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Más o menos al
mismo tiempo, en la segunda mitad del recién pasado siglo XX,
la pragmática lingüística, la sociolingüística y la que
cabría llamar lingüística supraoracional (lingüística del
texto, análisis del discurso, etc.) se propusieron como una
de sus tareas centrales rebasar, cuando no invalidar y
cancelar del todo, la definición puramente intralingüística
de lo “lingüístico”, impuesta por el póstumo Cours de
F. de Saussure (con su concepto de langue) y reforzada
cuarenta años más tarde por N. Chomsky (con su concepto de
competence).
En diversos grados, dichas disciplinas desbordan la “lingüística”
-entendida todavía en la actualidad preponderantemente, sin
embargo, como intralingüística o lingüística de “núcleo
duro”-, no en uno, sino en dos sentidos diferentes, que
conviene ante todo identificar:
a)
aportan vastos segmentos al ámbito disciplinar de la [macro]lingüística;
b)
apuntan a una redefinición de la lingüística.
En
efecto, en todas las disciplinas mencionadas podemos encontrar
una suerte de “escala de radicalidad” en cuyos extremos
cabe reconocer la afirmación enfática de uno u otro de esos
dos sentidos.
Moviéndonos
hacia uno de los extremos de dicha escala, hallaríamos cada
vez más nítidamente aislados a quienes se limitan a
considerar las nuevas disciplinas como meramente orientadas a
nuevas facetas de la problemática lingüística y, por lo
mismo, como fundadoras o descubridoras de un nuevo (aspecto
del) objeto científico, a saber: los múltiples modos como
las estructuras, los mecanismos y los valores socioculturales
inciden y se reflejan en los usos de las lenguas (sociolingüística);
los modos como diversos factores, valores y fines, al
activarse en situaciones comunicativas específicas, inciden
en -e interactúan con- las estrategias a que apelan emisor y
destinatario-receptor para la construcción-emisión y la
recepción-interpretación, respectivamente, de los mensajes (linguopragmática);
los vastos dominios supraoracionales, vale decir, textual-discursivos,
de las lenguas, en cuyo marco sin falta encontraremos
entidades, estructuras, funciones, propiedades formales y semánticas
cualitativamente distintas de las manejadas por la tradicional
lingüística “de tope oracional” (lingüística textual y
análisis del discurso).
Moviéndonos
en dirección contraria, sin embargo, encontraríamos a
quienes, con siempre creciente grado de radicalidad, tienden a
considerar las nuevas disciplinas como necesariamente
refundadoras de la lingüística misma. No se trataría,
entonces, de ampliar y diversificar el radio de los estudios
lingüísticos, yuxtaponiendo, por así decir, los nuevos
enfoques y las nuevas problemáticas a los ya entronizados en
la (intra)lingüística; muy al contrario, se trata de
descalificar esta última en virtud de una, para ella fatal,
petición de principio: las pretendidas autonomía y
suficiencia teórico-metodológicas de la lingüística
saussurochomskiana, así como de la tradicional lingüística
de tope oracional que aquella históricamente absorbió y
asumió, querrían a la vez sustentar y sustentarse en las no
menos pretensas autonomía y suficiencia sustantivas y
prioritarias de un “núcleo duro”, llámese langue o
competence, axiomáticamente analizable, descriptible y
explicable sin recurrir al uso discursivo real en contextos
socioculturales determinados. En la medida en que la teoría y
su ancilar metodología crean dicho objeto, empero, no puede
este a su vez justificarlas sino tautológicamente.
No
se tratará, en suma, de “completar” la intralingüística
y su objeto con nuevos enfoques y segmentos del (uso del)
lenguaje real, sino de subvertirla reconociendo en la esencia
misma del objeto, e inyectando en el núcleo mismo de la
metodología y la teoría lingüísticas, ciertos factores
clave sencillamente ignorados por la lingüística
saussurochomskiana.
Una
sociolingüística, una linguopragmática y una lingüística
supraoracional (textual-discursiva) radicales impugnan, pues,
los pilares mismos de la lingüística “de núcleo duro”.
Lo hacen, ciertamente, desde diferentes ángulos y con énfasis
diferentes; pero todas ellas se afincan en una aproximación
considerablemente más realista y dialéctica al lenguaje,
atendiendo a su uso en situaciones específicas y reconociendo
su condición esencialmente semiótico-instrumental.
