Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº  21/22

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Publicada por Ediciones Baquiana

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Sobre "Vivir para contarla"

por

 Ario Ernesto Salazar

 


       

 

García Márquez, Gabriel. Vivir para contarla. Bogotá,Colombia.

 Grupo Editorial Norma, 2002.

ISBN: 958-04-7016-2  580 Págs.  


     En la edición de 1985 de “Cien Años de Soledad” en italiano, apareció en el lomo de tapas de papel una cita del autor:  “la primera frase es fundamental. Todo el libro depende de ella. Yo he esperado muchos años para hallar la palabra apropiada.” En esa misma edición iba cifrado también el visto bueno de Jorge Luis Borges, quien leyó la obra y la admiró desde su título entrañable hasta su final vertiginoso en la ciudad de los espejos.[1]

 

     Fiel a esa recomendación feliz, que duramente comporta una estética de la escritura, el autor de “Cien Años de Soledad” y de “Vivir Para Contarla” hace que su lector se adentre, desde la primera sentencia,  a un mundo real, pero todaviizado, con la algarabía de quien sabe que la lealtad de sus lectores es incondicional, inquebrantable y alegre, como él mismo. 579 páginas en formato mayor no saben agotar la infinitud de anécdotas que forman la cachaza de este ser humano que declara haber traficado, a través de su vida entera, en “un gremio donde lo más natural es lo asombroso.”

 

     Quienes esperaban a un pontífice o a un hombre mitrado meditando sobre el teje y maneje del proceso creativo, y sobre los poderes de remotas deidades castellanas, sé que deben haberse sentido muy desilusionados. Es cierto, asistimos al recuento de su vida, pero en este primer libro García Márquez habla con todos en un tono tan epistolar, tan cordial y tan caribe, que uno casi siente los silbos de su voz, como si la narración de los hechos referidos se llevara a cabo en una noche de cafés descontrolados, junto a él y a sus secuaces, a una hora en que Bogotá yace emparamada y no queda otra sino arroparse junto al fogón, comer almojábanas y beber café bajo el cielo nublado mientras este personaje ejemplar deshila cuentos que si no le hubieran pasado, parecerían ser de baturro, por geniales e insólitos. Lo cierto es que el lector vive, párrafo a párrafo, una trama tan profunda y tan quijotesca que, como lo intentó el autor mismo, no queda resuelta en este primer volumen. 

 

     Y muy opuesto a lo que sucede en libros inextricables, la sabiduría que desfila en estas páginas parece tan sencilla y casual que si uno se descuida la pierde de vista sin de veras darse cuenta. Los ejemplos abundan, pero sírvase el lector de paladear lo dicho en el siguiente párrafo:

 

Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de la familia y a las muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia...

 

     O por ejemplo: [las mujeres] son ellas las que sostienen el mundo, mientras los hombres lo desordenamos con nuestra brutalidad histórica.

 

     Unas páginas más adelante, cuando habla del despertar de la conciencia a través de las glorias de ese primer encuentro en donde uno se aveza a lo poco que es nuestro todo, él magistralmente dice:

 

En un instante tomé conciencia de mi cuerpo con una clarividencia de los instintos que nunca más volví a sentir, y que me atrevo a recordar como una muerte exquisita...  

 

     A esas seriedades filosóficas le preceden o le suceden también episodios de íntima ironía,  o de un humor imponderable. Como el episodio ese donde habla de los acertijos que de chico le parecían insípidos o aburridos y que eran la base de concursos radiales en Colombia. “Cuál es el animal que al voltearse cambia de nombre” pregunta un camandulero, “el escarabajo,” responde una niña a la que él le sopló la respuesta, “porque cuando se voltea se convierte en escararriba.” Pero ahí para lo chistoso. De acuerdo a la anécdota, si él no hubiera sido tan tímido y hubiera cogido el teléfono para ofrecer su respuesta, su familia hubiera agradecido los pesos del premio en un instante en que las cosas no andaban muy bien para ellos económicamente. Esa infidencia me pareció muy extraña salida de un hombre a quienes todos tienen por extrovertido, genial, y extravagante. No sé de donde nos ha venido esa impresión de él, porque lo que persiste de su carácter en varios pasajes de este libro es su timidez y a veces su apocamiento.

 

     Fiel al folclore de los escritores que mitifican ciertos hechos propios o ajenos, hay ejemplos también en “Vivir Para Contarla” de fenómenos increíbles, como el referido sobre ciertos personajes en Cartagena: “las vendedoras de fritangas sabían quién sería el próximo gobernador antes de que se le ocurriera en Bogotá al presidente de la república.” La frase es digna de “El Amor En Los Tiempos del Cólera,” ó de la “Recordación Florida,” de nuestro Fuentes y Guzmán, pero mi inteligencia la excomulga de su realidad no sin antes haber sido advertida de tales ocurrencias, porque como el mismo autor lo prefiguró en su epígrafe proverbial: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.”

 

     Con respecto a sus dotes como escritor y sobre sus propios misterios, son muy pocas las claves halladas a través del libro. Sabemos por ejemplo que descree del adverbio y que gusta de la aliteración que obvia la cacofonía en una misma sentencia. Nos cuenta también que tuvo muchos consejos buenos de diferentes talantes y que él mismo descreía del tratamiento que le dio a varios de sus cuentos. Sabemos que versificaba y que no le dio mucha importancia al verso, porque siempre se vio a sí mismo como un prosista embelequero. Sabemos que los primeros derechos de autor que le permitieron vivir de sus cuentos y sus novelas no se los pagaron antes de los cuarenta y tantos años. De su puño leemos en la página cuatrocientos ochenta y cinco:

 

...mi experiencia más feliz fue la de una tarde en que vi al pasar desde el autobús un letrero simple en la puerta de una casa: ‘se venden palmas fúnebres.’ Mi primer impulso fue tocar la puerta para averiguar los datos de aquel hallazgo, pero me venció la timidez. De modo que la vida misma me enseñó que uno de los secretos más útiles para escribir es aprender los jeroglíficos de la vida sin tocar una puerta para preguntar nada. Esto se me hizo mucho más claro mientras releía en años recientes las más de cuatrocientas ‘Jirafas’ publicadas, y de compararlas con algunos de los textos literarios a que dieron origen.

