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La eminente escritora Rosario Ferré nace
en 1938 en la hermosa ciudad sureña de Ponce, en Puerto Rico,
llamada desde la colonia “Ponce la augusta”.
Sus padres son Lorenza Ramírez de Arrellano y Luis A.
Ferré, ex-gobernador de la isla. Obtiene su Bachelor of Arts de Manhattanville College, en
Nueva York y su Master of Arts de la Universidad de Puerto
Rico, recinto de Río Piedras, luego obtiene el título de
Doctor of Philosophy de la University of Maryland, College
Park. Persona muy
privada, de su vida sentimental no se sabe mucho, pero si es
sabido que la autora ha tenido momentos difíciles en su vida
íntima, sobre todo durante su juventud; no obstante, desde
1991 la tranquilidad anímica parece haber penetrado su vida
privada desde su boda con el Sr. Agustín Costa, hombre de
negocios puertorriqueño, lo cual se refleja plenamente en sus
últimas obras. Cabe
aquí decir que Ferré tiene tres hijos ya adultos de su
primer matrimonio de juventud. Creo, por último, que es importante hacer incapié en que
desde el comienzo de la década de los noventa reside en su
tierra natal después de vivir muchos años en el extranjero,
principalmente en los Estados Unidos.
Hoy en día se dedica solo a escribir, pero en los años
que reside en Estados Unidos ejerce como profesora de
literatura hispanoamericana en las universidades de
California, Berkeley, Rutgers, Harvard y John Hopkins, como
también enseña por algún tiempo en la Universidad de Puerto
Rico, Recinto de Río Piedras.
Entre los muchos honores que ha recibido por su
poderosa obra se encuentran el “Liberatur Prix”, recibido
en la Feria del Libro de Frankfurt en 1992, como el haber sido
finalista del National Book Award en 1995 en Estados Unidos;
Ferré ha recibido además el título honorario de Doctor Honoris
Causa de Brown University, R.I., en 1997.
Rosario
Ferré escribe su primer cuento en el año 1970 el cual titula
“La muñeca menor”. Desde
esa fecha la autora ha llegado a convertirse en una de las
escritoras latinoamericans más prolíficas de finales del
siglo XX. No
obstante, soy de la opinión que su primera colección de
cuentos titulada Papeles
de Pandora, publicada en 1976, sigue siendo hasta el día
de hoy el tour de force
de su poderosa narrativa.
En ese primer período de su producción literaria,
Ferré siente en su alma a Puerto Rico como una llaga abierta,
abogando a través de sus escritos a favor de reformas
sociales fundamentales, las que considera necesarias para su
isla natal, afiliándose a una política independentista —la
que apoyan aún hoy día muchos literatos puertorriqueños—,
la cual reclama un Puerto Rico libre y soberano, y no un
estado asociado de los Estados Unidos como lo ha sido desde
1898. Es en Papeles de Pandora, importante volumen de juventud, que se recogen
sus primeras ideas anticonformistas e independentistas, las
que solo aparecen con anterioridad en la revista literaria que
ella misma funda en 1972 con el nombre de Zona
de carga y descarga.
En la década de los setenta Zona
sirve de plataforma y púlpito para que muchos jóvenes
literatos puertorriqueños expresen sus ideas nacionalistas,
las que otras revistas literarias locales no les hubieran
permitido publicar. En
Papeles de Pandora, como previamente en Zona de carga y descarga, Ferré también postula una posición
representativa e igualitaria para la mujer puertorriqueña
dentro de su sociedad —la cual la joven autora considera
falocéntrica y machista—, como compañera del hombre a
partes iguales, desde el hogar hasta la política, y no como
su sirvienta o su esclava.
Sin
lugar a dudas, las heroínas de Papeles
de Pandora son mujeres a las que, literalmente, les han
“cortado las alas”; éstas, sin saber porqué, presienten
la libertad, la cual, en el contexto de cada relato, es casi
siempre un imposible. Poco
a poco, el deseo de liberación les hace avanzar hacia una
frontera donde confrontan lo que son actualmente con lo que
quisieran o pudieran ser.
Como es de esperar, dicha confrontación termina, la
mayor parte de las veces, en destrucción y en muerte.
