|
A
la sombra de la enramada, hacia el centro del patio, estaba la
vieja fuente. La coronaba un niño alado y regordete cuyas
extremidades inferiores terminaban en cola de pez.
La placidez dominaba su expresión.
La mano derecha blandía una varita, ahora crecida de
musgos, por donde fluía el agua.
Una puerta se abrió de golpe, y por ella irrumpieron
dos pequeñines. La
paz del lugar se quebró con la algarabía de sus saltos y
carreras. Con
gran denuedo comenzaron a perseguir los pájaros que
chirriaban al frescor de la fuente o que picoteaban frutas
entre los árboles.
--Con
cuidado chicos, tranquilos--gritó una señora desde la puerta.--
Van a jugar un rato y después entran para que los bañe.
Eso sí, --insistió,-- no se acerquen a la fuente
porque se pueden caer y es profunda.
Bastantes desgracias ya he tenido yo en mi vida. La
mujer desapareció y la puerta se cerró tras ella.
En el reducido interior las paredes y las losetas del
piso se confundían en un blanco marmóreo. El eco de sus pasos retumbaba en el ámbito hueco de la
estructura. Entre
los escasos adornos resaltaba un Calvario, seguramente alemán,
donde un Cristo retorcido agonizaba en silencio flanqueado por
dos ladrones que expiraban entre atroces alaridos.
La mujer miró la pintura de reojo y comenzó a
preparar el baño de los pequeños.
II
Isolina era todavía joven.
Vivía sola en la casa desde la muerte de su marido.
Se habían conocido en Nueva York, donde aún permanecían
su madre y su hermana. Cuando decidió casarse con Ricardo determinaron radicarse en
el Sur del país porque preferían la calidez del clima y el
verdor del paisaje. Todo allí les recordaba la tierra que habían
tenido que abandonar. A Isolina nunca le había gustado el
Norte. Los
primeros tiempos fueron agobiantes.
Los inviernos interminables y sombríos le secaban el
espíritu. El pequeño departamento era una cárcel que la
asfixiaba. Extrañaba
mucho a su padre y demás familiares que habían quedado detrás
forzosamente. Tampoco
podía olvidar el caserón solariego y el gran patio donde
jugaba de niña. Su
hermana, sin embargo, se había adaptado a los bruscos cambios
con relativa facilidad.
Isolina había sido una niña buena e inteligente,
aunque a veces se la veía ensimismada. Por otra parte, su terquedad podía ser abismal: cuando una
idea se le metía en la cabeza, resultaba muy difícil
disuadirla. Entre los episodios de su rebeldía infantil
resaltaba el de un verano, cuando Isolina tendría apenas unos
diez años. ¡Cuántas
veces, a hurtadillas, se había comentado aquel incidente
entre los familiares! Pues
bien, resulta que las dos hermanas habían ido a pasar las
vacaciones a casa de sus abuelos, en uno de los pueblos aledaños.
Todo fue mimos, golosinas y libertad.
Cuando el nuevo curso escolar se acercaba y su madre
envió por ellas, la negativa de la niña a regresar fue
rotunda. Los
abuelos trataron de convencerla sin éxito.
Después de varias estratagemas, fallidas todas, al
chofer no le quedó más remedio que emprender el camino de
vuelta con sólo la hermana de Isolina. Su madre decidió entonces ir a buscarla ella misma en
persona. Pero ni
las súplicas ni los razonamientos ni las amenazas daban
resultado: Isolina
no cedía. Al
fin, cuando esa noche se quedó dormida, su madre aprovechó
para meterla cargada en el automóvil.
Durante el viaje de regreso, el desconcierto se iba
apoderando de la señora, que repasaba, una y otra vez, la
actuación de su hija: ¿tendría ella la culpa?, ¿hasta dónde
podría llegar todo esto?.
Su hermana era tan distinta.
¿Habría su hija visto malos ejemplos en el hogar?
O tal vez cada ser humano es como es, como nace, y no
hay fuerza en el mundo capaz de hacerlo cambiar.
Y mientras el auto se adentraba en la noche, la
agobiada señora discurría con la niña en brazos. Pero, ¿era
justificada su aprensión?.
¿No lo habría tomado otro en su lugar como algo
transitorio?. ¡Qué niño no se comporta del mismo modo
cuando se siente mimado por los abuelos en el ambiente mágico
de la niñez! Además, para qué preocuparse tanto, ¿no es
también cierto que el comportamiento infantil suele cambiar
cuando al pasar el tiempo llega la madurez?
