Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 15/16

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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LA MARCA EN LA ARENA

por

Lidio Mosca Bustamante


      De la novela “La marca en la arena”, Editorial Pro Esperanto, Viena (1995). Está publicada también en alemán. La versión portuguesa aparecerá próximamente en Lisboa. Aclaración para poder comprender la escena con el “caballo Mariano Cruz”: El capitán Cruz y su caballo se entienden tan bien uno con el otro que el segundo siente todo lo que le pasa a su amo. De ahí que el capitán bautice a su caballo con su propio nombre.  

Cómo vio el Capitán Mariano Cruz su propia muerte   (Capítulo 5) 

     De los ojos de María Dolores cuelgan dos lágrimas grandes como perlas. Al verme ha comprendido que estoy herido de muerte. Me pregunto si vale la pena morir tan joven. Toda mi vida seguro de la necesidad de luchar por la independencia de América estuve. Esta certidumbre de muerte me hace dudar de todo. Dejo siete hijos y una mujer que me aman... pienso si esa libertad que estamos consiguiendo será mantenida de la forma que la hemos concebido, si los postulados no serán cambiados, manipulados, tergiversados. ¿Vale la pena caer muerto... desangrado... en la habitación del amor? Si mis compañeros de armas supieran de mis dudas dirían que la revolución no permite vacilar. Para llevar a cabo una empresa libertadora hay que sacrificarlo todo. La pregunta es si el hombre nació para luchar o para amar. Yo nunca pude hallarme del todo con la idea de algunos que piensan que la causa libertadora está primero que el amor. Para mí siempre fueron las dos razones principales de mi vida. Pero en este momento que pienso en mis niños, en esta brevedad en que el aliento escapa, en estos minutos en que todo se termina para siempre siento que la guerra me alejó de la vida. Quiero quedarme. Las cosas cambian su valor, según el espacio y el tiempo que ocupan. Ahora que estoy agonizando, y aunque he perdido ríos de sangre, débil y vencido me llega una lucidez más grande y profunda. Otra conciencia dirige mis pensamientos. Ahora me despido de María Dolores y en realidad quiero asirme a ella. Ahora comprendo que no deseo abandonarla jamás, pero es tarde para elegir cuando ya no puedo sino balbucear. Varias veces le dije que la amaba, pero nunca con el énfasis necesario de acuerdo a la intensidad de mi sentimiento, ella no sabe todo lo que la amo. Se lo diría ahora, pero al intentarlo no puedo articular palabra alguna. (Mis labios tiemblan resecos y la garganta se esfuerza en formar un sonido). María Dolores ni siquiera sabe que quiero hablar con ella, creerá que el temblor de mi boca es un simple reflejo de la muerte. Quiero quedarme.

     Que vine a hacer el amor con ella, eso es todo lo que dije. Esas han sido mis últimas palabras. Y serán las que ella recordará para siempre.

     María Dolores ha logrado que me apoye en sus hombros. Al querer caminar se traban mis pasos, me es imposible avanzar, resbalo en aguachas de sangre, las espuelas complican el movimiento. Casi arrastrado me lleva hasta la cama sobre la cual caemos. Acaricia mis cabellos completamente húmedos de sudor, mete los dedos en ellos y luego los cierra suavemente, aferrándose, mientras lanza una mezcla de llanto y jadeo.

     El sable ha quedado entre nuestros cuerpos, el metal frío y duro evita el contacto de los vientres, como un símbolo de la guerra nos separa, como una barrera de acero, como una frontera inexpugnable. Los obstáculos de la vida y el amor están siempre presentes, aún en la muerte. Intenta quitar el sable de en medio, pero se traba con los botones del uniforme, y quedamos impedidos, mientras mi vida se agota ya y yo no puedo ayudarla, por la debilidad de mi cuerpo. María Dolores solloza y aparta los aceros, desiste en abrir la hebilla del cinturón, me abraza, besa mi oreja, llora, ama. Yo estoy sobre ella, más caído que puesto, lucho por aliviar mi peso de casi muerto, para no ahogarla, para permitir que sus manos abran paso al amor, entre las telas y la sangre.

     Logramos amarnos completamente. Yo penetro en ella, somos la misma masa. De mi muerte nacen las últimas fuerzas que dejo en este mundo, se mezclan en un movimiento que buscan el placer, en un vaivén rítmico de nuestros cuerpos adheridos, en péndulo de reloj que agota mis postreros minutos. Quedarme. Quedarme de este lado, es lo que más me importa. En esto pienso; en la desesperación que me gana cuando tomo conciencia que estoy muriendo. María Dolores tenía razón, al decirme que me atara a ella, al suplicarme que olvidara la guerra. Que las revoluciones son traicionadas en el momento exacto en que triunfan. Que traen muerte, que son inventoras de mujeres viudas y niños huérfanos. Quedarme en su regazo, en el hueco tibio de su cuerpo, en su olor, en su amor cóncavo de recipiente. No hay nada más inhumano y frío que un sable, nada más hiriente y rígido que su filo. Quiero quedarme.