En el denouement de cada cuento ferreriano el lector permanece por unos
instantes en una zona entre el asombro y la frustración, para
luego darse cuenta de que —como veremos más adelante— la
heroína de cada cuento tiene una razón “interna”,
visceral y anímica, que la incita a rebelarse.
A veces ni ella misma sabe a ciencia cierta el porqué
de su conducta, pero siente muy dentro de sí un llamado
instintivo, el que sigue, contra viento y marea, con el afán
de lograr una respuesta a preguntas que parecen estar
conectadas con la naturaleza arquetípica femenina, tan
olvidada de la sociedad contemporánea.
Como
parte de la extensa narrativa de Rosario Ferré, los relatos
de Papeles de Pandora
surgen, mordaces y tajantes, como cuentos de hadas al revés;
en ellos las protagonistas no son liberadas por un príncipe
de un encanto o de las garras de un villano o dragón, sino
por el contrario ellas tienen una misión, la de destruir al
príncipe o darle fin a su reino, ufanadas en vencer sobre las
circunstancias alienadoras en que se encuentran.
Cada heroína de Papeles
de Pandora libra una lucha personal emancipadora y
redentora, y su sacrificio propiciatorio profetiza el retorno
al arcádico y ancestral orden femenino, el cual ha sido
desbancado de su pedestal por una sociedad regida por el orden
masculino, el cual —para la autora de Papeles
de Pandora— parece estrangular las bases y los
principios del orden femenino arquetípico.
Después
de esta breve presentación sobre la autora puertorriqueña y
su libro Papeles de
Pandora, preciado primer volumen de relatos de Rosario
Ferré, al cual he consagrado trece años de investigación, quiero dedicar este ensayo
a elaborar sobre ciertos secretos, por así llamarlos, ligados
al área culinaria en el cuento titulado “Amalia”, ubicado
en éste su ejemplar libro.
El
cuento “Amalia” nos habla de una niña de la cual nunca
llegamos a saber el nombre y de su muñeca llamada Amalia;
esta niña es el producto de las relaciones incestuosas de su
madre con su propio hermano, un militar autocrático.
La niña, aparentemente, no parece saber que su tío es
su padre también. La
pequeña se ve obligada a proyectar ciertas partes de su íntima
personalidad a su muñeca en un intento salvador que pudiese
protegerla contra el sentirse negada por sus propios padres, o
contra el íntimo desmembramiento psicológico en el que todo
niño malquerido incurre en un acto de autodestrucción frente
a su dolor. Con
franca libertad, la niña divide su identidad entre ella y
Amalia,[3]
su muñeca, para formar juntas un solo ser inseparable.
La muñeca Amalia llega a la vida de la niña como un
regalo de su tío; Amalia viene vestida de novia; el tío, más
tarde, le regala también un muñeco vestido de militar como
él, para que Amalia, según él mismo dice, se case con él.
Algún tiempo después de dar este primer paso, el
mismo día de la primera comunión de la niña, el tío acosa
a su sobrina con malintensionadas proposiciones sexuales.
Es aquí que nos damos cuenta de que la pequeña sí
sabe de las relaciones entre su madre y su tío, y con su
psique púber repudia la actitud insestuosa de su tío/padre
hacia ella y la violencia psíquica que la misma conlleva. Por otra parte, como la niña está habituada a transmitir su
interioridad a algo fuera de sí, esta vez escoge al muñeco
vestido de militar —quien inequívocamente representa al tío—
y lo viste y lo pinta de color negro, al igual de Gabriel, el
criado negro de la casa —quien, a su manera, la cuida y
juega con ella, haciéndola sentirse menos sola—, como acto
de infantil rebelión y desafío contra los propósitos
indecorosos de su tío.
Todo
en el relato parece indicar que todos esperan que la niña
reprima su propia sexualidad.
Lo antes dicho emerge en un comentario hiriente de su
mamá, en el que le dice al doctor que la niña parece “una
cualquiera ... una desvergonzada” (65) cuando se acuesta en
el suelo, “como una muñeca de trapo” (64).
La niña se siente incómoda al no poder expresar su líbido
por lo que transfiere a Amalia sus deseos sexuales tanto como
su culpabilidad, así como cualquier otro deseo que no sea
aceptable socialmente en una “niña de bien” de once años
de edad. Además,
la niña tambien transfiere su percepción sexual de las tres
criadas de la casa —María,
Adela y Leonor— a sus otras muñecas.