La
coincidencia de esfuerzos de las antes mencionadas disciplinas
por romper con la lingüística “pura” o “autónoma”,
así como su perceptible y esencial coincidencia de enfoques,
sin embargo, de hecho conduce con facilidad al traslapamiento
de sus respectivos dominios y con ello a una sumamente problemática
delimitación de las fronteras, tanto entre ellas como
respecto a otras disciplinas previamente existentes.
Tal
vez el caso más patente sea el de la sociolingüística, la
cual, más allá de su impresionante multiplicidad de
intereses, parece abarcar dos grandes componentes, que llamaré
aquí sociodialectológico y sociopragmático: mientras que el
primero se funde rápidamente con la dialectología
tradicional, de base geolingüística, para engendrar la
moderna (geosocio) dialectología,[i]
el segundo parece hasta el momento seguirse empeñando en
conservar, amén del ya prácticamente perdido nexo con el
primero –irreversiblemente trasfundido con la geodialectología-,
una problemática identidad propia frente a la linguopragmática.[ii]
Bastaría,
sin embargo, echar una simple ojeada al índice de revistas y
libros especializados en sociolingüística y en (linguo)pragmática
para convencerse del amplio dominio que comparten, que incluso
puede llegar a contrastar con los cuantitativamente más
modestos dominios exclusivos de cada una.
La linguopragmática ha sido con frecuencia caracterizada como
“cajón de sastre” de la lingüística.[iii]
A su traslapamiento con el que arriba he denominado componente
sociopragmático de la sociolingüística, se agrega el
creciente peso de lo pragmático en los estudios textual-discursivos,
muy especialmente en el habitualmente llamado “análisis del
discurso”.
Por
otra parte, sin muchos trabajos pueden encontrarse también
zonas de conflicto y traslapamiento entre pragmática y semántica
lingüísticas, especialmente en el ámbito que cabría
caracterizar como de lo “no dicho”, abarcador inter alia
de inferencias, implicaciones, entrañamientos (entailments) y
–quizás sobre todo- presuposiciones.[iv]
Por
lo general, la lingüística textual (también llamada “lingüística
del texto” o “textolingüística”) se afirma como
disciplina estrictamente lingüística, vale decir, con
pretensiones de “nuclearidad”: aspira al máximo rigor
posible y elabora modelos de gramática (textual), al tiempo
que destaca como de especial relieve para el estudio del texto
–sin exclusión de otros- los aspectos tanto semánticos
cuanto pragmáticos.
No
menos merecedor que la linguopragmática del mote de “cajón
de sastre”, el análisis del discurso, queriéndose
deslindar y afirmar como cualitativamente distinto a la lingüística
textual, no es raro que derive más y más hacia los –ya sin
ello harto movedizos- terrenos en que señorea la pragmática.
Así,
pues, con el carácter predominantemente teórico de la lingüística
textual podría decirse que contrasta el carácter
predominantemente aplicado –cuando no práctico a secas- del
análisis del discurso, que parece empeñado en no dejar fuera
de su atención ninguno de los múltiples nexos del lenguaje
con otros fenómenos, en implantar firmemente el lenguaje en
el contexto más amplio y complejo posible. [v]
Pese
a sus notorias diferencias en cuanto a enfoques, intereses y métodos,
las nuevas disciplinas parecen coincidir todas en rescatar
(del olvido en que parecieron querer sumirla los partidarios
de una lingüística “autónoma”) una noción central: el
lenguaje –por ende, las lenguas y los dialectos- es un
instrumento sociocomunicativo, vale decir, un modo de
actividad social que se despliega en función de diversos
fines y cuyas entidades fundamentales son de carácter
discursivo.
Si
las palabras “discursivo” y “fines” nos remiten,
respective, al análisis del discurso (y en general a la lingüística
supraoracional) y a la pragmática, la frase “actividad
social”, que apunta a la vez a la pragmática y a la
sociolingüística, pone de relieve la especialmente íntima
conexión de estas dos disciplinas.
Ahora
bien, tanto los antes apuntados traslapamientos entre las
nuevas disciplinas lingüísticas como la noción central que
parecen todas compartir, pero sobre todo la relativa
indefinición de sus ambiciosos dominios y la consiguiente
vaguedad de sus límites, son factores claramente reconocibles
como causantes de la tendencia, manifiesta en los campos
de la sociolingüística, el análisis del discurso y la
linguopragmática, a desbordar lo propiamente lingüístico,
aun entendido en el más generosamente amplio sentido del término.
