Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 21/22

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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"Etapas físicas, progresión sicológica y

elementos alegóricos de

Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores"

 por

 Martha García


________________________________________________

    

     En Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, Federico García Lorca se remonta a finales del siglo XIX para plasmar en su teatro  la realidad del celibato de la mujer española de fines de siglo a quien se le predestinaba al papel de esposa y madre.  En este trabajo se expondrá cómo la protagonista presenta en cada acto diferentes etapas físicas y sicológicas mientras se incorporan elementos alegóricos con que se ejemplifica este tipo de celibato femenino.  La doncella que poco a poco se va convirtiendo en ese ser ridículo y digno de lástima que es una solterona en España, pierde su respetabilidad,  y en la mayoría de los casos, pasa a ser el objeto de burla.  Ante los ojos de la sociedad ha fracasado en su vida y en su misión como mujer.

 

     Se observa, en primer lugar, en esta obra dramática  la destrucción física y emocional en forma paulatina y degradante de una mujer española que se sumerge en la espera y la inercia.  Se enamora en su juventud, y decide esperar por su amado sin tomar en consideración el transcurso del tiempo.   Cuando la soledad y la vejez llegan a su puerta, se resiste a ver la realidad y a tomar control de su vida.   La sociedad burguesa a la cual pertenece, comienza a emitir sus implacables juicios.  Pretendientes oportunistas tratan de sacar partido de su condición y la cortejan, pero ya no por amor, sino por conveniencia.  La humillación es total al final de la obra cuando al perder sus posesiones y encontrarse sumergida en su soledad, Rosita se ha convertido en el tema de conversación de sus vecinos, en el hazme reír de los niños, y en el centro de atención de la sociedad granadina.

  

     Físicamente, el personaje de Doña Rosita presenta una metamorfosis regresiva.  En el primer acto,  aún es joven, tiene veinte años y está llena de vitalidad.  Es  lozana e indiferente al paso del tiempo. Se le describe con peinados sofisticados, vestidos de encajes, y sombrillas de colores:

 

(Entra rápida.  Viene vestida de rosa con un traje del novecientos, mangas de jamón y adornos de cintas.) ¿Y mi sombrero?  ¿Dónde está mi sombrero?  (12)

                       

Su belleza y juventud la colocan en las primeras filas de las más cotizadas solteras de la burguesía granadina. Sin embargo, su amor lo ha depositado en su primo, el cual debe partir lejos de su lado.  Su vigor y energía física le hacen creer que es capaz de resistir el paso del tiempo. Está dispuesta a esperar confiadamente por su amado.   Es por eso que en el momento del adiós Rosita declara:

 

            Yo ansío verte llegar

            una tarde por Granada

            con toda la luz salada

            por la nostalgia del mar;...  (37)

     

     En el segundo acto, la protagonista comienza  a advertir los primeros signos de la madurez en su  aspecto físico.   Se le describe con faldas anchas, peinados modernos y cierta marchitez en sus encantos:

 

(Aparece Rosita.  Viene vestida de rosa. Ya la moda ha cambiado de mangas de jamón a 1900.  Falda en forma de campanela.) (57)

 

Y más adelante expresa:

"Cuando no veo la gente estoy contenta, pero cuando la tengo que ver..." (60)

 

No desea salir a la calle para evitar enfrentarse a su cruda realidad,  la cual se percibe,  no sólo en su constitución física, sino también en su medio ambiente. Han salido los primeros automóviles y el auge de la época moderna comienza a brillar en Granada, mientras que en Rosita su vitalidad y juventud comienzan a opacarse.

 

     Ya en el tercer acto, este personaje se ha convertido en un ser humano débil, cansado, y abatido física y emocionalmente por la espera infructuosa del único hombre a quien amó,  y  la pérdida de las posesiones materiales que representaban el orgullo de la pequeña burguesía de esa época.   Se ha convertido en un cuerpo inerte, debilitado, y sin energía. Una mujer fallida y agobiada por el paso de los años. Es así como se  presenta a la protagonista en la última escena minutos antes de caer el telón:

 

“(Vacila un poco, se apoya en una silla y cae sostenida por el Ama y la Tía que impiden su total desmayo.)” (127)

                       

     En cuanto a la progresión sicológica, Doña Rosita se va trasformando en un ser de vida mansa por fuera y endurecida por dentro.   Poco a poco se va convirtiendo en esa soltera marginada por la sociedad española de fines de siglo,  que dicta como la única  posible función de la mujer la de convertirse en esposa y madre.  Cuando estas expectativas no se realizan, la mujer en celibato pierde el respeto ante su comunidad, convirtiéndose únicamente en un ser abatido por la lástima y la burla de una sociedad que, a su vez,  no le ofrece ninguna solución viable.

