Miami
Estados Unidos
Año II

 Nº 11/12

Escríbanos   

 

 

Publicado por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesores de Arte

Carlos Quevedo
Maurico Saldarriaga

 

 

POETAS MEXICANOS

 

ROSY PALÁU


Nació en Culiacán, Estado de Sinaloa, México (1956). Poeta y narradora. Ha publicado los libros de poesía: Quizás el Tiempo, editado por el grupo "La Cabaña" en 1990, Territorio Indeciso, editado por la Universidad Autónoma de Sinaloa en 1990, La Clara Sombra del Silencio, editado por la Universidad de Guadalajara en 1996, y Sonata para una Luz, editado por la Difusora Cultural del Estado de Sinaloa, 1997. También es coautora del libro El Café de los verbos, editado por el grupo "La Cabaña" en 1985. Tiene un libro de cuentos que saldrá próximamente. Ha sido miembro del Consejo de Redacción del suplemento cultural del periódico "El Sonorense" de Hermosillo, Sonora (1986-1987) y en la actualidad es miembro del Consejo de Redacción del suplemento cultural del periódico "El Sol de Sinaloa", de Culiacán, Sinaloa. Ha participado en diversas revistas y hojas literarias de su país, tales como Tinta fresca, Encuentro, Hojas, Plural y Factor. Ha sido galardonada con varios prestigiosos premios por su labor literaria en México.


DÍA DE MUERTOS

Sobre el mantel de papel de china,
alumbrada por una vela
¡quién vive! grita la calavera
entre los cacahuates y las mandarinas.
Desde el cerro de los panes
con las mejillas pintadas
de rubor de azúcar,
dos que vienen bajando
se agachan
sin voltear a verla.
La diamantina de sus aretes,
luz en remolino
le pone vanidad
a la inocencia.
Por los angostos corredores
de la fiesta
los ojos de una niña
atraviesan el gentío,
se encaraman a la mesa
oscuros y contemplativos.
Su asombro no comprende
cómo es que anda
la muerte viva.  

sombreado de olor y de silencio,
se desparrama el crisantemo
en las canastas
como en los prados del aire
las nubes amarillas,
caen en llovizna los reflejos,
charcos de agua enjoyada
para algunas que juegan al apuro
de quitarse la tristeza.
 

Todo el año perdidas,
almas materiales se aparecen.
En el jolgorio de sus caras
se divisa el tiempo
que al llevárselas promete
devolverlas a este día
amarrado a la memoria
con las hebras del recuerdo.  

Bajo la noche de cartón
y de estrellas lustrosas
los nombres en su frente
se iluminan,
adornan este escenario
de plazuela,
donde el deseo entra de puntitas
a colgarles un collar
de tejocotes.
 

Envueltas en sus placeres,
por las banquetas de fruta,
ya pisando la madrugada
nos miran ausentes
como si de pronto
otra vez se fueran
livianas y alegres
rumbo a la eternidad.

   

ESTAMOS SOLOS DESDE AYER

Estamos solos desde ayer
y han crecido los árboles,
huele a limones el patio.
Son las 9 de la noche
de todos los días,
nada nos falta
y estamos solos desde ayer.  

A veces nos quedamos tristes
junto a las cosas
y hablamos de los muertos,
en sus cuartos pequeños,
sin ventanas,
esperando a todas horas
que un recuerdo los alumbre;
después andamos por la casa
como siempre,
mientras los grillos cantan,
la luna se levanta,
que sí, que no
y son las 9 de la noche
de todos los días
y nada nos falta.  

Hoy amaneció lloviendo,
el sol se metió por la tarde
en un charco de agua,
el aire se llenó de niños,
de voces que pasaron sin nadie;
hasta que la oscuridad nos fue tapando,
hasta que nadie vino
a cerrarnos las puertas del miedo
con la luz de una lámpara,
porque ya no juegan los fantasmas
a ponerse los zapatos,
el  vestido dejado en la silla,
porque sólo queda este silencio
que no se apaga
y cierro los ojos
y no se apaga.  

