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¿Por
qué me habían fallado los condones y espermaticidas? Con
frecuencia penetraba en mí esta pregunta. ¿Qué le ocurría a
quienes no usaban anticonceptivos, a las chicas sin educación
sexual, a las criadas de mi casa, a las ignorantes? pero a mí, ¿por
qué yo? No y no, me lo repetía con insistencia.
Doña
Blanca está cubierta de pilares
Por primera vez era la persona que soñé ser: me encontraba
becada trabajando en mi maestría en Estados Unidos. Renté y amueblé
un departamento. Mi cariñosa gata tricolor, Mapache,
me acompañaba en mis lecturas nocturnas ronroneando con
mimosidad. Y lo mejor de todo, sentía un gran alivio haber escapado
del espacio opresivo de mi madre.
Apenas
era mi primer semestre y ya me había acostumbrado un poco a
mi rutina ajetreada, al frío nórdico, a caminar veinticinco
cuadras diarias por la
falta de auto, para
ahorrar un poco también y para olvidarme por un tiempo de la comida
mexicana. David decidió visitarme en las vacaciones navideñas. Él
estaba por finalizar sus estudios de física en una universidad de
Nueva York. Hacía más de un año que salíamos y por cuestiones
del destino, él tuvo que ir a la ciudad de los rascacielos y yo a
Milwaukee, la ciudad cervecera. Aunque sólo solíamos vernos cada
trimestre nuestra relación
funcionaba. Tanto él como yo podíamos dedicarnos con ahínco a
nuestros estudios y en el tiempo libre gozábamos plenamente
nuestros encuentros.
Después
de su placentera visita trimestral, tuve que retornar a mi rutina
diaria. De pronto, uno de esos días, me di cuenta que mi periodo
mestrual no llegaba. Pensé que era un retraso, un desarreglo por
tantas emociones recientes debida a la visita de David. Me empecé a
preocupar al sentir unas náuseas inexplicables cada mañana.
Entonces frecuenté el
jogging, la natación, brinqué soga, levanté pesas
mientras me acompañaba
la música de Joan Manuel Serrat para calmar un poco mi
ansiedad e incertidumbre. Traté de ponerme a dieta al descubrir mi
abdomen inflamado, pero mi regla no acudía ni mi estómago se
aplanaba. Nunca antes había imaginado tanto ese líquido rojo
corriendo entre mis piernas.
Doña
Blanca está cubierta de pilares de oro y plata
Ahora
sí que cada cinco minutos le rogaba a Dios aquello que antes se creía
que era un castigo; yo lo hubiera recibido como una bendición.
Después de cada sesión de ejercicio corría al inodoro en espera
de descubrir una pequeña mancha
de sangre. Todo era en vano. Parecían mis pantalones de mezclilla
que me los tenía que poner con un calzador.
Doña
Blanca está cubierta de pilares de oro y plata
Abriremos un pilar para ver a Doña Blanca
Entonces,
decidí comunicárselo a David. Su respuesta me dejó boquiabierta:
-
Have
an abortion and I will send you the money today. (
Ten un aborto y te mando hoy mismo el dinero). Me
dijo. – Keep your money. I
don’t want to hear from you anymore.
(Guárdate tu dinero. No quiero saber más de ti ) Colgué.
Nunca
pudo entender mi decisión ni yo la suya.
Ahora me puedo imaginar cómo se sintió Jesús con su cruz a cuestas
con su corona de espinas. Sentí una rabia en contra de David y
nunca más quise saber de él. No pude postergar en mi mente el
funeral de aquel a quien tanto amé.
Al
fin decidí comentárselo a Karen, la chica con quien compartía mi
departamento. Ella hacía una maestría en francés en la misma
universidad que yo. Al confesarle sobre mi indeseado embarazo, ella
mostró una actitud de solidaridad y me dijo que cualquier decisión
que tomara, ella la respetaría y me daría apoyo, aunque me sugirió
también que podía darlo (la) en adopción, que si acaso decidiera,
ella me ayudaría a cuidarlo(a).
Doña
Blanca está cubierta de pilares de oro y plata
Abriremos un pilar para ver a Doña Blanca
¿Quién
es ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca?
