Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 17/18

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

Boletín Informativo

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EL MAL DE TU HIJO

(Narración inspirada, libremente, en personajes reales)

por 

 Carlos Pérez Vaquero


    Verano de 1750. Cerca de París. Estoy asustada, no lo puedo remediar. El marqués la observó sorprendido. Su mujer apenas había cumplido la treintena y, sin embargo, su aspecto reflejaba el de una mujer mayor. ¿Por qué le tienes tanto miedo? No es miedo, Henri. – Claudette suspiró mientras se peinaba delante del espejo. Trataba de encontrar las palabras adecuadas que no molestaran a su marido. – En realidad, no sé cómo explicártelo... Me... angustia. Cada día que pasa temo que pueda cometer otra locura o que su estado empeore y sea capaz de hacer... ¡Dios bendito! No lo quiero ni pensar. ¿Capaz de qué? – El marqués la observaba desde la cama, mirando la imagen de su mujer reflejada en el espejo del tocador. ¿Recuerdas lo que has comido hoy? Henri se incorporó a los pies de la cama. No entendía la pregunta. Pato al armañac, pero ¿qué tiene que ver eso con nuestro hijo? ¿Y te acuerdas de lo que comiste ayer? No sé. Carne..., supongo. Pato. Comiste pato. Igual que hoy, que antes de ayer y, seguramente, será lo mismo que mañana cuando, de nuevo, volverás a comer pato. ¿No te das cuenta? - su mirada indicaba que no - Henri, a veces me pregunto qué clase de sangre corre por tus venas. Lo siento, amor, pero te juro por lo más sagrado que no sé de qué me estás hablando. ¿No te ha comentado nada la señora Dupont? ¿El ama de llaves? No. ¿Qué tenía que contarme? A Claudette le daba lástima aquel hombre que se preocupaba tanto por asuntos de Estado y que, sin embargo, desconocía todo lo que pasaba en su propia casa. Hace dos noches, tu hijo bajó a la cocina, cogió el cuchillo de trinchar y degolló tres patos del estanque. Sin motivo. Simplemente, por que sí. Pierre, el nuevo cochero, lo encontró de madrugada, dando vueltas por el patio, manchado de sangre. El marqués cogió una de sus manos y la acarició contra las suyas. Henri, sabes que no estoy llevando muy bien los últimos meses del embarazo de la niña y que apenas salgo de este cuarto, pero oigo hablar a los criados, sé lo que comentan y tú mismo habrás notado que siempre se muestran esquivos con el muchacho. - Dejó el cepillo sobre el tocador para mirar de frente a su marido. - Querido esposo... No sé si quiero escucharlo. Lo siento, pero vas a tener que oirlo. – tomó aire y lo abrazó – Cuando nazca la niña, no quiero que tu hijo permanezca en esta casa por más tiempo o las dos nos iremos a la casa de mis padres en Ruán. ¡Dios misericordioso! – El marqués la apartó de su lado. – Eso... eso es chantaje. Tratas de imponerme que eche a nuestro propio hijo de mi casa. Eso no es así y lo sabes muy bien, Henri. Nunca quise preguntarte nada sobre la madre de ese niño, ni quiero saberlo ahora. Bastante tuve con aguantar las murmuraciones de la Corte y notar que la gente se callaba a nuestro paso. He consentido tus aventuras con la pupila de Voltaire y las conspiraciones que tramabas con tus amigos de la Asamblea y, a cambio, jamás te he pedido explicaciones; pero ahora no voy a consentir que ese bastardo toque a mi niña. ¿Y qué me propones? ¿Que elija entre Alphonse o vosotras? He pensado en tu tío. ¿El abad Théophraste? Sí. Cuando vayas de caza con él el próximo domingo, quiero que le cuentes nuestro problema. Seguro que él conoce a alguien que nos pueda ayudar. ¡Así, sin más! Henri, si no hemos conseguido enderezarlo en diez años, cada vez irá a peor. Primero fueron sus travesuras y las bromas a los profesores del colegio, pero “había que perdonarlo”, ¿no