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En Doña
Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, Federico
García Lorca se remonta a finales del siglo XIX para plasmar
en su teatro la realidad del celibato de la mujer española de
fines de siglo a quien se le predestinaba al papel de esposa y
madre. En este trabajo se expondrá cómo la protagonista
presenta en cada acto diferentes etapas físicas y sicológicas
mientras se incorporan elementos alegóricos con que se
ejemplifica este tipo de celibato femenino. La doncella que
poco a poco se va convirtiendo en ese ser ridículo y digno de
lástima que es una solterona en España, pierde su
respetabilidad, y en la mayoría de los casos, pasa a ser el
objeto de burla. Ante los ojos de la sociedad ha fracasado en
su vida y en su misión como mujer.
Se observa, en primer lugar, en esta obra
dramática la destrucción física y emocional en forma
paulatina y degradante de una mujer española que se sumerge en
la espera y la inercia. Se enamora en su juventud, y decide
esperar por su amado sin tomar en consideración el transcurso
del tiempo. Cuando la soledad y la vejez llegan a su puerta,
se resiste a ver la realidad y a tomar control de su vida.
La sociedad burguesa a la cual pertenece, comienza a emitir
sus implacables juicios. Pretendientes oportunistas tratan de
sacar partido de su condición y la cortejan, pero ya no por
amor, sino por conveniencia. La humillación es total al final
de la obra cuando al perder sus posesiones y encontrarse
sumergida en su soledad, Rosita se ha convertido en el tema de
conversación de sus vecinos, en el hazme reír de los niños, y
en el centro de atención de la sociedad granadina.
Físicamente, el personaje de Doña Rosita
presenta una metamorfosis regresiva. En el primer acto, aún
es joven, tiene veinte años y está llena de vitalidad. Es
lozana e indiferente al paso del tiempo. Se le describe con
peinados sofisticados, vestidos de encajes, y sombrillas de
colores:
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(Entra rápida. Viene vestida de
rosa con un traje del novecientos, mangas de jamón y adornos de
cintas.) ¿Y
mi sombrero? ¿Dónde está mi sombrero? (12)
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Su belleza y juventud la colocan en las
primeras filas de las más cotizadas solteras de la burguesía
granadina. Sin embargo, su amor lo ha depositado en su primo,
el cual debe partir lejos de su lado. Su vigor y energía
física le hacen creer que es capaz de resistir el paso del
tiempo. Está dispuesta a esperar confiadamente por su amado.
Es por eso que en el momento del adiós Rosita declara:
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Yo ansío verte llegar
una tarde por Granada
con toda la luz salada
por la nostalgia del
mar;... (37) |
En el segundo acto, la protagonista comienza a
advertir los primeros signos de la madurez en su aspecto
físico. Se le describe con faldas anchas, peinados modernos
y cierta marchitez en sus encantos:
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(Aparece Rosita. Viene vestida de rosa. Ya
la moda ha cambiado de mangas de jamón a 1900. Falda en
forma de campanela.)
(57)
Y más adelante expresa:
"Cuando no veo la
gente estoy contenta, pero cuando la tengo que ver..."
(60) |
No desea salir a la calle para evitar
enfrentarse a su cruda realidad, la cual se percibe, no sólo
en su constitución física, sino también en su medio ambiente.
Han salido los primeros automóviles y el auge de la época
moderna comienza a brillar en Granada, mientras que en Rosita
su vitalidad y juventud comienzan a opacarse.
Ya en el tercer acto, este personaje se ha
convertido en un ser humano débil, cansado, y abatido física y
emocionalmente por la espera infructuosa del único hombre a
quien amó, y la pérdida de las posesiones materiales que
representaban el orgullo de la pequeña burguesía de esa
época. Se ha convertido en un cuerpo inerte, debilitado, y
sin energía. Una mujer fallida y agobiada por el paso de los
años. Es así como se presenta a la protagonista en la última
escena minutos antes de caer el telón:
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“(Vacila un
poco, se apoya en una silla y cae sostenida por el Ama y
la Tía que impiden su total desmayo.)” (127) |
En cuanto a la progresión sicológica, Doña
Rosita se va trasformando en un ser de vida mansa por fuera y
endurecida por dentro. Poco a poco se va convirtiendo en esa
soltera marginada por la sociedad española de fines de siglo,
que dicta como la única posible función de la mujer la
de convertirse en esposa y madre. Cuando estas expectativas
no se realizan, la mujer en celibato pierde el respeto ante su
comunidad, convirtiéndose únicamente en un ser abatido por la
lástima y la burla de una sociedad que, a su vez, no le
ofrece ninguna solución viable.
