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No dejaba de mirar el féretro. Veía la cara de mi madre; no
me parecía que estuviera muerta, más bien, quise creer que estaba
tomando una siesta como las que acostumbraba después de comer. Me
había dolido tanto el no haber charlado con ella por última vez.
Los hombres de bata blanca me habían asegurado por teléfono que
después de la operación, mi madre podría volver a casa: su
mamacita se está recuperando y pronto la daremos de alta.
Yo había viajado todo
el día, y cuando llegué a la ciudad donde mi madre habitaba, me
dirigí de inmediato a un hotel. Era demasiado tarde para visitarla
a esa hora en el hospital, además yo me encontraba exhausta. Mañana,
muy temprano iré a ver a mi madre, pensé. El timbrazo del teléfono
sobresaltó mi sueño: Tu mamá acaba de fallecer, me comunicó una
de mis cuñadas. Entonces, sentí una conmoción que me recorrió
todo el cuerpo. Desde ese año, en vez de celebrar las fiestas
decembrinas, tengo que despedir a
mi madre de este mundo, y festejar su partida, tal vez a otro
espacio mejor. Aquella madrugada, medité en los reveses que tiene
la vida.
Seguía frente al féretro,
observando el semblante pálido de mi madre. De vez en cuando, me
distraían los lloriqueos y los rezos de los concurrentes al velorio.
Pensé que los hijos tal vez representen la inmortalidad de los
padres, y en efecto, allí nos encontrábamos todos sus vástagos, e
incluso hasta uno que otro de sus nietos. Seguía divagando sobre la
muerte, en esa que no respeta a nadie.
Ésta llega en cualquier momento; sí, somos mortales, lo sé
de sobra, pero a veces es difícil aceptarlo. Pensaba en mi abuelita
Milagros que había muerto años atrás. Cierró los ojos y
veo a aquella viejecita frágil, pero de carácter fuerte .
Se había casado en tiempos de la Revolución y su marido se enlistó
con los villistas. Ella nunca supo cómo murió su esposo.
Simplemente, un día le comunicaron que lo habían encontrado sin
vida. Recuerdo al pie de la letra su última frase cuando me contó
esto la abuela: lo sepultaron de inmediato por cuestiones de higiene.
Su viudez le duró poco
y un buen día se topó con el hombre quien sería mi abuelo. A él,
sólo lo conocí por los comentarios de mis familiares: ...era muy
minucioso para rasurarse la barba, comentaba mi madre; era un
borracho y un zángano incorregible, solían decir otros; murió de
cirrosis, afirmaba mi tía Angélica; era tan trabajador y
perfeccionista, aseveraba mi tío Alberto... Fue tan difícil para mí
tener una idea clara sobre él. Mi abuelita
decía que su esposo no ganaba lo suficiente para mantener a
sus siete hijos. Así que ella se las arreglaba lavando ropa ajena y
vendiendo unos bellísimos suéteres que ella misma tejía. Durante
un verano, siendo yo niña, la acompañaba a trabajar. Tocaba de
puerta en puerta cobrando a sus deudores, y muchas veces, ellos, o
se escondían de ella o simplemente se rehusaban a pagarle. A mí me
daba tanta rabia que se le escondieran para evitar saldar sus deudas
que, les entregaba notas a cada uno dejándoles saber que la policía
vendría a cobrarles la próxima vez, y que se apuraran a pagarle
porque a mi abuelita le urgía su dinero. Lo más probable es que ni
siquiera leyeran mis mensajes: Dios lo arregla todo, mijita, me decía
ella con elocuente resignación. Para mi abuela, Dios solucionaba
todo.
Ella fue una analfabeta
por mucho tiempo. Aprendió a leer y a escribir en la tercera edad,
sólo para poder leer las cartas que yo solía enviarle desde aquí,
desde este país al que me mudé desde que era una adolescente. La
abuela me lo comentó en una de sus cartas: ...Mila esta es la
primera carta que yo te escribo. Por fin dejé de ser una burra para
poder contestar tus mensajes. Me quedé perpleja al enterarme de
esto. Mis cartas continuaron llegándole con más frecuencia. Aún
ahora, recuerdo vagamente, uno de esos días de mi niñez, en que mi
abuela solía visitarnos anualmente. Mi madre regañaba a mi abuela
por no acordarse de la lista de los comestibles que le había
ordenado comprar en la tienda de la esquina; en esa ocasión le dijo
con un tono muy mal humorado: Tiene que aprender a escribir, para
que no se le olviden las cosas. A mí me desagradó el tono de mi
madre. Sobre todo porque yo adoraba a mi abuela. En aquel momento,
me fue imposible creer que mi abuela no supiera leer, y creí que mi
madre sólo deseaba avergonzarla frente a mí.
