Miami
Estados Unidos
Año IX

 Nº 53/54

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

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Universidad Central de la Florida en Orlando

 

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Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

BORGES, DE ADOLFO BIOY CASARES

(Las franquezas de la intimidad)

 

 por

 

José María Piñeiro

 


 

BORGES, de Adolfo Bioy Casares.

Ediciones Destino. Barcelona, 2006.

 


 

     Creo que nunca hasta el momento había leído un libro tan voluminoso de forma tan liviana. Cuando la lectura del mismo se detuvo en la última anotación de Bioy, la cifra de 1596 páginas me pareció ilusoria. El interés por saber más y más sobre Borges, ha hecho que la lectura fluyese y se acostumbrara gratamente a tanta información continua. Leyendo a Borges siempre se aprende algo nuevo, se nos revela algún detalle que estaba ante nosotros y no percibíamos. El presente volumen satisface ampliamente ese aspecto y consigue, por su extensión e interés, que nos instalemos frente al mismo Borges, como si lo escucháramos, invitados, en el salón de su casa. Ahora bien, el texto de Bioy no es tanto un libro de recuerdos sentimental o temáticamente estructurado como un mero y vasto bloc en el que han sido registrados los encuentros diarios con Borges a lo largo de toda una vida.

 

     Y hay que subrayar que se trata de anotaciones, es decir, Bioy no juzga apenas lo que recoge de labios de Borges y de amigos comunes.  Se limita a reproducir lo expresado por su amigo, anota las frases que se les ocurren a ambos, las escuchadas en la calle o en el metro, las anécdotas, los viajes, o bien las lecturas que realizan o las traducciones en las que están trabajando. Hay pues un material diverso y rico, siempre interesante, y para los borgianos supongo que constituirá un suculento  manual de consulta ocasional y más que curiosa, porque en estos documentos escuchamos no a un Borges distinto al que conocemos, pero sí menos condicionado por la presencia de interlocutores extraños y por lo tanto, digamos, sin pelos en la lengua.

 

     Efectivamente. Si hay algo que personalmente me gusta de Borges ( y que hay que agradecerle) es que siempre suele ser provocativo. Desde luego que en el material recogido aquí hay elementos tanto para la reflexión enriquecedora como para la polémica y es en este último aspecto en el que quisiera detenerme. 

 

     Teniendo en cuenta que con muchas de las expresiones recogidas no se puede propiamente polemizar, porque hacerlo  implicaría practicar una crítica desmesurada, descontextualizar lo que se ha dicho en la intimidad y que hasta el mismo Borges corrige o modifica en otros ámbitos comunicativos, distintos al privado, sí es verdad que con pensamientos más reincidentemente expuestos es posible opinar, ya que de este modo abierto  aparecen en los diálogos y en las mismas obras de Borges y además, Bioy nos los ofrece generosamente.

 

     Sin ningún ánimo exhaustivo, podríamos comentar algunas de las citas más osadas o interesantes, las más polémicas o reiterativas. Si me centro en las referidas al ámbito español es tanto por su carácter directamente alusivo como por la frecuencia con que aparecen en los diálogos con Bioy; también, por otro lado, para no alargar demasiado el artículo.

 

 

LA LITERATURA ESPAÑOLA NO EXISTE

 

