Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 17/18

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesores de Arte

Carlos Quevedo
Mauricio Saldarriaga

 

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Boletín Informativo

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UNA CITA CON MRS. CAMESON

por

Freda Mosquera

 

     Mrs. Cameson está sentada frente a la mesa de cocina, inclinada sobre una carpeta con papeles.  Solo hay luz en esa área de la casa. Escucha un ruido y levanta levemente la cabeza de cabellos rojos, desordenados.  Mira hacia el jardín, a través de la puerta de vidrio y ve las plantas que se meten por la malla que reemplaza las rejas en las casas floridanas.  Escucha otro ruido y entonces gira su cuerpo, con la intención de bajar el volumen del radio que en ese instante transmite los bombardeos sobre Kabul. 

     Mrs. Cameson siente un vuelco en el corazón cuando ve a una joven vestida de invierno, de pie, frente a ella, como una aparición en esa cálida noche de Fort Lauderdale.

- ¿Quién es usted?, le grita en inglés:

- Who are you?

La joven le sonríe y le responde:

- ¿No me recuerda?

Mrs Cameson contempla la sonrisa en el rostro de esa joven de cabellos negros muy lisos, que caen más abajo de su nuca y reconoce en sus palabras el inconfundible acento que detesta.

- Get out, get out (Fuera, fuera) - grita Mrs Cameson, mientras alcanza nerviosa el teléfono celular, para presionar el diminuto botón rojo que enviará la alarma a la estación de policia más cercana.  Sin embargo sus dedos no le responden. No puede dejar de mirar los ojos negros de la joven vestida de invierno.  Busca su rostro entre los cientos de rostros que ha conocido y no la reconoce. 

     Piensa de nuevo en que solo le bastará presionar ese botón y en minutos la casa estará rodeada de radiopatrullas y la sobrevolaran helicópteros. Pero la muchacha vestida de invierno le sonríe como si lo hiciera desde la entrada del infierno y Mrs. Cameson siente que sus cabellos rojos se erizan y que sus dedos se quedan quietos, entonces pregunta:

- ¿Qué quiere de mi? - en un español que tiembla en sus labios, un español aprendido años atrás en su remota adolescencia; un español que se había prohibido a sí misma volver a pronunciar.

- La quiero a usted Mrs. Cameson - dice la muchacha vestida de invierno. 

     Los bombardeos se silencian durante un instante y Mrs. Cameson parece substraerse al hechizo de la muchacha.  Va a tomar el teléfono celular, pero en ese instante reconoce el rostro de la joven.  La ve sentada diez años atrás, entre sus estudiantes del curso libre de escritura creativa.  Decide que no esperará un segundo más y que llamará a la policía, pero de nuevo sus dedos no le responden, está inmóvil y no puede escapar de ella. Siente sobre sí el poder que ejercen los muertos cuando se le aparecen a los vivos.  Mrs. Cameson nota que la muchacha se abre un poco el abrigo, lleva botas negras y de su hombro derecho cuelga un bolso enorme.  El aire se llena del perfume de la muchacha y los bombardeos sobre Kabul suenan en la noche de Fort Lauderdale como si estuvieran ocurriendo en un barrio vecino y no a miles y miles de kilómetros de distancia.  Mrs. Cameson siente que las piernas se le mueven automáticamente en un temblor extraño. La señal de la radio se interrumpe y es como si ella despertara de un sueño. Acaricia su teléfono celular y entonces recuerda a los alumnos de su primera clase como maestra de Escritura Creativa en una escuela intermedia: cerca de veinte estudiantes, entre ellos una anciana frágil y dulce que a sus setenta y siete años había decidido dedicarse a escribir, una mujer de acento británico, de cabellos muy negros, recogidos detrás de las orejas, un joven tímido y robusto, y una muchacha que cuidaba animales abandonados en un hogar de paso.  Los recordaba en especial porque fueron ellos quienes le dijeron, en la tercera clase, que no la querían más como maestra. 

     Mrs. Cameson observa a la muchacha vestida de invierno, y la recuerda semejante a una de esas muñecas de porcelana que venden en los almacenes en época de navidad, con un sombrero ladeado sobre la frente, sentada entre los estudiantes, hablando de su vocación literaria y de precoces publicaciones en revistas de su país natal, en un inglés fragmentario, con una pronunciación deficiente, la única hispana de la clase, confundiendo los tiempos de los verbos y confundiéndola a ella, avivándole recuerdos sepultados, removiéndole heridas nunca curadas. 