Por último, la niña culpabiliza a Amalia por haber
cambiado al muñeco/novio vestido de militar en un muñeco que
se parece a Gabriel, algo que sólo la pequeña ha podido ser
capaz de hacer.
Para colmos, la niña dice que Gabriel ha tocado a
Amalia contra su voluntad, hasta que Amalia empieza a
enternecerse con su canto y para ese entonces la muñeca es
capaz de olvidarse de la debida conducta que caracteriza a las
llamadas “niñas buenas”.
Por ende, es fácil darse cuenta de que la mayoría de
estos supuestos comportamientos de Amalia y las otras muñecas
son en realidad los suyos.
Se puede asumir que la niña ha sido molestada por
Gabriel y que por ello transfiere lo que le ha ocurrido a
Amalia; por ejemplo, la niña afirma que las criadas han
encontrado a Amalia y a Gabriel abrazados.
Cuando la verdad se descubre, la niña es castigada por
haber abrazado a Gabriel, y a ella y su muñeca se les
“encierra”[4]
en el patio mientras las criadas y Gabriel asesinan al tío y
destruyen la casa familar, ejecutando sus propias venganzas.
Mientras la piel de cera de Amalia se derrite al sol,
la niña se da cuenta de que por fin ella podrá saber como es
ser ella misma, por una vez en su vida, aunque esta vez sea la
última, porque ella, al igual que su querida Amalia, no
soporta el sol. En
el caso de la niña, se debe a que ella posee en su piel una
tara de nacimiento, producto del incesto de su madre con su
propio hermano.
Por cierto, yo
pudiera extenderme hablando más de este relato de Ferré en
relación a la importancia de la técnica del doble usada en
el mismo, o a los varios ejemplos dados de la subjetividad
femenina, la cual ha sido fracturada al serles negadas a estas
mujeres ciertas facetas importantes de su propio ser como
“mujer” dentro del orden patriarcal, entre otras cosas.
Sin embargo, este ensayo —como he establecido con
anterioridad— lo dedico al ámbiente culinario del relato en
cuestión, por lo que quiero evitar en el mismo el visitar
otras zonas de igual importancia crítica por motivos ligados
al número de páginas, como es de comprender, a las que tengo
acceso para esta publicación. Entonces, volviendo al grano,
¿qué pasa en la cocina de la casa de la pequeña propietaria
de Amalia? Mucho.
En realidad la
vida de la niña y su muñeca transcurre día a día en la
cocina o cerca de ella. Su
madre está enferma en cama, su tío solo viene de visita, y
la pequeña se encuentra siempre en el área de las criadas y
del chofer de la casa, Gabriel.
La niña padece de una enfermedad de la piel, por lo
que no puede coger sol; o sea, si sale debe ser con sombrilla,
o en el automóbil de la casa, aunque lo mejor es no salir.
La pequeña añora salir al patio de su casa y tirarse
al suelo al sol, pero no puede:
Una
de las sirvientas me encontró con los ojos vueltos hacia la
sombra de atrás tirada en el suelo del patio como una muñeca
de trapo ... hasta que sentí que entre todas me levantaban
con mucho cuidado y me llevaron a mi cuarto y me tendieron en
la cama ... ahora el brazo derecho me pesa como un tronco y
siento la aguja metida ... y no me puedo mover porque si me
muevo es la carne desgarrándose por dentro y el dolor.
(64-65)
Con la muerte de su madre, el tío se viene a vivir a
la casa y hace cambios en la misma. El señor tío echa a las antiguas sirvientas y trae “a
tres muchachas muy bonitas, la María, la Adela y la Leonor
... las trataba muy bien ... las mandaba al beauty parlor ...
les regalaba perfumes y joyas y le asignó a cada cual una
preciosa habitación” (68).
El caballero parece tener un próstibulo privado en la
casa, para sus amigos, “embajadores y ministros, coroneles y
generales” (70) norteamericanos apostados en la isla.
