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NO HACE UN MES
que se fue y la casa, al igual que yo, todavía parece confundida.
Con las primeras luces del alba, he salido a pasear y a despedirme
de las piedras, de los árboles que ya mudan la hoja y del
Mediterráneo, respirando el aroma de su sal con los ojos entornados
hasta impregnar la memoria y los pulmones. Hacía una mañana diáfana
de cielos transparentes y el cambio de luz –tenue, suave, de color
ámbar—anunciaba la obertura del otoño. En el horizonte, el milagro
de las olas se repetía una y otra vez, en un orden universal, día
tras día, perpetuándose en el tiempo y en la distancia con una
cadencia de ritmo uniforme, proyectando colores y estados de ánimo
sobre la curvatura del mar, siempre igual y siempre distinto. “No
volveremos a vernos, viejo amigo”, le he susurrado con las manos
en los bolsillos. Las gaviotas volaban anárquicamente en busca de
despojos y el rompeolas silbaba entre dientes una espuma ligera y
entrevelada, que se elevaba a gran altura para convertirse en nada.
Sant Feliu de Guíxols despertaba poco a poco y la calma absoluta
mutaba hacia el trabajo diario y la rutina. El fin del verano
desnudaba las playas de la efervescencia de turistas sonrosados con
sobrepeso, niños correteando entre una amalgama de toallas y
sombrillas de colores, mujeres entregándose en sacrificio a un sol
implacable y vendedores de refrescos sin afeitar empapados en sudor.
El fin del verano le devolvía la cordura al paisaje.
Una cosa es
cierta: el mar no suena igual desde que ella se marchó.
He
regresado atajando por el abrupto sendero del acantilado,
ascendiendo trabajosamente con la melancolía cogida de mi mano como
un niño perdido. El sol se ha escondido momentáneamente tras unas
nubes pasajeras. Un pescador, sosteniendo un cubo de plástico, la
caña y los aparejos y tarareando la canción de moda, ha pasado en
dirección contraria y no me ha devuelto el saludo. Una cuadrilla de
temporeros trabajaba a un ritmo del demonio en un viñedo próximo. He
atravesado el bosque de pinos pisando los charcos y he alcanzado
Casa Montaner, mi hogar. Me he detenido un instante en el muro
que rodea el jardín, deslizando las yemas de los dedos por los
agujeros de bala –pequeños círculos hundidos en la piedra caliza
como hormigueros deshabitados de la guerra civil—de los fusilados de
uno y otro bando; al levantar la vieja carretera, encontraron en una
fosa común noventa cuerpos sin nombre. Luego, he cruzado la verja
del jardín, que últimamente chirría como la pena de una novicia
despechada, y he visitado la tumba de nuestros perros, “Dalí”
y “Gala”, dos pastores belgas enterrados hace décadas bajo el
sauce llorón. Estirando la memoria, les he recordado de cachorros,
blandos y juguetones, con tal intensidad que me ha parecido
sentirlos dando saltos a mi alrededor, con el hocico húmedo, los
ojos alegres y el pelo negro erizado.
El
grito de la cafetera me ha arrancado de mis pensamientos. Casa
Montaner sigue empapada de ella. Su olor y su risa no han
cicatrizado entre los muros en los que fuimos tan felices. Los
cimientos se retuercen, guardando un luto invisible, las paredes
jalean su nombre, el tejado, ulcerado y vencido por la tristeza,
desea venirse abajo y los recuerdos lo cubren todo, como una espesa
niebla en mitad del océano. Cincuenta años habitando una casa
generan ciertos lazos invisibles y emocionales que van minando tu
cordura. Son tus propios fantasmas los que van formando puzzles con
los momentos de cariño y de odio, de esperanza y desilusión, y
desatan una horrible sensación de infelicidad, de tristeza austral,
de frío. La casa sin ella es una cadena perpetua, un embarazo no
deseado, un purgatorio que, irremediablemente, lleva a la locura o
al suicidio. Por eso debo marcharme.
