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Los
días corren rápido cuando uno se cree dichoso. Se olvida lo oscuro
del pasado y lo incierto que puede representar siempre el futuro.
Salía frecuentemente con Antonella, una italiana que era más
hermosa que el alba, que usaba sombrero de paja para que el sol no
le avivara sus pecas. Una viajera oriunda de Nápoles, que cantaba
coplas de sembradores y marinos. Con voz perfecta,
rotunda. Una voz que nunca había oído y me parecía como
cascada de maderos que se precipita sobre las aguas de un pozo.
Una
mujer solitaria, en la búsqueda, que fue actriz en varias películas
de aventuras, que según me dijo, también vivía en una isla menor
que la mía, llamada Caprí, y allí era propietaria de una casa
blanca de piedra, donde en la planta alta, desde su ventana, podía
divisar a un ejercito de peces volar sobre las olas y a los barcos
pesqueros permanecer inmóviles en el horizonte y
deleitarse contemplando a una luna de bordes radiantes que era
tragada por la boca negra de una montaña.
Con
ella, olvidaba y me reconciliaba conmigo mismo. Todo se
arreglará, me decía, la vida, mi vida, no es solo una terrible
visión, hay algo que todavía puede resplandecer, algo bueno puede
brotar, en mi, y en el hombre.
Una
noche fuimos al puerto. El mismo que figura en muchas de las
postales que compran los turistas y los nostálgicos exilados
que viven y mueren por el mundo. Cruzamos el túnel,
ascendimos por una colina que conduce a la Fortaleza del
Morro y a su lado, la de La Cabaña. Ambas en la actualidad,
convertidas en centros históricos de esparcimiento exclusivo para
extranjeros y población poseedora de divisas. Años atrás,
la primera fue prisión de militares y de comunes, y la segunda, de
los políticos.
Caminamos largo rato sin decirnos nada. Nuestros deseos estaban
contenidos. Al llegar a un recóndito paraje de piedras y maleza,
nos desnudamos aprisa y empezamos a fornicar como un par de animales
en celo. Nunca lo habíamos hecho.
Lo
hicimos frente al mar, a todo tren, lamiendo nuestra piel.
Lo hicimos cerca de las fosas profundas de ambas fortalezas. El
ardoroso instinto y las marcas de la historia. Lo transitorio que
éramos nosotros y lo eterno que eran esas ruinas cubiertas de moho y
sangre ya seca por los siglos. Sexo y arqueología. Extraña
combinación para inspirar a un catedrático a
escribir un tratado.
Pienso
que esa noche profanamos los sueños de invencibilidad
del ingeniero Antonelli que construyó esos edificios con la intención
de que ningún invasor pudiera conquistar su amada ciudad. Nos
acompañaban otras parejas. Las posadas Habaneras siempre estaban
repletas y los amantes sin posibilidades de una alcoba íntima
se volcaban desesperados a buscar cualquier escondrijo
donde estar juntos.
Lo
hicimos como si participáramos en las remotas noches de San
Juan. La gran orgía. El bullicio, el sudor y el calor de las
carnes en pleno delirio. Me imaginé que vivía en esa breve
pero intensa estación donde se derrama el buen vino sobre los
vientres, y copulando hasta que desaparezcan del cielo los astros,
se celebra la primavera, el plenilunio, el aroma de las ciruelas, el
nacimiento de la floresta que configura la risa de los jóvenes.
En
los muros y laberintos de aquellas fortificaciones, escuché los
gritos de placer de otros amantes. Por lo menos no estábamos
solos, pensé.
Los
hicimos sin darnos cuenta de quienes éramos ni hacia donde iban
nuestras vidas, allí, muy cerca de los precipicios que dan
exactamente a ese mar contaminado por la basura que arrojan los
barcos rusos y chipriotas. Lo hicimos poseídos por un
sentimiento de transitoriedad. Mañana será otro día. Mañana nada
importa. Lo hicimos y lo disfrutábamos, ahí, frente a los
bordes afilados de esas fosas por donde se dice que continuamente
han arrojado los cadáveres de los vencidos. En ese mar donde vagan
los tiburones hambrientos y en su fondo, descansa la osamenta de los
primeros navegantes, de los corsarios y piratas, de los esclavos
blancos y los esclavos negros y los esclavos orientales y de todos
los que fueron ejecutados a través de los siglos, culpables o
inocentes, que esperan, como en un salmo, el día de ser despertados.
Luego,
cuando culminamos, nos pusimos a contemplar las estrellas como un
par de adolescentes.
No
hay nada mejor para cautivar a una viajera que ofrecerle una leyenda.
Vivo en un país que fabrica y exporta leyendas. Esa noche le
conté sobre un recluso, que en La Cabaña, donde
estábamos, su tarea era limpiar cada tarde la
plaza donde disparan el tradicional cañonazo
nocturno de las nueve. Desde allí, mientras realizaba su faena, el
hombre divisaba por unas horas, el otro lado de la ciudad, y al
mismo tiempo, a su mujer, que se paraba en un punto del malecón y
extraía de su bolso unos pañuelos, con los cuales
creaba un lenguaje cifrado, una especie de clave Morse con telas de
seda, y que el prisionero descifraba y reconstruía un
panorama de lo que estaba pasando fuera de su reclusión.
