Miami
Estados Unidos
Año III

 Nº 13/14

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

¿Qué es la poesía de siempre?
No hay poesía sin verso ni verso sin música


por

Francisco Henríquez

 

    A mediados del año 2000 le comuniqué a Ulises Varsovia, que pensaba visitar Chile. Me preguntó que si pensaba dar un recital de mis versos, y me advirtió que me iba a sentir extraño porque ya la poesía tradicional y en especial el soneto, estaba en desuso en Chile. Yo comprobé que no es verdad, por la cantidad de sonetistas que me acompañaron en el homenaje que me rindieron en la hermosa patria de Pablo Neruda, para mí el mejor poeta del siglo XX. Siempre sentí deseos de visitar Chile (mucho antes de leer los “versos“ de Ulises) cuna de grandes poetas y dos premios Nóbel de literatura (Pablo Neruda y Gabriela Mistral) así como David Valjalo, ya fallecidos, y otros que actualmente son orgullo del Parnaso chileno: Alfonso Larrahona Kästen, Eliana Godoy Godoy, Dina Ampuero, María Cristina Aliaga Luna, María Rosa Carrasco Peña, Armando Sol, Pedro Mardones Barrientos, Elba Hurtado Camogliano, Carmen Ramos Beiza, Carlos Aránguiz, Pablo Cassi... y otros que, aunque no todos son sonetistas, escriben verdaderos versos con poesía. De ahí que me sintiera tan defraudado cuando leí los renglones que Varsovia llama poesía, sin haber pasado antes por la categoría de verso. Decir “yo escribo poesía”, es un error: el poeta escribe versos, y los versos puede que tengan poesía o no. La poesía es para el verso lo que el espíritu es para el cuerpo. Los versos necesitan el espíritu musical de la poesía.

     Mi amigo Ulises Varsovia (nombre literario) acaba de publicar en el número anterior de la Revista Literaria Baquiana una queja que es más bien una recriminación. Se queja el prosista de la sinceridad que tuve al pedirle que me demostrara, en 14 versos endecasílabos, sus cualidades poéticas. Presto me envió 14 renglones que no me convencen de que sea un soneto. (Creo que después de haber obtenido 40 premios en poesía, y de haber servido como Jurado en decenas de certámenes literarios, debo tener alguna autoridad para saber lo que es un soneto) y se lo dije con toda franqueza. Sin embargo, tengo que admitir que es un excelente prosista. Varsovia dice que su poesía es moderna. No sé si se refiere al modernismo iniciado en América por Rubén Darío y José Martí en el siglo XIX, o si se trata de algo iniciado más tarde por movimientos que auspician la “antipoesía”. El caso es que la poesía es una sola: “la expresión de lo bello por medio de la palabra”, cuya belleza también se encuentra en la prosa poética. Quien escriba con belleza puede llamarse poeta, pero en tal caso debiera escribir prosa, porque el verso, para alcanzar la categoría de “verso”, necesita de ciertos ritmos interiores, cualidad ésta que lo distingue de la prosa. Y no necesariamente hay que buscar ese ritmo en la rima, que en definitiva es sólo un adorno de la poesía. En todos los tiempos ha habido poetas-prosistas que se han quejado de su inhabilidad para escribir versos: Víctor Hugo fue uno de ellos. Y es que del mismo modo que para la música es necesario tener oído musical, con la poesía pasa un tanto igual: se trata de una virtud que es innata en los seres dotados de ese privilegio. Las academias pueden mejorar a un músico o a un poeta, pero no pueden hacer poetas ni músicos, si el individuo no nace con esa vocación. Quizá Ulises Varsovia debiera vivir por algún tiempo entre guitarras y pianos, para que llegue a entender la belleza del verso musical, que nada tiene que ver con la cultura, la literatura ni las universidades... Simplemente se trata de sentir en endecasílabo, “buenos días, adiós, hasta mañana”, como decía el gran poeta español-cubano-americano, Eugenio Florit. El poeta mexicano, Juan de Dios Peza, citaba: “Ser poeta, según afirma un escritor de fama, es sentir hondo, pensar alto y hablar claro, y cuán pocos de los que el vulgo llama poetas, han cumplido con estas raras condiciones. En materia de arte, son muchas las escuelas, muchas las exigencias de los críticos, muchas las reglas que imponen los maestros y, sin embargo, lo esencial en el artista no lo dan los libros ni lo pueden repartir en las cátedras, ni se sabe en qué estriba el secreto de posesión en el individuo: la inspiración inmortal y sublime”.

