Miami
Estados Unidos
Año IX

 Nº 53/54

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

LI QUIU

por

Ricardo León Peña Villa


     Esta ciudad no tiene compasión con nadie, aquí se levanta y se arrodilla el mundo. Cada pueblo del orbe tiene a alguien que hace su vida en esta Babel moderna, y que tal vez nunca volverá a su lar. Si acaso, las memorias lo llevarán en un viaje de pasado conjugado, pero quien viene, ha entregado sus raíces y su alma sin saberlo.

 

     En New York se generó el llanto moderno del mundo, el miedo en colectivo, la ira muda, la rebelión del engendro que tumbó las torres gemelas y el nuevo orden mundial ‘justificado’. Pero no fue allí donde nació el dolor, cada uno podrá desgranar sus precios pagados al contar su historia y con esos relatos podría llenarse las estanterías de la nueva biblioteca de Alejandría. Pero hay historias de historias y la esclavitud es una presencia viva en esta modernidad de siglo XXI que podría provocar la resurrección del libertario Lincoln en su mausoleo o desde la moneda de centavo con que le pagan a los esclavos, quienes ponen el sudor sin conocer la Estatua de la Libertad ni su práctica.

 

     Manhattan en la historia moderna constituye su esencia en el negocio, así desde que fue comprada por un valor irrisorio a una tribu indígena en 1626. Hasta hoy en que desde una estrecha calle se dicta la economía formal del mundo y que tiende a derrumbarse a medida que se revelan secretos de las grandes compañías. Al final se develará al mundo el gran secreto: el dinero de la droga es el soporte moderno de la infraestructura dictatorial de la calle de la pared, donde hay personas con el poder que son miserables y hay personas con la miseria que buscan cosas poderosas, por eso nadie sonríe en ese sector sembrado para el dolor y el frío de alma. Esa es Wall Street.

 

     Razón tenía Sinatra cuando decía que esta ciudad no duerme y además es libro abierto, película viva. Si se levantan los velos de cada día, descubrimos personajes invisibles que no afectan el paisaje, que respiran bajo, que no hablan, que no tienen moda ni dependen de ella, sin protagonismos, pero es igual su soledad a la del millonario.

 

     De cuando en cuando mi atención se centra en algún ser no presuntuoso para darle gusto al sociólogo que me habita. Analizo el comportamiento humano en la búsqueda de recursos para sobrevivir en esta ciudad, y no tanto con quienes tienen un empleo formal, sino con quienes inventan en la calle lo que el sustento demanda, lo que la suerte permite. El humanismo asumido de ser solidario con esa gente, no como la Madre Teresa exactamente, más bien como un boy scout que hace en su buena acción del día de vez en cuando.

 

     Así fue una mañana de otoño en que me disponía a salir y antes de cerrar la puerta del edificio, vi a una anciana china recogiendo latas y envases de la basura. Es un ser poco destacable en el ambiente citadino al hacer su labor de reciclar. Muchos son seres silenciosos como ella, son desamparados que sobreviven, casi ninguno tiene casa pero la mayoría tiene carrito de supermercado. Justo un momento antes, había visto que las canecas del reciclaje en el edificio estaban llenas de latas y botellas. Invité a la señora a entrar para que sacara lo que le sirviera y tímida en su gesto humilde, entró desconfiada y le fue suficiente para sacar dos bolsas plásticas grandes llenas de envases. En la puerta le dije que la próxima semana podría volver por más. Estaba agradecida y al parecer me  entendió, pues en tono de voz muy bajo dijo gracias en mal inglés con acento oriental. Después de esa acción, ella tomó su camino y yo el mío, pero su mirada quedó en mi memoria.

 

     Días después la ví de nuevo hurgando canecas buscando su tesoro y me reconoció, me saludó con una sonrisa acompañada de una venia. Su brillo de ojos me dio inmensa alegría como recompensa, sentí enorme cercanía con ella, algo fraternal y especial. Esa tarde de regreso a casa, ella estaba en las máquinas de recolección de reciclaje en el supermercado de la Avenida A y la calle 4, haciendo fila para cambiar por monedas los envases recogido durante el día. En ese punto del East Village confluyen dos escenas de mundos inmensamente opuestos; los recicladores de  pobreza enrostrada en larga fila y las mujeres flacas que aparecen en portadas de revistas, divas con ojeras y galanes en pose, que desfilan por la Avenida A como gatos perezosos.

 

     A la semana siguiente la encontré merodeando las canecas de la Avenida C y la calle dos,  cerca a la puerta de Umbrella House, nuestro edificio. Me miró y la vi venir tímida, nos saludamos con reverencia y le permití entrar a tomar los envases destinados al reciclaje, dinero que esta sociedad de consumo y facilista tira a la basura para bien de otro. Ya ella no desconfiaba de mí, en su mirada entre bondad y petición me dejaba saber que volvería los días siguientes. Otra mañana le ofrecí un té para aliviar el frío, ella agradeció con la misma reverencia, con una sonrisa más llena y en una voz casi silenciosa me dijo gracias, y se encaminó a entrar donde ya sabía estaban las canecas. Ese día le entablé conversación, le pregunté de forma afectiva cuál era su nombre, para después preguntarle dónde quedaba su casa, si tenía familia. Un acercarse amable, un ganarme su confianza.  

 

Li Quiu. Dijo, con su acento de origen pero no le entendí claramente, y al ver que no le capté en primera instancia, repitió más lento, permitiéndome comprender su pronunciación deletreada: - L i Q u i u. Lo pronunció y luego lo escribió en un pedazo de periódico con un cabo de lápiz que sacó de su bolsillo. Le dije mi nombre e igual lo escribí mientras se lo repetía e hice una reverencia ante la dignidad de sus años. Desde esa presentación sentí más fuerte la cercanía de nuestros espíritus.