El tira y afloja con la literatura española y con todo lo español,  produce alguna de las manifestaciones más irritantes pero también más enjundiosas del texto. A Borges le gusta la franqueza y la nobleza prototípicas del español cuando éstas se manifiestan de modo natural y anónimo. “Los españoles cuando no pretenden ser genios, son personas excelentes”. ¿Qué hubiera dicho, entonces, de Dalí, si lo hubiera conocido? Ahora bien, hay otras cosas, al parecer también  típicas de los españoles, que a Borges no le hacen mucha gracia. Por ejemplo el aberrante gusto, no exactamente en el uso del taco, sino en la utilización de determinadas palabras demasiado pintorescas que denotan una inclinación malsana por lo pedestre. En una comida, Bioy Casares conoce la palabra “esparadrapo” de boca de Camilo José Cela. Cuando Bioy se la comunica a Borges, éste, escandalizado profiere: “Esas palabras denigrantes que tienen los españoles son opiniones sobre la realidad: expresan la convicción de que todo es despreciable, una inmundicia. Al español que escribe con palabras oscuras, no lo tomamos por secreto sacerdote del idioma, sino por labriego”.  Lo que no comprendo es cómo Borges no convirtió su violenta y prejuiciosa parrafada en un ensayo sobre la ya no presunta, sino declarada metafísica del ser de lo español basándose, como elementos de juicio, tanto en la churretosa  contundencia sonora de determinadas palabras como en el olor que determinadas  calles de ciertos pueblos castellanos despedían hacia 1890, según constataron los viajeros y documentos de la época… Estamos de acuerdo que el realismo español ha sido prosaico en literatura, pero ha sido ese prosaísmo, precisamente, el que pintores y escritores han procurado convertir en antídoto del mismo; el que un Solana, por ejemplo, exorciza  a través  del esperpento pictórico y del crudo artículo denunciatorio. ¿Qué papel ha tenido el prosaísmo en el Quijote, por ejemplo? ¿Y qué suerte de silenciosa transfiguración de la realidad se produce  en un Velázquez, quien, sin añadirle elementos fantásticos, nos la devuelve, llena del delicado misterio de sí? Borges se muestra demasiado influenciado por el viejo estereotipo del español llano, castizo, militaroide o grosero, convirtiendo ese estereotipo  en canon. Si en otras ocasiones elogia la sonoridad del castellano, destaca el riguroso juego de simetrías que articula la estructura del verso en la obra de los poetas clásicos españoles, o comenta el libre juego de la alternancia verbal de los modos “ser” y “estar” en la frase, cosa de la que carecen otras lenguas, ahora, fulminantemente, se desposee al español de toda exquisitez literaria y se le hace descender al humus del lenguaje por la infecta aparición de una palabra tan chocante como “esparadrapo”. Por otro lado, también, Borges parece, repentinamente, haber perdido el humor: en la utilización estratégica de esas “palabras denigrantes” está su conjuración, ya que lo que a Borges le resulta repugnante,  a otros se les  antoja, precisamente, la peculiaridad expresiva del castellano. Ninguna lengua es fatal e inercialmente su mero vocabulario: conjugando sus capacidades y limitaciones, las combinaciones resultantes pueden, incluso, ofrecernos el aspecto de una lengua nueva.

 

     Borges vuelve a emitir un juicio desmesurado cuando denuncia lo que considera una falta de generosidad, al constatar que no hay ejemplos en la literatura española que celebren los triunfos bélicos de extranjeros. ¡Como si semejante cosa fuera la norma universal! Cita el ejemplo de Lepanto, de Chesterton y dice que esa ausencia denota malos sentimientos. Francamente, no creo que se pueda ser tan contundente.

 

     Es como decir que por estar mirando inopinadamente hacia la izquierda, condenase todo lo que ocurriera a mi derecha ya que un tercero que me observa, sospecha que detesto lo que se encuentra en ese lado al no mirarlo. Habrá que entender que quien ha repetido lo de “la caudalosa amistad de los españoles”, no juzgue a estos sino al Imperio y a su historia.

 

     Otro ejemplo fugaz de cómo actúa el estereotipo es cuando comentando la palabra “juerga” no puede imaginar otra escenificación de su significado que la de un tablao andaluz, con guitarras, vino y señoritas disponibles, seguramente reflejo de lo que vio cuando viajó a España por primera vez.

