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Me
examinó unos instantes y me soltó:
-
Tú debes ser el amigo interesante.
Sonreí
y la miré pensando que por este motivo estaba yo en Hospitalet, en
la plaza del Ayuntamiento, esperando a que saliera Andrés Calamaro
encima del improvisado escenario que la comisión de fiestas había
colocado en un lateral de la plaza, y ella sonrió también y esperó
a que yo dijera alguna cosa. Al momento apareció Alberto con las
cervezas y nos preguntó de qué nos reíamos y ella musitó algún
improperio sobre la ropa de Alberto, ciertamente poco apropiada para
la noche.
A
Alberto no le molestaban sus comentarios, al contrario, parecía que
le sirvieran de acicate para continuar con su disputa dialéctica,
disparando dardos más o menos ingeniosos contra ella. Yo ya había
asistido a algún acto anterior de su representación y he de
admitir que me divertía bastante y aprovechaba yo también para
meter baza, normalmente a favor de ella, y así disfrutar más,
porque en la mayoría de juegos el placer es mayor formando parte de
ellos que siendo un simple espectador.
Así
que esa noche me había convertido, a sus ojos, en el amigo
interesante, aquél que colecciona experiencias como quién
colecciona llaveros, recogidas todas a lo largo de intrépidos
viajes por países más o menos tropicales, pero con la capacidad
también de gozar como el que más en un concierto de rock en la
plaza de un pueblo. Me sorprendió que opinara así ya que apenas me
conocía, pero era preferible a lo otro, lo que solían pensar las
novias de mis amigos, que era un tipo borde y engreído con el cuál
difícilmente compartirían siquiera una cerveza en alguna de las
terrazas de la Rambla.
La
siguiente ronda la fui a buscar yo y me entretuve observando al público
corear las canciones del bueno de Andrés, quién parecía empeñado
en entonar sus canciones de manera diferente a como las había
grabado en el disco, desconcertando así a sus fieles seguidores,
los cuales habían dedicado, como los estudiantes el día antes del
examen, sus buenas horas empollando las letras. A ciertos
cantautores no les gusta que el público cante, desearían un
silencio como el de la ópera o el del tenis, prejuicios de clase
tal vez. Al rato volví y me uní al entregado público, gritando más
fuerte si cabe, pensando que el público es soberano y que nadie
puede obligarle a callar, ni siquiera un trovador caribeño con
aires de grandeza.
Acabó
el concierto y nos fuimos los tres a un bar cercano y ahora ya bebíamos
whisky y ella cada vez reía más y nosotros también nos reíamos
hasta que ya noté nervioso a Alberto, con ganas de un poco de acción
(o como suele comentar un amigo común “con ganas de vaciar la
yogurtera”) y vi que era el momento de ir a buscar un taxi porque
a esa hora el metro ya había cerrado y mejor así porque sino
significaría que estábamos en New York y no en una ciudad
mediterránea.
Ella
sólo dijo:
-
Quédate un rato más.
La
miré a ella, miré a Alberto e hice lo que debía hacer, largarme a
dormir con mi almohada que ya habría más noches y más conciertos
y más rubias de bote que me sonrieran de aquella manera.
Y
hubo más noches, noches calurosas de agosto, noches hacía ya que
no se veía con Alberto, noches de fiesta en mi barrio, Gràcia, en
una de las cuales me dio por llamarla pasada la medianoche y a ella
por responder con voz de dormida y por colgarme sin saber quién era
hasta que al cabo de un rato debió arrepentirse porque sonó el teléfono
móvil en mi bolsillo y ahora era ella la que me llamaba para
decirme que en media hora llegaba y que tuviera a punto un cerveza
bien fría, que a buen seguro estaría sedienta.
Entramos
eufóricos en el primer bar, con esa sorprendente alegría del que
se da cuenta de cómo cambia una noche con una simple llamada de teléfono.
El camarero rápidamente nos atendió, nuestro entusiasmo era
contagioso. Pronto estuvimos de paseo por las embellecidas calles
estrechas, saludando a conocidos, llenando de alcohol el cuerpo como
quien llena el depósito del coche antes de un largo viaje, fumando
tabaco, fumando hierba, repartiendo más saludos e incluso alguna
monosilábica conversación hasta que, sin saber ni como ni cuando,
nos fundimos en un apasionado beso no muy lejos de la calle Tordera.