 

     Li Quiu carga un palo sobre su hombro al estilo cantonés y de cada punta guinda una bolsa grande donde echa las latas y un carrito de supermercado que hala atrás de ella, donde lleva las botellas ordenadas por marca y color del vidrio. Sus palabras han ido saliendo de forma amable con el tiempo. Le señalé un lugar para sentarnos y ella se tomaba su bebida mirando cada esquina del salón comunitario. La observaba en su detención analítica, pero también trataba de hilvanar alguna historia para hacerle tema y lo logré cuando le pregunté por sus hijos. Me miró como preguntando o diciéndome: ¿por qué me pregunta eso? Li Quiu rompió en un llanto silencioso, mirándome fijamente, y yo viendo como se aguaban sus ojos certeros como flechas del pensamiento, mirando a los míos ante la pregunta. Se congeló el aire, en los párpados le bailaban lágrimas imposibles que derramó al pasar sus dedos. Me acerqué más y le abracé su fragilidad de cuerpo conmovido, sintiéndome culpable. Ella se quedó quieta ante mi abrazo, tal vez confiada, tal vez, en una última entrega cuando no se tiene nada más que perder. El momento se tornó sentimental. Mi madre está en el cielo hace muchos calendarios, y esta mujer tal vez de su edad, plena de soledad, y yo en mi orfandad que también es lo mismo, la sentí muy maternal.

 

     Fue ese acto el paso a su voz un minuto después de un silencio crudo con eco de catedral, donde retumbaba con el sonido nasal cuando ella tragaba sus lágrimas y evitando que llegaran a sus ojos. Lo filial me estremecía y de antemano quedó establecido que las señas ayudarían al entendimiento. Cuando ella hablaba, lo hacía con  actitud humilde bajando la voz, se cubría la boca al hablar como básico gesto de quien se defiende en idioma no propio. Los gestos ayudaban a sus palabras en el contar y mi atención tenía los sentidos atentos.

 

No tengo amigos, sólo conocidos. Sigo el curso del sentido común y la inteligencia, saber que lo visto una vez, es suficiente. Hablo con poca gente, no conozco a nadie, sólo con algunos mercaderes del barrio chino, sólo con algunos. Yo leo en los ojos el alma y por eso confío en su buena voluntad, en su acogida al ayudarme. Le he de contar mi historia pero ha de tener paciencia, a veces las palabras por decir se me pierden o no las sé.

 

     Parecía apenada, pero no, era su ancestral respeto en la actitud. Yo sólo pestañeaba cómplice en espera de su relato. Ella carga un pequeño libro bilingüe de hojas amarillas y ajadas en el bolsillo de la falda donde también guarda una pequeña libreta en la que escribe y organiza las frases que le hacen más fácil la conversación.

 

Mi nombre significa comienzo de otoño pero cargo un eterno invierno en el alma, una pena como la nube más oscura, pero también hay una luz que me lleva a luchar cada día y la forma más fácil es buscando el dinero en la basura de esta ciudad, pero no es ambición.  Tengo una tarea inmensa de amor que debo de hacer, rescatar a mi hijo y esa será mi otra libertad. El hambre y el frío son cuestiones mentales, el amor todo lo debe hacer, por amor se podría caminar sobre el agua o cruzar el desierto, esta es una pena que podré aliviar y pagar si la vida me da días. Mi hijo volverá a mi lado y por eso ahorro cada moneda lograda del reciclaje, la vida me da la comida en la basura misma de esta ciudad donde todo sobra.

 

     ¿Rescatar a su hijo? Pensé que había escuchado mal, mas seguí atento la historia sin preguntar ni interrumpir, pero me caló hondo. No quise interrumpir sus palabras con preguntas inoportunas. Li Quiu ponía su mirada certera ante mis ojos con inmensa confianza, era imperativo que le escuchara, pero sobre todo que la entendiera, esa era la fija intención de su gesto. Ya su actitud en la mirada era certeza, con un último aire miró al fondo de mis ojos, midió mi alma y exhaló suave preparando el largo camino de sus palabras.  La soledad de la anciana habría de salir con una historia intensa después de este preámbulo incitante a escuchar, y fui más silencio, pero trataba de repetir en mi pensamiento las palabras que ella dijo “rescatar a mi hijo”. Me quedé pensando sin perder el fino hilo de su voz, pero llamando en alarma a todos mis sentidos para la comprensión, por lo difícil de la comunicación, su acento, su tono bajo y sus silencios suspendidos en el pensamiento triste.

 

Yo conozco la libertad hace cinco años y tengo setenta y cinco. Por más de cuarenta  años estuve pagando el precio de buscar la libertad en América, trabajando como esclava para una organización muy poderosa. Pensé que era fácil pagar el viaje y que era cierto lo  del dinero en América. Tenía yo 32 años al llegar a San Francisco, cuando pisamos el puerto era abril del año 1966. Dejaba atrás un hijo vivo, Xiao Han mi pequeño frío y otro bajo la tierra, Shuang Jiang mi caída de escarcha, ambos de mi vientre y la vida. Durante el establecimiento de Mao Tse Tung tuve una historia de dolor que me hizo pensar dejar  mi pueblo. Vi matar a  mi padre y a mi joven esposo a manos de las tropas por no unirse a ellas. Crecí con rabia y con ganas de irme lejos donde el camarada Mao no tuviera poder, donde los oídos del pueblo no fueran los de él, donde las voces no fueran para él, donde no tuviera que marchar con las Juventudes que alabaran a quien mató a mis amores.

