Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 17/18

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesores de Arte

Carlos Quevedo
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Boletín Informativo

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GOZAR SOBRE LA HISTORIA

por

Alejandro Lorenzo

 

     Los días corren rápido cuando uno se cree dichoso. Se olvida lo oscuro del pasado y lo incierto que puede representar siempre el futuro. Salía frecuentemente con Antonella, una  italiana que era más hermosa que el alba, que usaba sombrero de paja para que el sol no le avivara sus pecas. Una viajera oriunda de Nápoles, que cantaba coplas de  sembradores y  marinos. Con voz perfecta, rotunda. Una voz que nunca había oído y me parecía  como cascada de maderos que se precipita sobre las aguas de un pozo.

     Una mujer solitaria, en la búsqueda, que fue actriz  en varias películas de aventuras, que según me dijo, también vivía en una isla menor que la mía, llamada Caprí, y allí era propietaria de una casa blanca de piedra, donde en la planta alta, desde su ventana, podía divisar a un ejercito de peces volar sobre las olas y a los barcos pesqueros permanecer  inmóviles  en el horizonte y deleitarse contemplando a una luna de bordes radiantes que era tragada por la boca negra de una montaña.

     Con ella,  olvidaba y me reconciliaba conmigo mismo. Todo se arreglará, me decía, la vida, mi vida, no es solo una terrible visión, hay algo que todavía puede resplandecer, algo bueno puede brotar, en mi, y en el hombre. 

     Una noche fuimos al puerto. El mismo que figura en muchas de las  postales que compran  los turistas y los nostálgicos exilados que viven y mueren por el mundo. Cruzamos el túnel,  ascendimos por una colina que conduce a la  Fortaleza  del  Morro y a su lado, la de La Cabaña. Ambas en la actualidad, convertidas en centros históricos de esparcimiento exclusivo para  extranjeros y  población poseedora de divisas.  Años atrás, la primera fue prisión de militares y de comunes, y la segunda, de los políticos.

Caminamos largo rato sin decirnos nada. Nuestros deseos estaban contenidos. Al llegar a un recóndito paraje de piedras y maleza, nos desnudamos aprisa y empezamos a fornicar como un par de animales en celo. Nunca lo habíamos hecho.

     Lo hicimos  frente al mar, a todo tren, lamiendo nuestra piel.  Lo hicimos cerca de las fosas profundas de ambas fortalezas. El ardoroso instinto y las marcas de la historia. Lo transitorio que éramos nosotros y lo eterno que eran esas ruinas cubiertas de moho y sangre ya seca por los siglos. Sexo y  arqueología. Extraña combinación  para inspirar a un catedrático  a  escribir un tratado.

     Pienso que  esa noche  profanamos los sueños de invencibilidad  del ingeniero Antonelli que construyó esos edificios con la intención de que ningún invasor  pudiera conquistar su amada ciudad. Nos acompañaban otras parejas. Las posadas Habaneras siempre estaban repletas y los amantes sin posibilidades de una alcoba íntima  se volcaban desesperados  a buscar cualquier  escondrijo donde estar juntos.

     Lo hicimos como si participáramos  en las remotas noches de San Juan. La gran orgía. El bullicio, el sudor y el calor de las  carnes en pleno delirio. Me imaginé que  vivía en esa breve pero intensa estación  donde se derrama el buen vino sobre los vientres, y copulando hasta que desaparezcan del cielo los astros, se celebra la primavera, el plenilunio, el aroma de las ciruelas, el nacimiento de la floresta que configura la risa de los jóvenes. 

     En los muros y laberintos de aquellas fortificaciones, escuché los gritos de placer de otros amantes.  Por lo menos no estábamos solos, pensé.

     Los hicimos sin darnos cuenta de quienes éramos ni hacia donde iban nuestras vidas, allí, muy cerca de los precipicios que dan exactamente a ese mar contaminado por la basura que arrojan los barcos rusos y chipriotas.  Lo hicimos  poseídos por un sentimiento de transitoriedad. Mañana será otro día. Mañana nada importa.  Lo hicimos y lo disfrutábamos, ahí, frente a los bordes afilados de esas fosas por donde se dice que continuamente han arrojado los cadáveres de los vencidos. En ese mar donde vagan los tiburones hambrientos y en su fondo, descansa la osamenta de los primeros navegantes, de los corsarios y piratas, de los esclavos blancos y los esclavos negros y los esclavos orientales y de todos los que fueron  ejecutados a través de los siglos, culpables o inocentes, que esperan, como en un salmo, el día de ser despertados.

     Luego, cuando culminamos, nos pusimos a contemplar las estrellas como un par de adolescentes.

     No hay nada mejor para cautivar a una viajera que ofrecerle una leyenda. Vivo en un país que fabrica y exporta  leyendas. Esa noche le conté  sobre un recluso,  que en La Cabaña, donde  estábamos,  su tarea era limpiar cada  tarde  la  plaza  donde  disparan  el  tradicional  cañonazo nocturno de las nueve. Desde allí, mientras realizaba su faena, el hombre divisaba por unas horas, el otro lado de la ciudad, y al mismo tiempo, a su mujer, que se paraba en un punto del malecón y extraía de su bolso unos pañuelos,  con los cuales  creaba un lenguaje cifrado, una especie de clave Morse con telas de seda, y que el prisionero  descifraba y reconstruía un panorama de lo que estaba pasando fuera de su reclusión.