Las
maletas esperan sobre la cama de matrimonio. He decidido visitar
Bielsa, en el pirineo oscense, el pueblo de mi niñez y de mis
antepasados. En el corazón de emigrante siempre queda un hueco para
el lugar de donde partió; es una ley sagrada. Mis recuerdos se han
difuminado con los años hasta deformarse. La voz de mi abuelo,
profunda, árida y entrañable, todavía retumba en los posos de mi
memoria. “¿Por qué se llaman Pirineos, abuelo?” “Dicen que
por una leyenda griega, pero yo creo que se llaman así porque no
podían llamarse de otra forma”. Mi abuelo y sus contestaciones.
Mi abuelo emigrando con mis padres a Barcelona. Mi abuelo muriendo
de nostalgia a los dos meses, añorando las cordilleras nevadas, el
cielo abierto y la tumba de la abuela. Cuando uno abandona un lugar
pierde algo irrecuperable.
Recorro
la casa deteniéndome en cada habitación, como el que se despide de
una vieja amiga en la estación de un tren, posando la mirada en
estanterías pobladas de muñecos de cerámica, cómodas bañadas de
polvo, litografías de pintores afines, librerías ordenadas mil veces
por Elena y desordenadas por mí, la terraza donde tomaba el sol
desnuda, como una musa de Gustav Klimt, una mecedora comprada en
Estambul, una alfombra con forma de pez, la despensa con sus
conservas de tomate, sus mermeladas de mora y melocotón siempre con
un exceso de azúcar... el más ínfimo detalle desata una tempestad de
recuerdos que paralizan el presente y niegan el futuro. En cada
objeto, su imagen reverbera en mi cabeza como una oración. Me duele
su ausencia con un dolor sordo y profundo. En el estudio, un cuadro
inacabado descansa en el caballete de madera. La pintura, ya seca,
suplica entre bastidores un último esfuerzo, cinco sesiones de
trabajo. El cuadro nunca verá su fin. Al morir Elena, arrastró en su
caída mi pasión por la pintura. He perdido la obsesión más fuerte de
mi vida. No volveré a pintar, ésa es la verdad, y es una decisión
irrevocable. Ya no puedo pintar.
No
llevo mucho equipaje. Bajo las escaleras lentamente, llevando las
dos maletas de piel y una sensación intensa de vacío, un reflujo de
pesar que me acompaña desde el entierro, hoy hace un mes; ahora
Elena forma parte del mundo mineral y eso es algo que no puedo
entender. Una revisión periódica se convirtió en una derrota rápida
contra el cáncer. Una vez detectado, el proceso fue imparable.
Enfermedad terminal. Metástasis. Cáncer extendido. En tres semanas
se consumió como una vela en un camarote. El odio hacia algo o hacia
alguien me ha perseguido por haber contemplado su rostro violado por
la enfermedad, su piel macilenta y su voz quebrada por la impotencia
pidiéndome que saliera adelante, que viviera, que improvisara. Pero,
¿cómo? Nadie está preparado para el ocaso. Regresé de su entierro
con la soledad adherida a la piel, esperando encontrar un refugio o
un salvavidas al que agarrarme, la tibieza de la costumbre, y la
casa me acogió con un silencio ensordecedor. Por primera vez, me
sentí viejo y sin ambición de vivir.
Ya
no estoy enfadado, ya no siento odio: no sirve de nada encolerizarse
con un Dios del que no se tiene certeza de su existencia.