 

     De nuestro pueblo se habían marchado muchas personas con un hombre que ofrecía otro futuro diferente al comunismo. América, el otro lado del mundo donde el poder de Mao  decían no llegaba y que además, había mucho trabajo. Supe que un grupo iría en un siguiente viaje, Había dos opciones y dos precios: se pagaba la mitad antes de salir y se pagaba la otra mitad con trabajo al llegar al destino. Eran como treinta mil dólares o se pagaba todo con trabajo al llegar y por ende, era de más dinero la deuda, cuarenta mil dólares de ese tiempo. Yo no sabía cuánto era eso y qué sacrificio tendría que hacer. Era mucho dinero pero era más el dolor quedarme, además, cualquier otro horror sería poco para mi pena y me atreví sola. Tomé la segunda opción. No veía futuro, tenía miedo, dolor, rabia y ganas de huir para aliviarme. Madre juraba morir en el pueblo y con ella dejé a ‘mi pequeño frío’ y le encargué flores para mi hijo muerto un año antes de mi viaje. Dejaba un infierno conocido para arriesgarme en otro desconocido. Si hubiera sabido lo que me traía la historia, me quedo a morir en mi tierra.

 

     Después supe cual era el nombre de la ciudad donde estaba, San Francisco. Trabajé por siete años en una lavandería en el centro de la ciudad. Largos turnos de muchas horas en pie soportando las altas temperaturas de los vapores de aplanchado, humillaciones y encierro de los jefes. Dormía únicamente cinco horas  en una casa donde estábamos muchos del mismo pueblo que habíamos llegado juntos en el barco, pero no todos trabajábamos en el mismo sitio. Nos veíamos sólo en las noches. Era un cuarto de ventanas cubiertas y de aire denso de angustias y respiraciones. No nos permitían mirar el mundo de afuera, ni salir a la puerta, únicamente  nos permitían ir al patio y siempre hablar en voz baja, pero a esas horas hacíamos Tai Chi para ejercitar el cuerpo, el alma y para resistir los duros días. Dormíamos en grupos de 10 sobre colchonetas en el piso de cada cuarto y en la casa vivíamos como 80 esclavos, pues en el día otra gente dormía allí. El sueño cada noche era máximo de cinco horas y nos permitían tener un bulto pequeño con poca ropa. Nos prohibieron hablar o acercarnos a los norteamericanos blancos o a otra gente. De cuando en cuando escuchábamos conversaciones entre los vigilantes donde decían que alguien escapó y que inmediatamente habían asesinado a todas sus familias en nuestro pueblo. Ellos mismos golpeaban a alguno de nosotros para intimidarnos. Aquel que se atreviera a preguntar por el pago, también era golpeado y le advertían severamente. Cuando nos dejaban saber que nos habían pagado, nunca nos decían cuanto, ellos tomaban el dinero por derecho. Nos anunciaban cuanto debíamos, no cuanto habíamos pagado. Y nos advertían que nadie se podía enfermar.

 

     Al cumplir un año recibí mi primer billete de 20 dólares para comprarme ropa y eran ellos quienes traían a los vendedores de mercancía. Cuando pedí mandar dinero a mi familia, eran ellos los que decían cuanto y supuestamente, entregaban el dinero. Esos años fueron una alucinación de mundo raro, inventar los paisajes escondidos y valerme de mi propia soledad, los dientes se me gastaron de apretarlos en las pocas horas que podía dormir cada noche y de humillación durante el día, inmensa escuela de vida.

 

     La noche del 31 de diciembre del año 1999 me dejaron abandonada en la calle 54 y Broadway en Manhattan. Yo no conocía la gran ciudad. Había un mar de gente que celebraba con pitos la llegada de ese nuevo año. Los avisos de luces y colores que nunca había visto en mi vida, parecía una fantasía. Nunca supe de qué lugar me trajeron, pero era de noche y recuerdo que cruzamos un puente con un río muy ancho. Esa noche vi caer la bola luminosa que anunciaba el año 2000 y era grande mi sorpresa ante los gritos de tanta gente, que me quedé petrificada, no me di cuenta que no estaba vigilada, ni lo estaría nunca más, nunca. Cuando me bajaron del carro y arrancaron sin mí, sentí pánico y mucho frío, no por el invierno, sino por sentirme perdida ante el mundo.

 

     Y estuve perdida por muchos días en la ciudad, buscando todo y encontrando nada. Comiendo de las canecas de basura. Me daba miedo la policía, las sirenas que tanto suenan, las calles. Miedo de pasar por restaurantes chinos y lavanderías, no me atrevía a hablarle a ningún paisano, mas sin embargo, con miedo y todo, quería encontrar el barrio chino, que sabía que existía y allí encontraría información sobre el tráfico de gente, porque ellos tienen a mi hijo Xiao Han.

 

     Yo veía como muchos paisanos recogían latas y botellas de las canecas y empecé a hacer lo mismo sin saber cuáles sí y cuáles no. Aprendí cómo se cambiaban en las máquinas de los supermercados y así he vivido por cuatro años. Mucha gente ha tenido compasión conmigo en el barrio. Desde que llegué me han permitido dormir en una cama de cartones en una bodega. Al amanecer debo salir de la bodega y voy al parque a practicar Tai Chi. Tan pronto son las nueve de la mañana, paso a la librería de Chatham Square en el barrio chino donde leo periódicos de mi país, diccionarios y mapas. He mirado donde queda Boston en Massachussets, pero aún tengo miedo de ir hasta allá.

 

¿Por qué Boston? Pregunté.

 

Allá tienen a mi hijo Xiao Han. Me lo han dicho dos personas que huyeron de la organización. Dijeron que mi hijo trabaja en un restaurante, es quien lleva las entregas de comida a domicilio, pero no supieron decirme en cual y no encuentro cómo empezar la búsqueda. Esta vida ha sido difícil, muy difícil, pero aún tengo razones para la lucha. No se cómo llegar a Boston pero quiero ir.

