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Toda lectura es un acto de provocación. Y ésta es,
precisamente, una manera de incitar a la revisión de la figura de
sor Juana Inés de la Cruz. También pretendo provocar,
en el sentido de “irritar”,
a los pobres de espíritu que todavía se esconden a finales de
nuestro siglo XX. Porque sor Juana, en principio, no fue una obsesa
sexual -aunque algunos poemas resalten ciertos dejos lésbicos- ni
una feminista redomada, aunque sí tuvo marcada conciencia de su
condición de mujer. Sí fue una señora asustada al final de su
vida, acorralada -aunque no vencida- por el signo que le permitió
crear su obra literaria: la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica
Romana.
La casa paterna, significada por el abuelo Pedro Ramírez,
quien la estimuló a leer; el palacio virreinal, con sus tertulias y
galanteos erótico-amorosos, hasta la vida conventual, determinan la
vida de esta matrona que enfrentó los desafíos de la época con
altura y dignidad. Mujer, monja, escritora. Tres palabras que
designan y anatemizan a esta figura impar del siglo XVII en la Nueva
España. Sor Juana Inés de la Cruz, un personaje que provoca
atracción y curiosidad 351 años después de su nacimiento.
Octavio
Paz se fascina por esta poetisa y muchas veces la defiende de sus
posibles detractores. Fernando Benítez va más allá y busca
explicar las formas de represión sexual que la sociedad de esa época
padecía y que termina por modificar la existencia de la Décima
Musa. Pero entre Sor
Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (Seix Barral,
1982), de Paz, y Los demonios en el convento. Sexo
y religión en la Nueva España (Era, 1985) de Benítez, se
levantan los estudios de Alfonso Méndez Plancarte al recopilar la
obra completa de la escritora. Adviértase, otra vez la tríada, el
número que de alguna manera caracteriza a sor Juana.
Si
reflexionamos sobre el papel que desempeñó nuestra autora más
significativa del barroco mexicano, o novohispano, para precisar, es
evidente que Juana Inés Ramírez, llamada más tarde Juana de
Asbaje y según la fama la Décima Musa, resume en su particular
existencia los modos y comportamientos de una sociedad que se debatía
entre el relajamiento sexual, el goce y placer carnal, y los rigores
religiosos, los afanes de salvación espiritual. Una contradicción,
ciertamente. Pero de ello nos hablan acuciosamente Paz y Benítez,
asentados en los estudios e investigaciones de otros autores, como
Efraín Castro. Paz es muy claro al respecto: “La gran invención
literaria de la Edad Barroca; el concepto, la unión de los
contrarios, expresa con extraordinaria justeza el carácter de la época.
Pero el caso de la sociedad barroca del siglo XVII no es único:
rigorismo y libertinaje, pesimismo radical y sensualidad exaltada,
ascetismo y erotismo, son actitudes que generalmente se dan
juntas” (Las trampas, p.105).
Pero
no pienso correr en aguas que otros ya han navegado. Simplemente
prefiero resaltar la relación que existe en la actitud de sor Juana
y su representación mitológica de la Diosa Madre. Robert Graves,
en un libro harto difundido, La diosa blanca, (Alianza Editorial, 1983), nos refiere sobre los
aspectos mitográficos del poeta y del lenguaje mágico original. Y
sor Juana es poetisa, caracterizada por el lenguaje y los símbolos.
Uno y Trino, indica la Iglesia universal. Y el tres se revela
perfectamente en este personaje que ahora nos congrega.
La
mujer, puntualiza Graves, se significa por las fases de la Luna: en
cuarto creciente simboliza a la niña, la núbil, la virgen; la Luna
llena o nueva de primavera representa a la mujer hecha y derecha.
Finalmente en cuarto menguante refiere a la mujer enferma, a la
anciana, a la muerte. Desde su nacimiento en Nepantla, el 12 de
noviembre de 1648, hasta su ingreso al palacio, podemos signar a la
doncella Juana Inés (Luna en cuarto creciente).
De
su noviciado y toma de hábitos en 1669 –que para las monjas
significa desposarse con Cristo, luego entonces, simbólicamente, se
metamorfosea en mujer- hasta la creación de su obra mayor, El sueño, o Primero
sueño (escrito hacia 1685), representa a la Luna llena.
Finalmente su descenso y caída por las dificultades teológicas
ante las autoridades eclesiásticas, provocado por la publicación
de la Carta
Atenagórica por Fernández de Santa Cruz, el obispo de
Puebla y su Respuesta
a sor Filotea de la Cruz (1690), hasta su muerte en la
madrugada del 17 de abril de 1695 se cumple la fase lunar última (cuarto
menguante).
Me
apresuro a la precisión: una mujer de signos como fue sor Juana
puede, y debe, observarse a través del símbolo femenino lunar, de
la representación de la diosa, que tantos conflictos ha provocado a
más de uno. Es válido, entonces, visualizar a la poetisa a partir
de los mitos judeocristianos, puesto que sor Juana fue religiosa y
padeció la represión clerical. Los mitos hebreos también son básicos
en esta nueva lectura de sor Juana, y más si se enmarca en los
festejos del Día Internacional de la Mujer. Otra tríada famosa se
apunta con sor Juana: Lilith, Nahamá... y Eva, la madre de todos
los vivientes. Y aquí me detendré un poco para dar paso a las
premisas de mi lectura y revaloración de esta figura singular. Varón
y hembra fueron los primeros padres de la humanidad. Sabemos por los
mitógrafos que Adán (que significa “de Tierra”) y Lilith
fueron puestos en el Jardín del Edén. Pero Lilith le reprochaba a
Adán su dominio, su prevalencia, sostenía que si eran del mismo
origen, ¿por qué ella tenía que yacer, siempre, debajo de Adán?,
¿por qué no se le permitía la otra postura?
