Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 17/18

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS ESPEJOS VIOLADOS DE FRIDA KAHLO

por

Gerardo Piña-Rosales

 

    

     


     Hasta no hace muchos años, cuando alguien se refería a Frida Kahlo, lo hacía, subrayando, con cierto displicente rintintín, su carácter ancilar de esposa o amante del gran muralista mexicano, Diego Rivera. Hoy, las obras de Frida Kahlo no sólo han alcanzado las cotas más altas en el mundo del arte, sino que ella misma ha llegado a ser casi un objeto de culto. Frida Kahlo se ha convertido en heroína para muchos: para los mexicanos, por el amor que siempre profesó hacia su país, por su decidida participación política en el proceso histórico de México y por su vehemente admiración y defensa de la raza indígena; y es también heroína para las mujeres (Dios nos libre de las feministas y de los feministos), porque a pesar de sufrir en carne propia la pérdida de un hijo (fueron varios los embarazos malogrados) y el amor venal de un hombre como Diego Rivera, su “sapito”,  fue capaz de dejarnos una obra pictórica original, sin paralelo en la historia del arte. Frida Kahlo, digámoslo sin ambages, es una de las mujeres y artistas más impresionantes de nuestro tiempo. 

     Nacida en 1906, en la Casa Azul en Coyoacán, México, Magdalena Carmen Frida Kahlo era hija de madre mexicana, y de padre alemán. Fue su padre, Willhem (o Guillermo) Kahlo (un gran artista cuya obra fotográfica habría que reivindicar), quien animó a la joven Frida, encamada tras el tan citado accidente, a empuñar por primera vez los pinceles. La Casa Azul está poblada de espejos azules, pues el azul es símbolo de refugio, pero también de tumba. La Casa Azul fue siempre su madriguera, el lugar donde podía mirarse al espejo de su soledad y su amargura, escenario, paraíso vegetal.

     A los seis años comienza el vía crucis de Frida Kahlo: la poliomilitis la dejó con la pierna derecha disfigurada y más corta que la izquierda.

     A principios del siglo, pocas niñas asistían la escuela, pero sus padres le dieron la oportunidad de una educación formal. Frida asistió a la Escuela Nacional Preparatoria en la Ciudad de México, uno de los centros docentes más prestigiosos del país, donde era una de veinticinco chicas en una clase de dos mi chicos.

     Durante su adolescencia conoció a su primer amor: Alejandro Gómez Arias, también estudiante de la preparatoria, y dos años más joven que ella. Un día, el 17 de septiembre de 1925, los dos se dirigían hacia Coyoacán cuando el autobús en el que viajaban fue arrollado por un tren.  Frida quedó con la columna vertebral destrozada, rotas varias costillas, mermadas la pierna derecha y el pie; una barra de metal atravesó su cuerpo por la pelvis y salió por la vagina. Después: hospitales, operaciones, dolor y más dolor, y una larga convalescencia.

     Frida conoció a Diego Rivera cuando era aún estudiante de la escuela preparatoria. Pocos años después, Frida le pidió a Rivera su opinión sobre unas obras que había pintado cuando estaba enferma. Sus primeros dibujos y retratos muestran influencia italiana renacentistas y del Art Deco, pero ya desde estos primeros intentos se destaca una de las cualidades o peculiaridades del arte de Frida Kahlo: su tendencia a aislar estéticamente al retratado. El fondo —como si el azogue del espejo asomara su rostro borrascoso— no es más que una superficie muerta, como un desierto o un mar innominado.

     Rivera tenía casi treinta años más que ella, estaba casado, y a pesar de su cara de rana y cuerpo sanchopancesco, no le faltaban amantes. Diego dejó a su esposa en 1928, y al año siguiente se casó con Frida. La relación entre Frida y Diego fue siempre tormentosa. Si Diego, como sultán mexicano, tenía amantes a granel —entre las que se encontraba Cristina, hermana de Frida—, ella tampoco le iba a la zaga, y como botón de muestra ahí está Leon Trotsky, gran amigo de Diego, a quien, una vez encandilado y seducido, le regaló un autorretrato (¡A Picasso le hubiese hecho gracia el gesto!).

     Posteriormente, la pareja se marcha a los Estados Unidos, estancia que se inicia en San Francisco y después en Detroit, para instalarse finalmente en Nueva York, donde pinta su obra My dress hanging there, cuadro que preludia la obra contundente llena de símbolos que realizaría posteriormente. La influencia de los exvotos, lo popular, lo religioso y los símbolos mexicanos sellarían su obra.

     En 1934 regresan a México y se instalan en el estudio de la calle de Altavista, construido por Juan O'Gorman, en San Ángel. Sufre otro aborto y es operada del pie derecho; el proceso de desfiguración de su cuerpo es constante, y eso se refleja en las obras que va realizando. Diego Rivera tiene un romance con su hermana, Cristina Kahlo, hecho que la sume en una  tremenda depresión. Se separa de Diego y se marcha sola a Nueva York. Aunque Frida Kahlo no nos pide que nos apiademos de ella, de su dolor nacen nuevas imágenes míticas que evidencian una experiencia espiritual conmovedora. Su dolor la redime; nos redime.