 

     Pero el estereotipo no sólo atañe a formas de pensar, de actuar, de hablar. Existe una curiosa tipología de especímenes  reunidos por su aspecto físico. Hablando del poeta Rega Molina, dice que  “era hijo de español, pertenecía a ese tipo de español simiesco…” Seguramente Borges se refería a un tipo de español que proliferó a mediados y finales del XIX, de baja estatura, ancho de espaldas, piel morena y mirada fija que emigró a Sudamérica, diseminándose  por varios países, entre ellos, Argentina, y que era muy amigo de hacer chistes sobre las sustancias naturales que desprendemos los seres humanos. Creo que este tipo de español acabó extinguiéndose. La evolución genética, en acorde con la bonanza económica, ha hecho maravillas. Aunque juro haber visto daguerrotipos de individuos españoles con rostros de indudable atractivo y sorpresiva actualidad…. 

 

     Los nombres más frecuentes en las conversaciones de Borges sobre literatura española y universal, como era de esperar, son los de Cervantes, Góngora y Quevedo. Hay un juicio oscilante entre estos dos últimos, que favorece, finalmente, a Góngora: “Lo mejor de Góngora es mejor que lo mejor de Mallarmé”. Elogia el buen hacer literario y la inteligencia de Fray Luis de León y piensa que San Juan de La Cruz es uno de los mayores ejemplos de poesía amatoria.        

    

     Las críticas a Gracián no descubren nada nuevo,- sus obras son una puesta en escena de cartón piedra, sus textos, un mero mecanismo,  prolongación vacía del pensamiento escolástico, etc. -; pero  precisamente ese carácter de mecanismo que reduce la obra de Gracián a mera manifestación de signo puro, se convierte en objeto negativo de discusión reincidente. Esto no deja de corresponderse con lo que Alberto Manguel recuerda: que a Borges le interesa tanto lo que dicen los pensadores como la forma en que lo dicen.

 

     La aventura espiritual de Unamuno le gusta, incluso quiso ser Unamuno, de alguna manera, como en más de una ocasión dijo, pero el exabrupto de la prosa unamuniana, la impetuosidad en la formulación del pensamiento es algo ofensivo para quien conoce muy bien la importancia de las formas. “Unamuno escribió que él veía a Dios como el productor de inmortalidad y que sólo eso le interesaba: su inmortalidad. Qué bruto. Cómo no le interesaba saber que el mundo tiene algún sentido. ¿Por qué le interesaba tanto su inmortalidad? No creo que Unamuno hubiera adelantado mucho en el proceso de despersonalización”.

  

     Estamos de acuerdo en que los modos de Unamuno pecan de impaciencia,  que puede parecer un ansioso egoísta en ese ademán de casi agarrar por la pechera a la divinidad reclamando inmortalidad propia, pero también habría que preguntarle a Borges si ese “proceso de despersonalización”,  es por fascículos o prevé algún final real fuera de toda retórica. Unamuno es un bruto, pero de las tosquedades de su viejo y admirado Schopenhauer, Borges no dice una palabra. Más adelante parece darse cuenta de que hay razones para reclamar íntimamente esa inmortalidad personal, y piensa que acaso la querencia de  Unamuno pueda ser justificable. Lo que pasa es que Borges se encuentra cómodo en lo impersonal; lo personal es quizá demasiado complicado, es, a fin de cuentas, barroco, ya que en el concierto universal de las multiplicidades en liza,  requerir atención y justicia absoluta para uno puede resultar complicado o quimérico.

 

     Ortega es otro de sus imposibles. Sencillamente lo rechaza por la cursilería de su estilo, admitiendo que su pensamiento tiene aciertos, aunque tampoco demasiados. Se atreve a criticar la hiperfamosa definición del yo orteguiano y  piensa que, a veces, superamos las circunstancias, que no nos determinan tanto como Ortega apunta. Rechaza que sólo seamos el producto de la historia, afirmando que nuestra excelencia quizá resida en poder  desligarnos de las servidumbres mentales y sociales que nos impone.  Cuando comprobó que Ortega no desistía en sus ocasionales florituras, dejó de leerlo. Aquí, lo que a Borges le molesta es la autocomplacencia. Personalmente, admito que el tono pedagógico y los tirabuzones literarios que Ortega se permite a placer en sus exposiciones se convierten en interferencias de sus interesantes incursiones, pero ello no alcanza un nivel tan escandaloso como para que la lectura se torne imposible. Aunque,  en definitiva, quizá Borges hizo bien; no sabemos cómo hubiera reaccionado si hubiera leído lo que Ortega escribió, en el tomo VII de El Espectador, sobre la forma de ser de los argentinos. 

