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Damián
puso la pistola en su boca y cerró los ojos, estaba decidido, la única
puerta que le quedaba era aquella, una puerta de escape: la muerte.
La muerte era mejor que la vergüenza, la muerte era mejor que la
cara de su padre, la muerte antes que la cara burlona de quienes lo
miraran y vieran su estigma; un estigma que aún en pleno siglo
veinte, a las puertas del siglo veintiuno era tan desolador y
excluyente como lo fuera en plena Edad Media. Es cierto que se habían
prohibido las hogueras pero había una hoguera mayor en la que no
quería arder. Con los ojos cerrados podía sentir el fuego lamiendo
su carne, perdiendose en sus entrañas lentamente, provocando el
peor de los calvarios, estaba decidido, debía morir...
Revivió su niñez, los años en que jugaba
tranquilo ante la mirada protectora de su madre. Recordaba que le
gustaba el béisbol y montar bicicleta. También le gustaba el
ajedrez y los juegos rudos, nadie podría haber visto ni un síntoma
de debilidad en su comportamiento, ni siquiera el ojo inquisidor de
su padre militar. General de una fuerza de “hombres”. Como podría
imaginar su padre que el mal que tanto había combatido acabaría
entrando en su propia casa.
Vino a su mente la imagen de Gerardo. Trataba de reconstruir
los años transcurridos desde que se conocieron en el colegio. Desde
el primer día se hicieron amigos. Gerardo no era como el resto de
los muchachos que conocía. De constitución fuerte y entrenando
Karate desde los seis años, Gerardo hubiese podido ser fácilmente
el líder del grupo, pues incluso, el Billy le temía y era a este a
quien todo el grupo de estudiantes respetaba como “jefe” ya que
no dudaba en darle una paliza a quien se le atravesara. Pero Gerardo
era diferente, por eso quizás no le importaba que Damián fuera
callado y que no tuviera muchos amigos. Él apreciaba su memoria
prodigiosa, su capacidad para entender y explicar todo lo que leía
en los libros.
Gerardo lo hizo sentir importante, fue por él que retomó el
deporte, comenzó a tomar clases de Karate y, lo más importante,
encontró con quien compartir sin miedo todas las ideas que tenía
sobre la vida en otros planetas y la propia visión de Dios, una
palabra poco menos que prohibida en la sociedad donde ambos crecían.
Gerardo lo escuchaba sin escandalizarse, sin pensar que estaba loco,
más bien admirado de sus reflexiones y discutiendo sin saña
aquello en lo que no estaba de acuerdo. Gerardo opinaba, preguntaba,
argumentaba, pero jamás imponía. Las horas se iban volando
mientras hablaban.
Compartían la pasión por el cine y en cada diciembre cuando
llegaba el festival de cine se perdían una semana entera del
colegio para ir de estreno en estreno, siguiendo la lista de las películas
que se anunciaban como éxitos. Recordaba que un año atrás no habían
podido regresar al pueblo y se fueron a la terminal de autobuses
para pasar allí la noche y regresar en el primer autobús de la mañana,
durmieron sobre los asientos arropados con los abrigos, hacía frío
y Gerardo se recostó dormido sobre su hombro. Un escalofrío lo
recorrió, pero lo atribuyó a la temperatura, no pudo pegar un ojo
en toda la noche y algo sin nombre lo inquietaba.
Ante todo, Gerardo era su amigo, su compañero de escapadas,
su confidente, pero nada más. Incluso, hablaban de mujeres. No era
uno de los temas más frecuentes, pero compartían la mirada de
alguna muchacha bonita que les pasara por el lado.
¿Cuándo fue que el sentimiento cambio?, ¿cuándo se
convirtió en amor?, ¿cuándo?, ¿cómo....se volvió “maricón”?
¿Acaso siempre lo fue...?
Sin embargo, todo iba bien hasta que Gerardo comenzó a salir
con Lisa, y no es que se haya distanciado. Por el contrario, siempre
lo invitaba a donde fuera y llevaba alguna amiga de Lisa para que
saliera con él. Pero Damián se sentía incomodo con el cambio de
Gerardo, ahora era más abierto, le gustaba tomar, ya no iban a un
parque a conversar con tanta frecuencia como antes, sino a bailes y
discotecas, casi nunca volvían juntos pues o bien le tocaba llevar
a la casa a la amiga de turno con la que se había aburrido de lo
lindo o bien Gerardo y Lisa ponían cualquier pretexto y se iban
solos.
