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(Texto
leído en la presentación del escritor Edmundo Paz Soldán, en la XVIII
Feria Internacional del Libro de Miami, el 17 de Noviembre de 2001).
Las
novelas de Edmundo Paz Soldán están ligadas entre sí por conexiones
secretas, claves y símbolos que se entrecruzan por sus páginas, habitadas
por personajes que conviven en los mismos escenarios, que padecen los
mismos dramas como en una película de Krzysztof Kieslowski, que aparecen
y desaparecen, guiados por obsesiones que persisten. Sus novelas son acertijos que se resuelven solo al final, cuando
sus personajes fracasan frente a la mentira, la muerte, la soledad o el
amor. Una literatura nueva, para un nuevo milenio, un milenio de hombres,
mujeres y niños que sucumbieron ante la idolatría de la técnica y la
fascinación del mundo digital.
La
narrativa de Edmundo Paz Soldán se ha consolidado como una de las voces
latinoamericanas más promisorias en los Estados Unidos. El autor de “Río
Fugitivo” “Días de papel”, “Alrededor de la torre”, “Las máscaras
de la nada”, “Desaparaciones”, “Amores imperfectos” y
“Simulacros” nos presenta su más reciente novela “La materia del
deseo”, publicada por Alfaguara-Santillana de Miami. En ella Paz Soldán describe sabiamente la paradoja del inmigrante,
el eterno dilema del retorno y del desarraigo que nos convierte para
siempre en extranjeros en cualquier lugar de la tierra.
Al
regresar a Río Fugitivo, Pedro Zabalaga, profesor boliviano que dicta la
cátedra “Política y dictadura” en la Universidad de Madison, dice:
“Esta
ciudad es mía, pero aun así, me sentiré un extraño mientras no
encuentre una mirada conocida en la cual apoyarme, una mirada que me
rescate de esos páramos de soledad, donde suelo ir con frecuencia, a la
menor torpeza de la realidad.”
Meses
más tarde, al partir dirá:
“Solo
deseaba alejarme lo más pronto posible de Río Fugitivo, escaparme de esa
ciudad, como lo había hecho antes de Madison, como si una cualidad que
acabara de descubrir en los espacios que habitaba fuera su capacidad para
expulsarme de ellos. Como si se tratara de una maldición, o mejor parecía
que una de mis cualidades fuera escapar de los espacios que habitaba como
si ello significara el fin de mis pesares”.
En
“La materia del deseo” Pedro Zabalaga viaja a Bolivia,
huyendo “de la hermosa y dulce
y cruel y frenética Ashley”. Si jugamos con las palabras, como lo hace Paz Soldán en sus
novelas, criptogramas que el lector debe resolver, esta joven
norteamericana, alumna que perturba al joven maestro, lleva en su nombre
un signo secreto: Ash que significa ceniza en inglés, y que unida a la
palabra ley, en español, significaría “la ley de la ceniza”:
“Y
en ese instante supieron al unísono, de una vez por todas y para siempre,
que pronto serían aquello para lo que habían nacido y que mil
permutaciones habían ocultado: ceniza”.
Pedro Zabalaga se inventa un
propósito de viaje, descifrar en su país
natal, en la ciudad de la que nunca se ha ido, Río Fugitivo, las claves
secretas de una novela: “Berkeley”, escrita por su padre asesinado,
regresando a los lugares y seres que el conoció, intentando recuperar
memorias perdidas, revivir hechos ya olvidados, versiones de sueños y
traiciones sepultadas.
Edmundo
Paz Soldán que es doctor en literatura hispanoamericana de la Universidad
de Berkeley y en la actualidad es profesor de literatura latinoamericana
en la Universidad de Cornell en Ithaca, New York, nos revela en “La
materia del deseo” el mundo académico de las universidades
norteamericanas, la mirada del Norte sobre America Latina, dividida en
departamentos, compartimentos, países y temas, revoluciones y dictaduras,
invasiones y golpes militares:
“Latinoamerica
era una suerte de gran parque forestal en la plenitud del verano, azotado
por incendios de un extremo a otro, furiosos brotes que uno contenía a
duras penas, para verlos renacer al poco tiempo, o ver nacer en otros
diferentes lugares”.
