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OMAR CERIT
Nació
en Camagüey, Cuba (1948). Poeta y periodista. Ha recibido
distinciones y reconocimientos por su poesía en concursos literarios
en Cuba. Ha colaborado con publicaciones y revistas literarias de la
isla como Mangle Rojo y El Caimán Barbudo, Al Sur (Suplemento
Cultural del periódico “Victoria” de Isla de Pinos) entre otros, así
como en Lambda (Barcelona). Publicó los poemarios, Sobrevivir la
arena (Ediciones El Abra, 1992) y A los nombres (Ediciones El Abra,
2001). Ha sido antologado en Poetas de la isla (Ediciones Holguín,
1995), Donde el horizonte prohíbe lejanías (El Abra, 1996). Es
miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Reside en
Madrid.
Gloria
pasada
Trae malas
consecuencias
acariciar una piel,
besarla,
soñar despierto con
ella,
luego amarla. Es decir
convertirla en
obsesión,
creer que nos
pertenece
y no aceptar que se
ofrezca a los ansiosos mercaderes,
precoces en calcular
los destrozos
a que la piel, ya
manoseada, pueda derivar.
Y en eso son diestros
cuando les sobra
monedas de cambio
y tiempo para calcular
su trueque.
Recuento a
media prisa
Su primer temblor y el
cuerpo solapado,
con ese olor de
repentino aguacero
sobre tierra acolchada
por pasto vivo,
que le atrapé cuando
iba derecho al precipicio
donde el que cae se
pierde para siempre.
Pero subió por los
sueños hasta a salvo.
En sus gestos,
sorpresa.
Yo, de buitre inocente
con mansas alas extendidas.
Aún reposo el banquete
de sus primeros
temblores sobre mi espalda,
igual a cualquier otro
animal fuera del acoso.
Toco la flecha al
corazón,
que no fue una, sino
cientos.
Lo sé por los retoños.
Crecen al rumor de la
ciudad
por el flechazo que
partiera el sexo en dos mitades:
hembra y varón.
Se transforma en
gusanillos las viejas cicatrices.
Llenos de colores los ojos de la serpiente que tensó
hacia nuestros
cuerpos, el arco.
Cuando creí entender
su lenguaje,
apenas sin saber que
le pertenecía,
fue inevitable que
fluyera por su aliento,
y sin perder el alma,
esa virgen que siempre está en subasta,
con tesón de
restaurador;
intenté grandeza en un
arte de amar que se extingue.
En acto de fe deseché
la acción teatral
necesaria
para la selección de
las especies,
y le llevé al jardín
de los alucinados.
El imán que le atrajo,
tensó sus cuerdas,
con las puertas
abiertas de par en par.
Crucé dedos índice y
mayor de mi derecha para impedir la mala suerte
Nada detuvo el impulso
de mis sentidos.
Ni siquiera miré hacia
atrás, que un espacio del paisaje
barajaba el verde con
la nada
tratando de adivinar
si un corredor al mar,
hacia tierras del
viejo continente
me daría la esperanza.
Pero verde evoca río,
monte, salvajes ...
y río es fugaz
presencia de las flechas
cantarinas y voladoras
que atravesaron zonas
sensibles de mi ser.
Hablando de huellas:
una tarde de sol con
aguacero
dejaste la bandada
confundido entre
nubes.
Demasiado ebrio para
tomar en serio mis juegos morbosos.
¿Qué tramabas?.
¿que soltara el
antifaz con plumas de zorzal
y revelara las
imágenes de loba y cordero,
oscilantes sobre el
pulido espejo
frente al que hicimos
estallar nuestros sentidos?
En mi alegría se
tornan, confunden y disipan las turbias intenciones.
Tiempo es un tinglado
que a veces confunde,
si la flecha del sexo
fue directa al corazón
( insospechada vía de
sosiego,
con sed de música
infinita )
Mi interior fluye al
darle continuidad.
Y dudo,
por las posibles bases
inciertas.
¡cómo si no existieran
otras posibilidades!
San Bernardo
y Gran Vía
No sabes como la estoy
pasando
lejos de nuestra isla
náufraga.
Te imagino en la barca
por los Canarreos
la costa brillante
desde el agua
el frío me agarra por
el cuello
y tengo que buscar una
bufanda.