Ayer,
al anochecer, quemé nuestros álbumes de fotos en la playa,
fotografía por fotografía, alimentando una hoguera con sus
recuerdos, borrando las huellas de una vida en común que ya sólo es
cenizas de olvido sobre la arena blanca. El fuego engullía los
recuerdos como el tiempo engulle la belleza, con glotonería,
deshaciendo momentos inolvidables con la fuerza purificadora de la
destrucción. Lloré mucho al verte retratada bajo la luna llena: echo
de menos tus faldas largas, el incendio de tus pecas y tus bromas de
domingo por la tarde. Lo echo de menos con una intensidad
desgarradora. Sonreí largamente con nuestra primera fotografía, el
día que nos conocimos. Por aquel entonces yo vivía en Barcelona y
trabajaba en una imprenta del Barrio de Gracia. Toda mi familia
había muerto en la guerra (o por lo menos eso creía) y pasaba las
tardes pintando y discutiendo en los cafés con artistas consagrados
sin talento y estilistas del régimen y las noches durmiendo en la
Pensión Maravillas, un microcosmos de gente extraña y fascinante
del Barrio Gótico. Manuel, compañero del trabajo, me invitó a pasar
el fin de semana a su casa en Sant Feliu de Guíxols. Eran las
fiestas mayores y los vecinos, llevando consigo tortas de anís y
magdalenas caseras en cestas redondas tapadas por paños blancos,
salían a esperar en la entrada del pueblo al autobús que traía la
banda de músicos. Los músicos llegaban con la ropa de fiesta,
orgullosos, el pelo echado hacia atrás, afeitados con destreza, y
eran recibidos de forma familiar y cariñosa, como hijos pródigos que
regresan al hogar tras cumplir su penitencia. Recuerdo sus caras
satisfechas, el aire condescendiente y las fundas de sus
instrumentos bajo el brazo. Los feos se comportaban como galanes de
cine y los agraciados como auténticos hijos de puta de clase alta
acostumbrados a enhebrar mujeres en la primera cita. La fiesta mayor
era una tregua popular en la que los pecados, las acciones y las
rencillas anteriores quedaban exculpadas de forma sistemática y
donde los roles y las clases sociales se difuminaban por unos días.
El primer baile se extendía desde las siete y media de la tarde
hasta las diez de la noche y asistía todo el mundo: niños y viejos,
solteros y casados, violentos y pacíficos, cuerdos y locos. La
felicidad tomaba forma en la plaza decorada con guirnaldas de papel
y farolillos con vela. Luego, las familias pudientes sentaban a
cenar en sus mesas a los músicos o pagaban la manutención en otras
más humildes. Nuestro músico --un saxofonista de boca torcida que
caminaba como un viejo caballo percherón y olía a nata agria—nos
contó durante la cena que esperaba ser tan grande como Xavier Cugat:
viviría permanentemente en el Hotel Ritz, pasearía en un Rolls-Royce
y ganaría todos los dólares de américa. Como saxofonista pudimos
comprobar que no valía nada; si conseguía ganar un solo dólar,
montar un mulo enfermo o vivir en una sórdida pensión de mala
muerte, se podía considerar un triunfador. El sonido de su saxo era
un aullido metálico de un animal imposible. Una sola nota y se te
paralizaba el alma y tus músculos se independizaban del cerebro y
emigraban al monte o a Cuba. El segundo baile, el de la juventud, se
extendía desde las once hasta las tres. La plaza del pueblo bullía
de pescadores borrachos traspasando los límites de la decencia,
madres con los hombros cubiertos con un chal de lana intentando
controlar lo incontrolable, olvidando la forma en la que conocieron
a sus maridos y el devenir de la naturaleza , y muchachas ansiosas
por descubrir el amor en brazos de un vecino o un primo lejano. Para
un tímido redomado como yo, una mujer era una cordillera
inalcanzable. A cinco metros de distancia, me temblaba hasta la
razón. Miraba a todas partes y a ninguna, en busca de refugio,
intentando camuflarme tras un vaso de vino o una conversación
intrascendente. Y entonces apareció. Sin presentarse ni ofrecerme
otra opción, dijo: “Sácame a bailar, forastero”. El terror
selló mi boca para explicar que no sabía, que no poseía dotes y que
