|
Esta
ciudad no tiene compasión con nadie, aquí se levanta y se arrodilla
el mundo. Cada pueblo del orbe tiene a alguien que hace su vida en
esta Babel moderna, y que tal vez nunca volverá a su lar. Si acaso,
las memorias lo llevarán en un viaje de pasado conjugado, pero quien
viene, ha entregado sus raíces y su alma sin saberlo.
En New York se
generó el llanto moderno del mundo, el miedo en colectivo, la ira
muda, la rebelión del engendro que tumbó las torres gemelas y el
nuevo orden mundial ‘justificado’. Pero no fue allí donde nació el
dolor, cada uno podrá desgranar sus precios pagados al contar su
historia y con esos relatos podría llenarse las estanterías de la
nueva biblioteca de Alejandría. Pero hay historias de historias y la
esclavitud es una presencia viva en esta modernidad de siglo XXI que
podría provocar la resurrección del libertario Lincoln en su
mausoleo o desde la moneda de centavo con que le pagan a los
esclavos, quienes ponen el sudor sin conocer la Estatua de la
Libertad ni su práctica.
Manhattan en la
historia moderna constituye su esencia en el negocio, así desde que
fue comprada por un valor irrisorio a una tribu indígena en 1626.
Hasta hoy en que desde una estrecha calle se dicta la economía
formal del mundo y que tiende a derrumbarse a medida que se revelan
secretos de las grandes compañías. Al final se develará al mundo el
gran secreto: el dinero de la droga es el soporte moderno de la
infraestructura dictatorial de la calle de la pared, donde hay
personas con el poder que son miserables y hay personas con la
miseria que buscan cosas poderosas, por eso nadie sonríe en ese
sector sembrado para el dolor y el frío de alma. Esa es Wall Street.
Razón tenía Sinatra cuando decía que esta ciudad no duerme y además es libro
abierto, película viva. Si se levantan los velos de cada día,
descubrimos personajes invisibles que no afectan el paisaje, que
respiran bajo, que no hablan, que no tienen moda ni dependen de
ella, sin protagonismos, pero es igual su soledad a la del
millonario.
De cuando en
cuando mi atención se centra en algún ser no presuntuoso para darle
gusto al sociólogo que me habita. Analizo el comportamiento humano
en la búsqueda de recursos para sobrevivir en esta ciudad, y no
tanto con quienes tienen un empleo formal, sino con quienes inventan
en la calle lo que el sustento demanda, lo que la suerte permite. El
humanismo asumido de ser solidario con esa gente, no como la Madre
Teresa exactamente, más bien como un boy scout que hace en su buena
acción del día de vez en cuando.
Así fue una
mañana de otoño en que me disponía a salir y antes de cerrar la
puerta del edificio, vi a una anciana china recogiendo latas y
envases de la basura. Es un ser poco destacable en el ambiente
citadino al hacer su labor de reciclar. Muchos son seres silenciosos
como ella, son desamparados que sobreviven, casi ninguno tiene casa
pero la mayoría tiene carrito de supermercado. Justo un momento
antes, había visto que las canecas del reciclaje en el edificio
estaban llenas de latas y botellas. Invité a la señora a entrar para
que sacara lo que le sirviera y tímida en su gesto humilde, entró
desconfiada y le fue suficiente para sacar dos bolsas plásticas
grandes llenas de envases. En la puerta le dije que la próxima
semana podría volver por más. Estaba agradecida y al parecer me
entendió, pues en tono de voz muy bajo dijo gracias en mal inglés
con acento oriental. Después de esa acción, ella tomó su camino y yo
el mío, pero su mirada quedó en mi memoria.
Días después la
ví de nuevo hurgando canecas buscando su tesoro y me reconoció, me
saludó con una sonrisa acompañada de una venia. Su brillo de ojos me
dio inmensa alegría como recompensa, sentí enorme cercanía con ella,
algo fraternal y especial. Esa tarde de regreso a casa, ella estaba
en las máquinas de recolección de reciclaje en el supermercado de la
Avenida A y la calle 4, haciendo fila para cambiar por monedas los
envases recogido durante el día. En ese punto del East Village
confluyen dos escenas de mundos inmensamente opuestos; los
recicladores de pobreza enrostrada en larga fila y las mujeres
flacas que aparecen en portadas de revistas, divas con ojeras y
galanes en pose, que desfilan por la Avenida A como gatos perezosos.
A la semana
siguiente la encontré merodeando las canecas de la Avenida C y la
calle dos, cerca a la puerta de Umbrella House, nuestro edificio.
Me miró y la vi venir tímida, nos saludamos con reverencia y le
permití entrar a tomar los envases destinados al reciclaje, dinero
que esta sociedad de consumo y facilista tira a la basura para bien
de otro. Ya ella no desconfiaba de mí, en su mirada entre bondad y
petición me dejaba saber que volvería los días siguientes. Otra
mañana le ofrecí un té para aliviar el frío, ella agradeció con la
misma reverencia, con una sonrisa más llena y en una voz casi
silenciosa me dijo gracias, y se encaminó a entrar donde ya sabía
estaban las canecas. Ese día le entablé conversación, le pregunté de
forma afectiva cuál era su nombre, para después preguntarle dónde
quedaba su casa, si tenía familia. Un acercarse amable, un ganarme
su confianza.
−
Li Quiu. Dijo, con su acento de origen pero no le entendí
claramente, y al ver que no le capté en primera instancia, repitió
más lento, permitiéndome comprender su pronunciación deletreada: - L
i Q u i u. Lo pronunció y luego lo escribió en un pedazo de
periódico con un cabo de lápiz que sacó de su bolsillo. Le dije mi
nombre e igual lo escribí mientras se lo repetía e hice una
reverencia ante la dignidad de sus años. Desde esa presentación
sentí más fuerte la cercanía de nuestros espíritus.
