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Si,
como dice Saramago, la mayor felicidad de un escritor, un poeta, consiste
en encontrar "su propia voz", es en Cuerpo Amado en que
la voz de Nela Rio adquiere nuevas sensibilidades y hace del poemario uno
de los más importantes de su producción. No sólo porque esa tensión
entre lo efímero y lo profundo se mantiene desde la primera a la última
página, sino porque el mismo cuerpo como centro, eje, imán, parte de sí
mismo para crear una metáfora de la asimetría y para reflejarse bajo
nuevas miradas. Se trata precisamente de esas miradas. La
reflexión sobre el cuerpo de la mujer es una constante en la rica
trayectoria poética y narrativa de Nela Rio y la vemos expresada en
diferentes dimensiones: el cuerpo erótico en Aquella luz, la que
estremece; el cuerpo violado En las noches que desvisten otras
noches; el cuerpo envejecido en “Carlota, todavía”; el cuerpo
torturado en Túnel de proa verde; el cuerpo de la memoria en
“Stella”; el cuerpo abusado en “El jardín de las glicinas”.
Cuerpo amado es un poemario tanto original como valiente, al
situar la mirada bajo una perspectiva histórica: el reconocimiento del cáncer
de pecho y el trabajo sobre el dolor y la transformación física que esa
enfermedad propone. Pero en lugar de realizarlo desde un lugar común
con el vocabulario terapéutico, religioso, o mundano, Nela Rio no pierde
por un momento el hilo de la seducción que escapa siempre al tratamiento
convencional de un tema de nuestros tiempos. Al hacer que el
lenguaje rompa con sus acuerdos más obvios, la mujer que aparece en el
curso del amor, la enfermedad y el reencuentro, ejerce un magnetismo
especial: el de ser ella misma, abriéndose a la expectativa y al miedo,
la fuerza inmediata de la mano que acaricia, y el dolor de un espejo.
La
estructura del poemario permite ingresar a las diferentes etapas en las
que el cuerpo abraza y se duele, se enferma, se mutila, renace. Desde
el esplendor del encuentro amoroso hasta la tragedia del anuncio (aparente
derrota), los lectores se encuentran absorbidos. Los cuerpos de este
poemario son maduros, no están en la celebración de la juventud sino en
la de la experiencia, registrada en afectos y aventuras interiores. En
'La tarde mojando la noche' dice: "se conocieron esa noche que
duraba/exactamente como la vida". En 'Ahuecando las manos' el
deseo erótico es un fruto --" y saborearon las sílabas como jugos"--,
o es un "puñado de besos con pie de gaviota" que deja huellas
transparentes en la playa en 'Tendida como la brisa'. En 'La vida
como una ciudad', el vértigo y el deseo se iluminan, hasta que finalmente,
en 'Rayos de luna como harpa', los protagonistas "Dichosos dibujaban
planetas/ en la oscuridad del cuarto". La primera parte del
poemario culmina con un título que nos devuelve la nueva identidad de la
mujer enamorada: 'Yo, nosotros'.
A
este instante de lucidez sexual, le sucede el presagio del dolor, el
anuncio de la enfermedad. Nos situamos ahora plenamente en el cuerpo
amado que recorre los miedos, las inseguridades provocadas no solamente
por una enfermedad importante, grave, sino porque esta enfermedad tiene el
poder de desdibujar la imagen de esa mujer y recortarla. No creo que otro
miedo pueda ser tan profundo como el de perder una parte del cuerpo. Al
ingresar estas páginas me recorrieron fotografías que he visto
relacionadas con pérdida de ojos, brazos, piernas y pechos --partes
acariciadas, que florecieron igual que flores, frutas, que crecieron desde
la larva como las mariposas--. Ahora esas partes deshabitan el yo y
como las ruinas de una ciudad provocan desolación y desorientación, y
sin duda reclaman otra nueva persona. La mujer de Cuerpo amado
encuentra que: "el mundo ha dejado de ser redondo/ se ha convertido
en una ventana", ventana de 'El cuarto de hospital'. Y él, su
amado, para no verla desaparecer en el dolor "Le cuenta noches que
parecen historias” y la ayuda a caminar “por la ciudad que hicieron" en
'Soles de papel'. En este momento, precisamente éste, el poemario maneja
un vocabulario que recuerda a las cosas que se recuerdan en los hospitales:
bordes, luz, ropa secándose al sol y sobre todo, perfume.
En
ese microcosmos la historia de esta mujer se repliega y confunde, al
regresar a la casa sin uno de sus pechos siente que se parece a un espejo,
no comprende la rutina que ha dejado atrás. En todo este periplo
hay una persona sensible que debe enfrentarse con "esa otra mujer",
y que necesita no solamente aceptarse sino confrontar una sociedad viciada
de imágenes falsas: los cuerpos perfectos, la vida perfecta. Es
justamente en ese enfrentamiento consigo misma, en la aseveración de
saber quién se es y en su eventual rescate, que se reconocen los
personajes femeninos de los poemarios y narraciones de Nela Rio, quienes
nunca se ven como víctimas sino que tienen el poder de renacerse.
Los
últimos dos poemas del Epílogo logran rotundamente cerrar este recorrido
doloroso con un retorno de la mujer en el sentido más íntimo, más
subjetivo y profundo de la palabra. La mano que toca el pecho
ausente (el pecho que se quiere como a un huérfano) en 'Camino a la vida'
, es una mano que toca también una persona, un nombre.
Quiero
quedarme especialmente en el último poema de Nela Rio: 'La vida tiene
alas', con la imagen de ese vestido que se quita la nueva mujer/ la mujer
anterior, con el deseo de volver a conectarse con su sexualidad. Es
preciso quedarse allí en la ventana por donde pasa el amado antes de que
caiga ese vestido, y un poco después, cuando la piel se llena de luz.
Este
poemario de Nela Rio no es autobiográfico sino que forma parte de un círculo
de experiencias de la autora con mujeres de todos los frentes y de todas
las ideologías. Es innegable que este trabajo abre un diálogo con
el cuerpo herido, identificándonos a todas con lo que somos: una ansiedad,
un miedo, una presencia, una mano que acaricia, alguien que ama y necesita
ser amado.
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Gladys
Ilarregui nació
en la Argentina. Reside en Washington, D.C. desde 1983. Recibió su
doctorado en Literatura de Catholic University y es actualmente
directora de la Fundación Cultural Iberoamericana en la Universidad
de Delaware. Ha
publicado los siguientes libros: Indian Journeys (1993), Oficios
y personas (1994), Guía para perplejos (1996), Poemas
a Medianoche (1999), Como una viajera y sus postales (Like A
Traveller and Her Postcards) (1999). La traducción de los
primeros poemarios de Gladys Illarregui ("Indian
Journeys", "Oficios y personas" y "Guía para
perplejos") realizada por Judy B. McInnis ha sido publicada en
edición bilingüe por University Press of the South, Louisiana,
1999. Ha recibido los premios: Federico García Lorca por Oficios
y personas, Premio Plural de Poesía por Indian Journey,
trabajo que celebra las culturas indígenas, Editorial Excélsior, México,
1993, y Jorge Luis Borges, premio literario auspiciado por la
Editorial EMECE, Argentina, por su colección titulada: Poemas a
Medianoche, agosto, 1999.
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