Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 21/22

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

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Boletín Informativo

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DEFINIENDO EL OFICIO DE UN ARTESANO DE LAS LETRAS: PUNTO Y APARTE CON

ENRIQUE CÓRDOBA ROCHA

por

Maricel Mayor Marsán
 

Enrique Córdoba Rocha nació en Cartagena, Colombia (1948). Graduado en la Facultad de Derecho Internacional y Diplomacia de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Santa Fe de Bogotá y doctorado en Ciencias Internacionales en la Universidad Central de Ecuador, durante su desempeño como Cónsul en Quito. Ejerció la diplomacia en varias misiones de Europa, Asia, África y América Latina. En 1987 se radicó en Miami como corresponsal del diario “El Espectador”. Desde 1988, produce y conduce “Cita con Enrique Córdoba”, un programa cultural transmitido por radio en español en Estados Unidos, el cual ha cobrado altos índices de sintonía. Su labor ha sido reconocida por ACCA, y South Florida A.I.R. Awards de la Florida. En 1997, fue condecorado con la “Orden Bernardo O’Higgins”, otorgada por el presidente de la República de Chile, debido a su permanente labor periodística en Miami, a favor de las comunidades latinoamericanas. Aparte de su programa radial es columnista del diario “El Nuevo Herald” de Miami.  



Leyendo a Enrique Córdoba, lo que a mí me   emociona y me impulsa a escribir este texto es que él ha sabido ver lo  nuestro y ponerlo en palabras ciertas y limpias. Con ellas, nos habla de  personajes como el taxista de su pueblo que no quiere vivir en los Estados Unidos porque “si Dios hubiese querido que viviese allí sería gringo y no  de Lorica”. O de ese gato suyo que le gustaba escuchar a Beethoven.  O de esos profesionales, médicos o ingenieros, que en Key Biscayne o en  Coral Gables se ganan la vida como porteros o camareros de un restaurante. Todo está en las notas de este libro: el misterio de Miami, una ciudad  “donde el corcho se hunde y el plomo flota”, que no es ya ni Estados Unidos ni América Latina, sino otra cosa extraña; tardes de lluvia; las peleas de sus gatos contra su pobre loro que salió de su jaula; un jardinero sabio; mi amiga Carmen Posadas; los recuerdos de su vida errante por los llanos... y. como corolario de su libro, esta frase que mi mujer y yo le robaremos para guardarla como una preciosa consigna: “La vida es lo que podemos hacer ahora. Mañana puede ser nunca”.

 Plinio Apuleyo Mendoza

 (Parte del prólogo del libro Mi Pueblo, El mundo y Yo)


M.M.M. Para un hombre que ha conocido oficios tan diversos como el de vendedor de libros hasta oficial del servicio exterior de su país, pasando por motorista en el Río Meta, contrabandista de perfumes, ayudante de autobús de pasajeros y locutor radial, me gustaría saber, ¿cuándo descubre su vocación al periodismo y a la labor de escritor?

 

E.C.R. Yo soy un artesano de las letras. Mi oficio ha sido escribir toda la vida. Utilicé la pluma desde muchacho para escribir cartas semanales de los Llanos a la Costa. En esa correspondencia yo le contaba por separado a mis diez hermanos, a mis padres y a un par de amigos en Lorica, un mundo nuevo y fabuloso que yo me estaba encontrando en los Llanos Orientales de Colombia, un lugar exótico, de donde se tenían pocas nociones, como si fuera el Polo Norte, y a donde se llegaba después de una gran travesía y varias jornadas de viaje.

    

     Imagínense, yo tenía solo catorce años de edad. Mis padres aprobaron la partida que fue el despegue para mi espíritu aventurero, de ir a buscar segundo de bachillerato en un colegio ubicado en el extremo del país, después de tres noches de deliberaciones en la terraza de la casa. La única brújula era que allí residía un tío sargento del ejército colombiano. Por referencias teníamos las angustias que mi mamá mostraba cuando pasaban los meses y no llegaban  noticias de su paradero en épocas de la violencia por los combates entre las guerrillas liberales de Dumas Aljure rebeladas contra el Gobierno central. La otra información que yo tenía del Llano eran los episodios de una radionovela basada en un personaje de la novela “La Vorágine”.

 

     En ese momento, antes de cumplir mis quince años, y en ese lugar, la ciudad de Villavicencio, nace el periodista Enrique Córdoba. Obviamente, yo no tenía la menor idea respecto a las técnicas y géneros del periodismo. Un día me nació el deseo de realizar el ejercicio de comunicarme y expresar lo que estaba viviendo, una indescifrable acumulación de sentimientos. Inventé mi estilo. Era un explorador que tomaba notas y redactaba en reacción a lo novedoso de mi entorno, pero también dejaba afluir mis sufrimientos. Yo sabía que mi mamá sufría como yo por nuestra separación, y lo compartíamos en silencio en nuestras esquelas. Sus cartas me conmovían, traían la huella marcada de las lágrimas que le producía el dolor de mi ausencia. 