nunca los poseería, que podría escoger una escalera de mano como
pareja de baile y daba por seguro que haría un papel más digno que
yo. Dejé apresuradamente el vaso en las manos de Manuel y fui
arrastrado por un cúmulo de energía con formas de mujer. Sus ojos
–azules, profundos, sugestivos—resaltaban en una cara pálida y
sembrada de pecas, pícara en cierto sentido, y la melena pelirroja
le daba un aspecto de diablillo acostumbrado a la risa y al
carnaval. Su cuello era delgado y fibroso, los pechos pequeños y
puntiagudos, erizados bajo un vestido de hilo blanco, y su olor
desorientaba el corazón y nublaba el cerebro, ya de por sí algo
mareado. Me sentí atraído como la piedra al cristal, como la
tormenta eléctrica al pararrayos, como el delincuente a la
desgracia. En mitad de la plaza, crucificado por un pasodoble
ejecutado a destiempo, con los músicos borrachos tocando desde un
carro y en los brazos de una mujer hermosa e impulsiva, le demostré
al mundo lo que ya sabía: que el baile y yo éramos incompatibles
como el aceite y el agua. “Si pintas como bailas...no te auguro
un futuro muy prometedor”, dijiste entre sonoras explosiones de
risa contagiosa, con una voz clara y dulce que ni los años y la
costumbre pudieron cambiar. Mi sangre pareció despertar de la
repentina hibernación, volvió a fluir con normalidad, recorriendo un
largo camino hasta el cerebro, y cuando asumió la cantidad ingente
de información y analizó los sentimientos, lo supe: acaba de
descubrir que mi patria se hallaba en el cuerpo menudo y jaspeado de
pecas de aquella mujer, me había enamorado.
“Me
llamo Elena y soy la maestra del pueblo”. El primer beso nos
sorprendió caminando por la orilla del mar, algo borrachos, los
zapatos en la mano y el amanecer en el horizonte. La noche fue un
conocimiento mutuo, un desnudar el alma y las ilusiones. Nos
gustamos: el misterio de la química de los cuerpos. Un fotógrafo
ambulante nos retrató desayunando en el bar de la plaza tal y como
éramos: una maestra guapa y convencida y un pintor enamorado y
furioso.
Nos
hicimos novios. Para ello, tuve que reducir mis gastos al mínimo,
suprimir los cafés y las charlas, los lienzos franceses de
contrabando y los vinos, comiendo lo necesario para subsistir,
cercenando todo lujo, llevando una vida gris e insulsa –del trabajo
a la Pensión Maravillas y de la Pensión Maravillas al trabajo--,
pero con la recompensa de ahorrar unas pesetas para poder tomar un
autobús a San Feliu y por fin verla, a la entrada del pueblo,
esperándome ansiosa, envuelta en un abrigo marrón ajustado de
solapas amplias y un pañuelo cubriendo el pelo. A medida que el
autobús se iba aproximando su belleza crecía y crecía como una
hiedra en un castillo abandonado.
Amabas
tu trabajo. Llegabas todas las mañanas en bicicleta, recorriendo
diligentemente los tres kilómetros que separaban tu casa de la
escuela, el pelo recogido en una larga trenza de color zanahoria,
dos libros y una manzana en la cesta metálica, saltabas del sillín
sin frenar y apoyabas el manillar en la valla de madera. Compraste
la bicicleta con tu primer sueldo de maestra. La escuela era una
casita rectangular de una planta, tejado rojo, paredes desconchadas
y ventanas al mar, donde se agolpaban una quincena de pupitres
dobles, marcados con corazones y muescas indefinidas, y una pequeña
estufa de hierro forjado en el centro. Un mapa de España deformado
por la humedad, una foto del caudillo –con esos ojos apocados que te
seguían por toda la estancia-- y un crucifico agrietado coronaban la
pizarra. A un lado, una veintena de dibujos a lápiz de antiguos
alumnos y una línea de percheros devorados por la carcoma, y al
otro, las ventanas sin alféizar. El recreo era un descampado en
desnivel con dos porterías de fútbol –cuatro montoncitos de piedra—
donde siempre ganaban los que defendían arriba. Niños de aspecto
montaraz y señoritos en ciernes perseguían la pelota como
endemoniados, llamándose a gritos por apodos incomprensibles. Las
chicas miraban aburridas a los chicos y luego inventaban juegos de
