Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 15/16

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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LA INCERTIDUMBRE

 

por

 

Beatríz Salcedo Strumpf

 

          No dejaba de mirar el féretro. Veía la cara de mi madre; no me parecía que estuviera muerta, más bien, quise creer que estaba tomando una siesta como las que acostumbraba después de comer. Me había dolido tanto el no haber charlado con ella por última vez. Los hombres de bata blanca me habían asegurado por teléfono que después de la operación, mi madre podría volver a casa: su mamacita se está recuperando y pronto la daremos de alta.

     Yo había viajado todo el día, y cuando llegué a la ciudad donde mi madre habitaba, me dirigí de inmediato a un hotel. Era demasiado tarde para visitarla a esa hora en el hospital, además yo me encontraba exhausta. Mañana, muy temprano iré a ver a mi madre, pensé. El timbrazo del teléfono sobresaltó mi sueño: Tu mamá acaba de fallecer, me comunicó una de mis cuñadas. Entonces, sentí una conmoción que me recorrió todo el cuerpo. Desde ese año, en vez de celebrar las fiestas decembrinas, tengo que despedir a  mi madre de este mundo, y festejar su partida, tal vez a otro espacio mejor. Aquella madrugada, medité en los reveses que tiene la vida.

     Seguía frente al féretro, observando el semblante pálido de mi madre. De vez en cuando, me distraían los lloriqueos y los rezos de los concurrentes al velorio. Pensé que los hijos tal vez representen la inmortalidad de los padres, y en efecto, allí nos encontrábamos todos sus vástagos, e incluso hasta uno que otro de sus nietos. Seguía divagando sobre la muerte, en esa que no respeta a nadie.  Ésta llega en cualquier momento; sí, somos mortales, lo sé de sobra, pero a veces es difícil aceptarlo. Pensaba en mi abuelita Milagros que había muerto años atrás. Cierró los ojos y  veo a aquella viejecita frágil, pero de carácter fuerte . Se había casado en tiempos de la Revolución y su marido se enlistó con los villistas. Ella nunca supo cómo murió su esposo. Simplemente, un día le comunicaron que lo habían encontrado sin vida. Recuerdo al pie de la letra su última frase cuando me contó esto la abuela: lo sepultaron de inmediato por cuestiones de higiene.

     Su viudez le duró poco y un buen día se topó con el hombre quien sería mi abuelo. A él, sólo lo conocí por los comentarios de mis familiares: ...era muy minucioso para rasurarse la barba, comentaba mi madre; era un borracho y un zángano incorregible, solían decir otros; murió de cirrosis, afirmaba mi tía Angélica; era tan trabajador y perfeccionista, aseveraba mi tío Alberto... Fue tan difícil para mí tener una idea clara sobre él. Mi abuelita  decía que su esposo no ganaba lo suficiente para mantener a sus siete hijos. Así que ella se las arreglaba lavando ropa ajena y vendiendo unos bellísimos suéteres que ella misma tejía. Durante un verano, siendo yo niña, la acompañaba a trabajar. Tocaba de puerta en puerta cobrando a sus deudores, y muchas veces, ellos, o se escondían de ella o simplemente se rehusaban a pagarle. A mí me daba tanta rabia que se le escondieran para evitar saldar sus deudas que, les entregaba notas a cada uno dejándoles saber que la policía vendría a cobrarles la próxima vez, y que se apuraran a pagarle porque a mi abuelita le urgía su dinero. Lo más probable es que ni siquiera leyeran mis mensajes: Dios lo arregla todo, mijita, me decía ella con elocuente resignación. Para mi abuela, Dios solucionaba todo.

     Ella fue una analfabeta por mucho tiempo. Aprendió a leer y a escribir en la tercera edad, sólo para poder leer las cartas que yo solía enviarle desde aquí, desde este país al que me mudé desde que era una adolescente. La abuela me lo comentó en una de sus cartas: ...Mila esta es la primera carta que yo te escribo. Por fin dejé de ser una burra para poder contestar tus mensajes. Me quedé perpleja al enterarme de esto. Mis cartas continuaron llegándole con más frecuencia. Aún ahora, recuerdo vagamente, uno de esos días de mi niñez, en que mi abuela solía visitarnos anualmente. Mi madre regañaba a mi abuela por no acordarse de la lista de los comestibles que le había ordenado comprar en la tienda de la esquina; en esa ocasión le dijo con un tono muy mal humorado: Tiene que aprender a escribir, para que no se le olviden las cosas. A mí me desagradó el tono de mi madre. Sobre todo porque yo adoraba a mi abuela. En aquel momento, me fue imposible creer que mi abuela no supiera leer, y creí que mi madre sólo deseaba avergonzarla frente a mí.

