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Mrs.
Cameson está sentada frente a la mesa de cocina, inclinada sobre
una carpeta con papeles. Solo hay luz en esa área de la casa.
Escucha un ruido y levanta levemente la cabeza de cabellos rojos,
desordenados. Mira hacia el jardín, a través de la puerta de
vidrio y ve las plantas que se meten por la malla que reemplaza las
rejas en las casas floridanas. Escucha otro ruido y entonces
gira su cuerpo, con la intención de bajar el volumen del radio que
en ese instante transmite los bombardeos sobre Kabul.
Mrs.
Cameson siente un vuelco en el corazón cuando ve a una joven
vestida de invierno, de pie, frente a ella, como una aparición en
esa cálida noche de Fort Lauderdale.
-
¿Quién es usted?, le grita en inglés:
-
Who are you?
La
joven le sonríe y le responde:
-
¿No me recuerda?
Mrs
Cameson contempla la sonrisa en el rostro de esa joven de cabellos
negros muy lisos, que caen más abajo de su nuca y reconoce en sus
palabras el inconfundible acento que detesta.
-
Get out, get out (Fuera, fuera) - grita Mrs Cameson, mientras
alcanza nerviosa el teléfono celular, para presionar el diminuto
botón rojo que enviará la alarma a la estación de policia más
cercana. Sin embargo sus dedos no le responden. No puede dejar
de mirar los ojos negros de la joven vestida de invierno.
Busca su rostro entre los cientos de rostros que ha conocido y no la
reconoce.
Piensa
de nuevo en que solo le bastará presionar ese botón y en minutos
la casa estará rodeada de radiopatrullas y la sobrevolaran helicópteros.
Pero la muchacha vestida de invierno le sonríe como si lo hiciera
desde la entrada del infierno y Mrs. Cameson siente que sus cabellos
rojos se erizan y que sus dedos se quedan quietos, entonces pregunta:
-
¿Qué quiere de mi? - en un español que tiembla en sus labios, un
español aprendido años atrás en su remota adolescencia; un español
que se había prohibido a sí misma volver a pronunciar.
-
La quiero a usted Mrs. Cameson - dice la muchacha vestida de
invierno.
Los
bombardeos se silencian durante un instante y Mrs. Cameson parece
substraerse al hechizo de la muchacha. Va a tomar el teléfono
celular, pero en ese instante reconoce el rostro de la joven.
La ve sentada diez años atrás, entre sus estudiantes del curso
libre de escritura creativa. Decide que no esperará un
segundo más y que llamará a la policía, pero de nuevo sus dedos no
le responden, está inmóvil y no puede escapar de ella. Siente
sobre sí el poder que ejercen los muertos cuando se le aparecen a
los vivos. Mrs. Cameson nota que la muchacha se abre un poco
el abrigo, lleva botas negras y de su hombro derecho cuelga un bolso
enorme. El aire se llena del perfume de la muchacha y los
bombardeos sobre Kabul suenan en la noche de Fort Lauderdale como si
estuvieran ocurriendo en un barrio vecino y no a miles y miles de
kilómetros de distancia. Mrs. Cameson siente que las piernas
se le mueven automáticamente en un temblor extraño. La señal de
la radio se interrumpe y es como si ella despertara de un sueño.
Acaricia su teléfono celular y entonces recuerda a los alumnos de
su primera clase como maestra de Escritura Creativa en una escuela
intermedia: cerca de veinte estudiantes, entre ellos una anciana frágil
y dulce que a sus setenta y siete años había decidido dedicarse a
escribir, una mujer de acento británico, de cabellos muy negros,
recogidos detrás de las orejas, un joven tímido y robusto, y una
muchacha que cuidaba animales abandonados en un hogar de paso.
Los recordaba en especial porque fueron ellos quienes le dijeron, en
la tercera clase, que no la querían más como maestra.
Mrs.
Cameson observa a la muchacha vestida de invierno, y la recuerda
semejante a una de esas muñecas de porcelana que venden en los
almacenes en época de navidad, con un sombrero ladeado sobre la
frente, sentada entre los estudiantes, hablando de su vocación
literaria y de precoces publicaciones en revistas de su país natal,
en un inglés fragmentario, con una pronunciación deficiente, la única
hispana de la clase, confundiendo los tiempos de los verbos y
confundiéndola a ella, avivándole recuerdos sepultados, removiéndole
heridas nunca curadas.
Mrs.