 

     Dicha esa última palabra, se llevó la mano al pecho como si la historia fuera puñal, se puso de pie, tomó sus bolsas llenas de latas, hizo su reverencia agradecida y encaminó sus pasos a la puerta de salida. La acompañé, de nuevo nos hicimos la reverencia, pero esta vez le estiré mi mano abierta, ella se sorprendió pero estiro la propia y planté un beso en su maltratada piel. No tenía yo palabras e innato me salió ese gesto que resumía el compromiso que mi alma tomaba ahora con la historia de ella. Una reverencia más y se fue caminando a pasos cortos. La observé alejarse cruzando la calle 3 a lo largo de la Avenida C, con sus bolsas y carruaje llenos, sin detenerse a escarbar en las canecas de la esquina. Podría jurar que sentí nostalgia.

 

     Ese día la historia caló hondo en mí, lo personal pasaba a un segundo plano, por asuntos de heredad al ver en casa que mamá era mano tendida para el plural necesitado y ésta era una ocasión para extender su legado. Afortunadamente mis deudas estaban al día, mis compromisos laborales igual, el tedio del intenso verano rondaba y la emoción de esta historia, que me llama, que me lleva. Desde ese instante sólo buscaba imaginarias soluciones, proyectaba mil reencuentros entre madre e hijo, urdí planes al mejor estilo de espionaje, combatí y fui atacado imaginariamente por chinos expertos en karate, otros me disparaban y al ver esas escenas (en las que yo perdía) desistía de combatir. No era viable ni imaginariamente la violencia. Pensaba nombres de posibles cómplices para ir al rescate de Xiao Han en Boston, pero de una forma astuta, sin arriesgar mi integridad ni la de nadie. Si, así es, pensé, y a partir de ese punto me comprometía con la historia de Li Quiu y Xiao Han como si fuera propia.

 

     Las ansias por desarrollar el plan y la historia consumieron las horas de los siguientes días en que busqué en Internet las direcciones de restaurantes chinos en Boston y sus alrededores, copié los mapas de ubicación, llamé a unos cuantos conocidos que viven en esa ciudad, a quienes conté mi plan sin comprometerlos, pero terminaron por animarme a ese acto, ofreciendo sus colaboraciones. Me reía a solas fraguando el plan, llevando a cabo este cambio en mi vida, esta buena acción de boy scout solitario, con la certeza de obligación dictada al subconsciente. Además hijo de detective y siendo escritor, algo me llevaba cada vez más a  comprometerme en la historia. Cuatro días después ya era una certeza que me iría a Boston, los amigos de allá habían asumido con gusto la tarea, me lo confirmaban en mensajes y llamadas. En mi mente tarareaba la música de la película misión imposible” riéndome en incertidumbre optimista.

 

     En la tarde salí por el barrio a otear a Li Quiu, para hablar con ella y dejarle saber que no estaba sola, que ya tenía un plan para ir a buscar a Xiao Han. La encontré en la Primera Avenida con calle once, su pequeño cuerpo se veía arqueado en unas canecas de basura; diminuta y casi invisible ante la prisa de la ciudad. La observé detalladamente,  ella me vio bajo su brazo estirado e inmediatamente se enderezó haciendo una sonriente reverencia.

 

     La invité a tomar un café sentados en el Tompkins Square Park, le expliqué el plan y le pedí que en caligrafía china me escribiera el nombre de su hijo en una hoja de papel con una frase que él pudiera reconocer como de su madre. Ella me miraba sorprendida y lo mostraba en su rictus. Sus ojos tenían mil preguntas, mil vislumbres, su mente vertiginosa se leía en su suspendida humanidad. Tomó mis manos entre las suyas, masculló para sí antes de sonreír y aceptar casi incrédula. Toda ella era emoción y ese instante justificaba la vida.

    

Él tiene cuarenta años. Lo dijo como única seña y tomó el papel donde escribió: Shuang Jiang es una flor en nuestro corazón. En otra hoja le pedí que escribiera el nombre de su pueblo, de su abuela y la fecha de su nacimiento. Y una tercera que decía: Estos amigos te traerán a mí. También le tomé una foto a Li Quiu en la que se veían sus ojos plenos de esperanza y de fondo se ve la pequeña rotonda de las cuatro bondades. En otro papel le escribí a Li Quiu mi número de teléfono y le advertí que regresaría en 5 días. Que desde su corazón alimentara la ilusión optimista y que hablara con su Buda desde el espíritu.

 

     Ese fin de semana tomé camino a Boston, habiendo previamente citado a mis amigos en casa de uno de ellos donde me hospedé. Ya les había contado en resumen la historia, claro, contada por teléfono con la prisa comprometedora de la emoción y respaldado por los amigos al ser consecuentes. Otra cosa sería confrontar el plan, pero la confianza era plena en la amistad. Además, no citaba gente cuadriculada, no, cité amigos que tenían por cualidad, soñar imposibles humanistas. Aunque esos amigos tienen diferentes oficios, esa parte del humanismo nos hace común y plural de los amorosos. Por eso los convoqué.

 

     A mi llegada hice la confirmación en sus ojos, todos teníamos ganas de completar esta historia de amor. Aunque Li Quiu me dijo que le habían contado que su hijo estaba en Boston, eso no era certeza, solo era una pista, y aunque esto era jugar a lo incierto y eso lo hablamos, lo haríamos. Asumimos que la información era verdadera.  Cada quien había ideado un plan, nos contamos las tácticas y al final, el plan que trazamos era sencillo aunque tal vez costoso. Trabajaríamos en tres frentes, desde casas ubicadas en diferentes sectores de la ciudad. Yo había hecho copias de los avisos en chino que escribió Li Quiu con las frases.

 

     Por supuesto se necesitaba dinero para costear la investigación y tal cual un director de cine novato que gasta sus ahorros en su primer rodaje, cuando nadie cree en él, así hago yo, esta es mi película, sin celuloide, una película viva. Mis ahorros que tal vez me iban a llevar a viajar por Europa, cambiaron su destinación. Dos mil dólares para inventar la quimera.

