Miami
Estados Unidos
Año IX

 Nº 53/54

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

ENTREVISTA CON EL ESCRITOR CUBANO

ANTONIO ORLANDO RODRÍGUEZ

(GANADOR DEL PREMIO ALFAGUARA DE NOVELA 2008)

 

 

por

 

Maricel Mayor Marsán

 

     Antonio Orlando Rodríguez nació en  Ciego de Ávila, Cuba (1956). A los seis años se radicó con su familia en La Habana. Estudió la carrera de Periodismo en la Universidad de La Habana. Durante muchos años escribió programas dramatizados para la radio y la televisión, al mismo tiempo que desarrollaba su carrera literaria. Se dio a conocer en 1975, al obtener el premio nacional "26 de Julio" con el libro Abuelita Milagro. A ese reconocimiento siguieron cinco premios “Ismaelillo” de literatura infantil, en el Concurso Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). En 1985 publica su primer libro para adultos, la colección de cuentos Strip-tease, a la que sigue, cuatro años después, Querido Drácula. En 1991 se radicó en Costa Rica, donde fue asesor del programa nacional de lectura “Un libro, un amigo”, realizado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, creó la revista de literatura infantil Cuentaquetecuento y coordinó dos importantes proyectos para la Oficina Subregional de Educación de la UNESCO: el Taller Modular de Promoción de Lectura y la edición de los cinco libros de la colección Biblioteca del Promotor de Lectura. En 1994 se traslada a Colombia, donde trabaja como subdirector de la Fundación para el Fomento de la Lectura Fundalectura y concibe y edita los primeros números de la Revista Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil En Bogotá se vincula como dramaturgo a la compañía Mapa Teatro, para la que escribe la obra El León y la Domadora, estrenada en 1998 bajo la dirección de Heidi y Rolf Abderhalden, y publicada por Taller de Talleres. En Colombia participa en la fundación de la asociación Taller de Talleres y trabaja como profesor de escritura creativa en posgrados de distintas universidades. En 1999 se traslada a Miami, donde trabaja como periodista y escritor independiente. Su bibliografía incluye, entre otros títulos, libros para niños y jóvenes como Siffig y el Vramontono 45-A (Gente Nueva, La Habana, 1978); Cuentos de cuando La Habana era chiquita (Ediciones Unión, La Habana, 1984); El sueño (publicada por la editorial Artemis, en Ciudad de Guatemala, con el título Tiquiriquití, Tiquiriquitó, y ganadora también del premio internacional de novela infantil Artemis-Edinter 1991), Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo (Impresora Obando, San José, Costa Rica, 1993; Ediciones Rondalera, Caracas, 1994; Panamericana, Bogotá, 1999); Un elefante en la cristalería (Editora Abril, La Habana, 1991; Edilux, Medellín, 1994); Yo, Mónica y el Monstruo (Colina, Medellín, 1994); El rock de la momia y otros versos diversos (Alfaguara, Bogotá, 2005), La isla viajera (Panamericana, Bogotá, 2004), La maravillosa cámara de Lai-Lai (Panamericana, Bogotá, 2006) y Disfruta tu libertad y otras corazonadas (Libresa, Quito, 1999); las investigaciones Literatura infantil de América Latina (UNESCO, San José, Costa Rica, 1993), Panorama histórico de la literatura infantil de América Latina y el Caribe (CERLALC, Bogotá, 1994), Puertas a la lectura (UNESCO, San José, Costa Rica, 1992), y Escuela y poesía (Magisterio, Bogotá, 1997; Lugar Editorial, Buenos Aires, 2003), y la obra teatral Romerillo en la cabeza (Panamericana, Bogotá, 2006). Entre su producción más reciente se destacan las novelas Aprendices de brujo (Alfaguara, Bogotá, 2002; Rayo/HarperCollins, Nueva York, 2005, en español y en inglés, traducida como The Last Masquerade) y Chiquita (Alfaguara, Madrid, 2008), ganadora esta última del premio internacional Alfaguara 2008.


