Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 15/16

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

LAS MUCHACHAS DECENTES NO VIVEN SOLAS

por

Maricel Mayor Marsán

   

    Una vez más el nombre de Valeria estaba en las páginas del diario dominical. Como siempre, su nombre estaba asociado a los recuerdos de mi difícil etapa de estudiante universitaria y me hacía detenerme por instantes para pensar en el pasado.  

     A los pocos meses de haber llegado a Miami, comencé mis estudios universitarios, gracias a la ayuda financiera que proporcionaba el gobierno de los Estados Unidos para aquellos estudiantes de escasos recursos y que, como en mi caso, no tenían familia que sufragara sus gastos. A medida que los primeros semestres transcurrieron, las buenas notas facilitaron las becas y otros tipos de ayudas financieras muy generosas, lo cual hubiera sido un excedente de recursos extraordinarios para un estudiante que viviera en la casa de sus padres u otro familiar que le albergara, pero en mi caso apenas me alcanzaba para sobrevivir y seguir estudiando ya que ni familiares tenía y solo conocía a pocas personas; amigos recientes de ocasión. Mi familia y mis verdaderos amigos habían quedado en Cuba, con la esperanza de un día poder volver a reunirse conmigo. Varios años atrás, a mi me había tocado, al igual que a muchos niños y adolescentes de mi generación, el salir de mi país por decisión unánime de mis padres, sin ninguna cuota de consideración en cuanto a mis más íntimos deseos personales o por la incertidumbre de lo desconocido, pero definitivamente influenciados por una especie de catarsis colectiva que convulsionó a la clase media y alta cubana, todavía existente en aquella época, que consideraba urgente el sacar a sus hijos del país, enviarlos a direcciones lejanas y bajo la tutela de personas extrañas a la familia, antes de dejar que se contaminaran con el proceso de la revolución cubana, la cual se decía iba a quitarles la patria potestad a los padres sobre sus hijos. En otras palabras, estaba sola y pobre de solemnidad. Mi llegada a la universidad estuvo saturada por el júbilo de encontrarme en el recinto de estudios que tanto anhelaba estar, el leer y releer los textos asignados por los profesores en cada uno de los cursos que seguía, tanto de las materias requeridas como las que elegía a mi discreción dentro de las llamadas asignaturas electivas, el empezar a descubrir la consonancia del universo de temas nuevos que procesaba en mi mente y la complacencia del sacrificio que se sabe temporal porque cada día que pasaba era un obstáculo menos que iba quedando atrás. 

     Sosteniendo el diario entre mis manos, no podía evitar pensar en Valeria, cuando nos conocimos y en todos los sueños que ambas teníamos en aquellos años. Nos hicimos amigas en las clases que compartíamos y pronto empezamos a encontrarnos a la hora del almuerzo en la cafeteria y en la biblioteca con más frecuencia. Al principio no me interesó tener amistad con ella porque la percibía demasiado superflua. Llegaba todos los días a clases como quien iba a un baile, vistiendo algunas veces trajes elegantes, en otras ocasiones, blusas costosas y semi desabotonadas para llamar la atención sobre sus abundantes senos, pantalones ajustados marcando su pubis o la diminuta ropa interior que llevaba debajo de manera premeditada, faldas bien cortas sin ropa interior debajo, tacones altos, bolsos de marca, relojes caros, muchas prendas, corte de pelo impecable y maquillaje de sobra. Valeria era una especie de imán que atraía las miradas de odio y desagrado de las compañeras de la clase que por un lado veían en ella al prototipo de la mujer que cada una de ellas quería combatir en medio del desarrollo y auge del Movimiento de Liberación Femenina de los años setenta, pero por otro lado, Valeria era el objeto del deseo de todos los compañeros dentro y fuera de las aulas, y también de más de algún profesor. A mi realmente me era indiferente si le enseñaba el trasero a todos en clase o no, ese era su problema. A mi lo que me importaba era poder graduarme, poder trabajar en mi profesión en cuanto me graduara y que mi familia se reuniera conmigo lo más pronto posible. No obstante, siempre me llamó la atención por su manera desenfadada de ser. Tenía mi misma edad y estudiabamos la misma carrera, pero eramos muy diferentes. Sin embargo, pese a nuestras diferencias, Valeria se percató que yo no era ni una rival, ni representaba ningún tipo de competencia para ella en su paso arrollador en busca de atención, y que me importaba poco si atraía y acaparaba las miradas de todos en la clase. Al principio me buscaba conversación entre clases, en los baños y en los pasillos, cuando no era asediada por uno de sus múltiples galanes.  Después de conversar varias veces con ella de manera rápida, me di cuenta que ella supo percibir mis pensamientos y nos hicimos amigas por aquello de lo que el que nada tiene nada pierde. Ella sabía que cuando estaba conmigo tenía que estudiar y no podía estar perdiendo el tiempo y a ella le convenía tener a alguien que la apurara en este sentido. Lo que no entendía era la razón por la cual ella quería llegar a ser una profesional. Su familia fue de las primeras que habían llegado después del año cincuenta y nueve de Cuba, con suficiente dinero como para que el traslado a la Florida no les impidiera una vida de lujos, era hija única, heredera universal de negocios y bienes, con una fogosidad sexual desmedidad y todo el tiempo del mundo para dedicarse a estos menesteres, por lo que no pude aguantarme más un día y le pregunté: 

