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Hasta
no hace muchos años, cuando alguien se refería a Frida Kahlo, lo
hacía, subrayando, con cierto displicente rintintín, su carácter
ancilar de esposa o amante del gran muralista mexicano, Diego
Rivera. Hoy, las obras de Frida Kahlo no sólo han alcanzado las
cotas más altas en el mundo del arte, sino que ella misma ha
llegado a ser casi un objeto de culto. Frida Kahlo se ha convertido
en heroína para muchos: para los mexicanos, por el amor que siempre
profesó hacia su país, por su decidida participación política en
el proceso histórico de México y por su vehemente admiración y
defensa de la raza indígena; y es también heroína para las
mujeres (Dios nos libre de las feministas y de los feministos),
porque a pesar de sufrir en carne propia la pérdida de un hijo (fueron
varios los embarazos malogrados) y el amor venal de un hombre como
Diego Rivera, su “sapito”,
fue capaz de dejarnos una obra pictórica original, sin
paralelo en la historia del arte. Frida Kahlo, digámoslo sin
ambages, es una de las mujeres y artistas más impresionantes de
nuestro tiempo.
Nacida
en 1906, en la Casa Azul en Coyoacán, México, Magdalena Carmen
Frida Kahlo era hija de madre mexicana, y de padre alemán. Fue su
padre, Willhem (o Guillermo) Kahlo (un gran artista cuya obra fotográfica
habría que reivindicar), quien animó a la joven Frida, encamada
tras el tan citado accidente, a empuñar por primera vez los
pinceles. La Casa Azul está poblada de espejos azules, pues el azul
es símbolo de refugio, pero también de tumba. La Casa Azul fue
siempre su madriguera, el lugar donde podía mirarse al espejo de su
soledad y su amargura, escenario, paraíso vegetal.
A
los seis años comienza el vía crucis de Frida Kahlo: la
poliomilitis la dejó con la pierna derecha disfigurada y más corta
que la izquierda.
A
principios del siglo, pocas niñas asistían la escuela, pero sus
padres le dieron la oportunidad de una educación formal. Frida
asistió a la Escuela Nacional Preparatoria en la Ciudad de México,
uno de los centros docentes más prestigiosos del país, donde era
una de veinticinco chicas en una clase de dos mi chicos.
Durante
su adolescencia conoció a su primer amor: Alejandro Gómez Arias,
también estudiante de la preparatoria, y dos años más joven que
ella. Un día, el 17 de septiembre de 1925, los dos se dirigían
hacia Coyoacán cuando el autobús en el que viajaban fue arrollado
por un tren. Frida quedó
con la columna vertebral destrozada, rotas varias costillas,
mermadas la pierna derecha y el pie; una barra de metal atravesó su
cuerpo por la pelvis y salió por la vagina. Después: hospitales,
operaciones, dolor y más dolor, y una larga convalescencia.
Frida
conoció a Diego Rivera cuando era aún estudiante de la escuela
preparatoria. Pocos años después, Frida le pidió a Rivera su
opinión sobre unas obras que había pintado cuando estaba enferma.
Sus primeros dibujos y retratos muestran influencia italiana
renacentistas y del Art Deco, pero ya desde estos primeros intentos
se destaca una de las cualidades o peculiaridades del arte de Frida
Kahlo: su tendencia a aislar estéticamente al retratado. El fondo
—como si el azogue del espejo asomara su rostro borrascoso— no
es más que una superficie muerta, como un desierto o un mar
innominado.
Rivera
tenía casi treinta años más que ella, estaba casado, y a pesar de
su cara de rana y cuerpo sanchopancesco, no le faltaban amantes.
Diego dejó a su esposa en 1928, y al año siguiente se casó con
Frida. La relación entre Frida y Diego fue siempre tormentosa. Si
Diego, como sultán mexicano, tenía amantes a granel —entre las
que se encontraba Cristina, hermana de Frida—, ella tampoco le iba
a la zaga, y como botón de muestra ahí está Leon Trotsky, gran
amigo de Diego, a quien, una vez encandilado y seducido, le regaló
un autorretrato (¡A Picasso le hubiese hecho gracia el gesto!).
Posteriormente,
la pareja se marcha a los Estados Unidos, estancia que se inicia en
San Francisco y después en Detroit, para instalarse finalmente en
Nueva York, donde pinta su obra My
dress hanging there, cuadro que preludia la obra contundente
llena de símbolos que realizaría posteriormente. La influencia de
los exvotos, lo popular, lo religioso y los símbolos mexicanos
sellarían su obra.
