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Presentación de la
edición conmemorativa de
Cien años de soledad,
de Gabriel García Márquez
Library of Congress
Washington,
D.C.
10 de
diciembre de 2007
Cuando Melquíades
leyó en un periódico de Praga el obituario que sobre la muerte de
Franz Kafka había escrito Milena Jensenská, supo que el momento había
llegado: por fin podría desentrañar el secreto que habría de abrirle
las puertas de la imaginación al Cronista de Macondo. El obituario,
entre otras cosas, decía: “Kafka fue un ermitaño, un hombre lúcido
asustado por la vida. Para él, el mundo estaba lleno de invisibles
demonios que atacan y destruyen al hombre indefenso. Todas sus obras
describen el terror de la incomprensión misteriosa y la culpa sin
culpa del hombre”.
¿Demonios? Claro
que sí, sin duda alguna, si lo sabría él, Melkíades el Mago, un gitano
corpulento, de barba desmañada y manos de arrendajo, al que se le
atribuían poderes demoníacos. Pero él, era un demonio que no destruía
a nadie (cada cual se destruye a sí mismo); todo lo contrario: él
siempre había procurado ayudar a los débiles, a los indefensos, entre
los que abundan los artistas, esas pobres criaturas abandonadas de la
mano de Dios, como el Doctor Kafka, como el Cronista de Macondo.
En efecto, un
3 de junio de
1924, Franz Kafka había
muerto de tuberculosis en el sanatorio de
Kierlonk, cerca de Viena, acompañado tan sólo de su último
amor, Dora Dymant, y del Dr. Klopstock, su médico de cabecera. No
había cumplido aún los 41 años. Su cuerpo había sido trasladado a
Praga, y sería enterrado en el Nuevo Cementerio
Judío de
Praga-Žižkov una semana
después.
El día del entierro
había amanecido soleado, pero por la tarde se había desencadenado un
furioso aguacero. Lentamente, la comitiva fúnebre se aproximaba al
cementerio. Cuando descendieron el ataúd, Dora Dymant lanzó un
horrible grito lastimero, que se perdió ahogado por la letanía en
hebreo de un rabino que hablaba de Dios y de esperanza y redención.
Los amigos de Kafka arrojaron tierra, una tierra oscura, pedregosa,
sobre el ataúd. No muy lejos de allí, el rabino Loew se estremeció en
su tumba, así como los treintaitrés discípulos favoritos que yacían a
su lado. Se cuenta que el rabino vivió hasta los 104 años, y hubiese
seguido vivo otros cien años más, si el ángel de la muerte, para poder
arrancarlo de este mundo, no se hubiera escondido en el aroma de una
rosa. Pero después de muerto, sus poderes continuaban intactos: porque
sesenta años más tarde, cuando iban a enterrar junto a él a un nieto
suyo, y descubrieron que no había espacio, el rabino, con todo su
séquito, no tuvo inconveniente en moverse varios metros para hacerle
sitio.
El cortejo abandonó
quedamente el camposanto. Eran las cuatro de la tarde. Las agujas del
reloj del Palacio Kinsky se habían detenido.
Melkíades,
ajustándose el sombrero de alas de cuervo y aderezándose el chaleco de
fantasía, miró hacia el horizonte anubarrado: a lo lejos se divisaba
Praga: las casas de sillares blancos y techos cobrizos, las ventanas
de los viejos palacios ciegas y oscuras, el laberíntico barrio judío,
donde los ancestros de Kafka habían vivido atrapados durante siglos,
como atestiguan los documentos de Ibrahim ibn Jakub en el Codex
Cordoba. De esos mercaderes judíos que se instalaron en la parte
baja del
Castillo de Praga, sobre la
colina de
Hradčany (o
Hradschin), y que luego se
trasladaron sobre la ruta de
Visehrad, al sur de la
Ciudad Vieja, desciendes tú, Franz Kafka.
