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Luis
Cernuda, Madrid (1936)
Luis
Cernuda (1902-1963), nació en Sevilla y murió en México. En 1928
llegó a Madrid. Se unió a la llamada generación del 27, o
“generación de la República”, donde encuentra sus mejores
amigos, Lorca, Alberti, Salinas, Aleixandre, etc. Guerra y exilio.
Fue profesor de Literatura en Glasgow y Cambridge (1939-1945), así
como en el Instituto Español de Londres (1945-47). Profesor también
en los Estados Unidos hasta 1952 y en México hasta su muerte en
1963.
Cernuda
fue un poeta-puente, diría Juan Ruíz de Torres, entre las
vanguardias a la poesía
de hoy. Es el poeta de la voz mínima, de la voz fina, elegante, por
momentos casi fría, siempre dolorida, a veces confusa. Una voz que
ha ido cobrando cada vez mayor fuerza a lo largo de los últimos años,
hasta afirmarse como una de las más originales que el grupo del 27
produjo. A mi entender, esta voz perdurará y desde luego está
llamando a los poetas actuales, de vuelta de las estridencias de la
vanguardia. Fue traductor de poesía inglesa y alemana, crítico
literario, escribió pocos pero magníficos poemarios, entre los que
destacamos parte de su poesía en “La realidad y el deseo”
1936-1964, “Ocnos”
1942-1963, “Poemas para un cuerpo” en 1957 o “Desolación de
la quimera” en 1962. Fue desarrollando su singular edificio lírico,
en el que la peripecia personal se sublima para abarcar el dolor de
todos los hombres ante la felicidad que tienen delante, pero una
felicidad inasible, por
cuanto a él, le prima la tristeza.
La
Realidad y el deseo, que recoge, como decimos, gran parte de su
obra aunque no toda, se encuentra entre las cumbres más
sobresalientes de la poesía contemporánea. En este libro fue
reuniendo Cernuda en sucesivas ediciones,
su producción poética y salvo la obligada incorporación póstuma
de su último libro: Desolación
de la Quimera, todo lo demás fue configurado, ordenado y
corregido de su propia mano. Si el autor dejó como título
definitivo el de 1936, fue porque toda su obra fue un forcejeo entre
la dura realidad inconmovible y la vivencia de un deseo cierto, pero
fugaz y oscuro. Si alguna solución tenía tan desgarradora
polarización, el poeta la buscó en el olvido y en un creciente y
soterrado rencor a la vida; a la vida y a los hombres. Perdió su fe
en Dios y por tanto, en los hombres. Igualmente, perdió la fe en su
patria, en España, hasta el punto de decir “Ha muerto”. Su
estilo fue clásico, no olvidemos que en sus primeros poemas, aparecían
décimas, sonetos, etc, de 1924-27 en “Primeras Poesías”.
Destacó su vena romántica -tradición de la poesía andaluza-,
aunque a veces fue surrealista, pero no se puede decir que fuese un
surrealismo automático o automatizado, sino mas bien un surrealismo
“consciente”, es decir tamizado, como casi siempre por el
intelecto: “Un río, un amor” de 1929. Escribió asimismo poesía
social, pero no en exceso. Poesía en prosa o prosa poética en
:”Los placeres prohibidos” 1931, bellísimo libro, del que
podemos destacar : En medio de la multitud, Esperaba solo o Tienes
la mano abierta, etc. Después vendría “Donde habite el olvido”
1932.
Destacaría
de su obra su gran preocupación por la belleza, la belleza de los
cuerpos desnudos, quizás debido a su inclinación homosexual como
la de García Lorca o Aleixandre, menos conocida. Pero no sólo
amaba la belleza de los cuerpos, hablamos de la belleza en general,
la belleza de los jardines, de su Sur, su gran preocupación también
por la trascendencia. En “Donde habite el olvido” 1932-33,
podemos observar su gran semejanza con Bécquer, ya en su poema núm
1: Donde habite el olvido / en
los vastos jardines sin aurora /; Donde yo sólo sea / Memoria de
una piedra sepultada entre ortigas / sobre la cual el viento escapa
a sus insomnios /. Donde
mi nombre deje / al cuerpo que designa en brazos de los siglos /
Donde el deseo no exista... Allá, allá lejos donde
habite el olvido. Y el desconertante poema núm IV: Yo
fui / columna ardiente, luna de primavera / mar dorado, ojos grandes.
/ Busqué lo que pensaba; / pensé, como el amanecer en sueño lánguido
/ lo que pinta el deseo en sueños adolescentes. / Canté, subí, /
fui luz un día / arrastrado en la llama . / Como un golpe de viento
/ que deshace la sombra, / caí en lo negro / en el mundo insaciable.
