Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 21/22

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos


Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 



 

POETAS CUBANOS

 

OMAR CERIT


Nació en Camagüey, Cuba (1948). Poeta y periodista. Ha recibido distinciones y reconocimientos por su poesía en concursos literarios en Cuba. Ha colaborado con publicaciones y revistas literarias de la isla como Mangle Rojo y El Caimán Barbudo, Al Sur  (Suplemento Cultural del periódico “Victoria” de Isla de Pinos) entre otros, así como en Lambda (Barcelona). Publicó los poemarios, Sobrevivir la arena (Ediciones El Abra, 1992) y A los nombres (Ediciones El Abra, 2001). Ha sido antologado en Poetas de la isla (Ediciones Holguín, 1995), Donde el horizonte prohíbe lejanías (El Abra, 1996). Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Reside en Madrid.


 

 

Gloria pasada

 

Trae malas consecuencias

acariciar una piel, besarla,

soñar despierto con ella,

luego amarla. Es decir

convertirla en obsesión,

creer que nos pertenece

y no aceptar que se ofrezca a los ansiosos mercaderes,

precoces en calcular los destrozos

a que la piel, ya manoseada, pueda derivar.

Y en eso son diestros

cuando les sobra monedas de cambio

y tiempo para calcular su trueque.

 

 

Recuento a media prisa

 

Su primer temblor y el cuerpo solapado,

con ese olor de repentino aguacero

sobre tierra acolchada por pasto vivo,

que le atrapé cuando iba derecho al precipicio

donde el que cae se pierde para siempre.

Pero subió por los sueños hasta a salvo.

En sus gestos, sorpresa.

Yo, de buitre inocente con mansas alas extendidas.

Aún reposo el banquete

de sus primeros temblores sobre mi espalda,

igual a cualquier otro animal fuera del acoso.

 

Toco la flecha  al corazón,

que no fue una, sino  cientos.

Lo sé por los retoños.

Crecen al rumor de la ciudad

por el flechazo que partiera el sexo en dos mitades:

hembra y varón.

 

Se transforma en gusanillos las viejas cicatrices.

Llenos de colores los ojos de la serpiente que tensó

hacia nuestros cuerpos,  el arco.

Cuando creí entender su lenguaje,

apenas sin saber que le pertenecía,

fue inevitable que fluyera por su aliento,

y sin perder el alma, esa virgen que siempre está en subasta,

con tesón de restaurador;

intenté grandeza en un arte de amar que se extingue.

En acto de fe deseché la acción teatral

necesaria

para la selección de las especies,

y le llevé al jardín de  los alucinados.

El imán que le atrajo,

tensó sus cuerdas,

con las puertas abiertas de par en par.

Crucé dedos índice y mayor de mi derecha para impedir la mala suerte

Nada detuvo el impulso de mis sentidos.

Ni siquiera miré hacia atrás, que un espacio del paisaje

 

barajaba el verde con la nada

tratando de  adivinar si un corredor al mar,

hacia tierras del viejo continente

me daría la esperanza.

Pero verde evoca río, monte, salvajes ...

y río es  fugaz presencia de las flechas

cantarinas y voladoras

que atravesaron zonas sensibles de mi ser.

 

Hablando de huellas:

una tarde de sol con aguacero

dejaste la bandada

confundido entre  nubes.

Demasiado ebrio para tomar en serio mis juegos morbosos.

¿Qué tramabas?.

¿que soltara el antifaz con plumas de zorzal

y revelara las imágenes de loba y cordero,

oscilantes sobre el pulido espejo

frente al que hicimos estallar nuestros sentidos?

En mi alegría se tornan, confunden y disipan las turbias intenciones.

           

Tiempo es un tinglado que a veces confunde,

si la flecha del sexo fue directa al corazón

( insospechada vía de sosiego,

con sed de música infinita )

Mi interior fluye al darle continuidad.

 

Y dudo,

 

por las posibles bases inciertas.

 

¡cómo si no existieran otras posibilidades!

 

 

 

San Bernardo y Gran Vía

                 

No sabes como la estoy pasando

lejos de nuestra isla náufraga.