Li Quiu carga un
palo sobre su hombro al estilo cantonés y de cada punta guinda una
bolsa grande donde echa las latas y un carrito de supermercado que
hala atrás de ella, donde lleva las botellas ordenadas por marca y
color del vidrio. Sus palabras han ido saliendo de forma amable con
el tiempo. Le señalé un lugar para sentarnos y ella se tomaba su
bebida mirando cada esquina del salón comunitario. La observaba en
su detención analítica, pero también trataba de hilvanar alguna
historia para hacerle tema y lo logré cuando le pregunté por sus
hijos. Me miró como preguntando o diciéndome: ¿por qué me pregunta
eso? Li Quiu rompió en un llanto silencioso, mirándome fijamente, y
yo viendo como se aguaban sus ojos certeros como flechas del
pensamiento, mirando a los míos ante la pregunta. Se congeló el
aire, en los párpados le bailaban lágrimas imposibles que derramó al
pasar sus dedos. Me acerqué más y le abracé su fragilidad de cuerpo
conmovido, sintiéndome culpable. Ella se quedó quieta ante mi
abrazo, tal vez confiada, tal vez, en una última entrega cuando no
se tiene nada más que perder. El momento se tornó sentimental. Mi
madre está en el cielo hace muchos calendarios, y esta mujer tal vez
de su edad, plena de soledad, y yo en mi orfandad que también es lo
mismo, la sentí muy maternal.
Fue ese acto el
paso a su voz un minuto después de un silencio crudo con eco de
catedral, donde retumbaba con el sonido nasal cuando ella tragaba
sus lágrimas y evitando que llegaran a sus ojos. Lo filial me
estremecía y de antemano quedó establecido que las señas ayudarían
al entendimiento. Cuando ella hablaba, lo hacía con actitud humilde
bajando la voz, se cubría la boca al hablar como básico gesto de
quien se defiende en idioma no propio. Los gestos ayudaban a sus
palabras en el contar y mi atención tenía los sentidos atentos.
−
No tengo amigos, sólo conocidos. Sigo el curso del sentido común y
la inteligencia, saber que lo visto una vez, es suficiente. Hablo
con poca gente, no conozco a nadie, sólo con algunos mercaderes del
barrio chino, sólo con algunos. Yo leo en los ojos el alma y por eso
confío en su buena voluntad, en su acogida al ayudarme. Le he de
contar mi historia pero ha de tener paciencia, a veces las palabras
por decir se me pierden o no las sé.
Parecía apenada, pero
no, era su ancestral respeto en la actitud. Yo sólo pestañeaba
cómplice en espera de su relato. Ella carga un pequeño libro
bilingüe de hojas amarillas y ajadas en el bolsillo de la falda
donde también guarda una pequeña libreta en la que escribe y
organiza las frases que le hacen más fácil la conversación.
−
Mi nombre
significa comienzo de otoño pero cargo un eterno invierno en el
alma, una pena como la nube más oscura, pero también hay una luz que
me lleva a luchar cada día y la forma más fácil es buscando el
dinero en la basura de esta ciudad, pero no es ambición. Tengo una
tarea inmensa de amor que debo de hacer, rescatar a mi hijo y esa
será mi otra libertad. El hambre y el frío son cuestiones mentales,
el amor todo lo debe hacer, por amor se podría caminar sobre el agua
o cruzar el desierto, esta es una pena que podré aliviar y pagar si
la vida me da días. Mi hijo volverá a mi lado y por eso ahorro cada
moneda lograda del reciclaje, la vida me da la comida en la basura
misma de esta ciudad donde todo sobra.
¿Rescatar a su hijo?
Pensé que había escuchado mal, mas seguí atento la historia sin
preguntar ni interrumpir, pero me caló hondo. No quise interrumpir
sus palabras con preguntas inoportunas. Li Quiu ponía su mirada
certera ante mis ojos con inmensa confianza, era imperativo que le
escuchara, pero sobre todo que la entendiera, esa era la fija
intención de su gesto. Ya su actitud en la mirada era certeza, con
un último aire miró al fondo de mis ojos, midió mi alma y exhaló
suave preparando el largo camino de sus palabras. La soledad de la
anciana habría de salir con una historia intensa después de este
preámbulo incitante a escuchar, y fui más silencio, pero trataba de
repetir en mi pensamiento las palabras que ella dijo “rescatar a mi
hijo”. Me quedé pensando sin perder el fino hilo de su voz, pero
llamando en alarma a todos mis sentidos para la comprensión, por lo
difícil de la comunicación, su acento, su tono bajo y sus silencios
suspendidos en el pensamiento triste.
−
Yo conozco la libertad hace cinco años y tengo setenta y cinco. Por
más de cuarenta años estuve pagando el precio de buscar la libertad
en América, trabajando como esclava para una organización muy
poderosa. Pensé que era fácil pagar el viaje y que era cierto lo
del dinero en América. Tenía yo 32 años al llegar a San Francisco,
cuando pisamos el puerto era abril del año 1966. Dejaba atrás un
hijo vivo, Xiao Han
−mi
pequeño frío−
y otro bajo la tierra, Shuang Jiang
−mi
caída de escarcha−,
ambos de mi vientre y la vida. Durante el establecimiento de Mao Tse
Tung tuve una historia de dolor que me hizo pensar dejar mi pueblo.
Vi matar a mi padre y a mi joven esposo a manos de las tropas por
no unirse a ellas. Crecí con rabia y con ganas de irme lejos donde
el camarada Mao no tuviera poder, donde los oídos del pueblo no
fueran los de él, donde las voces no fueran para él, donde no
tuviera que marchar con las Juventudes que alabaran a quien mató a
mis amores.