/ He sido. De "Invocaciones" 1934-35,
destacaría: El famosísimo El
joven marino, largo y bellísimo poema, o Un
muchacho andaluz.
A
Lara con unas violetas, de “Las nubes” 1937, o La visita de Dios”,
poemas largos en su totalidad, impresos de una gran tristeza y de un
canto nostálgico de destierro por la patria que dejó. De “Como quien espera el alba” 1941-44, destacaríamos: El
andaluz, por su brevedad, así como por su arraigo con la tierra
del sur: Sombra hecha de luz /
que templado repele / es fuego con nieve / el andaluz. / Enigma tras
luz / pues va entre gente solo / es amor con odio / el andaluz. /
Oh, hermano mío, tú / Dios que te crea / será quien comprenda /
al andaluz. En contrapunto, el larguísimo poema:
Noche del hombre y su
demonio, por sus connotaciones lúgubres y tristes.
En
su última etapa, el lenguaje de Cernuda se vuelve más sencillo,
muy coloquial, habla de sus paisanos, a sus paisanos, lenguaje
coloquial que tanto gustaría después a los llamados poetas de la
experiencia. De “Las horas contadas” 1950-56, no podemos pasar
por alto, los poemas a Lázaro, Instante
músico, Palabra amada,
Soledades, por ejemplo. Más
tarde publicaría “Desolación de la quimera” en 1962, que como
ya decimos más arriba fue publicado a título póstumo e incluído
en “La realidad y el deseo”.
Aún
siendo un gran poeta, como podremos apreciar si nos acercamos a la
obra de Cernuda, fue un gran desconocido al estar en el exilio y
morir en esa circunstancia, tanto es así que en 1958, ni siquiera
se le nombraba en la Universidad, siendo sus mejores años
literarios, y más aún, creo que ni se le nombra o al menos, no
como merece. Pocos le vieron como su amigo Federico García Lorca,
quien declaró: “La realidad y el deseo” me ha vencido con su
perfección sin mácula, con su amorosa agonía encadenada, con su
ira y sus piedras de sombra. Libro delicado y terrible al mismo
tiempo, como un clavel pálido que manara hilos de sangre por el
temblor de cada hoja. No habrá escritor en España, de la clase que
sea, si es realmente escritor, manejador de palabras, que no quede
admirado del refinamiento con que Luis Cernuda une los vocablos para
crear un mundo poético propio; nadie que no se sorprenda de su
efusiva lírica, gemela de Bécquer, y de su capacidad de mito, de
transformación de elementos que surgen en el bellísimo poema:
“El joven marino”, con la misma fuerza que en nuestros mejores
poetas clásicos. Con lo que, en gran parte, estamos de acuerdo.
Luis Cernuda, murió en Méjico en Noviembre de 1963, en el umbral
de su cuarto de baño, en pijama y bata, a la salida del sol.
Nos ha legado una gran herencia. Su obra. Y, con mi admiración,
por ser “Testigo del amor y la locura”, le dedico estos versos:
A
Luis Cernuda
“REALIDAD
Y DESEO”
Tú fuiste “realidad”,
lo
eres aún. Y en mí el “deseo”
de
leerte de cuando en cuando,
de
vez en vez. Te bajas
de
mis estanterías
y
creces en mis manos y en mis ojos.
A
solas, y en silencio
oigo
tu voz desde este rojo- azul;
estamos
en Agosto y pasa el fuego
por
las rendijas de esta sala mía
donde
habita el dolor y habita el gozo.
Del
sudor de mi frente
resbalan
sílabas que vierten hacia ti
mi
admiración tardía.
Como
hombre silencioso estabas
cerca
de mí, mas yo pasaba tardes
con
otros cielos desnudos de palabras,
mudos
como el secreto, tumba,
como
el polvo grisáceo.
Regresé
a tu jardín y entre magnolios
al
fin te descubrí. Tú estabas
resplandeciente
al punto
que
me cegaste con tus mil estrellas,
tus
encendidas sombras,
tu
ímpetu fluvial, tu intensidad.
Espiga
lacerada.
Cuajada
de tristezas
que
rompe por el pecho y la garganta.
Tiemblo
con tu temblor, tu calofrío
--poeta
del olvido, de la ira y la piedra—
genio
que sales de los libros
y
caminas las calles de Sevilla
con
tu pelo engomado para oler a jazmines.
Lo
mismo que una rosa fecundada
tu
perfección me abruma,
me
inquieta, me fascina.
Hoy,
rebosas mi copa.
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