Te imagino en la barca por los Canarreos

la costa brillante desde el agua

el frío me agarra por el cuello

y tengo que buscar una bufanda.

Duermo cada noche en los recuerdos que aferran al mar.

Sin renunciar al regreso

emprendo a remos el fragmento de ciudad que me ha tocado

entre prostitutas, drogas y abismos,

con manos siempre heladas.

El ojo busca la tortuga que demora tu presencia.

Inmenso el clamor de calle treinta y nueve: coches

por las cuatro esquinas, gente a cualquier hora de la noche,

estación de metro, Hotel Emperador ocho pisos arriba,

estanco, bingo, salón de pasatiempos electrónico, bancos

y hacia atrás -San Bernardo arriba

los puticlub y la sauna Adán.

Al terminar en el paraíso, dejo el extremo de la cuerda.

¡Libre hacia el precipicio!

Pasa el grito exagerado de una ambulancia.

Me entero que “Naykas” es caballo en griego,

apodo que recuerdo como sexual en la figura de lo tremendo.

Pero caballo soy yo, trotando pesetas para sacarte del país:

- ¡anímese señor: topless, chicas guapas...!

Después del pregón, tengo que apretar los labios

y respirar la fiebre al final del calendario de este siglo.

Por temor del fuego violé las reglas de la espera.

Atrasó el más importante juego desde niño.

Danzantes alrededor de la hoguera, tiraban,

como muebles lanzados en desalojo

de mi pequeño almacén de propósitos sagrados.

Pero la esperanza de encontrarte es tan fuerte

que detiene la estampida y el olvido.

En Cataluña, petardos zumbantes por fiesta de San Juan.

Paseos por comarcas alegres,

vino, música y hachís.

 

En el cumpleaños de un príncipe,

llamaron noche de Cuba

al barco donde viajo,

varado al centro del pavimento,

del que todo el que puede escapa hacia el mar

por puertas que han quedado sin herrajes,

con cerraduras oxidadas

y maderas de salitre.

Sobre balsas escapan o mueren comidos,

con pasaporte ordinario u oficial en la mochila,

los atributos del santo. Y cuando el miedo fabrica alas

con afilado cuchillo de carnicero,

ayudan los ministerios del poder a escapar.

Todo el que puede

lleva los tendones a cuerda de guitarra

contra el temporal que azota las honduras del viaje.

                       

Pero todo el que pudo escapar regresa distinto

por las puertas abiertas al otro lado del mar,

con aires de victoria para los que miran al cielo

o escarban con las uñas en la ilusión de la muralla.

                       

Quedo perplejo en la danza de muerte de los toros:

no hace nada la muchedumbre de rostros blanquecinos.

Con otro color en la Isla al final de los desfiles.

Y me pesan los abrigos aunque sean de plumas.

No respira el pájaro asustado que escapó conmigo,

ni sabe en que hueco de mi pecho oculta

el ojo sumiso de los ilegales.

 

 

 

 

ALBERTO LAURO


Nació en Holguín, Cuba (1959). Poeta, escritor y periodista. Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana y la Autónoma de Madrid. Dirigió el Taller Literario “Pablo de la Torriente” en Holguín desde 1981 a 1986. Trabajó como guionista de radio y televisión, en el Archivo Nacional de Cuba y en el Museo de La Ciudad. Ha obtenido numerosos premios y menciones en concursos literarios de Cuba, entre ellos el David, el Caimán Barbudo, el Mirta Aguirre, Literatura 86, La Edad de Oro y el Premio de la Ciudad de Holguín. Autor del poemario Con la misma furia de la primavera (1987) y de los libros para niños Los tesoros del duende (1987) y Acuarelas (1990), todos premiados en Cuba. Además del poemario Cuaderno de Antinoo (1994) y de varias plaquettes y libros de arte. Aparece en numerosas antologías en Cuba: Como jamás tan vivo (1987), Andará Nicaragua (1987), Mi madre teje el humo de los días (1990). Y fuera de Cuba en: Un grupo avanza silencioso (UNAM, México, 1990), Poesía cubana: la isla entera (Betania, Madrid, 1995) y Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002). Colabora con crítica literaria, ensayos y de arte, reseñas y notas en distintas revistas literarias de España. Es articulista del diario La Razón de Madrid.


