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MIRO
A TRAVÉS DEL OJO
de la cerradura y veo a una mujer madura –alcanzando esa frontera
marchita que es la menopausia-- sentada en la cama de una habitación
en penumbra. Tiene la cara surcada de arrugas, una de esas caras
irreductibles, ajadas por el tiempo, que jamás se dignan en
integrarse con el paisaje, y acaricia un retrato con ambas manos,
casi arañándolo, presa de una impaciencia incontrolable. Los ojos
–oscuros, impregnados en una luz confusa –son un pozo de aguas
profundas; las sienes hierba cana, zuzón aletargado por el invierno.
Ahora que su única hija ha muerto los días transcurren lentos y
extraños. Suspira, sin dejar de acariciar el retrato, y se yergue
repentinamente, poseída por una fuerza descomunal, agitando la lámpara
de araña del techo. Sueña con sus manos pequeñas y su sonrisa
irrompible, a todas horas. Pero
el cordón umbilical se ha roto definitivamente.
Se
incorpora, sintiéndose vieja e inútil, y recorre la habitación
empujada por la ansiedad. Se detiene ante el tocador. Se sienta en
una silla de mimbre y se cepilla el cabello lentamente, con la mano
izquierda, imitando los gestos elegantes y precisos de su hija. La
voz de un hombre –“me voy, no me esperes para cenar”—atraviesa
la puerta cerrada. Una voz pausada y nasal, carente de misterio, apática,
demasiado lenta para la vida. Sin responderle, concentrada en sus
miserias, abre un joyero y levanta el doble fondo de terciopelo: la
foto de un joven de gesto orgulloso y rostro simétrico, algo
taimado, una carta de amor moteada de lágrimas, un poema de grafía
alterada por el dolor (“Te quiero con ese extraño avanzar de las
mareas/ silencioso y disciplinado/ víctima de un absurdo plan tan
antiguo como el tiempo/ de un dueño invisible/ de una luz que
enturbia nuestros abrazos/ Te quiero desde la órbita imposible de
un despertar varado en un océano de cansancio/ Te quiero a través
de los cuerpos que pupila, corazón y cerebro/ fabrican para
nosotros/ Te quiero/ a pesar de todo/ pero no hay poesía en la
traición”), una caja de preservativos, un número de teléfono
anotado en una grasienta servilleta de cafetería. Revisa estos
objetos con la minuciosidad de un arqueólogo y luego los guarda.
Vuelve a la cama y, abatida por una mano invisible, por un viento
interior, se deja caer. Ahora, fría como una misa televisada,
desorientada como una princesa sin un espejo, aferrándose a un
pasado que se desmorona, buscando oxígeno en los recuerdos,
paladeando un jarabe de hiel (el jugo de la derrota), sin ilusiones,
sin camino, puede sentir la aplastante soledad humana, el estómago
vacío de Dios. Porque, ¿de qué le sirve a una madre rota el sabor
de la primera cereza del verano? ¿Puede importarle algo el
deterioro de la capa de ozono? ¿Las consecuencias devastadoras del
sida en África? Se necesita mucho dolor para no sentir nada.
El tic
tac del reloj asesina
toda esperanza en el cuarto cerrado,
sembrado de motas de polvo y mariposas disecadas, atrapado en
una atmósfera de levadura.
Arroja
el retrato contra la pared, provocando un ruido ensordecedor,
desasosegante, como de trenes chocando en la niebla, y sale del
cuarto con un único pensamiento:
--“No
existe cobijo para esta tormenta”.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO
de la cerradura y veo a una mujer encorvada afeitando a su esposo.
El filo de la navaja se desliza por el cuello y el mentón hasta
llegar a un labio inferior, húmedo y amoratado, que se descuelga
sin vida. La mujer le habla cariñosamente, como a un niño enfadado,
mientras tensa la arrugas de la mejilla y secciona una barba cana e
hirsuta. No puede evitarlo: una gota de sangre se desliza por un
rostro que hacía volver la vista atrás y que ahora se encuentra
reducido a una masa de carne inútil. Un cuerpo hermoso y solemne,
de ideales acendrados y personalidad cautivadora, al que, por no
quedarle, no le queda ni la dignidad del suicida: el cuerpo de un
juez atrapado por una enfermedad de nombre impronunciable que nubla
la vista y los sentidos, de un germen que asesina la lucidez, toda
ilusión. Cuando termina, le masajea la cara de abajo a arriba, con
su after sabe preferido, y besa su frente herida, a penas rozándola;
días atrás, se asustó al no reconocerse en el espejo y se golpeó
en la huída con el armario del baño. Le quita el batín de seda
japonesa (regalo de su último cumpleaños), desnudándole en un
silencio quebradizo y, tumbándole en la cama, boca arriba, le
coloca una cuña de metal bajo los genitales. Vierte agua templada y
gel sobre un barreño de plástico y una esponja y limpia un cuerpo
nervudo jaspeado de pecas y decadencia, dedicando especial atención
a los pliegues de las articulaciones y el sexo. Tras secarlo
concienzudamente, le cambia el pijama y le pone las zapatillas. Más
tarde, deja caer la aguja de diamante sobre un disco gastado y, como
cada mañana desde hace seis largos años, la “Danza húngara Nº
3” de Brahms se expande por el cuarto. Alzándolo de las axilas,
lo coloca en posición vertical y entrelaza su mano a la suya,
abrazando su gruesa cintura al mismo tiempo. El hombre mueve los
pies pesadamente, sin prestar atención al ritmo ni al compás,
fuera de toda armonía, como si se arrastrase por un lodazal. La
mujer guía y dirige toda la operación. Es sólo un brillo, un
destello que se diluye en sus ojos zarcos, de un azul abrasado, sin
vida, lejos del bien y del mal, pero, por un momento, la luz de
aquel viaje a Grecia le devuelve la esperanza: la sombra de un
diciembre apasionado eternizándose en su cerebro, la sensación de
inmortalidad al salir de puerto, el gentío
agitando pañuelos blancos y derramando lágrimas de envidia
o tristeza, las gaviotas, la fría brisa de la mañana y sus modales
toscos, zafios hasta la exageración para un hombre de leyes, su
mano poderosa –una mano de dedos tallados en bronce y uñas
devoradas en el tedio de un despacho sin ventanas—acariciando el
hueco de la nuca, la pequeña orquesta de jazz comandada por un
pianista ciego, el baile, el capitán haciendo los honores con una
condesa rusa, la risa y el alcohol, el silencio del camarote
alterado por la música de los amantes, noches de cama con sabor
masculino y dulzón, el sabor de la vida. No hay nada mejor que la
vida. No hay nada tras la cortina de la vida.
Se
aparta de él –acaba de orinarse y continúa bailando, ajeno a
todo sufrimiento— y desea fuertemente que muera en mitad del sueño.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO
de la cerradura y veo a una enana velando el cadáver de su madre.
Cuatro candelabros de hierro iluminan tenuemente la sala, una
habitación umbría de altos techos poblados por manchas de humedad
y jeroglíficos de moho. Una flor seca y un escapulario dorado
reposan sobre la mesilla de noche, el único mueble que acompaña a
la cama. Un halo de olor acre y desagradable (el aroma del naufragio)
envuelve el cuerpo sin vida de la muerta, todavía joven y hermosa,
que tiene el cabello recogido en una trenza color mostaza, los
labios agrietados por la enfermedad y las manos –manos de uñas
largas y afiladas moteadas por restos de esmalte barato—cruzadas
sobre el pecho; el semblante, pálido y sin arrugas, es una obra de
arte impoluta esculpida en
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