De nuestro
pueblo se habían marchado muchas personas con un hombre que ofrecía
otro futuro diferente al comunismo. América, el otro lado del mundo
donde el poder de Mao −decían−
no llegaba y que además, había mucho trabajo. Supe que un grupo iría
en un siguiente viaje, Había dos opciones y dos precios: se pagaba
la mitad antes de salir y se pagaba la otra mitad con trabajo al
llegar al destino. Eran como treinta mil dólares o se pagaba todo
con trabajo al llegar y por ende, era de más dinero la deuda,
cuarenta mil dólares de ese tiempo. Yo no sabía cuánto era eso y qué
sacrificio tendría que hacer. Era mucho dinero pero era más el dolor
quedarme, además, cualquier otro horror sería poco para mi pena y me
atreví sola. Tomé la segunda opción. No veía futuro, tenía miedo,
dolor, rabia y ganas de huir para aliviarme. Madre juraba morir en
el pueblo y con ella dejé a ‘mi pequeño frío’ y le encargué flores
para mi hijo muerto un año antes de mi viaje. Dejaba un infierno
conocido para arriesgarme en otro desconocido. Si hubiera sabido lo
que me traía la historia, me quedo a morir en mi tierra.
Después supe cual
era el nombre de la ciudad donde estaba, San Francisco. Trabajé por
siete años en una lavandería en el centro de la ciudad. Largos
turnos de muchas horas en pie soportando las altas temperaturas de
los vapores de aplanchado, humillaciones y encierro de los jefes.
Dormía únicamente cinco horas en una casa donde estábamos muchos
del mismo pueblo que habíamos llegado juntos en el barco, pero no
todos trabajábamos en el mismo sitio. Nos veíamos sólo en las
noches. Era un cuarto de ventanas cubiertas y de aire denso de
angustias y respiraciones. No nos permitían mirar el mundo de
afuera, ni salir a la puerta, únicamente nos permitían ir al patio
y siempre hablar en voz baja, pero a esas horas hacíamos Tai Chi
para ejercitar el cuerpo, el alma y para resistir los duros días.
Dormíamos en grupos de 10 sobre colchonetas en el piso de cada
cuarto y en la casa vivíamos como 80 esclavos, pues en el día otra
gente dormía allí. El sueño cada noche era máximo de cinco horas y
nos permitían tener un bulto pequeño con poca ropa. Nos prohibieron
hablar o acercarnos a los norteamericanos blancos o a otra gente. De
cuando en cuando escuchábamos conversaciones entre los vigilantes
donde decían que alguien escapó y que inmediatamente habían
asesinado a todas sus familias en nuestro pueblo. Ellos mismos
golpeaban a alguno de nosotros para intimidarnos. Aquel que se
atreviera a preguntar por el pago, también era golpeado y le
advertían severamente. Cuando nos dejaban saber que nos habían
pagado, nunca nos decían cuanto, ellos tomaban el dinero por
derecho. Nos anunciaban cuanto debíamos, no cuanto habíamos pagado.
Y nos advertían que nadie se podía enfermar.
Al cumplir un año
recibí mi primer billete de 20 dólares para comprarme ropa y eran
ellos quienes traían a los vendedores de mercancía. Cuando pedí
mandar dinero a mi familia, eran ellos los que decían cuanto y
supuestamente, entregaban el dinero. Esos años fueron una
alucinación de mundo raro, inventar los paisajes escondidos y
valerme de mi propia soledad, los dientes se me gastaron de
apretarlos en las pocas horas que podía dormir cada noche y de
humillación durante el día, inmensa escuela de vida.
La noche del 31
de diciembre del año 1999 me dejaron abandonada en la calle 54 y
Broadway en Manhattan. Yo no conocía la gran ciudad. Había un mar de
gente que celebraba con pitos la llegada de ese nuevo año. Los
avisos de luces y colores que nunca había visto en mi vida, parecía
una fantasía. Nunca supe de qué lugar me trajeron, pero era de noche
y recuerdo que cruzamos un puente con un río muy ancho. Esa noche vi
caer la bola luminosa que anunciaba el año 2000 y era grande mi
sorpresa ante los gritos de tanta gente, que me quedé petrificada,
no me di cuenta que no estaba vigilada, ni lo estaría nunca más,
nunca. Cuando me bajaron del carro y arrancaron sin mí, sentí pánico
y mucho frío, no por el invierno, sino por sentirme perdida ante el
mundo.
Y estuve perdida
por muchos días en la ciudad, buscando todo y encontrando nada.
Comiendo de las canecas de basura. Me daba miedo la policía, las
sirenas que tanto suenan, las calles. Miedo de pasar por
restaurantes chinos y lavanderías, no me atrevía a hablarle a ningún
paisano, mas sin embargo, con miedo y todo, quería encontrar el
barrio chino, que sabía que existía y allí encontraría información
sobre el tráfico de gente, porque ellos tienen a mi hijo Xiao Han.
Yo veía como
muchos paisanos recogían latas y botellas de las canecas y empecé a
hacer lo mismo sin saber cuáles sí y cuáles no. Aprendí cómo se
cambiaban en las máquinas de los supermercados y así he vivido por
cuatro años. Mucha gente ha tenido compasión conmigo en el barrio.
Desde que llegué me han permitido dormir en una cama de cartones en
una bodega. Al amanecer debo salir de la bodega y voy al parque a
practicar Tai Chi. Tan pronto son las nueve de la mañana, paso a la
librería de Chatham Square
en el barrio chino donde leo periódicos de mi país, diccionarios y
mapas. He mirado donde queda Boston en Massachussets, pero aún
tengo miedo de ir hasta allá.
−
¿Por qué Boston? Pregunté.
