Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 21/22

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 


 

PERFILES LITERARIOS

(Selección narrativa)

por 

 Harmonie Botella

 


 

NIEVE

 

     Una nieve dura, fría, inhumana caía sobre una pequeña aldea, perdida en el final del mundo. En dicho lugar jamás creció una flor, jamás cantó un ruiseñor. Los vecinos del pueblo, tristes y fríos, no hablaban ni reían. Cuando salían de sus casas, lo hacían corriendo, sin perder tiempo en echar una mirada a su alrededor. No había nada que ver, todo permanecía cubierto por la nieve, a veces blanca, a veces gris.

 

     Los niños no conocían ningún cuento, ninguna canción, ningún juego. Sólo sabían leer y contar. Tenían la misma mirada triste que sus padres, su futuro se limitaba a ver a las mismas personas, las mismas cosas durante el resto de sus vidas. Nada merecía la pena.

 

     Un día, en este lejano y frío pueblecito, perdido en el último rincón donde acaba el mundo, pasó un ruiseñor y se posó en la ventana de la panadería, único lugar del que emanaba un suave calorcito. La vieja panadera, extrañada, se le acercó y le preguntó: - ¿Pajarito, te ocurre algo? El ruiseñor en un santiamén se acurrucó en el hombro de la anciana y le susurró al oído: - “Pronto llegará una bella y desolada mujer  que huye de la traición y del engaño. No la rechacéis por el color de su piel, de su cabello, de sus ojos, será la luz que os salve de vuestras tinieblas.”

 

     Ese día la mujer contó a su familia y a todos los vecinos lo ocurrido y nadie la creyó. Nunca ningún pájaro se había detenido en la aldea, además todo el mundo sabía que los animales no hablaban. Nadie sabía que los cuentos existían y que, a menudo, un protagonista se escapaba de las mágicas páginas para transformar la vida de la gente triste, ignorante y, a veces, cruel.

 

     Durante este duro invierno la anciana murió suplicando a sus familiares que atendiesen lo mejor posible a todos los extranjeros que acudieran al pueblo. El día del entierro apareció por la aldea una mujer morena de largo cabello negro. Sus ojos tenían el color y el calor de la miel dorada recién sacada de los panales; su voz era semejante al canto del ruiseñor, pero no la entendían. No entendían su idioma, su forma rara de vestir ni la tristeza que invadía sus bellos ojos. Algunos tuvieron miedo: podía ser la enviada del demonio por su piel oscura, sus ojos amarillos y ese idioma que nadie conocía. Otros recordaron las palabras de la anciana y se conmovieron. Esta bella mujer necesitaba ayuda, tenía frío y hambre; su cuerpo y su alma estaban heridos. La cobijaron, le dieron comida, afecto.

 

     Al final del invierno, se percataron de que la bella mujer esperaba un bebé que no tardaría en nacer. Una mañana gris del mes de abril, después de una tempestad de nieve, el bebé decidió que ese día era propicio para nacer. Por primera vez, después de muchos siglos de indiferencia, el pueblo se conmovió. Era el primer bebé que nacería antes de que bajaran las temperaturas. Todas las mujeres sabían que sus hijos tenían que venir al mundo entre junio y agosto para poder sobrevivir. Este pobre renacuajo no soportaría los diez bajo cero de aquella mañana.

 

     El niño nació. En vez de llorar, cantó como un ruiseñor, abrió sus ojos color miel y sonrió a todos los que estaban a su alrededor. Su piel era oscura como la de su madre y su pelo tenía el mismo color miel que sus ojos. Unos minutos después de su nacimiento, los aldeanos vieron con gran sorpresa que el sol brillaba, que la nieve se derretía, que una manada de pájaros sobrevolaba el pueblo. Un milagro acababa de ocurrir: era la primera vez que aparecía el sol, que una bandada de pájaros intentaba anidar en los árboles desnudos del último pueblo al final del mundo.

 

     Era la primera vez que se reían, que tenían calor y veían brotar del suelo unas florecitas cuyos colores formaban el arcoiris. El ruiseñor volvió y se posó en la ventana de la panadería. La gente formó un corro para escucharle, les contó un cuento y la magia de las palabras envolvió el corazón de todos. Habían entendido que, para que cambiasen sus vidas, tenían que pararse a escuchar y ayudar a los demás. La vida, el mundo, sólo cambiaron cuando los vecinos del pueblo miraron a su alrededor y entendieron el sufrimiento de los demás.

 

 

 

PERDIDO

 

     

     No entiendo lo que ocurre. El paisaje a mi alrededor ha cambiado, el bosque de las auroras y esperanzas se disimula tras el telón oscuro ya aterciopelado de un escenario desconocido. No encuentro el camino de la alegría, que me llevaba siempre a aquellos parajes sublimes de felicidad. En lugar de este sendero rutilante, me deslizo entre sombras, frías y secas. No reconozco estos árboles que me amenazan, tristes y agrietados; me quieren atrapar, aislar, encadenar a las arrugas de su tronco húmedo. Las hojas se derriten bajo mis pies cansados y las flores del camino han huido o se han desvanecido porque la luz, purificadora, ya no les acaricia.