Cada quien se interna en su sueño
buscando tal vez
lo que otros dejaron escrito
en una sombra,
cada quien remueve los escombros
de lo que alguna vez ha dicho
y encuentra pueblos distantes,
seres que cruzan la penumbra.  

Pero más allá de las sombras
aún perdura la forma de las cosas
y amanece
y todos estamos juntos
en medio de las horas,
todos,
llenando con la prisa
los espacios vacíos.  

Lo demás es el aire,
son las nubes
en el cielo alegre
de la ventana,
es acariciar las palabras
ahí, pegadas a su deseo;
porque uno se acostumbra
al silencio que lleva,
a guardar en secreto
esas noches que no alcanzan
para tanta luna
y todo se azulece
y nos entran las ganas inmensas
de decir algo;
porque estamos solos desde ayer,
desde que abrimos los ojos por dentro
y llamamos y no vino nadie
y pudimos saberlo.

   

QUIÉN LE HABLO DE TI A LA MUERTE

Quién le habló de ti
a la muerte
cuando yo no estaba.
Saltaste de la cama
sin tu cuerpo
y no pude detenerte.
Quise abrir tus ojos,
poner tus manos en el agua
para que brotaras
y te fuiste por la tarde
mas allá de mí,
de mis palabras,
sin decirme nada.  

Ahora,
cómo te llamo,
de dónde te sostengo
para que no te caigas.  

Se me quedó la lluvia,
la tierra abriéndose
como una piel olvidada.
Nos enterraron juntos
te digo,
entre tu nombre
y mi mirada,
distantes
como el mundo y los pájaros,
porque tú eras libre
y yo escuchaba.  

Me da miedo verte
si mí,
escondido en la antigua
belleza de las sombras
que sostienen la noche.
Hoy tu vena
es el relámpago;
naces celeste y extraño.  

¿Amor,
de qué se muere la muerte
para matarla?

   

NIÑA CON SOMBRAS

Por los tejabanes hierve el sol
en la cazuela oxidada,
salpica con su resplandor
a la niña que callada se deleita.
Su vestido, manantial de muselina
se extiende por el suelo
y en la mansa corriente de la tela
dos palomas hechas con el vuelo de la luz
picotean la turbulencia de una rama.
Del cajón que de tan viejo
tiene rotas las aldabas
toma su cetro, una botella que destella
verdes conventuales;
convierte piedras y sillas arrumbadas
en objetos que decoran su paisaje.
Un gato en actitud de fiera
se escurre por las tapias,
lo husmean por el cielo
sigilosos perros de algodón.
sitiada de si, nadie sabe
qué sueño, voluntad serena que la aísla
le da para escribir misteriosas consonantes
en el tronco de los guayabos.  

En la casa el calor busca refugio,
se refresca en espejismos.
Los retratos, días clavados con un clavo
conviven impasibles
mientras alguien en su silencio entaconado
repasa con un trapo el encerado
negro del piano.
 

               I I

Relámpago del instante
la voz que la llama,
se la lleva de su reino hacia las horas
y la empuja por la puerta cotidiana.
En las ventanas la tarde destiende
su naranja almidonado,
la luna es una coma
esperando enumerar la noche,
pero a ella la persigue un temor.
Por alguna parte las sombras, antes tan  piadosas,
se visten apuradas,
salen a ganarse la vida
en el papel de fantasmas.

                 

             I I I

Una balsa la cama donde navega solitaria.
sus ojos, diminutas fogatas
alumbran el espacio nocturno,
por la orilla, el tiempo acecha,
cae envuelto en sinuosas claridades
un espejo agonizante;
la realidad se desploma,
las cosas entierran a las cosas,
cambian de nombre, se aventuran,
murmullos, pasos,
sombras vivientes
que a su nueva forma se habitúan.  

