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La
regla es el abuso, la excepción es el goce.
Roland
Barthes
1.
Más allá de la historia.
Antes, mucho antes que el nombre de las
cosas, desde los días primigenios de la humanidad, ya el cuento
existía. Quizás como hipótesis justificadora. Quizás como
sinuosa verdad empeñada en explicar la realidad circundante, todo
ese amanecer del mundo lleno de interrogantes y magia, dando rienda
suelta a una sarta de mitos, historias de dioses y héroes de los
que han hecho uso hasta la saciedad las religiones y las antiguas
epopeyas.[1]
Los más antiguos cuentos de los que se
tiene conocimiento provienen de Egipto y datan de los siglos XIV a
XII antes de la era cristiana. Así mismo, el primero en compilar
cuentos al modo moderno, se tiene entendido que fue Partenio de
Nicea, considerado como maestro de Virgilio. Su colección lleva por
título Aventuras de amor y está integrada por treintiséis
narraciones. De esa misma época se considera a Conón, quien llega
hasta Don Quijote con el cuento de Los viejos y la deuda saldada,
uno de los episodios del gobierno de Sancho. La Edad Media, también
es rica y singularmente propicia para el cuento y, según Emile
Gebhart, “Los viajes de los peregrinos, de los mercaderes y de los
cruzados, constituyeron un magnífico puente para la difusión de
este tipo de relatos por todas las regiones del mundo”[2].
Los dominicos y los franciscanos, en su largo peregrinar entre
oriente y occidente se encargan de llevar y traer de pueblo en
pueblo estas historias y difundirlas.
Este, a grandes rasgos, y no otro es el
panorama de los cuentos orales, de caminos. Cuentos que durante las
travesías hacían las delicias de los viajantes y acortaban las
horas. Pero, el del cuento escrito tiene sus vertientes, hay que
buscarlo por otros cauces, otros senderos un tanto más fáciles de
transitar.
Es un secreto a voces que el cuentista
moderno por excelencia no es otro sino Boccacio con su Decamerón.
Después, el resto es casi historia conocida: Perrault, Turguéniev,
Voltaire, Diderot, Los hermanos Grimm, La Fontaine, Pushkin,
Dickens, Voisenon, Chejov, Gorki, Maupassant y un largo etcétera
que, por tan largo, resultaría latoso enumerar ahora y aquí.
2.
Amplificaciones y balbuceos.
Si bien es cierto, todos los estudiosos del tema, con sus
colorines, sus parcelas y mezquindades, han coincidido en señalar
la ausencia de una cuentística organizada y un atraso con respecto
a todos nuestros vecinos, en lo que a escribir y fundamentar el
cuento se refiere. Así nos lo confirma Aída Cartagena Portalatín,
cuando plantea: “En el panorama de nuestras letras podríamos señalar
una docena de buenos cuentistas, pero que nada aporta
a la técnica o género, y también a incontables narradores que no
hicieron otra cosa que estampas costumbristas o viñetas de pobre
colorido criollo”[3]
Durante ese largo y lento balbuceo de
nuestra cuentística, de finales del 1800 hasta mediados del 1900,
se pueden rastrear soplos del naturalismo de Zola, Maupassant; del
modernismo –en el caso de Fabio Fiallo y sus Cuentos frágiles,
1908- y algo del simbolismo francés; lo que no es de extrañarse,
puesto que, como apunta Rodríguez Demorizi: “Las lecturas de
novelas y cuentos se hicieron más amplias y comunes desde 1845. Se
leía a los Hermanos Grimm; los Cuentos de hadas de Andersen;
Las mil y una noches; los Cuentos fantásticos de
Hoffmann, en su edición madrileña de 1839; los cuentos y poesías
folklóricas de Fernán Caballero y los Cuentos de mamá,
tradiciones granadinas, en 1853; las celebradas Tradiciones
peruanas, de Palma, después de 1872, que tanto influirían en
toda la América, y entre nosotros en César Nicolás Penson...”[4]
De ahí que, durante todo ese largo
trayecto, además de lo ingenuo de la técnica, no es extraño
encontrarnos con meras amplificaciones o retomas de trabajos ya clásicos,
a los cuales se les condimentaba con un poquito de sazón del
momento político que vivía nuestra incipiente nación. Así, y
volviendo a las fuentes de Rodríguez Demorizi, nos encontramos con
que: “en los cuentos de López (José Ramón) hay claras
reminiscencias de los de Luis Taboada. El delicioso cuento Las
cerezas, de Fabio Fiallo, es trasunto de La oropéndola,
de Andre Theuriet. José Ramón López, además, se contó entre los
numerosos usufructuarios de la maravillosa cantera de El Conde
Lucanor y La Fontaine.[5]
Además de Fabio Fiallo, a quien se le
reconoce el título de Primer Cuentista dominicano[6],
José Ramón López y César Nicolás Penson, sobresalen por sus
trabajos Rafael A. Deligne, Sócrates Nolasco y Vígil Díaz, entre
otros.
3.
Sabor a campoadentro.
Pero, no es sino a mediados del 1930 cuando
nuestra cuentística comienza a tener fisonomía propia, con la
aparición de Camino real, de Juan Bosch, considerado éste
como el gran estilista, “el cuentista dominicano por excelencia”.