Cameson sigue los movimientos de la joven, la ve depositar varios
libros sobre la mesa y después descubre el arma que sostiene entre
sus manos, pero algo la inmoviliza y no reacciona, solo siente que
el espíritu ha partido ya de su cuerpo. Escucha que ella le
ordena:
-
Lea en voz alta, Mrs. Cameson, hágalo como si leyera a Joseph
Conrad, como si estuviera leyendo “The Heart of the Darkness”.
Lea con el más puro acento inglés, usted, hija de inmigrantes, que
aprendió otra lengua de labios de sus padres. Lea, Mrs. Cameson,
como no quiso hacerlo esa noche, cuando decidió mi exclusión del
mundo literario. Lea, y escuche los bombardeos sobre la tierra
de Aladino en esa noche de Enero de 1991. Súbase a mi auto y
regrese conmigo a ese barrio de casas decoradas con cintas amarillas,
a mi cuarto, a mi mesa de escritora, albergue de diccionarios que no
me sirvieron para evitar que usted se negara a leer el artículo que
yo había escrito, porque usted imaginaba de antemano que estaba
plagado de errores.
Mrs.
Cameson recibe las hojas blancas, impresas, dispuesta a repetir el
ritual. Lee, marcando los errores, trazando líneas con un
lapiz que acaba de tomar, mientras los bombardeos se reanudan, junto
al llanto de los niños que corren por las calles en la mañana
afgana asediada por los vampiros de metal de la Fuerza Aérea
Norteamericana. Mrs. Cameson viaja a través del tiempo, rechaza el
escrito que la joven hispana le entrega y le pide que la vea a solas
a la hora del descanso. Piensa que la muchacha entenderá y le
evitará la penosa tarea de decirle que no vuelva, pero la joven la
aborda en la cafetería de la escuela.
-
Este no es el curso que usted necesita, - le dice Mrs. Cameson con lástima
no disimulada - debe inscribirse en el curso de inglés para
estudiantes extranjeros. En la oficina, con el recibo, le van
a devolver el dinero del curso.
Los
bombardeos suenan como los estallidos de los juegos pirotécnicos,
como la pólvora en las fiestas navideñas, como los videojuegos de
los niños. Mrs. Cameson levanta los ojos del texto y ve que
la muchacha vestida de invierno, le esta apuntando con el revólver.
Entonces viaja mucho más lejos, regresa a otro Enero mucho más
remoto, cuando los aviones norteamericanos lanzaban bombas sobre la
selva vietnamita. Lisa Cameson aspira el cigarrillo, el olor a
hierba envuelve la pequeña habitación. Hace frío y contempla el
rostro de porcelana de su compañera de cuarto, escucha su español
salpicado de palabras en inglés, y siente que ya no podrá ser
feliz de otra manera sino escuchando el dulce acento de la joven.
Con la dedicación que solo concede el amor, se entrega al estudio
del idioma español, y aprende a pronunciar palabras que repite
lenta y pausada: con-des-cen-dien-te, in-dul-gen-cia, to-le-ran-cia,
pa-cien-cia, mientras cae en el abismo de los amores contrariados,
de los asedios sin respuesta. La reina de los cabellos rojos
desordenados, extiende sus dedos manchados de pecas, para acariciar
el rostro de porcelana de la colombiana, para hundirse en la
oscuridad de sus ojos, pero ella la empuja y le grita: ¡Perra
vikinga!.
Mrs
Cameson observa a la joven vestida de invierno y sonrisa morada que
le apunta con el arma. Sabe que si le dispara, la bala le atravesará
la frente y le perforará el cerebro. Está tan cerca de ella que
siente el delicado perfume que emana de su ropa. La radio
finaliza la transmisión de bombardeos sobre Kabul y escucha la voz
del locutor que saluda y le devuelve la sensasión de que no está
sola, de que otros, en ese instante como ella, desde la quietud de
sus hogares, escuchan la misma voz. Despierta de un largo sueño
y hunde con fuerza el botón rojo de su teléfono celular, y se
pregunta por que la muchacha lleva ese abrigo negro tan pesado, si
hace calor en la noche de Fort Lauderdale. En la radio una sonata de
Bach, inunda la penumbra de la cocina. Mrs. Cameson escucha las
sirenas que se acercan, viajando en la ciudad como en un cortejo fúnebre.
Contempla el rostro de la muchacha de cabellos negros que se parece
tanto a esa joven que ella amó en la adolescencia, y alcanza a
escuchar que ella le dice:
-
Happy New Year, Mrs. Cameson - mientras hunde el gatillo.
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