       En su Teoría Literaria “Origen musical de la versificación”, Gayol Fernández cita: “Versificación, en general, es la composición en verso conforme a un determinado sistema. Constituye su estudio la técnica de la expresión poética en su más estricto y material sentido. Esa técnica, en español, se aplica al lenguaje para someterlo no sólo al ritmo (cadencia musical basada en acentos y pausas) sino también a una proporción regular o medida —simetría— que establece un determinado número de sílabas métricas. La técnica de la versificación castellana crea, en consecuencia, el ritmo simétrico, que es lo que llamamos verso con sus distintas especies y agrupaciones o combinaciones métricas: las estrofas. La versificación —se ha repetido— nació con la música. Precisamente para acomodar el lenguaje al canto y seguir su cadencia musical surgió la frase rítmica de proporción uniforme: el verso. La cadencia del verso equivale al compás de la música: «El verso nace con la música, unido a la danza», Afirma autorizadamente Pedro Henríquez Ureña”. Si por desconocimiento musical intentamos deshacernos del ritmo en el verso, en vez de verso tendremos un simple renglón. Eso equivaldría a tomar una pieza musical y quitarle, caprichosamente, ciertas notas musicales: como resultado tendríamos, no una pieza musical, sino una pieza de ruidos. O sería lo mismo que si a una guitarra, en lugar de colocarle las cuerdas tradicionales: primera, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta, decidiéramos eliminar la prima y la tercera y en su lugar colocáramos una sexta o una quinta. ¡No habría músico capaz de afinar esa guitarra, a no ser que el músico sea un ser inarmónico! De la citada Teoría Literaria: EN RITMO INTERIOR EN LA NUEVA POESÍA “La poesía de hoy —traducción de una nueva sensibilidad poética— se orienta en la obtención de otra clase de ritmo, sin esencias musicales: el ritmo interior o espiritual, la «adecuación de la forma al concepto», indudablemente de más difícil logro que el ritmo exterior musical. Con el ritmo interior de la nueva poesía se corresponde frecuentemente a la unidad conceptual de cada verso. Contrariamente, en la poesía tradicional, de mero ritmo verbal, esa unidad conceptual se quebranta cada vez que lo exige la armonía”.