Duermo cada noche en
los recuerdos que aferran al mar.
Sin renunciar al
regreso
emprendo a remos el
fragmento de ciudad que me ha tocado
entre prostitutas,
drogas y abismos,
con manos siempre
heladas.
El ojo busca la
tortuga que demora tu presencia.
Inmenso el clamor de
calle treinta y nueve: coches
por las cuatro
esquinas, gente a cualquier hora de la noche,
estación de metro,
Hotel Emperador ocho pisos arriba,
estanco, bingo, salón
de pasatiempos electrónico, bancos
y hacia atrás -San
Bernardo arriba
los puticlub y la
sauna Adán.
Al terminar en el
paraíso, dejo el extremo de la cuerda.
¡Libre hacia el
precipicio!
Pasa el grito
exagerado de una ambulancia.
Me entero que “Naykas”
es caballo en griego,
apodo que recuerdo
como sexual en la figura de lo tremendo.
Pero caballo soy yo,
trotando pesetas para sacarte del país:
- ¡anímese señor:
topless, chicas guapas...!
Después del pregón,
tengo que apretar los labios
y respirar la fiebre
al final del calendario de este siglo.
Por temor del fuego
violé las reglas de la espera.
Atrasó el más
importante juego desde niño.
Danzantes alrededor de
la hoguera, tiraban,
como muebles lanzados
en desalojo
de mi pequeño almacén
de propósitos sagrados.
Pero la esperanza de
encontrarte es tan fuerte
que detiene la
estampida y el olvido.
En Cataluña, petardos
zumbantes por fiesta de San Juan.
Paseos por comarcas
alegres,
vino, música y hachís.
En el cumpleaños de un
príncipe,
llamaron noche de Cuba
al barco donde viajo,
varado al centro del
pavimento,
del que todo el que
puede escapa hacia el mar
por puertas que han
quedado sin herrajes,
con cerraduras
oxidadas
y maderas de salitre.
Sobre balsas escapan o
mueren comidos,
con pasaporte
ordinario u oficial en la mochila,
los atributos del
santo. Y cuando el miedo fabrica alas
con afilado cuchillo
de carnicero,
ayudan los ministerios
del poder a escapar.
Todo el que puede
lleva los tendones a
cuerda de guitarra
contra el temporal que
azota las honduras del viaje.
Pero todo el que pudo
escapar regresa distinto
por las puertas
abiertas al otro lado del mar,
con aires de victoria
para los que miran al cielo
o escarban con las
uñas en la ilusión de la muralla.
Quedo perplejo en la
danza de muerte de los toros:
no hace nada la
muchedumbre de rostros blanquecinos.
Con otro color en la
Isla al final de los desfiles.
Y me pesan los abrigos
aunque sean de plumas.
No respira el pájaro
asustado que escapó conmigo,
ni sabe en que hueco
de mi pecho oculta
el ojo sumiso de los
ilegales.
ALBERTO LAURO
Nació
en Holguín, Cuba (1959). Poeta,
escritor y periodista. Licenciado en Letras por la Universidad de La
Habana y la Autónoma de Madrid. Dirigió el Taller Literario “Pablo
de la Torriente” en Holguín desde 1981 a 1986. Trabajó como
guionista de radio y televisión, en el Archivo Nacional de Cuba y en
el Museo de La Ciudad. Ha obtenido numerosos premios y menciones en
concursos literarios de Cuba, entre ellos el David, el Caimán
Barbudo, el Mirta Aguirre, Literatura 86, La Edad de Oro y el Premio
de la Ciudad de Holguín. Autor del poemario Con la misma furia de la
primavera (1987) y de los libros para niños Los tesoros del duende
(1987) y Acuarelas (1990), todos premiados en Cuba. Además del
poemario Cuaderno de Antinoo (1994) y de varias plaquettes y libros
de arte. Aparece en numerosas antologías en Cuba: Como jamás tan
vivo (1987), Andará Nicaragua (1987), Mi madre teje el humo de los
días (1990). Y fuera de Cuba en: Un grupo avanza silencioso (UNAM,
México, 1990), Poesía cubana: la isla entera (Betania, Madrid, 1995)
y Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002). Colabora con
crítica literaria, ensayos y de arte, reseñas y notas en distintas
revistas literarias de España. Es articulista del diario La Razón de
Madrid.