En
1934 regresan a México y se instalan en el estudio de la calle de
Altavista, construido por Juan O'Gorman, en San Ángel. Sufre otro
aborto y es operada del pie derecho; el proceso de desfiguración de
su cuerpo es constante, y eso se refleja en las obras que va
realizando. Diego Rivera tiene un romance con su hermana, Cristina
Kahlo, hecho que la sume en una
tremenda depresión. Se separa de Diego y se marcha sola a
Nueva York. Aunque Frida Kahlo no nos pide que nos apiademos de ella,
de su dolor nacen nuevas imágenes míticas que evidencian una
experiencia espiritual conmovedora. Su dolor la redime; nos redime.
1937
fue, pese a los constantes sufrimientos morales y físicos (amortiguados
por el alcohol y la droga), uno de los años más prolíficos de
Frida Kahlo: Mi nana y yo,
El difunto Dimas, Mis abuelos, mis padres y yo, así como varios autorretratos, fueron
sólo algunas de sus obras.
1938
es el año en que llega a México André Breton, con una mirada
predispuesta a encontrar el surrealismo en este país; Frida no es
la excepción: inmediatamente la circunscribe como parte de la
esencia del movimiento y le dedica el ensayo "Un listón de
seda alrededor de una bomba". Los críticos, tal vez
desnortados por la aseveraciones un tanto ingenuas de la misma Frida
—"...pensaron que yo era surrealista, pero no lo fui. Nunca
pinté mis sueños, sólo pinté mi propia realidad"— se han
empeñado en negar el carácter surrealista de la obra fridokahliana.
No voy a abundar en ello: baste decir que me parece imposible
comprender a cabalidad la obra de Frida Kahlo sin los presupuestos
del Surrealismo. Los espejos violados de Frida nos devuelven, una y
otra vez, la imagen de su cuerpo herido, mutilado, de belleza
convulsiva; en esos mismos espejos quebrados se refleja,
obsesivamente, el
rostro de Diego Rivera, su pasión y su tormento, su loco amor, su
amour fou. ¿Cómo negar el latir surrealista de su misma
sensualidad, mórbida, buñuelesca? ¿No traspasan acaso su obra los
dardos del horror, de la crueldad? ¿Y sus filias y fobias más
acendradas, yacen quizá ocultas en algún desván de su casa de
Coyoacán?
Al
año siguiente Kahlo viaja a París para presenciar la exposición
"Mexique" que André Breton ha montado con obras prehispánicas,
exvotos, fotografías de Manuel Alvarez Bravo y dieciocho cuadros de
la propia Frida. Las relaciones con Diego se deterioran cada vez más
hasta llegar al divorcio.
En
1940 Kahlo participa en la Exposición Internacional del Surrealismo
en la Galería de Arte Mexicano con sus obras "Las dos Fridas"
y "La mesa herida". Su depresión por la ausencia de Diego
y su problema con la bebida se agravan. Pinta "Autorretrato con
pelo cortado", obra que hace exclamar a Diego aquello de
“mira que si te quise fue por tu pelo...”. Vuelve a viajar a
Estados Unidos para recibir tratamiento médico. Expone en San
Francisco en la Exhibición Internacional Golden Gate y en Nueva
York en la exposición "Veinte Siglos de Arte Mexicano".
Hacia finales de ese mismo 1940 se vuelve a casar con Diego.
Regresan a México en 1941, pinta varios autorretratos y expone en
el Boston Institute of Contemporary Arts.
El
año de 1942 marca el inicio de su Diario, páginas que contienen diversos apuntes dibujísticos,
bosquejos, declaraciones de amor a Diego, frases que remarcan su
soledad, su cuerpo torturado, su visión del mundo, la tierra y la
vida. Participa en la fundación del Seminario de Cultura Mexicana,
y presnta sus últimas obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva
York. El Diario, como sus
autorretratos, obedece a una simple, irrefutable realidad: Frida
estaba condenada a la soledad del lecho, encadenada a una silla de
ruedas. La historia de su vida, entre la pasión y el vacío, está
en sus obras. Por eso el espejo, para desdoblarse, para platicar con
los ecos de su conciencia, para afirmarse ante sus cejas como las
alas desplegadas del cóndor.
En
1943 expone en diversas muestras tanto en México como en Estados
Unidos y es nombrada maestra de la Escuela de Pintura y Escultura
"La Esmeralda" de la Secretaría de Educación. En ese
mismo período se estrenan las pinturas, en la Pulquería “La
Rosita”, en Coyoacán, realizadas por sus alumnos de la Esmeralda,
conocidos como Los Fridos. En octubre Diego Rivera publica en el Boletín
del Seminario Mexicano de Cultura un artículo sobre Frida
intitulado "Frida Kahlo y el Arte Mexicano"; en este
ensayo seminal —recorrido
por la historia, la sociedad y el arte de México hasta llegar a
Frida— declara que “... para Frida lo tangible es la madre, el
centro de todo, la matriz; mar, tempestad, nebulosa, mujer”.