Aun así, Damián no quería darle nombre a su descontento, más
bien decidió tomar medidas para acabar con aquella extraña situación,
sobre todo el día que Gerardo llegó y como extasiado le contó que
había tenido su primera relación sexual. Damián se puso furioso,
le comenzó a gritar y a decirle que si no sabía nada del SIDA, que
si no había tomado precauciones, que quién sabía con cuántos
hombres había estado la tal Lisa antes... Gerardo se molestó
mucho, pero tenía un autocontrol envidiable y después de aclararle
que él había sido también el primer hombre de Lisa, se fue con un
seco “Chao”.
No había pasado una semana antes que Damián comenzara a
salir con Vivian. Pensó que esa podría ser la solución a sus
problemas, que solo tendría que tener sexo y con eso se le irían
todos los fantasmas que rondaban su cabeza. Vivian era la persona
exacta para eso, era dos años mayor que él y tenía fama de fácil.
No le tomo más de unos días llevarla a la cama, aun para un
principiante como él no fue difícil, más bien ella le trillo el
camino.
Sin embargo el resultado no fue el esperado, no sintió el éxtasis
del que hablaban, el deseo incontrolable del que tanto había oído
hablar, sólo se sintió
turbado, tomó casi una botella de ron y aunque finalmente logró
hacer su “papel de hombre”, sentía un gran vacío.
Después de ese día evadió a Vivian, hasta que esta lo dejó
en paz para dirigir su atención a una nueva dirección no sin antes
advertirle lo que pensaba de él. -
“Yo he estado con algunos hombres Damián y a ninguno le
había pasado lo que a ti, yo creo que tu no estás bien definido...a
lo mejor hasta eres gay”- . Damián le contesto una grosería pero
sabía que en el fondo ella tenía razón. El monstruo había sido
nombrado, era gay y estaba enamorado de Gerardo.
Pasó toda la noche pensando. Cuando amaneció estaba cansado
pero tenía una solución, hablaría con Gerardo. Él siempre había
tenido una respuesta para todo, a lo mejor él sabía de qué se
trataba, a lo mejor también le había sucedido...
Pero la respuesta de Gerardo no fue la que esperaba, su cara
se iba tornando cada vez más dura mientras Damián hablaba. Le contó
de su desolación, de su tristeza cuando él comenzó a salir con
Lisa, dijo que no había sido nada planeado, simplemente ocurrió,
que no pensara nada malo, que nunca hubo en ninguna de sus acciones
doble intención, por el contrario creía que sobre todo él era su
amigo y por eso estaba ahí contándole todo.
Durante un rato, que a Damián le pareció un siglo, ambos
guardaron silencio. Gerardo tenía la mirada perdida. Cuando por fin
hablo fue como si a Damián le clavaran un puñal.
-
Damián, después
de todo lo que me has dicho creo que lo mejor será que no nos
veamos por un tiempo hasta que tu mente se aclare y encuentres una
mujer que te haga sentir, yo estoy seguro que estás confundido.
-
No estoy confundido Gerardo, lo estaba pero ya no, soy...soy
gay.
-
No, no lo eres. - Por primera vez lo oyó gritar. Gerardo lo
tomó por el cuello de la camisa y lo sacudió. -
No me vengas ahora con eso y mucho menos me digas que estás...bueno
que es conmigo la cosa, yo no soy maricón, a mi me gustan la
mujeres...
Después de esto Gerardo no volvió a atender el teléfono
cuando él llamaba y si se encontraban en la calle volvía la cara
para no saludarlo. Pronto se comenzó a comentar en el barrio lo que
decía Vivian de Damián y algunos comenzaron a mirarlo de una
manera muy diferente.
Damián se sintió vacío, sin ganas de vivir, sin deseos de
enfrentarse a nada en el mundo, sus calificaciones comenzaron a
bajar y los profesores se preguntaban que había pasado con su mejor
estudiante.
Los comentarios se hicieron cada vez más fuertes y habían
llegado a oídos de su padre que le había inquirido una y mil veces
por el motivo de su cambio.
Esa tarde cuando llegó de la universidad su madre estaba
esperándolo, tenía los ojos hinchados de llorar y la voz quebrada.
-
Hijo, tu padre dijo que lo esperes esta tarde, que tiene que
hablar contigo. Él estuvo hablando con Gerardo, estaba preocupado
por ti, de como has estado en los últimos meses...No sé qué le
habrá dicho Gerardo, no sé quien está inventando cosas sobre ti
para hacerte daño, ni sé por qué, debe ser alguna muchachita
despechada. - Los ojos de su madre parecían implorar una explicación,
mientras Damián sentía que el alma se le iba del cuerpo. –
Ahora estaba en su habitación, tenía la pistola de su padre
en la mano y dos caminos: escapar hacia la muerte o enfrentarse a su
padre y al resto del mundo.
Su mano descendió lentamente con la pistola humeante aun
aferrada...
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