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De
la novela “La
marca en la arena”, Editorial Pro
Esperanto, Viena (1995). Está publicada también en alemán. La
versión portuguesa aparecerá
próximamente en Lisboa. Aclaración para poder comprender la escena
con el “caballo
Mariano Cruz”: El capitán Cruz y su
caballo se entienden tan bien uno con el otro que el segundo “siente”
todo lo que le pasa a su amo. De ahí que el capitán bautice a su
caballo con su propio nombre.
Cómo
vio el Capitán Mariano Cruz su propia muerte
(Capítulo 5)
De los ojos de María Dolores cuelgan dos lágrimas grandes
como perlas. Al verme ha comprendido que estoy herido de muerte. Me
pregunto si vale la pena morir tan joven. Toda mi vida seguro de la
necesidad de luchar por la independencia de América estuve. Esta
certidumbre de muerte me hace dudar de todo. Dejo siete hijos y una
mujer que me aman... pienso si esa libertad que estamos consiguiendo
será mantenida de la forma que la hemos concebido, si los
postulados no serán cambiados, manipulados, tergiversados. ¿Vale
la pena caer muerto... desangrado... en la habitación del amor? Si
mis compañeros de armas supieran de mis dudas dirían que la
revolución no permite vacilar. Para llevar a cabo una empresa
libertadora hay que sacrificarlo todo. La pregunta es si el hombre
nació para luchar o para amar. Yo nunca pude hallarme del todo con
la idea de algunos que piensan que la causa libertadora está
primero que el amor. Para mí siempre fueron las dos razones
principales de mi vida. Pero en este momento que pienso en mis niños,
en esta brevedad en que el aliento escapa, en estos minutos en que
todo se termina para siempre siento que la guerra me alejó de la
vida. Quiero quedarme. Las cosas cambian su valor, según el espacio
y el tiempo que ocupan. Ahora que estoy agonizando, y aunque he
perdido ríos de sangre, débil y vencido me llega una lucidez más
grande y profunda. Otra conciencia dirige mis pensamientos. Ahora me
despido de María Dolores y en realidad quiero asirme a ella. Ahora
comprendo que no deseo abandonarla jamás, pero es tarde para elegir
cuando ya no puedo sino balbucear. Varias veces le dije que la amaba,
pero nunca con el énfasis necesario de acuerdo a la intensidad de
mi sentimiento, ella no sabe todo lo que la amo. Se lo diría ahora,
pero al intentarlo no puedo articular palabra alguna. (Mis labios
tiemblan resecos y la garganta se esfuerza en formar un sonido). María
Dolores ni siquiera sabe que quiero hablar con ella, creerá que el
temblor de mi boca es un simple reflejo de la muerte. Quiero
quedarme.
Que
vine a hacer el amor con ella, eso es todo lo que dije. Esas han
sido mis últimas palabras. Y serán las que ella recordará para
siempre.
María
Dolores ha logrado que me apoye en sus hombros. Al querer caminar se
traban mis pasos, me es imposible avanzar, resbalo en aguachas de
sangre, las espuelas complican el movimiento. Casi arrastrado me
lleva hasta la cama sobre la cual caemos. Acaricia mis cabellos
completamente húmedos de sudor, mete los dedos en ellos y luego los
cierra suavemente, aferrándose, mientras lanza una mezcla de llanto
y jadeo.
El
sable ha quedado entre nuestros cuerpos, el metal frío y duro evita
el contacto de los vientres, como un símbolo de la guerra nos
separa, como una barrera de acero, como una frontera inexpugnable.
Los obstáculos de la vida y el amor están siempre presentes, aún
en la muerte. Intenta quitar el sable de en medio, pero se traba con
los botones del uniforme, y quedamos impedidos, mientras mi vida se
agota ya y yo no puedo ayudarla, por la debilidad de mi cuerpo. María
Dolores solloza y aparta los aceros, desiste en abrir la hebilla del
cinturón, me abraza, besa mi oreja, llora, ama. Yo estoy sobre ella,
más caído que puesto, lucho por aliviar mi peso de casi muerto,
para no ahogarla, para permitir que sus manos abran paso al amor,
entre las telas y la sangre.