Para
llegar a Delfos
Cruzar el mar. Perdido
en las ciudades.
Pasar entre las brumas
la intemperie.
Inerme está el que
para siempre escapa
Extranjero hacia la
noche de las islas.
Enmudecer pisando las
fronteras.
Herido evadir las
trampas, los ejércitos.
Evocar a alguien que
amas en la ausencia
De otro cuerpo. Oír de
cerca la blasfemia,
Alabanzas, labios de
dignos oradores,
Miserables. Padecer
los riesgos
Del que avanza al
caminar como un inútil.
Y llegar a Delfos,
donde el Oráculo
Entre humos, perfumes
y oscuridad grita
La ofensa irreparable
para quien vive
Mortal e hijo de
mortales.
Saliendo
de Emaus
Sin esperarlo apareció
a nuestro lado.
Íbamos tristes. Y en
silencio.
Largo tiempo nos hizo
compañía.
Parecía distraído.
Ajeno. Ausente.
Nosotros estábamos
cansados.
Quisimos detenernos y
al extraño peregrino
Pedimos quedarse. La
tarde iba cayendo.
¿Habían pasado ya tres
días? ¿Cómo era posible?
Aún se veían las luces
de Meaux.
Él partió el pan y, al
ofrecerlo, desapareció.
Los que regresaron se
fueron llenos de alegría.
Pero quienes lo
conocen bien saben
Que prefiere continuar
con los que seguimos
Caminando entre las
sombras, como espectros.
Estrella
del Norte
Éxodo 12, 37
Sobre la sombra del
tiempo
Eres tú la más amada,
Estrella del Norte,
testigo fiel de centinelas,
Marineros y amantes.
Te contemplamos
prisioneros
En el desierto de la
noche
De las islas y su
vasta oscuridad,
Llenos de hierros y
grilletes,
Conducidos por los
invasores
En esta interminable
caravana.
Por ti no importa que
nadie
Venga a libertarnos si
solos,
Poco numerosos y en
cadenas,
Ganaremos todavía la
batalla.
En la
cena
Esta noche, a la hora
de la cena,
--no éramos
precisamente doce—
en el lugar de la
abuela
descubrimos a una
extraña.
¿Cómo es posible que
durante años
no supimos cuándo hubo
de partir?
Ajenos y ocupados
estábamos
En dar falso esplendor
a su apellido.
¿Cuándo su traje se
hizo jirones,
garras las uñas de sus
manos,
pozo de sombras sus
bellos ojos,
esa boca tenebrosa
en quien no llegan a
reconocer
el rostro amargo de
una mujer
que nos acusa de haber
vendido
su casa por un pedazo
de pan.
Carta a
Saulo
Hermano:
Los labios con que has
mentido
Hoy son mis labios,
olvidada la voz,
La zarza ardiente, el
polvo
Del camino de Damasco.
Es de madrugada.
Como un fantasma entra
a mi cuarto
Una anciana rezando el
rosario
Detenido en los
misterios doloroso.
Y todavía me bendice.
Afuera, en la noche
del mundo,
De nuevo canta el
gallo
Tres veces por mí.
Entrando
en el templo
Es preferible uno de
fango a ese dios del clero de Corinto
Pues legiones de éste,
con el favor de su nombre,
Erigen monumentos,
fortunas, potestades,
Obligándonos a los
gentiles,
Sin resistencia por
temor a su ira,
A entregar en el
diezmo nuestra escasa riqueza,
Miserable tributo para
entrar con ellos
A sus templos donde el
poder y el placer
Son el oficio de
quienes
Dominan, bendicen y
testifican.
Es preferible un ídolo
de fango a ese dios del clero de Corinto,
Indiferente a la
pobreza del pueblo,
Ciego ante el
sufrimiento, sordo a la súplica.
Y sin embargo entramos
en el templo.
Traficantes
de Atenas
Los traficantes están
en la ciudad.
Proponen
compra-ventas, pagarés.
Se escurren.
Desaparecen
En oscuras
callejuelas. Caminan sin cesar.
Constantemente escapan
Tras enigmáticas
puertas, falsas paredes.
Se mudan de ropa, de
casa, de barro.