 

 

Para llegar a Delfos

 

Cruzar el mar. Perdido en las ciudades.

Pasar entre las brumas la intemperie.

Inerme está el que para siempre escapa

Extranjero hacia la noche de las islas.

Enmudecer pisando las fronteras.

Herido evadir las trampas, los ejércitos.

Evocar a alguien que amas en la ausencia

De otro cuerpo. Oír de cerca la blasfemia,

Alabanzas, labios de dignos oradores,

Miserables. Padecer los riesgos

Del que avanza al caminar como un inútil.

Y llegar a Delfos, donde el Oráculo

Entre humos, perfumes y oscuridad grita

La ofensa irreparable para quien vive

Mortal e hijo de mortales.

 

 

 

Saliendo de Emaus

 

Sin esperarlo apareció a nuestro lado.

Íbamos tristes. Y en silencio.

Largo tiempo nos hizo compañía.

Parecía distraído. Ajeno. Ausente.

Nosotros estábamos cansados.

Quisimos detenernos y al extraño peregrino

Pedimos quedarse. La tarde iba  cayendo.

¿Habían pasado ya tres días? ¿Cómo era posible?

Aún se veían las luces de Meaux.

Él partió el pan y, al ofrecerlo, desapareció.

Los que regresaron se fueron llenos de alegría.

Pero quienes lo conocen bien saben

Que prefiere continuar con los que seguimos

Caminando entre las sombras, como espectros.

 

 

 

Estrella del Norte

 

            Éxodo 12, 37

 

Sobre la sombra del tiempo

Eres tú la más amada,

Estrella del Norte, testigo fiel de centinelas,

Marineros y amantes.

Te contemplamos prisioneros

En el desierto de la noche

De las islas y su vasta oscuridad,

Llenos de hierros y grilletes,

Conducidos por los invasores

En esta interminable caravana.

Por ti no importa que nadie

Venga a libertarnos si solos,

Poco numerosos y en cadenas,

Ganaremos todavía la batalla.

 

 

 

En la cena

 

Esta noche, a la hora de la cena,

--no éramos precisamente doce—

en el lugar de la abuela

descubrimos a una extraña.

¿Cómo es posible que durante años

no supimos cuándo hubo de partir?

Ajenos y ocupados estábamos

En dar falso esplendor a su apellido.

¿Cuándo su traje se hizo jirones,

garras las uñas de sus manos,

pozo de sombras sus bellos ojos,

esa boca tenebrosa

en quien no llegan a reconocer

el rostro amargo de una mujer

que nos acusa de haber vendido

su casa por un pedazo de pan.

 

 

 

Carta a Saulo

 

Hermano:

Los labios con que has mentido

Hoy son mis labios, olvidada la voz,

La zarza ardiente, el polvo

Del camino de Damasco.

Es de madrugada.

Como un fantasma entra a mi cuarto

Una anciana rezando el rosario

Detenido en los misterios doloroso.

Y todavía me bendice.

Afuera, en la noche del mundo,

De nuevo canta el gallo

Tres veces por mí.

 

 

 

Entrando en el templo

 

Es preferible uno de fango a ese dios del clero de Corinto

Pues legiones de éste, con el favor de su nombre,

Erigen monumentos, fortunas, potestades,

Obligándonos a los gentiles,

Sin resistencia por temor a su ira,

A entregar en el diezmo nuestra escasa riqueza,

Miserable tributo para entrar con ellos

A sus templos donde el poder y el placer

Son el oficio de quienes

Dominan, bendicen y testifican.

 

Es preferible un ídolo de fango a ese dios del clero de Corinto,

Indiferente a la pobreza del pueblo,

Ciego ante el sufrimiento, sordo a la súplica.

 

Y sin embargo entramos en el templo.

 

 

 

Traficantes de Atenas

 

Los traficantes están en la ciudad.

Proponen compra-ventas, pagarés.

Se escurren. Desaparecen

En oscuras callejuelas. Caminan sin cesar.

Constantemente escapan

Tras enigmáticas puertas, falsas paredes.