Un
pañuelo blanco y luego otro azul, significaban que ella lo
esperaría hasta que cumpliera su sentencia. Un pañuelo verde, que
le era fiel y que sus ojos eran sus ojos, y en su frente
guardaba para él, los más nobles pensamientos. Un pañuelo
Amarillo: Los niños crecen, el tiempo vuela, pronto serán jóvenes,
terminaran una carrera, se enamoraran, tendrán hijos. Amarillo y
blanco: Tengo miedo, miedo a encanecer, a arrugarme, a ponerme
definitivamente vieja y sola sin que estés a mi lado. Un pañuelo
gris y triangular: No puedo amar a ningún otro hombre, claudica,
luego cuando salgas, iremos al Norte para reconstruir nuestras vidas.
Estoy desesperada, nuestros hijos ya se fueron. Uno blanco con
puntos negros, trasmitía la fatalidad, el comienzo del declive:
Estoy enferma, en la noche aparecen figuras horrendas que me
susurran al oído frases de excesiva malignidad. Un pañuelo negro,
el luto, la perdida: Tu madre falleció desconsolada porque no sabía
cómo conseguir tu libertad. Blanco y dorado: Ha llegado el tiempo
de la resignación. Me sobresalta la duda. Dios se ha vuelto
una piedra, una piedra que no oye. Mis labios se han vuelto finos y
agrietados como un par de hebras. A pesar de eso, te sigo amando
como cuando casi niños nos conocimos. Magenta: Aunque vaya arrastrándome
hasta la cárcel, te llevaré en la próxima visita los pasteles de
guayaba que tanto te gustan...
Cuando
la jefatura de la prisión determinó que el prisionero nunca volvería
a salir a limpiar aquella plaza, el hombre cayó en un estado
de inmenso desconsuelo y al poco tiempo murió cataléptico en el
Psiquiátrico.
Se
dice que ella continúa parándose en el mismo punto, y
como si realizara una tarea eterna, extrae pañuelos de
su bolsa, sin importarle que su marido ya no esté para interpretar
sus mensajes y sin saber siquiera, que ahora esas fortalezas
la han trasformado en lugar de diversión, donde la
población y los turistas acuden diariamente a bailar, a beber y a
copular como nosotros lo habíamos hecho aquella noche.
De
pronto, me embargó una sensación de remordimiento. No sé si
por la historia de los pañuelos. Somos unos canallas,
Antonella, le dije, hemos gozados en estos muros impregnados
por el sufrimiento de no sé cuantas generaciones. Pero ella no me
respondió. Cuando terminamos de vestirnos, tomó su Nikon y comenzó
a tirar fotos.
Su
flash iluminaba las jaulas cuyos barrotes se habían vuelto rojos
por el óxido y el salitre. Fotografiaba las galeras ennegrecidas
por el moho, a los cepos donde los condenados pudieron descubrir la
mayor vileza del género humano. Y yo le volvía a repetir: Somos
unos canallas, Antonella, no te das cuenta que hemos comprado
la dicha frente a esas mazmorras estrechas donde se apiñaban más
de mil hombres que escupían sangre. Pero ella parecía no querer oír
y continuaba accionando la cámara.
Fotografiaba
la sala de la muerte, ese cuarto tejido por las preguntas de los que
dudaban si existían los ojos de Dios después de la vida. El mismo
recinto donde permaneció por cuarenta jornadas, Zenea, el poeta de
las indecisiones, que preguntaba a su carcelero cuán pronto
llegaría su última y larga noche.
Fotos
a los grilletes, a las cadenas que todavía cuelgan de los techos
como gajos negros que se mueven cuando entran los vientos húmedos
del trópico . Fotos a los huecos donde la identidad humana fue
disuelta por un decreto, fotos a las letras borrosas pintadas en las
paredes que trasmitían un grito: Oh Señor, tengo sed.
Antonella
dejó por fin de retratar la espesura del desastre. Vagamos sin
rumbo por el enredado del pasado, hasta detenernos en un amplio balcón
donde se podía tener una vista panorámica de la ciudad. Del otro
lado de la bahía, llegaba la música estridente de una orquesta
popular y las voces y la risa de la gente que bailaba.
-
No sé por qué tienes ese sentimiento de culpabilidad - me dijo -.
Europa, y diría que el mundo está lleno de sitios como estos o
peores.
La
besé alumbrado por el faro que lanza su luz cada medio minuto
y peina con sus destellos al mar. Luego, nos llevó el
silencio, una quietud de vidrio que sólo sienten los que apenas se
conocen. Era la proximidad de una separación definitiva. Era su última noche en la isla y su partida representaba
de nuevo para mí, la incertidumbre de no saber qué hacer con mi
vida.
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