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¿Treinta
años? Verdaderamente suena a cosa seria eso de los treinta años.
Algunas personas dicen que es el comienzo de la madurez, otros que
es el amanecer de la mejor década de la vida, cuando el individuo
consolidó sus planes, sabe lo que quiere o lo que busca de su
existencia, en otros casos ya terminó de establecer las metas a
cumplir tan típicas de los años más jóvenes, bien porque terminó
de estudiar o porque se casó, fundó un hogar o tiene empleo
fijo. Aunque al parecer llevan mucho de lógica todos estos
comentarios que se oyen a menudo, los treinta años son algo así
como la pérdida de las ilusiones adolescentes y juveniles. Cuando
se tiene treinta años se es joven físicamente, pero se ha
envejecido el espíritu. El misterio de la vida ha desaparecido de
repente y se va con su mística a seguir engañando niños de ojos
abiertos en la noche.
Echada sobre la cama Tina pensaba que ella fue una de tantos
niños de los que pretenden descubrir el secreto de la vida
desafiando la obscuridad y el sueño, recreando pensamientos,
imaginando fantasmas y viendo alguna que otra luz en los silencios.
Cuando cumplió los dieciocho años de edad aún seguía siendo niña.
Los colegios de monjas y los estrictos códigos familiares con su
collar de complejos por doquier la hicieron una persona maltrecha en
el aspecto espiritual y no estaba preparada para vivir en el mundo
adulto, pero tenía muchos anhelos ocultos para cuando llegara ese día.
Deseaba convertirse en una persona útil en la sociedad, pensaba en
los problemas que la mayoría de las personas evitaban pensar y
pretendía arreglar situaciones que los demás ignoraban o preferían
tratar de olvidar. No obstante, los golpes de la vida la empezaron a
sacudir. El primer golpe fue la separación temporal del seno
familiar, el segundo fue el emigrar de su país, el tercero fue la
necesidad de actuar maduramente en un país lejano, cuando hasta
entonces se le habían escapado de las manos todas las decisiones
posibles, incluyendo la de su propia emigración. Luego vinieron los
años duros de la soledad al trabajo, del trabajo a los libros y de
los libros a la soledad... Después de la soledad todo quedó atrás
y llegó la calma, esa calma substituta de la inercia interior que
le molestaba tanto a si misma y que Larry no lograba comprender.
- Siento que la
calma me penetra muy hondo y eso es malo, prefiero estar activa,
sentirme viva, en plena ebullición, como si fuera un ser humano
normal – pensaba en alta voz.
-
¿Y es que estar
calmada no es normal? – respondió Larry con indolencia.
- No, porque esta
calma es de muerte, el no importarme nada, el que todo me dé igual
no tiene aspecto de vida.
-
Mira que hablas
tonterías. Te enredas en tus conflictos internos, en vez de tratar
de salir de ellos – dijo mientras mascaba una goma de mascar.
-
¿Cómo quieres
que salga de mis conflictos, sino veo ninguna salida?
-
Trata. Trata y
verás – él seguía emitiendo un chasquido peculiar con su goma de
mascar.
-
No sé cómo –
expresó con cierta incredulidad en sus ojos.
-
Si te empeñas y
comienzas por olvidarte de todas las ideas disparatadas que te
inculcaron en la universidad – ahora bebía agua fría sin
deshacerse de la goma de mascar que tenía en la boca. Él sostenía
que la combinación del agua con sabor a goma de mascar le perfumaban
el sistema digestivo completo, desde la boca hasta el estómago.
-
¿Qué ideas
disparatadas?, ¿de qué hablas? Me parece que estas hablando por
hablar – inquirió un tanto irritada.
-
Yo sé muy bien
lo que tenías en esa mentecita cuando te conocí – ahora jugaba
con el control del televisor y seguía mascando apresuradamente.
-
Si le llamas al
tratar de ser una mujer de mi época, alguien útil, el tener ideas disparatadas, entonces quizás ese sea el
nombre...
-
¡Bah! La misma
bobería de siempre. ¿Acaso no eres útil haciendo las cosas que
haces en nuestra casa? –la miró desafiante con su maldita goma de
mascar en la boca. A medida que el diálogo se tornaba difícil,
siempre comenzaba a mascar con mayor rapidez, haciendo todo tipo de
sonidos inimaginables.