     1937 fue, pese a los constantes sufrimientos morales y físicos (amortiguados por el alcohol y la droga), uno de los años más prolíficos de Frida Kahlo: Mi nana y yo, El difunto Dimas, Mis abuelos, mis padres y yo, así como varios autorretratos, fueron sólo algunas de sus obras.

     1938 es el año en que llega a México André Breton, con una mirada predispuesta a encontrar el surrealismo en este país; Frida no es la excepción: inmediatamente la circunscribe como parte de la esencia del movimiento y le dedica el ensayo "Un listón de seda alrededor de una bomba". Los críticos, tal vez desnortados por la aseveraciones un tanto ingenuas de la misma Frida —"...pensaron que yo era surrealista, pero no lo fui. Nunca pinté mis sueños, sólo pinté mi propia realidad"— se han empeñado en negar el carácter surrealista de la obra fridokahliana. No voy a abundar en ello: baste decir que me parece imposible comprender a cabalidad la obra de Frida Kahlo sin los presupuestos del Surrealismo. Los espejos violados de Frida nos devuelven, una y otra vez, la imagen de su cuerpo herido, mutilado, de belleza convulsiva; en esos mismos espejos quebrados se refleja, obsesivamente,  el rostro de Diego Rivera, su pasión y su tormento, su loco amor, su amour fou. ¿Cómo negar el latir surrealista de su misma sensualidad, mórbida, buñuelesca? ¿No traspasan acaso su obra los dardos del horror, de la crueldad? ¿Y sus filias y fobias más acendradas, yacen quizá ocultas en algún desván de su casa de Coyoacán?

    Al año siguiente Kahlo viaja a París para presenciar la exposición "Mexique" que André Breton ha montado con obras prehispánicas, exvotos, fotografías de Manuel Alvarez Bravo y dieciocho cuadros de la propia Frida. Las relaciones con Diego se deterioran cada vez más hasta llegar al divorcio.

     En 1940 Kahlo participa en la Exposición Internacional del Surrealismo en la Galería de Arte Mexicano con sus obras "Las dos Fridas" y "La mesa herida". Su depresión por la ausencia de Diego y su problema con la bebida se agravan. Pinta "Autorretrato con pelo cortado", obra que hace exclamar a Diego aquello de “mira que si te quise fue por tu pelo...”. Vuelve a viajar a Estados Unidos para recibir tratamiento médico. Expone en San Francisco en la Exhibición Internacional Golden Gate y en Nueva York en la exposición "Veinte Siglos de Arte Mexicano". Hacia finales de ese mismo 1940 se vuelve a casar con Diego. Regresan a México en 1941, pinta varios autorretratos y expone en el Boston Institute of Contemporary Arts.

     El año de 1942 marca el inicio de su Diario, páginas que contienen diversos apuntes dibujísticos, bosquejos, declaraciones de amor a Diego, frases que remarcan su soledad, su cuerpo torturado, su visión del mundo, la tierra y la vida. Participa en la fundación del Seminario de Cultura Mexicana, y presnta sus últimas obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. El Diario, como sus autorretratos, obedece a una simple, irrefutable realidad: Frida estaba condenada a la soledad del lecho, encadenada a una silla de ruedas. La historia de su vida, entre la pasión y el vacío, está en sus obras. Por eso el espejo, para desdoblarse, para platicar con los ecos de su conciencia, para afirmarse ante sus cejas como las alas desplegadas del cóndor.

     En 1943 expone en diversas muestras tanto en México como en Estados Unidos y es nombrada maestra de la Escuela de Pintura y Escultura "La Esmeralda" de la Secretaría de Educación. En ese mismo período se estrenan las pinturas, en la Pulquería “La Rosita”, en Coyoacán, realizadas por sus alumnos de la Esmeralda, conocidos como Los Fridos. En octubre Diego Rivera publica en el Boletín del Seminario Mexicano de Cultura un artículo sobre Frida intitulado "Frida Kahlo y el Arte Mexicano"; en este ensayo  seminal —recorrido por la historia, la sociedad y el arte de México hasta llegar a Frida— declara que “... para Frida lo tangible es la madre, el centro de todo, la matriz; mar, tempestad, nebulosa, mujer”.

     De 1944 a 1949, Frida Kahlo pinta "Diego en mi pensamiento" y "Diego y yo", obras emblemáticas. Recibe en esos años un Premio de la Secretaría de Educación Pública, y sus alumnos decoran los muros de los lavaderos públicos de Coyoacán.

     En 1950 Kahlo es internada durante nueve meses en un hospital debido a un infección, producto del injerto de hueso que le habían realizado cuatro años antes en la columna vertebral. La columna rota, uno de sus cuadros más reproducidos, está más cerca de la utopía que de la realidad: no es un autorretrato del dolor, como machaconamente vienen repitiendo los críticos, sino de la mujer indomable, que, a pesar de su sufrimiento, se sabe hermosa y seductora.  Continúa allí con su cuadro "Mi familia", que deja inconcluso. Al año siguiente pinta su "Autorretrato con el Dr. Juan Farill", varias naturalezas muertas y "Retrato de mi padre Wilhelm Kahlo".