Lo último que me quedaba por hacer era verificar mi embarazo.
Hice la cita en la clínica de la universidad. Llegó la enfermera,
una joven de sonrisa agradable, me preguntó que si deseaba esperar
por los resultados. Era obvia mi incertidumbre. Fueron los diez
minutos más largos, de la misma manera las últimas bocanadas que
un náufrago da en medio del océano. Esta era la única esperanza
que me quedaba. Al verla tan sonriente , pensé por un instante que
me traía buenas noticias, al momento que comenzó a hablar: . - serás
buena madre, serás muy buena madre.- Lo afirmaba con agrado
evidente. Yo sentía que la cabeza me iba a estallar y las palabras
de la enfermera se repetían en mi cerebro como unos tambores de
guerra.
Abandoné
la clínica sintiéndome como zombi. Ni siquiera sentía los copos
de nieve que caían sobre mi rostro, ni el fuerte viento que
enredaba mi cabello largo. Me preguntaba incesantemente: ¿qué
voy a hacer ahora Dios mío? Me increpaba a mí misma durante el
trayecto al departamento, a la vez que estudiaba meticulosamente cada
una de las opciones.
Doña
Blanca está cubierta de pilares de oro y plata
Abriremos un pilar para ver a Doña Blanca
¿Quién es ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca?
Por un lado era mejor que me encontrara fuera de mi país. Si
esto hubiera ocurrido allí, habría sido peor. Mis padres jamás me
perdonarían esta deshonra en la familia. Y mi única alternativa
sería aguantar a mis padres y mi embarazo. O tal vez viviendo en México
no se los hubiera comunicado y entonces quizás viniera al norte a
tener un aborto legal. Bueno, pero la realidad es que me encuentro
sola, preñada, becada con una beca mediocre, con dificultades económicas,
sin David; y el tiempo se me acorta para tener un aborto ‘seguro’.
Me decía con terquedad: “María Luisa, cómo vas a poder tomar
tres clases en la universidad, enseñar dos y cuidar a un bebé. Más
bien, ¿quién te lo va cuidar? y aunque así fuera, con qué le vas
a pagar a la ‘baby sitter’, los gastos de los pañales, de la
leche, de la ropita, las consultas del pediatra y otros gastos que
de seguro saldrán. ¿Y si la universidad me quitara la beca al
enterarse de mi estado? Me quedaré como el perro de las dos tortas:
sin beca, con un bebé y de retacho a mi país con la cola entre las
patas.
Karen
me insiste mucho en que lo dé en adopción. Yo creo intuir que al
ver al infante, me sería imposible separarme de él. Parece
demasiado egoísta de mi parte. Me siento tan abrumada. Pienso en
mis principios religiosos, los que me hacen sentir tan culpable. ¿Cómo
chingados no puedo decidir sobre mi cuerpo? No es que no piense en la vida del pequeño o pequeña que crece dentro de mis
entrañas minuto a minuto. Y pienso que él o ella tiene todo el
derecho a vivir. Me la pasé torturándome por tres largos meses.
Por primera vez pensé sólo en mí: tomé la
decisión de abortar.
¿Quién es ese jicotillo
que anda en pos de Doña Blanca?
Yo
soy ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca
Abriremos un pilar para ver a Doña Blanca.
Pensé que iba a despertar muy pronto de esta horrible
pesadilla, pero no fue así. Por fin, exhausta de imaginar cientos
de opciones, hice la cita en la clínica. Karen se ofreció a acompañarme.
Ambas tomamos el autobús, y ya sentadas, intercambiamos miradas sin
premeditarlo. Sentí la inutilidad de las palabras, ella de seguro
sentía mi soledad, mi tristeza, mi culpabilidad como propias.
Mutuamente nos ofrendábamos el silencio como una ofrenda de una
muerte anunciada.
Llegamos
a un consultorio pequeño, austero y con un fuerte olor a formol.