−
Allá tienen a mi hijo Xiao Han. Me lo han dicho dos personas que
huyeron de la organización. Dijeron que mi hijo trabaja en un
restaurante, es quien lleva las entregas de comida a domicilio, pero
no supieron decirme en cual y no encuentro cómo empezar la búsqueda.
Esta vida ha sido difícil, muy difícil, pero aún tengo razones para
la lucha. No se cómo llegar a Boston pero quiero ir.
Dicha esa última
palabra, se llevó la mano al pecho como si la historia fuera puñal,
se puso de pie, tomó sus bolsas llenas de latas, hizo su reverencia
agradecida y encaminó sus pasos a la puerta de salida. La acompañé,
de nuevo nos hicimos la reverencia, pero esta vez le estiré mi mano
abierta, ella se sorprendió pero estiro la propia y planté un beso
en su maltratada piel. No tenía yo palabras e innato me salió ese
gesto que resumía el compromiso que mi alma tomaba ahora con la
historia de ella. Una reverencia más y se fue caminando a pasos
cortos. La observé alejarse cruzando la calle 3 a lo largo de la
Avenida C, con sus bolsas y carruaje llenos, sin detenerse a
escarbar en las canecas de la esquina. Podría jurar que sentí
nostalgia.
Ese día la
historia caló hondo en mí, lo personal pasaba a un segundo plano,
por asuntos de heredad al ver en casa que mamá era mano tendida para
el plural necesitado y ésta era una ocasión para extender su legado.
Afortunadamente mis deudas estaban al día, mis compromisos laborales
igual, el tedio del intenso verano rondaba y la emoción de esta
historia, que me llama, que me lleva. Desde ese instante sólo
buscaba imaginarias soluciones, proyectaba mil reencuentros entre
madre e hijo, urdí planes al mejor estilo de espionaje, combatí y
fui atacado imaginariamente por chinos expertos en karate, otros me
disparaban y al ver esas escenas (en las que yo perdía) desistía de
combatir. No era viable ni imaginariamente la violencia. Pensaba
nombres de posibles cómplices para ir al rescate de Xiao Han en
Boston, pero de una forma astuta, sin arriesgar mi integridad ni la
de nadie. Si, así es, pensé, y a partir de ese punto me comprometía
con la historia de Li Quiu y Xiao Han como si fuera propia.
Las ansias por
desarrollar el plan y la historia consumieron las horas de los
siguientes días en que busqué en Internet las direcciones de
restaurantes chinos en Boston y sus alrededores, copié los mapas de
ubicación, llamé a unos cuantos conocidos que viven en esa ciudad, a
quienes conté mi plan sin comprometerlos, pero terminaron por
animarme a ese acto, ofreciendo sus colaboraciones. Me reía a solas
fraguando el plan, llevando a cabo este cambio en mi vida, esta
buena acción de boy scout solitario, con la certeza de
obligación dictada al subconsciente. Además hijo de detective y
siendo escritor, algo me llevaba cada vez más a comprometerme en la
historia. Cuatro días después ya era una certeza que me iría a
Boston, los amigos de allá habían asumido con gusto la tarea, me lo
confirmaban en mensajes y llamadas. En mi mente tarareaba la música
de la película “misión
imposible” riéndome en incertidumbre optimista.
En la tarde salí
por el barrio a otear a Li Quiu, para hablar con ella y dejarle
saber que no estaba sola, que ya tenía un plan para ir a buscar a
Xiao Han. La encontré en la Primera Avenida con calle once, su
pequeño cuerpo se veía arqueado en unas canecas de basura; diminuta
y casi invisible ante la prisa de la ciudad. La observé
detalladamente, ella me vio bajo su brazo estirado e inmediatamente
se enderezó haciendo una sonriente reverencia.
La invité a tomar
un café sentados en el Tompkins Square Park, le expliqué el plan y
le pedí que en caligrafía china me escribiera el nombre de su hijo
en una hoja de papel con una frase que él pudiera reconocer como de
su madre. Ella me miraba sorprendida y lo mostraba en su rictus. Sus
ojos tenían mil preguntas, mil vislumbres, su mente vertiginosa se
leía en su suspendida humanidad. Tomó mis manos entre las suyas,
masculló para sí antes de sonreír y aceptar casi incrédula. Toda
ella era emoción y ese instante justificaba la vida.
−
Él tiene
cuarenta años. Lo dijo como única seña y tomó el papel donde
escribió: Shuang Jiang es una flor en nuestro corazón. En
otra hoja le pedí que escribiera el nombre de su pueblo, de su
abuela y la fecha de su nacimiento. Y una tercera que decía:
Estos amigos te traerán a mí. También le tomé una foto a Li Quiu
en la que se veían sus ojos plenos de esperanza y de fondo se ve la
pequeña rotonda de las cuatro bondades. En otro papel le escribí a
Li Quiu mi número de teléfono y le advertí que regresaría en 5 días.
Que desde su corazón alimentara la ilusión optimista y que hablara
con su Buda desde el espíritu.
Ese fin de semana
tomé camino a Boston, habiendo previamente citado a mis amigos en
casa de uno de ellos donde me hospedé. Ya les había contado en
resumen la historia, claro, contada por teléfono con la prisa
comprometedora de la emoción y respaldado por los amigos al ser
consecuentes. Otra cosa sería confrontar el plan, pero la confianza
era plena en la amistad. Además, no citaba gente cuadriculada, no,
cité amigos que tenían por cualidad, soñar imposibles humanistas.
Aunque esos amigos tienen diferentes oficios, esa parte del
humanismo nos hace común y plural de los amorosos. Por eso los
convoqué.
