Fiel a
esa recomendación feliz, que duramente comporta una estética de la
escritura, el autor de “Cien Años de Soledad” y de “Vivir Para Contarla”
hace que su lector se adentre, desde la primera sentencia, a un mundo
real, pero todaviizado, con la algarabía de quien sabe que la lealtad de
sus lectores es incondicional, inquebrantable y alegre, como él mismo. 579
páginas en formato mayor no saben agotar la infinitud de anécdotas que
forman la cachaza de este ser humano que declara haber traficado, a través
de su vida entera, en “un gremio donde lo más natural es lo asombroso.”
Quienes
esperaban a un pontífice o a un hombre mitrado meditando sobre el teje y
maneje del proceso creativo, y sobre los poderes de remotas deidades
castellanas, sé que deben haberse sentido muy desilusionados. Es cierto,
asistimos al recuento de su vida, pero en este primer libro García Márquez
habla con todos en un tono tan epistolar, tan cordial y tan caribe, que
uno casi siente los silbos de su voz, como si la narración de los hechos
referidos se llevara a cabo en una noche de cafés descontrolados, junto a
él y a sus secuaces, a una hora en que Bogotá yace emparamada y no queda
otra sino arroparse junto al fogón, comer almojábanas y beber café bajo el
cielo nublado mientras este personaje ejemplar deshila cuentos que si no
le hubieran pasado, parecerían ser de baturro, por geniales e insólitos.
Lo cierto es que el lector vive, párrafo a párrafo, una trama tan profunda
y tan quijotesca que, como lo intentó el autor mismo, no queda resuelta en
este primer volumen.
Y muy
opuesto a lo que sucede en libros inextricables, la sabiduría que desfila
en estas páginas parece tan sencilla y casual que si uno se descuida la
pierde de vista sin de veras darse cuenta. Los ejemplos abundan, pero
sírvase el lector de paladear lo dicho en el siguiente párrafo:
Creo que la esencia de
mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de la
familia y a las muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia...
O por
ejemplo: [las mujeres]
son ellas las que sostienen el mundo, mientras los hombres
lo desordenamos con nuestra brutalidad histórica.
Unas
páginas más adelante, cuando habla del despertar de la conciencia a través
de las glorias de ese primer encuentro en donde uno se aveza a lo poco que
es nuestro todo, él magistralmente dice:
En un
instante tomé conciencia de mi cuerpo con una clarividencia de los
instintos que nunca más volví a sentir, y que me atrevo a recordar como
una muerte exquisita...
A esas
seriedades filosóficas le preceden o le suceden también episodios de
íntima ironía, o de un humor imponderable. Como el episodio ese donde
habla de los acertijos que de chico le parecían insípidos o aburridos y
que eran la base de concursos radiales en Colombia. “Cuál es el animal que
al voltearse cambia de nombre” pregunta un camandulero, “el escarabajo,”
responde una niña a la que él le sopló la respuesta, “porque cuando se
voltea se convierte en escararriba.” Pero ahí para lo chistoso. De acuerdo
a la anécdota, si él no hubiera sido tan tímido y hubiera cogido el
teléfono para ofrecer su respuesta, su familia hubiera agradecido los
pesos del premio en un instante en que las cosas no andaban muy bien para
ellos económicamente. Esa infidencia me pareció muy extraña salida de un
hombre a quienes todos tienen por extrovertido, genial, y extravagante. No
sé de donde nos ha venido esa impresión de él, porque lo que persiste de
su carácter en varios pasajes de este libro es su timidez y a veces su
apocamiento.
Fiel al
folclore de los escritores que mitifican ciertos hechos propios o ajenos,
hay ejemplos también en “Vivir Para Contarla” de fenómenos increíbles,
como el referido sobre ciertos personajes en Cartagena: “las vendedoras
de fritangas sabían quién sería el próximo gobernador antes de que se le
ocurriera en Bogotá al presidente de la república.” La frase es digna
de “El Amor En Los Tiempos del Cólera,” ó de la “Recordación
Florida,” de nuestro Fuentes y Guzmán, pero mi inteligencia la
excomulga de su realidad no sin antes haber sido advertida de tales
ocurrencias, porque como el mismo autor lo prefiguró en su epígrafe
proverbial: “La vida no es la que uno vivió, sino
la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.”
Con respecto a sus dotes
como escritor y sobre sus propios misterios, son muy pocas las claves
halladas a través del libro. Sabemos por ejemplo que descree del adverbio
y que gusta de la aliteración que obvia la cacofonía en una misma
sentencia. Nos cuenta también que tuvo muchos consejos buenos de
diferentes talantes y que él mismo descreía del tratamiento que le dio a
varios de sus cuentos. Sabemos que versificaba y que no le dio mucha
importancia al verso, porque siempre se vio a sí mismo como un prosista
embelequero. Sabemos que los primeros derechos de autor que le permitieron
vivir de sus cuentos y sus novelas no se los pagaron antes de los cuarenta
y tantos años. De su puño leemos en la página cuatrocientos ochenta y
cinco:
...mi experiencia más
feliz fue la de una tarde en que vi al pasar desde el autobús un letrero
simple en la puerta de una casa: ‘se venden palmas fúnebres.’ Mi
primer impulso fue tocar la puerta para averiguar los datos de aquel
hallazgo, pero me venció la timidez. De modo que la vida misma me enseñó
que uno de los secretos más útiles para escribir es aprender los
jeroglíficos de la vida sin tocar una puerta para preguntar nada. Esto se
me hizo mucho más claro mientras releía en años recientes las más de
cuatrocientas
‘Jirafas’
publicadas, y de compararlas con algunos de los textos literarios a que
dieron origen.