 

     El procedimiento sería así: se pediría servicio a domicilio a los diferentes restaurantes chinos del área, al llegar el mensajero, se le pondría conversación y se le preguntaría su nombre, si nos parecía cercano en su pronunciación a Xiao Han, le enseñaríamos el primer cartel: Shuang Jiang es una flor en nuestro corazón y en caso de que hubiera alguna señal de comprensión o cercanía del nombre o reacción favorable, le enseñaríamos el segundo cartel que dice: Song Xiulian nombre de la abuela Hopéi nombre de su pueblo y el último con la fecha de nacimiento del muchacho según el calendario chino, todo escrito en caligrafía china por supuesto.

 

     Esa tarde hicimos la prueba del plan, ordenamos un servicio a domicilio como nuestro primer intento y para observarla forma de acercarnos al mensajero, pues a veces son temerosos de quien les habla al no comprender el idioma o por intimidación natural. Por eso debíamos  ser cautos en el trato. Al llegar el mensajero, abrí la puerta, le invitamos a entrar señalando la mesa para que pusiera allí el pedido, brindándole confianza y así tener al personaje adentro de la casa, pues en la puerta puede asustarse y huir escalas abajo.

 

     Era un muchacho joven que no se parecía al buscado, mas sirvió como primera práctica. Le sonreímos y le hicimos preguntas sencillas como de dónde en China había nacido, su nombre, cuánto tiempo llevaba en Estados Unidos y con esa pregunta nos miró a los ojos a todos, entregó el cambio y se dirigió a la puerta. Nosotros le dijimos que también éramos inmigrantes nacidos en otros países como él, tal vez entendió, pero sonrió y diciendo bye, se fue.

 

     Esa noche hicimos pedidos a otros cuatro restaurantes, con cuyos mensajeros intentamos varias formas de tomar la información y nos fuimos dando la idea de cómo acercarse a ellos. Ese fin de semana era largo, apenas viernes y el lunes era feriado. Al sábado se abrieron los tres frentes de búsqueda. Uno en Cambridge, que era el punto más lejano. Otro punto en Boston Harbor y el tercero en el propio centro de Boston. Pasaron esos cuatro días y no se dieron resultados, pero íbamos tejiendo una gran amistad y cuando a las amistades se les suman que tienen causas en común, es lazo duro de separar.

 

     Uno de los amigos cómplices tuvo la genial idea de invitar para la próxima vez a algunos compañeros de universidad, chinos, de pensamiento liberal y veía la posibilidad que ellos cooperaran en el plan. Para el siguiente fin de semana en que yo pudiera estar los citaría, pues debía de regresar a New York. Quedó planteada la idea, él hablaría con ellos y de verdad que nos daba una casi certeza de que lo harían. Las comidas de esos días, las regalamos a los desamparados que caminan por algunas calles de la ciudad universitaria atestada de turistas.

 

     Al viernes siguiente y habiendo resuelto mis asuntos, regresé a Boston, nos reunimos y tres universitarios orientales se sumaron al grupo. Eran de primera generación nacida en Estados Unidos. Uno de ellos contó que su padre fue esclavo por muchos años en el mismo sistema. Los tres estaban enterados del plan y dispuestos. Dos de ellos hablaban mandarín y el otro mandarín y cantonés. Eso nos llenó de optimismo pues facilitaba la tarea y sin perder tiempo nos repartimos a cada lugar de búsqueda.

 

     El listado de restaurantes iba reduciéndose en posibilidades en la ciudad de Boston, mas con la ayuda de los traductores en la puesta en escena, no importaba repetir los anteriores, para tener mayor certeza. Y digo puesta en escena, pues asumíamos a cada mensajero de restaurante con la naturalidad simple que conlleva pedir comida a domicilio. Era constante la comunicación telefónica con los otros buscadores  de Xiao Han. La expectativa de todos era más alta, pero también estaba la posibilidad de que lo tuvieran en las lavanderías y eso ya sería demasiado. Es más, no era certeza que estuviera en Boston, sólo esa ínfima razón que le dieron a Li Quiu, sin tener en cuenta las otras pequeñas ciudades de Massachussets. Era una búsqueda esperanzadora en la quimera, una terquedad mía por ser solidario que encontró cómplices. Tuve flaquezas ante lo incierto pero nunca se lo dejé saber a los otros. Las tardes se iban viendo películas, conversando, leyendo, tejiendo estrategias y haciendo chistes como: ¿quién ha visto el entierro de un chino? ¿Nadie? De ahí viene la carne de la comida china.

 

     Ese fin de semana tampoco hubo suerte y aunque los demás debían de retomar su vida al lunes siguiente, el espíritu de todos estaba arriba, optimista, con un halo que nos decía que sí, que era posible. Todos estábamos comprometidos con la promesa, hasta de los amigos locales, de seguir intentando en los ratos libres. Ya era una causa colectiva y eso nos ofrecía optimismo. Esa semana estaría yo en Boston, persistiendo con los amigos en sus ratos disponibles.

 

     Al miércoles se presentó una señal. Uno de los mensajeros que fue a una de las casas, dio muestra de sorpresa en su conversación con Jim, uno de los chinos nuestros y dejó una sensación de cercanía, por la provincia de origen, por su gesto a decirle el nombre Xiao Han y por su cooperación. Suficiente fue el entusiasmo de los compañeros de gesta para hacerlo volver con otro pedido, pero ya con instrucciones de cuidado al mostrarle las tarjetas con los mensajes y mientras llegábamos los demás que inmediatamente nos pusimos en camino.

