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¡Dios
mío! Cada día se
marchita más, cada día es más triste, pero también cada día es
más fuerte su deseo de vivir. Su espíritu no se doblega y
tras las arrugas aún vive el don de gran dama que no perderá
jamás, esperando mejores tiempos.
Así
pensaba en voz alta Eduardo mientras contemplaba desde su balcón el
paisaje “surrealista” como él lo llamaba; de la ciudad gris,
triste, en penumbras en medio de un rojo atardecer que reinaba
esplendoroso sobre el mar, pero que al llegar a la costa se esfumaba
tragado por el estuco deteriorado de las paredes de edificios que
disfrutaron tiempos de esplendor y que ahora languidecían junto a
su eterno compañero, el océano. Como era su costumbre desde su época
juvenil, Eduardo bajó las escaleras de la “pequeña cueva”,
como calificaba con una buena dosis de humor negro a la habitación
que le servía de dormitorio-estudio, donde mantenía sus más
valiosos “tesoros”: una vieja máquina de escribir Underwood y
una buena cantidad de libros apilados por doquier, para recorrer sin
rumbo fijo las calles del casco antiguo de la ciudad que lo atraía
noche a noche como un poderoso imán.
Mientras
sus pasos se encaminaban hacia la Plaza de Armas y sus pensamientos
vagaban por otras dimensiones, escuchó unos gritos que salían de
un grupo de personas que hablaban en voz alta y al que cada vez se
unían más transeúntes curiosos. Como la curiosidad tiene un
atractivo irresistible, Eduardo decidió sucumbir a ella y acercarse
a los que en la esquina gesticulaban y señalaban a lo alto de un
edificio.
- ¿Qué pasó? - Preguntó a un mulato alto, fuerte, con una
larga barba blanca.
- ¡Compadre! ¡Esa
mujer se ha “tirao” de allá arriba! -Señalando hacia un balcón
del edificio.
Eduardo entonces se percató de que “esa mujer” estaba ahí,
tirada en medio de la calle adoquinada con los ojos muy abiertos
hacia el cielo estrellado. Esos ojos eran verdes, de un verde
profundo y en su rostro se dibujaba algo parecido a una sonrisa,
como si se sintiera la más feliz de los mortales después de
lanzarse al vacío.
Su piel era blanca, muy blanca y mostraba las huellas de sus
setenta y tantos años (al menos así creía Eduardo). Pero lo que más
le impactó fue el fuerte tinte rojo de su pelo, que en contraste
con la piel, parecía envolver en fuego aquel rostro de grandes y
hermosos ojos que ya miraban sin ver. Las sirenas se
escucharon en la estrecha calle de adoquines. Un auto
patrulla seguido de una ambulancia se acercaban y un alma piadosa
dejó caer sobre el cuerpo de la mujer una sabana raída.
-Bueno, es hora de seguir- se dijo Eduardo continuando el
camino-rutina de cada noche que lo llevó a pasar por la Plaza de
Armas sin detenerse a tomar un aire en los bancos de la plazoleta,
como hacía regularmente. Sin saber por qué, apresuró el paso
hacia la Plaza de la Catedral y al llegar allí sintió un gran
alivio, una calma interior que lo hizo acomodarse en los escalones
de acceso al templo.
-¡Cuánta historia hay ante tí, mi socio!- pensaba,
mientras sus ojos recorrían cada detalle de la plaza.
-Aquí está el primer buzón de correos, tallado en la
piedra y que se “tragaba” las cartas y digo se las tragaba
porque la correspondencia se dejaba caer por una gran boca sonriente
que asemeja la cara de un payaso.
-Más allá- continuó Eduardo con su monólogo interior- está
lo que fuera estudio y vivienda del inmortal Víctor Manuel que llevó
los elementos de este mestizaje afroeuropeo de nuestra cultura en
sus lienzos a través del mundo. ¡Dichoso, tú, amigo Víctor, que
pudiste vivir aquí, en esta plaza impregnado día a día de siglos
de historia!
¡Vaya! Déjame saludar a mi amigo el mar -dijo en voz alta,
casi sin darse cuenta, estirando sus brazos y reemprendiendo su
camino hacia la cercana bahía, apenas a unos metros de la plaza. Al
llegar a la bahía, se sentó en el malecón que bordea la avenida,
mirando al mar. Mientras, a lo lejos, el faro del Castillo del Morro
con sus destellos competía con las estrellas dejando un hilo de
plata en las tranquilas aguas.
-Si este mar hablara -se dijo Eduardo- ¡Cuántas cosas ha
presenciado en silencio!
-Por sus aguas navegaron las canoas de aquellos aborígenes
(no indios, esos están en la India, caramba) en su trasiego de isla
en isla. Después lo
hicieron los navegantes europeos con sus grandes veleros que dejaron
atónitos a Tainos y Siboneyes por igual.
¡Pobres antepasados! !Quién les iba a decir que con esas
imponentes naves llegaría también su propia extinción!
Y también en esas naves -se dijo Eduardo-
llegaron a estas tierras , del lejano continente africano, miles y
miles de seres humanos encadenados como bestias para laborar como
esclavos bajo el látigo y levantando con su sudor y sus vidas las
fortunas de muchas “respetables” familias blancas, pero creando
también un mestizaje cultural único en el mundo que aunque aún a
muchos les moleste, llegó para quedarse y esta ahí en todas partes:
en la música, en la zandunga de las mulatas, en el cuero de los
tambores y en las casas de vecindad (nombre aristocrático del
popular solar).
Por
este mar también llegaron filibusteros, piratas y hasta una flota
inglesa. Porque por un corto tiempo fuimos algo así como “súbditos
de su majestad”. Eduardo se echó a reír y decidió volver a la
cercana plaza antes de terminar su recorrido nocturno. Mientras
caminaba pensando en historias pasadas, vió de pronto una luz
brillante que encandiló sus ojos, acompañada del agudo
chirriar de unos frenos. Después todo fue oscuridad por breves
momentos y sintió como si flotara en el espacio. Sus ojos se
abrieron y más abajo pudo ver su cuerpo tirado en la calle junto a
un automóvil y gente que corría hacia allí, mientras el conductor
del vehículo se llevaba las manos a la cabeza y gritaba: ¡Coño!
¡Este tipo está loco! ¡Me jodió la noche!
Mirando todo aquello, Eduardo se río a carcajadas, sintiéndose
feliz por primera vez en mucho tiempo. Sus ojos recorrieron cada una
de las estrellas que brillaban ahora con mas intensidad y de pronto
una mano tomó la suya… Era la dama del pelo rojo, la piel blanca
y los ojos verdes que con
una sonrisa en sus labios lo invitaba en silencio a dar un paseo,
tomados de la mano, como cuando era niño y su madre lo llevaba al
parque.
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