De Azorín dice que “debe ser el único caso de éxito por méritos negativos”, lo cual convierte al personaje Azorín en una curiosa rareza. Lo leerán quienes gusten de su tempo literario. Simplemente.

 

     Baroja es otro de los criticados por el desmadejamiento de su estilo, pero les atrae (a Borges y a Bioy) la honestidad con que mira la realidad.

 

    El juicio final sobre la literatura española es algo desalentador, pues según Borges estamos hablando más de un espectro que de una realidad: “La   literatura española, mejorada por los traductores, ha engañado al mundo. Cuando el idioma español sea la lengua universal, se descubrirá el engaño”.

 

    Esto recuerda lo que Mircea Eliade dice acerca de los personajes de las novelas de Dostoyevsky, cuando explica que el efecto alucinado que presentan es más producto de la traducción que realidad originaria. Ahora bien, aun contando con este importante dato, sería bien laborioso negar el dramatismo dostoyevskiano, las novelas de Dostoyevsky o, incluso, los personajes mismos. Simplemente, la traducción multiplica o desfigura hasta cierto punto, aspectos originales, y quizá, de un modo, felizmente irremediable.

 

     Lo que viene a decir Borges no es que la literatura española sea una entelequia, sino que la traducción sobredimensiona engañosamente unos efectos que son más modestos en origen. La traducción, pues, en algunos casos, convierte al texto traducido en hipérbole de sí mismo. Pero quizá, sean esos efectos modestos lo ilusorio y no a la inversa. Es decir, que hay que agradecer el equívoco de que el mundo haya interpretado tan españolamente la literatura española… Borges habla más de un efecto estético que de una moral, de unas tramas, de unos personajes. Sin embargo, ¿por qué Umberto Eco, a la hora de buscar una lengua que pueda igualarse al alemán en fuerza sonora elige el español?  En realidad, quizá el efecto engañoso sea la familiaridad con la lengua que creemos dominar. “La familiaridad produce indiferencia”, como dijo Huxley.

 

     Lo que ocurre con la afirmación borgiana es que, debido a la especificidad que denuncia, convierte a la literatura española en algo excepcional.  ¿Cómo ha engañado la literatura española a todos los lectores no españoles del mundo? ¿Cómo ha articulado su trampantojo para cautivar a los críticos de ambos hemisferios? Eso es lo que Borges no explica, y no lo explica porque hacerlo comportaría la indistinta aplicación de ese juicio a muchas otras literaturas.

 

     El error de perspectiva consiste en aplicarlo  extraordinariamente a una sola literatura. Don Quijote, Sancho, Don Juan, Carmen, todos son personajes literarios y de los más elocuentemente reales del imaginario universal. Sencillamente, sin la idiosincrasia del pueblo español y los avatares de su historia, serían estos personajes literarios los que no existirían. El propio Borges admite que es impensable un Don Juan en el mundo árabe, por ejemplo. Cierto es que “las españoladas” han sido imitadas y promocionadas por los mismos españoles; eso no indica sino que el artificio no existiría sin un modelo, probablemente menos explosivo, pero real. Si admitimos que la españolada es no sólo una parodia sino que se basa en una falacia, y que no existe una tipicidad española salvo la que se representa en las españoladas mismas, tendrían que pulular indistintamente, pero del mismo llamativo modo que las españoladas, las italianadas, las belgicadas, las eslovaquiadas, las francesadas, las alemanadas, cosa que no sé si es tan claramente frecuente.

