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El
primer marido de Eiria se llamaba Albán, el segundo Constantino. De
esta primera unión había nacido un niño, Naum, el nombre lo
había elegido el padre porque le recordaba el sonido de un suspiro
en medio del desierto emitido por un patriarca resfriado.
Constantino, el segundo marido, era de maneras tranquilas y
pacientes. Al cabo de cinco años de viudez, Eiria había olvidado
completamente a Albán, o más bien lo recordaba como se recuerda a
un primer marido: como a una infancia turbulenta. Era un marido
demasiado ocupado en asuntos de dinero, y quizá en el duelo hubo
algo de lo que las malas vecinas llamaban, “el entierro del gato
realizado por los ratones”. En otros planos, Albán tenía el
defecto de ir rápidamente al punto, como si aun en la cama
estuviera discutiendo un negocio y aun con ella, que era incapaz de
hacer una cuenta de tres cifras sin apuntarla con el lápiz; tanto
era él así que no le era a Eiria necesario desnudarse para yacer
con el marido: le bastaba con levantarse el camisón hasta la altura
del vientre. Acabado el acto, el marido se volvía hacia la pared
con una intención confusa que ya podía ser o dormir o llorar su
pecado; no obstante, lo que hacía Albán apenas vuelto de espaldas
era pasar revista a la contaduría del día en el negocio de
pescados. Decía, por ejemplo: de merluza, cuatro quilos; de salmón,
quilo y medio; de cangrejo, nada: se me pudren los cangrejos. El
padre de Albán había sido pescador, y le había legado a su hijo
una pescadería; el negocio pasó luego a manos de Eiria y, por ende,
a manos de Constantino, una vez que se hubo casado con ella. El
negocio prosperaba en manos de Constantino como no había prosperado
en las de Albán. A veces ella se preguntaba la causa de este
milagro: ¿era porque Constantino era buen mozo y no rebasaba la
treintena de años? ¿era porque se explayaba largo rato departiendo
recetas para guisos con las clientas? ¿era porque pregonaba la
verdad cristiana de la vigilia en viernes? Eiria no lo sabía;
permanecía sentada en un taburete alto, pesando los pescados en la
balanza del peso exacto todas las mañanas de su vida, e imaginando
que los ejemplares más azules venían del Atlántico mientras que
los rosaditos del Pacífico. Cuando llegaba a la casa, al anochecer,
lo primero en que debía ocuparse era sacarse el olor a pescado. A
Albán esto no solía importarle, le decía que el olor lo tenía
ella metido adentro de la nariz en realidad, y no encima del cuerpo;
Albán olía como un banco completo de ballenas desorientadas. Con
Constantino era diferente, porque era un muchacho sensible; de
manera que preparaba ella una solución de jugo de limón, sal y
perfume de lavanda, que luego de restregarse con una esponja
enjabonada por todo el cuerpo y enjuagarse, se pasaba detenidamente
por la piel. Había zonas que le ardían al contacto con la
solución, la blandura del nacimiento del cuello, por ejemplo, y la
parte pesada de los pechos. Empleaba esta solución especialmente
los sábados, que eran un día de gloria. De vez en cuando,
Constantino le alababa la fragancia; él, en cambio, era uno de esos
privilegiados a los que no se les pegan los malos olores del
ambiente. ¿Tenía celos Eiria de él? Al comienzo hasta del aire,
de la luz del sol, y del agua de lluvia cuando lo roza; los celos
eran un sentimiento novedoso en ella, formaban parte de los cambios
que Constatino había traído a su vida. El primer marido, debido a
su rusticidad, estaba exento de ser celado. Una vez, Eiria fue
conciente de una aventura de Albán con una de las clientas, doña
Gloria. Era una aficionada al pulpo, que lo hacía en cazuela con
una salsa de pimientos verdes y daba a probar a Albán la comida en
la boca como si fuera un niño de cortos años, en cucharitas de
café minúsculas, de plata labrada. La clienta en cuestión iba y
venía por la veredita de la pescadería enamorando a Albán con los
ojos, usando unas medias blancas impecables, y alzándose cada tanto