 

     Estando reunidos y con ese aliciente, reinaba aire de optimismo. Ordenamos comida al mismo restaurante del mensajero que brindó la opción y parecido. Llegó el hombre y los  chinos le bromearon como viejos amigos, le brindaron una cerveza cosa rara que hubiera aceptado y como hablaban en su lenguaje, los demás no entendíamos. Pero cuando vimos que en la charla los chinos sacaron la primera tarjeta de las palabras claves, sentimos que el camino se abría. Le mostraron la primera, hablaron un no sé qué e inmediatamente ellos nos tradujeron. Él conocía a alguien que se llama así Xiao Han, tiene como la misma edad del buscado y trabaja en otro turno del mismo restaurante.

 

     Aunque estaba asustado el hombre por los giros de la conversación y presintiendo problemas, se puso nervioso. Quiso marcharse pero su curiosidad delatada lo hacía quedarse un poco más. Él veía como los chinos nuestros iban traduciendo y preguntaba en su lenguaje, qué de qué se trataba, hasta que decidimos contarle la verdad. Ninguno de nosotros tenía maldad en la mirada, ni éramos policías y eso lo leyó él, por eso le fue dicha la verdad parcial, sí, la verdad escueta, pero sin la intención final. A esa altura era más fácil ponerlo de nuestro lado si la posibilidad era cierta, o perderlo si no lo fuera. Y le contamos la historia de una madre, Li Quiu que busca a su hijo. Se le narró con todo el dramatismo real de la angustia de la viejita para conmoverlo.

  

     Se le enseñó la segunda tarjeta y le sorprendió el nombre del pueblo Hopéi, aunque no el de la abuela. Y lo dijo como un pensamiento en voz alta que nuestros amigos tradujeron:

 

Ese es mi pueblo. Y se tornó sensible.

    

     Aunque nos miraba con alguna desconfianza, había cosas en la historia que le hacían permanecer. Lo último era mostrarle la tercera tarjeta, aunque su nombre no era Xiao Han, se la íbamos a enseñar.

 

     Él le puso suspenso a la acción y nos  pidió que le esperáramos hasta que saliera de su turno, que regresaría, pues tenía otras entregas por hacer y como él ya era veterano, la mafia china ya no lo cuidaba tanto. Le esperamos haciendo mil conjeturas, pero siempre con el optimismo en alto, invocando a la suerte y hasta el I Chin fue tirado con la pregunta respectiva. ¿Y sí volviera con un grupo de mafiosos a preguntarnos el por qué o para qué buscábamos a Xiao Han? ¿O, si simplemente no regresara el mensajero? Todo lo que estaba en contra era posible, en la misma medida que lo posible estaba a favor, y esa era la parte que nos correspondía, ser optimistas, creer que lo lograríamos, según lo decía el libro de los designios.

 

     El hombre llegó dos horas después. No hubo necesidad de pedir más órdenes. Llegó en su bicicleta, la amarró en el poste de enfrente del edificio y por la ventana le vimos entrar.  Traía otra disposición más confiada, más amigable. Nos confesó que la historia de nuestra búsqueda lo tenía a mil revoluciones por minuto, pensando mil cosas, pero que sabía que no éramos malos. No más entró, le brindamos otra cerveza como muestra de confianza, y para que soltara la lengua. Todos los buscadores éramos manojos de ansiedades. Estaba tan cerca la respuesta que era eterno el protocolo que él hacía.

 

     Dijo, después de mirarnos a los ojos, que la historia que le habíamos contado se parecía tanto a la de un compañero y paisano, que estaba casi seguro que era a él que nosotros buscábamos. La historia de su amigo Xiao Han era tan parecida, que confesaba estar muy sorprendido. Su amigo le había contado en las noches de encierro y en los días de trabajo, que su madre había viajado ese año 1966 y que la razón de su viaje después de muchos años, era encontrarla. Xiao Han el hijo había llegado en 1989 a los Estados Unidos, pero su búsqueda que era cautelosa e intimidada ante esa mafia, no le había dado resultados por la ley del silencio de todos. Dice que tiene como 40 años más o menos y que un hermano suyo había muerto pequeño y a su padre lo habían matado los ejércitos del camarada Mao.  

 

     Eran demasiadas conjeturas iguales como para tener dudas. Era él. O si no, era un gran intento y un tratar la suerte, pero todo indicaba que ese hombre era el personaje, el hijo de Li Quiu.

 

     Xiao Hong era el nombre del mensajero, nuestro nuevo aliado, y por fonética su nombre sonaba muy parecido, era él la clave, lo sabíamos, lo sentíamos, estábamos seguros. Pero nos tocaría esperar hasta el día siguiente a que fuera a trabajar y pudiera hablarle en máximo secreto al otro, al nuestro, al de Li Quiu. Acordamos que al otro día le preguntaría el nombre de su abuela y sí era el mismo que veía en nuestro papel en caracteres chino, le diría que sabía donde estaba su madre, pero debía controlar las emociones, para evitarse problemas con los patrones. Una cerveza más y algunas otras  recomendaciones de nuestra parte. Estábamos tan cerca tanto, que sentíamos estar en el libro del universo en el renglón correcto.

 

     Esa noche nos dispusimos a celebrar por anticipado, a la vez que trazábamos el plan final. Nos hacíamos un recuento de esta experiencia y nos sentíamos invictos pensando que todo se dio tan fácil, pero faltaban sorpresas.

 

     Esa noche, pasadas las doce, sonó el timbre. Nos miramos todos y el anfitrión se sorprendió, mas se dispuso a abrir por el intercomunicador. Al preguntar quien era, le respondieron que era Xiao Hong. El volteó a decirnos que era el mensajero que había regresado. Que entre le dijimos en coro, pero en esas instancias de tiempo pensamos que también era posible una trampa. Tal vez lo descubrieron o él contó de nuestro plan. Cuando sentimos abrir el ascensor del piso, eran más de dos pasos los que venían hacía nuestra puerta. Había tensión en la sala. Todos estábamos alerta. Qué extraño que hubiera regresado. El anfitrión miró por el ojo espía de la puerta e hizo señas de que eran dos hombres. Alerta, muy alerta estuvimos en esas fracciones de segundo.