Mi padre le guardaba un
gran respeto a mi abuela. Él siempre seguía sus órdenes. Todavía
está fresca mi memoria, aquel día que mi padre me hizo bajar la
bastilla a mi bello vestido verde: Fernando, ¿cómo le permites a
esa muchacha que enseñe las piernas hasta ese extremo? Eso es un
pecado, eso es un verdadero pecado... Yo no comprendí el gran
pecado que estaba cometiendo, pero me costó arduo trabajo descoser
la bastilla de mi falda nueva.
Mis pensamientos vuelven
a ser interrumpidos cuando de repente, oigo murmurar a uno de mis
familiares: ...cuando Socorro se iba a casar, su padre le preguntó
que por qué se iba a casar de blanco... Yo me quedé inmóvil como
una estatua al escuchar aquel secreto. Meditaba en todas las
habladurías que había escuchado durante mi niñez. Aún hoy, me
cuestiono una y otra vez, ¿por qué le hizo esa pregunta a mi madre?
Empecé a especular sobre la relación entre mi abuela y mi madre.
Ella nunca le tuvo cariño a mi abuela. Tal vez esa era la razón
por la cual mi madre la despreciaba. Mi madre se sintió abandonada
por ella cuando la abuela tenía que laborar, aunque lo hiciera por
necesidad. Creo que por eso, mi madre siempre se oponía
rotundamente a que yo buscara un trabajo fuera de casa. Cada vez que me entraban las ganas de
buscar un empleo, mi madre me gritaba mal humorada que no existía
mejor lugar para una mujer que su casa. Mis oídos se resistían
a escuchar tales palabras tan odiadas por mí. Y en efecto, nunca
seguí los pasos de
ella. Luché con ardor para conseguir un trabajo que me redituara.
Una vez más me
cuestionaba: ¿por qué mi madre odiaba tanto a mi abuela? ¿tal vez
porque trabajaba fuera de casa? o quizá, ¿porque no la protegía
de su padre? Además, quedaba otra incertidumbre: ¿por qué mi
madre siempre admiró de una manera descomunal a su padre? Por fin
logré interpretar las pesadillas que mi madre me contaba. Ella me
iba dejando indicios, día con día, y yo me he esforzado por
descifrarlos. Vuelvo a mi niñez cuando ella nos narraba que por las
noches la asustaban los espantos. Yo ponía bastante atención a su
relato. Ella sentía que por las madrugadas éstos le jalaban los
pies y alguien se apoderaba de su cuerpo, pero realmente no eran los
fantasmas los que se adueñaban de mi madre, sino el cuerpo de su
propio padre encima de ella. Este relato me aterrorizó tanto que
por un tiempo yo sentía que alguien se apropiaba
también de mi cuerpo entero y, entonces, yo permanecía inmóvil
y sin posibilidad de hablar para pedir socorro. No sabía qué era.
¿Tal vez almas en pena? Pienso que fue mi inconsciente, el que
producía estas trampas y yo, sin percatarme, las provocaba. Fue tal
mi sugestión de lo que sentía, que mi madre le imploró al
sacerdote de la parroquia que bendijera la casa para que los
espantos cesaran sus fechorías. Trataba de borrar estas fijaciones
de mi mente, pero me era inútil. Este relato y el desamor que ella
sentía por la abuela, me dieron la clave para intuir que mi madre
había sido violada por mi abuelo. Un secreto más de familia. Me
tomó años descubrir la causa de las actitudes misóginas de mi
progenitora.
Mis pensamientos
volvieron a ser interrumpidos por la llegada de otros concurrentes
al velorio. Volví otra mirada
al rostro de mi madre y me despedí por última vez de ella, de esa
mujer que me procreó entre rezos, padrenuestros y letanías, para
el descanso de su alma y la mía.
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