A mi llegada hice
la confirmación en sus ojos, todos teníamos ganas de completar esta
historia de amor. Aunque Li Quiu me dijo que le habían contado que
su hijo estaba en Boston, eso no era certeza, solo era una pista, y
aunque esto era jugar a lo incierto y eso lo hablamos, lo haríamos.
Asumimos que la información era verdadera. Cada quien había ideado
un plan, nos contamos las tácticas y al final, el plan que trazamos
era sencillo aunque tal vez costoso. Trabajaríamos en tres frentes,
desde casas ubicadas en diferentes sectores de la ciudad. Yo había
hecho copias de los avisos en chino que escribió Li Quiu con las
frases.
Por supuesto se
necesitaba dinero para costear la investigación y tal cual un
director de cine novato que gasta sus ahorros en su primer rodaje,
cuando nadie cree en él, así hago yo, esta es mi película, sin
celuloide, una película viva. Mis ahorros que tal vez me iban a
llevar a viajar por Europa, cambiaron su destinación. Dos mil
dólares para inventar la quimera.
El
procedimiento sería así: se pediría servicio a domicilio a los
diferentes restaurantes chinos del área, al llegar el mensajero, se
le pondría conversación y se le preguntaría su nombre, si nos
parecía cercano en su pronunciación a Xiao Han, le enseñaríamos el
primer cartel: Shuang Jiang es una flor en nuestro corazón y
en caso de que hubiera alguna señal de comprensión o cercanía del
nombre o reacción favorable, le enseñaríamos el segundo cartel que
dice: Song Xiulian
−nombre
de la abuela−
Hopéi
−nombre
de su pueblo−
y el último con la fecha de nacimiento del muchacho según el
calendario chino, todo escrito en caligrafía china por supuesto.
Esa tarde hicimos
la prueba del plan, ordenamos un servicio a domicilio como nuestro
primer intento y para observarla forma de acercarnos al mensajero,
pues a veces son temerosos de quien les habla al no comprender el
idioma o por intimidación natural. Por eso debíamos ser cautos en
el trato. Al llegar el mensajero, abrí la puerta, le invitamos a
entrar señalando la mesa para que pusiera allí el pedido,
brindándole confianza y así tener al personaje adentro de la casa,
pues en la puerta puede asustarse y huir escalas abajo.
Era un muchacho
joven que no se parecía al buscado, mas sirvió como primera
práctica. Le sonreímos y le hicimos preguntas sencillas como de
dónde en China había nacido, su nombre, cuánto tiempo llevaba en
Estados Unidos y con esa pregunta nos miró a los ojos a todos,
entregó el cambio y se dirigió a la puerta. Nosotros le dijimos que
también éramos inmigrantes nacidos en otros países como él, tal vez
entendió, pero sonrió y diciendo bye, se fue.
Esa noche hicimos
pedidos a otros cuatro restaurantes, con cuyos mensajeros intentamos
varias formas de tomar la información y nos fuimos dando la idea de
cómo acercarse a ellos. Ese fin de semana era largo, apenas viernes
y el lunes era feriado. Al sábado se abrieron los tres frentes de
búsqueda. Uno en Cambridge, que era el punto más lejano. Otro punto
en Boston Harbor y el tercero en el propio
centro de Boston. Pasaron esos cuatro días y no se dieron
resultados, pero íbamos tejiendo una gran amistad y cuando a las
amistades se les suman que tienen causas en común, es lazo duro de
separar.
Uno de los amigos
cómplices tuvo la genial idea de invitar para la próxima vez a
algunos compañeros de universidad, chinos, de pensamiento liberal y
veía la posibilidad que ellos cooperaran en el plan. Para el
siguiente fin de semana en que yo pudiera estar los citaría, pues
debía de regresar a New York. Quedó planteada la idea, él hablaría
con ellos y de verdad que nos daba una casi certeza de que lo
harían. Las comidas de esos días, las regalamos a los desamparados
que caminan por algunas calles de la ciudad universitaria atestada
de turistas.
Al viernes
siguiente y habiendo resuelto mis asuntos, regresé a Boston, nos
reunimos y tres universitarios orientales se sumaron al grupo. Eran
de primera generación nacida en Estados Unidos. Uno de ellos contó
que su padre fue esclavo por muchos años en el mismo sistema. Los
tres estaban enterados del plan y dispuestos. Dos de ellos hablaban
mandarín y el otro mandarín y cantonés. Eso nos llenó de optimismo
pues facilitaba la tarea y sin perder tiempo nos repartimos a cada
lugar de búsqueda.
El listado de
restaurantes iba reduciéndose en posibilidades en la ciudad de
Boston, mas con la ayuda de los traductores en la puesta en escena,
no importaba repetir los anteriores, para tener mayor certeza. Y
digo puesta en escena, pues asumíamos a cada mensajero de
restaurante con la naturalidad simple que conlleva pedir comida a
domicilio. Era constante la comunicación telefónica con los otros
buscadores de Xiao Han. La expectativa de todos era más alta, pero
también estaba la posibilidad de que lo tuvieran en las lavanderías
y eso ya sería demasiado. Es más, no era certeza que estuviera en
Boston, sólo esa ínfima razón que le dieron a Li Quiu, sin tener en
cuenta las otras pequeñas ciudades de
Massachussets. Era una búsqueda esperanzadora en la quimera,
una terquedad mía por ser solidario que encontró cómplices. Tuve
flaquezas ante lo incierto pero nunca se lo dejé saber a los otros.
Las tardes se iban viendo películas, conversando, leyendo, tejiendo
estrategias y haciendo chistes como: ¿quién ha visto el entierro de
un chino? ¿Nadie? De ahí viene la carne de la comida china.