Conozco bien tu
historia. Perdona que te la recuerde, cuando tú, ahora que te crees
muerto, lo único que deseas es olvidar, olvidar a tus antepasados,
como aquel Jacob Kafka, el carnicero, tan fuerte que podía levantar un
saco de harina con sus dientes; olvidar a Elli y Valli, tus hermanas
(que habrán de morir pocos años más tarde en los campos de
concentración nazi), pero no a tu hermana Ottla, la única de tu
familia que te entendía; olvidar a Julie, tu madre, que nunca tuvo el
valor de enfrentarse a los desafueros iracundos de Hermann, tu padre,
ese tendero, patriarcal, burdo y práctico de carácter dominante que no
adoraba más que el éxito material y el ascenso en la escala social, y
que te despreciaba; olvidar a quienes fueron tus amores (a las que no
amaste nunca, porque tú solo podías amar la literatura, ese dulce y
embriagador veneno que corría por tus venas): a Felice Bauer ―tan
modosita, tan insulsa, tan convencional―, a Milena Jesenská ―tan
desenvuelta, tan moderna, tan libre―, a Dora Dymant ―tan sencilla,
tan noble, tan cariñosa; olvidar a los pocos que fueron tus amigos,
Oskar Pollak, Franz Werfel, Felix Weltsch, y sobre todo Max Brod, que,
para que lo sepas (aunque lo supiste siempre), no destruyó tus
manuscritos; y a tus jefes de la Compañía de Seguros, que te
apreciaban, pero que no podían ni imaginarse el suplicio que
significaba para ti desempeñar día tras día, tras noches y noches de
insomnio y pesadillas, aquel trabajo rutinario y paralizador; olvidar
a tus personajes, esos seres hijos de demonios, derrumbamientos,
embates, persecución y soledad, perdidos en un mundo oscuro,
desconcertante y desconocido: a Karl Rossmann, ese pobre muchacho
alemán que se abre camino en un inextricable continente y que al fin
es admitido en el Gran Teatro Natural de Oklahoma; a Josef K,
progresivamente abrumado por un insensato proceso, sin saber cuál es
el delito del que lo acusan, ni quiénes son los miembros del tribunal
que debe juzgarlo; a K., aquel agrimensor apostado día tras día ante
las puertas de un castillo en el que no logra penetrar jamás y que
muere sin ser reconocido por las autoridades que gobiernan; olvidar
los lugares por donde transitaste, lúcido o en trance: la colonia
penitenciaria, donde cualquier desvío, la más mínima infracción, se
castiga con la tortura de una máquina diseñada para grabar en la piel
del condenado, de la víctima, el mandamiento violado; la Gran Muralla
China, una nueva Babel, en las regiones perdidas de
inconmensurables distancias, donde el infinito es múltiple. Pero
dejémonos de viejas historias, y acompáñame, Franz, que tenemos una
delicada e importante misión que cumplir, y ya he esperado demasiado
tiempo.
Había anochecido.
Melkíades, después de atravesar a grandes zancadas los huertos feraces
de los arrabales, entró en la ciudad. Le seguía Kafka, más esquelético
que nunca, con sus orejas luperinas, su mirada de insomne, su
sardónica sonrisa, y silencioso, extraña y sibilinamente silencioso.
Estas tristes calles de Praga, mi querido Franz, estas estatuas
barrocas, las catedrales, las bibliotecas, el extraño y dulce olor del
gueto, me recuerdan siempre el fondo de tus sufrimientos. Fuiste su
hijo, su prisionero, su poeta; aquí escribiste, meditaste, rezaste,
buscando y temiendo a Dios; aquí tuviste que soportar los tormentos de
tu lucidez. No hubo escape. No podía haber escape. Tu condición de
poeta te condenó a la soledad, a la soledad en tu familia, a la
soledad en la comunidad judía, a la soledad de un exilio moral y
religioso. Aunque en tu obra no hiciste nunca referencia explícita a
Praga, los dos formáis una pareja indisociable. Praga actuó en ti con
toda su potencia metafórica; te confinó a un espacio existencial, te
constriñó a un estrangulamiento espacial y te dosificó perversamente
sus secretos.