Se mudan de ropa, de casa, de barro.

Cambian de nombre

Para no ser reconocidos.

 

Los traficantes están en la ciudad.

Se miran. Nos buscan. Se reconocen.

Ofrecen joyas, el vaso de oro donde,

Según afirman,

Bebiera Justiniano en su noche de boda,

Íconos de la cruxificción, telas de Nínive,

Sedas del Oriente, perfumes de Persia,

Especias de Egipto y de la India,

Cerámicas de Babilonia

Y un  ídolo, pródigo de bendiciones

Que, por supuesto,

Tampoco es un original.

 

 

  

Noche de Bizancio

 

Un día amanecieron las casas desiertas,

Los templos vacíos,

Los pergaminos quemados.

El ejército enemigo

Había tomado mejores posesiones.

 

Nadie elevó a los dioses plegarias.

La herejía tomó sitio en los burdeles.

Guerreros de legiones invencibles fueron derrotados.

Yo besé los labios del mercader y del tahúr.

Como los caballos de Aquiles

Que al llanto se entregaron

Por la muerte de su amado Patroclo,

El pueblo sepultaba entre las manos su dolor.

 

Mercenarios y sacerdotes

Que temían un sitio entre la muerte

Complasiéronse en aplausos,

renunciando a su linaje,

en tanto se escuchaba la palabra indigna.

 

Era la noche de Bizancio.

 

 

 

 

HUMBERTO LÓPEZ CRUZ


(La Habana, 1959). Profesor, investigador y crítico literario. Graduado de Florida State University en Tallahassee.  Actualmente, imparte clases de lengua española además de cursos de literatura y civilización latinoamericanas en la Universidad Central de la Florida en Orlando, donde además desempeña el cargo de Director del Laboratorio de Lenguas Extranjeras.  Ha sido Editor de SELA—South Eastern Latin Americanist, una revista académica interdisciplinaria impresa y distribuida en los Estados Unidos.  Es coeditor de un libro de crítica sobre la narrativa de Reinaldo Arenas, Ideología y subversión: otra vez Arenas, publicado en 1999 por la Universidad de Salamanca.  También es el editor de la segunda edición de El garrote en Cuba (2000), estando la primera edición agotada desde 1927. Ha publicado numerosos artículos críticos en diversas revistas nacionales e internacionales sobre aspectos de la literatura del Caribe, Centroamérica, con concentración en Panamá, y la producida por hispanos en los Estados Unidos. Durante el pasado mes de noviembre se presentó en Cádiz, España, su poemario, Escorzo de un instante, impreso por la Editorial Betania.  En estos momentos está en prensa su último libro, Asedio a Panamá: su literatura, sobre aspectos de la literatura panameña.


 

 

Espera de ti

 

Paciencia,

es difícil concebirte,

comprenderte;

y al poseerte,

te dejamos escapar entre las manos.

Sólo basta un exabrupto,

una congoja,

y perdemos al instante

cuánto nos ha costado conocerte.

Yo he oído mencionarte,

te he visto pasar cerca;

pero puedo decir

que no me he deleitado en tu sustancia.

No es tarea liviana

conquistarte paciencia,

lograr en mí un injerto de tu esencia.

Mas temo que aún sin tenerte

yo te pierda.

 

 

 

Presencia inerte

 

Soledad,

a ti que te aborrecen, te aprecio:

cuando no llegas te reclamo impaciente

sin que importen consecuencias.

Vestimos de hipócritas:

halagamos reuniones sin memoria.

Por compromiso,

forzamos encuentros sin sustancia.

Ante el que juzga,

fingimos necesidad en lo gregario.

Sólo quiero estar contigo,

acariciarte, respirarte,

hacerte mía en tus abstractos y constantes,

sentir tu esencia en mi sombra y en mis huellas.

No es un canto ni una queja:

incongruente resolución apremia

cuando ansiamos poseerte

y no nos dejan.

