Miami
Estados Unidos
Año II

 Nº 11/12

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesores de Arte

Carlos Quevedo
Mauricio Saldarriaga

 


LOS PILARES DE DOÑA BLANCA

por

Beatriz Salcedo-Strumpf

 
     ¿Por qué me habían fallado los condones y espermaticidas? Con frecuencia penetraba en mí esta pregunta. ¿Qué le ocurría a quienes no usaban anticonceptivos, a las chicas sin educación sexual, a las criadas de mi casa, a las ignorantes? pero a mí, ¿por qué yo? No y no, me lo repetía con insistencia.

  Doña Blanca está cubierta de pilares

     Por primera vez era la persona que soñé ser: me encontraba becada trabajando en mi maestría en Estados Unidos. Renté y amueblé un departamento. Mi cariñosa gata tricolor, Mapache,  me acompañaba en mis lecturas nocturnas ronroneando con mimosidad. Y lo mejor de todo, sentía un gran alivio haber escapado del espacio opresivo de mi madre.

     Apenas  era mi primer semestre y ya me había acostumbrado un poco a mi rutina ajetreada, al frío nórdico, a caminar veinticinco cuadras diarias  por la falta de auto,  para ahorrar un poco también y para olvidarme por un tiempo de la comida mexicana. David decidió visitarme en las vacaciones navideñas. Él estaba por finalizar sus estudios de física en una universidad de Nueva York. Hacía más de un año que salíamos y por cuestiones del destino, él tuvo que ir a la ciudad de los rascacielos y yo a Milwaukee, la ciudad cervecera. Aunque sólo solíamos vernos cada trimestre nuestra  relación funcionaba. Tanto él como yo podíamos dedicarnos con ahínco a nuestros estudios y en el tiempo libre gozábamos plenamente nuestros encuentros.

     Después de su placentera visita trimestral, tuve que retornar a mi rutina diaria. De pronto, uno de esos días, me di cuenta que mi periodo mestrual no llegaba. Pensé que era un retraso, un desarreglo por tantas emociones recientes debida a la visita de David. Me empecé a preocupar al sentir unas náuseas inexplicables cada mañana. Entonces  frecuenté el jogging, la natación, brinqué soga, levanté pesas  mientras me acompañaba   la música de Joan Manuel Serrat para calmar un poco mi ansiedad e incertidumbre. Traté de ponerme a dieta al descubrir mi abdomen inflamado, pero mi regla no acudía ni mi estómago se aplanaba. Nunca antes había imaginado tanto ese líquido rojo corriendo entre mis piernas.

  Doña Blanca está cubierta de pilares de oro y plata

 
    Ahora sí que cada cinco minutos le rogaba a Dios aquello que antes se creía que era un castigo; yo lo hubiera recibido como una bendición. Después de cada sesión de ejercicio corría al inodoro en espera de descubrir una pequeña  mancha de sangre. Todo era en vano. Parecían mis pantalones de mezclilla que me los tenía que poner con un calzador.


  Doña Blanca está cubierta de pilares de oro y plata
  Abriremos un pilar para ver a Doña Blanca

Entonces, decidí comunicárselo a David. Su respuesta me dejó boquiabierta:

- Have an abortion and I will send you the money today. ( Ten un aborto y te mando hoy mismo el dinero). Me dijo. – Keep your money. I don’t want to hear from you anymore. (Guárdate tu dinero. No quiero saber más de ti ) Colgué.

     Nunca pudo entender mi decisión ni yo la suya.
 

     Ahora me puedo imaginar cómo se sintió Jesús con su cruz a cuestas con su corona de espinas. Sentí una rabia en contra de David y nunca más quise saber de él. No pude postergar en mi mente el funeral de aquel a quien tanto amé.
    

     Al fin decidí comentárselo a Karen, la chica con quien compartía mi departamento. Ella hacía una maestría en francés en la misma universidad que yo. Al confesarle sobre mi indeseado embarazo, ella mostró una actitud de solidaridad y me dijo que cualquier decisión que tomara, ella la respetaría y me daría apoyo, aunque me sugirió también que podía darlo (la) en adopción, que si acaso decidiera,  ella me ayudaría a cuidarlo(a).

  Doña Blanca está cubierta de pilares de oro y plata
  Abriremos un pilar para ver a Doña Blanca
  ¿Quién es ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca?