En el primer acto, se presenta a Rosita
llena de ilusiones, sueños y quimeras. Siempre corriendo y
ansiosa de nuevas oportunidades y retos. Sin temor a la vida y
al paso del tiempo. Como dice el personaje del Ama[1]:
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"Es que
todo lo quiere volando. Hoy ya quisiera que fuese pasado
mañana. Se echa a volar y se nos pierde de las manos."
(13) |
Todo lo quiere deprisa
porque es joven, bella, acomodada, enérgica y está
enamorada. Pero es precisamente aquí en el primer acto donde
esa felicidad comienza a desvanecerse en el preciso momento en
que su Ama le da la noticia de que su primo se irá a
América. A partir de este momento, comienza en Rosita el
decline emocional al anticipar su escabroso destino. Todo su
dolor y desesperación interior se vislumbran al final de este
acto cuando ahogada por el llanto, coge el libro de rosas de
su tío y lee:
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... y cuando toca la noche
blando cuerno de
metal
y las estrellas
avanzan
mientras los aires
se van
en la raya de lo
oscuro
se comienza a
deshojar.” (39) |
En el segundo acto, catedráticos de
Economía Política desean casarse con la protagonista quien
permanece inquebrantablemente fiel a su primer amor. Ella, al
igual que todos los que la rodean, presiente que el primo
nunca regresará a buscarla, pero la realidad es tan dura de
aceptar que prefiere callarla. Ha empezado a temer a todo
lo que le rodea, y la ponen en contacto con su realidad. Es
por eso que responde con las siguientes palabras a su tía
cuando ésta insiste en que deje esa vida de encierro:
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"Pero es que en la calle noto cómo
pasa el tiempo y no quiero perder las ilusiones. Ya han
hecho otra casa nueva en la placera. No quiero enterarme
de cómo pasa el tiempo." (61) |
Ante la presencia inminente del transcurso de
los años y la soledad, Doña Rosita comienza a crear muletillas
sicológicas para encontrar substitutos imaginarios que
reemplacen el lugar vacío que dejó su primo al partir. El Ama
es portavoz de este problema cuando narra: “Se lo figura.
Ayer me tuvo todo el día acompañándola en la puerta del circo,
porque se empeñó en que uno de los titiriteros se parecía a su
primo” (48). Por un lado, el temor de salir a la calle y
enfrentarse con la realidad. Y por el otro, es capaz de
vencer este temor con tal de satisfacer su vacío emocional.
Aunque sea en una forma fortuita, la protagonista crea su
propia fantasía óptica encontrando semejanza física entre un
titiritero y el amado que no regresa, y que en su
subconsciente, sabe que nunca lo hará.
En el tercer acto, el personaje de Doña
Rosita tiene que lidiar, ya no sólo con la desolación de su
soltería al enterarse del casamiento de su primo, sino también
con el dolor de la muerte de su tío y la pérdida de sus
bienes materiales. Para un personaje tan frágil, acostumbrada
a vivir de ilusiones y promesas, la realidad de su celibato,
la amargura, y la soledad son aplastantes. Rosita no estaba
preparada para contrarrestar y sobreponerse a este tipo de
batalla emocional. Aproximadamente a los cincuenta años de
edad, y después de tantos desencantos y desilusiones, se ve
imposibilitada para creer nuevamente en el amor, y lo que es
aún peor, ya no puede luchar contra el paso del tiempo. José
Martín, en su Análisis de Doña Rosita la soltera o el
lenguaje de las flores lo expresa de la siguiente manera:
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"La segunda
salida de doña Rosita en el tercer acto es una acentuación
más profunda de su amor inacabado, del dolor del problema
del tiempo que arrastra consigo la soledad y la vejez,
problema este último con el que ya no se podrá luchar." (58) |
Se ha convertido en una solterona patética
viviendo una muerte lenta, sola y acomplejada por su
celibato. Tiene que continuar existiendo cuando en realidad
hace tiempo que dejó de vivir. Se ha convertido en un
despojo humano, temerosa de la opinión pública, y sin deseo de
continuar su existencia. Es por eso que en la última escena de
la obra, minutos antes de caer el telón, Rosita pronuncia
estas palabras:
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“Ha empezado a llover. Así no habrá nadie en los balcones
para vernos salir... y cuando llega la noche se comienza a
deshojar” (127)
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Alegóricamente, Doña Rosita la
soltera, está llena de elementos simbólicos que enriquecen
el contenido y argumento de la obra. Por ejemplo, las
“manolas”[2]
en el primer acto, podrían representar las ilusiones propias
de la juventud. Precisamente, éste es el único acto en que
se nos enseña una Rosita ilusionada, llena de vitalidad, a
quien el correr de los años la tiene sin cuidado.