habilidad e historias de dragones y marineros. Había dos tipos de
padres: los que no se preocupaban lo más mínimo por sus hijos y los
que se obsesionaban con su educación y se presentaban cada dos por
tres. “Un consejo: si se desmanda, un buen azote con una vara de
cerezo obra milagros”, te decían muy serios. Pero tú te oponías
radicalmente al castigo físico, rehusabas de la violencia,
cuestionándola. Guardabas tu habitual diplomacia en un cajón y les
respondías con los ojos incendiados: “Mi obligación como maestra
es conservar intactos el espíritu de pureza y la inocencia,
estimular la imaginación, la sensibilidad y la inteligencia,
enseñarles a reírse de sus propias limitaciones y fomentar el
respeto a los demás. A la escuela no se acude a recibir palos, se
acude a aprender. Recuérdenlo. Bastante violencia y muerte hemos
sufrido ya, ¿no les parece?”. Y les dejabas boquiabiertos, sin
argumentos, desosegados, como una misa de verano sin abanico,
amedrentados ante una mujer a la que doblaban en edad. Con ello
conseguiste el respeto de todo el mundo. Te saludaban afectuosamente
y te regalaban manzanas y pescado, aceite de oliva y hogazas de pan,
botellas de vino y embutidos caseros, y tú lo aceptabas agradecida,
ya que era una buena forma, la única en realidad, de complementar un
exiguo sueldo de maestra.
Descubrimos
Casa Montaner en uno de nuestros paseos. Era un palacete
modernista de ladrillo rojo deshabitado desde hacía años, situado al
pie de una loma y separado del pueblo por un bosque de pinos.
Atravesando la entrada --un gran escudo oxidado de una hidra de
tres cabezas sobre una puerta de hierro ovalada— aparecía la casa en
su esplendor. Admirábamos su estructura en forma de cruz, su fachada
misteriosa, sus tejados a dos aguas cubiertos de cerámica coloreada
y su jardín silvestre. Abandonada desde la guerra, había pertenecido
a un mago y escapista reconvertido a comandante republicano huido a
México desde el final de la contienda. Una bomba alemana había
derribado la torre octogonal en la parte oeste, que ya sólo se
intuía entre los escombros, y un invernadero de cristal. Construida
a principios de siglo por un arquitecto llamado Doménech i Sagnier,
Casa Montaner era una rareza descatalogada del modernismo
catalán. Bajo un disfraz de amenaza de ruina y los vestigios de un
pasado singular, supimos ver la casa de nuestros sueños. Y como
soñar era gratis y, además, emocionante, fantaseábamos con
reconstruirla algún día y vivir aislados del mundo y del horror,
solos los dos.
Roberta
Milleras era la patrona de Pensión Maravillas. Mujer flaca de
pronunciados escotes, viuda de capitán de infantería y voz perlada
por una afonía permanente, elegía los momentos más inoportunos para
colarse en mi habitación. Al proceder de mi tierra –había nacido en
Jaca--, se tomaba el paisanaje con cierta libertad. “Tienes una
carta, pintor”, me dijo con aquella voz de alambre oxidado
cerrando la puerta a su espalda y emitiendo una sonrisa de lujuria
contenida. Acababa de llegar de un duro día de trabajo en la
imprenta y me encontraba aseándome en ropa interior ante una
palangana con agua y un espejo. De un salto, me introduje en los
pantalones y, sin tocar sus manos –de uñas largas y afiladas,
pobladas de pulseras extravagantes y anillos baratos--, tomé la
carta. Me repugnaba su falta de modales, la vejez negada y su pelo
grasiento y zaino. “Gracias, señora Milleras, ya puede marcharse”.
Como regla general, la vida es una gran decepción, los sueños se
desvanecen antes de poder tocarlos. Los sueños no suelen cumplirse.
Pero el destino me tenía reservada una sorpresa de gran calibre: la
carta me convertía en el único heredero de un pariente lejano
emigrado a Venezuela. En su lecho de muerte, aquel hombre al que mi
madre escribía dos veces al año sin obtener contestación, me había
legado el dinero acumulado en una vida de joyero y estraperlista,
una pequeña fortuna que nos daba la posibilidad de satisfacer lo que
más deseábamos en el mundo: poder casarnos y comprar Casa
Montaner. Y comenzamos una vida en común que ha durado cincuenta
años.