 

     En definitiva, ¿resulta aplicable lo dicho por Borges a otras literaturas sobre las que no pesa  un juicio tan severo?   Porque lo que en definitiva se postula en esa frase es que lo español no existe, salvo captado-interpretado  por mentes foráneas, lo que hace de la cuestión, por un lado, una discusión nominalista, y por otro,  un problema irreductible, ya que lo mismo podría decirse de los productos culturales de otras naciones: su identidad dependería de su percepción por los otros. Típico juego de espejos borgiano.

    

     Citaré un par de ejemplos. Cuando Heine visita Italia, se ve desbordado por la luz, la vivacidad de las gentes y las bellezas arquitectónicas de las ciudades,  y llega a decir, quejándose, que mientras Italia tiene a Vivaldi, a Scarlati, a Paganini, ellos sólo tienen a Mozart. No hay ironía en la apreciación. Heine veía pobre la cultura germana frente a la rutilante Italia. Quizás hayan sido los no germanos los que han santificado a Mozart.

 

     Recientemente se ha traducido íntegramente al castellano la obra magna de Hegel, “Fenomenología del Espíritu”. Según los profesores universitarios tanto españoles como alemanes, esta traducción ha mejorado la caótica prosa del pensador alemán. ¿No apuntan ambos ejemplos a la reversibilidad de lo dicho por Borges?

 

     Yo creo que si la literatura española no hubiera entrado en crisis a partir del siglo XVII, y hubiéramos podido contar con más ejemplos notables, con una Ilustración y un romanticismo más productivos, Borges no hubiera tenido que contentarse únicamente con los clásicos y no hubiera dicho lo que Bioy recoge y nosotros estamos comentando.

 

     Hay un detalle importante en la frase de Borges: cuando todo el mundo hable español, nos daremos cuenta de lo equívoco de su prestigio, de la nadería final de su literatura. Esto resulta tan discutible como groseramente obvio. Equivale a decir que la universalidad de una lengua comportaría la uniformidad del pensamiento, la imposibilidad de interpretar de modo distinto la realidad  al modo en que, en este caso, la lengua española nos permite hacerlo, cuestión más que evidente y que sería aplicable a cualquier otra lengua, fueran las que fueran sus posibilidades y limitaciones. Si en el mundo sólo hubiera españoles, está claro que dejaría de haberlos, del mismo modo que si sólo hubiera daneses. Necesitaríamos una valoración distinta a la mera generalidad nacionalista no ya para diferenciarnos, sino para hacer surtir la diferencia a través de clasificaciones distintas. La diferencia se convertiría en el objetivo a perseguir y producir, resultaría necesaria para percibirnos. Mientras existan alemanes, por ejemplo, los alemanes no podrán dejar de percibir la literatura española como alemanes. Por eso, Borges dice “Cuando el idioma español sea la lengua universal”, es decir, cuando todos hablemos una sola lengua, se acabará el misterio, la especificidad. El ejemplo de la extensión del español en Sudamérica, confirmando la creación de otras literaturas en el seno del mismo idioma, parece demostrar lo contrario. La perspicacia borgiana corre el riesgo de convertirse  en una perogrullada, porque de lo contrario, ¿porqué es precisamente la literatura española la que“ha engañado al mundo”? ¿Posee algo realmente propio que es lo que hace que se la considere de un modo concreto? ¿O cualquier literatura tendrá, irremediablemente, para el lector no perteneciente a su idioma, alguna particularidad, alguna señal identitaria, aunque sólo sea la que tónicamente imponga la lengua en que esté escrita?

 

     En el caso fictivo de que en el mundo sólo se hablara español, está claro que la diferencia posible habría que buscarla dentro de la propia lengua, en las simas o periferias de ésta. Las circunstancias y las mentes creadoras subvertirían esa lengua única. Pero volvemos a lo ya referido. También sería lamentable que en el mundo sólo se hablara francés, o chino, o argentino, abortándose las posibilidades constructivas y tímbricas de otros idiomas…. La totalidad de las obras escritas en una lengua, están condicionadas, huelga decirlo, por la plasticidad y la primordialidad del idioma en que han sido producidas. Lo dicho por Borges supone más un cuestionamiento de las identidades que una mera crítica al influjo equívoco de una literatura en especial. Yo, a veces, he fantaseado con la idea de que el mundo era sólo España. Al final, acabo viendo españolas rubias que se me antojan inglesas, conductas de “españoles” extrañas a las de los españoles. Aun hablando y pensando en un mismo idioma, el monolitismo de las personas es ilusorio. Claro que, no sé si Borges se dio cuenta de todo esto al decir lo que dijo.