Pero, a pesar de ello, la vida sigue con su centro en
la cocina; allí Gabriel
se sienta en “la silla de la cocina a cantar, vestido con el
uniforme tinta que se confundía con su piel” (69); allí,
“ellas [las criadas] todo el tiempo sirviéndole café”
(69). Gabriel
canta y canta en la cocina
y la íntima descripción de la misma ocurre a través
de su voz y del ritmo de sus manos:
Empezaba
a tocar en la tabla de picar las costillitas y las chuletas
una dos y trés como si fuera un tambor de picar las manos
rosadas de cerdo y los sesos azules de buey que pase maschévere
hasta que ellas dejaban lo que estaban haciendo y lo seguían
porque no les quedaba más remedio que seguirlo, bailando
alrededor de la mesa de la cocina, garabateando al compás con
el tenedor chiquiquichiqui sacándole las agallas a los peces
y enganchándoselas de las orejas enroscándoselas alrededor
del cuello chiquiquichá como navajas de coral triturando
huesos y chupando tuétanos una dos y tré ... (69)
Indudablemente, la música de Gabriel resuena entre
costillas y chuletas, patas de puerco y sesos de buey,
tenedores, agallas de peces, navajas, huesos y tuétanos.
En ese ambiente transcurre el día de la niña de la
casa: “La verdad que a mí también me gustaba seguir el
compás con mi zapato blanco escondida detrás de la puerta de
la cocina” (69). Aunque
el tío ha dado órdenes que a ella la dejasen “dentro de la
casa en completa libertad” (70).
Los juegos en la
cocina se interrumpen un día con las asiduas visitas de más
y más delegados extranjeros a la casa familiar.
La comida ahora es para ellos; la María, la Adela y la
Leonor les sirven “pasta de guayaba con queso y refrescos de
limón” (72), mientras se sientan con ellos a darles
conversación. La
niña observa desde un rincón como del queso y la guayaba con
refresco de limón se sube el tono cuando las criadas los
vuelven más interesados “tomando champán en zapatos de
escarcha azul, desfilando desnudas ... acariciando a los
militares y a los embajadores con manos de mayonesa y uñas de
guanábana” (73). Hasta aquel nefasto día en que a ella la llevan también a
la sala y allí la sientan en las rodillas de su tío/padre y
le llenan “las manos de mentas blancas” (73), mientras le
hacen creer que todo este despliegue de atención es en su
honor. Ella se
convierte desde entonces en la portera del burdel privado de
su tío.
No obstante, la
pequeña sigue jugando con Gabriel a las muñecas, hasta esa
tarde en la que “a Gabriel le volvieron a entrar las ganas
de cantar” (74). Según
dice la niña, esa tarde Gabriel coge a Amalia entre los
brazos; primero la muñeca forcejea, luego enloquece con las
caricias del chofer. Y
una vez más la terminología culinaria aparece ante los ojos
del lector mientras el supuesto orgasmo de Amalia tiene lugar:
Amalia
por primera vez riendo con dientes de guayo chiquiquichiqui
machacando ajos con los talones blandos en el hoyo hediondo
del pilón ... ay mamita qué fuerte huele la carnecita de ajo
... (74).
Ahora, que Amalia sabe mucho más que antes de las
cosas de la vida, su dueña dice que quiere “un novio para
Amalia” (75). Y
su tío se lo da. Es
el día de la primera comunión de su sobrina; esa mañana se
le insinúa sexualmente, después de que ella comulga (i.e.,
comer) el cuerpo divino de Cristo, un poco antes de que la
pequeña suba a saborear “la merienda de celebración”
(76). El sexo y
la comida parecen estar ligados a través de la sensualidad
que caracteriza a ambos elementos.
No obstante, la ya adolescente sobrina se defiende gritándole
al tío/padre con todo el odio de su ser: “a mí no me
interesa tu paraíso de manjares y champanes ... donde el amor
es una bola gigante de lady richmond ice cream ...” (76-77). Ese mismo día, la niña le cambia las ropas de militar al muñeco
por las de un uniforme sencillo, casi de mecánico y lo pinta
de arriba a abajo del color más negro que encuentra.
Luego, al subir las tres criadas con “la merienda”
a la habitación de la niña, descubren a Amalia “metida en
la caja [del muñeco] con él, abrazados” (78).
La niña se
encuentra en el comedor cuando el tío, en su enfado al
enterarse de la trastada cometida por su sobrina con el cuerpo
del muñeco militar, va hacia ella gritando y sacudiendo
violentamente la muñeca que trae en sus manos mientras le
dice: “esto es obra tuya chiquilla del demonio, te parecerás
a tu madre con esa carita inocente pero en el fondo no eres más
que una puta ... so pila de mierda descarada jódete con tu
negro ahí tienes a tu pendeja muñeca” (78), y las encierra
a las dos en el jardín, como castigo.