III
Cuando Isolina le comunicó a su madre sus planes de
casarse con Ricardo y mudarse al Sur, a la madre se le
ensombreció el semblante:
--Pero
hija, ¿qué va a ser de la familia? ¿Más divisiones y
soledad, unos por acá y otros por allá?
¿Cómo te vas a ir y dejarnos solas?
Yo no me opongo a tu matrimonio.
Ricardo es un buen chico y te quiere.
Cásate, pero quédate aquí con nosotras, aunque sea
por un tiempo.
--No
mamá, lo siento, no puedo complacerte.
Ya está decidido.
Sabes que detesto vivir aquí.
No, no puedo quedarme, terminaría volviéndome loca en
este lugar. ¿Por qué no vienen ustedes también, dentro de un tiempo,
después que nosotros nos asentemos allá?
Así estaremos todos juntos.
--No
piensas en la familia, Isolina.
Esto no es más que una terquedad tuya. A mí no me
gustan los cambios, ¡los detesto!--replicó la señora
alzando la voz.
--No
podemos andar como gitanos de un lugar para otro.
Isolina
insistió en que se reunieran con ella y su esposo más
adelante. Les
habló de las ventajas de vivir en el Sur, del clima, de la
tranquilidad, de lo parecido que era a su país.
Pero la madre le reiteró que nunca la seguiría, que
no iba a mudarse otra vez, como lo había hecho, por imperiosa
necesidad, hacía sólo unos años.
La hermana de Isolina rehuyó las miradas que urgían
su apoyo y se retiró al dormitorio.
--Yo
no le temo ni a la vida ni a los cambios, mamá. No puedo
vivir en este lugar --insistió Isolina. --No quiero sentirme
miserable todos los días de mi existencia.
Hay muchas oportunidades que explorar, soy joven,
quiero un mejor futuro. Me mudaré aunque tenga que irme sin ustedes.
--Haz
lo que quieras Isolina. Ya eres una mujer hecha y derecha.
Pero tendrás que atenerte a las consecuencias.
Yo tampoco voy a cambiar de opinión.
Me quedaré aquí hasta que podamos regresar a nuestra
patria. Entiéndelo de una vez. Dos meses más tarde, la joven
se casaba en una ceremonia desolada y abandonaba la gran
capital con su flamante esposo.
IV
Isolina se sentía a gusto en su casa del Sur.
El verde interminable y el azul inmenso la hacían
feliz. El patio
era amplio y le recordaba mucho al de su antigua casa, donde
de niña jugaba a ser la madre que cuidaba con esmero a sus muñecas.
Los esposos se iban compenetrando con rapidez: sólo contaban
el uno con el otro. Sin
embargo, como eran nuevos en el lugar y trabajan largas horas,
les resultaba difícil poder cultivar nuevas amistades.
A pesar de que Isolina no albergaba dudas sobre su
decisión de vivir en el Sur, no dejaba por eso de sentir la
ausencia de sus seres más queridos.
No obstante la negativa de su madre, la joven aún
albergaba la esperanza de que un día fueran a reunirse con
ella en el Sur. Después
de unos meses volvió a abordar el tema, pero ni sus lágrimas
ni razonamientos lograban ablandar el corazón de su madre:
su voluntad era inconmovible.
Al parecer la señora había llegado a una decisión
irrevocable y, aunque su hija le reiterara las ventajas de
vivir juntas en el Sur, nada lograba hacerla cambiar de opinión.
Una pared fría e invisible comenzó a separarlas desde
aquel momento. El tiempo fue pasando e Isolina tuvo que
acostumbrarse a la idea de vivir sin su familia. Fue por ese
tiempo que Ricardo comenzó a sentirse mal.
Al principio no parecía nada grave, a veces
dificultades al respirar. Un día sintió calambres en un brazo. El proceso no fue largo.
Cuando lo enterraron, a los treinta y cinco años de
edad, casi cuatro años después de su matrimonio, la joven
quedó devastada. La madre y la hermana asistieron a los
funerales. En
medio de su tragedia, Isolina se sintió algo reconfortada con
la presencia de su familia.
Sintió que renacía una esperanza:
tal vez ahora su madre se quedaría a vivir con ella.
A los pocos días, sin embargo, se despidieron.
Debían volver a sus trabajos, dijeron, y se marcharon
dejando a la joven viuda en el más absoluto abandono.
Sólo sus pasos resonantes, y los retozos de los
chiquitines, interrumpían el ambiente críptico de aquella
casa. La catástrofe de la repentina viudez, añadida a la
separación familiar, hicieron que la joven comenzara a
enmudecer. Las
sombras invadían paulatinamente la diafanidad de sus paisajes,
antes llenos de luz y color.