      Mi padre le guardaba un gran respeto a mi abuela. Él siempre seguía sus órdenes. Todavía está fresca mi memoria, aquel día que mi padre me hizo bajar la bastilla a mi bello vestido verde: Fernando, ¿cómo le permites a esa muchacha que enseñe las piernas hasta ese extremo? Eso es un pecado, eso es un verdadero pecado... Yo no comprendí el gran pecado que estaba cometiendo, pero me costó arduo trabajo descoser la bastilla de mi falda nueva.

     Mis pensamientos vuelven a ser interrumpidos cuando de repente, oigo murmurar a uno de mis familiares: ...cuando Socorro se iba a casar, su padre le preguntó que por qué se iba a casar de blanco... Yo me quedé inmóvil como una estatua al escuchar aquel secreto. Meditaba en todas las habladurías que había escuchado durante mi niñez. Aún hoy, me cuestiono una y otra vez, ¿por qué le hizo esa pregunta a mi madre? Empecé a especular sobre la relación entre mi abuela y mi madre. Ella nunca le tuvo cariño a mi abuela. Tal vez esa era la razón por la cual mi madre la despreciaba. Mi madre se sintió abandonada por ella cuando la abuela tenía que laborar, aunque lo hiciera por necesidad. Creo que por eso, mi madre siempre se oponía rotundamente a que yo buscara un  trabajo fuera de casa. Cada vez que me entraban las ganas de buscar un empleo, mi madre me gritaba mal humorada que no existía  mejor lugar para una mujer que su casa. Mis oídos se resistían a escuchar tales palabras tan odiadas por mí. Y en efecto, nunca seguí  los pasos de ella. Luché con ardor para conseguir un trabajo que me redituara.

     Una vez más me cuestionaba: ¿por qué mi madre odiaba tanto a mi abuela? ¿tal vez porque trabajaba fuera de casa? o quizá, ¿porque no la protegía de su padre? Además, quedaba otra incertidumbre: ¿por qué mi madre siempre admiró de una manera descomunal a su padre? Por fin logré interpretar las pesadillas que mi madre me contaba. Ella me iba dejando indicios, día con día, y yo me he esforzado por descifrarlos. Vuelvo a mi niñez cuando ella nos narraba que por las noches la asustaban los espantos. Yo ponía bastante atención a su relato. Ella sentía que por las madrugadas éstos le jalaban los pies y alguien se apoderaba de su cuerpo, pero realmente no eran los fantasmas los que se adueñaban de mi madre, sino el cuerpo de su propio padre encima de ella. Este relato me aterrorizó tanto que por un tiempo yo sentía que alguien se apropiaba  también de mi cuerpo entero y, entonces, yo permanecía inmóvil y sin posibilidad de hablar para pedir socorro. No sabía qué era. ¿Tal vez almas en pena? Pienso que fue mi inconsciente, el que producía estas trampas y yo, sin percatarme, las provocaba. Fue tal mi sugestión de lo que sentía, que mi madre le imploró al sacerdote de la parroquia que bendijera la casa para que los espantos cesaran sus fechorías. Trataba de borrar estas fijaciones de mi mente, pero me era inútil. Este relato y el desamor que ella sentía por la abuela, me dieron la clave para intuir que mi madre había sido violada por mi abuelo. Un secreto más de familia. Me tomó años descubrir la causa de las actitudes misóginas de mi progenitora.

     Mis pensamientos volvieron a ser interrumpidos por la llegada de otros concurrentes al velorio. Volví otra  mirada al rostro de mi madre y me despedí por última vez de ella, de esa mujer que me procreó entre rezos, padrenuestros y letanías, para el descanso de su alma y la mía.

     

Beatríz Salcedo Strumpf nació en San Luis Potosí, México (1954). Radica en los Estados Unidos desde 1980. Narradora y profesora de Español y Literatura Latinoamericana en Williams & Smith Colleges en Geneve, New York. Sus cuentos y narraciones tratan en su mayoría sobre asuntos de mujeres. Su primera novela: CORREO ELECTRÓNICO PARA AMANTES nos brinda un tema novedoso dentro la escritura femenina latinoamericana.