 

     No sé si a mi auspicioso lector le quede en claro de qué se sirve García Márquez cuando se sienta a conjurar con sus personajes. En lo personal quedo igual de insatisfecho. De lo que sí nos damos cuenta es de la sombra tutelar de Faulkner, el mejor reseñador del espíritu del Sur estadounidense, intenso y peligroso, y de Borges, cuando se trataba de establecer un canon. En la página cuatrocientos noventa, donde cuenta cómo Guillermo de Torre rechazó “La Hojarasca,” García Márquez escribe:

 

Fuenmayor pensaba que la suerte de mi novela podía haber sido otra si el lector hubiera sido Jorge Luis Borges, pero en cambio los estragos hubieran sido peores si también la hubiera rechazado.  

 

     Quizá la única confesión abierta que resuena en el libro sobre su concepción de las grandes cosas que ha escrito la hallamos en la página cuatrocientos treinta y ocho. El pasaje brega con la ráfaga de luz que lo engulló cuando sintió que por dentro crecía con su prosa atolondrada y vertiginosa “Cien Años de Soledad.” Lo refiero no sólo porque es diáfano, sino porque también es emblemático y bello:

 

El modelo de una epopeya como la que yo soñaba no podía ser otro que el de mi propia familia, que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo, sino testigo inútil y víctima de todo. Empecé a escribirla a la hora misma del regreso, pues ya no me servía para nada la elaboración de recursos artificiales, sino la carga emocional que arrastraba sin saberlo y me había esperado intacta en la casa de los abuelos... Los atafagos de Crónica, a punto de salir, no fueron un obstáculo, sino todo lo contrario: un freno de orden para la ansiedad.

 

     Aparte de este párrafo, al terminar la lectura de “Vivir Para Contarla,” uno queda con la impresión clara de que García Márquez opina que el genio en la escritura es harto trabajo y que en contados casos es innato, o sea, el genio es una cuestión de disciplina, reflexión, y perseverancia. Queda muy claro que ha escrito mucho y que ha tenido sus aciertos y sus desaciertos y que después de todo sin gambetas y demás tropiezos mundanos no existen ni la locura de ver el mundo al revés ni la prosa feliz, ritual, perfecta.

 

     Si la esencia de las cosas es la fugacidad y el olvido, y si esa esencia engulle al ser humano en toda su profundidad y en su superficialidad, entonces es posible la idea de que hay cosas en el decurso de una vida que están hechas para la memoria y que otras son simplemente aprehensiones de ilusos. El arte de historiar lo propio y lo ajeno está lleno de funerales egoaltruísticos, no de fiestas sobrias y bien organizadas. Para mí, yo tengo que el autor de “Vivir Para Contarla” supo bregar con el desafío de hallar la brújula que le mostrara un norte claro cuya visión le trajo evocaciones de una existencia bifurcada entre la conciencia y la vida íntima de laya observadora de otros y de sí misma. Ahí, en ese norte mágico, vislumbró lo que pesaba cada hecho, cada voz, cada sombra y tasó sabiamente lo que se ha ido. No hay peor literatura que la que se nutre de hechos fantásticos y sin embargo termina como un ente hueco y remozado. “Vivir Para Contarla” es un constante alumbramiento entre incertidumbres y en ningún momento se hace una pulcritud de alcoba. Aventurando un Gabismo se puede decir sin dilapidaciones que la obra es un hito y que decididamente está en lo que está.

 

     Gabriel García Márquez ha propuesto la autobiografía como un hecho grato, entrañable y misterioso, dado que alude a la idea de que en una sola existencia uno puede experimentar penas y alegrías, por fragmentos o por sucesiones, y que si uno observa, uno cae en la cuenta de haber vivido muchas vidas. Para el artista la iluminación, el hecho estético surge de sus pequeñas treguas en ese desdoblamiento. Alude también al hecho de que dicha y desdicha no son sino el anverso y el reverso de una misma moneda. En esa espiral de pequeñas economías un instante es más inmenso y mágico y feliz; más profundo aun que los dioses y el mar. El último párrafo de “Vivir Para Contarla” lo deja a uno, precisamente, con ese recuerdo.

 

 

[1] Straordinario. Magnifico. È la scelta migliore che poteva fare l’Accademia svedese... Ho letto solo Cent’anni di Solitudine. Ma posso aggiungere che questo libro basta... si trata di un libro originale, al di sopra di ogni scuola, di ogni stile e privo di antenati.  J.L. Borges

                                                                                  


Ario Ernesto Salazar nació en Chalchuapa, El Salvador (1973). Poeta, ensayista, narrador, dramaturgo y crítico literario.   Es  miembro  de  la Academia   Iberoamericana de Poesía   en   Washington,  D.C.  Fue    editor de la  revista Horizonte  21  en  Washington,   D.C.     Es autor de tres libros de poesía "Ocios y Meditaciones", (inédito), "Ariodicciones" (1997) y "La Estación Ilimite" (2003)  Reside en los Estados Unidos desde 1994.