Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 17/18

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesores de Arte

Carlos Quevedo
Mauricio Saldarriaga

 

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Boletín Informativo

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SIN COMPROMISOS

por

Marc Caellas

 

Me examinó unos instantes y me soltó:

- Tú debes ser el amigo interesante.

Sonreí y la miré pensando que por este motivo estaba yo en Hospitalet, en la plaza del Ayuntamiento, esperando a que saliera Andrés Calamaro encima del improvisado escenario que la comisión de fiestas había colocado en un lateral de la plaza, y ella sonrió también y esperó a que yo dijera alguna cosa. Al momento apareció Alberto con las cervezas y nos preguntó de qué nos reíamos y ella musitó algún improperio sobre la ropa de Alberto, ciertamente poco apropiada para la noche.

     A Alberto no le molestaban sus comentarios, al contrario, parecía que le sirvieran de acicate para continuar con su disputa dialéctica, disparando dardos más o menos ingeniosos contra ella. Yo ya había asistido a algún acto anterior de su representación y he de admitir que me divertía bastante y aprovechaba yo también para meter baza, normalmente a favor de ella, y así disfrutar más, porque en la mayoría de juegos el placer es mayor formando parte de ellos que siendo un simple espectador. 

     Así que esa noche me había convertido, a sus ojos, en el amigo interesante, aquél que colecciona experiencias como quién colecciona llaveros, recogidas todas a lo largo de intrépidos viajes por países más o menos tropicales, pero con la capacidad también de gozar como el que más en un concierto de rock en la plaza de un pueblo. Me sorprendió que opinara así ya que apenas me conocía, pero era preferible a lo otro, lo que solían pensar las novias de mis amigos, que era un tipo borde y engreído con el cuál difícilmente compartirían siquiera una cerveza en alguna de las terrazas de la Rambla.

     La siguiente ronda la fui a buscar yo y me entretuve observando al público corear las canciones del bueno de Andrés, quién parecía empeñado en entonar sus canciones de manera diferente a como las había grabado en el disco, desconcertando así a sus fieles seguidores, los cuales habían dedicado, como los estudiantes el día antes del examen, sus buenas horas empollando las letras. A ciertos cantautores no les gusta que el público cante, desearían un silencio como el de la ópera o el del tenis, prejuicios de clase tal vez. Al rato volví y me uní al entregado público, gritando más fuerte si cabe, pensando que el público es soberano y que nadie puede obligarle a callar, ni siquiera un trovador caribeño con aires de grandeza.

     Acabó el concierto y nos fuimos los tres a un bar cercano y ahora ya bebíamos whisky y ella cada vez reía más y nosotros también nos reíamos hasta que ya noté nervioso a Alberto, con ganas de un poco de acción (o como suele comentar un amigo común “con ganas de vaciar la yogurtera”) y vi que era el momento de ir a buscar un taxi porque a esa hora el metro ya había cerrado y mejor así porque sino significaría que estábamos en New York y no en una ciudad  mediterránea.

Ella sólo dijo:

- Quédate un rato más.

     La miré a ella, miré a Alberto e hice lo que debía hacer, largarme a dormir con mi almohada que ya habría más noches y más conciertos y más rubias de bote que me sonrieran de aquella manera.

     Y hubo más noches, noches calurosas de agosto, noches hacía ya que no se veía con Alberto, noches de fiesta en mi barrio, Gràcia, en una de las cuales me dio por llamarla pasada la medianoche y a ella por responder con voz de dormida y por colgarme sin saber quién era hasta que al cabo de un rato debió arrepentirse porque sonó el teléfono móvil en mi bolsillo y ahora era ella la que me llamaba para decirme que en media hora llegaba y que tuviera a punto un cerveza bien fría, que a buen seguro estaría sedienta.

     Entramos eufóricos en el primer bar, con esa sorprendente alegría del que se da cuenta de cómo cambia una noche con una simple llamada de teléfono. El camarero rápidamente nos atendió, nuestro entusiasmo era contagioso. Pronto estuvimos de paseo por las embellecidas calles estrechas, saludando a conocidos, llenando de alcohol el cuerpo como quien llena el depósito del coche antes de un largo viaje, fumando tabaco, fumando hierba, repartiendo más saludos e incluso alguna monosilábica conversación hasta que, sin saber ni como ni cuando, nos fundimos en un apasionado beso no muy lejos de la calle Tordera.

     Le costó poco pedirme:

- Vámonos a mi casa.

