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Castilla
miserable,
ayer dominadora,
envuelta
en sus harapos
desprecia cuanto ignora.
Antonio Machado
‘Poesías completas’
La
independencia cultural presupone maduras y complejas circunstancias,
tales como ocurriera en el país a mediados del siglo XIX, cuando se
hablaba mucho de una literatura escrita con elementos típicos de la
campaña y las ciudades populosas, que luego había de llamárselas
criolla o simplemente costumbrista. Fue una época de turbulenta
metamorfosis cultural, aunada al deseo de liberarse del clasicismo
español. Y en igual sentido, uno de los escritores más preocupados
por ese problema ha sido Domingo F. Sarmiento, buscando las
verdaderas fuentes de las letras no en el olvido del vocabulario
preciso sino por resistencia al purismo de los parlantes castizos.
Nadie sino Sarmiento
estaba llamado para aquella obra; y nadie, tampoco, pudo revestirla
de la forma más potente y original con la prosa de ‘Facundo’
en páginas de conversación pintoresca con la leyenda de ‘civilización y barbarie’. Le hubiera sido imposible,
ciertamente, describir la pampa infinita, el imperio de los bosques,
el galope del malón, el paso tardo de las carretas y hasta el ‘alma
terrible de Facundo Quiroga’ en castellano académico o español.
Sin embargo, demás está decir que se le acusó de antiespañolista,
de prosista empobrecido, semibárbaro, atropellado y febril. Por
caso, Alvaro Melián Lafinur, quien sin demasiado conocimiento en
las letras americanas escribió:
La prosa de Sarmiento es incoercible,desigual,
bárbara, carece de gusto e ignora o desdeña
el valor fonético de las palabras y el arte de su
colocación armoniosa. En vano se buscaría en
las páginas de ‘Facundo’ el equilibrio,la exactitud,
la suavidad del matiz, la ática pureza”.
(‘Introducción
a la escritura literaria’)
La
inexactitud del crítico uruguayo está en no haber advertido que la
obra del sanjuanino es, de manera casi absoluta, para una sociedad y
un ambiente de vocabulario muy propio, y que por eso no debía de
ser entendida en renegada al castellano, sino de tendencia
deliberada a valorizar de preferencia las costumbres y los relatos
autóctonos.
Si bien Sarmiento tuvo
dicterios para la Real Academia de Letras de España en cambio no
negó ni dudó de la lozanía de la lengua castellana. Su espíritu
le hacía escribir en castellano criollo, bronco, rechinante a veces,
deliciosamente incorrecto en otras, y sin espantarse de los vocablos.
No era antiespañol o un perfecto liberal en el idioma, tal como habían
sido Hilario Ascasubi, Juan B. Alberdi y Juan María Gutiérrez. En
todo caso, escritor no disciplinado en la lengua castellana sino de
innovación y protesta contra el dogmatismo académico, para el cual
el dialecto de los parlantes americanos correspondía sólo a gentes
‘sin culta expresión’.
Por eso, bien se le considerará en quien ha sabido dar identidad al
dialecto criollo, mucho tiempo antes a José Martí, Manuel Gutiérrez
Nájera, Julián del Casal, José Asunción Silva, y hasta el mismísimo
Rubén Darío.
Desde esa perspectiva,
Sarmiento adapta el castellano al gusto y oído del parlante
rioplatense, sin estropearlo con nuevas y absurdas voces, y,
entonces, podría afirmarse que su prosa es española, pero en nada
parecida a la de José Zorrilla. Acerca de esto mismo, Marcelino Menéndez
y Pelayo, contra los argumentos de filólogos y lingüístas madrileños,
sobresalió por su tenaz defensa a la prosa de ‘Facundo’:
Esa
lengua, de la cual los españoles tienen mucho que aprender, está
pidiendo investigaciones que la recogan acá en España y allá en
América, pues está derramada por todas las repúblicas. Este es el
trabajo en el cual las academias y los filólogos deberían poner su
empeño, en vez
de
ocuparse en limar y limar esa jerga erudita semi-castellana de
ciudades y libros odenos, que tiene por único castellano y en él
cual únicamente andan atareados. (‘Crítica
literaria’)
Para
el erudito español lo rescatable de la novela el ‘alma’
de paisanos revelada en plenitud por el candoroso, legítimo y
sencillo vocabulario criollo, tan candoroso, delicado y sencillo
como el legítimo castellano. Motivo que le llevara a escribir en
otro momento:
Sarmiento que se titulaba con énfasis
“ignorante por principios, ignorante
por
convicción” (como si la
ignorancia fuese
una virtud muy
recomendable y
extraordinaria), parecía
ignorar, entre otras
muchas cosas, que esas
soberbias profesionales de no saber nada y pisotear
la
lengua propia para
vengarse de no acertar
a escribirla, era un rasgo
de heroismo
americano.(‘Historia
de la
poesía
hispanoamericana’)
Igualmente su prosa por no pocos hombres de letras americanos
ha sido juzgada de excelente calidad idiomática, y sin olvidos ni
desconocimiento de la lengua cervantina. Pedro de Angelis, por
ejemplo, comenta que ‘Facundo’
honraba la lengua castellana con el dialecto criollo; Vicente F. López
distinguirá la prosa del sanjuanino por auténticamente nativa, y
criterios del mismo tenor con Guillermo Hudson, Carlos Guido Spano y
Calixto Oyuela. (Ver: ‘Estudios
en la literatura argentina’, edición Facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad de Buenos Aires).