Los
sociolingüistas descuidan en ocasiones la importancia de
trazar y respetar la divisoria entre, de una parte, fenómenos
lingüísticos en que inciden y se reflejan ciertos fenómenos
no lingüísticos, y, de otra parte, los fenómenos no lingüísticos
en sí mismos.
Tal
es el caso con que a ratos se tropieza en los estudios sobre
las usualmente denominadas “actitudes lingüísticas”, a
que prefiero referirme como norma lingüística subjetiva (o
axiológica).
Los
cuestionarios aplicados en investigaciones de campo sobre
normas lingüísticas subjetivas suelen incluir, legítimamente,
la identificación de (pre)juicios lingüísticos que reflejan
(pre)juicios sociales de diversa índole: por ejemplo, una
variedad sociolectal es estigmatizada porque, en la comunidad
de marras, lo está el grupo al cual se lo considera portador
de ella. En cambio, el empleo de una grabación-estímulo en
que se reconozca dicha variedad, con miras a elicitar la
actitud del informante con respecto a las características de
la persona a quien imagina o supone “tras” la grabación-estímulo,
no sería ya –a nuestro juicio, al menos- legítimamente
sociolingüística, puesto que, en puridad, la actitud
elicitada ya no será una actitud lingüística, sino de otra
índole (social).
La
cuestión, aunque pueda parecerlo, no es trivial: se trata
nada menos que de distinguir con nitidez lo sociolingüístico
de lo que tal vez podamos llamar linguosociológico.
Tanto
mayor es el peligro cuando nos adentramos en el laxo terreno
del “análisis del discurso”, donde no es nada raro ser
testigos del entremezclamiento de intereses y enfoques
propiamente lingüísticos (lato sensu) con otros de carácter
antropológico, sociológico, sicológico, culturológico,
semiológico, político, estético, ético, etc. Sucede aquí
algo similar –aunque sin duda mucho más heteróclito- a lo
que a menudo percibimos en el dominio de la sociolingüística:
la atención a hechos lingüísticos en que inciden y se
reflejan hechos no lingüísticos acaba por ser desplazada por
la atención a los hechos no lingüísticos per se.
La
diferencia de principio, en que estamos aquí insistiendo,
consiste en lo siguiente:
a)
En un caso, nuestro interés es legítimamente lingüístico:
las características de la lengua, de su empleo y de las
actitudes linguovalorativas pueden entenderse y explicarse
mejor (o, acaso, únicamente) a partir de hechos exteriores;
aquí, el material lingüístico es el objeto de estudio:
ocupa centralmente nuestra atención y solamente apelaremos a
lo que le resulta externo en la medida en que así lo demande
el estudio de dicho material.
b)
En el otro, el interés ya no resulta legítimamente lingüístico:
las características de la lengua, de su empleo y de las
actitudes linguovalorativas son aprovechadas para, a partir de
ellas, entender y explicarse mejor ciertos hechos exteriores;
aquí, el material lingüístico no es sino una pista o
indicio: apelamos a él, ante todo, porque nos resulta de
utilidad para alcanzar nuestro verdadero objetivo, a saber, un
mayor y mejor conocimiento de hechos que le son externos.
La
némesis de la pragmática, en fin, parecen serlo los llamados
“actos perlocutivos”, que la vienen acompañando desde su
gestación en el seno de la teoría de los “actos de habla”.
Los “actos perlocutivos” no son otra cosa que hechos
conductuales (los cuales podrán incluir o no incluir
elementos lingüísticos): comportamientos de los
receptores-intérpretes de los mensajes lingüísticos,
ocurridos a posteriori del acto linguocomunicativo mismo, pero
considerados como efectos (consecuencias, resultados) de los
mensajes en cuestión. El fuerte regusto a conductismo –que
nos recuerda las primeras páginas del Language bloomfieldiano-
resulta inocultable.[vi]
Aunque
durante algún tiempo parecieron quedar felizmente abandonados
a su suerte, los “actos perlocutivos” vuelven más tarde
por sus fueros, con renovados bríos, en buena medida por obra
y gracia de nadie menos que los defensores del análisis del
discurso. Para ellos, no resultaría consistente la concepción
del acto (linguo)comunicativo sin hacerle abarcar tanto las
intenciones y demás condicionamientos previos del emisor
cuanto las reacciones y demás efectos mentales, físicos y
conductuales del receptor-intérprete.[vii]
La
inclusión de los “actos perlocutivos” entre los intereses
de la (linguo)pragmática y del análisis del discurso resulta,
por decir lo menos, escandalosamente abusiva. Por ello mismo,
empero, encierra una formidable llamada de atención sobre los
peligros que acechan a unas nuevas disciplinas que –con todo
derecho, por lo demás- exigen ser admitidas en el concierto
de la (macro)lingüística.
