Miami
Estados Unidos
Año IX

Nº 53/54

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo


 


 

PAISAJE DE TANATORIO

por

Lourdes Vázquez

 

     No había nubes aquel día, mas bien una claridad irritante junto a un calor seco que obligaba a suspender tareas y arrimarse a cualquier sombra.  Transitaba por una hilera de carreteras crueles por el tráfico y en donde se agrupaban grupos de muchachos en los semáforos, que igual se ofrecían a limpiar los parabrisas que vendían afeitadoras desechables, gomas de mascar o platanutres.  Una hilera fina de árboles marcaba un estrecho territorio libre y detrás otra hilera, esta vez de casas de cemento a medio hacer con las vigas asomadas en las paredes y  montones de carros desvencijados y arrimados al camino vecinal.

   

     A través y al fondo se podía reconocer un matorral frondoso con enredaderas venenosas, arbustos silvestres, troncos de árboles que de alguna forma habían sido rematados por un fulminante rayo y una verja de púa de donde colgaban un par de iguanas gigantes, de piel amarilla y rayas negras que intentaban completar una siesta.

 

     Tomando en cuenta las instrucciones para llegar a su destino, dobló a la izquierda en un cruce de carreteras punteado por mazos de tiendas, bancos, gasolineras, Burger Kings y McDonalds. Ajenos de la locura y del maltrato urbanístico a que estaba sometido el resto del país y, a pocos metros, fue testigo de pequeños y vastos pedazos de terrenos vírgenes de frente al sol apabullante. Unos detrás del otro, separados apenas por alguna tiendecita de vecindario, verjas de púa o algún garaje de mecánica, y otros y otros hasta llegar a este último con un gran cultivo de papayas enfermas, a juzgar por el color amarillento de sus hojas, dando la impresión que se habían abandonado hacía ya tiempo a las circunstancias del clima y de los mozalbetes del barrio.

  

     Allí y del otro lado se dibujaban en el horizonte dos chimeneas recién construídas de cemento burdo y sin acabado, pintadas en gris tenue que tiraban vapores secos y grises. Aquellos tubos se distinguían de lo que parecía haber sido una gigantesca chimenena de ladrillos que se veía más allá en el horizonte, indicando que aquellos habían sido terrenos de un ingenio azucarero. ¿Habría habitadon los indígenas en este terreno?, pensó mientras estacionaba el carro a la orilla de la carretera y una fila de otros carros hacía lo mismo.

 

     Poco a poco fueron llegando más invitados todos en negro o en blanco, o en negro y blanco, o solo negro o solo blanco.  Alguna que otra mujer se arriesgó y decidió adornarse con un collar rojo o alguna flor rosada. Al que le llegó tarde la noticia se aproximó con su uniforme de trabajo o la ropa de casa. El toque femenino se notaba en todas partes: el color del papel del programa distribuído por ujieres, las flores, el murmullo ondulante y el tipo de esencias.  Los familiares y amigos que habían viajado muchos kilómetros y que hacía tiempo no se veían se abrazaban, se tocaban los rostros y sonreían unos a otros. Todo parecía suceder en cámara lenta a juzgar por los gestos restringidos y modestos y la timidez en el movimiento de los cuerpos. Las tías, que lo reconocieron de inmediato, se acercaron a abrazarle. El contestaba a los abrazos y a los cariños con atención, aunque sin dejar de contemplar las chimeneas gemelas que continuaban ocupadas en su labor de botar excesos, humos, vapores y gases.  Todo parecía que encajaba, aunque la vida no encaje, pensó.

  

     Caminando unos cuarenta pies hacia la izquierda y al fondo ya sintió que se alejaba de las voces, los aromas y los saludos.  Nadie pareció echarle de menos. A unos cincuenta pies ya se encontraba frente a aquellas dos chimeneas y sintiéndose como un intruso que de alguna forma había violado algún reglamento ante un: No Transpassing Zone, sin permiso o licencias y carente de identificación. Estaba ahora en un pedazo de terreno sembrado con grama verde y saludable que a juzgar por su humedad se podía concluir que un torrencial de lluvia había caído la noche anterior.  Era un pedazo de tierra prístino, sereno, extenso y limpio.  Más allá se divisaba la enorme chimenea de ingenio estrangulada por enredaderas silvestres, pinos y aguacates como un artefacto de un museo a sol y sereno.

