PARÍS
BAJO LA LLUVIA
Caminas desde la rue du Bac
hacia
el quai Voltaire. Solo,
porque
Estelle ha ido temprano al trabajo.
Con
tu guía en tres dimensiones para idiotas
buscas
el número diecinueve,
donde
dicen que Baudelaire
escribió
buena parte de los versos
que
te han enseñado con cada lectura
a
amar profundamente la vida.
Con
fantasía propia de colegial
sigues
cuidadosamente las indicaciones
puntuales
hechas por el autor,
mientras
imaginas al poeta en esa casa
pensando
un endecasílabo perfecto
al
tiempo que paga su noche de amor
furtivo
a una joven prostituta
que
está vistiéndose a sus espaldas.
Y
por fin, llegas al lugar indicado,
y
tropiezas con un hotel de cuatro estrellas,
suceso
que te sume en una niebla espesa de dudas
(y
por más que relees, eso no aparece en la guía).
Así
que guardas para luego tu cámara de fotos,
junto
a la edición francesa de diez francos del Spleen,
y
cruzas la calle para ver el silencio de las bouquinistes,
camino
del pont des Arts.
Es
el signo de los tiempos, te dices
y
abres de nuevo la guía, para no perderte.
"Cal
fer-se a la solitud com a un joc."
Francesc
PARCERISAS. L'edat d'or.
"Ciutat
deserta"
Hay
que hacerse a la soledad como a un juego.
También
ella tiene momentos hermosos
si
aprendemos bien las reglas. Por ejemplo,
de
la ruleta rusa.
Y delante de un espejo
observamos
atentamente nuestra condena
eterna
y la retamos, la incitamos a que venga:
ya,
ahora, vamos, no tienes huevos a tocarme.
Y
con un suave roce de gatillo
escuchamos
el primer click y respiramos.
Para
saber que estoy vivo, normalmente,
recuento
rápido los nombres de mis gatos.
No
tardo ni quince segundos en escuchar
el
segundo click. Nada, de nuevo nada.
Ahora,
ahuyentada la Intrusa, tomo un libro
y
leo sereno en el sofá algo de Rimbaud.
Recito
en voz alta: L'étoile a pleuré rose
au
coeur de tes oreilles, y fumo en silencio.
También
mi soledad tiene derecho
al
goce sereno de esos pocos momentos.
Llueve
en París a ritmo de jazz.
Me
recuerda que estoy vivo pasear bajo la lluvia.
Los
cuerpos con grandes bolsas se esconden en los cafés.
La
tarde avanza lenta, y a través del ventanal puedo verte.
He
bajado a la farmacia a por algo para el dolor de cabeza,
y
te he visto en la última mesa, con un libro de Camus.
Sostienes
el café con las dos manos, para calentarte
(siempre
las tuviste más frías que yo),
y
el reloj de tu mundo se ha parado.
Observas,
ajena, la lluvia caer.
Sé que podrías estar así toda la vida:
un
café en las manos y la lluvia única de París ante ti.
2
La
lluvia no cesa, ilumina el final de la tarde.
Permanezco
anclado a tu visión.
Es
como una película del silencio,
es
el dulce placer de la monotonía.
3
Hay
tanta lluvia entre nosotros.
4
Pagas
y sales del café,
imagino
que dirección St-Denis.
Te
acompañará mi mirada,
silenciosa,
durante unos metros,
y
cuando te pierdas entre la multitud celosa,
la
noche habrá empezado a condenarme.
5
Sólo
quedan zanahorias en el frigo
y
un paquete de barbitúricos.
Al
lado, pongo las aspirinas.
Sonrío,
tengo dieta de pobre.
Tengo,
además, calados los calcetines,
mi
cuaderno de notas con ampollas de agua
y
los versos que hoy te he escrito
son
una mancha clara de tinta;
también
tengo varias facturas
y
un mensaje desde hace días en el correo.
La
primavera entra despacio.
Miles
de patinadores conquistan las calles de París.
Debe
de ser viernes, por tanto.
HYDE
SALE A PASEAR
"...
mi padre, creo, dijo que Bacon había escrito que si
aprender
es recordar, ignorar es de hecho haber olvidado".
Jorge Luis
BORGES. "LA NOCHE DE LOS DONES"
Mi
buen amigo Jekyll
además
de imbécil, cobarde.
Te
ha echado de casa su miedo
y
se puede escuchar en la vieja mansión
a
cualquier hora su arrepentimiento.
Ahora
querrá que salga en tu busca,
pero
no tengo ganas. Tampoco prisa.
Te
he buscado ya, Mary, en tantas otras
que
no recuerdo el sabor de tu aroma.
Ya
no sé volver a casa temprano,
se
me han extraviado las palabras tiernas,
he
dejado fuera de mí el perdón.
Tampoco
sé cómo pagar mis culpas,
ni
hacerle ascos a un cuchillo o a una furcia.
Tan
sólo, paseo por la niebla
cogiendo
aquellos pétalos
que
más me llaman la atención.
Perdóname
si alguna vez
eres
tú la afortunada
y,
después de libarte,
te
tomo, te olvido, no te reconozco.
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