el vuelo de su falda, como quien quiere saltar un charco, para
enseñar unas ligas de seda alba. Eiria no se apresuró a confesar a
Albán su descubrimiento, si no que lo interpretó como la necesidad
que tenía su marido de llamar la atención de alguna mujer, ya que
padecía celos de Naum, tan pequeño que absorbía todas las
energías de Eiria y no le dejaba un ápice de ternura para ser
volcada en el hombre. Demás está decir que ella temporariamente se
obsesionó con la siguiente pregunta, de la que ningún cónyuge
está exento durante su vida conyugal cuando presume una infidelidad:
¿iba Albán, su amarga mitad, al punto estando con doña Gloria con
tanta rapidez como lo hacía con ella?, y, ¿le hablaba luego de los
pescados? De pequeño, Naum se parecía a su madre, su nariz, el
cabello tan rojo y erizado como un grito, la facilidad de su piel
para ruborizarse por cualquier contrariedad y andar luego con un
rubor permanente como si anduviera entre las llamas, anhelando
baños fríos que le arrancasen ese rubor como se arranca la maleza
de los cultivos. Ahora, con nueve años, Naum no se parecía a ella
ni a su padre, si no más bien se parecía a sí mismo, o hasta a
Constantino, el dulce en las maneras. Este le había comprado al
niño unas zapatillas de lona blanca con lentejones rojos cosidos
que fosforecían en la oscuridad: eran para que Naum las usara
cuando paseaba en bicicleta y lo protegieran de las acechanzas del
tráfico. Al niño se le había metido en la cabeza que quería ser
explorador cuando grande e irse al Amazonas a fisgonear la
naturaleza indómita. “Pero, hijo”, clamaba Eiria a quien no le
hacía gracia la idea, “¿qué cosas irías ver?” Y él le
respondía: “La nutria gigante, el mono inglés, la anguila
eléctrica, el perezoso, y los delfines ciegos”. Constantino
decía que en cuanto Naum cobrara valor y se embarcara en semejante
empresa, él lo acompañaría.
Sencillamente no podría definirse a Constantino de otra
manera que como una persona dulce, y más que como una persona, como
un muchacho. Los días sábado eran particularmente agradables
pasarlos con él. Durante la mañana, aun en el lecho conyugal,
levantaba sus ojos al cielo y oraba suavemente: “Si logro entrar
en el Cielo, ¿qué hallaré? El conjunto de todos los gozos, sin la
menor pena… La posesión de todos los bienes, sin mezcla de mal
alguno… Gozaré de suma felicidad, y para siempre, sin temor ni
contingencias de perderla jamás. ¡Oh, inefable bienaventuranza!”
A veces, cuando él llegaba a la parte de “¡Oh, inefable…!” a
Eiria se le ponía la piel de gallina porque, reflexionaba, ¿qué
era esto? ¿Una oración o un invento? En sábado, por la mañana, a
él le gustaba bailar música de radio sin nada puesto encima
excepto su propia sombra; se quedaba bailoteando descalzo sobre la
áspera pinotea del piso, mientras ella se vestía con el delantal
de pescadera y partía rumbo al trabajo. Cuando volvía pasaba al
rito de refregarse la solución de limón sobre la piel con una
esponja marina, y luego hacían el amor, con la ventana abierta de
par en par (vivían en una segunda planta y no había vecinos,
aunque si los hubiera habido y aunque si encima hubieran sido
espiones, ¿qué?), completamente desnudos, demorándose bastante
tiempo en pasar la palma sobre la piel del otro, como si fuera
cuestión de limpiar una estatuita de algún polvillo que podría
habérsele pegado. ¿Era este el paraíso terrenal de los goces
humanos? Naum, en su inocencia o en su extraña sabiduría hubiera
dicho que el paraíso terrenal consistía en ser un feto dentro del
vientre materno, y Constantino habría dicho o más bien pensaba que
todo lo que se posee (bienes, riquezas, poder, prestigio,
conocimientos, amor de aquellos a quienes se ama, los cuatro locos
años de pasión con el ser amado y luego la calma, la prosperidad
de los seres queridos, su bienaventuranza y otras cosas semejantes)
no basta para satisfacer a nadie, por lo tanto no podría hablarse
de paraíso terrenal por un pasarla bien un rato con la mujer propia.
