|
Todos veníamos a saludarla, como si por unanimidad
hubiésemos estado de acuerdo. Unos venían a las siete de la mañana,
otros llegaban a las once, a la una o a las tres. La madre llegaba a
las cinco. Se sentaba con ella hasta que el sol se acostaba dando
paso a la luna y al padre que también venía a visitarla. Traían
viandas, frutas frescas, música, animales vivos y cocidos,
taburetes, toldos y camas para acompañarla.
Yo
escuché que la niña era muy visitada por todos los de la comarca y
que incluso venían seglares de Europa y de la misma China. Absorta
ante tantos comentarios, decidí venir a verla. Necesitaba dinero
para salir del altiplano y llegar al valle donde, según todos, ella
vivía. No era fácil en esta época del año conseguir veinte pesos
de modo que decidí robarme tres gallinas, cuatro patos y un bulto
de mazorcas. Me levanté en la noche, despacito para que nadie me
descubriera, porque papá escuchaba bien todos los ruidos. Estamos
acostumbrados a vivir en el altiplano y allí nuestros oídos se
desarrollan favorablemente. Yo solía escuchar las conversaciones de
los peones en las mañanas, cuando preparaba las arepas con chicharrón
frito y el chocolate para mis hermanos. A veces escuchaba como papá
desde lejos respondía con sarcasmo las chanzas hechas entre ellos.
Mi madre, que estaba en el gallinero, o pilando el maíz para la
mazamorra, acompañaba a papá con unas coplas que tenían buena
rima. A veces yo quería contestar la copla, pero recordaba que los
muchachos no pueden ser malcriados ni meterse en las conversaciones
de los mayores. Mejor me hacía la sorda. Sabía bien que por estos
animales y el bulto de mazorcas pagarían el dinero que necesitaba
para ir a Los Rosales; no me perdería: todos conocían el camino
para llevarme a donde la niña. El problema radicaba en cómo callar
estos animales para sacarlos del gallinero sin que fuesen escuchados
sus lamentos. En la noche no podía ser por el silencio, pero las
mazorcas si las podía esconder en la barraca. Las gallinas y
los patos tendría que capturarlos en la mañanita antes de que mamá
fuera a darles de comer.
Todos la querían. Daba compasión el verla allí solita.
Sufriendo fríos, calores, lluvias y el sol del mediodía. Primero
inventaron ponerle una sombrilla para evitarle el sol, pero ella se
cansaba de sostenerla. Entonces, decidieron clavar la sombrilla en
la tierra, pero los vientos fuertes se la llevaban, los mismos que
envolvían a la niña en un remolino de polvo, hasta hacerla
estornudar. Por lo tanto alguien decidió construirle una casa. Así
le evitaron que sufriera en la intemperie. La casa debía consistir
en un cuarto espacioso para que todos los visitantes entraran y
tendieran sus toldos, camas, taburetes y sus viandas.
Yo
había escuchado que todos los días al sonar el ángelus, el párroco
de la iglesia, iba y la bendecía, y ella, contrita y resignada veía
cómo unos veinte centímetros de su cuerpo iban desapareciendo ante
la vista del sacristán y el cura. Después de esto, cantaban salmos,
al mismo tiempo que le pasaban por su cuerpo palmas benditas. Era
como un ritual para que su alma llegara al cielo lo más blanca
posible. Ella nunca se quejó, ni protestó ante su madre por este
suceso que era discutido mundialmente.
Donde
por primera vez se escuchó la noticia, fuera de Los Rosales fue en
Estados Unidos. Llegaron periodistas, fotógrafos, camarógrafos y
geólogos, para cubrir el evento. Era un gran acontecimiento. Llegó
gente de todos los rincones del universo. Dicen que hasta un
troglodita llegó a saludarla y darle una carta de su hijo más
preciado. La verdad no lo sé, porque cuando yo viví la misma
situación no vi que nadie llegara a saludarme.
Me
robé las gallinas y los patos en una tarde de sol. Mis padres habían
ido al río con mis hermanos. Yo simulé estar indispuesta. Era el
momento que necesitaba. Nadie me veía. Até mi ropa en un bultico.
No era necesario llegar con tantas cosas. Tenía que contar con la
suerte de vender bien los animales y las mazorcas. Salí de casa muy
contenta a esperar la última línea que pasaba a las seis de la
tarde. Lo extraño era que no sentía miedo ante el hurto cometido.
Creo que si el arrepentimiento hubiera llegado antes de vender los
animales, no estuviera ahora hablando contigo. El camino era largo,
así que me quedé dormida mientras la línea descendía por la
montaña.
Yo sabía que cuidando el resto del dinero que me había
sobrado, tenía suficiente para vivir fuera de la casa un mes y
medio. Hasta me sobró una gallina, la cual pensé matar en Los
Rosales y convidar a la niña a una comida del altiplano, antes de
que la tierra terminara de tragársela.
Llegué
a Los Rosales a las tres de la tarde del día siguiente. Hacía un
calor desgarrador. Quería quitarme todo, buscar un río e irme a bañar.