Las universidades como centros generadores del pensamiento humano,
simbolizadas en Berkeley, meca de los intelectuales, y en su momento cuna
de revoluciones, pero también las universidades como centros castradores
del pensamiento humano, simbolizadas en “la ciudadela” de Río Fugitivo, una universidad que
tras
convertirse en foro de oposición a Montenegro, fue clausurada y
expropiada y luego convertida en la sede regional del Ministerio de
Informaciones donde son precisamente los jóvenes profesionales de los
medios de comunicación quienes utilizan su destreza, para borrar el
pasado de un dictador, frases de sus discursos, escenas de sus videos,
rostros de personajes comprometedores aparecidos en fotografías.
Los
personajes de “La materia del deseo” buscan desesperadamente una
verdad, pero fracasan en su intento, fracasa Carolina, con el cierre de su
miniempresa dedicada a recuperar los correos electrónicos escondidos en
los recovecos inimaginables de una computadora. Fracasa Ashley que puso
sus esperanzas en la compraventa de acciones a través de la internet y
huye arruinada de un matrimonio sin amor. Fracasa René Mérida, llegando
hasta las últimas consecuencias para librarse del estigma de traidor
heredado de su padre. Fracasa Jaime Villa sin poder borrar su oscuro mundo de
narcotraficante con el
hálito de Robin Hood de la sierra. Fracasa Pedro Zabalaga en su búsqueda
del padre perdido, encontrándolo donde no lo esperaba.
Si
en su novela “Sueños digitales” Edmundo Paz Soldán cuestiona el
mundo de los vencedores que intentan borrar su pasado corrupto con el
“click del mouse”, en “La materia del deseo” indaga en el mundo de
los vencidos, de una generación con sueños equivocados, “una
generación que vivía para la muerte, que encontraba su realización en
la muerte. El punto más alto de su vida era su trascendencia en la muerte”.
De
las páginas de “La materia del deseo” surge un personaje entrañable,
el tío David, el único sobreviviente del asalto de los militares a un
apartamento de la calle Unzueta donde el se reunía con un grupo de
subversivos liderados por su hermano y padre de Zabalaga: Pedro Reissig. Mirándonos con su único ojo, el izquierdo, el derecho lo había
perdido cuando una bala se lo atravesó, la noche del asalto, el tío
David se defiende de la muerte, de quedar convertido en ceniza, haciendo
crucigramas, creando una radio que le permita captar las voces de los
muertos, coleccionando objetos en desuso, antiguas máquinas donde se
escribieron cartas de amores trágicamente cruzados como se cruzan las
palabras en los crucigramas.
“Los
crucigramas tenían un gran poder democratizador: igualaban en su grilla a
inventores, deportistas y actrices. El siglo se había ido; uno comenzaba a acumular sus hechos más
notables e insólitos junto a los de otros siglos, en un inmenso paraje de
suelo y amnesia, y quedaban los crucigramistas para recordarnos tantas
batallas en las que alguna vez hubo sangre, tanto nombre que alguna vez
deslumbró, tanta vida ya más que muerta y agusanada. Daba para la risa y para la melancolía; daba quizás para una risa melancólica”.
El tío David empezó a escribir crucigramas inspirado en Benjamín
Laredo, el crucigramista de Piedras Blancas, y personaje del cuento
“Dochera” de Edmundo Paz Soldán con el que obtuvo el Premio de Cuento
Juan Rulfo en el año 1997. Allí
Benjamín Laredo enloquece de amor ante la visión de una mujer sin edad,
con un mechón de pelo blanco que caía sobre sus ojos, y a la que enviaba
mensajes de amor a través de sus crucigramas.
En sus cuentos de
“Amores Imperfectos” Edmundo Paz Soldán explora el universo del amor,
los misterios que mueven el corazón humano y que conducen al infierno,
cuando se busca el paraíso. Así es el mundo literario de Paz Soldán, con
una ciudad que ha llamado “Río Fugitivo” de la que se parte hastiado,
pero a la que siempre se quiere regresar, y que bien pudiera ser su
Cochabamba natal, una ciudad que naufraga, sin mar, en los procesos
de aculturación, donde los personajes buscan el amor en el cuerpo y en el
lugar equivocado, donde los hombres se rinden frente a mujeres
indescifrables, y en donde la obsesión permanente de crear personajes
solitarios que necesitan desesperadamente comunicarse con un padre, se
repite, como en su cuento Faulkner, publicado en la antología “Se habla
español”, como en “La materia del deseo” donde la búsqueda del
padre a través de una novela póstuma, condena al inocente, víctima de
un acertijo descifrado con las claves equivocadas.
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