Ya veo que
reconoces el camino. Tan pronto como crucemos el Moldau por el Puente
Charles (¡cuantas veces pensaste en arrojarte a sus aguas!) y rodeemos
la sinagoga, estaremos en el Callejón de los Alquimistas. Sí, amigo,
aquí viviste tú un tiempo, gracias a la generosidad de tu hermana
Ottla. Aquí, en la soledad más absoluta, pasaste noche tras noche
garrapateando en tu alemán de bruñido acero tus cuentos de amor, de
locura y de muerte. Por la noche, cualquier ruido por leve que fuera
―el beso de los enamorados, el murmullo de versos de los poetas―, te
sobresaltaba, y ya no podías seguir escribiendo. Te asomabas al balcón
y contemplabas las sombras acechantes de las estatuas de los santos y
las siniestras piruetas de los murciélagos. ¿Sabías que hace siglos,
en los tiempos de Kepler, precisamente en este mismo lugar se ubicaban
los laboratorios donde los alquimistas buscaban (buscábamos) la piedra
filosofal? ¿Sabías que fue aquí mismo donde Johannes Faust hizo un
pacto con el diablo? Sí, en este mismo cubículo, que ahora es mi
morada y que, por esta noche, será de nuevo la tuya.
Pero no temas nada,
amigo Franz, que no he venido a hacerte ningún daño. Sólo te necesito
por una noche, y después te dejaré en paz. Ya habrás adivinado quién
soy. Sí, el mismo que viste y calza: Melkíades. No tengo padre ni
madre ni genealogía, y mis días no tienen comienzo ni tendrán fin; mi
sabiduría es omnisciente, mi presencia perenne, mis poderes
sobrenaturales; conozco los mitos y puedo mantener contacto con el
mundo de los espíritus; puedo ser visto en dos lugares al mismo
tiempo; me parezco al hijo de dios, pero estoy condenado a ser sólo un
mago, un nigromante. Únicamente a los elegidos les corresponde
comprender mis enseñanzas, mis escrituras, aunque para ello, como
devotos auríspices de la escritura, deban pasarse años estudiando el
sánscrito, la hakeitía o el yiddish. Como tú, Doctor Kafka, como el
Cronista de Macondo. Poseo las claves de Nostradamus, y por eso puedo
predecir el futuro. Y escribo mis predicciones en cuartetos, en
francés, con algo de italiano, griego y latín, para que las
torquemadianas lenguas no murmuren. Fecundan mis entrañas Prometeo, el
dios del fuego, y Hermes Trismegisto, el de la
Tabla de esmeralda,
dios de la magia y la escritura, y Paracelso, el del Thesaurus
Thesaurorum Alchimistorum. Para poseer poderes mágicos tuve que
quemarme las cejas durante siglos escrutando los intríngulis de la
Cábala, bajo la férula de Ibrahim ibn Jakub, y así llegué a alcanzar
un verdadero espíritu religioso, una disposición intelectual única y
un conocimiento íntimo de la palabra de Dios. El mundo de los
espíritus, querido Franz, no está cerrado bajo siete llaves. El poder
de la magia es siempre un poder transformador. Los animales hablan, la
materia muerta engendra vida. No tengo que recordarte, pues eso lo
aprendiste muy pronto, que el mundo es mágico y que hay que aceptar
las desviaciones de lo que se considera anormal, llegar a lo que sería
imposible en un mundo empírico: sabes muy bien que un hombre puede
convertirse en animal, que los objetos inanimados pueden moverse con
sólo mirarlos, que las distancias espaciales se pueden condensar o
expandir a voluntad. Lo fantástico es la otra cara de la magia. Con
ella, obtuve la omnipotencia de pensamiento, la victoria sobre las
leyes de la naturaleza.