Strip-tease

 

     "La actualidad y utilidad de este libro, dentro de la perspectiva ética que defienden para él su autor y esta redactora, no se limita al alcance de una crítica de circunstancias, localista y superficial. Aquí, la universalidad, lejos de hacer abstracto el enfoque de los problemas, garantiza la profundidad con que estos se plantean y obliga a la seria meditación; sin desdeñar la presencia del elemento lúdicro latente en la mayoría de los cuentos.

     Por si aún faltaran razones para invitar a la búsqueda y disfrute de Strip-tease, no dejaré de celebrar la limpieza del lenguaje utilizado, su objetividad, su sencillez, y su ductibilidad, esa virtud de adecuarse al tema tratado que ilustra felizmente “Pierrot, Pierrot” con el uso de frases hechas para recrear una situación absurda de equívocos, y que se ratifica en la tensión interna –a nivel sintáctico– lograda en “Hipocampos”, un cuento tan elementalmente cruel."

 

Madeline Cámara

 A favor de un strip-tease

Revolución y Cultura

La Habana,Cuba

(Julio de 1986, pp. 76-77)

 

 

     "Strip-tease es una obra inusual. No sólo por ser la primera escrita por el joven narrador para los adultos, sino también –quizá lo más significativo– por presentar una temática poco abordada por nuestros escritores contemporáneos. Porque este no es un cuaderno de cuentos común y corriente. Aquí el humor negro y el absurdo, la sátira y la fantasía, se unen para ofrecer una imagen distinta del ser humano y del mundo."

 

 Fernando Rodríguez Sosa

Desnudos entre líneas

Bohemia, No. 32

La Habana, Cuba

(Agosto de 1986, p. 31)

 

 

Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo  

 

     "Cuando se traspasa la primera página del libro de Antonio Orlando Rodríguez, nos aparece ante los ojos un mundo inefable construido todo él por la maravilla y el milagro. Y es que el universo que la imaginación del autor descubre para nosotros, surge de ese territorio de magia que sólo es dable crear cuando la fantasía del hombre y su capacidad de fabular han conservado intactos los recuerdos de los caminos que llevan a las provincias en que vivió Alicia en el país de las maravillas. Pocas, muy pocas veces, un escritor logra franquear las fronteras que separan el mundo que habitamos del universo fascinante que únicamente los niños poseen y habitan a plenitud. Libros como Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo son inapreciables regalos que nos abren las puertas del intangible país de los sueños."

 

Félix Pita Rodríguez

Nota de contracubierta de la primera edición de

Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo

Impresora Obando: San José, Costa Rica, 1992.

   

 

Aprendices de brujo

 

     "Known for his children's books and for two short story collections, Rodríguez is a nomad with an impressive talent for impersonation. He was born in Havana, has lived in Costa Rica and Colombia, and currently resides in the United States. Aprendices takes readers to 1920s Bogotá, "The Athens of South America." Situated on a plateau enclosed by high peaks, the city was known as a keeper of the purest Castilian, as upheld by a handful of morose Catholic aristocrats. Rodríguez, a Caribbean by birth, seamlessly reproduces this dialect and the Bogotano psyche, capturing the dry wit that practically redeems the Bogotano's aloofness amid the city's eternal rain. His main characters, though, are rare and colorful exceptions in this Andean mausoleum: two gay dandies looking for ways to spend the fortunes forged by their families, both bastions of the country's conservative party. No project is too expensive or futile. After cautious consideration, the couple decides to cancel a trip to Luxor, Egypt, to check out how debonair the newly discovered mummy of Tutankhamen looks and instead travel to Havana to interview Eleonora Duse, the most elusive of aging divas and a rival of theater actress Sarah Bernhard. The two gentlemen are violently changed by their new Caribbean home as they immerse themselves, always sweating profusely, in its cutthroat artistic world, Bolshevik meetings, and Santeria spells. Rodríguez's Spanish is carefully crafted, his prose full of fine humor, and his plot complex and elegant. Strongly recommended."

 

Constanza Jaramillo

Revista Criticas

Nueva York, EE.UU.

