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Una vez más el nombre de Valeria estaba en
las páginas del diario dominical. Como siempre, su nombre estaba
asociado a los recuerdos de mi difícil etapa de estudiante
universitaria y me hacía detenerme por instantes para pensar en el
pasado.
A los pocos meses de haber llegado a Miami, comencé mis
estudios universitarios, gracias a la ayuda financiera que
proporcionaba el gobierno de los Estados Unidos para aquellos
estudiantes de escasos recursos y que, como en mi caso, no tenían
familia que sufragara sus gastos. A medida que los primeros
semestres transcurrieron, las buenas notas facilitaron las becas y
otros tipos de ayudas financieras muy generosas, lo cual hubiera
sido un excedente de recursos extraordinarios para un estudiante que
viviera en la casa de sus padres u otro familiar que le albergara,
pero en mi caso apenas me alcanzaba para sobrevivir y seguir
estudiando ya que ni familiares tenía y solo conocía a pocas
personas; amigos recientes de ocasión. Mi familia y mis verdaderos
amigos habían quedado en Cuba, con la esperanza de un día poder
volver a reunirse conmigo. Varios años atrás, a mi me había
tocado, al igual que a muchos niños y adolescentes de mi generación,
el salir de mi país por decisión unánime de mis padres, sin
ninguna cuota de consideración en cuanto a mis más íntimos deseos
personales o por la incertidumbre de lo desconocido, pero
definitivamente influenciados por una especie de catarsis colectiva
que convulsionó a la clase media y alta cubana, todavía existente
en aquella época, que consideraba urgente el sacar a sus hijos del
país, enviarlos a direcciones lejanas y bajo la tutela de
personas extrañas a la familia, antes de dejar que se contaminaran con
el proceso de la revolución cubana, la cual se decía iba a
quitarles la patria potestad a los padres sobre sus hijos. En otras
palabras, estaba sola y pobre de solemnidad. Mi llegada a la
universidad estuvo saturada por el júbilo de encontrarme en el
recinto de estudios que tanto anhelaba estar, el leer y releer los
textos asignados por los profesores en cada uno de los cursos que
seguía, tanto de las materias requeridas como las que elegía a mi
discreción dentro de las llamadas asignaturas electivas, el empezar
a descubrir la consonancia del universo de temas nuevos que
procesaba en mi mente y la complacencia del sacrificio que se sabe
temporal porque cada día que pasaba era un obstáculo menos que iba
quedando atrás.
Sosteniendo el diario entre mis manos, no podía evitar
pensar en Valeria, cuando nos conocimos y en todos los sueños que
ambas teníamos en aquellos años. Nos hicimos amigas en las clases
que compartíamos y pronto empezamos a encontrarnos a la hora del
almuerzo en la cafeteria y en la biblioteca con más frecuencia. Al
principio no me interesó tener amistad con ella porque la percibía
demasiado superflua. Llegaba todos los días a clases como quien iba
a un baile, vistiendo algunas veces trajes elegantes, en otras
ocasiones, blusas costosas y semi desabotonadas para llamar la
atención sobre sus abundantes senos, pantalones ajustados marcando
su pubis o la diminuta ropa interior que llevaba debajo de manera
premeditada, faldas bien cortas sin ropa interior debajo, tacones
altos, bolsos de marca, relojes caros, muchas prendas, corte de pelo
impecable y maquillaje de sobra. Valeria era una especie de imán
que atraía las miradas de odio y desagrado de las compañeras de la
clase que por un lado veían en ella al prototipo de la mujer que
cada una de ellas quería combatir en medio del desarrollo y auge
del Movimiento de Liberación Femenina de los años setenta, pero
por otro lado, Valeria era el objeto del deseo de todos los compañeros
dentro y fuera de las aulas, y también de más de algún profesor.
A mi realmente me era indiferente si le enseñaba el trasero a todos
en clase o no, ese era su problema. A mi lo que me importaba era
poder graduarme, poder trabajar en mi profesión en cuanto me
graduara y que mi familia se reuniera conmigo lo más pronto posible.