De
1944 a 1949, Frida Kahlo pinta "Diego en mi pensamiento" y
"Diego y yo", obras emblemáticas. Recibe en esos años un
Premio de la Secretaría de Educación Pública, y sus alumnos
decoran los muros de los lavaderos públicos de Coyoacán.
En
1950 Kahlo es internada durante nueve meses en un hospital debido a
un infección, producto del injerto de hueso que le habían
realizado cuatro años antes en la columna vertebral. La
columna rota, uno de sus cuadros más reproducidos, está más
cerca de la utopía que de la realidad: no es un autorretrato del
dolor, como machaconamente vienen repitiendo los críticos, sino de
la mujer indomable, que, a pesar de su sufrimiento, se sabe hermosa
y seductora. Continúa
allí con su cuadro "Mi familia", que deja inconcluso. Al
año siguiente pinta su "Autorretrato con el Dr. Juan Farill",
varias naturalezas muertas y "Retrato de mi padre Wilhelm Kahlo".
En
1953 lleva a cabo su única exposición individual en México, en la
Galería de Arte Contemporáneo, dirigida por Lola Alvarez Bravo. Es
hospitalizada para la amputación de la pierna derecha por gangrena.
Expone en el British Art Council.
En
1954 pinta su cuadro "Sandías con leyenda: Viva la vida".
Ingresa al hospital dos veces más, y, convalesciente de
bronconeumonía, asiste a una marcha en protesta por el golpe de
estado contra Guatemala. Once días después, el 13 de julio de 1954
muere Frida Kahlo en su Casa Azul de Coyoacán.
¿Dónde
reside la fascinación que ejercen en nosotros las obras de Frida
Kahlo? ¿Por qué nos seducen a la vez que nos envenenan? En sus
autorretratos —espejos violados por su propio dolor— se reflejan
la dualidad de su compleja, intrigante, personalidad: la mujer
independiente, fuerte y llena de vida, pero al mismo tiempo sumisa,
dependiente, víctima: contemplemos algunos de sus autorretratos, Las
dos Fridas o en Memorias,
donde se evidencia la escisión que dominaba su vida; o Unos
cuantos piquetitos, donde la metáfora
del dolor físico encarna su angustia mental. En la obra de Frida
Kahlo hay dos tipos de autorretratos: los que presuponen una mirada
al espejo, que son al mismo tiempo realistas y utópicos; y los
autorretratos narrativos, en los que
se nos describen aspectos de su vida como exvotos. En ninguno
de sus autorretratos se nos aparece Frida como pintora: los trebejos
de pintar brillan por su ausencia. A veces su paleta se transforma
en corazón abierto y sus pinceles en flechas: para Frida, la
pintura nace ante todo de su propio sufrimiento. La persona en el
espejo simpre le devuelve la mirada a Frida Kahlo con expresión de
máscara, hiératica; son el decorado y la atmósfera los que dan a
cada retrato su talante. En Rembrandt, los autorretratos son jalones
de su propia vida, desde la paz y felicidad doméstica a la soledad
de sus últimos años; en Van Gogh, los espejos en los que se mira
el artista, como relojes de Dalí, se deforman, ora cóncavos, ora
convexos; en Goya, a medida que transcurre su vida, el azogue de los
espejos van invadiéndolo todo, presagiando el implacable final. En
los autorretratos de Frida Kahlo no es sólo la mirada de la artista
la que nos contempla sino todos los aditamentos de su persona: el
rebozo y la falda de Tehuana,los collares, los brazaletes, los
aretes, el peculiar peinado, los objetos decorativos. El vestido es
como una segunda piel, como una armadura mágica que la protege de
las miradas del mundo, de los otros. El vestido oculta las marcas de
su sufrimiento y de su dolor interiores.
Si
nos asomamos a los espejos violados de Frida Kahlo, descubriremos a
una mujer enfrentada a su propio destino, a una mujer que vivió en
lucha constante con el amor, el sufrimiento y la muerte, a una
artista que a través de ellos supo crear su propia iconografía
femenina. (Desde otros espejos, fuertes y decididas como ella, la
contemplan Tina Modotti, Lola Alvarez Bravo, Remedios Varo, Georgia
O´Keeffe). Su arte existencial, alimentado por filias y fobias
indecibles, constitutye siempre un diálogo consigo misma. Su mundo
es autónomo, y nadie sino la misma Frida Kahlo es capaz de
comprenderlo, de penetrarlo.
Frida
Kahlo siguió su propio camino solitario, sin concesiones a la galería.
Su pintura es pintura del autoconocimiento, exploración de la
realidad personal, intransferible. Su obra, agónica y cruel, es
como un hachazo en el mar helado de nuestro corazón.
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