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López Cruz, Humberto. Escorzo de un instante.
Madrid: Betania, 2001.
ISBN: 84-8017-159-6. 64 págs.
Este primer poemario del investigador literario y profesor
cubano-americano Humberto López Cruz constituye, a mi entender, una
excelente muestra de poesía reflexiva, meditabunda y filosófica, que a
partir de materiales cotidianos y sencillos y mediante un lenguaje poético
de estirpe clásica y diáfana belleza –a veces signado, no obstante,
por momentos barrocos- estructura un prolongado diálogo que tiene al
poeta y a su existencia como ejes temáticos primordiales. La presencia
del poeta, de sus visiones, pensamientos ansiedades y opiniones confieren
a este volumen un profundo sesgo autobiográfico; estamos ante una poesía
que es, antes que nada y en medida considerable, autointrospección,
descubrimiento personal; de ahí el reiterado uso de la segunda persona
singular y de la primera persona plural: entre el tú y el nosotros, el
poeta hilvana una poesía eminentemente dialógica que desnuda su propio
ser y sus circunstancias.
Trátase -merece la pena puntualizarlo- de un ser escindido, insatisfecho,
aún por delimitar: “Enfrentas la más ardua de las luchas;/ vivir
contigo,/ comprenderte, escucharte;/ alcanzar la cima de tu esencia”
(43). Pero además se trata de un ser esencialmente pendular que fluctúa
entre la felicidad y la abulia, entre la melancolía y la efervescencia
vital, entre el cansancio metafísico y la más febril voluntad de
actividad.
El libro se divide en cuatro secciones interconectadas y relacionadas por
comunes preocupaciones intelectuales: el problema irresoluto de la
temporalidad, la deshumanización galopante de la sociedad actual, el
mundo de las ideas como salvación, la relevancia de la cotidianidad y la
intrahistoria, la angustia por el destino incierto de los hombres, el
desasosiego espiritual y la perentoria necesidad del conocimiento.
En la primera parte, titulada “Instantes”, predomina un tono humanista,
ético, que ante la creciente deshumanización social enfatiza la vuelta a
las pequeñas cosas: “guardemos un precepto, sólo uno,/ presenciemos un
amanecer
más despejado,/ compartamos el rocío con las rosas/ admiremos lo
hasta ahora despreciado” (14). En esta parte resalta por su hermosura y
fuerza expresiva el poema “Divagación”, un auténtico ejercicio de
optimismo y esperanza. En él, el poeta se contempla a sí mismo, se
autofigura
y analiza; y tras este análisis se revela el fascinante mundo de
las ideas y los proyectos intelectuales que lo animan como un fuego
incandescente y sacro: “Acostado medita las ausencias/ que su vida nutre
de energías;/ comprende,/ que necesita mucho tiempo.../ Es mucho lo que
piensa/ que no materializa;/ los proyectos se gestan en su mente,/
evolucionan;/ quedan sólo en eso: unos propósitos” (17). El simple
hecho de tener propósitos es ya un logro, una feliz noticia que le incita
a continuar viviendo, a proseguir su andadura de sueños y empresas
literarias.
En la segunda parte, “Rupturas”, el poeta se contempla a sí mismo a
la luz de la sociedad, que en casi todos los casos tiene una valoración
negativa. Frente a ella, el poeta es como el agua del poema homónimo que
abre esta sección: conjuga la belleza y la resistencia del líquido, su
capacidad regenerativa e indómita. Es una lucha solitaria (y mítica)
contra la estulticia de los hombres “iracundos” y contra la urbe voraz
y despiadada que intenta ahogarlo en medio del tráfico profuso y la
perenne prisa. El vate se debate entre la necesidad y el deseo, entre sus
múltiples obligaciones profesionales y su añoranza de un vivir sosegado,
en el que la amistad, la lectura y el estudio ocupen puestos de privilegio.
Esta añoranza, esta ausencia se hace tan dolorosa que la idea del
suicidio surca fugazmente la mente del poeta: “Se desespera,/ recurre a
las viejas amistades:/ unas pastilla o una cuchilla,/ mira a las venas
como posible salida” (32).
La tercera parte, intitulada “Esencias”, constituye, en lo
fundamental, una íntima cavilación sobre el tiempo y sus misterios,
sobre el pasado y la memoria, hilvanada en versos de una altura estética
y una economía expresiva envidiables: “Veloz llega y veloz parte,/ el
efímero instante de una esencia;/ nos ocupa el olvido del pasado,/ el
mismo error nos visita con frecuencia” (39). El recuerdo trae el sabor
inmemorial y querido de la amistad, la desnudez clara y contundente del
presente inasible y siempre fugitivo, la necesidad de autoconocerse a fin
de hallarse en algún recodo invisible, en alguna alameda “de pasos que
aún quedan por andar” (47).
Esta reflexión se prolonga en la última parte del poemario, “Abstractos”,
en la que la dicción poética se hace en ocasiones hermética, enigmática,
con versos levemente surrealistas: “Se proyecta/ en las latas de
aluminio arrugadas,/ en colillas de los que fueron cigarrillos,/ en
miradas que fracasan en la nada” (55). En medio de la incertidumbre
existencial y la deshumanizante esfera de los hombres, una sola cosa
sobrevive, real, enfática, minuciosa: la presencia insoslayable de la
ideas, de la lucha interior e intelectual: “El laberinto se estrecha y
se repite,/ la lid con el fantasma no desmaya;/ el Minotauro persigue un
imposible/ entre paredes que conducen a la nada” (60).
Al final de este viaje autoindagatorio, el escéptico vence al optimista,
el desencantado prevalece sobre el vitalista, y el poeta se muestra
indefenso, con sus armas rotas y con una única verdad como estandarte
frente a la nada cotidiana: ha comprendido, no sin asombro por su parte,
que la ausencia es una antigua costumbre en su vida.
Estimo
que los poemas de Escorzo de un instante son el primer peldaño de
una historia poética que apenas empieza, y cuyos frutos venideros se
pueden anticipar en la lectura del citado volumen; exponente primerizo de
un escritor en plena producción literaria, dueño de una voz poética
propia, filtrada por ávidas lecturas y variadas experiencias, lo que
constituye un signo inequívoco de excelencia.
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