era eso lo que decía tu padre?, “Es un chico tan despierto”. Luego vinieron las peleas en el Liceo y las mentiras. Tiene imaginación. No, Henri. No sé cuál es el mal de tu hijo, pero no se trata de fantasías. Ahora han sido los patos ¿qué vendrá a continuación? Debemos ponerle fin. Es por su bien. La caza mayor era una de las tradiciones más arraigadas entre la nobleza de la región. Los aristócratas de la campiña, como se les conocía, despectivamente, en París, dedicaban gran parte de su tiempo a cruzar ejemplares de Fox Hunt y de Poitevin con el fin de lograr la mejor jauría de la comarca; desplazándose cientos de millas hasta la Bretaña o la Provenza si con ello conseguían los mejores animales. La jornada transcurrió mejor de lo esperado. Henri hubiera preferido quedarse en casa con su mujer, que estaba a punto de romper aguas, pero, al final, fue ella misma la que insistió: - “Necesitamos que hables con tu tío”-. El marqués no pudo hablar con el abad Théophraste hasta bien entrada la mañana, cuando terminó la primera batida y los hombres comenzaron a reunirse para almorzar. Henri encontró una buena excusa en el parto de Claudette para despedirse temprano de sus compañeros de montería, en especial, del conde de Cheverny que había logrado el mayor número de piezas, y pedirle a su tío que lo acompañara de regreso a casa. Así que esas tenemos. ¡Vaya con Alphonse! Por favor, tío. Te aseguro que ni Claudette ni yo estamos para bromas. Lo siento, Henri. No imaginaba que la situación fuese tan grave. Los dos jinetes galopaban camino de la casona familiar, a las afueras de París. Si tenían suerte, llegarían a tiempo para asistir al nacimiento de Juliette. En mi opinión, tu hijo lo que necesita es una buena disciplina. ¿Crees que no he sabido darle una buena educación? No se trata de eso, sobrino, y tampoco quiero que me malinterpretes, pero estás demasiado ocupado en asuntos de Estado y creo que muchas veces has descuidado tu propia casa; en cuanto a Claudette, aunque haya puesto todo su esfuerzo en criarlo, ese hijo no le pertenece y siempre lo verá como un bastardo. No te... Por favor, sobrino. – le interrumpió - Si la situación es tan delicada como me dices, es necesario que llamemos a las cosas por su nombre. Todos sabemos que Alphonse es hijo de una religiosa de Sainte-Marie.- Su franqueza había sido un duro golpe para Henri. - ¿Creías que era un secreto? Creía que sí. Eres demasiado inocente para dedicarte a la política. Te sorprenderías de lo que puede llegar a decirse en un almuerzo de Palacio; pero no te preocupes, aquella mujer no supone ningún problema y en cuanto al niño... Henri, por el amor de Dios. Me rompe el corazón verte llorar. No quiero perder a mi mujer... ni a la niña, pero también sé que tengo una responsabilidad con Alphonse... Preocúpate tan sólo de ellas. En cuanto al niño, conozco al propietario de una Escuela de Cadetes en La Rochelle. No creo que tenga problemas para admitir a tu hijo. Vivir en ese cuartel hará que Alphonse entre en razones. Te lo prometo. Continuaron galopando en silencio durante gran parte del camino. La vergüenza que sentía Henri le impedía pensar con claridad. Era humillante, saber que toda la Corte conocía su historia con aquella religiosa y que, sin embargo, su propia mujer permanecía al margen de todo. Cuando lleguemos a casa, será más oportuno que entremos por las caballerizas para dejar en la cocina el zurrón y las armas. Podemos asearnos en el pilón del establo y pasar al salón desde allí. No quiero que Claudette me vea con este aspecto cuando le cuente tantas cosas. Me alegro que por fin hayas abierto los ojos, sobrino; pero, será mejor que avivemos el paso o aquellas nubes nos pillarán en camino. ¿Señora Dupont?