Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 17/18

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesores de Arte

Carlos Quevedo
Mauricio Saldarriaga

 

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Boletín Informativo

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ANATEMA

por

Luz E. Macías

 

     Todos veníamos a saludarla, como si por unanimidad hubiésemos estado de acuerdo. Unos venían a las siete de la mañana, otros llegaban a las once, a la una o a las tres. La madre llegaba a las cinco. Se sentaba con ella hasta que el sol se acostaba dando paso a la luna y al padre que también venía a visitarla. Traían viandas, frutas frescas, música, animales vivos y cocidos, taburetes, toldos y camas para acompañarla.
     Yo escuché que la niña era muy visitada por todos los de la comarca y que incluso venían seglares de Europa y de la misma China. Absorta ante tantos comentarios, decidí venir a verla. Necesitaba dinero para salir del altiplano y llegar al valle donde, según todos, ella vivía. No era fácil en esta época del año conseguir veinte pesos de modo que decidí robarme tres gallinas, cuatro patos y un bulto de mazorcas. Me levanté en la noche, despacito para que nadie me descubriera, porque papá escuchaba bien todos los ruidos. Estamos acostumbrados a vivir en el altiplano y allí nuestros oídos se desarrollan favorablemente. Yo solía escuchar las conversaciones de los peones en las mañanas, cuando preparaba las arepas con chicharrón frito y el chocolate para mis hermanos. A veces escuchaba como papá desde lejos respondía con sarcasmo las chanzas hechas entre ellos. Mi madre, que estaba en el gallinero, o pilando el maíz para la mazamorra, acompañaba a papá con unas coplas que tenían buena rima. A veces yo quería contestar la copla, pero recordaba que los muchachos no pueden ser malcriados ni meterse en las conversaciones de los mayores. Mejor me hacía la sorda. Sabía bien que por estos animales y el bulto de mazorcas pagarían el dinero que necesitaba para ir a Los Rosales; no me perdería: todos conocían el camino para llevarme a donde la niña. El problema radicaba en cómo callar estos animales para sacarlos del gallinero sin que fuesen escuchados sus lamentos. En la noche no podía ser por el silencio, pero las  mazorcas si las podía esconder en la barraca. Las gallinas y los patos tendría que capturarlos en la mañanita antes de que mamá fuera a darles de comer.
 

     Todos la querían. Daba compasión el verla allí solita. Sufriendo fríos, calores, lluvias y el sol del mediodía. Primero inventaron ponerle una sombrilla para evitarle el sol, pero ella se cansaba de sostenerla. Entonces, decidieron clavar la sombrilla en la tierra, pero los vientos fuertes se la llevaban, los mismos que envolvían a la niña en un remolino de polvo, hasta hacerla estornudar. Por lo tanto alguien decidió construirle una casa. Así le evitaron que sufriera en la intemperie. La casa debía consistir en un cuarto espacioso para que todos los visitantes entraran y tendieran sus toldos, camas, taburetes y sus viandas.
      Yo había escuchado que todos los días al sonar el ángelus, el párroco de la iglesia, iba y la
bendecía, y ella, contrita y resignada veía cómo unos veinte centímetros de su cuerpo iban desapareciendo ante la vista del sacristán y el cura. Después de esto, cantaban salmos, al mismo tiempo que le pasaban por su cuerpo palmas benditas. Era como un ritual para que su alma llegara al cielo lo más blanca posible. Ella nunca se quejó, ni protestó ante su madre por este suceso que era discutido mundialmente.
     Donde por primera vez se escuchó la noticia, fuera de Los Rosales fue en Estados Unidos. Llegaron periodistas, fotógrafos, camarógrafos y geólogos, para cubrir el evento. Era un gran acontecimiento. Llegó gente de todos los rincones del universo. Dicen que hasta un troglodita llegó a saludarla y darle una carta de su hijo más preciado. La verdad no lo sé, porque cuando yo viví la misma situación no vi que nadie llegara a saludarme.
     Me robé las gallinas y los patos en una tarde de sol. Mis padres habían ido al río con mis hermanos. Yo simulé estar indispuesta. Era el momento que necesitaba. Nadie me veía. Até mi ropa en un bultico. No era necesario llegar con tantas cosas. Tenía que contar con la suerte de vender bien los animales y las mazorcas. Salí de casa muy contenta a esperar la última línea que pasaba a las seis de la tarde. Lo extraño era que no sentía miedo ante el hurto cometido. Creo que si el arrepentimiento hubiera llegado antes de vender los animales, no estuviera ahora hablando contigo. El camino era largo, así que me quedé dormida mientras la línea descendía por la montaña. 