Sostuvo Sarmiento que
era realmente ocioso que los académicos de la Península impusieran
la gramática española por superior a la del dialecto criollo. Así,
al chileno José Victoriano Lastarría hizo saber, mediante
correspondencia, que el dialecto de los hispanoparlantes no es un ‘reyeno’
de vocablos absurdos y caprichosos, tampoco de sintaxis disolventes
como se lo consideraba en España. (‘Romanticismo
y política’ de Marta E. Pena).
Y en Madrid, adonde había llevado ‘Facundo’
para hacerlo conocer en ámbitos literarios, embistió sin éxito
contra los denostadores de la voz criolla. Su intención fue de
convencerles en que la prosa era española, moldeada por la
idiosincracia y sensibilidad de los parlantes rioplatenses, y exenta,
a la vez, de estilo como de arrebatos indecorosos. Todo inútil fue para él, ya que la ‘crema’ literaria madrileña mostrábase desde intransigente con
la prosa castellana no escrita ‘a
la española’, ya por inconsistente y hasta ridícula.
Años más tarde, Miguel de Unamuno, grande hombre de letras
pero no dogmático de la lengua, acerca de ese paso de Sarmiento por
Madrid, ofenderá a los gramáticos, estilistas, filólogos y lingüístas
colegas con que la prosa de ‘Facundo’
era de hondo e indeleble sello castellano:
…pero
hoy, que hemos quedado sin
colonias, parece
intolerable a unos
cuantos
sujetos que se plantee el
problema de la superioridad relativa de la expresión española a la
criolla (‘Más
sobre la crisis del patriotismo’)
Su autorizada voz no fue escuchada por la intelectualidad
académica, que tenía a la prosa sarmientina por ilegítima de la
gramática castellana. De entre esos ‘profetas
del idioma’, Federico de Onis, Juan Ramón Jiménez y Ramón
del Valle Inclán, escritores de mucho prestigio en la Península,
siguieron con que la ciudadanía idiomática’ de ‘Facundo’
iba contra la naturaleza de la prosa castellana (‘Españoles
de América y americanos de España’, de Donald Fogelquist).
Otra suerte por el lado de Julio Cejador y
Frauca, para quien la prosa
del argentino, lejos de arcaica y
aplebeyada, era de tonalidad excelente y tan fértil como la española.
(‘Historia
de la lengua y literatura castellana’, Vol. VI). Y no había
de faltar en esta polémica el doctísimo Juan Valera
responsabilizando a Sarmiento de la muerte de la escritura
castellana en Hispanomérica mediante neologismos y voces arcaicas:
Lo
que se requiere para ser escritores genuinamente americanos no
es corromper el idioma. No
es menester que los
escritores de la América se
empeñen en buscar colores indianos en que teñir sus obras; no es
menester que tornen a ser bárbaros y paganos, más bien no negar la
lengua madre ni contraponerla a la jerga absurda. (‘Ecos
argentinos’)
Valera no advertía que la cuestión crucial era para el
sanjuanino la busca de la expresión idiomática americana, sin la
arrogancia de ‘existir’
por sí misma ni de fundar por la palabra criolla un nuevo idioma.
Ciertamente, detestaba, al igual de filólogos y lingüistas de su
época, que la lengua americana se escribiera a orillas de las
prescripciones académicas. Pero contra ese enfoque egoísta,
Sarmiento, mucho antes a Valera, hizo saber, cuanto más en ‘Facundo’, que el
dialecto criollo de los hispanoparlantes no era refractario al
castellano, ni siquiera a la España académica celosa en la
honradez y pulcritud de la lengua.
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