     Escucho los resoplos de Mariano Cruz caballo. Sus músculos estarán de piedra, los orificios nasales dilatados, empapado de sudor su lomo y sus patas, salidos los ojos, chorreante de espumas y salivas el hocico, las arterias como tubos de goma queriendo despegarse de los miembros. Oigo sus amagues de otros relinchos ahogados, los golpes de las herraduras contra el soporte del palenque. Sé que la intensidad de sus brincos y cabeceos son proporcionales a nuestro acto de amor. De forma que el sonar del cabestro y el tintineo de los estribos anuncian mi deceso, cascabeles mortecinos, músicas mortuorias. Quiero quedarme.

     María Dolores solloza, aprieta mis hombros contra ella. Me pide que no muera. Que le diga que la amo. Que me quede. Que nunca más iré a la guerra. Vuelve a insistir que no la deje. Sabe que reclama un imposible, que éste es el final de mi cuerpo. Solloza una y otra vez. Luego pregunta si siento que llega el éxtasis. Llega. Aparece suave. Nos toma juntos. Ella sabe que la pregunta se responde sola, somos un péndulo que aumenta su oscilación, un solo nervio. Llega y crece. Crece y apaga los sonidos, aparta con un velo todas las otras sensaciones. Éxtasis. Y poco a poco la piel ya no percibe las sábanas, ni el mundo. Éxtasis. Poco a poco el chasquido del sable contra el borde de la cama es como algodón. No hay sino lo inexplicable absoluto, esa sensación de otra dimensión. Éxtasis. Ni sueño ni realidad. Somos uno. Ella deja el sollozo. Quiero quedarme. Éxtasis...

     Abandona los llantos y se concentra en nuestro goce, navegamos juntos los últimos espacios de mi vida. Nos dejamos ir en una miel que se extiende y por un instante creemos que será eterna y elevada como el vuelo de dos alas blancas. Nos dejamos engañar por el deseo de la inmortalidad. Quiero quedarme.

     Ella aprieta con todas sus fuerzas mis hombros.

     Un cuerpo etéreo y fino como un aliento comienza a desprenderse de mis carnes. Exactamente cuando el éxtasis disminuye levemente su intensidad. Justamente luego de ese tiempo de minutos que ha parecido un siglo, como una gracia concedida al moribundo. Hemos estado en un deleite que parecía inacabable, creímos que podíamos vencer la muerte, sin embargo se produjo un desliz, una pérdida de volumen, una rotura que permite la entrada de la muerte. Quiero quedarme.

     Una burbuja indefinida, un espacio de energía, ovalada, de contornos suaves y delicados se aparta de mis tejidos corporales, se retira de los haces musculares... Espíritu... Vida... Aliento... María Dolores da un grito desesperado. En el momento en que sabe que me retiro intenta detener mi alma con sus manos, y por espacio de unos segundos lo logra, la mantiene abrazada junto a mi cuerpo. Pero pronto una fuerza me obliga a irme de ella, como si apartara a María Dolores con mis manos, delicadamente. Me suelto. Tengo que soltarme. En un vaho pesado, mezclado entre los olores de su sexo y el mío, desprendidos de las sábanas que ondean en el aire. Me escullo entre sus dedos. Me suelto. Pero quiero quedarme.

     Es mi conciencia la que está separada, volátil. Quedo suspendido en el aire mientras veo a María Dolores ahogada en llantos, bajo mi cuerpo enhiesto, envuelta en dolor y coágulos de sangre que pegotean el sable a las sábanas.

     Oigo también la huida de Mariano Cruz caballo que ha roto el nudo del amarre, se aleja en un galope delirante, como si escapara de la propia muerte.

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Lidio Mosca Bustamante nació en Santiago del Estero, Argentina (1947). Narrador, profesor, conferencista y Doctor en Medicina. Autor de libros de su especialidad médica (Radiología) que se venden en España e Hispanoamerica, así como de artículos para revistas médicas. Paralelamente, ha desarrollado su carrera literaria. Ha publicado el libro de cuentos “La Excusa” (1981), la novela corta “Blumen für Agustina” en idioma alemán (1991), “Flores para Agustina” en idioma español (1999), y de “La Marca en la Arena”, en idioma español (1995), “Das Zeichen im Sand” en idioma alemán (1997). Ganador del premio “Leopoldo Lugones” a la actividad literaria Cuento de los Servicios de Radio y teledifusión de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina en 1974. Desde 1981 es socio activo de la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.) y es miembro de varias organizaciones dedicadas a la promoción de la literatura hispanoamericana en Austria, país donde reside. Desde 1998 es miembro del P.E.N. Club Internacional con sede en Viena. Fue coeditor del Folleto Literario Colibrí, de publicación mensual, en Viena durante el año 1993. Sus cuentos, artículos y ensayos han sido publicados en diversos medios europeos, al igual que en México y Argentina.

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