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Leyendo a Enrique
Córdoba, lo que a mí me emociona y me impulsa a escribir este
texto es que él ha sabido ver lo nuestro y ponerlo en palabras
ciertas y limpias. Con ellas, nos habla de personajes como el
taxista de su pueblo que no quiere vivir en los Estados Unidos
porque “si Dios hubiese querido que viviese allí sería gringo y
no de Lorica”. O de ese gato suyo que le gustaba escuchar
a Beethoven. O de esos profesionales, médicos o ingenieros, que
en Key Biscayne o en Coral Gables se ganan la vida como
porteros o camareros de un restaurante. Todo está en las notas
de este libro: el misterio de Miami, una ciudad “donde el
corcho se hunde y el plomo flota”, que no es ya ni Estados
Unidos ni América Latina, sino otra cosa extraña; tardes de
lluvia; las peleas de sus gatos contra su pobre loro que salió
de su jaula; un jardinero sabio; mi amiga Carmen Posadas; los
recuerdos de su vida errante por los llanos... y. como corolario
de su libro, esta frase que mi mujer y yo le robaremos para
guardarla como una preciosa consigna: “La vida es lo que podemos
hacer ahora. Mañana puede ser nunca”. |
Plinio
Apuleyo Mendoza
(Parte
del prólogo del libro Mi Pueblo, El mundo y Yo) |
M.M.M. Para un hombre que ha conocido oficios tan diversos como el de
vendedor de libros hasta oficial del servicio exterior de su país,
pasando por motorista en el Río Meta, contrabandista de perfumes,
ayudante de autobús de pasajeros y locutor radial, me gustaría
saber, ¿cuándo descubre su vocación al periodismo y a la labor de
escritor?
E.C.R. Yo soy un artesano de las letras. Mi oficio ha sido escribir toda la
vida. Utilicé la
pluma desde muchacho para escribir cartas semanales de los Llanos a
la Costa. En esa correspondencia yo le contaba por separado a mis
diez hermanos, a mis padres y a un par de amigos en Lorica, un mundo
nuevo y fabuloso que yo me estaba encontrando en los Llanos
Orientales de Colombia, un lugar exótico, de donde se tenían pocas
nociones, como si fuera el Polo Norte, y a donde se llegaba después
de una gran travesía y varias jornadas de viaje.
Imagínense, yo
tenía solo catorce años de edad. Mis padres aprobaron la partida que
fue el despegue para mi espíritu aventurero, de ir a buscar segundo
de bachillerato en un colegio ubicado en el extremo del país,
después de tres noches de deliberaciones en la terraza de la casa.
La única brújula era que allí residía un tío sargento del ejército
colombiano. Por referencias teníamos las angustias que mi mamá
mostraba cuando pasaban los meses y no llegaban noticias de su
paradero en épocas de la violencia por los combates entre las
guerrillas liberales de Dumas Aljure rebeladas contra el Gobierno
central. La otra información que yo tenía del Llano eran los
episodios de una radionovela basada en un personaje de la novela “La
Vorágine”.
En ese
momento, antes de cumplir mis quince años, y en ese lugar, la ciudad
de Villavicencio, nace el periodista Enrique Córdoba. Obviamente, yo
no tenía la menor idea respecto a las técnicas y géneros del
periodismo. Un día me nació el deseo de realizar el ejercicio de
comunicarme y expresar lo que estaba viviendo, una indescifrable
acumulación de sentimientos. Inventé mi estilo. Era un explorador
que tomaba notas y redactaba en reacción a lo novedoso de mi
entorno, pero también dejaba afluir mis sufrimientos. Yo sabía que
mi mamá sufría como yo por nuestra separación, y lo compartíamos en
silencio en nuestras esquelas. Sus cartas me conmovían, traían la
huella marcada de las lágrimas que le producía el dolor de mi
ausencia.
Realmente yo
me sentía como un corresponsal de prensa o enviado especial de
Lorica en Villavicencio. Vivíamos en una casa enorme compartida con
la familia del suegro de mi tío – Don Florentino –, un llanero
auténtico de San Martín, en el Meta.
De día yo iba
al colegio, donde el noventa por ciento de mis condiscípulos
pertenecía a familias de Boyacá, Huila, Tolima y el Valle,
desplazados por la violencia. En la tarde hacía las tareas y de
noche escribía hojas y hojas de todo el espectáculo cotidiano que me
impresionaba. Todo era nuevo para mí, hasta la naturaleza. Aguaceros
de dos días seguidos con ruidos estruendosos. Montañas verdes,
boscosas y elevadas y llanuras con morichales. Llegada y salida de
vaqueros que usaban botas altas, sombrero alón, poncho en el hombro
y hablaban de hatos de 50.000 hectáreas y traslados de miles de
cabezas de ganados, en las sabanas a campo abierto de Mapiripan,
Arauca, o el Ariari, con caporales que calculaban el tiempo en
fumadas de tabaco.