       A Ricardo Palma, el poeta peruano, un aprendiz de poeta le preguntó una vez qué: cómo se hacía una poesía, y el poeta le respondió: “Pues escriba Ud. renglones del mismo largo y póngales en las puntas palabras de sonidos parecidos”. ¿Y en el medio del verso “qué pongo”, preguntó de nuevo el aprendiz? “¡Ah, en el medio del verso! “Pues en el medio del verso tiene que poner poesía”, le respondió Palma. No es un secreto que en los últimos años todo el mundo quiere ser poeta, y para demostrarlo, los que quieren serlo, tienen que escribir muchos libros: una docena, diez docenas... porque si una persona escribió 100 libros llenos de renglones, con o sin rimas, y aunque en el centro del verso no digan nada poético, no habrá quién tenga autoridad para decirle que no es poeta, ¡porque los libros justifican que él es poeta, sino no los hubiera podido escribir! Yo estoy seguro que si Pablo Neruda, César Vallejo, José Santos Chocano, Rubén Darío, José Martí, Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, Federico García Lorca y otros de antes y después que la poesía los inmortalizó, hubieran escrito nada más que un sólo libro, hubiera sido suficiente para dejar constancia de que, verdaderamente eran poetas. La poesía que sólo su autor pueda recitar o cantar o que no sea contagiosa o pegajosa, no pasa a la inmortalidad, porque la poesía verdadera es como la del “Cantar de los Cantares”. De ahí que la poesía de José Asunción Silva, Pablo Neruda, José Ángel Buesa, Norman Rodríguez, Carilda Oliver Labra... y otros afortunados de la poesía musical, se hayan inmortalizado, porque su poesía es “tarareada, cantada” y repetida hasta el cansancio, por la voz popular. Norman Rodríguez (cubano) fue poeta de novedosas imágenes y sorprendentes metáforas. De su poema LA HERIDA, tomo estas metáforas: "Amapola de fuego visitada/ por una procesión de duendecillos/... De su soneto LA MUJER, tomo el terceto final: "...de tu misión de nardo compartido.../ La Vida, que te toma para nido,/ te declara profunda en mariposas..." Veamos lo que el poeta Rodríguez dice sobre la persona poeta: EL POETA Exploras un jardín desconocido. De la vida y la muerte sabes tanto que todo lo que pones en tu llanto es parte de la muerte que has vivido. Eres de polvo derrumbado y ciertos ingredientes levísimos y oscuros. Los cetros te repugnan, y los muros; pero puedes crecer en los desiertos... El pétalo, la llama y la alegría se cuentan entre tus predecesores. A ratos pienso que me gustaría que se te designara centinela de amaneceres amanecedores... ¡Tu oficio es el amor, aunque te duela...! CARILDA OLIVER LABRA (cubana) Desde siempre, su poesía tuvo matices de un romanticismo ardoroso, vibrante, conquistador... Cientos de poetas le han cantado a Carilda Oliver Labra: En ocasión de una de mis visitas a Cuba, le hice la siguiente décima: ¡Por Carilda! ¿qué sentir/ por Carilda Oliver Labra?/ Carilda es una palabra/ que es más que para decir./ Nació para arder y uncir/ con hilos de amor el ser.../ Carilda sabe tejer/ hilos con su aguja fina/ y en la noche femenina/ puede soñar ¡y envolver! Pero, dejemos que Carilda nos lo diga con sus propios versos, en este poema titulado: CITA Sin mi parco vestido de ceniza, sin mis ojos de nunca, sin la rota gravedad de violeta que me triza, sin mi tedio romántico de gota. Con el hambre y la sed, con una lanza de sostenido fuego diminuto, con una blusa nueva, con un fruto con la misma paloma que ahora danza. Ignorante de qué, cómo ni cuándo, vine a la cita del amor cantando; y relámpago fiel, astro viajero, bajo la noche estática y brillante, iluminando todo el paradero como un destino apareció mi amante. No podía faltar en este recorrido por el bosque de la poesía (la poesía verdadera, la inmortal) ese maestro del ritmo que se llamó Pablo Neruda. Sin dudas el más grande poeta del siglo pasado. Hasta en los versos de más difícil construcción, Neruda se las arreglaba para que la música primara en el verso, consciente de que, sin ese ingrediente, el verso es un simple renglón. En sus Cien Sonetos de Amor, libro dedicado a su amada Matilde, el poeta juega con los versos y sin necesidad del rigor de la rima, logra una verdadera joya en cada verso, en cada soneto. Aunque todos y cada uno de sus cien sonetos son de perfecta simetría, tomo como ejemplo el SONETO No. II. Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, qué soledad errante hasta tu compañía! Siguen los trenes solos rodando con la lluvia. En Taltal no amanece aún la primavera. Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos, juntos desde la ropa a las raíces, juntos de otoño, de agua, de caderas, hasta ser sólo tú, sólo yo juntos. Pensar que costó tantas piedras que lleva el río, la desembocadura del agua de Boroa, pensar que separados por trenes y naciones tú y yo teníamos que simplemente amarnos, con todos confundidos, con hombres y mujeres, con la tierra que implanta y educa los claveles. Veamos de José Ángel Buesa, (cubano) este melodioso poema: CANCIÓN DEL AMOR LEJANO Ella no fue, entre todas, la más bella, pero me dio el amor más hondo y largo. Otras me amaron más; y, sin embargo, a ninguna la quise como a ella. Acaso fue porque la amé de lejos, como a una estrella desde mi ventana... Y la estrella que brilla más lejana nos parece que tiene más reflejos. Tuve su amor como una cosa ajena, como una playa cada vez más sola, que únicamente guarda de la ola una humedad de sal sobre la arena. Ella estuvo en mis brazos, sin ser mía, como el agua en un cántaro sediento, como un perfume que se fue en el viento y que vuelve en el viento todavía... Me penetró su sed insatisfecha como un arado sobre la llanura, abriendo en su fugaz desgarradura la esperanza feliz de la cosecha. Ella fue lo cercano en lo remoto, pero llenaba todo lo vacío, como el viento en las velas del navío, como la luz en el espejo roto. Por eso aún pienso en la mujer aquella, la que me dio el amor más hondo y largo... Nunca fue mía. No era la más bella. Otras me amaron más... Y, sin embargo ¡a ninguna la quise como a ella! Los que conocieron a Buesa cuentan que ejercía un poder avasallador sobre el género femenino: Era un hombre elegante, de gestos finos, y palabra de miel, como lo prueba este poema titulado: POEMA DE LA ESPERA Yo sé que tú eres de otro. Y, a pesar de eso, espero. Y espero sonriente, porque yo sé que un día, como en amor el último vale más que el primero, tú tendrás que ser mía. Yo sé que tú eres de otro, pero eso no me importa, porque nada es de nadie, si hay alguien que lo ansía, y mi amor es tan largo, y la vida es tan corta, que tendrás que ser mía. Yo sé que tú eres de otro, pero la sed se sacia solamente en el fondo de la copa vacía; y, como la paciencia puede más que la audacia, tú tendrás que ser mía. Por eso, en lo profundo de mis sueños despiertos, yo seguiré esperando, porque sé que algún día buscarás el refugio de mis brazos abiertos, y tendrás que ser mía. Y cerramos con este pensamiento del propio José Ángel Buesa: "Amor se llama amor para quien ama. Más tarde, flor a flor, dejamos de saber como se llama, —o acaso lo sabemos, pero ya no es amor—".

     Creo que en este breve recorrido poético, hemos aprendido algo de lo que es la verdadera poesía, la poesía de siempre, la única, ¡la inmortal!... Hasta la próxima.


Francisco Henríquez nació en Matanzas, Cuba (1928). Miembro fundador de la Academia Poética de Miami y Director, hasta 1998, de la Gaceta Lírica, órgano oficial de dicha Academia Poética. En 1996 fundó y es actualmente Director de la revista literaria Carta Lírica. Ha publicado los siguientes libros: Reflejos (1973); Jardines de la rima (1993); Desde lo más recóndito (1996); la antología Décimas cubanas de dos orillas (1998) y Sonetos cósmicos y líricos de Francisco Henríquez (1999). Ha obtenido alrededor de cuarenta premios literarios en certámenes literarios en diferentes países de Iberoamérica.