Rebaño de voces el silencio
se encamina
hacia un desfiladero de instantes
donde el sueño se arroja
a otro sueño, tan profundo
que sin ningún remordimiento
apaga todas sus imágenes.

                 

                

ÓSCAR WONG


Nació en Tonalá, Chiapas, México (1948). Poeta, narrador, ensayista y profesor de literatura. Es miembro activo de la comunidad intelectual de Chiapas. Promotor y editor de antologías de excelente calidad, tales como Chiapas. Nueva fiesta de pájaros (Editorial Praxis, 1998), en donde se rescata la tradición de un siglo de su entidad natal a través de las voces de 17 poetas nacidos en ese estado sureño y Chiapas. Dimensión social de la narrativa (Editorial Edaméx, 1999), proyecto que incluye a narradores chiapanecos. Sus poemas, ensayos, narrativas y artículos aparecen en diferentes publicaciones de Chiapas y de México.



ENTRE EL POLVO LA BARBARIE

A quien no supo recobrar mi nombre.

Como viento que nace en los manglares
Ayer volví del mar.  

Vine a emprender el vuelo entre las redes,
a sofocar cansancios quebrantando el ocio de la hamaca.
 

Que nadie escarbe en el salitre, mediodía lamiendo la marisma.
Que nadie marche alforja al hombro.  

Vine a emprender el surco
en la piel de la espesura.
 

Imperativa, acrecentada luz:
Ven a volcar esta mirada en la cantera del mundo.
Ven al charco, náufraga, quemante.
Vente, ardorosa, intensísima.
Pero ven.
Resguárdame el verano.
Conságrame veredas.
Delante del otoño hay una mano torpe,
sibarita, acariciando la memoria.
 

Ni siquiera la fatiga tocará el sudor de los pañuelos,
fragmentos de calor que aún perduran.  

(Ay la palidez del rastro aguardando el crepúsculo,
ay de la mirada huérfana de sombras).  

Nadie que sepa de cansancios
podría levantarse con la mano en los párpados.
Sin embargo, ritual de ausencias,
amanece entre el polvo la barbarie.
 

Así de cierto.

Te conocí alborozada entre la hierba
abrillantados de asombro los mis ojos
y hube de estarme entero en la osadía.  

Como llover espuma sobre lumbre
Así juntamos los afectos.  

Cómo surgen reproches de esa hora.
Cómo resuena el grito en la borrasca.  

(Y el verano palpita entre la arena).

Antes de sepultar la soledad
el alba crece.
Palpando lunares se mide en la penumbra.  

¿Hasta dónde llegan los solsticios putrefactos?

Es cierto: conozco los destellos de tu piel,
huellas con que cubres mi reclamo,
fulgores de la carne perpetuando llamaradas.
 

Dije que nadie podría repetirte ensalivando los despojos.

También te dije zarza, guerrillera,
carbón que enciende sobre el agua.  

A borbotones
serpiente enroscada en as espaldas,
un día use fuego en las acequias.
Luego tu miedo,
cuchillo pedernal rasgando mármoles.  

Pero la ira zumba, brama el rencor.
Relampaguea.  

Dije que nadie podría repetirte.
(Entre mis manos tu nombre se marchita.
     Arde su fragancia entre los juncos.
                Mira que la aspiro).  

Cómo me duele el hijo que te niegas.

Violenta garra agazapada:
mientras me hieres con enconada flecha
dime si aún recuerdas la noche, mis señales.  

Porque vino el cansancio y no la muerte
Supe que el alba pinchaba a las espigas.  

(Doblaron badajos como elotes labrando resonancias).

Ay de este recuerdo,
aqueste aire tenso como trote de caballo atribulado.  

Y si la niebla rueda a contraluz
también se filtra en las pestañas.  

Imperativamente tu rostro me lleva por el mundo.

¿Sabes por qué la lluvia
como charco de luz me ciega y me persigue?
¿Por qué mi ocio, astuta, recrea los veranos?  