Descansa, Franz,
descansa. Cierra los ojos y trata de dormir, mientras yo recito
algunos pasajes clave de De generatione rerum naturalium, de
Paracelso, en los que se encierra el misterio para la creación del
homúnculo, del golem, con las fórmulas mágicas del rabino Loew. Cuando
despiertes del sueño de la muerte, habrás dejado de ser un pobre
cadáver condenado a la putrefacción desintegradora para convertirte en
mi mensajero, en el portador del secreto que habrá de revelarle al
Cronista de Macondo su auténtica voz, con la que este podrá, con el
tiempo, contar la saga de los Buendía. He aquí el Shem, la estela
escritural con el nombre de Dios. La llevarás en la frente mientras
dure tu viaje, mientras repitas el conjuro que habrá de despertar al
Gran Solitario. Eres sólo espíritu, es decir, vida misma,
omnipresente, inmortal.
Duerme, Franz,
duerme, sueña, vuela, cruza conmigo los anchurosos mares, atraviesa
conmigo las escarpadas montañas. Pasamos por Zipaquirá, Colombia,
América del Sur, donde el Cronista de Macondo, todavía un muchachón de
negro pelo ensortijado, persigue por la Plaza de los Comuneros a niñas
que se convierten en mariposas, y en las desangeladas aulas del
Colegio San Juan Bautista de La Salle sueña con llegar un día a ser un
gran escritor.
Más allá de las
cenagosas tierras del norte colombiano está Macondo. Que no te importe
la lluvia, Franz, pues esta lluvia, que aquí es perenne, limpia y
purifica. He ahí al pueblo, adormilado bajo el aguacero, sepultado por
una historia legendaria, mítica, donde un día llovieron florecillas
amarillas y despegaron las esteras voladoras cargadas de niños negros
con el pelo rubio y los ojos azules, y de donde partió un tren militar
para arrojar tres mil cadáveres al mar. Ahí están las casas de tablas
con techos de zinc, cerradas con tranca, y en cuyas ventanas se asoman
mulatas desafiantes de senos como calabazas y ancianos de ojos
inquisidores. Ahí están los cuarteles de madera carcomida por los años
y el comején, que rodean los patios plantados de mamones y de papayas,
y de jazmines, de jobos y de limoneros. Y ahí está el castaño al que
José Arcadio Buendía vivió atado hasta su muerte. Caminemos por estas
calles pedregosas por donde deambulan fantasmas tan viejos como la
imaginación de los más viejos del lugar. Ahí está la iglesia de San
José, donde el padre José del Carmen Sánchez se quejó un día de la
poca fe de los lugareños y se negó a dejarse retratar porque, estando
en ayunas, temía que la cámara le hiciera daño. Y ahí está la
estación, adonde un día llegó un tren cargado de hetairas francesas.
Oye, Franz, las voces variopintas, las múltiples lenguas del mundo.
Dejemos atrás los salones de baile, los billares y las galleras. Ya
estamos cerca, muy cerca de la casona del coronel Márquez y su esposa
Tranquilina, y de su nieto, niño aún, que, por tu mediación, habrá de
convertirse algún día en el gran Cronista de Macondo. El niño duerme y
sueña en las historias que le han contado sus abuelos, historias de
sus antepasados de Riohacha y Barrancas, de la guerra de los Mil Días,
en la que su abuelo fue coronel, y la historia del Libertador, que
murió allí muy cerca, en la quinta de San Pedro Alejandrino, historias
donde los muertos siguen viviendo junto a los vivos. Pero sobre todo,
gracias a ti, Franz Kafka, el destino de esta familia quedará para
siempre grabado en la historia de los hombres por los siglos de los
siglos. Y los Buendía cruzarán montañas y ciénagas en busca del
paraíso perdido, y fundarán Macondo. El patriarca José Arcadio Buendía
enloquecerá por amor de la ciencia y, Ursula, su mujer, será quien
mantenga el hogar. Gentes de mi tribu, los gitanos, visitarán el
pueblo trayendo todo tipo de portentos. Y yo, Melkíades, con tu
inestimable ayuda, Franz, comenzaré a pergeñar la historia de Macondo.