Le
costó poco pedirme:
-
Vámonos a mi casa.
Apuramos
de un sorbo las últimas copas y saltamos al coche arrastrando las
urgencias propias de los solteros que duermen en camas grandes. Los
cuatro pisos sin ascensor se hicieron largos. La dejé subir delante
para recrearme en sus nalgas ligeramente deformes y mi mano derecha
agarró una de ellas con fuerza al traspasar el umbral de la puerta.
Pero ella, con buen criterio, levantó el freno de mano, precisaba
de una última copa. También mi garganta seca la pedía a gritos, y
con cierta parsimonia las preparó y con la misma calma la esperé
sentado en el sofá mientras dejaba mi copa en la mesilla de una
sala prácticamente huérfana de muebles. No necesitábamos más,
ella se sentó en mis rodillas, me desabrochó el cinturón, arrastró
mis pantalones piernas abajo, se subió ligeramente la falda y se
colocó en la posición del jinete antes del Grand National. Ni mis
embestidas ni mis movimientos laterales consiguieron descabalgarla,
intentando en vano un cambio de postura. Se aferró a mis manos como
si fueran las riendas y avanzó y avanzó al trote hasta que sus
gemidos proclamaron una victoria anunciada ante la falta de
competidores. Tuve un momento de indecisión pero enseguida vi claro
que mi papel se reducía a soltar el champán en el podio y eso fue
lo que hice, con cierto esfuerzo y dedicación, instantes después
de que atravesara la línea de meta.
Una
vez descendida a la realidad tardó poco en murmurar:
-
Cuidado chaval, no vayas a enamorarte.
Mi
mejor media sonrisa fue lo que le ofrecí por respuesta, no era
momento de ironías y no hubo ramo de flores porque eran las tantas
de la mañana y porque la organización del evento no lo había
previsto.
Encendí
un cigarrillo, por costumbre y también para disponer de unos
minutos de margen ante la disyuntiva de quedarme a dormir o largarme
con viento fresco, el que soplaba esa noche por el Baix Llobregat,
hacia mis aposentos.
En
esas estaba yo pensando cuando noté su latido en mi oreja susurrándome:
-
¿No querrás irte ahora?
Dudé
y ese fue mi error, pues pronto me vi llevado de la mano hacia la
habitación, de un modo no muy diferente al de mi madre cuando, de
niño, se cansaba de mi presencia en el salón y prácticamente me
arrastraba al cuarto dejándome sin la clásica escena de sexo de la
película de las diez de la noche.
Así
amanecí por primera vez entre sus brazos y durante unos instantes
me sentí aturdido por esa desconocida habitación hasta que me
revolví, liberándome de sus brazos, y vi su cuerpo desnudo a mi
lado y pensé en la canción, ¿de Calamaro?, y aquello de olvidé
tu cara pero no tu cuerpo. Hice ademán de incorporarme pero las
fuerzas del sueño me derrotaron y mi cabeza golpeó de nuevo la
almohada...
Al
rato volví a despertarme y esta vez sí me levanté y entré en el
baño por primera vez y sin dudarlo un instante tomé una ducha fría,
ideal para la resaca y para recopilar algunos datos borrosos de la
noche anterior. Pensé en que había roto una racha de unos cuantos
meses sin acostarme con nadie y que no me sentía especialmente
orgulloso de ello, de levantarme al lado de alguien que me importaba
bastante poco y a quién probablemente no volvería a ver en un
tiempo. Pensé que los hombres, cuando estamos entre amigos,
acostumbramos a glorificar estos encuentros casuales que alimentan
nuestro ego y que, no vamos a negarlo, nos proporcionan un placer
que, aunque fugaz, a algunos les sirve de sucedáneo de lo que les
falta pero que a mí, no sé si por ser un hombre tímido, no me
sirve ya que, como Antonio Escohotado, soy de los que piensan que puede
haber amor sin sexo, puede haber actos ajenos al amor y el sexo,
pero es imposible que haya verdadero sexo sin amor; hacer sexo es
hacer el amor.
En
esas estaba yo cuando se abrió la puerta del baño y entró ella.
Esperó que cerrara el grifo y dejó caer un:
-
¿Aún estás aquí?
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