No obstante, siempre me llamó la atención por su manera
desenfadada de ser. Tenía mi misma edad y estudiabamos la misma
carrera, pero eramos muy diferentes. Sin embargo, pese a nuestras
diferencias, Valeria se percató que yo no era ni una rival, ni
representaba ningún tipo de competencia para ella en su paso
arrollador en busca de atención, y que me importaba poco si atraía
y acaparaba las miradas de todos en la clase. Al principio me
buscaba conversación entre clases, en los baños y en los pasillos,
cuando no era asediada por uno de sus múltiples galanes.
Después de conversar varias veces con ella de manera rápida,
me di cuenta que ella supo percibir mis pensamientos y nos hicimos
amigas por aquello de lo que el que nada tiene nada pierde. Ella sabía
que cuando estaba conmigo tenía que estudiar y no podía estar
perdiendo el tiempo y a ella le convenía tener a alguien que la
apurara en este sentido. Lo que no entendía era la razón por la
cual ella quería llegar a ser una profesional. Su familia fue de
las primeras que habían llegado después del año cincuenta y nueve
de Cuba, con suficiente dinero como para que el traslado a la
Florida no les impidiera una vida de lujos, era hija única,
heredera universal de negocios y bienes, con una fogosidad sexual
desmedidad y todo el tiempo del mundo para dedicarse a estos
menesteres, por lo que no pude aguantarme más un día y le pregunté:
-
Valeria, ¿Y para qué te quemas las pestañas con Maibelline
bajo esta luz fría?
-
No me queda otra. Si no estudio no puedo salir de casa y ¿qué
mejor lugar para ligar que aquí? Además, si me quiero casar
prefiero buscarme uno en la universidad para que en mi casa no le
pongan pretextos. La última vez que me enamoré de verdad fue
cuando estaba en el High School.
-
Seguro que como era estudiante y no tenía donde caerse
muerto, a tus padres no le gustó – indiqué con gesto afirmativo.
-
No, él no
estudiaba, mi novio era el mecánico que me arreglaba el auto y mi
mamá quería un profesional para mi. Pero a mi me encantaba, estaba
tan bueno y sus proporciones estaban mejores todavías. – con aire
de satisfacción.
-
¿Y qué pasó? –
inquirí con curiosidad.
-
Cuando empezaron a
sospechar que yo tenía algo con él me prohibieron salir de la
casa, mi papá me quitó el auto y no me dejaban hablar por teléfono.
En aquellos tiempos yo tenía dieciséis años solamente. – Se
encogió de hombros a la vez que se reía. – Pero no importa, las
revolcadas que nos dimos en el garaje de la casa nadie me las podrá
hacer olvidar.
-
Y
¿por qué no lo buscas ahora?
-
¿Para qué? ¿Para
pasar hambre con él? No, eso ya pasó. Ahora vendrán opciones
mejores.
El tiempo pasó y nuestra amistad se iba haciendo cada día más
fuerte, cada una con sus intereses, sus diferentes planes de vida y
una singular cooperación mutua. Yo la ayudaba en el análisis de
las lecturas, los reportes semestrales, la preparación para los exámenes
y ella me ayudaba al convertirme en su confidente, haciéndome
sentir menos sola en una ciudad que crecía vertiginosamente con la
llegada de más personas por día, pero los míos no estaban entre
esos que llegaban.
Todo estuvo bien, hasta que un fin de semana Valeria decidió
llevarme a su casa para presentarme a sus padres. Aunque ella
siempre les había hablado de mi, esta era la primera vez que me
conocían en persona. Traté de vestirme con el mejor vestido que
tenía porque además pensabamos salir con unas amistades de Valeria
que yo no conocía. La visita fue breve e inquisitiva. Más que una
presentación me dio la impresión que estaba en medio de un
interrogatorio de la policía, detenida por algún crimen que yo
estaba segura que no había cometido. El tiempo transcurría lentamente en aquella sala llena de
tapices y adornos de lladró. Mientras Valeria aprovechaba para
darse los toques finales de peinado y maquillaje en su cuarto, la
madre me acosaba a preguntas sobre mi pasado, apellido y patrimonio.