 (15 de diciembre de 2005)

 


MMM A veces se nace con una vocación de escritor bien definida y en algunas ocasiones la inclinación se desarrolla de acuerdo con las circunstancias que se dan en la vida de cada individuo en particular. ¿Cuál es tu caso?

 

AOR Desde niño me gustó inventar historias, sólo que al principio no tenía claro a través de qué forma prefería materializarlas. Unas veces las dibujaba o las convertía en “películas” que luego exhibía con un proyector de vistas fijas. Otras, las “escenificaba” a través de los juegos con otros niños del barrio o mediante títeres (el teatro de títeres continúa ejerciendo la misma fascinación sobre mí). Y a veces, las escribía. Finalmente, descubrí que lo que mejor se me daba –y lo más acorde con mi personalidad—era la palabra escrita.

 

     No creo que el hogar fuera una influencia importante en mi vocación de escritor, pero sí el hecho de que, a partir de los seis años, empezaron a llegar buenos libros de literatura infantil y juvenil a mis manos. Tuve la suerte de que al lado de mi casa viviera una joven que era la secretaria de Alejo Carpentier –quien por entonces era el director de la Editora Nacional de Cuba. Ella, enterada de mi afición por la lectura, me regalaba todas las obras para niños y jóvenes que publicaban. En ese sentido, fui un niño privilegiado, pues pude disfrutar Los tres mosqueteros, Platero y yo, La isla misteriosa, Ivanhoe, La cabaña del tío Tom, Las aventuras de Guille y otros muchos títulos inolvidables. El descubrimiento del Departamento Juvenil de la Biblioteca Nacional José Martí, y de todos los tesoros que había en sus estantes, ratificó mi deseo de escribir historias. Allí leí los libros de Enid Blyton, Astrid Lindgren, Michael Ende, Tove Jansson, los cómics de Hergé y otros muchos creadores que alimentaron mi fantasía y el gusto por los personajes fuera de lo común y los mundos imaginarios.

 

     A los 14 años empecé a colaborar como guionista en un programa estudiantil que transmitía Radio Progreso, y unos años después me di a conocer en los círculos literarios cuando gané el concurso nacional 26 de Julio con mi primer libro de narrativa para niños, titulado Abuelita Milagro. De ese momento recuerdo una anécdota curiosa. Mirta Aguirre, la presidenta del jurado que premió mi obra, estaba convencida de que había sido escrita por alguien de edad avanzada. Se quedó perpleja cuando descubrió que el autor acababa de cumplir 19 años.

 

MMM  ¿Cómo fue tu experiencia de escritor dentro de Cuba? Cuéntame de tus logros en la Isla. ¿Qué libros publicaste?

 

AOR Algunas veces me han preguntado por qué empecé escribiendo cuentos para niños y me dediqué completamente a ese género durante los diez primeros años de mi carrera. La explicación es muy sencilla. Cuando escribí mi primer libro, hacía tres años que se había realizado el tristemente célebre Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1972. Como resultado de ese aquelarre, la literatura cubana adquirió un marcado sesgo ideológico, que afectó seriamente a muchos creadores y que, en el caso específico de la literatura, interrumpió durante varios años la publicación de obras de corte fantástico. De los autores jóvenes que se daban a conocer se esperaban libros explícitamente comprometidos con el proceso revolucionario y las editoriales privilegiaban las narraciones que hablaban de recogedores de café y de agentes de la seguridad del estado. Como esos temas no me atraían de manera especial, descubrí que la literatura infantil era algo así como el último reducto de la fantasía y decidí probar suerte en él. Afortunadamente, ese tipo de literatura siempre me había atraído y me sentí –y me siento—muy a gusto en él.

 

     Con el paso de los años, y después de ganar varias veces el premio nacional de literatura infantil Ismaelillo, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), varias personas empezaron a animarme para que probara suerte en el terreno de la narrativa para adultos, pero yo continuaba reticente; primero, porque me encantaba la libertad imaginativa y humorística que me concedía la literatura infantil; segundo, porque no me atraía la idea de escribir sobre temas en los que no me sintiera auténtico y cómodo.