Los dos hijos de los Buendía, José Arcadio y Aureliano engendrarán
hijos ilegítimos, Arcadio y Aureliano José, con la misma mujer, Pilar
Ternera; José Arcadio no podrá resistir nuestras voces sirénidas, y se
vendrá con nosotros, los gitanos. Pietro Crespi, un tierno y
melancólico tañedor de lira, cortejará a Rebeca, la adoptada, y una
Buendía, Amaranta, locamente enamorada de él, se llenará de odio y
celos. Un cura fundará una iglesia, y Apolinar Moscote se erigirá en
la autoridad. Liberales y Conservadores entablarán una larga y
sangrienta guerra, en la que Aureliano llegará a ser un famoso coronel
y Arcadio un temible déspota. Pietro Crespi, rechazado por Rebeca, la
comedora de tierra, acabará suicidándose. Y antes de ser ejecutado,
José Arcadio y su mujer Santa Sofía de la Piedad engendrarán gemelos y
también a Remedios la bella, que habrá de subir a los cielos en olor a
santidad. Aureliano Segundo beberá y comerá como un tragaldabas,
fornicará como un desaforado con su amante Petra Cotes y acabará
casándose con la rancia y linajuda Fernanda del Carpio. A Arcadio, su
hijo, lo pasaportarán a un seminario en Roma para que algún día llegue
a ser Papa. De las relaciones ilícitas con el mecánico Mauricio
Buendía, Renata Remedios tendrá un hijo bastardo, Aureliano; y
Amaranta Ursula será enviada a Bruselas a estudiar (y a buscar novio).
Un día, los diecisiete bastardos del Coronel Buendía aparecerán en el
pueblo con sus madres; uno de ellos traerá el tren, que a su vez
traerá a la compañía bananera norteamericana que sembrará en el pueblo
la explotación, la corrupción y la muerte. Morirán los diecisiete
bastardos y hasta el mismo Coronel. Se desencadenará una huelga
general de los trabajadores de la compañía bananera. José Arcadio
Segundo, líder sindical, será el único superviviente de la matanza
perpetrada por las fuerzas del orden. Entonces comenzará a llover
durante varios años seguidos, y Macondo, este Macondo que hoy ves,
acabará siendo una desastrosa ruina. Después morirán Ursula y los
gemelos, y Fernanda Santa Sofía desaparecerá del pueblo. Aureliano se
convertirá en un ser solitario, en recluso dedicado a descifrar mis
manuscritos. Jose Arcadio volverá de Roma y morirá en manos de
delincuentes. Amaranta Ursula y su sobrino Aureliano tendrán
relaciones incestuosas, de las que nacerá el monstruo, el niño con
cola de puerco. Morirá Amaranta Ursula, y Aureliano por fin descifrará
el enigma de mis manuscritos, el enigma de su destino, el final de la
estirpe de los Buendía y la inmortalidad del Gran Solitario, el
Cronista de Macondo.