 

 

RAREZAS, PURITANISMOS, INCAPACIDADES

 

     Son conocidas de todos las críticas de índole política que han caído sobre Borges, acusándolo de reaccionario e insolidario, o bien su polémica, larga en el tiempo, con Sábato, sobre sus reticencias al compromiso social. Parafraseando unas declaraciones del propio Borges a un periodista que le interrogó sobre sus tendencias políticas, creemos, como él mismo dijo, que ya hizo bastante escribiendo lo que escribió, que escribir literatura fantástica o poesía, también es defender el mundo, admitiendo que el compromiso con la sociedad en que se vive debía consistir en una opción ética e íntima del escritor y no en la manifestación de un  automatismo militante.

 

     De todos modos, es, como siempre, el modo en que Borges se distancia o se desentiende, el casto guarecimiento en el escepticismo, lo que, ante la urgencia de los hechos sobre los que hay que pronunciarse, nos irrita.

Hablando de la “naturaleza funcional del discurso clásico”, Barthes dice que las palabras de éste “se encaminan hacia el álgebra”. A veces he pensado que este apunte barthesiano, revela las aspiraciones del estilo prosístico de Borges, pero que aplicado a la postura  que adopta ante los azares y violencias concretas de la existencia,  lo ubican físicamente ante los desenvolvimientos, precisamente, menos algebraicos de la vida. Cuando el poeta Lanza del Vasto, como motivo de la independencia de Argelia, protesta con una huelga de hambre para que esa independencia se produjese de modo incruento, a Borges y a Bioy parece chocarles el modo original que tiene el poeta de protestar. Es como si se lanzara al suelo a llorar haciendo responsables a los otros, comenta Borges. Al parecer, en vez del modo civilizado e inteligente de protestar de Lanza del Vasto, que busca provocar  la reacción de las fuerzas políticas implicándolas en la responsabilidad del destino de un ciudadano francés que es él mismo,  la forma  adecuada hubiera sido, según Borges, volar, directamente, por los aires los tanques franceses. A Borges no le molesta que Lanza del Vasto protestase, sino la atrevida forma en que éste lo hizo.

 

     Hablando de Rimbaud, dice que su suerte literaria depende sólo de un poema, El Barco ebrio. Supongo que simularía no darse cuenta de que, como dice Leopoldo María Panero, “lo que importa de Rimbaud no es lo que dice, sino por qué se dice y cómo se dice”. Obviar el valor extraliterario de Rimbaud, aunque sus biógrafos acaben por sumarnos en el hastío, no es algo tan fácil todavía.

A veces parece que Borges mire el mundo aislado, desde una burbuja de cristal. “Qué raro que a la gente le guste el vino”, dice. Tan extraño como que florezca una rosa, desde luego.

  

     De  la música de Stravinsky, elogia su colorido y vivacidad, pero a continuación, previniéndose de toda desmesura, advierte: “Mejor no decírselo a Stravinsky. A lo mejor su música expresa toda la tristeza del mundo moderno”. De nuevo, la paradoja actuando sorpresivamente. ¿Qué quiere decir Borges? ¿Qué el compositor ruso no sabía lo que escribía?