No sé si a mi auspicioso
lector le quede en claro de qué se sirve García Márquez cuando se sienta a
conjurar con sus personajes. En lo personal quedo igual de insatisfecho.
De lo que sí nos damos cuenta es de la sombra tutelar de Faulkner, el
mejor reseñador del espíritu del Sur estadounidense, intenso y peligroso,
y de Borges, cuando se trataba de establecer un canon. En la página
cuatrocientos noventa, donde cuenta cómo Guillermo de Torre rechazó “La
Hojarasca,” García Márquez escribe:
Fuenmayor pensaba que la suerte de mi novela podía haber sido otra si el
lector hubiera sido Jorge Luis Borges, pero en cambio los estragos
hubieran sido peores si también la hubiera rechazado.
Quizá la única confesión
abierta que resuena en el libro sobre su concepción de las grandes cosas
que ha escrito la hallamos en la página cuatrocientos treinta y ocho. El
pasaje brega con la ráfaga de luz que lo engulló cuando sintió que por
dentro crecía con su prosa atolondrada y vertiginosa “Cien Años de
Soledad.” Lo refiero no sólo porque es diáfano, sino porque también es
emblemático y bello:
El
modelo de una epopeya como la que yo soñaba no podía ser otro que el de mi
propia familia, que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo,
sino testigo inútil y víctima de todo. Empecé a escribirla a la hora misma
del regreso, pues ya no me servía para nada la elaboración de recursos
artificiales, sino la carga emocional que arrastraba sin saberlo y me
había esperado intacta en la casa de los abuelos... Los atafagos de
Crónica, a punto de salir, no
fueron un obstáculo, sino todo lo contrario: un freno de orden para la
ansiedad.
Aparte de este párrafo,
al terminar la lectura de “Vivir Para Contarla,” uno queda con la
impresión clara de que García Márquez opina que el genio en la escritura
es harto trabajo y que en contados casos es innato, o sea, el genio es una
cuestión de disciplina, reflexión, y perseverancia. Queda muy claro que ha
escrito mucho y que ha tenido sus aciertos y sus desaciertos y que después
de todo sin gambetas y demás tropiezos mundanos no existen ni la locura de
ver el mundo al revés ni la prosa feliz, ritual, perfecta.
Si la
esencia de las cosas es la fugacidad y el olvido, y si esa esencia engulle
al ser humano en toda su profundidad y en su superficialidad, entonces es
posible la idea de que hay cosas en el decurso de una vida que están
hechas para la memoria y que otras son simplemente aprehensiones de
ilusos. El arte de historiar lo propio y lo ajeno está lleno de funerales
egoaltruísticos, no de fiestas sobrias y bien organizadas. Para mí, yo
tengo que el autor de “Vivir Para Contarla” supo bregar con el desafío de
hallar la brújula que le mostrara un norte claro cuya visión le trajo
evocaciones de una existencia bifurcada entre la conciencia y la vida
íntima de laya observadora de otros y de sí misma. Ahí, en ese norte
mágico, vislumbró lo que pesaba cada hecho, cada voz, cada sombra y tasó
sabiamente lo que se ha ido. No hay peor literatura que la que se nutre de
hechos fantásticos y sin embargo termina como un ente hueco y remozado.
“Vivir Para Contarla” es un constante alumbramiento entre incertidumbres y
en ningún momento se hace una pulcritud de alcoba. Aventurando un Gabismo
se puede decir sin dilapidaciones que la obra es un hito y que
decididamente está en lo que está.
Gabriel
García Márquez ha propuesto la autobiografía como un hecho grato,
entrañable y misterioso, dado que alude a la idea de que en una sola
existencia uno puede experimentar penas y alegrías, por fragmentos o por
sucesiones, y que si uno observa, uno cae en la cuenta de haber vivido
muchas vidas. Para el artista la iluminación, el hecho estético surge de
sus pequeñas treguas en ese desdoblamiento. Alude también al hecho de que
dicha y desdicha no son sino el anverso y el reverso de una misma moneda.
En esa espiral de pequeñas economías un instante es más inmenso y mágico y
feliz; más profundo aun que los dioses y el mar. El último párrafo de
“Vivir Para Contarla” lo deja a uno, precisamente, con ese recuerdo.
|
[1]
Straordinario.
Magnifico. È la scelta migliore che poteva fare l’Accademia svedese...
Ho letto solo Cent’anni di Solitudine. Ma posso aggiungere che
questo libro basta... si trata di un libro originale, al di sopra di
ogni scuola, di ogni stile e privo di antenati. J.L. Borges |