 

     El silencio de la noche incrementa el soplo enfurecido del viento, el aullido gélido de los lobos. El vaho punzante de lo extraño se encauza en lo más hondo de mis venas, de mis entrañas. Estoy despavorido porque no entiendo qué hago en este antro de desolación donde no veo ni el sol, ni el cielo y no reconozco lo que me rodea. Estoy perdido, perdido en un espacio que siempre me acogió, me deleitó con sus formas, colores y sonidos.

 

     ¿Dónde están los duendes del bosque, de la vida, el amor o la felicidad? ¿Han huido o se esconden, se niegan a mostrarme el camino?

Estoy desamparado en un lugar sin principio, ni fin. No tiene sentido, no puedo estar perdido: este bosque siempre fue mi refugio, mi consuelo, mi amparo y, hoy, la naturaleza me repudia, me desecha como si nunca me hubiera conocido.

 

     Mi mente vacila, intento hacer el recorrido en sentido contrario y mis recuerdos se entremezclan y se disparan, ¿por qué bajé del coche? Sólo recuerdo mi gran nerviosismo, mi huida alocada hacia no sé dónde, hacia estas praderas luminosas, hacia este bosque acogedor. Buscaba la salvación, el milagro, la senda milagrosa del renacer, la fuente viva de la eternidad. Pero aquí estoy en esta encrucijada del fin del mundo, ignorando todo sobre mí mismo, ignorando todo sobre este mundo hostil que me avasalla, que destruye mis sentidos, mis conocimientos, mis sentimientos.

 

     ¿Por qué bajé del coche? Creo que te seguí y me perdí. Recuerdo tu rostro fresco y hermoso, tu rostro mil veces soñado, dibujado, reinventado durante estas largas noches de ausencia. Tus ojos ébanos se perdían en los míos; tus labios suaves y delicados recorrían mi ser... y te perdí. No logro ahondar en mi memoria lo último que sucedió, afloran en mi mente claveles, rosas, jazmines, aromas, formas, matices, pero no lo que sobrevino. Veo tu sonrisa brillante y tu mirada iluminar un nuevo camino que me señalan tus frágiles manos. No me atrevo, temo perderme y perderte otra vez.

 

     Tu recuerdo se difumina y el vacío ocupa tu espacio. No estás y retrocedo en el tiempo y en el espacio para reencontrarte. Te diviso ahora en el coche, riendo como el alba prometedora de nuestro pasado, como la luz divina de nuestro futuro. Quiero alcanzarte, coger tu mano, besar tus labios. Me deslizo en el asiento, pero ya no estás. Sólo queda la promesa de tu cuerpo, el rastro de tu ser, el perfume de tu esencia. Quiero llorar, mas mis lágrimas tampoco existen. Estoy perdido.

 

     De repente veo tu silueta transparente introducirse en la gruta de las maravillas. Tu paso ligero me anima, conoces la salida. De tu cuerpo emana una radiación celestial que envuelve la materia. Me miras y sonríes, sabes qué vía seguir, que no estamos perdidos, que volveremos a estar juntos. Avanzamos en un halo de albor, iluminados por el cielo y el sol. Ya no tengo miedo. El rumor y el ardor de la vida nos cercan, la magia nos rodea.

 

     La luminosidad se incrementa y dilata mis sentidos. Oigo baladas, poemas, veo hadas, mis ojos vislumbran formas reales, olvidadas, seres queridos, desaparecidos. Me esperan, su calor me reconforta y me inquieta a la vez. Miro hacia atrás y afluyen todas mis vivencias, todos mis recuerdos. Veo  mi coche atravesado contra un árbol de la carretera, tu cuerpecito inerte y el cadáver de un hombre, que creo ser yo, sonriendo al nuevo amanecer que nos espera.

     

 


Harmonie Botella Chaves nació en Alicante, España. Narradora y Profesora agregada de Francés en la Escuela Oficial de Idiomas de Alicante. Ha publicado la novela Ojos Que no ven. Editorial Jamais, Sevilla (2002). Ha participado en el Primer Festival de Literatura del Casino de El Campello con el relato: Él y Ella, en la organización del festival de presentación de Anuesca (Diciembre, 2001), del Primer concurso de cuentos de Navidad de El Campello (Diciembre, 2001), de la primera semana literaria de El Campello (Marzo, 2002) con la colaboración de la extensión Universitaria de la Universidad de Alicante y la Casa de cultura de El Campello y del Primer Certamen Bilingüe de Literatura de El Campello. Es colaboradora de la revista electrónica Webalia y cuentos suyos han sido publicados en las revistas impresas El Celador y El rincón del voluntariado, al igual que en el periódico La Illeta. Es presidenta de la Asociación de Nuevos Escritores de El Campello: Anuesca y de la Primera Revista Literaria de Anuesca.