He
encontrado un trébol de cuatro hojas entre las páginas de “El
árbol de la ciencia” de Pío Baroja. Al sacarlo de la estantería,
se ha desprendido ante mis ojos como una pluma de un loro extraño.
Desconozco en qué circunstancias, en qué lugar, lo recogiste. El
trébol ha dejado una aureola de vida en las dos páginas que lo
aplastaban. Te quiero, por los regalos que me ofreces allí dónde te
encuentres. El amor es la frontera donde confluyen dos personas. Y
la risa, el antioxidante de la pareja. Me hacías reír, Elena. Nos
quisimos con una fuerza que emanaba del respeto mutuo, peleamos, nos
distanciamos y nos acercamos, superamos crisis profundas, hombres y
mujeres, relaciones imposibles y relaciones inventadas, y salimos
indemnes de todo ello, purificados, compartiendo tristezas y
alegrías, arrugas y esperanzas, con esa furiosa necesidad de cuidar
del otro, dispuestos a envejecer juntos . Ningún mecanismo en toda
la creación es tan complejo como una relación de pareja: la vida y
sus meandros, el amor y sus catacumbas.
Desde
mi juventud ansiaba acabar con la dictadura de los paisajistas, de
los esclavos de lienzo repetido, que suplían su clamorosa, casi
insultante, falta de ideas acatando las técnicas y formas
tradicionales. Buscaban la fama y el cobijo de los estilistas del
régimen: ciegos guiando a ciegos hacia el abismo de la sumisión. La
invención de la cámara fotográfica debió terminar con ellos, pero,
muy al contrario, les fortaleció. Cultivaban el arte del lo insulso,
de lo banal, deambulando por los cafés con los brazos caídos y nada
en la cabeza. Me indignaban profundamente sus exposiciones: artistas
comportándose como genios incomprendidos, haciendo méritos y
asintiendo como una cohorte de lameculos ante los monólogos del
vencedor. Una cosa era deponer las armas y sobrevivir y otra muy
distinta entregarse en cuerpo y alma y no seguir luchando. La
pintura se podía enfocar como un pasatiempo o como una búsqueda –las
dos opciones me parecían igual de respetables--, pero ellos se
mofaban de ser el colmo de la novedad y el virtuosismo. La sumisión
de un artista –englobando a todo aquel que busca la belleza—es el
único pecado imperdonable. No se trata de morir siempre por un ideal
o una causa justa, pero hay múltiples formas de plantear
resistencia; cuando uno se defrauda a sí mismo, pierde toda
esperanza. Y aquellos pintores mansos que no optaron por el exilio
ni la oposición silenciosa y se entregaron a los vencedores como
bufones de la corte, merecían todo mi desprecio. La censura es una
valla que, con la ayuda de la inteligencia, cualquiera puede saltar.
No hay excusas: nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven para
rebelarse contra la injusticia. Por mi parte, me propuse pelear
desde dentro, sabotear conciencias con cada pincelada, pelear en una
guerra de guerrillas alentada en cada creación, en cada lienzo. Nada
más pretencioso que buscar un estilo propio. El escritor argentino
Juan Forn define el estilo como una suma de plagios. Y es que no se
puede decir nada nuevo, tan sólo queda la visión personal. La
pintura, en lo que se refiere a creatividad pura, terminó en las
cuevas prehistóricas de Altamira.
“Letargos”
fue mi primera burla al régimen franquista y, también, mi primer
éxito, una audacia de juventud para ajustar cuentas. Era una serie
de veinticinco cuadros de grandes dimensiones donde hombres y
mujeres en posición fetal, cuerpos de músculos atrofiados, en
oscuros agujeros horadados en la tierra, larvas humanas en el
interior de un útero calcáreo, hermético y gris, permanecían
profundamente dormidos, inmóviles, aletargados. El mensaje resultaba
claro –“El que permanece dormido, aletargado, algún día
despertará”—y mostrarlo en una exposición podía costarme caro, a
mí y mi mujer. Buscaba el desasosiego para el que mira, la
incomodidad, la semilla de una pequeña revolución interior: la
política quedaba a un segundo plano cuando se hablaba de libertad.