- La voz de Claudette sonaba como un triste lamento. Sí, madame. Llame al médico. Creo que la niña va a llegar antes de tiempo. Enseguida, madame. ¿Necesita alguna otra cosa? Ya sabe que, con la tormenta que se avecina, los criados están guardando los animales en las caballerizas.- Claudette hizo un gesto negativo con la cara- Tardaré lo menos posible. El ama de llaves bajó las escaleras mientras se ataba un pañuelo a la cabeza para guarecerse de la lluvia. La voz de su joven amo, le sobresaltó: Ella... ¿Está bien? La pregunta le dejó sin aliento, como sucedía cuando hablaba con el hijo del marqués. Estaba sentado en el recibidor, a oscuras. Sí, Alphonse. La señora marquesa se encuentra perfectamente. Si todo va bien, dentro de muy poco tendremos en casa a la pequeña Juliette. Ahora, quédese aquí, por si viene su padre o los hombres necesitan ayuda con los animales. ¿Dónde vas? ¿Puedo ir contigo? No, Alphonse. Sólo voy a acercarme hasta la casa del Dr. Beaumont. No tardaré en volver. ¿Y los demás? ¿Dónde están Pierre, Jean y los otros criados? Ya le digo que están con los animales: uno de los potros se asustó con los relámpagos y lo están buscando en el pastizal. Ahora, si me disculpa, voy a casa del doctor. Si la señora marquesa necesitara cualquier cosa... Sabes que no me llamará pidiendo ayuda. ¡Dios bendito!- dijo el ama de llaves mientras se hacía la señal de la cruz - No diga esas cosas ni en broma, señorito. Su padre regresará de cazar en cualquier momento; así que, pórtese bien. La señora Dupont se fue calle arriba preocupada por dejar al infante sólo con la marquesa, pero tenía que avisar al médico. – Iré tan deprisa como pueda – pensó - y volveré en el carruaje del doctor, así ganaremos tiempo. La casa se quedó en completo silencio, salvo el repiqueteo de las gotas cuando caían sobre el tejado y el tronar, cada vez más cercano, de la tormenta. Alphonse se sintió pletórico: estaba solo... aunque no del todo. A comienzos del siglo XVI, la familia del marqués había construido su palacete sobre las ruinas del antiguo castillo de los turones, al norte de la villa, en un promontorio sobre el río Cher. La fortaleza había sido destruida en la época de los Anjou, cuando los condes lograron la Corona inglesa y el país entero se resquebrajó en luchas contra el rey de Francia. Desde entonces, cada miembro de la familia había engrandecido el conjunto con nuevos pabellones, salas o jardines. Todos habían contribuido a la grandeza de la casa excepto su padre que demostró siempre una mayor preocupación por los asuntos de Estado y de faldas que por su propia mujer y su hijo; pero él sería diferente para que las generaciones posteriores lo reconocieran como el autor del nuevo patio de caballerizas y del flamante guadarnés, junto al pabellón de caza, donde colgaría los trofeos y las cornamentas de todas las piezas que llegara a abatir. Después, construiría un gran salón de armaduras para recibir a los invitados y les contaría que el gran Leonardo da Vinci llegó a pasar una noche allí mismo, en el dormitorio azul, cuando viajaba a Le Clos-Lucé por mandato de Francisco I y tuvo que dormir en su casa, dejando el retrato de “La Gioconda” colgado sobre la chimenea de su salón, para admiración de todos, aunque solo fuera durante unas horas... El sonido de la aldaba lo devolvió a la realidad. Tenía 10 años y estaba sólo, imaginando historias, sentado en el zaguán de la casa de su padre. Volvieron a llamar a la puerta. Con la tormenta, los criados no habrían oído la llamada desde el patio y, arriba, la marquesa no se encontraría en estado como para bajar a preguntar quién estaba golpeando en la puerta. La aldaba repicó de nuevo con insistencia. ¿Quién es?- preguntó Alphonse acercándose al quicio. ¡Por caridad!