Por supuesto que Lilith es la primera hembra que
tiene muy clara su condición de mujer. En el lenguaje actual diríamos
que fue la primera “feminista”, puesto que mencionó el nombre mágico,
secreto, de Dios y se esfumó. Algunos refieren que se fue a orillas
del mar muerto, otros que al mar rojo; pero lo cierto es que de
alguna manera se dio tiempo para cohabitar con los ángeles caídos
de que nos habla El
libro de Enock. Íncubos y súcubos fue su descendencia.
Lilith
es un nombre, una figura proscrita por las iglesias judeocristianas.
Es “la nocturna”, la que aterroriza a los monjes y frailes de
esas etapas oscuras del este mundo nuestro. La leyenda señala que
por las noches los hombres que duermen solos son visitados por esta
sombra, por eso tienen sueños húmedos. El hombre no debe estar
solo, es una sentencia divina. Las mujeres solitarias también son
perseguidas por los hijos de Lilith, quienes también las poseen.
Con esto, que no señala Benítez, tenemos muy claro el pavor que
tenían los pobres religiosos. Y más cuando sabemos que la toma de
hábitos no era por vocación, sino una profesión como cualquier
otra.
Vuelvo
al mito hebreo, que algunos lectores de la Cábala tienen muy claro.
Adán no podía estar solo y los dioses, o Dios, para no seguir
espantando a las conciencias persignadas, decidieron crear a otra
esposa para el pobre Adán. Tomaron huesos, sangre, carne e hicieron
a Nahamá, la segunda esposa de este señor. Nadie sabe qué ocurrió
con esta dama, pero Adán la repudió, pese a la hermosura de la
dama. Considero, y perdón por esta interpretación, que Nahamá es
la mujer concreta, real, no la que encubre la libido, el deseo
sexual como Lilith, o Eva, la que permite el acto institucional,
dentro de lo que marcan los cánones sociales y religiosos.
Para
mí, la figura de Nahamá representa a la mujer de carne y hueso, no
la “otra”, la que es posible disfrutar, o la esposa, la madre de
nuestros hijos, con la que –ojo: estamos hablando de represión
sexual- muchos no se atreven a explorar. Esta lectura mitográfica
seguramente evitaría las infidelidades actuales. Retomo el mito
conocido, la caída del hombre y su simbología.
Eva,
“la madre de todos los vivientes” es la aceptada por los cánones.
Después de dormir a Adán y sacarle la costilla –algunos
prefieren resaltar que fue la cola, por eso nos queda el huesillo
del coxis- se crea a Eva. El ángel proscrito advierte la felicidad
que existía en el Jardín del Edén y se presenta para tentar a
esta mujer. La prohibición era significativa: nada del fruto del árbol
de la vida ni del árbol del bien y del mal. Este ángel que se
encuentra a la izquierda de los hombres la incita al conocimiento.
Si
deseas ser como los dioses, prueba del fruto, le indica malignamente.
Y Eva, que desea el saber, acepta. La otra parte de la historia ya
la sabemos. Adán observa que Eva ya no tiene el brillo, el aura
original, puesto que el líquido que circulaba por sus venas se
transforma en sangre, luego entonces ya es mortal, acepta del fruto
para no quedarse solo. La caída del hombre simboliza los intentos
de la Tierra por crear a la humanidad. Son tres las etapas para que
se cree el hombre como lo conocemos. He aquí conciliados la parte
científica con la mitológica. Si todos conociéramos este mito se
acabarían las discusiones teologales.
Bien,
en la vida conventual de sor Juana se observan estas figuras: la
libido natural (sabemos que Eros manifiesta la vida), representada
por Lilith, acallada al tomar los hábitos, pero manifestada a través
de los poemas amistosamente amorosos a las tres virreinas que la
protegieron: Leonor Carreto, condesa de Paredes; María Luisa de
Borbón, apellidada Manrique de Lara, marquesa de la Laguna, y en
menor grado doña Elvira de Toledo, condesa de Galve.
Como
monja, estaba más allá de toda duda su amistad, sus requiebros
amorosos. Octavio Paz puntualiza su parte asexuada al ser religiosa
y mujer de letras (en esta confluencia advertiríamos la figura de
Nahamá). Recordemos también que el saber estaba en manos de los clérigos,
principalmente, y de los principales que acudían a la universidad.
Como mujer de conocimiento sor Juana se identifica como Eva. La
triada se completa.
La
primera mujer es tentada por el ángel caído, derrotado por las
huestes divinas del arcángel Gabriel. El padre Antonio Nuñez de
Miranda (1618-1693), el arzobispo Aguiar y Seijas y el obispo de
Puebla, Fernández de Santa Cruz (¡otra vez tres!), resumen al ángel
proscrito. Uno y trino, remarcamos para escándalo de muchos. Pero
sor Juana es una mujer de signos, es Isis, señora de los símbolos.
Y es válida esta interpretación.
Octavio Paz se detiene en la parte literaria: romances,
endechas, loas, sonetos, villancicos, autos sacramentales. Y además
ofrece una lectura simbólica sobre El sueño. Paz acota el romance
decasílabo dedicado a María Luisa, marquesa de Lara, y sus guiños
eróticos, permitidos por la cortesía palaciega. Y aquí también
es válido...
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