Esta clase de clínicas se especializaban en practicar abortos. Con
frecuencia se asomaban la enfermera y un doctor hindú a la sala de
espera, en la que esperaban algunas chicas; al igual que yo
aguardaban su turno al matadero. O tal vez su impaciencia fuera la
de liberarse de esa minúscula
vida que se apoderaba de su organismo. Sus semblantes compungidos me
produjeron escalofrío y miedo. Karen trataba de darme valor, pero
cuando llegó mi turno intenté abandonar aquel sitio; pero ya era
demasiado tarde. Me sentí como una oveja que sabe que va a ser
sacrificada. De pronto la enfermera de uniforme blanco, me tomó del
brazo con delicadeza y me llevó a un cuarto sombrío. Me pidió que me despojara de mi ropa y me
pusiera una bata enorme que me hacía parecer como si fuera payasa
de circo. El doctor hindú me ofreció una risa falsa y fingida y añadió:
¿Quién
es ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca
Yo soy ese jicotillo que anda en pos de Doña Blanca
- No te dolerá. En cuestión de segundos estarás libre.
Yo permanecí inmóvil como una estatua. Me dijo que me
pusiera cómoda y abriera las piernas. De pronto, sentí un
torbellino con ruido de aspiradora y el procedimiento finalizó. No
pude evitar el llanto y les pedí que llamaran a Karen. Ella, al
verme con una palidez extrema, me dio un fuerte abrazo. Abandonamos
el lugar, el silencio nos acompañó de nuevo. Yo no sentí ni el
viento que me azotaba ni la nieve
que me humedecía el rostro. Pasamos por un café y nos metimos para
mitigar un poco el dolor de esta última muerte mía. Karen
me preguntó casi en secreto:
-
How are you feeling, María
Luisa? (¿Cómo te
sientes María Luisa?)
- I
have so many mixed feelings, Karen On one side, the rigidity of my obsessive education, ‘my strict
morals’ they betray me leaving me feeling guilty. On
the other side, I feel so relieved (Son
tantas sensaciones y emociones las que me embargan). Por un lado, la
rigidez de mi formación obsesiva, ‘mis buenas morales’ me
traicionan sintiéndome culpable, y por otro, me siento liberada de
mi preñez y un gran alivio. Es una ambivalencia de emociones
inexplicables.
Al
fin, podía pensar de nuevo en mis estudios y eligir con más
cuidado mis anticonceptivos y pareja.
“Maldita manía la mía de permitir que la culpa me abra de
nuevo las piernas y me penetre y preñe de preguntas que no podré
responder nunca. Al diablo mi formación moral tan castrante,
al diablo al amor por los siglos de los siglos, a la mierda mis
obsesiones. Debería haber sentido gran alivio que me arrancaran de
las entrañas lo que me hubiera impedido continuar mis estudios.
Traigo un altercado de sentimientos que chocan entre sí. A la
mierda Doña Blanca con sus pilares erigidos por la culpa. Desde hoy
debo cambiarme de nombre: ni María Luisa ni Blanca. Sí, también
David, al igual que el jicotillo, andan tras algo que no existe. En
este caso la muerte anda en pos de la muerte. Qué estúpida, no le
deje comida a mi gata Mapache. Espero que esta vez
no vuelva a desenclavar al cristo de la sala. Pobre de mi
gatita, ella sabe que las coronas de espinas y las cruces no son
para los felinos sino para las mujeres. Me gustaría formar una
asociación para aconsejarlas por si no saben de
anticonceptivos, espermaticidas, culpas, condones, muertes, errores,
depresión, desilusión, aborto, amor. Maldita manera la mía de
enmudecer en esta cafetería tan frecuentada por mí, tan familiar,
sin embargo hoy tan distinta. No encuentro un nombre ni un apellido
que ponerme……”
- María Luisa, I’m talking to you, are you alright? (María
Luisa, te estoy hablando, ¿te sientes bien?)
“¿María Luisa? ¿Blanca?
¿David? ¿Jicotillo? ¿Pilares?
–
culpa………. culpa………… Mierda, de nuevo con estas
obsesiones. Maldita manía la mía de abrirle las piernas a esta mi
última culpa. No puedo creer que haya estado embarazada. Tal vez no
fue cierto.”
María
Luisa, you are very pale. Do you want to leave?
(
María Luisa, estás muy pálida. ¿Quieres que nos vayamos?)
Yes, let’s go. (Sí,
vámonos)
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