 

     ¿No sería precisamente aquí dónde se estableció el grupo de indígenas?, se preguntó nuevamente.  No sé cuánto tiempo permaneció allí de frente a aquellas chimeneas de tan distinto propósito, pero pareció no importar, ya que muy pocas veces se da uno la oportunidad de compartir el planeta tan de cerca con los zapatos encharcados y el pensamiento dirigido hacia la historia y luego hacia la nada. Se sintió liviano, con el pensamiento curado de basuras y posiblemente más seductor.   De súbito el espacio, el aire, el terreno, los pastos, las pocas flores silvestres comenzaron a vibrar por el rumor de las chimeneas jóvenes. El sonido trajo un humo claro, transparente y limpio que se soltó al extenso y claro cielo. Por allí se arrojaban los componentes químicos de su madre: los polvos, las esencias, los aceites, los huesitos triturados y convertidos en arena que se elevaban cada vez más hacia el espacio abierto.

 

     Desde tiempos inmemoriables el humo de los cadáveres enriquece el aire y la tierra. La muerte es distinta así, pensó.  El tamaño del cuerpo y la cantidad de grasa determinan este tipo de operación. El operador del equipo de cremación debe controlar la temperatura. Cuando la temperatura sube entre cien o doscientos grados el equipo se apaga, aún así hay que continuar evaluando la temperatura. Si ésta se mantiene igual o baja, nuevamente habrá que encender el aparato. Se debe enfatizar que el operador debe mantenerse al lado del equipo de cremación en todo momento.   Así es la muerte técnica

 

     Pero hay más. Algo aquí y en este lugar y precisamente hoy se va ubicando entero, íntegro y en su sitio, pensó.  No lo pudo describir, pero de repente todo estuvo allí de frente a él, sin justificación, mas explicando el conjunto en aquel inmenso terreno tropical, a veces seco a veces húmedo, verde claro, verde intenso, con su horizonte de montañas, valles y sabanas. Fue cuando el hombre se incrustó en la felicidad del paisaje con su horizonte transmutable y ya fue un punto atrapado en los cientos de satélites en el infinito, que revelaron la imagen a los monitores, asegurando que  era un hecho sospechoso.

 

Lourdes Vázquez Nació en San Juan, Puerto Rico (1949). Poeta, narradora, ensayista y profesora de literatura latinoamericana. Entre los libros que ha publicado se encuentran: Samandar: libro de viajes/Book of Travels (Argentina: Tse Tse, 2007) traducido por Enriqueta Carrington; Salmos del cuerpo ardiente: libro de artista por Consuelo Gotay (2007); Sin ti no soy yo (San Juan: Puertos, 2005); Bestiary: Selected Poems 1986-1997 (Arizona: Bilingual Review Press, 2004), finalista del premio para Mejor Libro del Año/ revista de crítica literaria Foreword; La estatuilla (San Juan: Cultural, 2004) que incluye el cuento ganador del Premio Internacional Juan Rulfo en la categoría Literate World (2002) (Francia); Salmos del cuerpo ardiente (México: Chihuahua Arde, 2004); May the Transvestites of my island who tap their heels... (New York: Belladona, 2004); Obituario (Madrid: Babab, 2004); Desnudo con Huesos/Nude with Bones (New York: La Candelaria, 2003); Park Slope (Provicentown: (Duration Press, 2003); Hablar sobre Julia (Texas: SALALM , 2002); Historias del Pulgarcito (San Juan: Cultural, 1999); De identidades: bibliografía y filmografía de María Luisa Bemberg (SALALM, 1999). La rosa mecánica (San Juan: Huracán, 1991); Las Hembras (Chile: Andalicán, 1987); y Poemas (Colombia: Museo Omar Rayo, 1988). De próxima aparición: Tres cuentos y un infortunio (Argentina: Fundación Ross), la novela Not myself without you, traducida por Bethany Korp-Edwards (Bilingual Review Press) y una antología de mujeres cuentistas latinoamericanas en Estados Unidos (Argentina: Fundación Ross). Su poesía, cuentos y ensayos también han sido publicados en numerosas revistas en Estados Unidos, América Latina y Europa. Forma parte de varias antologías entre las últimas:, Writing Toward Hope: The Literature of Human Rights in Latin America (Yale University Press, 2007); Memoria del VII Encuentro Internacional de Poetas en Ciudad Juárez (Chihuahua Arde: Ciudad Juarez, 2004); Mujeres como islas (Cuba: Unión y Feria del Libro Santo Domingo, 2003). Algunos de sus trabajos han sido traducidos al inglés, sueco, italiano, portugués, rumano, gallego y mixteca.