En mi tierra
nunca había sabido de un disparo y en ese nuevo mundo me acostumbré
al olor de la pólvora y un sonido igual al del revólver, producido
en las canchas de tejo, un juego muy popular practicado en aquellas
tierras.
Yo escribía
mis reportajes y los enviaba por correo a mis hermanos donde les
relataba mis impresiones. De la llegada del Llano adentro, de gentes
sencillas y sociables con fajos de billetes en los bolsillos,
producto de tres o cuatro meses de trabajo en faenas con caballos o
terneros. Gentes que llegaban buscando amigos para gastarse ese
dinero en bares, cantinas y mujeres, y en asaderos de carne al
carbón. Así entre esas amistades me inicié en el billar, el
aguardiente, el trasnocho y los parrados con arpa, cuatro y capachos
acompañando y animando grupos por los pueblos del llano
colombo-venezolano, desde Paz de Ariporo a Tame.
Fui un
aventurero que para ganarme la confianza de mi tío Berna y su
esposa, mis tutores, en el destierro que yo me busqué, y me
permitieran seguir mi vida vagabunda, les demostré siempre, alto
rendimiento con mis calificaciones.
Luego me
dieron la oportunidad de trabajar en un noticiero. El director Marco
Antonio Franco me dijo sal a la calle y desde donde veas que falta
un semáforo, encuentres una calle en mal estado o algo que afea la
ciudad, llamas por teléfono a la emisora y lo trasmites. Me convertí
en “El comisario cívico” de Radio Caracol Villavicencio y me
relacioné con un medio – como es la radio – que me ha dado las
mejores experiencias de mi vida, abriéndome
camino.
La dedicación
a difundir cultura a través de mi programa radial de una hora
diaria, desde 1988, en Miami, me puso en contacto con el mundo de
las letras.
En estos
quince años he entrevistado y leído a centenares de escritores,
novelistas, poetas, cuentistas, críticos literarios, ensayistas,
académicos, periodistas culturales, en fin, un caudal de
genialidades y con ellos he descubierto ese misterioso y cautivante
submundo de la creación literaria.
Supe que a
escribir se aprende escribiendo y desde entonces escribir se
convirtió en una de las pasiones que más disfruto. Lorca decía que
“cada mañana olvido lo que escribí la víspera...”. No soy de los
sufre tratando de perfeccionar un reportaje. Hemingway escribió
treinta y nueve veces el final de Adiós a las armas.
En este marco
vivencial creo poder responder que mi vocación por el oficio de
narrar se junta con mi pasión vagabunda.
M.M.M. ¿Se
considera Ud. un hombre universal o se considera un colombiano que
se desplaza por este universo que conocemos?
E.C.R. Universal en el
sentido de que “Nada de lo humano me es ajeno”. Universal opuesto a
los aislacionistas. Al mismo tiempo un curioso observador, promotor
y beneficiario del cultivo de la amistad del ser humano y sus
manifestaciones, en muchos caminos del planeta. Un amante de la
naturaleza y sus bellezas y de la obra tan perfecta del Creador. Un
viajero incansable que toma el pulso en todas las latitudes y
confirma que el ser humano de todos los rincones se acuesta con un
mismo amor y padece las mismas angustias, en cada amanecer.
M.M.M. ¿Podría decirme por qué decide abandonar su carrera diplomática, la
cual lo llevó a varias misiones por Europa, Asia, África y América
Latina, para establecerse en Miami?
E.C.R. No fui yo quien dejó
una carrera de funcionario público y diplomático de trece años,
fueron los imanes del periodismo y las ninfas aparecidas en Miami
quienes tuvieron más peso en el momento de escoger.
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M.M.M. Su libro de entrevistas
CIEN VOCES DE AMÉRICA es un libro ciertamente peculiar,
en donde voces diversas se dan cita y conjugan un mundo
de paralelismos. ¿Me gustaría que me hablara del mismo y
de las motivaciones que tuvo para escribirlo? |
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E.C.R. “Cien
Voces de América” es un libro que me ha traído tantas satisfacciones
que el duro y dilatado proceso de trabajarlo quedó atrás.
Después de más de una década trasmitiendo mi programa radial
“Cita con Enrique Córdoba”, que fue el nombre inicial, contaba con
un gran arsenal de grabaciones. Los oyentes me pedían copias de
algunas entrevistas con los invitados y pensé en hacer una
selección. Así nació la idea de publicar un libro que reflejara la
diversidad de entrevistas, oficios y nacionalidades de los
personajes. Por eso vemos que en las cien entrevistas figuran
poetas, historiadores, amas de casa, barberos, científicos, músicos,
comerciantes, políticos, sacerdotes, espías, pescadores,
sepultureros, etc., de veinte países.