De ahí en
adelante todo es Armagedón; Gabriel adelante y las tres
criadas detrás de él destruyen todo lo que encuentran a su
paso dentro de la casa; la pequeña los mira desde afuera, por
la ventana que da al patio.
Sin embargo, estas acciones no parecen pronosticar el
segundo acto de la furiosa ofensiva.
Después de pegar “fuego a los tapices y a las
cortinas” (79):
Le han sacado los ojos [al tío] y los echaron en un vaso
revolviendo los cuchillos dentro de la guata le cortaron las
manos y se las sirvieron en un plato quebrando la cadera y
volviéndola a meter le han abierto la boca y le han metido
algo rosado y largo en ella que no comprendo cada vez más
profundo cuando gritan ‘E’. (79)
La visión de cómo decorar un “cerdo al horno” nos
viene a la mente cuando estamos leyendo esas líneas.
Se le sacan los ojos al cerdo, porque los ojos no se
comen, además es más hermoso si en su lugar se colocan dos
cerezas; se le cortan las pezuñas
porque tampoco se comen, pero se pueden colocar en la
bandeja como adorno. En
la boca abierta del cerdo horneado se coloca siempre una
manzana. En el
caso del tío sacrificado, sus cocineros le sacan los ojos, le
cortan las manos y se las sirven —aún vivo— en un plato,
y luego le quiebran la cadera, probablemente en su exitoso
intento de cortarle su rosado pene para luego colocárselo
simbólicamente en la boca, como la manzana en la boca del
cerdo.
Desde afuera, por la ventana del patio, la niña
observa. Los
criados inmolan al tío, queman la casa con él adentro,
anulando probablemente con ese acto las huellas de lo que
realmente ha pasado, para desentrañar por completo toda
posibilidad que pueda implicarlos en el asesinato.
En “el patio prohibido” (64) a la pequeña le viene
a la mente que ahora sí puede acostarse libremente bajo el
sol; y abrazando a Amalia, junto con el secreto de todo lo que
ha vivido, se dispone a esperar que el sol las derrita a ambas
mientras ella sonríe “porque ahora voy a saber lo que pasa,
ahora sí que voy a saber cómo es” (80).
Todos los sirvientes se han marchado con su secreto,
huyendo de que se les incrimine; ahora “la casa arde como un
hueso blanco” (64), símil que nos recuerda como se queda el
hueso de un cerdo después que se ha lasqueado su carne.
La niña se siente aliviada y libre para “por fin
poder sudar” (64) bajo el calor del sol, aunque le cueste la
vida.
En
este momento, quisiera hacer incapié en el acto de la
mutilación que aparece en “Amalia” como leit-motif
recordatorio del acto mitológico del desmembramiento (Cirlot
167) dentro del contexto de “la casa” o “la familia”,
las que en esoteria tienen la misma equivalencia.
En “Amalia” hay dos mutilaciones: primero, la del tío,
al cual los sirvientes —Gabriel y las tres criadas, María,
Adela y Leonor— lo asesinan a cuchilladas, le rebanan el
pene y se lo embuten en la boca para así hacer memorial de su
pecado al convertir la casa de su hermana muerta en bordel
para acomodar la lujuria de sus amigos extranjeros.
En este mismo cuento la niña protagonista y su muñeca
Amalia se disponen a perecer derretidas por el sol del trópico,
el que se encargará de deshacer las facciones y el cuerpecito
de ambas y dejarlas irreconocibles, quizá por haber tomado
parte también en la lujuria que caracteriza la vida diaria de
aquel hogar; lujuria que conlleva el asesinato del tío/padre
y la destrucción de la casa misma, la cual se envuelve en
llamas demiúrgicas hasta las cenizas.
Es sabido que
mediante el ritual del desgarramiento las culturas antiguas
creían poder
destruir y
dispersar las fuerzas “unitarias” cósmicas para que no
pudiesen juntarse jamás.
Irremediablemente, la unidad familiar ha sido destruida
por Ferré en su relato “Amalia”. Sólo “el individuo” queda, al final del cuento, haciéndole
frente al nuevo camino que yace adelante: la niña y su muñeca
—y alter ego— Amalia se entregan al sol, solas por fin, en ese último
abrazo de unión y despedida.