Pero para que todo
eso ocurra habrán de pasar todavía algunos años, aunque no muchos. El
Cronista de Macondo, querido Franz, no es aún el Cronista de Macondo,
porque para él no eres más que un nombre, y tal vez un escalofrío. Y
ya es hora de que te conozca. No, no lo busques en este pueblo caribe;
hemos de seguir viajando, esta vez hasta la Cordillera Oriental de los
Andes, hasta el pueblo de Nuestra Señora de la Esperanza y Santa Fe,
donde el joven Cronista lucha contra la soledad al que lo condena una
gente melancólica y demasiado ocupada en sus asuntos personales, y
donde, por tu providencial inspiración, se dedicará de lleno a
escribir, oficio, que como tú sabes muy bien, es el más solitario del
mundo. Solitario es el Cronista como lo fuiste tú, un ser extraño en
tu propia vida, creador de personajes inadaptados. Ahora duerme, ahora
sueña, oye ahora tus palabras: “Cuando Gregor Samsa despertó aquella
mañana, después de agitados sueños, comprobó que se había convertido
en un asqueroso insecto”. ¿Te asombras, mi querido Cronista? No te
quepa dudas de que lo maravilloso puede convivir con lo cotidiano y, a
través de un lenguaje evocador y preciso, hace revivir lo inverosímil
y lo reconvierte en verídico y poético. Escribir es armar un sueño,
deletrear un universo concebido por la magia de un ser. ¿Nadie te
había dicho que se podían escribir las cosas de ese modo, mi pobre
Cronista colombiano? ¿No era así, en ese tono natural, busterkeatiano,
como tu abuela te contaba las historias más inverosímiles? La lectura,
el descubrimiento de La Metamorfosis, te atrapará para siempre.
Leerás después “Un artista del hambre”, “La madriguera”,
“Investigaciones de un perro”, retratos mórbidos de soledad y
aislamiento, ironía, humor y sátira, historias de seres atrapados,
enjaulados, confinados. Y así nacerá tu primer cuento, “La tercera
resignación”, sobre un muerto que no estaba muerto; y seguirán otros
como “La otra costilla de la muerte”, y “Eva esta dentro de su gato”,
y “Diálogo del espejo”, y “Tubal-Caín forja una estrella”, y “Ojos de
perro azul, y el “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo” (que
muchos años más tarde será el punto de partida para la evocación que
hará de ti y de tu historia, en la Gran Biblioteca Universal, un
escritor andalusí, vecino de un barrio judío –hasídico, por más señas–
de la Nueva Ámsterdam). Y de ahí, cada vez más envalentonado,
alimentado con la sangre de mi espíritu, escribirás La hojarasca,
y Los funerales de la Mama Grande, y La prodigiosa tarde de
Baltasar, y El coronel no tiene quien le escriba, y La
mala hora, hasta llegar, por fin, a Cien años de soledad,
en cuya historia yo tendré un papel trascendental, desde que el mes de
marzo, con mi familia de gitanos desarrapados plante mi carpa cerca de
la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales demos a conocer
en Macondo los nuevos inventos. Primero llevaré el imán, la octava
maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia, e iré de casa en
casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantará
al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caen
de su sitio, porque has de saber que las cosas tienen vida propia, y
que todo es cuestión de despertarles el ánima. A José Arcadio Buendía,
empeñado en desentrañar el oro de la tierra con mi invento, tendré que
convencerle de que para eso el imán no sirve, pero no me hará caso y
al final lo único que encontrará será una armadura y dentro de ella un
esqueleto calcificado con un relicario de bronce con un rizo de mujer.
