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ENTRE EL
POLVO LA BARBARIE
A
quien no supo recobrar mi nombre.
Como
viento que nace en los manglares
Ayer volví del mar.
Vine
a emprender el vuelo entre las redes,
a sofocar cansancios quebrantando el ocio de la hamaca.
Que
nadie escarbe en el salitre, mediodía lamiendo la marisma.
Que nadie marche alforja al hombro.
Vine
a emprender el surco
en la piel de la espesura.
Imperativa,
acrecentada luz:
Ven
a volcar esta mirada en la cantera del mundo.
Ven
al charco, náufraga, quemante.
Vente, ardorosa, intensísima.
Pero ven.
Resguárdame
el verano.
Conságrame veredas.
Delante del otoño hay una mano torpe,
sibarita,
acariciando la memoria.
Ni
siquiera la fatiga tocará el sudor de los pañuelos,
fragmentos
de calor que aún perduran.
(Ay
la palidez del rastro aguardando el crepúsculo,
ay de la mirada huérfana de sombras).
Nadie
que sepa de cansancios
podría
levantarse con la mano en los párpados.
Sin embargo, ritual de ausencias,
amanece
entre el polvo la barbarie.
Así
de cierto.
Te
conocí alborozada entre la hierba
abrillantados
de asombro los mis ojos
y hube de estarme entero en la osadía.
Como
llover espuma sobre lumbre
Así
juntamos los afectos.
Cómo
surgen reproches de esa hora.
Cómo
resuena el grito en la borrasca.
(Y
el verano palpita entre la arena).
Antes
de sepultar la soledad
el alba crece.
Palpando
lunares se mide en la penumbra.
¿Hasta
dónde llegan los solsticios putrefactos?
Es
cierto: conozco los destellos de tu piel,
huellas
con que cubres mi reclamo,
fulgores
de la carne perpetuando llamaradas.
Dije
que nadie podría repetirte ensalivando los despojos.
También
te dije zarza, guerrillera,
carbón
que enciende sobre el agua.
A
borbotones
serpiente
enroscada en as espaldas,
un día use fuego en las acequias.
Luego
tu miedo,
cuchillo pedernal rasgando mármoles.
Pero
la ira zumba, brama el rencor.
Relampaguea.
Dije
que nadie podría repetirte.
(Entre
mis manos tu nombre se marchita.
Arde su fragancia entre los juncos.
Mira que la aspiro).
Cómo
me duele el hijo que te niegas.
Violenta
garra agazapada:
mientras
me hieres con enconada flecha
dime si aún recuerdas la noche, mis señales.
Porque
vino el cansancio y no la muerte
Supe
que el alba pinchaba a las espigas.
(Doblaron
badajos como elotes labrando resonancias).
Ay
de este recuerdo,
aqueste
aire tenso como trote de caballo atribulado.
Y
si la niebla rueda a contraluz
también
se filtra en las pestañas.
Imperativamente
tu rostro me lleva por el mundo.
¿Sabes
por qué la lluvia
como
charco de luz me ciega y me persigue?
¿Por
qué mi ocio, astuta, recrea los veranos?
A
caballo pongo este suplicio,
Esta
manera de enfrentarme a la desdicha,
Esta diatriba: sarna que carcome.
Como
destello de piedra anhelo de rubores.
Por
eso llamo subrepticiamente.
Por
eso el sol atisba soledades.
¿Hasta
cuándo, felina,
nacerán los hordas que contienes,
este puño que aguarda?
Niña
mía, alondra que perviertes
el furor de la mañana,
el desdichado espejo que invade las paredes,
estatua
de piedra bajo el musgo.
Ahora
dime, prematura,
¿conoces
los vestigios de la roca?
Si
pudiera
se diría que el mundo es una oruga,
un enorme reflejo,
mariposa sorprendida en los cristales.
México-Tenochtitlan,
septiembre de 1986.
ESTERTOR INÚTIL
COMO
GARGANTA HERIDA, montaña devastada,
tránsfuga
de mí, me descubro contemplando
la luz que camina sobre el agua.
Con el ojo derecho lagrimeo,
con el izquierdo sonrío tontamente.
Sol, deslumbro;
río,
me tiendo en el regazo del verano.
Este
es mi tiempo: por eso vibro, pestaña atónita,
ante la belleza de la mujer que anhelo.
Me reencuentro en el aire y me instalo
en el fondo de mí mismo:
soy árbol incendiando de amarillo el horizonte,
luz
moviéndose con rapidez ante el azoro de la noche.
He
vuelto a mí, me digo.
He vuelto como desgarradura, puñado de hojas secas,
rama
tronchada.
Raíces aferrándose a la roca mis dedos.
Mis manos golpean los restos del estío.
Mis ojos brillan, despiden fulgores asesinos.
Marchita la esperanza, lo que rige es el ahora.
Certero
soy un caudal candente,
gruñido
cimbrando las paredes del espanto.
Soy fauces desgarrando los músculos del día,
barrito,
estridulo entre las raíces y la hierba,
husmeo el aire que trepida ante el acecho.
De un salto me instalo en esta rama,
chillo
cuando el peligro retumba, zumba y zigzaguea.
Con un estruendo de hojas y crujidos caigo.
Con
mis amigos hago un recuento del viaje:
las
canas, muescas que el otoño puso
en los cabellos de todos. Los vientres abultados,
hijos
que se desparraman por la vida con el sello indeleble
de nos-otros. Aquel pasea su bonanza y alegría. El de allá
su
desventura. Otros cabalgan en pos de un espejismo.
Los que callan regurgitan su dolor: un hijo extraviado
en los márgenes del alba; una mujer flotando
en el sollozo, transformando en cenizas las espumas del día.
Pero todos son cada vez más en lo menos de lo que pervive.
Digo
que no tengo Amor, ni una mujer que aguarde
ansiosa
mi regreso.
Me levanto con la aurora a continuar mi extravío.
Soy un fragmento de mí, un tajo agónico,
un muñón tembloroso que salta al golpe de machete,
un estertor inútil. Soy un puñado de sal restregando la herida,
el zumo de un limón cayendo en el ojo del mundo.
Digo
que soy, pero no soy.
Ni siquiera un graznido, paloma surcando
la ribera, gaviota posada en el mástil del navío.
Una
brizna de luz, gota de sal enardecida.
Digo
que soy. Tal vez el asombro en la pupila
del primer hombre asomándose en el río,
el aullido triunfal tras la primer lanzada,
la primera sangre a borbotones.
Digo
que soy el arroyo mitigando la sed del caminante
y el fuego cobijando la primer pareja
que
gime y se revuelca en la hojarasca.
Digo
que soy, pero el Recuerdo se enfrenta a los recuerdos,
con una mueca escupe su ironía.
(Esta mañana fue una aguja pinchando a la esperanza;
ayer, llamarada consumiendo a la lujuria.
La tarde parece una tierra yerma, un paraje severo,
un terrón de arcilla desmoronándose.)
Digo
que soy.
Y la impotencia desgarra la garganta.
México-Tenochtitlan,
noviembre de 1986
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