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En todas las civilizaciones habidas y por haber se aborda una y otra
vez, sin agotarla, la dualidad vida-muerte. Las dos caras de lo único
que somos y poseemos fascinan, aterran y preocupan por igual a
pensadores de todos los tiempos, eso sí, por exigencias del guión,
siempre desde este lado. Desde el infierno habitado de Dante,
pasando por el atribulado periplo novelesco de Harry/Woody Allen o
el constante coqueteo con la de la guadaña de Pasolini, todos han
soñado con invertir, aunque sólo sea por unos instantes de lúdica
ensoñación, la cadencia de ese hilo finísimo que separa ambos
lindes, espejos de un mismo reflejo.
Imbricada
en esa tradición comienza la maravillosa película Sostiene
Pereira (asumo, desde el primer momento, mi explícita
subjetividad), con una actuación que es casi herencia del maestro
Marcelo Mastronianni, y una patente y delicada intervención del
autor de la novela homónima, Antonio Tabucci, en los diálogos. Es
esta, sin duda, una de las más recientes perlas del cine italiano,
demasiado alejado en los últimos tiempos de sus días gloriosos.
Asistimos, desde los primeros compases, a una obstinada
reflexión del protagonista acerca de la muerte. Hombre grueso,
achacoso, de una sensibilidad inadvertida por quienes le rodean y
resignado a su solitaria viudedad, Pereira se nos antoja casi tan
melancólico como Pessoa evocando el cielo gris del mirador atlántico.
Acompaña a su languidez de pensamiento una delirante idea en torno
a la cual gira su posterior desarrollo como personaje, que es lo
mismo que decir el desarrollo de la obra: se le ocurre de pronto que
quizá también él esté muerto. Sabe que eso es físicamente falso,
y sin embargo se mueve por las calles llenas de policía salazarista,
en efecto, como un muerto; mejor dicho, como un sonámbulo, ajado
por dentro y por fuera e indiferente a pequeños episodios
singulares (una revuelta en el mercado, la desaparición de un líder
anarquista) que prefiere “no ver” por considerarse apolítico,
salvaguardando así su condición, más propia de “ánima del
purgatorio” que de hombre, en los inofensivos artículos y
traducciones sobre autores franceses que escribe para el Lisboa
(otra vez la literatura como refugio de quien no desea leer en
la Vida).
Es
la Vida, sin embargo, la que un día le niega la posibilidad de
aplazar su responsabilidad para con el mundo por más tiempo. El
factor desencadenante no es otro que un artículo sobre la muerte leído
al azar en una revista de vanguardia, firmado por un tal Monteiro
Rossi. Ciertas frases del artículo, por su frescura y su brillantez
(es decir, por no ser eco de “lo de siempre”), sacan a Pereira
momentáneamente de su letargo y le instan a citarse con Monteiro
Rossi, a quien piensa pedir que colabore en la sección cultural del
periódico escribiendo necrológicas de poetas famosos antes de que
estos mueran; hay que estar preparado, por si acaso.
El
encuentro con Monteiro Rossi resulta,
hasta cierto punto, frustrante: no es un hombre maduro como él
esperaba por la profundidad de su escrito, sino un joven recién
licenciado en Filosofía y Letras que, para colmo, ama la vida y
tiene una novia, Marta, demasiado aficionada a la política. Mas una
atracción irresistible impide a Pereira abandonar el contacto con
estos dos seres, que de pronto le infunden un impulso desconocido en
los últimos tiempos (el joven, le cuenta al retrato de su mujer,
con el que habla todos los días, incluso le recuerda a él mismo o
al hijo que pudieron haber tenido). El caso es que, casi
imperceptiblemente, en contra de su voluntad (o su costumbre) y no
exento de toques de comicidad exquisita, nuestro protagonista va
implicándose en la acción emprendida por sus nuevos amigos,
reforzada por otros personajes de la película (Manuel, el camarero
del café Orquídea, la mujer judía que conoce en el tren y el
Padre Antonio).
La
inquietud que esta nueva situación genera en quien ya se había
acostumbrado a esperar la muerte a la sombra cálida y segura de sus
libros es inevitablemente dolorosa. El doctor Cardoso, director de
la clínica talasoterápica donde realiza una cura de salud, le
aportará algunas claves valiosísimas en este sentido: algunos médicos
y filósofos reconocen la existencia de una confederación de almas,
gobernadas por un “yo hegemónico” que en un momento dado puede
ser sustituido por otros muchos posibles. En Pereira, según el médico,
se está produciendo la aparición de un nuevo yo hegemónico que
pugna por tomar la posición del anterior, y eso genera terribles
tensiones internas de las que tan sólo el sujeto en cuestión puede
hacerse cargo.
El
reconocimiento por parte de Pererira del nacimiento de su nuevo yo
hegemónico no sólo no mitiga su preocupación por la muerte, sino
que convierte a esta en un elemento real, lejos de las
elucubraciones con que antes entretenía su pesadez de espíritu.
Monteiro Rossi, el joven que amaba la vida, es asesinado en su
propia casa a causa de una brutal paliza propinada por unos esbirros
no identificados (a pesar de llamarse a sí mismos “policía”) a
la caza de subversivos. Con una rapidez de reacción fruto del dolor
y la indignación y la ayuda de sus amigos, el doctor Cardoso y
Manuel, Pereira consigue burlar a la censura y publica en la primera
página del Lisboa,
firmada de su puño y letra, la crónica del asesinato (con la
connivencia del estado) de Monteiro Rossi, un muchacho cuyas necrológicas
de escritores nunca llegaron a publicarse, pues el ardor
revolucionario de sus palabras era inaceptable para la sumisión
ideológica del periódico y el país entero a la fuerza bruta.
Si
en algo supera la película a la novela (otra vez aflora la
subjetividad) es en la escena final, donde un Pereira más
Mastronianni que nunca, con paso ágil y esperanzado por las aceras
romboidales de Lisboa, se aleja con un pasaporte francés en el
bolsillo mientras un chiquillo proclama a voz en grito la noticia
estrella de hoy: “Brutal asesinato de un periodista.” Portando
en su mochila tan sólo unas mudas y el retrato de su mujer, Pereira
se siente más vivo que nunca. Atrás han quedado los achaques, los
kilos de más, esa casa sombría rezumando soledad donde, tal como
indica en el artículo, descansa el cadáver del desdichado Monteiro
Rossi. Bajo el excepcional seguimiento de la cámara, que pareciera
enfocarle por primera vez, y los acordes in
crescendo de una bella melodía de Dulce Pontes que ha acompañado
toda la película, insinuándose tímida primero, decidida después,
exultante y completa por primera vez en este momento, como fiel
reflejo de la trayectoria del personaje, compartimos el momento
emocionado de alguien que estaba muerto y despertó a la vida para
cumplir con lo que se esperaba de él; que homenajeó con dignidad y
ternura la muerte de aquel que lo empujó hacia su propio ser, y que
vivirá eternamente en el recuerdo de los espectadores.
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