(Traer aquí a cuento al difunto Albán no corresponde, pero vaya y
pase ya que nunca se sabe cuándo los muertos están profundamente
muertos y cuándo todavía están vivos, y se diga que para él el
paraíso terrenal era un arconcito enterrado bajo el níspero del
jardín). No obstante, sí eran el paraíso terrenal los goces de
los sábados en la tarde para Eiria, y si no lo era, lo emulaba
bastante: el olor de la piel de Constantino, esa mezcla arrebatadora
de albahaca, sudor y familia. Un par de horas más tarde, ella
horneaba tortitas de manteca y azúcar o de crema pastelera, y
comían esta merienda en la cama (llamaban para esta labor también
a Naum), desparramando las migas sobre las sábanas, hecho que los
incomodaría por la noche, al punto que les haría perder el sueño
para reiniciarse los juegos amorosos. Una tarde, que pudo haber sido
martes, Eiria vio pasar por la veredita de la pescadería a doña
Gloria, la misma doña Gloria de antes, revoleando los ojos con un
amargor que quería parecer amoroso, enfundadas sus antes bellas
piernas en medias negras, puesto que de ser blancas se hubieran
transparentado las venas varicosas de sus corvas. Tuvo incluso el
atrevimiento de entrar a pedir caballa para hacerla al horno con
cebollines, receta que Constantino se apresuró a hermosear con
consejos del tipo “póngale una ramita de romero, y hojas de
laurel, dos o tres, nada más, y un chorrito de aceite de oliva, y
nada de aceite de girasol que agría y empalaga”. Veneno no le
puso doña Gloria a la comida, porque volvió a la semana siguiente
en busca de unos jureles para hacer por la noche ya que esperaba
gente. ¿Y qué clase de gente esperaba doña Gloria, si se puede
saber? Esa pregunta no fue respondida. Esa mujer había hecho su
fortuna como mendiga, se rumoreaba, y Eiria lo creía a pie
juntillas. Mendigaba en una iglesia de San Nicolás; se paseaba por
la escalinata con una cajita de aluminio en donde las monedas
retintineaban como música de jazz. Pensar en doña Gloria y
resoplar era para Eiria una misma cosa: al fin y al cabo, se decía
ella, la verdad aun no salió a la luz: esa mujer fue primero puta
de oficio y ahora es alcahueta, ¿no tiene la vocación acaso
estampada en los tacos? Lo cierto es que doña Gloria ya no se
alzaba como al tuntún los vuelos de la pollera, y aunque caminaba
empinada sobre unos zapatos con un tiqui taque afrancesado, no osaba
siquiera enseñar las rodillas. Antes de dormir, cada noche, el
dulce Constantino decía su oración (rezaba en voz baja a la Sangre
de Cristo y a su Sagrado Corazón) y pedía en voz alta a María
Santísima que lo protegiera de las tentaciones como si fuera él
una posesión suya. A veces, se transportaba a tal punto a la hora
de rezarle a la Virgen que el pequeño Naum lo oía desde su cuarto
y pensaba que comentaba sobre una mujer cualquiera, la cual tenía
un problema o una deuda de pescados, cuyo nombre y apellido eran,
propiamente, María Santísima, tal como el de su madre era Eiria
Dias. Mientras rezaba, Constantino pedía estar solo, de manera que
Eiria se pasaba el rato en la cocina, ataviada con una especie de
quimono de seda con vivos rojos sobre la piel desnuda, especialmente
en verano y sobre todo porque dormir –y lo que ello implica en el
tiempo que dura un matrimonio- era dormir desnudo. En el intervalo
entre oración y oración, ella solía
tomarse una taza de té de jazmín o de rosa e intentaba
distinguir la fragancia del jazmín y de la rosa de la del mero, el
lenguado o la corvina. En el invierno la gente cocina menos pescado,
vaya uno a saber por qué, y además la economía se puso ese año
tensa y nadie quería gastar una moneda de más en un pez que luego
no sabría si habría de comerse del todo o no, y al que había que
cortarle la cabeza sin detenerse a mirarle la cara. Para paliar la
situación, el muy dulce Constantino agregó algunas devociones a su
rezo nocturno, a San Roque para que libre de todo mal contagioso, a
San Antonio de Padua (que a Eiria le resultaba francamente
antipático), a Santo Tomás de Aquino, martillo de los herejes, y
finalizaba con una letrilla de Santa Teresa Jesús en la que la
santa y Constantino gemían al unísono: “Id, pues bienes del
mundo/ id, dichas vanas;/ aunque todo lo pierda, / sólo Dios basta.”