     Lo último que me quedaba por hacer era verificar mi embarazo. Hice la cita en la clínica de la universidad. Llegó la enfermera, una joven de sonrisa agradable, me preguntó que si deseaba esperar por los resultados. Era obvia mi incertidumbre. Fueron los diez minutos más largos, de la misma manera las últimas bocanadas que un náufrago da en medio del océano. Esta era la única esperanza que me quedaba. Al verla tan sonriente , pensé por un instante que me traía buenas noticias, al momento que comenzó a hablar: . - serás buena madre, serás muy buena madre.- Lo afirmaba con agrado evidente. Yo sentía que la cabeza me iba a estallar y las palabras de la enfermera se repetían en mi cerebro como unos tambores de guerra.

     Abandoné la clínica sintiéndome como zombi. Ni siquiera sentía los copos de nieve que caían sobre mi rostro, ni el fuerte viento que enredaba mi cabello largo. Me preguntaba incesantemente: ¿qué voy a hacer ahora Dios mío? Me increpaba a mí misma durante el trayecto al departamento, a la vez que estudiaba meticulosamente cada una de las opciones.

  Doña Blanca está cubierta de pilares de oro y plata
  Abriremos un pilar para ver a Doña Blanca
  ¿Quién es ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca?

     Por un lado era mejor que me encontrara fuera de mi país. Si esto hubiera ocurrido allí, habría sido peor. Mis padres jamás me perdonarían esta deshonra en la familia. Y mi única alternativa sería aguantar a mis padres y mi embarazo. O tal vez viviendo en México no se los hubiera comunicado y entonces quizás viniera al norte a tener un aborto legal. Bueno, pero la realidad es que me encuentro sola, preñada, becada con una beca mediocre, con dificultades económicas, sin David; y el tiempo se me acorta para tener un aborto ‘seguro’. Me decía con terquedad: “María Luisa, cómo vas a poder tomar tres clases en la universidad, enseñar dos y cuidar a un bebé. Más bien, ¿quién te lo va cuidar? y aunque así fuera, con qué le vas a pagar a la ‘baby sitter’, los gastos de los pañales, de la leche, de la ropita, las consultas del pediatra y otros gastos que de seguro saldrán. ¿Y si la universidad me quitara la beca al enterarse de mi estado? Me quedaré como el perro de las dos tortas: sin beca, con un bebé y de retacho a mi país con la cola entre las patas.

     Karen me insiste mucho en que lo dé en adopción. Yo creo intuir que al ver al infante, me sería imposible separarme de él. Parece demasiado egoísta de mi parte. Me siento tan abrumada. Pienso en mis principios religiosos, los que me hacen sentir tan culpable. ¿Cómo chingados no puedo decidir sobre mi cuerpo? No es que no piense  en la vida del pequeño o pequeña que crece dentro de mis entrañas minuto a minuto. Y pienso que él o ella tiene todo el derecho a vivir. Me la pasé torturándome por tres largos meses. Por primera vez pensé sólo en mí: tomé la  decisión de abortar.

  ¿Quién es ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca?
  Yo soy ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca
  Abriremos un pilar para ver a Doña Blanca
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     Pensé que iba a despertar muy pronto de esta horrible pesadilla, pero no fue así. Por fin, exhausta de imaginar cientos de opciones, hice la cita en la clínica. Karen se ofreció a acompañarme. Ambas tomamos el autobús, y ya sentadas, intercambiamos miradas sin premeditarlo. Sentí la inutilidad de las palabras, ella de seguro sentía mi soledad, mi tristeza, mi culpabilidad como propias. Mutuamente nos ofrendábamos el silencio como una ofrenda de una muerte anunciada.

      Llegamos a un consultorio pequeño, austero y con un fuerte olor a formol. Esta clase de clínicas se especializaban en practicar abortos. Con frecuencia se asomaban la enfermera y un doctor hindú a la sala de espera, en la que esperaban algunas chicas; al igual que yo aguardaban su turno al matadero. O tal vez su impaciencia fuera la de  liberarse de esa minúscula vida que se apoderaba de su organismo. Sus semblantes compungidos me produjeron escalofrío y miedo. Karen trataba de darme valor, pero cuando llegó mi turno intenté abandonar aquel sitio; pero ya era demasiado tarde. Me sentí como una oveja que sabe que va a ser sacrificada. De pronto la enfermera de uniforme blanco, me tomó del brazo con delicadeza y me llevó a un cuarto   sombrío. Me pidió que me despojara de mi ropa y me pusiera una bata enorme que me hacía parecer como si fuera payasa de circo. El doctor hindú me ofreció una risa falsa y fingida y añadió:

  ¿Quién es ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca
  Yo soy ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca

- No te dolerá. En cuestión de segundos estarás libre.