M.M.M.
¿Cuáles han sido las reacciones de parte de los entrevistados
después que el libro fue publicado?
E.C.R. Todos los que forman
parte de la antología se han manifestado encantados. Es una multitud
de pensamientos y respuestas. Esta diversidad hizo que el gran poeta
nicaragüense Pablo Antonio Cuadra comentara en la radio: “este es el
libro más democrático que he leído, porque comparten páginas gente
de todas las clases sociales”. Se ha convertido en un clásico
solicitado desde muchos lugares.
M.M.M. ¿Qué significa para Ud. el periodismo radial y la conducción diaria
de un programa de radio que está dedicado a la cultura?
E.C.R. La radio la vivo, la
padezco y la gozo las 24 horas del día. Tengo un juicio muy severo
sobre la función de la radio. No tranzo con la mediocridad radial.
Me insulta la pobreza en la radio, seguramente por provenir de un
país con un respeto recíproco entre quienes la hacen y la escuchan.
La radio
colombiana se ha ganado un prestigio internacional. Nos hemos
acostumbrado a escuchar buena radio.
Hacer
programas de radio es una excelente oportunidad de prestar un enorme
servicio de información, orientación y entretenimiento a los
oyentes.
En mi caso la
cumplo presentando voces, lecturas, música, sonidos y temas que
contribuyan a enriquecer la curiosidad del oyente. Procuro
diversificar. Traigo invitados al estudio, otras veces llamo
telefónicamente a un punto del universo o viajo y trasmito desde
otros continentes. Hablo de todos los temas y entrevisto a quien
creo que tenga algo interesante para contar. Parto de la base de que
todo ser humano guarda una historia y somos los periodistas quienes
debemos disponer de herramientas de sensibilidad, confianza y
habilidad para obtenerlas.
Hacer buena
radio es muy fácil cuando se es ameno, se tiene claro el objetivo,
se conocen las técnicas, se cuenta con los recursos y se posee el
termómetro del buen gusto.
M.M.M. ¿Hace cuanto tiempo realiza su programa “Cita con Caracol” en la
radio CARACOL de Miami?
E.C.R. El primer programa
salió al aire en febrero de 1989 y desde entonces se ha pasado
ininterrumpidamente, cambiando solo de horarios.
Nació en el horario
de las once de la mañana en la frecuencia 1080 AM, de Coral Gables,
luego pasó a la 1360 AM en North Miami Beach, formando parte del
bloque de Radio Kalidad, que luego evolucionó a Radio Klaridad y
posteriormente en Radio Caracol 1260 AM. En 1988, por un acuerdo con
“The Miami Herald” y Radio Unica 1210 AM que adquirieron los
derechos, se trasmitió de 5 a 7 de la noche.
En la
actualidad se transmite diariamente de una a dos de la tarde en
Radio Caracol 1260 AM. La sintonía ha sido muy leal y en
crecimiento. Según Arbitrón, en ciertas épocas el volumen de oyentes
de mi programa ha sido igual a la suma de los oyentes de todas las
demás emisoras en el mismo horario.
M.M.M.
¿Cuál es su preferencia entre el periodismo radial y el periodismo
escrito?
E.C.R. Tanto el periodismo
escrito como el radial me exigen alto grado de investigación,
elaboración y consagración. En ambos cumplo una entrega total. Los
dos me brindan infinitas oportunidades de excitación y vivencia de
sensaciones. Con los dos me siento realizado.
M.M.M. A
veces el periodismo lleva a la persona que trabaja en ese medio a
confrontar situaciones verdaderamente difíciles y hasta peligrosas.
¿Ha experimentado Ud. alguna vez una situación en la que su vida
haya estado en peligro?
E.C.R. Recuerdo un episodio
memorable. Ocurrió durante la Guerra del Golfo Pérsico. Yo estaba en
la frontera de Irak y Jordania entrevistando a refugiados de
Bangladesh y Pakistán que desembarcaban en buses que terminaban la
travesía desde Kuwait. Tenía mi grabadora y cámara fotográfica y
estaba vestido con galabeya y turbante árabes que había
comprado en una tienda Palestina de Jerusalén. Un soldado iraquí
descubrió que no era árabe y me confinaron en un calabozo mientras
investigaban mi origen. En ese puesto acababan de fusilar a dos
periodistas británicos acusados de espionaje. Yo insistía que era
corresponsal del diario bogotano “El Espectador” y no me creían. Mi
temor radicaba en que descubrieran que había ido de Estados Unidos.
Fueron 24 horas de tortura, me sentí perdido.
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