De igual manera, las sombrillas tienen
una función representativa. Según el Diccionario de
símbolos de Jean Chevalier, el protegerse bajo una
sombrilla como lo hacen “las manolas” representa huir de la
realidad y las responsabilidades. Estas son
características propias de la juventud, y tipificaban a las
jóvenes burguesas españolas de fines de siglo. No les
preocupaba lo que pudiese acontecer a su alrededor. La
sociedad no había fijado sobre ellas aún su juicio. Son
todavía unas jovencitas, y todos esperan que cumplan el papel
predeterminado de esposa y madre. A su vez, la constante
presencia o alusión a las flores es igualmente
significativa. Aunque cada tipo de flor tiene un significado
específico, las flores en general, según el
Diccionario de símbolos,
se asocian con la pasividad. Esto refleja la actitud de la
protagonista durante toda una espera, casi incomprensible, por
un novio en tierras lejanas. Incluso en el tercer acto,
sabe que su novio se ha casado en el extranjero y que no
volverá a ella, pero continúa su actitud viviendo una
existencia vacía, sin esperanzas ni anhelos por el porvenir.
Las flores son el símbolo botánico de la pasividad ya que su
belleza, olor y color alegran el resto de la ecología hasta
que el proceso orgánico retrocede dando lugar a la etapa final
de la existencia. Doña Rosita, al igual que todas las demás
“solteronas”, que aparecen en esta obra, comienzan como flores
en capullo impregnando de alegría y colorido el ambiente que
las rodea, hasta que el proceso biológico retrocede.
Concluye en el tercer acto con estos personajes deshojados y
descoloridos por el tiempo.
Los patronímicos también juegan un papel
muy importante en las alegorías de esta obra. “Rosa” es el
nombre del personaje protagónico cuyo significado es místico y
sacro. Significa fama y prestigio, pero en el sentido
eclesial se asocia con la Virgen María. Doña Rosita es la
joven virgen burguesa de fines de siglo que goza de fama y
fortuna, pero cuya virginidad se convierte al final en su
propio enemigo ya que es reflejo de su celibato. Por otro
lado, el Señor “X” representa cualquier pretendiente que
Rosita pudiese tener. La X en el lenguaje matemático
es el símbolo de la variable mutable desconocida. No importa
quien fuera el pretendiente, el resultado sería el mismo. No
cedería ante ningún cortejo ya que su amor seguía
perteneciendo al novio ausente. Otro personaje sin nombre es
la “Ama” quien representa la fidelidad. Es la confidente y
compañera leal, no sólo de Doña Rosita, sino también de la
tía. Durante toda la obra sufre por la espera angustiosa de
la protagonista, por la desesperación de la tía que busca
incansablemente ayudar a su sobrina, por la muerte del tío,
y por la situación económica y moral de la familia.
En otra ilustración simbólica, el personaje de
la tía se asocia con la sabiduría y la generosidad. Estas
características se observan desde el primer acto en que la tía
de Rosita insiste en que su sobrino cumpla con el deber de ir
a ayudar a su padre en América, a pesar del dolor que esto le
ocasionaría a su sobrina. Igualmente, es la tía quien
aconseja a la protagonista a que rompa el compromiso con su
primo al ver la tardanza de éste. Simboliza la voz de
advertencia durante toda la obra. Es la atalaya que trata
inútilmente de revivir a su sobrina en el tercer acto cuando
así dice: “Alguna vez tengo que hablar alto. Sal de tus
cuatro paredes, hija mía. No te hagas a la desgracia”
(114). Finalmente, el tic-tac del reloj en el tercer
acto es el símbolo patético del pasar del tiempo. El tiempo
pretérito, el que pasó sin poder recuperarse, el tiempo que
continúa su paso y que Doña Rosita desearía detener, y el
tiempo futuro de cual no desea ser testigo.
