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Reencuentro con
mi primer libro de poemas
Como un antiguo amigo
estás ahí callado en el estante.
Otros libros alzan sus voces altas;
eclipsan tu sonido.
Yo paso, sin notarte, de largo
en un olvido cotidiano.
En importantes otras páginas te ignoro.
Te diluyes hacia atrás,
entre las nubes diarias de tiempo y polvo
que van cayendo y siguen
sepultando caminos, piedras, huellas, asuntos...
La vida desciende sus abismos.
Escribo cosas – otras – como anhelos y hastíos.
Y, ya cansado de afanes, de preferencias yertas,
vuelvo...
Torno de pronto a tu rincón;
te miro con tu sonrisa de antes.
Regreso a ti,
converso página a página contigo,
conmigo en ti: me dices lo que he sido.
Y, en una intacta conciliación sin tiempo,
te abrazo nuevamente,
como a un antiguo amigo.
Versión de Romeo y Julieta
-¡Amor!- gritó Romeo en la noche:
era en la soledad como el destino,
un peso de belleza sobre los hombros.
¿Dónde abrazar al nombre?... -¡Rosalina!-:
dibujaba con letras de humo
sus sílabas en el viento.
Eran sobre Verona las señales,
el dedo del designio.
No podía ser en él, y escapaba hacia el nombre;
puro fuego de amianto para ser plenamente en otro ser.
Habitado del ángel,
del diáfano demonio de hermosura,
iba en la noche: -¡Rosalina!-.
Su voz, ajena, no venía desde él;
un hálito de siglos la arrastraba.
En el baile murmuraba aún su nombre.
No entendía el peligro:
él poseído, él hechizado, él sonámbulo puente del designio.
-¡Rosalina!-..., siempre en su búsqueda,
siempre fiel a sí mismo, a ella, al mito.
La música lo empujó frente a ella:
estaba allí situada, como la espera, en la cita:
-¡Julieta!-, dijo su voz como costumbre.
No distinguió que el nombre era distinto.
Soneto I
De tanto convencerme que un camino
nos unió sobre un mapa prefijado,
y un obstensible signo anticipado
sobre nosotros a marcarnos vino;
o que alguna misión, un don divino,
un privilegio de dolor ornado
o un adeudo anterior, aún no pagado,
nos fijara un encargo del destino;
como el eco de un canto de hermosura
que, en la oquedad del caracol, perdura
de playas de remota certidumbre,
en cada nuevo amor se hace presente,
otro y el mismo, el gesto persistente
que aquel amar tu amor hizo costumbre.
Soneto II
De tanto amar tu amor se hizo costumbre
ese andar inclinado entre partida
y regreso, entre júbilo y herida,
y el desarraigo de la incertidumbre.
De tanto transitar desde la cumbre
hasta el abismo, y sostener la vida
entre rabia y perdón que el hierro olvida
en una consecuente flor de herrumbe...
se me quedó el espectro de tu ausencia,
que es tuyo y no eres tú, y en otro asunto
de amor desliza su inactual presencia.
Y, en continuado ayer, hoy sin nombrarte,
ayer y hoy sin diferencia junto
de tanto amar tu amor, de tanto amarte.
Hoy te siento venir
Hoy te siento venir desde la imagen
inmediata.
Es que me pertenece la blancura que triunfa en tus hombros
y la esencial virtud de tu mano en el sueño.
Si por tu rostro cruzan definibles distancias,
es esa tierra tuya la que me está más cerca,
en el plano por donde vienen tus piernas
verazmente tendidas, ingenuamente puestas a encontrarme.
Todo es como de gasas azules el vestigio de verte:
humo abismal, virtual presencia,
puro designio que, momentáneamente, no acontece
y está, tal vez, para ser eso siempre.