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|
[i]
La problemática de
las redes sociales y el instrumental variacionista
figuran entre las principales aportaciones de la
sociolingüística a la dialectología moderna. |
|
[ii]
La sociolingüística ha
querido además apropiarse de un tercer dominio: el de
las lenguas en contacto. Esta problemática -que
debería interesar ante todo a su componente
sociodialectológico, si bien suele recibir un
tratamiento relativamente autónomo entre los
sociolingüistas- es, sin embargo, susceptible de
enfoques y tratamientos diversos, no necesariamente
reductibles a los sociolingüísticos stricto sensu. |
|
[iii]
Los estudios
variacionistas han contribuido poderosamente a la
inclusión explícita de los hechos de “variación
estilística” en los estudios dialectológicos
modernos, junto a los hechos de variación geo- y
sociolectal. En virtud de que los usualmente denominados
“registros estilísticos” están claramente
codeterminados por la situación comunicativa, el status
de los participantes en ella y los fines perseguidos por
los emisores de los mensajes, en el estudio de la
variación fónica que, apoyado decisivamente por los
colegas Puica Dohotaru y Luis R. Choy López, dirigí en
Cuba entre 1986 y 1993 –y que a partir de 1994 ha
seguido dirigiendo e impulsando Puica Dohotaru-, hemos
considerado tales fenómenos variacionales como (socio)pragmaestilísticos
(a ello me he referido asimismo más de una vez después
de 1994). Por esta “vía variacionista”, pues,
importantes aspectos sociopragmáticos engrosan también,
en definitiva, el campo de los estudios dialectológicos,
combinándose allí con los aspectos propiamente
sociodialectales. |
|
[iv]
Aunque no sería este el
caso de una pragmática radical (observación que
agradezco al colega Luis Fernando Lara), una versión
“moderada” de la linguopragmática, por obra de la
camisa de fuerza del autonomismo “purista” de corte
saussurochomskiano, puede verse arrastrada sin mayores
dificultades hacia un engañoso, aunque a primera vista
sin duda atractivo, paralelismo con la fonética:
aparecería entonces, lo mismo que esta con respecto a
la fonología, como externa y periférica con respecto a
la semántica. |
|
[v]
Discusiones recientes
relativas a la distinción entre escuelas y disciplinas
han llamado la atención sobre la posible confusión
entre (neo)funcionalismo (una escuela) y análisis del
discurso (una disciplina); es más que probable que la
distinción entre las corrientes “radicales” y
“moderadas” existentes en el marco de las nuevas
disciplinas tenga mucho que ver, como he apuntado ya
más arriba, con semejante confusión. |
| [vi]
El antimentalismo conductista tendía, precisamente, a
remplazar lo semántico por lo pragmático, en
particular entendiéndolo en términos de causa-efecto,
vale decir, en términos de “actos perlocutivos”. |
|
[vii]
Parece llegarse así a una
suerte de compromiso entre mentalismo y antimentalismo,
a todas luces realizado sobre la base de una pragmática
discursiva.
|
|
Max
Enrique Figueroa Esteva.
nació
en Santiago de Cuba en 1942. Licenciado en Lengua y
Literaturas Hispánicas en 1970 en la Universidad de La Habana.
Obtuvo el doctorado en Lingüística General y Ciencias Filológicas
en la Universidad Carolina de Praga, Checoslovaquia. Ha
publicado varios libros sobre lingüística: "Principios
de organización del lenguaje" (estudio liminal),
"
Problemas
de teoría del lenguaje", "La dimensión lingüística
del hombre",
"La
lingüística europea anterior al siglo XIX",
La filosofía del lenguaje: de Francis Bacon a Karl Wilhelm
Von Humboldt (2001) Hermosillo: Unison;
es coautor de "Estudios de Lingüística". Reside en
México desde 1994.
En Cuba, fue profesor de la Facultad de Artes
y Letras de la Universidad de la Habana (1970-1994) e
investigador lingüístico del Instituto de Literatura y Lingüística
(1977-1993). En México, fue profesor invitado en el doctorado
en lingüística del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios
de El Colegio de México (1994) y Profesor-Investigador del Departamento
de Letras y Lingüística de la Universidad de Sonora
(1994-2000). Desde el año 2000 es Profesor e Investigador
de la Escuela de Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad
Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
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