 

     En el primer acto, se presenta a  Rosita llena de ilusiones, sueños y quimeras.  Siempre corriendo y ansiosa de nuevas oportunidades y retos. Sin temor a la vida y al paso del tiempo.  Como dice el personaje del Ama[1]:

 

"Es que todo lo quiere volando.  Hoy ya quisiera que fuese pasado mañana.  Se echa a volar y se nos pierde de las manos." (13)

            

     Todo lo quiere deprisa porque es joven,  bella, acomodada, enérgica y está enamorada.  Pero es precisamente aquí en el primer acto donde esa felicidad comienza a desvanecerse en el preciso momento en que  su Ama le da la noticia de que su primo se irá a América.  A partir de este momento,  comienza en Rosita el decline emocional al anticipar su escabroso destino. Todo su dolor y desesperación interior se vislumbran al final de este acto cuando ahogada por el llanto, coge el libro de rosas de su tío y lee:

 

                        ...  y cuando toca la noche

                        blando cuerno de metal

                        y las estrellas avanzan

                        mientras los aires se van

                        en la raya de lo oscuro

                        se comienza a deshojar.” (39)

                         

     En el segundo acto, catedráticos de Economía Política desean casarse con la protagonista quien permanece inquebrantablemente fiel a su primer amor. Ella, al igual que todos los que la rodean,  presiente que el primo nunca regresará a buscarla, pero la realidad es tan dura de aceptar que prefiere callarla.   Ha empezado a temer  a todo lo que le rodea, y la ponen en contacto con su realidad.  Es por eso que responde con las siguientes palabras a su tía cuando ésta insiste en que deje esa vida de encierro:

 

"Pero es que en la calle noto cómo pasa el tiempo y no  quiero perder las ilusiones. Ya han hecho otra casa nueva en la placera.  No quiero enterarme de cómo pasa el tiempo." (61)

 

Ante la presencia inminente del transcurso de los años y la soledad, Doña Rosita comienza a crear muletillas sicológicas para encontrar substitutos imaginarios que reemplacen el lugar vacío que dejó su primo al partir. El Ama es portavoz de este problema cuando narra:  “Se lo figura.  Ayer me tuvo todo el día acompañándola en la puerta del circo, porque se empeñó en que uno de los titiriteros se parecía a su primo” (48).    Por un lado, el temor de salir a la calle y enfrentarse con la realidad.   Y por el otro, es capaz de vencer este temor con tal de satisfacer  su vacío emocional.  Aunque sea en una forma fortuita,  la protagonista crea su propia fantasía óptica encontrando semejanza física entre un titiritero y el amado que no regresa, y que en su subconsciente, sabe que nunca lo hará.

 

     En el tercer acto, el personaje de Doña Rosita tiene que lidiar,  ya no sólo con la desolación de su soltería al enterarse del casamiento de su primo, sino también con el dolor de la muerte de su tío  y la pérdida de sus bienes materiales.  Para un personaje tan frágil, acostumbrada a vivir de ilusiones y promesas, la realidad de su celibato, la amargura, y la soledad  son aplastantes.   Rosita no estaba preparada para contrarrestar y sobreponerse a este tipo de batalla emocional.  Aproximadamente a los cincuenta años de edad,  y después de tantos desencantos y desilusiones, se ve imposibilitada para creer nuevamente en el amor, y lo que es aún peor, ya no puede luchar contra el paso del tiempo.  José Martín, en su Análisis de Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores  lo expresa de la siguiente manera:

 

"La segunda salida de doña Rosita en el tercer acto es una acentuación más profunda de su amor inacabado, del dolor del problema del tiempo que arrastra consigo la soledad y la vejez, problema este último con el que ya no se podrá luchar." (58)

 

Se ha convertido en una solterona patética viviendo una muerte lenta, sola y acomplejada por su celibato.  Tiene que continuar existiendo cuando en realidad hace tiempo que dejó de vivir.    Se ha convertido en un despojo humano, temerosa de la opinión pública, y sin deseo de continuar su existencia. Es por eso que en la última escena de la obra,  minutos antes de caer el telón, Rosita pronuncia estas  palabras:

 

“Ha empezado a llover. Así no habrá nadie en los balcones para vernos salir... y cuando llega la noche se comienza a deshojar”  (127)

                       

     Alegóricamente, Doña Rosita la soltera, está llena de elementos simbólicos que enriquecen el contenido y argumento de la obra.  Por ejemplo, las “manolas”[2] en el primer acto,  podrían representar las ilusiones propias de la juventud.   Precisamente, éste es el único acto en que se nos enseña  una Rosita ilusionada, llena de vitalidad, a quien el correr de los años la tiene sin cuidado.

