaba del pecho.
¿Está
muy lejos? Insistió.
Como
de aquí hasta que lleguemos.
En
los asientos vacíos se escuchó el rumor del aire que entraba por las
ventanillas. Luciano revisó el espacio y después de una pausa,
comentó: -Anda bajito el pasaje.
Muchos prefieren quedarse donde están. Dijo el hombre sin soltar la
vista del horizonte y agregó de golpe: -¿Eres creyente?
Capaz
que sí. Pero espéreme tantito, luego le digo.
Con
el que vas no es un santo.
Lo
es. Le quitó a los ricos para dárselo a los pobres.
Válgame. Habiendo tan grande Dios.
A
nadie le caen mal los ayudantes. Repuso Luciano.
En la
cara del hombre se dibujó una sonrisa.
Para
creer poco, crees mucho.
Nomás
lo que me contaron.
Luciano abrió su cartera para encontrarse con la Tania, pero ella ni
lo volteó a ver, recostada como estaba en el sillón de su retrato.
¿Existirán los milagros? Preguntó como si las palabras se le
escaparan del pensamiento.
Por
donde quiera que vayas, sales al mismo destino.
¿Entonces de qué nos sirve el apuro?
Creo
que para llegar.
Cruzaron un puente. Luciano miró la cañada. Era honda y sobre el río
de tierra crecían unos árboles. El hombre lo buscó de reojo y
agravando el tono le contó:
Cuando se viene el agua se viene Luciano. Pueblos enteros se han ido
por la corriente con todo y creencias, pero en cuanto se seca el
cielo ya están otros a ponerse. Al fin de cuentas no le falta a uno
la clientela.
Luciano se quedó pensando y antes de guardar la cartera, una voz le
repitió desde muy lejos: “Que bueno que te vayas, al cabo que cuando
vengas ni voy a estar”. Igual que ese mismo día, la tarde incendiaba
la distancia.
Hace
tiempo no pasaba por aquí. Dijo el hombre para volver a la
conversación.
¿Hay
muchos caminos?
Depende de la fe del viajero y la tuya obliga Luciano... obliga. Le
contestó de frente deteniendo el camión. Ya ves al último te sirvió
el recado. Allá arriba está lo que me pediste.
Luciano paseó la mirada por el cerro tapizado de arbustos. La
neblina le borraba la punta. Luego bajó la escalera.
Nada
más sigue el camino, le recomendó y por último se desmoronó en el
asiento como un puñado de piedritas.
El
sendero era angosto y lo aruñaban las espinas. Le pareció que la
prisa lo detenía de seguir subiendo, hasta que se encontró a la
altura de unos pájaros que pasaron volando un precipicio. Más arriba
las nubes espesas le llenaron los ojos de un humo fresco. Luciano
levantó los brazos y como quien separa unas cortinas, entró de nuevo
en el paisaje. La tierra era roja como polvo de ladrillo y al fondo,
bajo el rayo de sol que atravesaba el cielo de las enredaderas,
divisó a la Tania como dejada por el milagro. Su silencio corrió a
abrazarla. Ella lo sintió llegar y caminando despacio entre lo
bonito se le acercó diciendo:
Supe
que me buscabas.
Demasiado pronto se me cumplen a mí las esperanzas.
¡Uy!
Luciano. Desde cuando que me morí.
¿Todavía andas con tu capricho de no esperarme?
De a
de veras Luciano. En cuanto te diste la vuelta te empecé a querer. Yo
me dije: Ahorita viene, pero no. De haber sabido ni hubiera hecho la
manda de estas trenzas que me llegan hasta los pies.
Nomás
fui a pedir que me quisieras.
Pues
estuvo largo el pedido. Por montones llegaban las noticias de tus
malos pasos. Yo ya sabía. Los placeres se visten siempre de muy
corto.
Eso
son puras mentiras..
Ándale. Eres como los arrepentidos. Lueguito pierden la memoria. No
viniste ni a decirme adiós cuando por este pelo que me chupó las
vitaminas, se me acabó la vida.
Yo de
lo que me acuerdo es de que por todos lados me tropezaba con tu
perfume.
Luciano acercándose la respiró muy hondo.
Será,
pero luego te dio por hacerte rico y eso tarda Luciano...Tarda.
Déjate de cosas y vámonos ya pues.
Que
ya me morí, te digo. Mira ven.
La
tania caminó unos pasos y dándole la espalda, dijo: - Allá detrás de
aquí te andan poniendo ungüentos porque estás muy malo.
Luciano no le hizo caso.
¿Tienes miedo? Preguntó la Tania.
Tengo
ganas, respondió Luciano.
Pues
guárdatelas. Hay que estar muy sereno para rendir las cuentas. Yo
estoy aquí de mientras. Después a ver que me regalan por haber sido
tan buena.
Luciano miró a lo lejos.
Está
borroso. Dijo
Igual
se pone cuando uno no quiere ver.
Lo
único que no quiero ver es que te vayas. Sin ti me queda tan poquito
mundo que apenas me alcanza para taparme la tristeza.
Así
se siente, pero que quieres. Hasta ahora de viejo te salió el
encanto de los que sufren. Mira Luciano. A mí me contaron que el
amor se siembra. Yo lo sembré y no me nació nada. Nomás tú que
venías envuelto en puras palabras.
A
Luciano lo tocó un remordimiento.
Tania. Por más que me asomo no me veo para adentro.
Ahí
estás Luciano. Búscate más abajo.
El
viento sopló con fuerza y empujó a Luciano hasta la orilla del
cerro.
Más
abajo Luciano.
No
veo.
Más.
¡Ahí
estoy! pero me miran unas caras.
Son
tus recuerdos.
Tanía
vienen por mí, me jalan. Gritó Luciano que al querer huír resbaló
por la hondonada. En la mano le quedó una piedra y así tirado la
sonó tres veces.
De la
nada, como si viajara en el polvo, apareció de nuevo el hombre.
Otra
vez tú, le dijo, ya descansa Luciano y le sobó la frente.
Luciano se despertó. Lo recibió un olor a medicina. El último rayo
de luz dibujaba en el muro la sombra de los frascos negros y el
viento en los tejabanes sonaba igual que la llovizna. “¿Tienes
miedo?” le preguntó el silencio. Él quiso contestar pero el miedo ya
le había secado las palabras. Luego, cerró los ojos.
Ya.
Dijo uno.
Todavía no, pero no tarda. Dijo el otro acomodándole la sábana.
¿Es
usted pariente?
Muy
lejano, pero casi.
-
Que le dejó todo al adivino, ¿no?. Dizque lo hizo rico. Habré de
darme una vuelta, quien quite y me mande a donde mismo.
Désela. Creo que nomás hay que comprarle al cuidador una piedrita y
a veces los adivinos le atinan.
Luciano alcanzó a escuchar que le cerraban la puerta.
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