Cuando tomo
universos,
cuando en la hegemonía del bien arde mi reino
y el hálito más alto es ése de tu cruz en mi mano,
de la oración en paz
con que se anuncia el ser, la estrella, el fruto...
todo es tú inmediata:
trigo para el sustento,
aire verde en las lomas cercanas,
la concisión del pájaro en la orquesta...
toda esa armonía palpable
bajo un cielo que siempre se apresta a definirse,
que ahora cruzas sin irte,
detenida en la pura crisálida
de mi muerte en tu amor.
RITA M. GEADA
Nació en Pinar del Río, Cuba
(1937). Poeta, ensayista, narradora y profesora de literatura.
Graduada en Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana.
Reside en los Estados Unidos, en donde ha tenido por muchos años
la cátedra universitaria de literatura en Southern Connecticut
State University, New Haven. Ha publicado los libros de poesía:
“Poemas de New England” (1996), “Esa lluvia de fuego que nos
quema” (1988), “Vertizonte” (1980), “Mascarada” (1970), “Cuando
cantan las pisadas” (1967), “Ao romper da aurora” (1963),
“Desvelado silencio” (1959). Muchos de sus poemas aparecen
traducidos al inglés, italiano, portugués y francés en diversas
revistas y antologías. Ha recibido el Premio de Poesía
Carabela de Oro –Barcelona- 1969 por su poemario Mascarada,
la beca Cintas para escritura creativa –Nueva York- 1978/1979 y
ha sido galardonada recientemente con el
Premio Internacional “Luys Santa
Marina-Ciudad de Cieza” en Murcia, España.
Ardiendo con más fuego
“Ardiendo con más fuego
de los que yo encendí.”
Racine.
(Citado por Marguerite Yourcenar)
Cuando horizontalmente los cuerpos
confluyen
y el aroma de la piel
sabia amante del tacto reverbera
convocando a un goce todavía en cierne.
Cuando la dicha crece en
hormigueantes besos
y el placer despierta
a inagotables ríos musicales.
Cuando navegando aguas del silencio
que al paso de las barcas
sus tendidos velámenes encienden.
Cuando una marejada de olas se precipita
hasta ahogarnos casi,
inmarcesibles se extienden los puentes
al amor por siempre
a la región de los no me olvides
y los jamás te olvidaré.
Es el amor, el omnipotente amor en el abrazo
ardiendo con más fuego.
(Del
libro a publicarse ESPEJO DE LA TIERRA - Premio Internacional de
Poesía "Luys
Santa Marina - Ciudad de Cieza", 2001)
Ganar toda la luz
que nos alcanza
Lo luminoso resta de lo oscuro
todo lo tenebroso que está dado
y nos hace mirar lo más arcano
con mirada tendiente a lo más puro.
Con pupila buscando lo seguro
vamos desde esta orilla al otro lado
como quien
transgrediera lo soñado,
la línea de lo usual a lo inseguro.
Rescatar de lo hermoso la sustancia
es abrir al espacio lo que encierra
de un cielo que las sombras no amortajan.
Es trasmutar la noche con sus ansias
en música de todas primigenia
ganar toda la luz que nos alcanza.
(Primer
accesit al Premio del C.C.P.A. "José M. Heredia",
1999)
Vivir en una estrella
Sobre un grabado de Marta Olsen
En la
estrella que contemplas
hay una casa
sus
cimientos y contornos
de ensueños
son.
En la
casa que contemplas
sonríen los balcones
en los que una pareja
cantando
está.
La
casa que dibujas
con amor se levanta
hogar entre celajes
abierto al horizonte.
La
estrella que contemplas
alumbra su interior.
Otra vez la nieve
Es la
nieve
el fino cuerpo alado e intocado del agua
quien besa
tiernamente los cristales
convocando tu imagen, tu voz, tacto y miradas.
La nieve en
soledad
con suaves alas me envuelve
añorando una cadencia de amor a los oídos
unos labios deseantes
y unas manos sabias que al amor responden.
Blancos grumos van cayendo
cual
caricias se desprenden
de ese mismo cielo que lejos te cobija
que siempre te transporta.
¡Qué
blancura proteica!
¡Qué estallantes rojos los del silencio
de los
cuerpos cuando se aman!
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