A caballo pongo este suplicio,
Esta manera de enfrentarme a la desdicha,
Esta diatriba: sarna que carcome.
 

Como destello de piedra anhelo de rubores.

Por eso llamo subrepticiamente.
Por eso el sol atisba soledades.
¿Hasta cuándo, felina,
nacerán los hordas que contienes,
este puño que aguarda?  

Niña mía, alondra que perviertes
el furor de la mañana,
el desdichado espejo que invade las paredes,
estatua de piedra bajo el musgo.  

Ahora dime, prematura,
¿conoces los vestigios de la roca?  

Si pudiera
se diría que el mundo es una oruga,
un enorme reflejo,
mariposa sorprendida en los cristales.  

México-Tenochtitlan, septiembre de 1986.

 

ESTERTOR INÚTIL

COMO GARGANTA HERIDA, montaña devastada,
tránsfuga de mí, me descubro contemplando
la luz que camina sobre el agua.
Con el ojo derecho lagrimeo,
con el izquierdo sonrío tontamente.
Sol, deslumbro;
río, me tiendo en el regazo del verano.  

Este es mi tiempo: por eso vibro, pestaña atónita,
ante la belleza de la mujer que anhelo.
Me reencuentro en el aire y me instalo
en el fondo de mí mismo:
soy árbol incendiando de amarillo el horizonte,
luz moviéndose con rapidez ante el azoro de la noche.  

He vuelto a mí, me digo.
He vuelto como desgarradura, puñado de hojas secas,
rama tronchada.
Raíces aferrándose a la roca mis dedos.
Mis manos golpean los restos del estío.
Mis ojos brillan, despiden fulgores asesinos.
Marchita la esperanza, lo que rige es el ahora.  

Certero
soy un caudal candente,
gruñido cimbrando las paredes del espanto.
Soy fauces desgarrando los músculos del día,
barrito,
estridulo entre las raíces y la hierba,
husmeo el aire que trepida ante el acecho.
De un salto me instalo en esta rama,
chillo cuando el peligro retumba, zumba y zigzaguea.
Con un estruendo de hojas y crujidos caigo.
 

Con mis amigos hago un recuento del viaje:
las canas, muescas que el otoño puso
en los cabellos de todos. Los vientres abultados,
hijos que se desparraman por la vida con el sello indeleble
de nos-otros. Aquel pasea su bonanza y alegría. El de allá
su desventura. Otros cabalgan en pos de un espejismo.
Los que callan regurgitan su dolor: un hijo extraviado
en los márgenes del alba; una mujer flotando
en el sollozo, transformando en cenizas las espumas del día.
Pero todos son cada vez más en lo menos de lo que pervive.  

Digo que no tengo Amor, ni una mujer que aguarde
ansiosa mi regreso.
Me levanto con la aurora a continuar mi extravío.
Soy un fragmento de mí, un tajo agónico,
un muñón tembloroso que salta al golpe de machete,
un estertor inútil. Soy un puñado de sal restregando la herida,
el zumo de un limón cayendo en el ojo del mundo.  

Digo que soy, pero no soy.
Ni siquiera un graznido, paloma surcando
la ribera, gaviota posada en el mástil del navío.
Una brizna de luz, gota de sal enardecida.  

Digo que soy. Tal vez el asombro en la pupila
del primer hombre asomándose en el río,
el aullido triunfal tras la primer lanzada,
la primera sangre a borbotones.  

Digo que soy el arroyo mitigando la sed del caminante
y el fuego cobijando la primer pareja
que gime y se revuelca en la hojarasca.  

Digo que soy, pero el Recuerdo se enfrenta a los recuerdos,
con una mueca escupe su ironía.
(Esta mañana fue una aguja pinchando a la esperanza;
ayer, llamarada consumiendo a la lujuria.
La tarde parece una tierra yerma, un paraje severo,
un terrón de arcilla desmoronándose.)  

Digo que soy.
Y la impotencia desgarra la garganta.
 

México-Tenochtitlan, noviembre de 1986