Cambian de nombre
Para no ser
reconocidos.
Los traficantes están
en la ciudad.
Se miran. Nos buscan.
Se reconocen.
Ofrecen joyas, el vaso
de oro donde,
Según afirman,
Bebiera Justiniano en
su noche de boda,
Íconos de la cruxificción,
telas de Nínive,
Sedas del Oriente,
perfumes de Persia,
Especias de Egipto y
de la India,
Cerámicas de Babilonia
Y un ídolo, pródigo
de bendiciones
Que, por supuesto,
Tampoco es un
original.
Noche de
Bizancio
Un día amanecieron las
casas desiertas,
Los templos vacíos,
Los pergaminos
quemados.
El ejército enemigo
Había tomado mejores
posesiones.
Nadie elevó a los
dioses plegarias.
La herejía tomó sitio
en los burdeles.
Guerreros de legiones
invencibles fueron derrotados.
Yo besé los labios del
mercader y del tahúr.
Como los caballos de
Aquiles
Que al llanto se
entregaron
Por la muerte de su
amado Patroclo,
El pueblo sepultaba
entre las manos su dolor.
Mercenarios y
sacerdotes
Que temían un sitio
entre la muerte
Complasiéronse en
aplausos,
renunciando a su
linaje,
en tanto se escuchaba
la palabra indigna.
Era la noche de
Bizancio.
HUMBERTO LÓPEZ CRUZ
(La
Habana, 1959). Profesor, investigador y crítico literario. Graduado de Florida State University en
Tallahassee. Actualmente, imparte clases de lengua española
además de cursos de literatura y civilización
latinoamericanas en la Universidad Central de la Florida en
Orlando, donde además desempeña el cargo de Director del
Laboratorio de Lenguas Extranjeras. Ha sido Editor de
SELA—South Eastern Latin Americanist, una revista académica
interdisciplinaria impresa y distribuida en los Estados Unidos.
Es coeditor de un libro de crítica sobre la narrativa de
Reinaldo Arenas, Ideología y subversión: otra vez Arenas,
publicado en 1999 por la Universidad de Salamanca. También
es el editor de la segunda edición de El garrote en Cuba
(2000), estando la primera edición agotada desde 1927. Ha
publicado numerosos artículos críticos en diversas revistas
nacionales e internacionales sobre aspectos de la literatura
del Caribe, Centroamérica, con concentración en Panamá, y
la producida por hispanos en los Estados Unidos. Durante el
pasado mes de noviembre se presentó en Cádiz, España, su
poemario, Escorzo de un instante, impreso por la Editorial
Betania. En estos momentos está en prensa su último
libro, Asedio a Panamá: su literatura, sobre aspectos de la
literatura panameña.
Espera
de ti
Paciencia,
es difícil
concebirte,
comprenderte;
y al poseerte,
te dejamos
escapar entre las manos.
Sólo basta un
exabrupto,
una congoja,
y perdemos al
instante
cuánto nos ha
costado conocerte.
Yo he oído
mencionarte,
te he visto pasar
cerca;
pero puedo decir
que no me he
deleitado en tu sustancia.
No es tarea
liviana
conquistarte
paciencia,
lograr en mí un
injerto de tu esencia.
Mas temo que aún
sin tenerte
yo te pierda.
Presencia
inerte
Soledad,
a ti que te
aborrecen, te aprecio:
cuando no llegas
te reclamo impaciente
sin que importen
consecuencias.
Vestimos de
hipócritas:
halagamos
reuniones sin memoria.
Por compromiso,
forzamos
encuentros sin sustancia.
Ante el que
juzga,
fingimos
necesidad en lo gregario.
Sólo quiero estar
contigo,
acariciarte,
respirarte,
hacerte mía en
tus abstractos y constantes,
sentir tu esencia
en mi sombra y en mis huellas.
No es un canto ni
una queja:
incongruente
resolución apremia
cuando ansiamos
poseerte
y no nos dejan.