Deseaba que mis cuadros fuesen esponjas que absorbiesen la atención
del espectador, que les hiciesen pensar. Edgar Degas decía que “un
cuadro debe ser pintado con el mismo sentimiento con que un criminal
comete un crimen”. Los había vomitado sobre el lienzo con la
premisa de que un artista en tiempos tristes debe insuflar
esperanza. Varios meses de éxtasis creador, encerrado en el estudio,
componiendo una bomba que podía estallarme en las manos. Por ello,
una tarde de marzo, me armé de valor y le enseñé a Elena la serie
completa, mientras le advertía del riesgo que corríamos y de que
respetaría su decisión, fuese cual fuese. Lloró en silencio
–sollozos por lo que pudo ser y no fue, por las cientos de miles de
vidas derramadas y las esperanzas perdidas—y sentenció: “Hazlo,
enséñaselo al mundo. Pase lo que pase”. Se expuso en la
Galería Impala de Gerona, un local de dos plantas que hacía las
veces de cuartel general de las juventudes falangistas. La
censura –con la mirada desenfocada, más preocupada en buscar
hoces y martillos con una pistola en la mano y una lupa en la otra,
que de pensar—no percibió nada político ni sospechoso y me ensalzó
como uno de los grandes representantes de la vanguardia pictórica
española. Me encargaban exposiciones por todas partes, el dinero
entraba a raudales. No sólo vivía de la pintura: ganaba dinero con
la pintura. “Letargos” se pudo ver en Madrid, Barcelona,
Bilbao, Sevilla y Zaragoza. Y más tarde, cuando la fama
internacional me sirvió de escudo y me convirtió en un protegido de
las izquierdas mundiales, viajó por Europa bajo el título que
definía mis verdaderas intenciones: “La España dormida”.
“La
España dormida” conmovió a los intelectuales en el extranjero.
Después de dos guerras mundiales y millones de cadáveres inútiles,
Europa quería olvidar. Y su forma de olvidar era entusiasmarse por
las artes, reconstruir un mundo perdido y enterrar los muertos en la
memoria. Me erigió en figura fundamental de la pintura moderna y me
proporcionó un estatus de intocable; el éxito internacional
fue un indulto que nos salvó de la cárcel o el paredón. Cuando el
régimen quiso darse cuenta, mi figura había crecido como una bola de
nieve deslizándose por una ladera, era demasiado importante para
liquidarme. O si lo hacían, corrían el riesgo de transformarme en un
mártir: la semilla que engendra más semillas. Me había convertido en
un elemento incómodo. Sus represalias no tardaron en llegar y nos
incluían a los dos. Con Elena, su castigo fue cruel pero sin duda
esperado: le apartaron de la escuela. Sin explicaciones, un día
llegó una carta al pueblo en la que se le ordenaba abandonar el
centro y se le prohibía ejercer su profesión bajo pena de cárcel. En
cambio a mí, me relegaron a un ostracismo cultural, en un intento
por volverme invisible. Sufrí graves campañas de desprestigio,
historias inventadas en los periódicos oficiales, los únicos
periódicos, atacando mi honor y el de mi familia, mi filiación
política y mi sexualidad. No me afectó lo más mínimo. El mundo era
inmenso. De alguna forma, nos exiliaron en nuestro propio país. Las
primeras semanas la veía alicaída y desorientada, lavando cortinas
impolutas y ordenando cuartos de invitados, cuidando de las plantas
y cuidando de mí, herida en los más profundo de su ser. Le habían
arrebatado un don –enseñar—y se encontraba perdida y asustada, sin
saber qué hacer el resto de su vida. Pero sucedió algo hermoso: los
padres –desobedeciendo unas leyes que consideraban absurdas--
trajeron a escondidas a sus hijos y Elena ayudó a terminar la
escuela o a alcanzar la universidad a muchos vecinos de Sant Feliu
de Guíxols.