 

     Se abrió la puerta y era Xiao Hong con otro chino, ya mayor. Hubo silencio. Xiao Hong sonrió, el, otro hombre estaba serio, como asustado. Xiao Hong dijo certero:

 

Él es Xiao Han.

 

     Todos lo miramos llenos de dudas. El hombre olía a aceite, a vaho de cocina. Xiao Hong contó que tan pronto llegó a su casa se encontró con Xiao Han y no pudo resistir comprobar si era él y bajo la excusa de ir a comprar cigarrillos, pudieron salir de la casa vigilada. Cuenta que le preguntó el nombre de la abuela y era el mismo, el pueblo, el nombre de la madre, todo, todo era lo mismo. Él contaba emocionado y nosotros escuchábamos la traducción. Xiao Hong le dijo en su lenguaje a Xiao Han y este sacó de su bolsillo una pequeña fotografía en blanco y negro de su madre, envuelta en un plástico y nos las enseñó. En ella aparecía una joven mujer con mirada triste mirando de frente con gesto incierto. El hombre parecía no entender nada y estaba muy sorprendido. Por lo tanto, y para tener mayor certeza, le enseñamos el primer cartel: Shuang Jiang es una flor en nuestro corazón.

 

Así se llamaba mi hermano.

 

     Nos emocionamos mucho, no tanto como él, pero era de tacto la escena. Le enseñamos el segundo cartel que dice: Song Xiulian que es el nombre de la abuela y debajo dice Hopéi que es el nombre del pueblo. Inmediatamente reaccionó ya sin controlar su emoción y cuenta que su abuela murió cinco años después de la partida de su madre, habiendo quedado en la más ínfima soledad y su vida se tornó en miseria. Nuestros amigos traductores, le escuchaban y casi al unísono iban repitiendo en inglés sus palabras que nos estremecían a todos.

 

     Fui hasta mi maleta y saqué la foto reciente que le tomé a Li Quiu para compararla con la exhibida por el hombre. Pusimos ambas fotografías sobre la mesa y si, aunque habían muchos años entre una y otra, parecía ser la misma mujer. Hicimos comparaciones y Xiao Han tomó la reciente que estaba en colores e inmediatamente se puso a llorar y a decir en su lenguaje:

 

Es mi madre, es mi madre.

 

     Faltaba la tercera carta. La que tenía la fecha de nacimiento del hijo según el calendario chino, todo escrito en caligrafía china por Li Quiu. Y esa fue la ratificación cuando él sorprendido dijo:

 

Esa es mi fecha de nacimiento.

 

     Lo abrazamos y nos abrazamos, sonreíamos. Xiao Han era imparable en su llanto y a todos nos besaba las manos. Se fue a un lado del grupo y sobre la mesa de la sala puso la foto, se hincó con sus manos juntas y mascullaba entre su llanto lo que parecía una oración. Era conmovedor a lo máximo el cuadro. En ese momento le extendí la cuarta y última carta, la que reza: Estos amigos te traerán a mí. El hombre se abrazó a mi cintura mientras salía un mar por sus ojos y de su boca salía un tímido “yes” que reafirmaba con su cabeza. Él también creyó. Le alcé de sus hombros, lo abracé y aunque no entendiera mis palabras si no el sentimiento, le dije que pronto vería a su madre. Ya no tenía dudas, habíamos encontrado al hijo de Li Quiu, su ‘Pequeño frío’.

 

     Estábamos aun eufóricos cuando escuchamos a Xiao Hong decir algo con su rostro adusto, serio. Miramos a los traductores como esperando la traducción y no se hizo esperar: él también quería huir. Nos miramos todos y era el llamado a un plan no esperado. ¿Qué podíamos hacer? Él se estaba jugando su libertad y su vida al ayudarnos a develar este encuentro. Su aparición fue providencial y decisiva, ¿cómo decirle que no? En ese momento la decisión también me afectaba a mí, pues el plan final era llevar conmigo a Xiao Han al encuentro de su madre, pero ¿qué hacer con Xiao Hong?

 

     Todos opinamos, dimos muchas opciones pero sólo había una, llevarlo conmigo a New York. Si se quedara en Boston sería fácilmente hallado por los patrones y quizás los castigos no serían leves. Xiao Hong estaba decidido y una vez más nos sorprendió. De la costura de su pantalón, empezó a sacar rollos de billetes que iba guardando a través de los años de sus propinas. Nos ofrecía el dinero y repetía que quería irse con Xiao Han y conmigo. ¿Qué hacer? Pues lo decidido. Nos iríamos los tres a New York.

 

Arrancamos en media hora. Dije y todos estuvieron de acuerdo. No había tiempo que perder ni coincidencias raras para esperar. Nos dimos un abrazo colectivo para celebrar el hallazgo, para desearnos suerte y para agradecerle a la vida esta oportunidad. Algunos amigos les regalaron ropa a Xiao Han y a Xiao Hong y a cambio, ellos, los rescatados, sacaron las llaves de los candados de sus bicicletas y se las dieron a los amigos bostonianos. Acto noble de agradecimiento. El carro tenía suficiente gasolina como para llegar a nuestro destino sin parar y era la una de la mañana.

 

     En el trayecto, ellos miraban el paisaje como dejando una huella de sus ojos en lo mirado. Sorprendidos se tomaron de las manos cuando les señalé las luces de la gran ciudad. Sus gestos eran de sus infancias, ese descubrir que asombra. Antes del amanecer estábamos entrando al edificio donde vivo. Ya sintiéndonos a salvo, nos dispusimos a dormir algunas horas antes de ir a buscar a la mamá, a Li Quiu.