-        Valeria, ¿Y para qué te quemas las pestañas con Maibelline bajo esta luz fría? 

-        No me queda otra. Si no estudio no puedo salir de casa y ¿qué mejor lugar para ligar que aquí? Además, si me quiero casar prefiero buscarme uno en la universidad para que en mi casa no le pongan pretextos. La última vez que me enamoré de verdad fue cuando estaba en el High School. 

-        Seguro que como era estudiante y no tenía donde caerse muerto, a tus padres no le gustó – indiqué con gesto afirmativo. 

-        No, él no estudiaba, mi novio era el mecánico que me arreglaba el auto y mi mamá quería un profesional para mi. Pero a mi me encantaba, estaba tan bueno y sus proporciones estaban mejores todavías. – con aire de satisfacción. 

-        ¿Y qué pasó? – inquirí con curiosidad. 

-        Cuando empezaron a sospechar que yo tenía algo con él me prohibieron salir de la casa, mi papá me quitó el auto y no me dejaban hablar por teléfono. En aquellos tiempos yo tenía dieciséis años solamente. – Se encogió de hombros a la vez que se reía. – Pero no importa, las revolcadas que nos dimos en el garaje de la casa nadie me las podrá hacer olvidar. 

-        Y  ¿por qué no lo buscas ahora? 

-        ¿Para qué? ¿Para pasar hambre con él? No, eso ya pasó. Ahora vendrán opciones mejores. 

     El tiempo pasó y nuestra amistad se iba haciendo cada día más fuerte, cada una con sus intereses, sus diferentes planes de vida y una singular cooperación mutua. Yo la ayudaba en el análisis de las lecturas, los reportes semestrales, la preparación para los exámenes y ella me ayudaba al convertirme en su confidente, haciéndome sentir menos sola en una ciudad que crecía vertiginosamente con la llegada de más personas por día, pero los míos no estaban entre esos que llegaban. 

     Todo estuvo bien, hasta que un fin de semana Valeria decidió llevarme a su casa para presentarme a sus padres. Aunque ella siempre les había hablado de mi, esta era la primera vez que me conocían en persona. Traté de vestirme con el mejor vestido que tenía porque además pensabamos salir con unas amistades de Valeria que yo no conocía. La visita fue breve e inquisitiva. Más que una presentación me dio la impresión que estaba en medio de un interrogatorio de la policía, detenida por algún crimen que yo estaba segura que no había cometido.  El tiempo transcurría lentamente en aquella sala llena de tapices y adornos de lladró. Mientras Valeria aprovechaba para darse los toques finales de peinado y maquillaje en su cuarto, la madre me acosaba a preguntas sobre mi pasado, apellido y patrimonio. El padre se limitaba a escuchar las preguntas y respuestas con actitud distante. Finalmente, Valeria salió del cuarto y en cuanto las amistades de ella llegaron, nos avisaron con el claxon del auto y nos marchamos sin dilación. Las amistades resultaron ser dos hombres en un auto de lujo. Evidentemente, los dos conocían muy bien a Valeria y la abrazaban, sobaban y besaban como si estuvieran acostumbrados a este tipo de relación con ella. Inmediatamente, Valeria se acomodó al lado de uno y el otro pasó a ser una especie de compañía prefabricada que me tenían reservada para esa noche y no existe nada en el mundo que me incomode más que alguien trate de escogerme pareja, como si yo no pudiera conseguirmela sola. Fuimos a cenar a un restaurante bien conocido en Coconut Grove, bajo la luz del candelabro de la mesa que nos asignaron y al aire libre de una noche perfecta en la más imperfecta de las situaciones. Mi conversación se volvió casi monisilábica mientras Valeria se volvió totalmente locuaz por la ingestión de alcohol y algunas pastillas alucinógenas que le brindó uno de ellos, anunciándole que eran de la mejor calidad. Nunca había vivido una noche tan larga en todos los veinte años que tenía para ese entonces. Ahora nos invitaban a conocer una casa fabulosa que uno de ellos había adquirido recientemente en Coco Plum. En cuanto terminó el supuesto convite gastronómico y llegamos a la salida del lugar, me despedí de manera abrupta de ellos y me fui en busca de un taxi para regresar a mi humilde apartamento, invirtiendo en esta operación todo el dinero que tenía destinado para mi compra semanal en el supermercado. En fin, cualquier cosa con tal de acortar la noche más insoportable de mi vida. 