Ese fin de semana
tampoco hubo suerte y aunque los demás debían de retomar su vida al
lunes siguiente, el espíritu de todos estaba arriba, optimista, con
un halo que nos decía que sí, que era posible. Todos estábamos
comprometidos con la promesa, hasta de los amigos locales, de
seguir intentando en los ratos libres. Ya era una causa colectiva y
eso nos ofrecía optimismo. Esa semana estaría yo en Boston,
persistiendo con los amigos en sus ratos disponibles.
Al miércoles se
presentó una señal. Uno de los mensajeros que fue a una de las
casas, dio muestra de sorpresa en su conversación con Jim, uno de
los chinos nuestros y dejó una sensación de cercanía, por la
provincia de origen, por su gesto a decirle el nombre Xiao Han y por
su cooperación. Suficiente fue el entusiasmo de los compañeros de
gesta para hacerlo volver con otro pedido, pero ya con instrucciones
de cuidado al mostrarle las tarjetas con los mensajes y mientras
llegábamos los demás que inmediatamente nos pusimos en camino.
Estando
reunidos y con ese aliciente, reinaba aire de optimismo. Ordenamos
comida al mismo restaurante del mensajero que brindó la opción y
parecido. Llegó el hombre y los chinos le bromearon como viejos
amigos, le brindaron una cerveza
−cosa
rara que hubiera aceptado−
y como hablaban en su lenguaje, los demás no entendíamos. Pero
cuando vimos que en la charla los chinos sacaron la primera tarjeta
de las palabras claves, sentimos que el camino se abría. Le
mostraron la primera, hablaron un no sé qué e inmediatamente ellos
nos tradujeron. Él conocía a alguien que se llama así Xiao Han,
tiene como la misma edad del buscado y trabaja en otro turno del
mismo restaurante.
Aunque estaba
asustado el hombre por los giros de la conversación y presintiendo
problemas, se puso nervioso. Quiso marcharse pero su curiosidad
delatada lo hacía quedarse un poco más. Él veía como los chinos
nuestros iban traduciendo y preguntaba en su lenguaje, qué de qué se
trataba, hasta que decidimos contarle la verdad. Ninguno de nosotros
tenía maldad en la mirada, ni éramos policías y eso lo leyó él, por
eso le fue dicha la verdad parcial, sí, la verdad escueta, pero sin
la intención final. A esa altura era más fácil ponerlo de nuestro
lado si la posibilidad era cierta, o perderlo si no lo fuera. Y le
contamos la historia de una madre, Li Quiu que busca a su hijo. Se
le narró con todo el dramatismo real de la angustia de la viejita
para conmoverlo.
Se le enseñó la
segunda tarjeta y le sorprendió el nombre del pueblo Hopéi, aunque
no el de la abuela. Y lo dijo como un pensamiento en voz alta que
nuestros amigos tradujeron:
−
Ese es mi
pueblo. Y se tornó sensible.
Aunque nos miraba
con alguna desconfianza, había cosas en la historia que le hacían
permanecer. Lo último era mostrarle la tercera tarjeta, aunque su
nombre no era Xiao Han, se la íbamos a enseñar.
Él le puso
suspenso a la acción y nos pidió que le esperáramos hasta que
saliera de su turno, que regresaría, pues tenía otras entregas por
hacer y como él ya era veterano, la mafia china ya no lo cuidaba
tanto. Le esperamos haciendo mil conjeturas, pero siempre con el optimismo
en alto, invocando a la suerte y hasta el I Chin
fue tirado con la pregunta respectiva. ¿Y sí volviera con un grupo
de mafiosos a preguntarnos el por qué o para qué buscábamos a Xiao
Han? ¿O, si simplemente no regresara el mensajero? Todo lo que
estaba en contra
era posible, en la misma medida que lo posible estaba a favor, y esa
era la parte que nos correspondía, ser optimistas, creer que lo
lograríamos, según lo decía el libro de los designios.
El hombre llegó
dos horas después. No hubo necesidad de pedir más órdenes. Llegó en
su bicicleta, la amarró en el poste de enfrente del edificio y por
la ventana le vimos entrar. Traía otra disposición más confiada,
más amigable. Nos confesó que la historia de nuestra búsqueda lo
tenía a mil revoluciones por minuto, pensando mil cosas, pero que
sabía que no éramos malos. No más entró, le brindamos otra cerveza
como muestra de confianza, y para que soltara la lengua. Todos los
buscadores éramos manojos de ansiedades. Estaba tan cerca la
respuesta que era eterno el protocolo que él hacía.
Dijo,
después de mirarnos a los ojos, que la historia que le habíamos
contado se parecía tanto a la de un compañero y paisano, que estaba
casi seguro que era a él que nosotros buscábamos. La historia de su
amigo Xiao Han era tan parecida, que confesaba estar muy
sorprendido. Su amigo le había contado en las noches de encierro y
en los días de trabajo, que su madre había viajado ese año 1966 y
que la razón de su viaje después de muchos años, era encontrarla.
Xiao Han
−el
hijo−
había llegado en 1989 a los Estados Unidos, pero su búsqueda que era
cautelosa e intimidada ante esa mafia, no le había dado resultados
por la ley del silencio de todos. Dice que tiene como 40 años más o
menos y que un hermano suyo había muerto pequeño y a su padre lo
habían matado los ejércitos del camarada Mao.
Eran demasiadas
conjeturas iguales como para tener dudas. Era él. O si no, era un
gran intento y un tratar la suerte, pero todo indicaba que ese
hombre era el personaje, el hijo de Li Quiu.