 

     Sin embargo, un día mi amigo Alberto Batista Reyes, quien dirigía la editorial Letras Cubanas, me comentó que habían autorizado la publicación de los cuentos inéditos de Virgilio Piñera –un autor que llevaba varios años proscrito-- y me dio las copias mecanografiadas de los libros Un fogonazo y Muecas para escribientes para que los leyera y me decidiera a transitar a la narrativa “para grandes”. Sin duda, fue una jugada magistral de su parte. Semanas después me aparecí en su oficina con “Hipocampos”, mi primer cuento para adultos, se lo entregué y le dije: “¡Léetelo y dime si se puede publicar!”. Al día siguiente me llamó por teléfono y me dijo que siguiera escribiendo. Esos relatos se reunieron en Strip-tease, cuentos de mal humor, un volumen que circuló en 1985 y que tuvo críticas muy favorables. De ese libro tengo recuerdos muy variados. Algunos hermosos, como las llamadas que me hicieron Beatriz Maggi y Ezequiel Vieta –a quienes no conocía—para felicitarme y comentarme lo importante que les parecía que un autor de mi generación retomara la vertiente de la fantasía, el humor negro y el absurdo en la narrativa. O la tarde en que Pepe Rodríguez Feo me dijo, en la biblioteca de la UNEAC, que el libro le había gustado y que estaba bien escrito (en boca de él, ese era un elogio superlativo), y que estaba seguro de que, de haber podido leerlo, a Virgilio le habría encantado.

 

 

     En 1989 publiqué Querido Drácula, mi segundo libro para adultos, esta vez animado por Reynaldo González, quien se había hecho cargo de Ediciones Unión. A diferencia de Strip-tease, esta resultó una colección de cuentos menos amarga y desesperanzada, en la que los rasgos predominantes eran la mezcla de ciencia ficción y fantasía y un humor disparatado y burlón. La razón de ese cambio a un tono más lúdico la atribuyo a dos motivos: estaba enamorado y había encontrado a tres amigos escritores que tenían mucho en común con mi forma de entender la literatura. Eran Daína Chaviano –que había ganado el premio David de ciencia ficción con Los mundos que amo y acababa de dar a conocer los cuentos de Amoroso planeta--, y Chely Lima y Alberto Serret, quienes habían publicado Espacio abierto, una colección de relatos fantásticos y de ciencia ficción que dio mucho que hablar.

 

     Comenzamos a reunirnos en el pequeño apartamento que tenían Chely y Alberto en la calle Trespalacios, en Luyanó, y pronto esos encuentros se volvieron fundamentales para nosotros. Durante esas reuniones, que a veces comenzaban en la mañana y podían prolongarse hasta altas horas de la noche, leíamos y discutíamos nuestros manuscritos en proceso, hablábamos de mil cosas y comíamos los manjares que preparaba Serret. A menudo nos invitaban a dar charlas juntos en distintas ciudades del país y en uno de esos viajes nos hospedaron en una “casa encantada” donde fuimos testigos, durante dos noches, de una serie de fenómenos paranormales, episodio que más tarde Daína recreó, con un matiz humorístico, en su libro El abrevadero de los dinosaurios.

 

     Como hacíamos una literatura diferente a la que primaba en los años 1980, no tardaron en aludir a nosotros como un grupo literario. El crítico Salvador Redonet Cook nos decía “los fantásticos” o “los cuatro fantásticos”. Pero en realidad los cuatro éramos cinco, pues también formaba parte del grupo Sergio Andricaín, quien por entonces escribía reseñas de libros y trabajaba como investigador de temas literarios en el Centro Juan Marinello, del Ministerio de Cultura.

 

 Antonio Orlando Rodríguez, Alberto Serret, Chely Lima y Daína Chaviano en La Habana (1985)

 

     Nuestro grupo era muy hermético, una suerte de cofradía literaria a cuyas sesiones los “no iniciados” tenían prohibida la asistencia. Que recuerde, las excepciones fueron Alberto Batista Reyes y Madeline Cámara, quienes simpatizaban con nosotros y respetaban nuestro trabajo. Hay que señalar que nuestros textos eran obviados en las antologías dedicadas a la cuentística joven de la isla (solamente Madeline nos incluyó en una antología del cuento cubano contemporáneo que se publicó en México). Aun así, creo que nuestros libros ejercieron una saludable influencia en algunos nuevos autores que empezaron a salirse, también, de las aburridas historias de becados que saturaban el ambiente literario de los años 1980.