- contestó alguien desde la calle. –Necesito su ayuda, señor marqués- . Aquel hombre le había llamado “Señor marqués”. Por primera vez en su vida, Alphonse tomaba conciencia de que algún día heredaría aquel título y que llegaría a ser el cabeza de una gran familia. Le gustó y sólo por ese motivo abrió la puerta. Disculpe que le moleste en una noche tan lúgubre, ¿el señor de la casa, por favor? Soy yo. ¿Usted, moinseur? Sí, Donatien-Alphonse-Françoise, señor de esta casa y de las tierras que lo circundan. ¿Con quién tengo el honor? Disculpe mi falta de modales, moinseur. Es solo que, cuando pregunté por la casa grande en el pueblo, nadie me informó que el marquesado recayera en una persona tan joven. Soy el ecónomo del monasterio de Saint-Etiénne, en Orléans. Mi carruaje ha quedado atrapado en el fango del camino y... ¿Le dan miedo las tormentas? Sí. He de confesar que sí. Pase, por favor. Está usted empapado. Un buen vaso de Borgoña le hará entrar en calor. En cuanto mis hombres reúnan a los animales en las caballerizas, daré orden de que le ayuden a sacar el carruaje del barro y le pongan de nuevo en el camino. Se lo agradezco, señor marqués. Es usted muy amable. Con su permiso. El ecónomo entró hasta el salón comedor, decorado por la marquesa con gran profusión de estilos. Un piano presidía la estancia junto a la chimenea y dos antiguos reposteros. ¿Toca usted el piano, señor marqués? No. La verdad es que no. Desde la muerte de mis padres, nadie ha vuelto a tocarlo. Lo lamento. Siendo usted tan joven, debió ser una tragedia. En efecto. Alphonse le sirvió una copa de vino, dejando la botella de Borgoña al lado del fraile. Aquel hombre no debía tener más de cuarenta años pero la mala vida parecía haberse cebado en él. Sírvase cuando guste. Gracias, muy amable. Me decía que el fallecimiento de sus padres fue una tragedia. Sí. Ocurrió hace tan solo unos meses. Mi padre salió a cazar y... Disculpe que le interrumpa pero, ¿no ha escuchado ese ruido? En el dormitorio, Claudette comenzaba a dar señales de que el parto se adelantaba. No. Yo no he oído nada. Ha sido.- buscaba las palabras adecuadas- como un gemido. Le aseguro, señor ecónomo, que en esta casa estoy yo sólo. Para tranquilizarse, el fraile tomo una segunda copa de vino. Como le decía, mi padre salió de montería con los guardeses de la finca y, lamentablemente... ¿Qué ocurrió? Me permite- Alphonse rellenó la copa de su invitado mientras proseguía con sus mentiras. – Un terrible accidente. ¿Un disparo perdido? No. Peor aún. Mi padre estaba al pie de su caballo ajustando las riendas cuando lo envistió un jabalí. ¡Qué horror! Nadie pudo hacer nada por su vida. El animal estaba como loco y lo atacó una y otra vez. – hizo una pausa dramática para captar aún más la atención de su invitado – Con tan mala fortuna que, en una de sus envestidas le desgarró una arteria y murió en el acto, desangrado. Pobre chiquillo, debió ser horrible. Aún me parece que veo a los criados cuando lo traían herido por aquella puerta, con su cuerpo cubierto de sangre y ni un soplo de vida. Le ruego que no continúe. Entre la tormenta, la historia y el vino, se me está poniendo la carne de gallina. Alphonse estaba disfrutando de su interpretación por que, además de contar con una buena historia, la ambientación no podía resultar más adecuada; en cuanto al pobre fraile, nadie habría estado tan receptivo como él. Del dormitorio principal llegaron nuevos murmullos. Esta vez, el grito de “¡Alphonse!” se escuchó perfectamente. Es el viento. No se preocupe. Toda la casa necesita con urgencia una buena reparación antes de que llegue el invierno. ¿El viento? ¡Válgame el cielo, señor marqués! Yo no quiero hablar de fantasmas pero juraría que lo que se ha oído ha sido una voz de mujer