 

     De igual manera, las sombrillas  tienen una función representativa.  Según el Diccionario de símbolos de Jean Chevalier,  el protegerse bajo una sombrilla como lo hacen “las manolas” representa  huir de la realidad y las responsabilidades.   Estas  son características  propias de la juventud, y tipificaban  a las jóvenes burguesas españolas de fines de siglo.   No les preocupaba lo que pudiese acontecer a su alrededor.  La sociedad no había fijado sobre ellas aún su juicio.   Son todavía unas jovencitas, y todos esperan que cumplan el papel predeterminado de esposa  y madre.   A su vez, la constante presencia o alusión a las flores es igualmente  significativa.  Aunque cada tipo de flor tiene un significado específico,  las flores en general, según el Diccionario de símbolos,  se asocian con la pasividad.  Esto refleja la actitud de la protagonista durante toda una espera, casi incomprensible, por un novio en tierras lejanas.   Incluso en el tercer acto,  sabe que su novio se ha casado en el extranjero y que no volverá a ella, pero continúa su actitud viviendo una existencia vacía, sin esperanzas ni anhelos por el porvenir.  Las flores son el símbolo botánico de la pasividad ya que su belleza, olor y color alegran el resto de la ecología hasta que el proceso orgánico retrocede dando lugar a la etapa final de la existencia.   Doña Rosita, al igual que todas las demás “solteronas”, que aparecen en esta obra, comienzan como flores en capullo impregnando de alegría y colorido el ambiente que las rodea, hasta que el proceso biológico retrocede.   Concluye en el tercer acto con estos personajes deshojados y descoloridos por el tiempo.

 

     Los patronímicos también juegan un papel muy importante en las alegorías de esta obra.   “Rosa”  es el nombre del personaje protagónico cuyo significado es místico y sacro.   Significa fama y prestigio, pero en el sentido eclesial se asocia con la Virgen María.   Doña Rosita es la joven virgen burguesa de fines de siglo que goza de fama y fortuna, pero cuya virginidad se convierte al final en su propio enemigo ya que es reflejo de su  celibato.     Por otro lado,  el Señor “X” representa cualquier pretendiente que Rosita pudiese tener.  La X en el lenguaje matemático es el símbolo de la variable mutable desconocida.  No importa quien fuera el pretendiente, el resultado sería el mismo.   No cedería ante ningún cortejo ya que su amor seguía perteneciendo al novio ausente.  Otro personaje sin nombre es la “Ama” quien representa la fidelidad.   Es la confidente y compañera leal, no sólo de Doña Rosita, sino también de la tía.    Durante toda la obra sufre por la espera angustiosa de la protagonista,  por la desesperación de la tía que busca incansablemente ayudar a su sobrina, por la muerte del tío,  y  por la situación económica y moral de la familia.

    

     En otra ilustración simbólica,  el personaje de la tía se asocia con la sabiduría y la generosidad.  Estas características se observan desde el primer acto en que la tía de Rosita insiste en que su sobrino cumpla con el deber de ir a ayudar a su padre en América, a pesar del dolor que esto le ocasionaría a su sobrina.  Igualmente, es la tía quien aconseja a  la protagonista a que rompa el compromiso con su primo al ver la tardanza de éste. Simboliza la voz de advertencia durante toda la obra.  Es la atalaya que trata inútilmente de revivir a su sobrina en el tercer acto cuando así dice: “Alguna vez tengo que hablar alto.  Sal de tus cuatro paredes, hija mía. No te hagas a la desgracia” (114).    Finalmente, el tic-tac del reloj en el tercer acto es el símbolo patético del pasar del tiempo.  El tiempo pretérito, el que pasó sin poder recuperarse, el tiempo que continúa su paso y que Doña Rosita desearía detener,  y el tiempo futuro de cual no desea ser testigo.