     Mrs. Cameson sigue los movimientos de la joven, la ve depositar varios libros sobre la mesa y después descubre el arma que sostiene entre sus manos, pero algo la inmoviliza y no reacciona, solo siente que el espíritu ha partido ya de su cuerpo.  Escucha que ella le ordena:

- Lea en voz alta, Mrs. Cameson, hágalo como si leyera a Joseph Conrad, como si estuviera leyendo “The Heart of the Darkness”.  Lea con el más puro acento inglés, usted, hija de inmigrantes, que aprendió otra lengua de labios de sus padres. Lea, Mrs. Cameson, como no quiso hacerlo esa noche, cuando decidió mi exclusión del mundo literario.  Lea, y escuche los bombardeos sobre la tierra de Aladino en esa noche de Enero de 1991. Súbase a mi auto y regrese conmigo a ese barrio de casas decoradas con cintas amarillas, a mi cuarto, a mi mesa de escritora, albergue de diccionarios que no me sirvieron para evitar que usted se negara a leer el artículo que yo había escrito, porque usted imaginaba de antemano que estaba plagado de errores.

     Mrs. Cameson recibe las hojas blancas, impresas, dispuesta a repetir el ritual.  Lee, marcando los errores, trazando líneas con un lapiz que acaba de tomar, mientras los bombardeos se reanudan, junto al llanto de los niños que corren por las calles en la mañana afgana asediada por los vampiros de metal de la Fuerza Aérea Norteamericana. Mrs. Cameson viaja a través del tiempo, rechaza el escrito que la joven hispana le entrega y le pide que la vea a solas a la hora del descanso.  Piensa que la muchacha entenderá y le evitará la penosa tarea de decirle que no vuelva, pero la joven la aborda en la cafetería de la escuela.

- Este no es el curso que usted necesita, - le dice Mrs. Cameson con lástima no disimulada - debe inscribirse en el curso de inglés para estudiantes extranjeros.  En la oficina, con el recibo, le van a devolver el dinero del curso.

     Los bombardeos suenan como los estallidos de los juegos pirotécnicos, como la pólvora en las fiestas navideñas, como los videojuegos de los niños.  Mrs. Cameson levanta los ojos del texto y ve que la muchacha vestida de invierno, le esta apuntando con el revólver. Entonces viaja mucho más lejos, regresa a otro Enero mucho más remoto, cuando los aviones norteamericanos lanzaban bombas sobre la selva vietnamita. Lisa Cameson aspira el cigarrillo, el olor a hierba envuelve la pequeña habitación. Hace frío y contempla el rostro de porcelana de su compañera de cuarto, escucha su español salpicado de palabras en inglés, y siente que ya no podrá ser feliz de otra manera sino escuchando el dulce acento de la joven. Con la dedicación que solo concede el amor, se entrega al estudio del idioma español, y aprende a pronunciar palabras que repite lenta y pausada: con-des-cen-dien-te, in-dul-gen-cia, to-le-ran-cia, pa-cien-cia, mientras cae en el abismo de los amores contrariados, de los asedios sin respuesta. La reina de los cabellos rojos desordenados, extiende sus dedos manchados de pecas, para acariciar el rostro de porcelana de la colombiana, para hundirse en la oscuridad de sus ojos, pero ella la empuja y le grita: ¡Perra vikinga!. 

     Mrs Cameson observa a la joven vestida de invierno y sonrisa morada que le apunta con el arma. Sabe que si le dispara, la bala le atravesará la frente y le perforará el cerebro. Está tan cerca de ella que siente el delicado perfume que emana de su ropa.  La radio finaliza la transmisión de bombardeos sobre Kabul y escucha la voz del locutor que saluda y le devuelve la sensasión de que no está sola, de que otros, en ese instante como ella, desde la quietud de sus hogares, escuchan la misma voz.  Despierta de un largo sueño y hunde con fuerza el botón rojo de su teléfono celular, y se pregunta por que la muchacha lleva ese abrigo negro tan pesado, si hace calor en la noche de Fort Lauderdale. En la radio una sonata de Bach, inunda la penumbra de la cocina. Mrs. Cameson escucha las sirenas que se acercan, viajando en la ciudad como en un cortejo fúnebre. Contempla el rostro de la muchacha de cabellos negros que se parece tanto a esa joven que ella amó en la adolescencia, y alcanza a escuchar que ella le dice:

- Happy New Year, Mrs. Cameson - mientras hunde el gatillo.

Freda Mosquera nació en Barranquilla, Colombia.  Narradora y crítica literaria. Radica en la ciudad de Fort Lauderdale desde el año 1986.  Autora del libro Cuentos de seda y de sangre.  Ganadora de premios literarios en Colombia y en los Estados Unidos, entre ellos: Premio Internacional de Cuento de la Asociación de Críticos y Comentaristas de las Artes de Miami (ACCA),  el Premio de Cuento Erótico Prensa Nueva, el Segundo Premio del Concurso Festivales de la Juventud, Finalista del Premio Nacional de Cuento Concurso Jorge Zalamea Borda, Finalista en el Concurso Nacional Cuentista Inédito y el Premio GES 2001 por su trabajo como divulgadora cultural. Sus cuentos han sido publicados en importantes antologías. Coordina desde 1998 el Círculo de Lectura en Español de la librería Barnes & Noble en la ciudad de Plantation y realiza desde hace seis años un segmento de arte y literatura para el programa radial Monitor, de Caracol, Miami. Colabora  para varias revistas literarias.