El padre se limitaba a escuchar las preguntas y respuestas con
actitud distante. Finalmente, Valeria salió del cuarto y en cuanto
las amistades de ella llegaron, nos avisaron con el claxon del auto
y nos marchamos sin dilación. Las amistades resultaron ser dos
hombres en un auto de lujo. Evidentemente, los dos conocían muy
bien a Valeria y la abrazaban, sobaban y besaban como si estuvieran
acostumbrados a este tipo de relación con ella. Inmediatamente,
Valeria se acomodó al lado de uno y el otro pasó a ser una especie
de compañía prefabricada que me tenían reservada para esa noche y
no existe nada en el mundo que me incomode más que alguien trate de
escogerme pareja, como si yo no pudiera conseguirmela sola. Fuimos a
cenar a un restaurante bien conocido en Coconut Grove, bajo la luz
del candelabro de la mesa que nos asignaron y al aire libre de una
noche perfecta en la más imperfecta de las situaciones. Mi
conversación se volvió casi monisilábica mientras Valeria se
volvió totalmente locuaz por la ingestión de alcohol y algunas
pastillas alucinógenas que le brindó uno de ellos, anunciándole
que eran de la mejor calidad. Nunca había vivido una noche tan larga
en todos los veinte años que tenía para ese entonces. Ahora nos
invitaban a conocer una casa fabulosa que uno de ellos había
adquirido recientemente en Coco Plum. En cuanto terminó el supuesto
convite gastronómico y llegamos a la salida del lugar, me despedí
de manera abrupta de ellos y me fui en busca de un taxi para
regresar a mi humilde apartamento, invirtiendo en esta operación
todo el dinero que tenía destinado para mi compra semanal en el
supermercado. En fin, cualquier cosa con tal de acortar la noche más
insoportable de mi vida.
Por unos días no volví a saber de Valeria y cuando estuvo
de vuelta en la universidad conversamos de manera breve. Según ella
la había pasado estupendamente bien, se había divertido a la
saciedad con aquellos dos y me recomendaba que aprendiera a vivir
porque yo estaba definitivamente equivocada por el camino que iba,
con tanta seriedad y tanto estudio. Además, me dijo que por favor
no la llamara más a su casa porque su mamá no quería saber más
de mi.
-
Y eso ¿a qué se debe? – pregunté extrañada.
-
Como la otra noche
no dormí en mi casa y le dije que me quedé en la tuya, ahora mi
mamá dice que no quiere que ande contigo porque las muchachas
decentes no viven solas y ella desconfía de ti. Dice que no quiere
tu mala influencia sobre mi. – riéndose de su maldad – No te
preocupes, tú sigues siendo mi amiga.
Desde ese momento, aunque nunca se lo dije, la amistad con
Valeria había terminado para mi. Cada vez hablamos menos y nuestras
reuniones se fueron espaciando de manera tal que un día nos
perdimos de vista para siempre. Ahora solamente sé de ella a través
de las páginas sociales.
Con el tiempo ella se convirtió en un personaje en los
medios filantrópicos y sociales de la ciudad debido a su unión
matrimonial con un acaudalado hombre de negocios del sur de la
Florida. Ambas cumplimos nuestros sueños en nuestras vidas
paralelas. Ella cumplió sus metas conyugales. Yo me gradué con
altos honores y al fin me reuní con mi familia... Pero, vaya mala
suerte. Hoy Valeria no estaba en las páginas sociales, esta vez no era una fiesta en el Palacio de
Vizcaya, ni una recepción
en el Hotel Hilton de Miami Beach,
ni una recaudación de fondos para alguna organización
caritativa o para los recién llegados de Cuba, o las víctimas de
las inundaciones en Centro América o de algún volcán en
erupción en América del Sur, en
esta ocasión ella era noticia de primera
plana, la Valeria
de siempre, la de la fotografía todos los domingos en el periódico,
quien acababa de fallecer en su propia cama, víctima de un disparo
mortal propinado por el esposo al llegar a su casa y encontrarla desnuda en compañía de dos hombres, igualmente
desnudos, en
posiciones comprometedoras.
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