 

     Nos encantaba emprender proyectos colectivos, como una novela de fantasía en la que cada uno hacía, sin ningún tipo de planificación previa, un capítulo. En esa etapa escribimos conjuntamente, para la televisión, los guiones de la serie infantil Que viva el disparate e incluso la telenovela Hoy es siempre todavía (título tomado de un verso de Antonio Machado), que fue objeto de polémicas en periódicos por la forma en que presentaba las relaciones amorosas entre los jóvenes. Para cada uno de los miembros del grupo, fue un momento sumamente fructífero. Chely Lima escribió la novela de ciencia ficción Umbra (que, a pesar de haber ganado el Premio UNEAC, nunca vio la luz y hoy está perdida); Alberto dio a conocer los cuentos de Consultorio terrícola, y juntos hicieron las historias policíacas de Los asesinos las prefieren rubias y el libreto de Violente, la primera ópera rock cubana. Por su parte, Daína escribió Confesiones eróticas y otros hechizos y cuentos como “Nuestra señora de los ofidios” y “Ciudad de extraño rostro” (este último inspirado también en nuestras “reuniones secretas”). Yo escribí El Sueño, una novela para niños inspirada en motivos de la mitología afrocubana.

 

     Me he extendido al hablar de esta etapa porque fue clave para mi evolución como escritor y para reafirmarme en el tipo de literatura que quería hacer y que desde entonces he seguido haciendo. Para nosotros, esos encuentros eran una celebración de la libertad creadora. Solíamos decir, en broma, que el apartamento de Trespalacios era algo así como “La Zona” de la que se habla en la película Stalker, de Tarkovski: un lugar donde todos los sueños y los deseos podían convertirse en realidad y escapar de un entorno que con frecuencia nos resultaba gris y hostil.

 

MMM  ¿Por qué decidiste dejar atrás una carrera establecida en el mundo de las letras e irte en busca de otros horizontes fuera de la Isla?

 

AOR Voy a responder tu pregunta con un cuento que fue muy popular en Cuba en mi juventud. Un perrito ruso logra colarse en un avión y aterrizar en Nueva York. Allí se encuentra con un perro callejero que le dice. “¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurrió irte de tu país? Allá tenías un techo garantizado, comida, medicinas… Aquí no tendrás nada de eso”. A lo que el perrito ruso responde, con un suspiro: “Quizás tengas razón en lo que dices. Pero… es tan rico ladrar”.

Digamos que me fui a los 34 años de edad para poder crecer y ser realmente adulto, para librarme de la tutela de un gobierno que se empeña en tomar decisiones por sus ciudadanos, en tratarlos como si fueran eternos niños o minusválidos mentales. Que le repite a la gente desde que nace, una y otra vez, durante años y años, que no serás capaz de sobrevivir lejos de su ala protectora. Bueno, pues no sólo sobreviví, sino que logré seguir adelante con mi carrera literaria.

 

MMM  ¿Cómo ha sido tu experiencia de escritor fuera de Cuba? Háblame de tus más recientes publicaciones y del premio que acabas de ganar.

 

AOR En 1991 fui invitado a impartir un taller de escritura en la Feria Internacional del Libro de Bogotá y decidí no regresar a Cuba. Ese mismo año viajé a Costa Rica, donde tuve la suerte de conocer a Flora Marín de Sasá, quien entonces era la directora nacional de Cultura de ese país, y participé con ella en la creación de importantes proyectos, como la creación del Programa Nacional de Lectura “Un libro, un amigo”. También colaboré con la Oficina de la UNESCO en proyectos culturales para Centroamérica. En 1994 me fui a vivir a Bogotá, donde trabajé varios años, primero con Fundalectura y luego con la asociación Taller de Talleres.