 

     Al despertar, los Xiao ya estaban sentados en la sala. Hicimos café, tostadas y huevos, y de una vez les conté el plan a seguir. Esta vez el traductor era Xiao Hong. Yo iría a buscar a Li Quiu por las calles del barrio y la traería a casa. Así de sencillo. Ellos me esperarían.

 

     Esa mañana salí a la Avenida C con aire de ganador, con la sonrisa del secreto a solas. No hube caminado tres cuadras cuando la divisé en la esquina de la Calle 5 y la Avenida B frente a la escuela. Como siempre, escarbando en las canecas, encorvada, pero esta vez la ví luminosa, su vida tendría vida. Quise llorar trémulo de emoción a unos cuantos pasos de ella. Quise evitar un llanto ya impulsado y como si me presintiese, tornó su cuerpo en mi dirección, tal vez vio mi sombra, tal vez el cosmos que la cuida llamó su atención y me miró. Se irguió sonriendo, quitando de sus manos unas bolsas plásticas que hacen las veces de guantes y me esperó los pasos que nos separaban. Yo sonreía aún con mi leve llanto y eso fue suficiente para su comprensión. Sin palabras la abracé y le dije:

 

Lo he hallado, encontré su ‘Pequeño frío’, su Xiao Han.

 

     Su reacción fue mirar alrededor como buscándolo y me preguntó como si no fuera cierto lo que escuchó:

 

¿Qué me dijo?

 

He hallado a Xiao Han. Quiero que me acompañe a casa a mostrarle algo.

 

     Se tornó nerviosa, las ansias que fueron pasivas todos estos años, se desataron en ella. Miró de nuevo al rededor pero ya ubicándose en el mapa con dirección a mi casa. Y caminamos a su paso. No le adelanté nada de los hechos, sólo le dije que ese era un gran día y que yo estaba muy feliz. Dejamos su carrito de recolección en el primer piso y subimos los tres pisos, paso a paso como en un vía crucis. Mi emoción también era un trepidar, era un goce que aún al escribir la historia me eriza los vellos y mi mueca se dibuja en sonrisa. Ella me miraba curiosa y confiada, extrañada a la vez porque nunca había pasado del área de reciclaje del edificio. Llegamos a la puerta de mi apartamento, torné la llave, le cedí espacio para que entrara extendiendo mi mano, y ambos hombres estaban de pie en medio del salón. Ella los miró a ambos y supo quien era su hijo de inmediato, amén que éste se hincó a sus pies, llorando y diciendo algo en su lenguaje. Ella lo abrazaba y pasaba su mano por el cabello de él, musitando otras palabras con tono amoroso.

 

     Fue una gran emoción ese momento. Todos llorábamos con sonrisas en los labios, nos abrazábamos y fue larga la tarde que tuvieron para contarse sus penas.

 

     En casa estuvieron mientras hice contacto con una organización de perseguidos políticos y refugiados, quienes les dieron asistencia y los ubicaron en otra ciudad. Li Quiu también tenía el dinero conseguido en tantos años, guardado en su abrigo por la parte interior,  cosido como bolsillos secretos o acolchonamiento del abrigo. No sé cuanto dinero era. Ella ofreció pagarme, pero le dije que no, que era su dinero, que era lo que tenía para hacer su vida.

 

     Hace dos semanas, a casi un año de esta historia, he recibido una tarjeta de ellos, con una foto donde aparecen madre e hijo parados al lado de un rosal y una nota escrita por Xiao Han, diciendo que estaba aprendiendo inglés y que ésta era su primera carta. También dice que ahora la fecha, primero de agosto, es el renacimiento de ambos, pues ésa fue la fecha en que se reencontraron. Al firmar la tarjeta y antes de los nombres, dice: tu familia, y a continuación Li Quiu y Xiao Han.

 

     Así, desde la quimera más innata, desde el humanismo solidario confirmé que todo es posible. Lo único, es que desde hace un tiempo para acá, presiento que algunos ojos orientales me vigilan, lo percibo en miradas que me observan con cierta frecuencia, pero no le presto atención, tal vez es mi propia psicosis y desde la orilla del aire, escribo esta historia de amor, como testimonio de la vida.

 


Ricardo León Peña Villa nació en Medellín, Colombia (1962). Poeta, escritor, compositor y periodista. Es Co-director de la revista digital  Red y Acción en la actualidad. Dirigió las revistas Casa Tomada (2004 2006) y  La ñ (1994-1997) y fue reportero de entretenimiento, arte y cultura para el diario La Prensa (1999 – 2002), publicaciones de la ciudad de Nueva York.  Ha publicado los libros: Sinasco. Poesía de tres autores en edición bilingüe. Nueva York, EE.UU. (2007); Loisaida: Historias del Frío. Cuentos. Medellín, Colombia (2005); Decir New York: Testigo Propio. Poesía. Valladolid, España (2002); Treintaitres. Poesía. Medellín, Colombia (1996); Tigre de Aries. Poesía, edición bilingüe. Nueva York (1993); Edge of Twilight. Antología. Biblioteca Nacional de Poesía. Maryland, EE.UU. (1992). Ha sido premiado en cuatro ocasiones con The National Hispanic Media Awards (2000-2001) por su trabajo como periodista en el diario La Prensa de Nueva York y recibió el premio “Edge of Twilight Award” con el poema “Brown and Blue” por la Biblioteca Nacional de Poesía en Maryland, EE.UU. (1992). Ha sido productor del “Festival de cine colombiano en Nueva York” en 1992 y 1994, y director del Encuentro de Nueva Poesía (Nueva York – 2004, 2005, 2006). Su obra ha sido presentada en diferentes ciudades de Colombia, Argentina, Puerto Rico y Estados Unidos. Reside en la ciudad de Nueva York desde 1990.