 

     En realidad, lo que Borges sugiere es que la música stravinskyana es una expresión de la alienación de la sociedad moderna, y claro, lo peor de estar alienado es no saberlo. Lo que ocurre es que este tipo de cautelosas observaciones sobre la música contemporánea,- recordemos, de paso, la descalificación tajante que hace de Piazzola o la burla, de la que también Bioy participa, sobre la libertad interpretativa en las composiciones musicales de vanguardia - , parecen revelar lo que podríamos denominar una cierta incapacidad dionisíaca. En Borges hay una asimetría entre la dimensión de sus lecturas y los gustos musicales. No es tanto que tema mórbidamente abandonarse, como que se niegue a aceptar la aventura no clásica de la música moderna. ¡Pero si el mismísimo Gardel le parecía ya una aberración del tango originario! Literariamente, puede surcar los laberintos de un Joyce, reflexionar sobre las pesadillas de un Kafka, evocar las viriles gestas de los  antepasados, los esplendores de batallas míticas, pero experimenta una curiosa ineptitud para hacer lo mismo con la diversa y riquísima música de su tiempo.

 

     A veces Borges es anodinamente cruel. Refiriendo el fallido intento de Menéndez y Pelayo y Gurmersindo Laverde  de presentar una historia de la ciencia española a través del volumen titulado de esta forma y cuya primera edición es de 1876, dice que “se reunían a conversar: los imagino muy sucios, evil smelling”. Caramba. ¡Diablillos apestosos! Para decir que ambos autores concibieron una obra más artificial que ilustrativa o pedagógica, los convierte en arteros conspiradores de la verdad, en brujos preparando una receta venenosa y les aplica una sanción religiosa basada en la dualidad pureza-impureza. Yo creo que no los incluyó en su Historia universal de la infamia, porque ambos autores urdieron la travesura “a escondidas”, mientras que los piratas, bandidos y gángster de su libro son ejemplares: hacían el mal abiertamente, y disparan sin pensárselo dos veces a la cara. Supongo que si en vez de ser españoles, se hubiera tratado de dos pseudoeruditos franceses o ingleses tratando de hacer circular por las escuelas de su época algún tipo de mistificación histórica, Borges habría sido más benigno, interpretando el hecho cómicamente o justificándolos aunque sólo fuera como creadores de apócrifos, pero no los hubiera imaginado “sucios”, precisamente. 

  

     Es algo muy elemental decir que una afirmación cualquiera  suscita la opuesta en el interlocutor que escucha. Personalmente, no he leído el volumen de Bioy a la defensiva, todo lo contrario: ya he dicho que nunca se me han hecho tan gratas y leves  a la lectura las más de 1500 páginas del presente libro. Podría escribir otro artículo tan largo como este sobre las numerosas e interesantes observaciones que Borges nos facilita a través de su amanuense secreto, Bioy, sobre los más diversos aspectos de la literatura y de la vida. Y desde luego, bien lejos de mis intenciones el esbozar, siquiera, un retrato moral de Borges. Simplemente he reaccionado ante las afirmaciones que me han parecido injustas, previsiblemente feroces o artificiosas, ante los tics y las observaciones del Borges que me parece más extraño y maquinal. Como Borges renunció a su yo, su inteligencia habla por él. De ahí que resulte tan brillante como antipático.

     

     Lo que he pretendido no ha sido juzgar sino comentar. En realidad, y leyéndolas con cierta perspectiva, las consideraciones de Borges sobre la literatura española, por ejemplo, aunque conservando su capacidad provocadora, también suenan ya algo tópicas, como si en parte, hoy las hubiéramos superado o aceptado.  

 

José María Piñeiro Nació en Orihuela, Alicante, España (1963). Poeta y editor. Ha cursado estudios de filología, historia del arte y filosofía a través de la U.N.E.D. Co-fundador de la revista literaria Empireuma y adscrito como colaborador a la publicación socio-cultural La Lucerna, ambas editadas en Orihuela. También, cultiva la pintura, la fotografía y el dibujo, habiendo participado en exposiciones colectivas. Ha publicado en prensa y en otras revistas literarias de España. Ligado especialmente a la revista de comunicación surrealista madrileña Salamandra. Seleccionado en antologías de poesía joven alicantina, ha publicado la plaquette El légamo de las estrellas.