Xiao Hong era el
nombre del mensajero, nuestro nuevo aliado, y por fonética su nombre
sonaba muy parecido, era él la clave, lo sabíamos, lo sentíamos,
estábamos seguros. Pero nos tocaría esperar hasta el día siguiente a
que fuera a trabajar y pudiera hablarle en máximo secreto al otro,
al nuestro, al de Li Quiu. Acordamos que al otro día le preguntaría
el nombre de su abuela y sí era el mismo que veía en nuestro papel
en caracteres chino, le diría que sabía donde estaba su madre, pero
debía controlar las emociones, para evitarse problemas con los
patrones. Una cerveza más y algunas otras recomendaciones de
nuestra parte. Estábamos tan cerca tanto, que sentíamos estar en el
libro del universo en el renglón correcto.
Esa noche nos
dispusimos a celebrar por anticipado, a la vez que trazábamos el
plan final. Nos hacíamos un recuento de esta experiencia y nos
sentíamos invictos pensando que todo se dio tan fácil, pero faltaban
sorpresas.
Esa noche,
pasadas las doce, sonó el timbre. Nos miramos todos y el anfitrión
se sorprendió, mas se dispuso a abrir por el intercomunicador. Al
preguntar quien era, le respondieron que era Xiao Hong. El volteó a
decirnos que era el mensajero que había regresado. Que entre le
dijimos en coro, pero en esas instancias de tiempo pensamos que
también era posible una trampa. Tal vez lo descubrieron o él contó
de nuestro plan. Cuando sentimos abrir el ascensor del piso, eran
más de dos pasos los que venían hacía nuestra puerta. Había tensión
en la sala. Todos estábamos alerta. Qué extraño que hubiera
regresado. El anfitrión miró por el ojo espía de la puerta e hizo
señas de que eran dos hombres. Alerta, muy alerta estuvimos en esas
fracciones de segundo.
Se abrió la
puerta y era Xiao Hong con otro chino, ya mayor. Hubo silencio. Xiao
Hong sonrió, el, otro hombre estaba serio, como asustado. Xiao Hong
dijo certero:
−
Él es
Xiao Han.
Todos lo miramos
llenos de dudas. El hombre olía a aceite, a vaho de cocina. Xiao
Hong contó que tan pronto llegó a su casa se encontró con Xiao Han y
no pudo resistir comprobar si era él y bajo la excusa de ir a
comprar cigarrillos, pudieron salir de la casa vigilada. Cuenta que
le preguntó el nombre de la abuela y era el mismo, el pueblo, el
nombre de la madre, todo, todo era lo mismo. Él contaba emocionado y
nosotros escuchábamos la traducción. Xiao Hong le dijo en su
lenguaje a Xiao Han y este sacó de su bolsillo una pequeña
fotografía en blanco y negro de su madre, envuelta en un plástico y
nos las enseñó. En ella aparecía una joven mujer con mirada triste
mirando de frente con gesto incierto. El hombre parecía no entender
nada y estaba muy sorprendido. Por lo tanto, y para tener mayor
certeza, le enseñamos el primer cartel: Shuang Jiang es una flor
en nuestro corazón.
−
Así se
llamaba mi hermano.
Nos emocionamos
mucho, no tanto como él, pero era de tacto la escena. Le enseñamos
el segundo cartel que dice: Song Xiulian que es el nombre de
la abuela y debajo dice Hopéi que es el nombre del pueblo.
Inmediatamente reaccionó ya sin controlar su emoción y cuenta que su
abuela murió cinco años después de la partida de su madre, habiendo
quedado en la más ínfima soledad y su vida se tornó en miseria.
Nuestros amigos traductores, le escuchaban y casi al unísono iban
repitiendo en inglés sus palabras que nos estremecían a todos.
Fui hasta mi
maleta y saqué la foto reciente que le tomé a Li Quiu para
compararla con la exhibida por el hombre. Pusimos ambas fotografías
sobre la mesa y si, aunque habían muchos años entre una y otra,
parecía ser la misma mujer. Hicimos comparaciones y Xiao Han tomó la
reciente que estaba en colores e inmediatamente se puso a llorar y a
decir en su lenguaje:
−
Es mi
madre, es mi madre.
Faltaba la
tercera carta. La que tenía la fecha de nacimiento del hijo según el
calendario chino, todo escrito en caligrafía china por Li Quiu. Y
esa fue la ratificación cuando él sorprendido dijo:
−
Esa es mi
fecha de nacimiento.
Lo abrazamos y
nos abrazamos, sonreíamos. Xiao Han era imparable en su llanto y a
todos nos besaba las manos. Se fue a un lado del grupo y sobre la
mesa de la sala puso la foto, se hincó con sus manos juntas y
mascullaba entre su llanto lo que parecía una oración. Era
conmovedor a lo máximo el cuadro. En ese momento le extendí la
cuarta y última carta, la que reza: Estos amigos te traerán a mí.
El hombre se abrazó a mi cintura mientras salía un mar por sus ojos
y de su boca salía un tímido “yes” que reafirmaba con su cabeza. Él
también creyó. Le alcé de sus hombros, lo abracé y aunque no
entendiera mis palabras si no el sentimiento, le dije que pronto
vería a su madre. Ya no tenía dudas, habíamos encontrado al hijo de
Li Quiu, su ‘Pequeño frío’.
Estábamos aun
eufóricos cuando escuchamos a Xiao Hong decir algo con su rostro
adusto, serio. Miramos a los traductores como esperando la
traducción y no se hizo esperar: él también quería huir. Nos miramos
todos y era el llamado a un plan no esperado. ¿Qué podíamos hacer?
Él se estaba jugando su libertad y su vida al ayudarnos a develar
este encuentro. Su aparición fue providencial y decisiva, ¿cómo
decirle que no? En ese momento la decisión también me afectaba a mí,
pues el plan final era llevar conmigo a Xiao Han al encuentro de su
madre, pero ¿qué hacer con Xiao Hong?