     Por unos días no volví a saber de Valeria y cuando estuvo de vuelta en la universidad conversamos de manera breve. Según ella la había pasado estupendamente bien, se había divertido a la saciedad con aquellos dos y me recomendaba que aprendiera a vivir porque yo estaba definitivamente equivocada por el camino que iba, con tanta seriedad y tanto estudio. Además, me dijo que por favor no la llamara más a su casa porque su mamá no quería saber más de mi. 

-        Y eso ¿a qué se debe? – pregunté extrañada. 

-        Como la otra noche no dormí en mi casa y le dije que me quedé en la tuya, ahora mi mamá dice que no quiere que ande contigo porque las muchachas decentes no viven solas y ella desconfía de ti. Dice que no quiere tu mala influencia sobre mi. – riéndose de su maldad – No te preocupes, tú sigues siendo mi amiga. 

     Desde ese momento, aunque nunca se lo dije, la amistad con Valeria había terminado para mi. Cada vez hablamos menos y nuestras reuniones se fueron espaciando de manera tal que un día nos perdimos de vista para siempre. Ahora solamente sé de ella a través de las páginas sociales. 

     Con el tiempo ella se convirtió en un personaje en los medios filantrópicos y sociales de la ciudad debido a su unión matrimonial con un acaudalado hombre de negocios del sur de la Florida. Ambas cumplimos nuestros sueños en nuestras vidas paralelas. Ella cumplió sus metas conyugales. Yo me gradué con altos honores y al fin me reuní con mi familia... Pero, vaya mala suerte. Hoy Valeria no estaba en las páginas sociales, esta vez no era una fiesta en el Palacio de Vizcaya, ni una recepción en el Hotel Hilton de Miami Beach,  ni una recaudación de fondos para alguna organización caritativa o para los recién llegados de Cuba, o las víctimas de las inundaciones en Centro América o de algún volcán  en  erupción  en  América  del  Sur,  en   esta   ocasión ella  era noticia de primera plana, la Valeria de siempre, la  de  la fotografía todos los domingos en el periódico, quien acababa de fallecer en su propia cama, víctima de un disparo mortal propinado por el esposo al llegar a su casa y encontrarla desnuda en compañía de dos hombres, igualmente desnudos, en posiciones comprometedoras.

Maricel Mayor Marsán nació en Santiago de Cuba  (1952). Vivió en España desde 1970 hasta 1972. A partir de esa fecha ha residido en los Estados Unidos. Realizó estudios superiores en Historia, Ciencias Políticas y Educación. Se graduó con dos Licenciaturas  en 1976 y obtuvo una Maestría en Administración Pública en 1977 de la Universidad Interna­cional de la Florida, Miami, Florida, E.U.A. Ha publicado: Lágrimas de Papel  (1975),  17 Poemas y un Saludo  (1978),  Rostro Cercano  (1986),  Un Corazón Dividido / A Split Heart (1998) y  Errores y Horrores / Sinopsis histórica poética del siglo XX (Primera edición, 2000), (Segunda edición, 2001).  Sus poemas, cuentos, obras de teatro y artículos en general han aparecido en publicaciones y antologías en Argentina, Canadá, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Italia, México, Puerto Rico, República Dominicana, Suecia y Uruguay.  Algunos de sus libros fueron grabados en recitales de poesía en vivo y están  disponibles también en la forma de Audio Libros (1998-1999). Sus obras han sido traducidas al inglés y al italiano. Actualmente se dedica a la docencia y es Directora de Redacción de la revista literaria BAQUIANA. Sus poemas también han aparecido en diversas publicaciones en el Internet, al igual que otros géneros literarios que cultiva. Fue distinguida con el Editor’s Choice Award en 1996 por la Biblioteca Nacional de Poesía de los E.U.A.