Oh, por Dios. ¿Pero qué carajo le pasaba a Santa Teresa para
hablar así?, clamaba Eiria furiosa, aunque sin expresar el
resentimiento a su marido. El frío, como si fuera poco, había
arreciado, y ella debía esperar los infinitos rezos con sus
infinitos goces, contando la moqueta helada de la cocina, embutida
dentro de un camisón de franela roja que tendía a formar
pelotillas, como si el propio género quisiera huir de sí mismo, y
que había comprado a mitad de precio en la barata de primavera de
una tienda holandesa. Llegaba demasiado agotada al lecho, mientras
el dulce Constantino enjugaba sus místicas lágrimas y se disponía
a hacerle el amor, sin la lujuria de los años anteriores y sin
aquella deliciosa sevicia que parecía lo mejor del mundo. De
pronto, se comportaba como un penitente (¿había sido así con los
Cruzados, tanto aburrimiento habría ya en aquella época?) que
apenas si hollaba él con las puntas de sus castos dedos el ruedo de
su camisón holandés de franela, y con la ligereza de un cuis para
andar en la noche, entraba en ella. ¿Era esto displacentero?
Constantino habría dicho: “Nadie se siente satisfecho durante
mucho tiempo del hecho puro y simple de vivir y andar haciendo el
amor como un animalito en celo. Se pretende siempre algo más. ¿Qué?
Misterio. Basta no mentirse para saber que no hay nada en este mundo
por lo que se pueda vivir. Basta imaginarse que todos los deseos
encuentran su satisfacción. Al cabo de un tiempo, otra vez se
estaría insatisfecho. ¡Vamos! ¿A qué admitir lo que no es cierto?
Enseguida se querría otra cosa y se sentiría la desdicha de no
saber lo que se quiere”. Algunas noches, una vez acabado el acto
amoroso, Constantino se volvía de espaldas, y murmuraba, no ya las
ventas del día como lo habría hecho el difunto Albán, si no
letanías a la Virgen María. Era como si el espíritu de un marido
hubiera encarnado en el otro a la hora del amor, ¿cómo podía ser
posible esto? ¿No es que los espíritus de los muertos reencarnan
en las criaturas cuando aun están en el vientre de sus madres?
Cuando Albán falleció, Constantino tendría dieciséis años a lo
más, y ya para ese entonces era muy estúpido. Sí, estúpido. ¿Por
qué cuál es la línea que divide la estupidez de la excesiva
dulzura? Eiria comenzó a notar cuánto había ido Constantino
pareciéndose a Albán con el correr de los años: a lo mejor,
ocupar el sitio de Albán –el trono de la casa- lo hizo semejarse
a Albán, pero ¿era necesario parecérsele también en las
costumbres de alcoba? Oh, oh. ¿O era culpa de los camisones (de
batista con Albán, de franela con Constantino)? Durante un tiempo,
Eiria achacó la responsabilidad a la ropa de dormir, y se paseó
desnuda por la cocina mientras su segundo marido decía sus
oraciones y devociones a quince santos entre los de mayor y menor
rango celestial; luego ella adquirió una tos seca, un poco
incómoda, pero que sonaba como una advertencia divina contra la
tuberculosis; decidió entonces esperar, sentada en un taburete bajo,
a veces haciendo palabras cruzadas, a veces haciendo nada, a que el
marido finalizara. Cuando ella cruzaba el umbral del dormitorio no
se le pasaba por la mente la idea de sacarse el camisón y quedarse
con nada encima excepto su propia sombra, si no que apenas tenía
fuerzas para descorrer las sábanas y zambullirse en ellas como en
las aguas del olvido, y, llegado el caso, alzarse el ruedo del
bendito camisón hasta el vientre. Pensó que podría abandonar a
Constantino por un señor que la miraba con buenos ojos desde la
panadería de enfrente y no era el panadero, más la atormentaba la
idea de que al cabo de algunos años también el señor de la
panadería se sometiera a la misma pereza de las noches conyugales.
¿Cuánto puede vagar un espíritu? ¿Nunca se cansa de encarnarse?
A veces Eiria se preguntaba seriamente: ¿Y si hubieran concebido un
hijo en esa situación? ¡Oh! ¿Habría sido esto algo bueno o algo
malo? Seguro habría sido una niña (Constantino era tan dulce que
sólo podría engendrar mujeres), a la que habrían deseado llamar
Luz, cuando hubieran debido ponerle Sombra.
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