 

     Realmente yo me sentía como un corresponsal de prensa o enviado especial de Lorica en Villavicencio. Vivíamos en una casa enorme compartida con la familia del suegro de mi tío – Don Florentino –, un llanero auténtico de San Martín, en el Meta. 

 

     De día yo iba al colegio, donde el noventa por ciento de mis condiscípulos pertenecía a familias de Boyacá, Huila, Tolima y el Valle, desplazados por la violencia. En la tarde hacía las tareas y de noche escribía hojas y hojas de todo el espectáculo cotidiano que me impresionaba. Todo era nuevo para mí, hasta la naturaleza. Aguaceros de dos días seguidos con ruidos estruendosos. Montañas verdes, boscosas y elevadas y llanuras con morichales. Llegada y salida de vaqueros que usaban botas altas, sombrero alón, poncho en el hombro y hablaban de hatos de 50.000 hectáreas y traslados de miles de cabezas de ganados, en las sabanas a campo abierto de Mapiripan, Arauca, o el Ariari, con caporales que calculaban el tiempo en fumadas de tabaco.

 

      En mi tierra nunca había sabido de un disparo y en ese nuevo mundo me acostumbré al olor de la pólvora y un sonido igual al del revólver, producido en las canchas de tejo, un juego muy popular practicado en aquellas tierras.

 

     Yo escribía mis reportajes y los enviaba por correo a mis hermanos donde les relataba mis impresiones. De la llegada del Llano adentro, de gentes sencillas y sociables con fajos de billetes en los bolsillos, producto de tres o cuatro meses de trabajo en faenas con caballos o terneros. Gentes que llegaban buscando amigos para gastarse ese dinero en bares, cantinas y mujeres, y en asaderos de carne al carbón. Así entre esas amistades me inicié en el billar, el aguardiente, el trasnocho y los parrados con arpa, cuatro y capachos acompañando y animando grupos por los pueblos del llano colombo-venezolano, desde Paz de Ariporo a Tame.

 

     Fui un aventurero que para ganarme la confianza de mi tío Berna y su esposa, mis tutores, en el destierro que yo me busqué, y me permitieran seguir mi vida vagabunda, les demostré siempre, alto rendimiento con mis calificaciones.

 

     Luego me dieron la oportunidad de trabajar en un noticiero. El director Marco Antonio Franco me dijo sal a la calle y desde donde veas que falta un semáforo, encuentres una calle en mal estado o algo que afea la ciudad, llamas por teléfono a la emisora y lo trasmites. Me convertí en “El comisario cívico” de Radio Caracol Villavicencio y me relacioné con un medio – como es la radio – que me ha dado las mejores experiencias de mi vida, abriéndome camino.

 

     La dedicación a difundir cultura a través de mi programa radial de una hora diaria, desde 1988, en Miami, me puso en contacto con el mundo de las letras.

 

     En estos quince años he entrevistado y leído a centenares de escritores, novelistas, poetas, cuentistas, críticos literarios, ensayistas, académicos, periodistas culturales, en fin, un caudal de genialidades y con ellos he  descubierto ese misterioso y cautivante submundo de la creación literaria.

 

     Supe que a escribir se aprende escribiendo y desde entonces escribir se convirtió en una de las pasiones que más disfruto. Lorca decía que “cada mañana olvido lo que escribí la víspera...”. No soy de los sufre tratando de perfeccionar un reportaje. Hemingway escribió treinta y nueve veces el final de Adiós a las armas.

En este marco vivencial creo poder responder que mi vocación por el oficio de narrar se junta con mi pasión vagabunda.

 

 

M.M.M. ¿Se considera Ud. un hombre universal o se considera un colombiano que se desplaza por este universo que conocemos? 

 

E.C.RUniversal en el sentido de que “Nada de lo humano me es ajeno”. Universal opuesto a los aislacionistas. Al mismo tiempo un curioso observador, promotor y beneficiario del cultivo de la amistad del ser humano y sus manifestaciones, en muchos caminos del planeta. Un amante de la naturaleza y sus bellezas y de la obra tan perfecta del Creador. Un viajero incansable que toma el pulso en todas las latitudes y confirma que el ser humano de todos los rincones se acuesta con un mismo amor y padece las mismas angustias, en cada amanecer.

 

M.M.M. ¿Podría decirme por qué decide abandonar su carrera diplomática, la cual lo llevó a varias misiones por Europa, Asia, África y América Latina, para establecerse en Miami?

 

E.C.RNo fui yo quien dejó una carrera de funcionario público y diplomático de trece años, fueron los imanes del periodismo y las ninfas aparecidas en Miami quienes tuvieron más peso en el momento de escoger.

 

 

 

 

 

 

M.M.M.     Su libro de entrevistas CIEN VOCES DE AMÉRICA es un libro ciertamente peculiar, en donde voces diversas se dan cita y conjugan un mundo de paralelismos. ¿Me gustaría que me hablara del mismo y de las motivaciones que tuvo para escribirlo?