 

     Doña Rosita es un personaje altamente significativo.  No sólo representa la mujer en celibato de la burguesía española de finales del siglo XIX,  y el peso que la sociedad ejerce sobre ésta, sino también muestra el desastre de la España de los años 30.  La Rosita jovial, enérgica, e irreverente al paso del tiempo del primer acto, nos muestra los años de gloria de la conquista, donde lo importante era la toma de las nuevas tierras en nombre del rey sin miedo al futuro. En el segundo acto, la Rosita  de apariencia moderna, pero apagada por la espera del novio que no regresa,  nos muestra la España colonizadora que se resigna ante la pérdida de sus últimas posesiones, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, sin ánimo de luchar por recuperarlas.  Y finalmente en el tercer acto,  la Rosita desolada y marchita por tantos años de espera infructuosa, nos muestra a la España de la Segunda República.   La guerra civil  deja la península destruida, cansada y llena de nostalgia por un pasado de gloria.   Este personaje sumergido en la espera y la inercia,   necesita aceptar  la realidad  para  producir un cambio en su vida, al igual que España necesitaba despertar de su largo letargo para lograr su regeneración. Martín lo explica de la siguiente manera:

 

En Doña Rosita la soltera, no se habla del desastre de España: se muestra. Impotencia muy dentro de la tradición española, apuntada antes; impotencia de todos aquellos que no quisieron ver la realidad, y saben vivir de recuerdos, enriqueciendo su vida.  (20)                 

 

     Federico García Lorca  ha provisto a las nuevas generaciones españolas con una obra que plasma en forma contundente la dura realidad histórica de la mujer española en celibato de finales del siglo XIX.  Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores es un llamado a la conciencia social y nacional.  A la conciencia social, porque es la sociedad la que contribuye a la enajenación y sufrimiento de la mujer soltera que no se ajusta al anticipado papel de esposa y madre.  Este tipo de mujer es marginada y humillada por el comportamiento colectivo nacional, destruyendo su dignidad.  Para la sociedad española, el celibato en la mujer era sinónimo de fracaso y alienación voluntaria por miedo a la opinión pública.  Igualmente, llama  a  la conciencia nacional, porque España necesitaba despertar a su realidad.

         

     Cada individuo es responsable del presente y futuro,  tanto individual como colectivo,  independientemente de sus derrotas pasadas.  Doña Rosita, y por extensión España como nación autónoma,  es la única responsable de su celibato ya que es ella misma la que decide sumergirse en la espera y la inercia.  La sociedad española de su época, es el elemento agraviante que contribuye a destruir a la mujer que adopta esta senda, por el simple hecho de no encajar en el estereotipo femenino de esposa y madre.   Para García Lorca, el aquí y el ahora constituye la llave que abre la puerta al futuro nacional español.                              

 Obras citadas

Chevalier J., Alain Gherbrant. Dictionary of Symbols. Trad. John Buchanan-Brown. New York: Penguin, 1996.

García Lorca, Federico. Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. Buenos Aires: Losada, 1966.

 

Martín, José. “Análisis de Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores”.  Salamanca: Kadmos, 1979.

 



[1]  Ama: Una especie de niñera y ama de casa.

[2]  Manolas: Mozas que se distinguen por su elaborado vestuario y soltura de carácter.


Martha García. nació en La Habana, Cuba (1965). Ha residido en España, Honduras y en los Estados Unidos desde 1989. Realizó estudios superiores en Ciencias y Letras.  Se graduó con una Licenciatura en Español en 1997 y obtuvo su Maestría en Literatura Española con especialidad en Literatura Medieval en la Universidad Central de la Florida en Orlando, EE.UU., donde además impartía cursos de español y fue Asistente de la Coordinadora del Programa de Graduados de dicha institución. Actualmente se encuentra impartiendo cursos de español en Vanderbilt University, Nashville, Tennessee, EE.UU. Ha sido invitada a escribir reseñas y artículos para diferentes revistas  académicas  como  son: Círculo  de  Cultura Panamericano, Verona, New Jersey, South East Latin Americanist (SELA), Orlando, Florida, and Hispanic Outlook in Higher Education, Paramus, New Jersey. De igual forma, participa anualmente en una gran variedad de Congresos en Estados Unidos y Centro América presentando sus ponencias y trabajos sobre Literatura Española, Latinoamericana y del Caribe.  En estos momentos se encuentra trabajando en su primer libro sobre la posición de la mujer en el medievo español basado en su tesis de Maestría.