Otro año llevaré el catalejo y la lupa, que José Arcadio querrá usar
como artefacto de guerra y con la que casi incendiará la casa. Y yo,
para desagraviarlo, tendré que proveerle de una síntesis de los
estudios del monje Hermann (no te asuste, Franz, no se trata de tu
padre) para que pueda utilizar el astrolabio, la brújula y el
sextante. José Arcadio Buendía se construirá un cuarto para estudiar y
hacer experimentos. Y después de devanarse mucho los sesos, llegará a
la conclusión de que la tierra es redonda como una naranja. Todo el
mundo pensará que está loco, pero no yo, que, admirador de su
inteligencia, le regalaré un laboratorio de alquimia, con su atanores,
probetas y alambiques para que intente fabricar, siguiendo las
descripciones de María la Judía y las fórmulas de Moisés y Zósimo, la
piedra filosofal. Todos dirán que he envejecido y que las
enfermedades contraídas en mis viajes por el mundo han acabado
conmigo. Qué ilusos, qué poco conocen a Melquíades. Lo que sí es
verdad es que la muerte me ha seguido, me sigue y me seguirá a todas
partes, y que soy un sobreviviente de todas las plagas del mundo. La
gente creerá que he muerto, pero con el tiempo reapareceré tan
campante, porque la verdad es que no es fácil soportar la soledad de
la muerte. Los de mi tribu me repudiarán, y, desprovisto de toda
facultad sobrenatural por mi fidelidad a la vida, me refugiaré en
Macondo, donde aún no habrá muerto nadie, y me dedicaré al noble arte
de la daguerrotipia. Al principio, cuando José Arcadio Buendía vea la
imagen de toda su familia reflejada en una lámina de metal
tornasolado, se asustará mucho, pensando en que la gente se gasta poco
a poco a medida que queda plasmada en el metal, hasta que comprenda su
mecanismo y él mismo se empecine en fotografiar a Dios para probar, de
una vez por todas, su existencia. Yo, al socaire de todos esos
desatinos, seguiré garrapateando mis manuscritos, mis encíclicas
cantadas, de las que sólo Aureliano entenderá algo. Y un día
proclamaré que he muerto de fiebre en los médanos de Singapur, y José
Arcadio, tan astuto él, afirmará que yo soy inmortal, y se llevará mi
cadáver al laboratorio para resucitarme, exactamente como yo he hecho
contigo, mi querido Kafka. Pero ni sahumerios mercuriales ni fórmulas
cabalísticas podrán resucitarme, y acabarán enterrándome en el
cementerio del pueblo. ¡Figúrate qué honor: el primer muerto de
Macondo! Claro que yo seguiré deambulando por la casa, y un día,
cuando el niño Aureliano Segundo, le pida a Ursula que le deje entrar
en mi habitación, la pobre vieja se llevará un susto de órdago al
comprobar que la estancia del viejo Melkíades está más limpia y
brillante que una patena. Con Aureliano Segundo me sentiré feliz,
aunque de ninguna manera accederé a traducirle mis papelotes. José
Arcadio Segundo será el más porfiado, y durante años, mientras la
lluvia azote al pueblo, se empeñará en descifrar mis manuscritos,
recluido a cal y canto en aquel cuarto que le había proporcionado la
paz. Por fin, José Arcadio Segundo logrará interpretar las letras
crípticas de mis pergaminos, pero morirá pronto, y Santa Sofía de la
Piedad tendrá que degollarlo antes de enterrarlo, por si las moscas.
Con Aureliano haré muy buenas migas, porque, discípulo aventajado,
aprenderá con suma facilidad los secretos de la ciencia demonológica y
hasta las claves de la piedra filosofal, y descubrirá que mis
pergaminos están escritos en sánscrito, porque al fin y al cabo, como
gitano que soy, mi origen está en la India. Pero no sólo de pan vive
el hombre, y Aureliano no sólo se dedicará a desentrañar algunos
pliegos de mis legajos, sino que tendrá tiempo también para
refocilarse con la Nigromanta, una mulata de rompe y rasga, y de
enamorarse incestuosamente de Amaranta Ursula, de la que nacerá el
monstruito de rabo de cerdo, y cuando al engendro lo devoren las
hormigas tendré que echar los pergaminos al fuego, y todo habrá
acabado, y todo habrá de empezar otra vez.
Muchos años
después, poco antes de exhalar su último suspiro en aquel sanatorio
cercano a Viena, Franz Kafka había de recordar aquella tarde remota en
que Melkíades lo llevó a conocer Macondo. Sonrió entonces, y supo que
había alcanzado la inmortalidad.
* Foto de
Gerardo Piña
Rosales
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