Miami
Estados Unidos
Año II Nº 9/10

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Publicada por Ediciones Baquiana

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Boletín Informativo

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MITOS Y SÍMBOLOS EN SOR JUANA

por

Óscar Wong

     Toda lectura es un acto de provocación. Y ésta es, precisamente, una manera de incitar a la revisión de la figura de sor Juana Inés de la Cruz. También pretendo provocar, en el sentido de “irritar”, a los pobres de espíritu que todavía se esconden a finales de nuestro siglo XX. Porque sor Juana, en principio, no fue una obsesa sexual -aunque algunos poemas resalten ciertos dejos lésbicos- ni una feminista redomada, aunque sí tuvo marcada conciencia de su condición de mujer. Sí fue una señora asustada al final de su vida, acorralada -aunque no vencida- por el signo que le permitió crear su obra literaria: la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana.

     La casa paterna, significada por el abuelo Pedro Ramírez, quien la estimuló a leer; el palacio virreinal, con sus tertulias y galanteos erótico-amorosos, hasta la vida conventual, determinan la vida de esta matrona que enfrentó los desafíos de la época con altura y dignidad. Mujer, monja, escritora. Tres palabras que designan y anatemizan a esta figura impar del siglo XVII en la Nueva España. Sor Juana Inés de la Cruz, un personaje que provoca atracción y curiosidad 351 años después de su nacimiento.

     Octavio Paz se fascina por esta poetisa y muchas veces la defiende de sus posibles detractores. Fernando Benítez va más allá y busca explicar las formas de represión sexual que la sociedad de esa época padecía y que termina por modificar la existencia de la Décima Musa. Pero entre Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (Seix Barral, 1982), de Paz, y Los demonios en el convento. Sexo y religión en la Nueva España (Era, 1985) de Benítez, se levantan los estudios de Alfonso Méndez Plancarte al recopilar la obra completa de la escritora. Adviértase, otra vez la tríada, el número que de alguna manera caracteriza a sor Juana.

     Si reflexionamos sobre el papel que desempeñó nuestra autora más significativa del barroco mexicano, o novohispano, para precisar, es evidente que Juana Inés Ramírez, llamada más tarde Juana de Asbaje y según la fama la Décima Musa, resume en su particular existencia los modos y comportamientos de una sociedad que se debatía entre el relajamiento sexual, el goce y placer carnal, y los rigores religiosos, los afanes de salvación espiritual. Una contradicción, ciertamente. Pero de ello nos hablan acuciosamente Paz y Benítez, asentados en los estudios e investigaciones de otros autores, como Efraín Castro. Paz es muy claro al respecto: “La gran invención literaria de la Edad Barroca; el concepto, la unión de los contrarios, expresa con extraordinaria justeza el carácter de la época. Pero el caso de la sociedad barroca del siglo XVII no es único: rigorismo y libertinaje, pesimismo radical y sensualidad exaltada, ascetismo y erotismo, son actitudes que generalmente se dan juntas” (Las trampas, p.105).

     Pero no pienso correr en aguas que otros ya han navegado. Simplemente prefiero resaltar la relación que existe en la actitud de sor Juana y su representación mitológica de la Diosa Madre. Robert Graves, en un libro harto difundido, La diosa blanca, (Alianza Editorial, 1983), nos refiere sobre los aspectos mitográficos del poeta y del lenguaje mágico original. Y sor Juana es poetisa, caracterizada por el lenguaje y los símbolos. Uno y Trino, indica la Iglesia universal. Y el tres se revela perfectamente en este personaje que ahora nos congrega.

     La mujer, puntualiza Graves, se significa por las fases de la Luna: en cuarto creciente simboliza a la niña, la núbil, la virgen; la Luna llena o nueva de primavera representa a la mujer hecha y derecha. Finalmente en cuarto menguante refiere a la mujer enferma, a la anciana, a la muerte. Desde su nacimiento en Nepantla, el 12 de noviembre de 1648, hasta su ingreso al palacio, podemos signar a la doncella Juana Inés (Luna en cuarto creciente).

     De su noviciado y toma de hábitos en 1669 –que para las monjas significa desposarse con Cristo, luego entonces, simbólicamente, se metamorfosea en mujer- hasta la creación de su obra mayor, El sueño, o Primero sueño (escrito hacia 1685), representa a la Luna llena. Finalmente su descenso y caída por las dificultades teológicas ante las autoridades eclesiásticas, provocado por la publicación de la Carta Atenagórica por Fernández de Santa Cruz, el obispo de Puebla y su Respuesta a sor Filotea de la Cruz (1690), hasta su muerte en la madrugada del 17 de abril de 1695 se cumple la fase lunar última (cuarto menguante).

     Me apresuro a la precisión: una mujer de signos como fue sor Juana puede, y debe, observarse a través del símbolo femenino lunar, de la representación de la diosa, que tantos conflictos ha provocado a más de uno. Es válido, entonces, visualizar a la poetisa a partir de los mitos judeocristianos, puesto que sor Juana fue religiosa y padeció la represión clerical. Los mitos hebreos también son básicos en esta nueva lectura de sor Juana, y más si se enmarca en los festejos del Día Internacional de la Mujer. Otra tríada famosa se apunta con sor Juana: Lilith, Nahamá... y Eva, la madre de todos los vivientes. Y aquí me detendré un poco para dar paso a las premisas de mi lectura y revaloración de esta figura singular. Varón y hembra fueron los primeros padres de la humanidad. Sabemos por los mitógrafos que Adán (que significa “de Tierra”) y Lilith fueron puestos en el Jardín del Edén. Pero Lilith le reprochaba a Adán su dominio, su prevalencia, sostenía que si eran del mismo origen, ¿por qué ella tenía que yacer, siempre, debajo de Adán?, ¿por qué no se le permitía la otra postura?