Sobremesas
de bogavante haciendo el amor en el sillón de lectura, el deseo
emergiendo en tierra de nadie, entre la digestión y la siesta, entre
el cielo y el mar, una caricia repentina, una mirada cómplice, un
suspiro, y los mecanismos de la atracción mutua se ponían en
movimiento, el erotismo de los que se buscan, la liturgia de las
pieles, subiéndote la falda hasta las caderas y deslizando las
bragas al suelo, el fulgor de las ascuas ardiendo en el momento de
la penetración, copulando a horcajadas, haciendo todo el ruido del
mundo, la ventaja de no tener vecinos, olvidar la decencia, el
miedo, la tristeza, dos cuerpos que se quieren y se cuidan, el
instinto animal y el instinto de protección, la llamada del placer
con forma de orgasmo, primero tú y más tarde yo, y la pregunta,
¿de qué color ha sido hoy?, naranja intenso o azul ultramar o
blanco pálido o marrón de madera de nogal. Un color, un punto de
partida para el comienzo de un cuadro, un regalo, la primera piedra
para el que construye.
No
tuvimos hijos. Expulsar un niño al mundo sin mirar a tu alrededor,
sin reflexionar, es un acto de tremendo egoísmo y de una
irresponsabilidad suprema. “La vida de una mujer sin la
experiencia de la maternidad no es una vida plena”, reza la
doctrina popular y decididamente machista. ¿Por qué hay que
perpetuar obligatoriamente el apellido y los genes, cuando el horror
y la decadencia se encuentran a la vuelta de la esquina, tras la
ventana? Nosotros tomamos la decisión de no traer un niño a un mundo
que no controlábamos, un mundo cruel e injusto donde doscientas
personas poseían el cuarenta por ciento de la riqueza.
Los
viajes ampliaron nuestro horizonte. Alternaba duros meses de
creación --encerrado trece horas diarias en el estudio,
enfermo de oscuridad y de esfuerzo-- con bienales de pintura,
exposiciones en embajadas e inauguraciones de museos por todo el
mundo. Nos sentíamos unos privilegiados por aquella vida de lujo y
esplendor. Jamás podré olvidar los aplausos del “Falstaff” de
Giuseppe Verdi dirigido por Vittorio Sicuri en el Teatro Colón de
Buenos Aires, ni la noche que pernoctamos en el Palazzo Davanzati en
Florencia, ni los atardeceres en el malecón de la Habana, ni los
paseos en calesa por las melancólicas calles de Praga o la luz de un
amanecer pletórico en Río de Janeiro. Me avergüenzo de haber sido
tan feliz.
Más
tarde, con la muerte del dictador, el país cayó por el desagüe de la
transición, un baile de máscaras, pecados y pecadores bañados por la
medicina del olvido: descoser la historia como antídoto contra el
sufrimiento y la injusticia del pasado. Y llegaron los homenajes
--discursos grandilocuentes donde camaleones que en otros tiempos me
habían acusado de traición arrojaban al vacío palabras como
Democracia, Libertad, Lucha, Compromiso, Solidaridad. Elogios de los
necios, palabras huecas arrastradas por el viento—y el retiro
social.
Debo
marcharme. Darle la espalda al pasado y cumplir una promesa de vida.
Introduzco las maletas en el coche, me ajusto la gorra de pana y
miro por última vez Casa Montaner. Cioran dice que sólo
podemos estar satisfechos de nosotros mismos cuando recordamos esos
instantes en que, según un dicho japonés, hemos percibido el “¡Ah!”
de las cosas. Ella fue mi “¡Ah!” particular, mi
salvación. Ignoro de qué forma podré llenar su ausencia, solazar
esta tristeza que me aniquila, escapar de esta vigilia permanente,
bascular la pena fuera de mi cabeza, vencer los días de azufre sin
Elena, pero sé que tengo una oportunidad y que he de salir a
buscarla. Casi he olvidado su voz, pero no su mensaje. Se lo debo.
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