     Apuramos de un sorbo las últimas copas y saltamos al coche arrastrando las urgencias propias de los solteros que duermen en camas grandes. Los cuatro pisos sin ascensor se hicieron largos. La dejé subir delante para recrearme en sus nalgas ligeramente deformes y mi mano derecha agarró una de ellas con fuerza al traspasar el umbral de la puerta. Pero ella, con buen criterio, levantó el freno de mano, precisaba de una última copa. También mi garganta seca la pedía a gritos, y con cierta parsimonia las preparó y con la misma calma la esperé sentado en el sofá mientras dejaba mi copa en la mesilla de una sala prácticamente huérfana de muebles. No necesitábamos más, ella se sentó en mis rodillas, me desabrochó el cinturón, arrastró mis pantalones piernas abajo, se subió ligeramente la falda y se colocó en la posición del jinete antes del Grand National. Ni mis embestidas ni mis movimientos laterales consiguieron descabalgarla, intentando en vano un cambio de postura. Se aferró a mis manos como si fueran las riendas y avanzó y avanzó al trote hasta que sus gemidos proclamaron una victoria anunciada ante la falta de competidores. Tuve un momento de indecisión pero enseguida vi claro que mi papel se reducía a soltar el champán en el podio y eso fue lo que hice, con cierto esfuerzo y dedicación, instantes después de que atravesara la línea de meta.

     Una vez descendida a la realidad tardó poco en murmurar:

- Cuidado chaval, no vayas a enamorarte.

     Mi mejor media sonrisa fue lo que le ofrecí por respuesta, no era momento de ironías y no hubo ramo de flores porque eran las tantas de la mañana y porque la organización del evento no lo había previsto.

     Encendí un cigarrillo, por costumbre y también para disponer de unos minutos de margen ante la disyuntiva de quedarme a dormir o largarme con viento fresco, el que soplaba esa noche por el Baix Llobregat, hacia mis aposentos.

     En esas estaba yo pensando cuando noté su latido en mi oreja susurrándome:

- ¿No querrás irte ahora?

     Dudé y ese fue mi error, pues pronto me vi llevado de la mano hacia la habitación, de un modo no muy diferente al de mi madre cuando, de niño, se cansaba de mi presencia en el salón y prácticamente me arrastraba al cuarto dejándome sin la clásica escena de sexo de la película de las diez de la noche.

Así amanecí por primera vez entre sus brazos y durante unos instantes me sentí aturdido por esa desconocida habitación hasta que me revolví, liberándome de sus brazos, y vi su cuerpo desnudo a mi lado y pensé en la canción, ¿de Calamaro?, y aquello de olvidé tu cara pero no tu cuerpo. Hice ademán de incorporarme pero las fuerzas del sueño me derrotaron y mi cabeza golpeó de nuevo la almohada...

     Al rato volví a despertarme y esta vez sí me levanté y entré en el baño por primera vez y sin dudarlo un instante tomé una ducha fría, ideal para la resaca y para recopilar algunos datos borrosos de la noche anterior. Pensé en que había roto una racha de unos cuantos meses sin acostarme con nadie y que no me sentía especialmente orgulloso de ello, de levantarme al lado de alguien que me importaba bastante poco y a quién probablemente no volvería a ver en un tiempo. Pensé que los hombres, cuando estamos entre amigos, acostumbramos a glorificar estos encuentros casuales que alimentan nuestro ego y que, no vamos a negarlo, nos proporcionan un placer que, aunque fugaz, a algunos les sirve de sucedáneo de lo que les falta pero que a mí, no sé si por ser un hombre tímido, no me sirve ya que, como Antonio Escohotado, soy de los que piensan que puede haber amor sin sexo, puede haber actos ajenos al amor y el sexo, pero es imposible que haya verdadero sexo sin amor; hacer sexo es hacer el amor.

     En esas estaba yo cuando se abrió la puerta del baño y entró ella. Esperó que cerrara el grifo y dejó caer un:

- ¿Aún estás aquí?

Marc Caellas nació en Barcelona, España (1974). Cineasta y narrador. Se licenció en Administración y Dirección de Empresas en la Universidad de Barcelona en 1997. Estudió dirección y producción cinematográfica en la Escuela de Imagen y Diseño (IDEP) de la capital catalana en 1998, y en la London Guildhall University en 1996. Desde febrero del 2001 reside en Miami y colabora con el Centro Cultural Español, diseñando y gestionando algunas actividades relacionadas al cine (ciclo Pilar Miró, y ciclo "Sabores, Ciudades y Cine") y el teatro. Entre sus trabajos audiovisuales se destacan el documental TATTOO YOU y el cortometraje MANOS.