     Por supuesto que Lilith es la primera hembra que tiene muy clara su condición de mujer. En el lenguaje actual diríamos que fue la primera “feminista”, puesto que mencionó el nombre mágico, secreto, de Dios y se esfumó. Algunos refieren que se fue a orillas del mar muerto, otros que al mar rojo; pero lo cierto es que de alguna manera se dio tiempo para cohabitar con los ángeles caídos de que nos habla El libro de Enock. Íncubos y súcubos fue su descendencia.

     Lilith es un nombre, una figura proscrita por las iglesias judeocristianas. Es “la nocturna”, la que aterroriza a los monjes y frailes de esas etapas oscuras del este mundo nuestro. La leyenda señala que por las noches los hombres que duermen solos son visitados por esta sombra, por eso tienen sueños húmedos. El hombre no debe estar solo, es una sentencia divina. Las mujeres solitarias también son perseguidas por los hijos de Lilith, quienes también las poseen. Con esto, que no señala Benítez, tenemos muy claro el pavor que tenían los pobres religiosos. Y más cuando sabemos que la toma de hábitos no era por vocación, sino una profesión como cualquier otra.

     Vuelvo al mito hebreo, que algunos lectores de la Cábala tienen muy claro. Adán no podía estar solo y los dioses, o Dios, para no seguir espantando a las conciencias persignadas, decidieron crear a otra esposa para el pobre Adán. Tomaron huesos, sangre, carne e hicieron a Nahamá, la segunda esposa de este señor. Nadie sabe qué ocurrió con esta dama, pero Adán la repudió, pese a la hermosura de la dama. Considero, y perdón por esta interpretación, que Nahamá es la mujer concreta, real, no la que encubre la libido, el deseo sexual como Lilith, o Eva, la que permite el acto institucional, dentro de lo que marcan los cánones sociales y religiosos.

     Para mí, la figura de Nahamá representa a la mujer de carne y hueso, no la “otra”, la que es posible disfrutar, o la esposa, la madre de nuestros hijos, con la que –ojo: estamos hablando de represión sexual- muchos no se atreven a explorar. Esta lectura mitográfica seguramente evitaría las infidelidades actuales. Retomo el mito conocido, la caída del hombre y su simbología.

     Eva, “la madre de todos los vivientes” es la aceptada por los cánones. Después de dormir a Adán y sacarle la costilla –algunos prefieren resaltar que fue la cola, por eso nos queda el huesillo del coxis- se crea a Eva. El ángel proscrito advierte la felicidad que existía en el Jardín del Edén y se presenta para tentar a esta mujer. La prohibición era significativa: nada del fruto del árbol de la vida ni del árbol del bien y del mal. Este ángel que se encuentra a la izquierda de los hombres la incita al conocimiento.

     Si deseas ser como los dioses, prueba del fruto, le indica malignamente. Y Eva, que desea el saber, acepta. La otra parte de la historia ya la sabemos. Adán observa que Eva ya no tiene el brillo, el aura original, puesto que el líquido que circulaba por sus venas se transforma en sangre, luego entonces ya es mortal, acepta del fruto para no quedarse solo. La caída del hombre simboliza los intentos de la Tierra por crear a la humanidad. Son tres las etapas para que se cree el hombre como lo conocemos. He aquí conciliados la parte científica con la mitológica. Si todos conociéramos este mito se acabarían las discusiones teologales.

     Bien, en la vida conventual de sor Juana se observan estas figuras: la libido natural (sabemos que Eros manifiesta la vida), representada por Lilith, acallada al tomar los hábitos, pero manifestada a través de los poemas amistosamente amorosos a las tres virreinas que la protegieron: Leonor Carreto, condesa de Paredes; María Luisa de Borbón, apellidada Manrique de Lara, marquesa de la Laguna, y en menor grado doña Elvira de Toledo, condesa de Galve.

     Como monja, estaba más allá de toda duda su amistad, sus requiebros amorosos. Octavio Paz puntualiza su parte asexuada al ser religiosa y mujer de letras (en esta confluencia advertiríamos la figura de Nahamá). Recordemos también que el saber estaba en manos de los clérigos, principalmente, y de los principales que acudían a la universidad. Como mujer de conocimiento sor Juana se identifica como Eva. La triada se completa.

     La primera mujer es tentada por el ángel caído, derrotado por las huestes divinas del arcángel Gabriel. El padre Antonio Nuñez de Miranda (1618-1693), el arzobispo Aguiar y Seijas y el obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz (¡otra vez tres!), resumen al ángel proscrito. Uno y trino, remarcamos para escándalo de muchos. Pero sor Juana es una mujer de signos, es Isis, señora de los símbolos. Y es válida esta interpretación.

     Octavio Paz se detiene en la parte literaria: romances, endechas, loas, sonetos, villancicos, autos sacramentales. Y además ofrece una lectura simbólica sobre El sueño. Paz acota el romance decasílabo dedicado a María Luisa, marquesa de Lara, y sus guiños eróticos, permitidos por la cortesía palaciega. Y aquí también es válido...