     En 1953 lleva a cabo su única exposición individual en México, en la Galería de Arte Contemporáneo, dirigida por Lola Alvarez Bravo. Es hospitalizada para la amputación de la pierna derecha por gangrena. Expone en el British Art Council.

     En 1954 pinta su cuadro "Sandías con leyenda: Viva la vida". Ingresa al hospital dos veces más, y, convalesciente de bronconeumonía, asiste a una marcha en protesta por el golpe de estado contra Guatemala. Once días después, el 13 de julio de 1954 muere Frida Kahlo en su Casa Azul de Coyoacán.

     ¿Dónde reside la fascinación que ejercen en nosotros las obras de Frida Kahlo? ¿Por qué nos seducen a la vez que nos envenenan? En sus autorretratos —espejos violados por su propio dolor— se reflejan la dualidad de su compleja, intrigante, personalidad: la mujer independiente, fuerte y llena de vida, pero al mismo tiempo sumisa, dependiente, víctima: contemplemos algunos de sus autorretratos, Las dos Fridas o en Memorias, donde se evidencia la escisión que dominaba su vida; o Unos cuantos piquetitos, donde la metáfora del dolor físico encarna su angustia mental. En la obra de Frida Kahlo hay dos tipos de autorretratos: los que presuponen una mirada al espejo, que son al mismo tiempo realistas y utópicos; y los autorretratos narrativos, en los que  se nos describen aspectos de su vida como exvotos. En ninguno de sus autorretratos se nos aparece Frida como pintora: los trebejos de pintar brillan por su ausencia. A veces su paleta se transforma en corazón abierto y sus pinceles en flechas: para Frida, la pintura nace ante todo de su propio sufrimiento. La persona en el espejo simpre le devuelve la mirada a Frida Kahlo con expresión de máscara, hiératica; son el decorado y la atmósfera los que dan a cada retrato su talante. En Rembrandt, los autorretratos son jalones de su propia vida, desde la paz y felicidad doméstica a la soledad de sus últimos años; en Van Gogh, los espejos en los que se mira el artista, como relojes de Dalí, se deforman, ora cóncavos, ora convexos; en Goya, a medida que transcurre su vida, el azogue de los espejos van invadiéndolo todo, presagiando el implacable final. En los autorretratos de Frida Kahlo no es sólo la mirada de la artista la que nos contempla sino todos los aditamentos de su persona: el rebozo y la falda de Tehuana,los collares, los brazaletes, los aretes, el peculiar peinado, los objetos decorativos. El vestido es como una segunda piel, como una armadura mágica que la protege de las miradas del mundo, de los otros. El vestido oculta las marcas de su sufrimiento y de su dolor interiores.

     Si nos asomamos a los espejos violados de Frida Kahlo, descubriremos a una mujer enfrentada a su propio destino, a una mujer que vivió en lucha constante con el amor, el sufrimiento y la muerte, a una artista que a través de ellos supo crear su propia iconografía femenina. (Desde otros espejos, fuertes y decididas como ella, la contemplan Tina Modotti, Lola Alvarez Bravo, Remedios Varo, Georgia O´Keeffe). Su arte existencial, alimentado por filias y fobias indecibles, constitutye siempre un diálogo consigo misma. Su mundo es autónomo, y nadie sino la misma Frida Kahlo es capaz de comprenderlo, de penetrarlo.

     Frida Kahlo siguió su propio camino solitario, sin concesiones a la galería. Su pintura es pintura del autoconocimiento, exploración de la realidad personal, intransferible. Su obra, agónica y cruel, es como un hachazo en el mar helado de nuestro corazón.

 


GERARDO PIÑA ROSALES nació en Andalucía, España y creció en Marruecos. Profesor, conferencista y escritor. Estudió en la Universidad de Granada, la Universidad de Salamanca y la Universidad de la Ciudad de Nueva York. En la actualidad es profesor titular de Literatura Española en la Universidad de Nueva York (CUNY) Lehman College y el Centro de Graduados. Es Miembro de Número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, Miembro Correspondiente de la Real Academia Española y Presidente del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York. Entre sus publicaciones se encuentran los libros siguientes: De la Celestina a Parafernalia: estudios sobre teatro español, Nueva York, Peninsula Publishing, 1984; Narrativa breve de Manuel Andújar, Valencia, Albatros Hispanófila, 1988; Guía de estilo para periodistas (con R. Corbalán), Nueva York, Fundación Cultural Hispánica, 1997; Homenaje a Mordecai Rubín, Nueva York, Academia Iberoamericana de Poesía, 1997; De la catedral al rascacielos (con Corbalán y Toscano), Nueva York, ALDEEU, 1998; La obra narrativa de Segundo Serrano Poncela, Lewiston, N.Y., Mellen Press, 1999; 1898: entre el desencanto y la esperanza (con Corbalán y Toscano), ALDEEU, 1999. En prensa tiene los siguientes libros: Acentos femeninos y marco estético del nuevo milenio y Escritores españoles en los Estados Unidos.