-
No lo creo
ciertamente - manifestó hastiada.
-
No tienes remedio
– él seguía concentrado en todos los programas que repasaba con el
control de la televisión. Luego, tras tirar su insoportable juguete
bucal, se le acercó para darle un beso con sabor a goma de mascar.
-
Tú
tampoco - lo rechazó discretamente.
Tina
se dió media vuelta en la cama y simuló dormir. No quería seguir
oyendo los mismos comentarios de los últimos cuatro años. Cuando
se casó con Larry pensó que su vida iba a cambiar, que la soledad
iba a desaparecer, que surgirían ilusiones nuevas y que el futuro
le pertenecía. Pronto se dió cuenta que todo era diferente y que
Larry, lejos de estimularla a seguir adelante, la instaba día a día
a conformarse con una existencia baldía. Su carrera universitaria
se había paralizado y nunca volvió a estudiar. A su lado se sentía
prisionera del espacio matrimonial y estancada en el tiempo. Poco a
poco el amor había desaparecido y presentía que en el fondo de su
corazón ese sentimiento había sido substituido por el más
profundo rencor. Como una pesadilla constante, sentía que el rencor
la distanciaba más y más de Larry, de la familia, de los amigos y
que pese a estar infinitamente acompañada en todo momento, se sentía
la mujer más sola del universo. En realidad, toda esa inercia y
falta de motivación en que vivía no era más que un reflejo de su
unión con Larry. Él amaba la vida fácil, sólo le importaban los
asuntos relacionados a su persona y carecía del espíritu de lucha
y sacrificio tan necesarios para salir adelante. El matrimonio había
sido una combinación de pasión y necesidad absoluta de mitigar la
soledad, pero a medida que pasaban los días, los meses y los años,
comprendía que prefería su soledad íntegramente, su soledad de
antes, su soledad de siempre, a esta confusión en donde la soledad
enmascarada se le presentaba delante y no podía identificarla
claramente.
Se
volteó en la cama para tratar de hablar con él y de convencerlo de
que lo mejor era separarse definitivamente, pero como siempre ya
estaba profundamente dormido con la televisión encendida y el
control remoto aprisionado en su mano derecha. Trataría de hablar
con él en la mañana, pero pensó que estaría deprisa para
marcharse a su trabajo, si lo llamaba al trabajo, la respuesta sería
que por teléfono no se discuten esas cosas y seguramente estaría
muy ocupado, si esperaba a la tarde, llegaría cansado y con deseos
de descansar, a la noche, podría hablar finalmente con él, pero
como sucedía con todas las conversaciones difíciles, él rechazaría
discutir el tema a semejante hora, después de un día tan agobiante,
se limitaría a jugar con su goma de mascar mientras repasaba todos
los canales existentes en la televisión por cable y postergaría el
tema.
Tina se levantó en silencio y se dirigió al closet, encendió
la luz interior del mismo y se cambió de ropa mientras pensaba en
sus padres y en lo que le dirían si les contaba lo que iba a hacer,
pero por primera vez en la vida no le importó lo que ellos fueran a
pensar o a decir, ya que por espacio de treinta años ellos sólo
habían sabido comportarse como los seres egoístas y represivos que
eran, donde lo único que tenía sentido de la vida eran sus propias
percepciones e intereses personales, por lo que decidió obviar
cualquier comentario con ellos. Había llegado a un punto en el cual
descubrió que la soledad no es tan despreciable cuando se
transforma en el instrumento de la libertad personal. Recogió
algunas prendas de vestir y varios objetos personales. Ni siquiera
se detuvo a mirar por última vez el pérfil del que había sido su
esposo por cuatro años, ni tampoco la casa que había hecho de sus
ilusiones algo ajeno. Cuando abrió la puerta, sintió la madrugada
tibia y acogedora. Un aroma de tranquilidad la recibió al instante,
al tiempo que un antojo de guarapo la acaparó en ese momento.
Subió al auto y lo puso en marcha, para luego perderse en la
autopista desierta en rumbo desconocido.
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