Logramos
amarnos completamente. Yo penetro en ella, somos la misma masa. De
mi muerte nacen las últimas fuerzas que dejo en este mundo, se
mezclan en un movimiento que buscan el placer, en un vaivén rítmico
de nuestros cuerpos adheridos, en péndulo de reloj que agota mis
postreros minutos. Quedarme. Quedarme de este lado, es lo que más
me importa. En esto pienso; en la desesperación que me gana cuando
tomo conciencia que estoy muriendo. María Dolores tenía razón, al
decirme que me atara a ella, al suplicarme que olvidara la guerra.
Que las revoluciones son traicionadas en el momento exacto en que
triunfan. Que traen muerte, que son inventoras de mujeres viudas y
niños huérfanos. Quedarme en su regazo, en el hueco tibio de su
cuerpo, en su olor, en su amor cóncavo de recipiente. No hay nada más
inhumano y frío que un sable, nada más hiriente y rígido que su
filo. Quiero quedarme.
Escucho
los resoplos de Mariano Cruz caballo. Sus músculos estarán de
piedra, los orificios nasales dilatados, empapado de sudor su lomo y
sus patas, salidos los ojos, chorreante de espumas y salivas el
hocico, las arterias como tubos de goma queriendo despegarse de los
miembros. Oigo sus amagues de otros relinchos ahogados, los golpes
de las herraduras contra el soporte del palenque. Sé que la
intensidad de sus brincos y cabeceos son proporcionales a nuestro
acto de amor. De forma que el sonar del cabestro y el tintineo de
los estribos anuncian mi deceso, cascabeles mortecinos, músicas
mortuorias. Quiero quedarme.
María Dolores solloza, aprieta mis hombros contra ella. Me
pide que no muera. Que le diga que la amo. Que me quede. Que nunca más
iré a la guerra. Vuelve a insistir que no la deje. Sabe que reclama
un imposible, que éste es el final de mi cuerpo. Solloza una y otra
vez. Luego pregunta si siento que llega el éxtasis. Llega. Aparece
suave. Nos toma juntos. Ella sabe que la pregunta se responde sola,
somos un péndulo que aumenta su oscilación, un solo nervio. Llega
y crece. Crece y apaga los sonidos, aparta con un velo todas las
otras sensaciones. Éxtasis. Y poco a poco la piel ya no percibe las
sábanas, ni el mundo. Éxtasis. Poco a poco el chasquido del sable
contra el borde de la cama es como algodón. No hay sino lo
inexplicable absoluto, esa sensación de otra dimensión. Éxtasis.
Ni sueño ni realidad. Somos uno. Ella deja el sollozo. Quiero
quedarme. Éxtasis...
Abandona
los llantos y se concentra en nuestro goce, navegamos juntos los últimos
espacios de mi vida. Nos dejamos ir en una miel que se extiende y
por un instante creemos que será eterna y elevada como el vuelo de
dos alas blancas. Nos dejamos engañar por el deseo de la
inmortalidad. Quiero quedarme.
Ella
aprieta con todas sus fuerzas mis hombros.
Un
cuerpo etéreo y fino como un aliento comienza a desprenderse de mis
carnes. Exactamente cuando el éxtasis disminuye levemente su
intensidad. Justamente luego de ese tiempo de minutos que ha
parecido un siglo, como una gracia concedida al moribundo. Hemos
estado en un deleite que parecía inacabable, creímos que podíamos
vencer la muerte, sin embargo se produjo un desliz, una pérdida de
volumen, una rotura que permite la entrada de la muerte. Quiero
quedarme.
Una
burbuja indefinida, un espacio de energía, ovalada, de contornos
suaves y delicados se aparta de mis tejidos corporales, se retira de
los haces musculares... Espíritu... Vida... Aliento... María
Dolores da un grito desesperado. En el momento en que sabe que me
retiro intenta detener mi alma con sus manos, y por espacio de unos
segundos lo logra, la mantiene abrazada junto a mi cuerpo. Pero
pronto una fuerza me obliga a irme de ella, como si apartara a María
Dolores con mis manos, delicadamente. Me suelto. Tengo que soltarme.
En un vaho pesado, mezclado entre los olores de su sexo y el mío,
desprendidos de las sábanas que ondean en el aire. Me escullo entre
sus dedos. Me suelto. Pero quiero quedarme.
Es
mi conciencia la que está separada, volátil. Quedo suspendido en
el aire mientras veo a María Dolores ahogada en llantos, bajo mi
cuerpo enhiesto, envuelta en dolor y coágulos de sangre que
pegotean el sable a las sábanas.
Oigo
también la huida de Mariano Cruz caballo que ha roto el nudo del
amarre, se aleja en un galope delirante, como si escapara de la
propia muerte.
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