 

 

 

Evolución

 

Relámpago fugaz y temerario,

orgasmo de dioses destronados,

que surcas un infinito con barreras

y no temes verte acorralado;

con el tiempo regresas al origen

y otra vida brota de la nada,

mas es vida artificial y programada

no la que antaño creabas en tu seno;

ahora el laboratorio es el excelso,

donde emanan curas y lamentos

entre brotes de epidemias desastrosas;

no es falsa realidad preconcebida,

es la historia del humano que ha deshecho

los principios que lo apartan de las fieras;

guardemos un precepto, sólo uno,

presenciemos un amanecer más despejado,

compartamos el rocío con las rosas

admiremos lo hasta ahora despreciado:

es nosotros que vamos en retroceso

y que nos hace llegar al ocaso más serenos.

 

 

 

Divagación

 

Apoyado en firme

en la abulia de la complacencia,

titilan en franco diálogo

un sinfín de conceptos desafiantes;

los acepta,

respira sosegado inquietudes;

mas comprende

que no es suficiente.

Tiene que haber algo más en que crecerse,

no está lejos,

pero no es reconocible.

Se le acerca,

lo presiente,

se le filtra por la red de la impotencia.

Acostado medita las ausencias

que su vida nutre de energías;

comprende,

que necesita mucho tiempo...

Es mucho lo que piensa

que no materializa;

los proyectos se gestan en su mente,

evolucionan;

quedan sólo en eso: unos propósitos.

Vuelve la tarde,

se repite la dilación incongruente,

siempre proyecta, nunca desmaya;

ya ausente corrobora lo que siente.

Es persistente,

sabe que puede atraer a otros imanes;

ya unidos

le darán forma a su existencia.

Realidad que ahora vislumbra y que no es cierta,

que mañana, y para siempre,

llevará impresa sus huellas.

 

 

 

Ruptura final

 

Cansado,

vagando entre paredes que no hablan,

pasan las horas.

Desatina,

se enfurece entre lamentos,

fecundan las maldiciones incoherentes.

La abulia se presenta,

llega en silencio sin ser reconocida.

Las paredes se van estrechando,

el aire no se inhala fácilmente.

¿Por qué no vivir hoy todos los días?

Quedan tantos,

hay tantos almanaques por abrir.

Se desespera,

recurre a las viejas amistades:

unas pastillas o una cuchilla,

mira a las venas como posible salida.

Ya no coordina,

abre la puerta

y respira la luz que se aproxima;

lejos, se oye alegría,

el viento trae primavera por montones.

En los rincones,

el moho repta y cubre recuerdos,

no le importa de que asirse, no lo intenta.

Cierra la puerta,

se desploman las paredes de la espera;

se va flotando

va a llorar cerca

otro plano se presenta y no lo encuentra.

 

 

 

Abstracto final

 

Acorralado en laberintos sin salida

deambula solitario;

el cerebro ha tendido una celada,

rumiar incoherencias es prohibido;

inhibición de abstractos recurrentes,

no elabora coexistencia con lo amargo.

Refugiado en ideas impertinentes

trata de rechazar incongruencias;

mas la idea se ha obstinado,

no puede evadir tal persistencia.

Elemento punitivo, lucha férrea,

no apacigua ante el espacio de un instante;

inusitado desdén que se estremece

ante el miedo de un ente desconocido.

La razón no ha podido imponerse,

ánimo debilitado no se inserta;

ya casi no opone resistencia,

en vano regurgita un mal recuerdo.

El laberinto se estrecha y se repite,

la lid con el fantasma no desmaya;

el Minotauro persigue un imposible

entre paredes que conducen a la nada.

 

 

 

Precepto de alba

 

A la generación del 11 de septiembre

 

De la calma que encuba inocencia

inalterables transcurren los minutos.

Nada preocupa, todo es lo mismo:

la rutina dictamina ese mutismo.

Es un farsante,

la quimera que ilusiona lo visible.

Irreversible,

el conjuro cumple su nefasto hado.

No es posible:

se desploman inmortales construcciones.

Caen pendones,

es la espuma de la vida que se esfuma.

Surge un clamor, una lágrima,

una bandera.

Es imposible ser impasible:

el mundo aterra ante tan singular hoguera.

De los escombros,

el rescoldo de un ocaso engendra vida.

Es la presencia, cual persistencia,

de una unión que ha derrotado la tragedia.