 

E.C.R“Cien Voces de América” es un libro que me ha traído tantas satisfacciones que el duro y dilatado proceso de trabajarlo quedó atrás.      Después de más de una década trasmitiendo mi programa radial “Cita con Enrique Córdoba”, que fue el nombre inicial, contaba con un gran arsenal de grabaciones. Los oyentes me pedían copias de algunas entrevistas con los invitados y pensé en hacer una selección. Así nació la idea de publicar un libro que reflejara la diversidad de entrevistas, oficios y nacionalidades de los personajes. Por eso vemos que en las cien entrevistas figuran  poetas, historiadores, amas de casa, barberos, científicos, músicos, comerciantes, políticos, sacerdotes, espías, pescadores, sepultureros, etc.,  de veinte países.

 

M.M.M.     ¿Cuáles han sido las reacciones de parte de los entrevistados después que el libro fue publicado?

 

E.C.R.    Todos los que forman parte de la antología se han manifestado encantados. Es una multitud de pensamientos y respuestas. Esta diversidad hizo que el gran poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra comentara en la radio: “este es el libro más democrático que he leído, porque comparten páginas gente de todas las clases sociales”. Se ha convertido en un clásico solicitado desde muchos lugares.

 

M.M.M. ¿Qué significa para Ud. el periodismo radial y la conducción diaria de un programa de radio que está dedicado a la cultura?

 

E.C.RLa radio la vivo, la padezco y la gozo las 24 horas del día. Tengo un juicio muy severo sobre la función de la radio. No tranzo con la mediocridad radial. Me insulta la pobreza en la radio, seguramente por provenir de un país con un respeto recíproco entre quienes la hacen y la escuchan.

 

     La radio colombiana se ha ganado un prestigio internacional. Nos hemos acostumbrado a escuchar buena radio.   

 

      

     Hacer programas de radio es una excelente oportunidad de prestar un enorme servicio de información, orientación y entretenimiento a los oyentes.

En mi caso la cumplo presentando voces, lecturas, música, sonidos y temas que contribuyan a enriquecer la curiosidad del oyente. Procuro diversificar. Traigo invitados al estudio, otras veces llamo telefónicamente a un punto del universo o viajo y trasmito desde otros continentes. Hablo de todos los temas y entrevisto a quien creo que tenga algo interesante para contar. Parto de la base de que todo ser humano guarda una historia y somos los periodistas quienes debemos disponer de herramientas de sensibilidad, confianza y habilidad para obtenerlas.

 

     Hacer buena radio es muy fácil cuando se es ameno, se tiene claro el objetivo, se conocen las técnicas, se cuenta con los recursos y se posee el termómetro del buen gusto.

 

M.M.M. ¿Hace cuanto tiempo realiza su programa “Cita con Caracol” en la radio CARACOL de Miami?

 

E.C.REl primer programa salió al aire en febrero de 1989 y desde entonces  se ha pasado ininterrumpidamente, cambiando solo de horarios.

Nació en el horario de las once de la mañana en la frecuencia 1080 AM, de Coral Gables, luego pasó a la 1360 AM en North Miami Beach, formando parte del bloque de Radio Kalidad, que luego evolucionó a Radio Klaridad y posteriormente en Radio Caracol 1260 AM. En 1988, por un acuerdo con “The Miami Herald” y Radio Unica 1210 AM que adquirieron los derechos, se trasmitió de 5 a 7 de la noche.

 

  

     En la actualidad se transmite diariamente de una a dos de la tarde en Radio Caracol 1260 AM. La sintonía ha sido muy leal y en crecimiento. Según Arbitrón, en ciertas épocas el volumen de oyentes de mi programa ha sido igual a la suma de los oyentes de todas las demás emisoras en el mismo horario.

 

M.M.M. ¿Cuál es su preferencia entre el periodismo radial y el periodismo escrito?

 

E.C.RTanto el periodismo escrito como el radial me exigen alto grado de investigación, elaboración y consagración. En ambos cumplo una entrega total. Los dos me brindan infinitas oportunidades de excitación y vivencia de sensaciones. Con los dos me siento realizado.

 

M.M.M. A veces el periodismo lleva a la persona que trabaja en ese medio a confrontar situaciones verdaderamente difíciles y hasta peligrosas. ¿Ha experimentado Ud. alguna vez una situación en la que su vida haya estado en peligro?

 

E.C.RRecuerdo un episodio memorable. Ocurrió durante la Guerra del Golfo Pérsico. Yo estaba en la frontera de Irak y Jordania entrevistando a refugiados de Bangladesh y Pakistán que desembarcaban en buses que terminaban la travesía desde Kuwait. Tenía mi grabadora y cámara fotográfica y estaba vestido con galabeya y turbante árabes que había comprado en una tienda Palestina de Jerusalén. Un soldado iraquí descubrió que no era árabe y me confinaron en un calabozo mientras investigaban mi origen. En ese puesto acababan de fusilar a dos periodistas británicos acusados de espionaje. Yo insistía que era corresponsal del diario bogotano “El Espectador” y no me creían. Mi temor radicaba en que descubrieran que había ido de Estados Unidos. Fueron 24 horas de tortura, me sentí perdido.