llamándole a usted por su nombre. Una mala ráfaga de aire. Debe relajarse. Creo que me tomaré otro vaso de su excelente Borgoña. Necesito templar los nervios. Por favor está usted en su casa. Y dígame, ¿qué le ocurrió a su madre? ¿Mi madre?... Ella... también falleció. El mismo día que mi padre. Bajaba por esa escalera cuando lo vio postrado en medio del salón y no sé, quizá fueron los nervios del momento, pero se desmayó y cayó rodando por la escalera hasta allí, muy cerca de donde usted se encuentra sentado. – Cuando el ecónomo dio un pequeño respigo, Alphonse pensó que la historia empezaba a causar el efecto deseado – Murió en el acto y, lo peor de todo, es que estaba a punto de dar a luz. Los médicos lo intentaron todo pero no pudieron salvar a ninguna de las dos. Es un historia terrible. Entonces, la voz de Claudette resonó en toda la casa: - “¡¡¡¡...phonse!!!!”-. ¿Lo ha oído? – gritó el fraile levantándose del sillón. - ¡Han dicho su nombre? Por amor de Dios. – y se persignó. Le repito que estoy sólo en la casa. ¡Cómo quiere que me calme!. El resplandor de un rayo coincidió con el estruendo al retumbar un trueno. La tormenta se encontraba en pleno apogeo. ¡Me voy! ¿Con la lluvia que esta cayendo? Creo, señor marqués, que el fragor de la tormenta será mucho mejor que el temor que me invade aquí dentro. Lo lamento. Entonces, un nuevo relámpago iluminó la estancia y a la mujer que estaba de pie al inicio de la escalera: ¡Alphonse! ¿No me oías cuando te llamaba?- Claudette, empapada en sudor, tenía manchado de sangre el camisón. El grito del ecónomo cuando vio a la mujer que él identificó como la madre muerta, resonó multiplicado por toda la casa. En aquel momento, el marqués entró por la puerta de las caballerizas con su arma de caza, alertado por los gritos de su mujer y por la voz, desconocida, de un hombre que chillaba descontrolado. Le seguían el abad Théophraste y los criados. ¿Quién va?- gritó el marqués al hombre que se desplomaba contra el suelo. - ¡Claudette, qué haces levantada! Estaba sola y no me respondía nadie, así que me asusté. ¿Quién es el fraile que está con tu hijo? Pero el ecónomo de Orléans ya no podía oírla. Cayó al suelo fulminado cuando vio a la marquesa en lo alto de la escalera y al marqués, apareciendo, de pronto, con el arma apuntándole y el cuerpo lleno de barro y de sangre de los animales abatidos en la montería. Cuando llegó el ama de llaves con el médico, el doctor Beaumont primero tuvo que certificar la muerte del fraile - ¡Ha muerto de miedo – aseguró sorprendido a los demás testigos y, después, tuvo que asistir a Claudette en el parto. Sólo el llanto de la pequeña Juliette dio algo de alegría al último día de Alphonse en la casa de su padre. Años más tarde, el joven terminó su preparación en la Academia de La Rochelle y comenzó una imparable carrera militar, caracterizada por su crueldad y por los excesos en el campo de batalla. En una de ellas, contra los prusianos, le informaron que su padre, Henri, había fallecido y que, desde ese momento, él era el nuevo marqués de Sade.


Carlos Pérez Vaquero nació en Valladolid, España (1969). Escritor y Licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid  (1987/1992). Tiene una Maestría en Logística y Distribución (1994) y es Técnico de Márketing (1998). Actualmente trabaja para la editorial jurídica, LEX NOVA. Como escritor, ha publicado artículos jurídicos en más de ochenta ocasiones, en revistas, periódicos y web especializadas, tanto de España como de América Latina (Brasil, Argentina, México, Venezuela, Perú, Panamá y Cuba); como escritor de relatos breves, ha publicado también en diversas revistas españolas e iberoamericanas sus historias de diálogos frenéticos que suelen terminar con alguna sorpresa.