Apenas salía. Su mundo se limitaba ahora a los entornos de su morada y a
velar por el bienestar de los pequeños que, según presentía
ella, extrañaban mucho a Ricardo.
V
Ya hacía un buen rato que los había dejado salir.
A través de la ventana Isolina vigilaba sus juegos en
aquel patio que tanto disfrutaban.
El baño estaba listo.
Se asomó a la puerta y los llamó:
--Entren
ya; vamos, vamos,
ahora. Miren como
se han puesto --. Pero ellos, en su retozo, continuaron
tratando de alcanzar las mariposas que revoloteaban en el
jazminero, espantando los pájaros que saciaban su sed en la
fuente. Como los
pequeños no vinieran a su llamado, Isolina tuvo por fin que
salir a buscarlos:
--Nunca
vienen cuando los llamo a bañarse.
¿No les gusta el baño?
Eso es, ya lo sé, quieren seguir jugando.
Todos son iguales.
A ver tu Ricky, ven entra.
¡Ah! te agarré, bribón.
Y tú, Issie, que eres más obediente, ven, sígueme
--. La expresión de Ricky delataba su descontento:
sus ojos redondos se abrían de terror mientras el agua
le caía por la melena y las orejas. Se ponía rígido, pero las palabras de Isolina lo volvían a
calmar. Ya seco, aunque con el pelo enmarañado, Isolina lo
puso en el corralito y se dispuso a bañar a Issie, que
sentada en el suelo hacía chillar, una y otra vez, una de sus
muñequitas. Issie
no temía tanto el baño como Ricky, pero al igual que aquél,
perdía la compostura cuando Isolina le vertía agua sobre
la cabeza.
Ya
bañados y secos, ambos se durmieron en el corralito. Un silencio sepulcral invadió el lugar. La luz del mediodía reverberaba en la blancura de las
paredes y enajenaba el ambiente.
Isolina fue hasta la ventana a contemplar su querido
patio. A través de los barrotes su mirada se extravió en el
bochorno de la tarde. Cuando
volvió el rostro para observar el sueño de los pequeños, su
mirada chocó con la pintura del Calvario.
Al punto escuchó los alaridos de los crucificados
resonando de una pared en otra. Aterrada, la mujer se tapó
los oídos con las manos y volvió el rostro hacia el patio.
Permaneció así unos instantes, la cara apretada a los
barrotes.
Cuando
los alaridos cesaron, el silencio habitual volvió a
apoderarse del lugar. Al poco rato, los pequeños despertaron
con gran energía. Isolina fue hasta el corral, los besó maternalmente y los
puso en el suelo. Aunque
no le gustaba mucho, a veces también los dejaba salir al
patio por la tarde. Ante la insistencia de los pequeñines, les aclaró:
--Bueno,
de acuerdo, vayan a jugar un ratico más.
Tomen, aquí están las pelotas, pero no se ensucien ni
abran huecos, que ya están bañados.
Y como les tengo dicho, no se acerquen a la fuente, que
se pueden caer y es profunda.--
Cuando Isolina les abrió la puerta, los pequeños,
después de mirarla con tierna gratitud, se alejaron a toda
carrera.
Isolina
volvió a su lugar en la ventana. En ese instante un rayo de
luz restalló sobre la húmeda estatua de la fuente. La
distorsión del resplandor pareció transformar la plácida
cara del niño pez: en sus labios ahora se dibujaba un rictus pérfido.
Por un instante, la varita chorreante vibró con los
destellos del sol. Un
escalofrío recorrió el cuerpo de la viuda. Ansiosa, Isolina
buscó con la mirada a los pequeñines.
Habían corrido con sus pelotas hacia la vieja fuente,
en el centro del patio. Y
bajo la sombra de la enramada vio con ternura, cómo ambos,
felices, ladraban y movían las colas mientras perseguían las
piruetas de las mariposas y los trinos de los pájaros.
René
C. Izquierdo
nació
en La Habana, Cuba (1943). Narrador y
ensayista. Es profesor
de español en el Miami Dade Community College (Kendall Campus) en
la ciudad de Miami. Cursó estudios de arte y literatura en Queens
College, C.U.N.Y., New York, donde obtuvo su B.A. y M.A. Culminó
sus estudios en el Centro de Graduados de C.U.N.Y. donde recibió su
doctorado. Su tesis doctoral “Anacaona” de Salomé Ureña de
Henríquez, poema épico sobre la conquista de América, se publicará
próximamente.
 |