Por fin, nuestra protagonista ha tomado por primera vez
las riendas de su destino, sin que nadie quede a su alrededor
para impedírselo. El final es obviamente abierto, y deja al lector pensando, en
muchos casos sin comprender.
¿Es acaso un mensaje de esperanza, subversivo y “alterno”,
el que nos deja este relato?
Como única
respuesta a la anterior interrogativa, sólo puedo concluir
diciendo que la escritura femenina contemporánea tiende en
muchas ocasiones a formar parte del universo fantástico
literario posmoderno permitiendo que la fantasía se convierta
en una realidad visible ante los ojos del lector, ayudando con
este paso a desinhibir el mundo de lo invisible, de lo oculto,
de lo imposible, el que la realidad social opta por encubrir
en muchos de los casos. La
narrativa femenina incluye en su haber el perímetro de las imágenes
extrañas a la realidad, muchas veces alteradas u oníricas,
pero con la constante de estar afianzadas en la cotidianidad,
casi siempre la de las casas, donde usualmente se encuentra
ese espacio que ha sido asignado a la mujer, como si fuese el
suyo, pero que a su vez le impide la salida para experimentar
ese otro espacio que la sociedad considera como netamente
masculino. La ciencia ficción produce una alternativa —como hemos
observado hoy a través del comportamiento de uno de los
personajes de Rosario Ferré, el cual se encuentra confinado
al orden de lo real, y que se libera por medio de la
posibilidad subversiva de los escenarios fantásticos—.
La cocina, el comedor, utencilios como los cuchillos y
las ollas, y ciertos manjares y recetas, en muchos relatos de
esta escritora latinoamericana son metáforas que abren el
camino a los espacios alternos, permitiendo a los personajes
salir de los habituales encierros de lo cotidiano.
Tal y como hemos
sido testigos, en “Amalia”, el libre acceso a estas zonas
incomprensibles de la psique humana permite la entrada a la
invención emancipadora que emana de mundos en los que la
sociedad no nos permite la entrada porque éstos no pertenecen
a la realidad obvia. Relatos
como el aquí estudiado sirven para la necesaria liberación
de lo psíquico, de lo escondido en el interior del ser humano.
Es indiscutible, y con el propósito de proporcionar la
liberación íntima de la psique femenina, que en el caso del
escenario hogareño, con énfasis en lo culinario, que nos
ofrece Rosario Ferré en este cuento que hemos analizado, se
logra la exitosa unión de dos niveles de alta importancia en
la metafísica, el de lo real con el de lo psíquico, los que
de otra forma nunca logran encontrarse para crear una
simbiosis catártica que beneficie al individuo, en este caso
específico a la mujer.
Obras
citadas
Cirlot,
Juan Eduardo. Diccionario de Símbolos. Barcelona:
Editorial Labor S. A., 1981.
Ferré,
Rosario. “Amalia” en Papeles de Pandora. México,
Joaquín Mortiz, 1990, pp. 64-80.
|
[1] Obras
de Rosario Ferré. Literatura infantil: El medio
pollito (1981), Los cuentos de Juan Bobo (1981), La mona
que le pisaron la cola (1981), Sonatinas (1989).