     Yo permanecí inmóvil como una estatua. Me dijo que me pusiera cómoda y abriera las piernas. De pronto, sentí un torbellino con ruido de aspiradora y el procedimiento finalizó. No pude evitar el llanto y les pedí que llamaran a Karen. Ella, al verme con una palidez extrema, me dio un fuerte abrazo. Abandonamos el lugar, el silencio nos acompañó de nuevo. Yo no sentí ni el viento que me azotaba ni la  nieve que me humedecía el rostro. Pasamos por un café y nos metimos para mitigar un poco el dolor de esta última muerte mía. Karen  me preguntó casi en secreto:

-  How are you feeling, María Luisa? (¿Cómo te sientes María Luisa?)
 

-  I have so many mixed feelings, Karen On one side, the rigidity of my obsessive education, ‘my strict morals’ they betray me leaving me feeling guilty. On the other side, I feel so relieved  (Son tantas sensaciones y emociones las que me embargan). Por un lado, la rigidez de mi formación obsesiva, ‘mis buenas morales’ me traicionan sintiéndome culpable, y por otro, me siento liberada de mi preñez y un gran alivio. Es una ambivalencia de emociones inexplicables.

Al fin, podía pensar de nuevo en mis estudios y eligir con más cuidado mis anticonceptivos y pareja.

   

     Maldita manía la mía de permitir que la culpa me abra de nuevo las piernas y me penetre y preñe de preguntas que no podré responder nunca. Al diablo mi formación moral tan castrante, al diablo al amor por los siglos de los siglos, a la mierda mis obsesiones. Debería haber sentido gran alivio que me arrancaran de las entrañas lo que me hubiera impedido continuar mis estudios. Traigo un altercado de sentimientos que chocan entre sí. A la mierda Doña Blanca con sus pilares erigidos por la culpa. Desde hoy debo cambiarme de nombre: ni María Luisa ni Blanca. Sí, también David, al igual que el jicotillo, andan tras algo que no existe. En este caso la muerte anda en pos de la muerte. Qué estúpida, no le deje comida a mi gata Mapache. Espero que esta vez  no vuelva a desenclavar al cristo de la sala. Pobre de mi gatita, ella sabe que las coronas de espinas y las cruces no son para los felinos sino para las mujeres. Me gustaría formar una asociación para aconsejarlas por si no saben de anticonceptivos, espermaticidas, culpas, condones, muertes, errores, depresión, desilusión, aborto, amor. Maldita manera la mía de enmudecer en esta cafetería tan frecuentada por mí, tan familiar, sin embargo hoy tan distinta. No encuentro un nombre ni un apellido que ponerme……”

- 
María Luisa, I’m talking to you, are you alright? (María Luisa, te estoy hablando, ¿te sientes bien?)
 

     “¿María Luisa? ¿Blanca? ¿David? ¿Jicotillo? ¿Pilares?

 

culpa………. culpa………… Mierda, de nuevo con estas obsesiones. Maldita manía la mía de abrirle las piernas a esta mi última culpa. No puedo creer que haya estado embarazada. Tal vez no fue cierto.”
 

     María Luisa, you are very pale. Do you want to leave?

     ( María Luisa, estás muy pálida. ¿Quieres que nos vayamos?)
     Yes, let’s go. (Sí, vámonos)

 

Beatríz Salcedo-Strumpf nació en San Luis Potosí, México (1954). Radica en los Estados Unidos desde 1980. Narradora y profesora de Español y Literatura Latinoamericana en Williams & Smith Colleges en Geneve, New York. Sus cuentos y narraciones tratan en su mayoría sobre asuntos de mujeres. Su primera novela: CORREO ELECTRÓNICO PARA AMANTES nos brinda un tema novedoso dentro la escritura femenina latinoamericana.