Miami
Estados Unidos
Año II

 Nº 11/12

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesores de Arte

Carlos Quevedo
Mauricio Saldarriaga

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


LA DAMA DE LA HABANA

por

Roberto Hernández Russi

 

     ¡Dios mío!  Cada día se marchita más, cada día es más triste, pero también cada día es más fuerte su deseo de vivir. Su espíritu no se doblega y  tras las arrugas aún vive el don de gran dama que no perderá jamás, esperando mejores tiempos.

     Así pensaba en voz alta Eduardo mientras contemplaba desde su balcón el paisaje “surrealista” como él lo llamaba; de la ciudad gris, triste, en penumbras en medio de un rojo atardecer que reinaba esplendoroso sobre el mar, pero que al llegar a la costa se esfumaba tragado por el estuco deteriorado de las paredes de edificios que disfrutaron tiempos de esplendor y que ahora languidecían junto a su eterno compañero, el océano. Como era su costumbre desde su época juvenil, Eduardo bajó las escaleras de la “pequeña cueva”, como calificaba con una buena dosis de humor negro a la habitación que le servía de dormitorio-estudio, donde mantenía sus más valiosos “tesoros”: una vieja máquina de escribir Underwood y una buena cantidad de libros apilados por doquier, para recorrer sin rumbo fijo las calles del casco antiguo de la ciudad que lo atraía noche a noche como un poderoso imán.

     Mientras sus pasos se encaminaban hacia la Plaza de Armas y sus pensamientos vagaban por otras dimensiones, escuchó unos gritos que salían de un grupo de personas que hablaban en voz alta y al que cada vez se unían más transeúntes curiosos. Como la curiosidad tiene un atractivo irresistible, Eduardo decidió sucumbir a ella y acercarse a los que en la esquina gesticulaban y señalaban a lo alto de un edificio.

     - ¿Qué pasó? - Preguntó a un mulato alto, fuerte, con una larga barba blanca.

     - ¡Compadre!  ¡Esa mujer se ha “tirao” de allá arriba! -Señalando hacia un balcón del edificio.

     Eduardo entonces se percató de que “esa mujer” estaba ahí, tirada en medio de la calle adoquinada con los ojos muy abiertos hacia el cielo estrellado. Esos ojos eran verdes, de un verde profundo y en su rostro se dibujaba algo parecido a una sonrisa, como si se sintiera la más feliz de los mortales después de lanzarse al vacío.

     Su piel era blanca, muy blanca y mostraba las huellas de sus setenta y tantos años (al menos así creía Eduardo). Pero lo que más le impactó fue el fuerte tinte rojo de su pelo, que en contraste con la piel, parecía envolver en fuego aquel rostro de grandes y hermosos ojos que ya miraban sin ver. Las sirenas se  escucharon en la estrecha calle de adoquines. Un auto patrulla seguido de una ambulancia se acercaban y un alma piadosa dejó caer sobre el cuerpo de la mujer una sabana raída.

     -Bueno, es hora de seguir- se dijo Eduardo continuando el camino-rutina de cada noche que lo llevó a pasar por la Plaza de Armas sin detenerse a tomar un aire en los bancos de la plazoleta, como hacía regularmente. Sin saber por qué, apresuró el paso hacia la Plaza de la Catedral y al llegar allí sintió un gran alivio, una calma interior que lo hizo acomodarse en los escalones de acceso  al templo.

    -¡Cuánta historia hay ante tí, mi socio!- pensaba, mientras sus ojos recorrían cada detalle de la plaza.

     -Aquí está el primer buzón de correos, tallado en la piedra y que se “tragaba” las cartas y digo se las tragaba porque la correspondencia se dejaba caer por una gran boca sonriente  que asemeja la cara de un payaso.

     -Más allá- continuó Eduardo con su monólogo interior- está lo que fuera estudio y vivienda del inmortal Víctor Manuel que llevó los elementos de este mestizaje afroeuropeo de nuestra cultura en sus lienzos a través del mundo. ¡Dichoso, tú, amigo Víctor, que pudiste vivir aquí, en esta plaza impregnado día a día de siglos de historia!

     ¡Vaya! Déjame saludar a mi amigo el mar -dijo en voz alta, casi sin darse cuenta, estirando sus brazos y reemprendiendo su camino hacia la cercana bahía, apenas a unos metros de la plaza. Al llegar a la bahía, se sentó en el malecón que bordea la avenida, mirando al mar. Mientras, a lo lejos, el faro del Castillo del Morro con sus destellos competía con las estrellas dejando un hilo de plata en las tranquilas aguas.

     -Si este mar hablara -se dijo Eduardo- ¡Cuántas cosas ha presenciado en silencio!

     -Por sus aguas navegaron las canoas de aquellos aborígenes (no indios, esos están en la India, caramba) en su trasiego de isla en isla. Después  lo hicieron los navegantes europeos con sus grandes veleros que dejaron atónitos a Tainos y Siboneyes por igual.

     ¡Pobres antepasados! !Quién les iba a decir que con esas imponentes naves llegaría también su propia extinción!

     Y también en esas naves -se dijo Eduardo- llegaron a estas tierras , del lejano continente africano, miles y miles de seres humanos encadenados como bestias para laborar como esclavos bajo el látigo y levantando con su sudor y sus vidas las fortunas de muchas “respetables” familias blancas, pero creando también un mestizaje cultural único en el mundo que aunque aún a muchos les moleste, llegó para quedarse y esta ahí en todas partes: en la música, en la zandunga de las mulatas, en el cuero de los tambores y en las casas de vecindad (nombre aristocrático del popular solar).

     Por este mar también llegaron filibusteros, piratas y hasta una flota inglesa. Porque por un corto tiempo fuimos algo así como “súbditos de su majestad”. Eduardo se echó a reír y decidió volver a la cercana plaza antes de terminar su recorrido nocturno. Mientras caminaba pensando en historias pasadas, vió de pronto una luz  brillante que encandiló sus ojos, acompañada del agudo chirriar de unos frenos. Después todo fue oscuridad por breves momentos y sintió como si flotara en el espacio. Sus ojos se abrieron y más abajo pudo ver su cuerpo tirado en la calle junto a un automóvil y gente que corría hacia allí, mientras el conductor del vehículo se llevaba las manos a la cabeza y gritaba: ¡Coño!  ¡Este tipo está loco! ¡Me jodió la noche!

     Mirando todo aquello, Eduardo se río a carcajadas, sintiéndose feliz por primera vez en mucho tiempo. Sus ojos recorrieron cada una de las estrellas que brillaban ahora con mas intensidad y de pronto una mano tomó la suya… Era la dama del pelo rojo, la piel blanca y los ojos verdes que  con una sonrisa en sus labios lo invitaba en silencio a dar un paseo, tomados de la mano, como cuando era niño y su madre lo llevaba al parque.

Roberto Hernández-Russi  nació en Matanzas, Cuba (1948). Reside en Miami, Florida desde 1980.  En Cuba escribió para la radio en el Instituto Cubano de Radio y Televisión. También produjo programas educacionales y musicales. En los Estados Unidos ha colaborado en diferentes publicaciones, entre ellas las revistas Marie Claire, el semanario Vista Magazine y el Nuevo Herald. Trabaja actualmente en televisión para la cadena Univision Network, Inc. como Asistente de Dirección del popular programa CRISTINA.