     Un pañuelo blanco y luego otro azul, significaban que  ella lo esperaría hasta que cumpliera su sentencia. Un pañuelo verde, que le era fiel y que sus ojos eran sus ojos, y  en su frente guardaba para él, los más nobles pensamientos. Un pañuelo  Amarillo: Los niños crecen, el tiempo vuela, pronto serán jóvenes, terminaran una carrera, se enamoraran, tendrán hijos. Amarillo y blanco: Tengo miedo, miedo a encanecer, a arrugarme, a ponerme definitivamente vieja y sola sin que estés a mi lado. Un pañuelo gris y triangular: No puedo amar a ningún otro hombre, claudica, luego cuando salgas, iremos al Norte para reconstruir nuestras vidas. Estoy desesperada, nuestros hijos ya se fueron. Uno blanco con puntos negros, trasmitía la fatalidad, el comienzo del declive: Estoy enferma, en la noche aparecen figuras horrendas  que me susurran al oído frases de excesiva malignidad. Un pañuelo negro, el luto, la perdida: Tu madre falleció desconsolada porque no sabía cómo conseguir tu libertad. Blanco y dorado: Ha llegado el tiempo de la resignación. Me sobresalta la duda.  Dios se ha vuelto una piedra, una piedra que no oye. Mis labios se han vuelto finos y agrietados como un par de hebras. A pesar de eso, te sigo amando como cuando casi niños nos conocimos. Magenta: Aunque vaya arrastrándome hasta la cárcel, te llevaré en la próxima visita los pasteles de guayaba que tanto te gustan...

     Cuando la jefatura de la prisión determinó que el prisionero nunca volvería a salir a limpiar aquella plaza, el hombre  cayó en un estado de inmenso desconsuelo y al poco tiempo murió cataléptico en el Psiquiátrico. 

Se dice que ella continúa parándose  en el mismo punto, y  como si realizara una tarea eterna,  extrae  pañuelos de su bolsa, sin importarle que su marido ya no esté para interpretar sus mensajes  y sin saber siquiera, que ahora esas fortalezas la han trasformado en lugar de diversión,  donde  la población y los turistas acuden diariamente a bailar, a beber y a copular como nosotros lo habíamos hecho aquella noche.

     De pronto, me embargó una sensación de remordimiento. No sé si  por la historia de los pañuelos.  Somos unos canallas, Antonella, le dije, hemos gozados en estos  muros impregnados por el sufrimiento de no sé cuantas generaciones. Pero ella no me respondió. Cuando terminamos de vestirnos, tomó su Nikon y comenzó a tirar  fotos.

     Su flash iluminaba las jaulas cuyos barrotes se habían vuelto rojos por el óxido y el salitre. Fotografiaba las galeras ennegrecidas por el moho, a los cepos donde los condenados pudieron descubrir la mayor vileza del género humano. Y yo le volvía a repetir: Somos unos canallas,  Antonella, no te das cuenta que hemos comprado la dicha frente a esas mazmorras estrechas donde se apiñaban más de mil hombres que escupían sangre. Pero ella parecía no querer oír y continuaba accionando la cámara.

     Fotografiaba la sala de la muerte, ese cuarto tejido por las preguntas de los que dudaban si existían los ojos de Dios después de la vida. El mismo recinto donde permaneció por cuarenta jornadas, Zenea, el poeta de las indecisiones, que preguntaba a su carcelero cuán  pronto llegaría su última y larga noche.

     Fotos a los grilletes, a las cadenas que todavía cuelgan de los techos como gajos negros que se mueven cuando entran los vientos húmedos del trópico . Fotos a los huecos donde la identidad humana fue disuelta por un decreto, fotos a las letras borrosas pintadas en las paredes que trasmitían un grito: Oh Señor, tengo sed.

     Antonella  dejó por fin de retratar la espesura del desastre. Vagamos sin rumbo por el enredado del pasado, hasta detenernos en un amplio balcón donde se podía tener una vista panorámica de la ciudad. Del otro lado de la bahía, llegaba la música estridente de una orquesta popular y las voces y la risa de la gente que bailaba.

- No sé por qué tienes ese sentimiento de culpabilidad - me dijo -. Europa, y diría que el mundo está lleno de sitios como estos o peores.

     La besé alumbrado por el faro que lanza su luz cada  medio minuto y peina con sus destellos  al mar. Luego, nos llevó el silencio, una quietud de vidrio que sólo sienten los que apenas se conocen. Era la proximidad de una separación definitiva. Era su última noche en la isla y su partida representaba de nuevo para mí, la incertidumbre de no saber qué hacer con mi vida.

Alejandro Lorenzo nació en La Habana, Cuba (1953).  Se graduó de pintura en la academia de San Alejandro. Reside en los Estados Unidos desde 1993. Trabaja como crítico literario para el periódico El Miami Herald. Ha cultivado la poesía y el cuento, a la par de la pintura. Recibió el Premio Nacional de Literatura de la Fundación Alica, México en 1992. Ha publicado: La cuerda rota (poesía, 1990); Cuentos de Mateo (cuentos ilustrados, 1992); y La piedra del cielo (poesía, 1994)