Bosch, nos inserta en el campo, lleva a nuestro hombre sencillo del
arado, el ingenio o el hato a tutearse con el hombre universal,
sacando el cuento dominicano de los requiebros y tarareos puramente
costumbristas, criollistas y/o folklóricos, que no hacía otra cosa
que presentar al campesino y su entorno visto como con catalejo y
frac desde una cómoda poltrona de salón. Es evidente que Bosch
utiliza los determinados aspectos del costumbrismo, del criollismo,
del folklore, para ofrecer una visión, nueva para la época, del ser
dominicano. Aunque los cuentos de Bosch son telúricos todavía,
son también relativamente modernos. En Efecto, Bosch fue un
conocedor del hombre de su época, por eso, a pesar que trasciende
el tema de la tierra, no se despoja de cierto agrarismo. Y es que la
sociedad dominicana de la época era eminente rural.
El hombre dominicano cobra su estatura y comienza a hablar
por su propia boca, en su propio lenguaje, denunciando las
condiciones infrahumanas en que muere y se desangra, la explotación,
nuestras continuas revueltas y la idiosincrasia de sus ídolos
truncos, mustios, estériles como mulas, siempre en constantes
escaramuzas levantiscas, siempre retroavanzando. En fin, llega el
momento de la trascendencia de nuestro cuento y, junto a la voz de
Bosch, comienzan a alzarse otras con no menos tintes de curtiembre,
reciedad y oficio:
Ramón Marrero Aristy con su libro Balsié, José Rijo,
Tomás Hernández Franco y otros. Todos ellos, unos más, otros
menos, durante los años del trujillato estuvieron ligados a la
temática de la tierra, unos plegados al régimen, otros desafectos.
4.
Luces, asfalto y sangre.
Ya, en las postrimerías de
la dictadura aparecen los primeros cuentos de Virgilio Díaz
Grullón, ubicados en un entorno citadino, que dista bastante de la
temática tratada por Bosch y los otros que surgieron a principios
de los años 30. Junto con Díaz Grullón, Sanz Lajara, Hilma
Contreras, Angel Lamarche, Néstor Caro y Lacay Polanco, también
incursionarán en la temática metropolitana en algunos de sus
trabajos (principalmente Angel Lamarche en su libro Cuentos que
Nueva York no sabe, 1958). También es justo consignar aquí la
incursión de Manuel del Cabral, con Los relámpagos lentos
dentro de una onda épico-filosófica que no ha generado muchos
cultores dentro del ramo.
Si bien es cierto que, a todo este florecimiento del cuento
dominicano y que, junto al considerable listado de nombres, se
desarrolla una apretada selección de trabajos que pueden
considerarse definitivos y definitorios para la cimentación de una
cuentística dominicana, los años del 30 al 60 están marcados
fuertemente por la temática agraria y no es, sino hasta la caída
de Trujillo, con la apertura que este hecho político sin
precedentes significa en todos los órdenes para nuestro país,
cuando comienza a vislumbrarse una nueva temática y la conjunción
del hacer de los escritores dominicanos con el hacer de los más
avanzados de otras latitudes.
Pero, no es sólo la decapitación del trujillato el hecho
histórico trascendente que vendrá a sacudir la conciencia nacional,
cuatro años después del ajusticiamiento del tirano, el pueblo en
pleno del país se lanza a las calles, a defender las soberanía
frente a la segunda invasión en el siglo de los Marines
Norteamericanos. Hecho éste frente al cual nuestros escritores,
como todos los demás sectores de la comunidad, no sólo empeñaron
sus implementos de trabajo, sino sus vidas y afanes. Y si bien, las
continuas revueltas del pasado y los constantes escarceos de
nuestros caciques con ínfula de señores feudales, marcaron a la
hornada de escritores de la tierra; estos dos nuevos acontecimientos
(el fin de la tiranía y la revuelta de abril), marcan a fuego y
sangre a toda esta naciente camada que irrumpe con bríos en el
panorama de la cuentística más acabada y con sólida formación,
tanto formal como temática.
Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Rueda, René del Risco
Bermúdez, Miguel Alfonseca y Armando Almánzar, constituyen la
avanzada de lo que habrá de venir. Todos ellos, nutridos y
apertrechados de todo el hacer que de golpe nos llegó, todo lo
prohibido, todo lo vedado y escamoteado por treinta largos años,
irrumpe de sopetón en el ambiente y, todo ese maremagno que
engendra el descubrimiento de los europeos del “boom
latinoamericano” y la consiguiente búsqueda de las raíces que
genera ese boom del boom, s frugalmente aprovechado por este sólido
grupo de nuevos narradores que, como bien apunta Pedro Peix, inician
el segundo gran ciclo del cuento dominicano, “robustecido por
algunos escritores que ya habían publicado textos en los albores
del 60”.[7]
La nueva manada, marcada por la guerra y la tiranía, se
curte y se adiestra más con la aparición de los premios de la
agrupación cultura La Máscara, a finales de la década, y los
Premios Casa de Teatro, que se han mantenido desde el 1977 hasta la
fecha. Ambos concursos abren la puerta a un sinnúmero de nuevos
narrados y nos dan la oportunidad de reencontrarnos con otros ya
establecidos en otras áreas, como son los casos de Aída Cartagena
Portalatín, ganadora de una mención en La Máscara 1967 y la
publicación de su libro Tablero, 1978, y Manuel Rueda, una
mención en La Máscara, 1968, un primer y un tercer lugar en Casa
de Teatro, 1978, con un cuento que podría catalogarse como el
primer...
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