Todos opinamos,
dimos muchas opciones pero sólo había una, llevarlo conmigo a New
York. Si se quedara en Boston sería fácilmente hallado por los
patrones y quizás los castigos no serían leves. Xiao Hong estaba
decidido y una vez más nos sorprendió. De la costura de su pantalón,
empezó a sacar rollos de billetes que iba guardando a través de los
años de sus propinas. Nos ofrecía el dinero y repetía que quería
irse con Xiao Han y conmigo. ¿Qué hacer? Pues lo decidido. Nos
iríamos los tres a New York.
−
Arrancamos en media hora. Dije y todos estuvieron de acuerdo. No
había tiempo que perder ni coincidencias raras para esperar. Nos
dimos un abrazo colectivo para celebrar el hallazgo, para desearnos
suerte y para agradecerle a la vida esta oportunidad. Algunos amigos
les regalaron ropa a Xiao Han y a Xiao Hong y a cambio, ellos, los
rescatados, sacaron las llaves de los candados de sus bicicletas y
se las dieron a los amigos bostonianos. Acto noble de
agradecimiento. El carro tenía suficiente gasolina como para llegar
a nuestro destino sin parar y era la una de la mañana.
En el trayecto,
ellos miraban el paisaje como dejando una huella de sus ojos en lo
mirado. Sorprendidos se tomaron de las manos cuando les señalé las
luces de la gran ciudad. Sus gestos eran de sus infancias, ese
descubrir que asombra. Antes del amanecer estábamos entrando al
edificio donde vivo. Ya sintiéndonos a salvo, nos dispusimos a
dormir algunas horas antes de ir a buscar a la mamá, a Li Quiu.
Al despertar, los
Xiao ya estaban sentados en la sala. Hicimos café, tostadas y
huevos, y de una vez les conté el plan a seguir. Esta vez el
traductor era Xiao Hong. Yo iría a buscar a Li Quiu por las calles
del barrio y la traería a casa. Así de sencillo. Ellos me
esperarían.
Esa mañana salí a
la Avenida C con aire de ganador, con la sonrisa del secreto a
solas. No hube caminado tres cuadras cuando la divisé en la esquina
de la Calle 5 y la Avenida B frente a la escuela. Como siempre,
escarbando en las canecas, encorvada, pero esta vez la ví luminosa,
su vida tendría vida. Quise llorar trémulo de emoción a unos cuantos
pasos de ella. Quise evitar un llanto ya impulsado y como si me
presintiese, tornó su cuerpo en mi dirección, tal vez vio mi sombra,
tal vez el cosmos que la cuida llamó su atención y me miró. Se
irguió sonriendo, quitando de sus manos unas bolsas plásticas que
hacen las veces de guantes y me esperó los pasos que nos separaban.
Yo sonreía aún con mi leve llanto y eso fue suficiente para su
comprensión. Sin palabras la abracé y le dije:
−
Lo he
hallado, encontré su ‘Pequeño frío’, su Xiao Han.
Su reacción fue
mirar alrededor como buscándolo y me preguntó como si no fuera
cierto lo que escuchó:
−
¿Qué me
dijo?
−
He
hallado a Xiao Han. Quiero que me acompañe a casa a mostrarle algo.
Se tornó
nerviosa, las ansias que fueron pasivas todos estos años, se
desataron en ella. Miró de nuevo al rededor pero ya ubicándose en el
mapa con dirección a mi casa. Y caminamos a su paso. No le adelanté
nada de los hechos, sólo le dije que ese era un gran día y que yo
estaba muy feliz. Dejamos su carrito de recolección en el primer
piso y subimos los tres pisos, paso a paso como en un vía crucis. Mi
emoción también era un trepidar, era un goce que aún al escribir la
historia me eriza los vellos y mi mueca se dibuja en sonrisa. Ella
me miraba curiosa y confiada, extrañada a la vez porque nunca había
pasado del área de reciclaje del edificio. Llegamos a la puerta de
mi apartamento, torné la llave, le cedí espacio para que entrara
extendiendo mi mano, y ambos hombres estaban de pie en medio del
salón. Ella los miró a ambos y supo quien era su hijo de inmediato,
amén que éste se hincó a sus pies, llorando y diciendo algo en su
lenguaje. Ella lo abrazaba y pasaba su mano por el cabello de él,
musitando otras palabras con tono amoroso.
Fue una gran
emoción ese momento. Todos llorábamos con sonrisas en los labios,
nos abrazábamos y fue larga la tarde que tuvieron para contarse sus
penas.
En casa
estuvieron mientras hice contacto con una organización de
perseguidos políticos y refugiados, quienes les dieron asistencia y
los ubicaron en otra ciudad. Li Quiu también tenía el dinero
conseguido en tantos años, guardado en su abrigo por la parte
interior, cosido como bolsillos secretos o acolchonamiento del
abrigo. No sé cuanto dinero era. Ella ofreció pagarme, pero le dije
que no, que era su dinero, que era lo que tenía para hacer su vida.
Hace dos semanas,
a casi un año de esta historia, he recibido una tarjeta de ellos,
con una foto donde aparecen madre e hijo parados al lado de un rosal
y una nota escrita por Xiao Han, diciendo que estaba aprendiendo
inglés y que ésta era su primera carta. También dice que ahora la
fecha, primero de agosto, es el renacimiento de ambos, pues ésa fue
la fecha en que se reencontraron. Al firmar la tarjeta y antes de
los nombres, dice: tu familia, y a continuación Li Quiu y Xiao Han.
Así, desde la
quimera más innata, desde el humanismo solidario confirmé que todo
es posible. Lo único, es que desde hace un tiempo para acá,
presiento que algunos ojos orientales me vigilan, lo percibo en
miradas que me observan con cierta frecuencia, pero no le presto
atención, tal vez es mi propia psicosis y desde la orilla del aire,
escribo esta historia de amor, como testimonio de la vida.
|