Ensayo: Sitio a Eros (1980), El acomodador: Una lectura
fantástica de Felisberto Hernández (1986), Cortázar,
el romántico en su observatorio (1990), El coloquio de
las perras (1990, 1992), Las dos Venecias (1990), El árbol
y las sombras (1989, 1992). Poesía: Fábulas
de una garza desangrada (1982), Antología personal
(1994). Biografía: Luis A. Ferré: Memorias de
Ponce. Cuentos: Papeles de Pandora (1976, 1979,
1990). Novelas: Maldito amor (1987, 1990, 1992),
La batalla de las vírgenes (1993), The House in the
Lagoon (1995, 1996) y su versión en español La casa de
la laguna (1996, 1997), Eccentric Neighborhoods (1998),
Flight of the Swan (2001). Traducciones al inglés
de sus obras: De Papeles de Pandora es The Youngest Doll
(1991), de Maldito amor es Sweet Diamond Dust (1988,
1996). |
|
[2] Estoy
terminando de escribir un volumen crítico sobre las
heroínas ferrerianas de Papeles de Pandora, el cual
espero se publique para finales de 2002. |
|
[3] Para
más información sobre el uso del doble en la obra de
Rosario Ferré véase: Mariela A. Gutiérrez, “Las múltiples
interpretaciones femeninas en ‘La muñeca menor’ de
Rosario Ferré”, en Actas Escogidas: Coloquio
Internacional sobre Mujer, creación y problemas de
identidad en América Latina (Université de Pau et des
Pays de L’Adour, Pau, Francia, 1996). Editorial
de la Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela,
Noviembre, 1999 (445 pp.), pp. 193-202. |
|
[4] Uso
esta palabra con cierta ironía, ya que si el patio está
afuera de la casa no se debería emplear tal vocablo;
sin embargo, a los patios hispánicos los rodea la casa,
por lo general. No obstante, en el contexto de lo
que les sucede a los otros personajes del relato, todo
parece ocurrir fuera del patio, único lugar (zona
sagrada) donde la niña sospecha que puede llegar a ser
ella, si se le da la oportunidad. |
|
[5] La
trama de todos los cuentos que forman la colección
Papeles de Pandora siempre tiene lugar en Puerto Rico.
En la misma, frases y palabras en inglés y en español
se entremezclan de vez en cuando, como sucede
frecuentemente en el lenguaje popular de la isla. |
|
[6] Este
párrafo es típico de la técnica de Ferré,
presentando el uso de una narrativa en la que permea el
monólogo interior o el flujo de consciencia,
caracterizados por la falta de puntos y comas, lo que
hace surgir un lenguaje parecido al que toma lugar en
los sueños, o en los pensamientos de cualquier
individuo |
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Mariela
A. Gutiérrez nació en La Habana,
Cuba. Es ensayista, crítica, conferencista, profesora de
literatura y jefa del Departamento de Estudios Hispánicos en
la Universidad de Waterloo, en Ontario, Canadá. Ha vivido la
mayor parte de su vida en Canadá. Se graduó con una
Licenciatura y una Maestría de la Universidad McGill en
Montreál, Canadá, y luego en 1985 se le otorgó el título
de Doctor en Filosofía (Ph.D) de la Universidad Laval, en la
ciudad de Quebec, Canadá.
Sus area de experiencia son la literatura y la
civilización hispanoamericana, especializándose en los
estudios afrohispánicos (principalmente Cuba) y en la crítica
etno-psicoanalítica de la narrativa femenina hispanoamericana
del siglo XX. Además de cuarenta y seis artículos publicados en revistas
académicas y colaboraciones internacionales, ha publicado los
libros: Los cuentos negros de Lydia Cabrera: Un estudio morfológico
(Universal 1986), El cosmos de Lydia Cabrera: Dioses, animales
y hombres (Universal 1991) y Lydia Cabrera: Aproximaciones mítico-simbólicas
a su cuentística (Verbum, Madrid 1997). En estos momentos está
trabajando en un proyecto de crítica etno-psicoanalítica
sobre los personajes femeninos de Rosario Ferré en Papeles de
Pandora, de próxima publicación.
La mayor parte de la obra crítica de Gutiérrez sobre
el opus de Lydia Cabrera será publicada próximamente en traducción
al inglés. Entre los premios recibidos se destacan: el Canadian
Association of Hispanists’ 1993 Award por el mejor artículo
erudito publicado en 1992 por un hispanista canadiense, por su
artículo «Rosario Ferré y el itinerario del deseo: un
estudio lacaniano de “Cuando las mujeres quieren a los
hombres”. (Revista
Canadiense de Estudios Hispánicos, Vol. XVI, 2, Invierno
1992, 203-217). En
Mayo, 2000 le fueron otorgados dos premios por el Círculo de
Cultura Panamericano: El Primer Premio al Mejor Ensayo
por su ensayo “Sab, el Werther esclavo de la Avellaneda”,
y el único Primer Accésit por su ensayo “Tambores
de gesta afrocubanos: El Sese de Orúmiga y el Ekue de Sikán”.
En calidad de ensayista y crítica, ha dado charlas y
conferencias por todo el Canadá, en diez y siete ciudades de
los Estados Unidos, y en países como Italia, España, Francia,
Dinamarca, Suecia, Rusia, Suiza, Puerto Rico, Costa Rica,
Colombia, Ecuador, México, Argentina y la República
Dominicana.
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