Doña Rosita es un personaje altamente
significativo. No sólo representa la mujer en celibato de la
burguesía española de finales del siglo XIX, y el peso que la
sociedad ejerce sobre ésta, sino también muestra el desastre
de la España de los años 30. La Rosita jovial, enérgica, e
irreverente al paso del tiempo del primer acto, nos muestra
los años de gloria de la conquista, donde lo importante era la
toma de las nuevas tierras en nombre del rey sin miedo al
futuro. En el segundo acto, la Rosita de apariencia moderna,
pero apagada por la espera del novio que no regresa, nos
muestra la España colonizadora que se resigna ante la pérdida
de sus últimas posesiones, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, sin
ánimo de luchar por recuperarlas. Y finalmente en el tercer
acto, la Rosita desolada y marchita por tantos años de espera
infructuosa, nos muestra a la España de la Segunda
República. La guerra civil deja la península destruida,
cansada y llena de nostalgia por un pasado de gloria. Este
personaje sumergido en la espera y la inercia, necesita
aceptar la realidad para producir un cambio en su vida, al
igual que España necesitaba despertar de su largo letargo para
lograr su regeneración. Martín lo explica de la siguiente
manera:
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En Doña
Rosita la soltera, no se habla del desastre de España:
se muestra. Impotencia muy dentro de la tradición
española, apuntada antes; impotencia de todos aquellos que
no quisieron ver la realidad, y saben vivir de recuerdos,
enriqueciendo su vida. (20)
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Federico García Lorca ha provisto a las
nuevas generaciones españolas con una obra que plasma en forma
contundente la dura realidad histórica de la mujer española en
celibato de finales del siglo XIX. Doña Rosita la soltera
o el lenguaje de las flores es un llamado a la conciencia
social y nacional. A la conciencia social, porque es la
sociedad la que contribuye a la enajenación y sufrimiento de
la mujer soltera que no se ajusta al anticipado papel de
esposa y madre. Este tipo de mujer es marginada y humillada
por el comportamiento colectivo nacional, destruyendo su
dignidad. Para la sociedad española, el celibato en la mujer
era sinónimo de fracaso y alienación voluntaria por miedo a la
opinión pública. Igualmente, llama a la conciencia
nacional, porque España necesitaba despertar a su realidad.
Cada individuo es responsable del presente
y futuro, tanto individual como colectivo,
independientemente de sus derrotas pasadas. Doña Rosita,
y por extensión España como nación autónoma, es la única
responsable de su celibato ya que es ella misma la que decide
sumergirse en la espera y la inercia. La sociedad española de
su época, es el elemento agraviante que contribuye a destruir
a la mujer que adopta esta senda, por el simple hecho de no
encajar en el estereotipo femenino de esposa y madre. Para
García Lorca, el aquí y el ahora constituye la llave que abre
la puerta al futuro nacional español.
Obras
citadas
Chevalier
J., Alain Gherbrant.
Dictionary
of Symbols. Trad. John Buchanan-Brown.
New York: Penguin, 1996.
García Lorca, Federico. Doña Rosita la
soltera o el lenguaje de las flores. Buenos Aires: Losada,
1966.
Martín, José. “Análisis de Doña Rosita la
soltera o el lenguaje de las flores”.
Salamanca:
Kadmos, 1979.
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[1] Ama: Una especie
de niñera y ama de casa. |
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[2] Manolas: Mozas
que se distinguen por su elaborado vestuario y soltura
de carácter. |
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Martha
García.
nació
en La Habana, Cuba (1965). Ha residido en España, Honduras y en los
Estados Unidos desde 1989. Realizó estudios superiores en Ciencias
y Letras.
Se graduó con una Licenciatura en Español en 1997 y obtuvo
su Maestría en Literatura Española con especialidad en Literatura
Medieval en la Universidad Central de la Florida en Orlando, EE.UU.,
donde además impartía cursos de español y fue Asistente de la
Coordinadora del Programa de Graduados de dicha institución.
Actualmente se encuentra impartiendo cursos de español en Vanderbilt University, Nashville, Tennessee,
EE.UU. Ha sido invitada
a escribir reseñas y artículos para diferentes revistas
académicas
como
son: Círculo
de
Cultura Panamericano, Verona, New Jersey, South East Latin
Americanist (SELA), Orlando, Florida, and Hispanic Outlook in Higher
Education, Paramus, New Jersey. De igual forma, participa anualmente
en una gran variedad de Congresos en Estados Unidos y Centro América
presentando sus ponencias y trabajos sobre Literatura Española,
Latinoamericana y del Caribe.
En estos momentos se encuentra trabajando en su primer libro
sobre la posición de la mujer en el medievo español basado en su
tesis de Maestría.
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