     Yo sabía que cuidando el resto del dinero que me había sobrado, tenía suficiente para vivir fuera de la casa un mes y medio. Hasta me sobró una gallina, la cual pensé matar en Los Rosales y convidar a la niña a una comida del altiplano, antes de que la tierra terminara de tragársela.
     Llegué a Los Rosales a las tres de la tarde del día siguiente. Hacía un calor desgarrador. Quería quitarme todo, buscar un río e irme a bañar. Me asfixiaba. Mi ropa empezó a mojarse con mi sudor. Me quité el saco y me lo puse en la mano. A veces se me caía, pues estaba mareada. No resistía el calor, era como si hubiese llegado al infierno. Pregunté dónde se encontraba la niña y todos me miraron sorprendidos. Así que les dije: Vengo del altiplano en representación de mi gente. (Yo misma me sorprendí al decir estas palabras. Quería también creerlas y las repetía constantemente).
     No era fácil llegar donde estaba la niña. Tenía que esperar por lo menos medio día para verla, pues la fila era interminable. Al principio me desanimó la espera. Después me fui entusiasmando con los comentarios que escuchaba a mi alrededor. Le pregunté a las personas que también se paseaban por allí si podría hablar con ella y cuánto tiempo duraba una entrevista. Los datos me desanimaron. Decían: una hora, o unos minutos. Depende de la categoría de los visitantes o de la muchedumbre que espera. También se contaba con el tiempo que hacía. El calor y la lluvia caían sobre los cuerpos de los visitantes, a quienes eso poco les importaba. Allí me fui enterando de cómo la niña quedó atrapada en la tierra. Unos decían que el derrumbe de la casa en que residía la familia la atrapó. Otros que su pies quedaron atrapados en un pozo antiguo que con el tiempo se fue cerrando. Esta versión era la más acertada para los que estaban curados de todo espanto y veían a la ciencia como la lógica de los hechos. Estos discutían acaloradamente con los otros que entendían este acontecimiento como el producto de fuerzas sobrenaturales. Cada quien tenía su propia versión. Lo que sí pudimos comprobar es que cada día la niña iba desapareciendo ante los ojos de los desconcertados visitantes. No había ciencia que la salvara; ni los americanos, los del norte, que conocían todas las técnicas de excavación, lograron salvarla. Era cosa del demonio, creo. Ese día que yo estaba en fila, escuché que se estaba hundiendo más que todos los días; ya tenía afuera sólo la cabeza y el pecho, para asombro de geólogos, antropólogos y topógrafos que estaban presenciando la angustia de la niña. 

     No se escuchaba crujir la tierra. Mis oídos eran muy finos, para percibir cualquier ruido por insignificante que fuera. No crujía la tierra. Me irritaba la espera. Quería llegar a verla antes de que la tierra se la tragara. Ella era la única que me contaría la verdad de los acontecimientos. Porque ahora empezaba a dudar de todo lo que hasta el momento había escuchado. Algo que me llamó la atención en estas horas interminables de espera fue ver pasar al sacerdote con un monaguillo, una paila grande con agua bendita, un crucifijo y las famosas palmas. De alguien escuché que con estas ramas el cura y la madre exorcizaban a la criatura para que se fuera desapareciendo. Decidí adelantarme aunque la gente se enfadara. Al pasar al lado de ellos escuchaba cosas que mis oídos no entendían. Era una lengua desconocida de gentes que estaban allí como yo, deseando conocerla o pedirle algún deseo, para que se cumpliese después de la desaparición de ella. Al llegar a la casa me encontré con el cura y la madre de ésta. Pedí permiso a todos, para que me permitiesen entrar antes que ella se esfumara. Todos me miraban sorprendidos no sé si por mi osadía, o por lo que yo les decía. Según ellos tenía que esperar como todo el mundo, pero como he vivido en el altiplano los pude hacer creer que yo sabía una oración prodigiosa que dominaba todo lo sobrenatural. Así que, no dudando de los que les decía, saqué la gallineta negra. Nadie la conocía, para ellos era nuevo este animal, entonces empecé a explicarles que este curaba todo embrujo, mal de ojo, la rabia, la peste y hasta las fuerzas demoníacas destruía. Me miraron sorprendidos. Me hacían preguntas, las cuales yo respondía muy tranquilamente, como si todo lo conociese. 

     Ante el desconcierto de todos, degollé la gallina. No podía perder tiempo, e inventando un fogón de piedra hice fuego con la leña que recogí en el camino. Condimenté la gallina e hice otras operaciones que ustedes hacen cuando van a preparar un animal de estos. Puse verduras para el plato típico del altiplano. Hecho esto, se lo serví, lo fue saboreando entre risas y alegrías y me iba relatando cómo ella quedó atrapada entre la tierra. Era su culpa. Había desafiado a su madre y al salir huyendo de la casa, la madre le gritó “Te va a tragar la tierra, por grosera”,  y ahí mismito la tierra se fue abriendo hasta cubrirle las caderas. Nadie había podido ayudarla con esta maldición. Estaba arrepentida de lo sucedido. El cura y su madre estaban ahí para santificarla con el agua bendita, los ramos y el Cristo para evitarle sufrimientos. “Así dios no me castiga, tiene compasión y me perdona”, me dijo. Al terminar de comer y relatar la historia, la tierra empezó a temblar. Se fue agrietando el lugar donde yo estaba parada y fui observando cómo la chica desaparecía ante mi vista y cómo también comencé a hundirme en este hoyo que empezó a apagar mi existencia. Ahora que soy polvo, después que he alimentado la tierra de Los Rosales con mi putrefacción, dudo de que en realidad alguien haya visto a la niña y cómo la tierra la fue tragando convirtiéndola en lo que yo soy ahora: POLVO.

Luz E. Macías nació en Pereira, Colombia (1955). Reside en el sur de la Florida desde hace varios años. Realizó estudios de Postgrado en Literatura Latinoamericana y tiene un Master en Educación Bilingüe. Ha sido invitada a participar en talleres de narrativa con Luis Rafael Sánchez, Iván Silén, Ramos Otero y Emilio Carballido. Su obra de teatro “El hijo buenito...” fue producida por I.A.T.I. en el festival de verano de Nueva York en 1990. Su libro de cuentos Los pasos (Cuentos del Cielo y del Infierno) fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Miami 2001. Otros de sus cuentos se han publicado en revistas y periódicos en Pereira y Nueva York. Es directora de la revista bilingüe La casa del Hada. En la actualidad trabaja para el sistema público de enseñanza del Condado de Broward y escribe cuentos para niños.