Me asfixiaba. Mi ropa empezó a mojarse con mi sudor. Me quité el
saco y me lo puse en la mano. A veces se me caía, pues estaba
mareada. No resistía el calor, era como si hubiese llegado al
infierno. Pregunté dónde se encontraba la niña y todos me miraron
sorprendidos. Así que les dije: Vengo del altiplano en representación
de mi gente. (Yo misma me sorprendí al decir estas palabras. Quería
también creerlas y las repetía constantemente).
No
era fácil llegar donde estaba la niña. Tenía que esperar por lo
menos medio día para verla, pues la fila era interminable. Al
principio me desanimó la espera. Después me fui entusiasmando con
los comentarios que escuchaba a mi alrededor. Le pregunté a las
personas que también se paseaban por allí si podría hablar con
ella y cuánto tiempo duraba una entrevista. Los datos me
desanimaron. Decían: una hora, o unos minutos. Depende de la
categoría de los visitantes o de la muchedumbre que espera. También
se contaba con el tiempo que hacía. El calor y la lluvia caían
sobre los cuerpos de los visitantes, a quienes eso poco les
importaba. Allí me fui enterando de cómo la niña quedó atrapada
en la tierra. Unos decían que el derrumbe de la casa en que residía
la familia la atrapó. Otros que su pies quedaron atrapados en un
pozo antiguo que con el tiempo se fue cerrando. Esta versión era la
más acertada para los que estaban curados de todo espanto y veían
a la ciencia como la lógica de los hechos. Estos discutían
acaloradamente con los otros que entendían este acontecimiento como
el producto de fuerzas sobrenaturales. Cada quien tenía su propia
versión. Lo que sí pudimos comprobar es que cada día la niña iba
desapareciendo ante los ojos de los desconcertados visitantes. No
había ciencia que la salvara; ni los americanos, los del norte, que
conocían todas las técnicas de excavación, lograron salvarla. Era
cosa del demonio, creo. Ese día que yo estaba en fila, escuché que
se estaba hundiendo más que todos los días; ya tenía afuera sólo
la cabeza y el pecho, para asombro de geólogos, antropólogos y topógrafos
que estaban presenciando la angustia de la niña.
No se escuchaba crujir la tierra. Mis oídos eran muy finos,
para percibir cualquier ruido por insignificante que fuera. No crujía
la tierra. Me irritaba la espera. Quería llegar a verla antes de
que la tierra se la tragara. Ella era la única que me contaría la
verdad de los acontecimientos. Porque ahora empezaba a dudar de todo
lo que hasta el momento había escuchado. Algo que me llamó la
atención en estas horas interminables de espera fue ver pasar al
sacerdote con un monaguillo, una paila grande con agua bendita, un
crucifijo y las famosas palmas. De alguien escuché que con estas
ramas el cura y la madre exorcizaban a la criatura para que se fuera
desapareciendo. Decidí adelantarme aunque la gente se enfadara. Al
pasar al lado de ellos escuchaba cosas que mis oídos no entendían.
Era una lengua desconocida de gentes que estaban allí como yo,
deseando conocerla o pedirle algún deseo, para que se cumpliese
después de la desaparición de ella. Al llegar a la casa me encontré
con el cura y la madre de ésta. Pedí permiso a todos, para que me
permitiesen entrar antes que ella se esfumara. Todos me miraban
sorprendidos no sé si por mi osadía, o por lo que yo les decía.
Según ellos tenía que esperar como todo el mundo, pero como he
vivido en el altiplano los pude hacer creer que yo sabía una oración
prodigiosa que dominaba todo lo sobrenatural. Así que, no dudando
de los que les decía, saqué la gallineta negra. Nadie la conocía,
para ellos era nuevo este animal, entonces empecé a explicarles que
este curaba todo embrujo, mal de ojo, la rabia, la peste y hasta las
fuerzas demoníacas destruía. Me miraron sorprendidos. Me hacían
preguntas, las cuales yo respondía muy tranquilamente, como si todo
lo conociese.
Ante el desconcierto de todos, degollé la gallina. No podía
perder tiempo, e inventando un fogón de piedra hice fuego con la leña
que recogí en el camino. Condimenté la gallina e hice otras
operaciones que ustedes hacen cuando van a preparar un animal de
estos. Puse verduras para el plato típico del altiplano. Hecho esto,
se lo serví, lo fue saboreando entre risas y alegrías y me iba
relatando cómo ella quedó atrapada entre la tierra. Era su culpa.
Había desafiado a su madre y al salir huyendo de la casa, la madre
le gritó “Te va a tragar la tierra, por grosera”,
y ahí mismito la tierra se fue abriendo hasta cubrirle las
caderas. Nadie había podido ayudarla con esta maldición. Estaba
arrepentida de lo sucedido. El cura y su madre estaban ahí para
santificarla con el agua bendita, los ramos y el Cristo para
evitarle sufrimientos. “Así dios no me castiga, tiene compasión
y me perdona”, me dijo. Al terminar de comer y relatar la historia,
la tierra empezó a temblar. Se fue agrietando el lugar donde yo
estaba parada y fui observando cómo la chica desaparecía ante mi
vista y cómo también comencé a hundirme en este hoyo que empezó
a apagar mi existencia. Ahora que soy polvo, después que he
alimentado la tierra de Los Rosales con mi putrefacción, dudo de
que en realidad alguien haya visto a la niña y cómo la tierra la
fue tragando convirtiéndola en lo que yo soy ahora: POLVO.
|