Evolución
Relámpago fugaz y
temerario,
orgasmo de dioses
destronados,
que surcas un
infinito con barreras
y no temes verte
acorralado;
con el tiempo
regresas al origen
y otra vida brota
de la nada,
mas es vida
artificial y programada
no la que antaño
creabas en tu seno;
ahora el
laboratorio es el excelso,
donde emanan
curas y lamentos
entre brotes de
epidemias desastrosas;
no es falsa
realidad preconcebida,
es la historia
del humano que ha deshecho
los principios
que lo apartan de las fieras;
guardemos un
precepto, sólo uno,
presenciemos un
amanecer más despejado,
compartamos el
rocío con las rosas
admiremos lo
hasta ahora despreciado:
es nosotros que
vamos en retroceso
y que nos hace
llegar al ocaso más serenos.
Divagación
Apoyado en firme
en la abulia de
la complacencia,
titilan en franco
diálogo
un sinfín de
conceptos desafiantes;
los acepta,
respira sosegado
inquietudes;
mas comprende
que no es
suficiente.
Tiene que haber
algo más en que crecerse,
no está lejos,
pero no es
reconocible.
Se le acerca,
lo presiente,
se le filtra por
la red de la impotencia.
Acostado medita
las ausencias
que su vida nutre
de energías;
comprende,
que necesita
mucho tiempo...
Es mucho lo que
piensa
que no
materializa;
los proyectos se
gestan en su mente,
evolucionan;
quedan sólo en
eso: unos propósitos.
Vuelve la tarde,
se repite la
dilación incongruente,
siempre proyecta,
nunca desmaya;
ya ausente
corrobora lo que siente.
Es persistente,
sabe que puede
atraer a otros imanes;
ya unidos
le darán forma a
su existencia.
Realidad que
ahora vislumbra y que no es cierta,
que mañana, y
para siempre,
llevará impresa
sus huellas.
Ruptura
final
Cansado,
vagando entre
paredes que no hablan,
pasan las horas.
Desatina,
se enfurece entre
lamentos,
fecundan las
maldiciones incoherentes.
La abulia se
presenta,
llega en silencio
sin ser reconocida.
Las paredes se
van estrechando,
el aire no se
inhala fácilmente.
¿Por qué no vivir
hoy todos los días?
Quedan tantos,
hay tantos
almanaques por abrir.
Se desespera,
recurre a las
viejas amistades:
unas pastillas o
una cuchilla,
mira a las venas
como posible salida.
Ya no coordina,
abre la puerta
y respira la luz
que se aproxima;
lejos, se oye
alegría,
el viento trae
primavera por montones.
En los rincones,
el moho repta y
cubre recuerdos,
no le importa de
que asirse, no lo intenta.
Cierra la puerta,
se desploman las
paredes de la espera;
se va flotando
va a llorar cerca
otro plano se
presenta y no lo encuentra.
Abstracto final
Acorralado en
laberintos sin salida
deambula
solitario;
el cerebro ha
tendido una celada,
rumiar
incoherencias es prohibido;
inhibición de
abstractos recurrentes,
no elabora
coexistencia con lo amargo.
Refugiado en
ideas impertinentes
trata de rechazar
incongruencias;
mas la idea se ha
obstinado,
no puede evadir
tal persistencia.
Elemento
punitivo, lucha férrea,
no apacigua ante
el espacio de un instante;
inusitado desdén
que se estremece
ante el miedo de
un ente desconocido.
La razón no ha
podido imponerse,
ánimo debilitado
no se inserta;
ya casi no opone
resistencia,
en vano regurgita
un mal recuerdo.
El laberinto se
estrecha y se repite,
la lid con el
fantasma no desmaya;
el Minotauro
persigue un imposible
entre paredes que
conducen a la nada.
Precepto de alba
A la generación del 11 de septiembre
De la calma que
encuba inocencia
inalterables
transcurren los minutos.
Nada preocupa,
todo es lo mismo:
la rutina
dictamina ese mutismo.
Es un farsante,
la quimera que
ilusiona lo visible.
Irreversible,
el conjuro cumple
su nefasto hado.
No es posible:
se desploman
inmortales construcciones.
Caen pendones,
es la espuma de
la vida que se esfuma.
Surge un clamor,
una lágrima,
una bandera.
Es imposible ser
impasible:
el mundo aterra
ante tan singular hoguera.
De los escombros,
el rescoldo de un
ocaso engendra vida.
Es la presencia,
cual persistencia,
de una unión que
ha derrotado la tragedia.
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