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Creo que nunca hasta el momento había leído un libro tan voluminoso de
forma tan liviana. Cuando la lectura del mismo se detuvo en la última
anotación de Bioy, la cifra de 1596 páginas me pareció ilusoria. El
interés por saber más y más sobre Borges, ha hecho que la lectura
fluyese y se acostumbrara gratamente a tanta información continua.
Leyendo a Borges siempre se aprende algo nuevo, se nos revela algún
detalle que estaba ante nosotros y no percibíamos. El presente volumen
satisface ampliamente ese aspecto y consigue, por su extensión e
interés, que nos instalemos frente al mismo Borges, como si lo
escucháramos, invitados, en el salón de su casa. Ahora bien, el texto
de Bioy no es tanto un libro de recuerdos sentimental o temáticamente
estructurado como un mero y vasto bloc en el que han sido registrados
los encuentros diarios con Borges a lo largo de toda una vida.
Y hay que
subrayar que se trata de anotaciones, es decir, Bioy no juzga apenas
lo que recoge de labios de Borges y de amigos comunes. Se limita a
reproducir lo expresado por su amigo, anota las frases que se les
ocurren a ambos, las escuchadas en la calle o en el metro, las
anécdotas, los viajes, o bien las lecturas que realizan o las
traducciones en las que están trabajando. Hay pues un material diverso
y rico, siempre interesante, y para los borgianos supongo que
constituirá un suculento manual de consulta ocasional y más que
curiosa, porque en estos documentos escuchamos no a un Borges distinto
al que conocemos, pero sí menos condicionado por la presencia de
interlocutores extraños y por lo tanto, digamos, sin pelos en la
lengua.
Efectivamente. Si hay algo que personalmente me gusta de Borges ( y
que hay que agradecerle) es que siempre suele ser provocativo. Desde
luego que en el material recogido aquí hay elementos tanto para la
reflexión enriquecedora como para la polémica y es en este último
aspecto en el que quisiera detenerme.
Teniendo
en cuenta que con muchas de las expresiones recogidas no se puede
propiamente polemizar, porque hacerlo implicaría practicar una
crítica desmesurada, descontextualizar lo que se ha dicho en la
intimidad y que hasta el mismo Borges corrige o modifica en otros
ámbitos comunicativos, distintos al privado, sí es verdad que con
pensamientos más reincidentemente expuestos es posible opinar, ya que
de este modo abierto aparecen en los diálogos y en las mismas obras
de Borges y además, Bioy nos los ofrece generosamente.
Sin ningún ánimo exhaustivo, podríamos comentar algunas de las citas
más osadas o interesantes, las más polémicas o reiterativas. Si me
centro en las referidas al ámbito español es tanto por su carácter
directamente alusivo como por la frecuencia con que aparecen en los
diálogos con Bioy; también, por otro lado, para no alargar demasiado
el artículo.
LA LITERATURA
ESPAÑOLA NO EXISTE
El tira y afloja con la
literatura española y con todo lo español, produce alguna de las
manifestaciones más irritantes pero también más enjundiosas del texto.
A Borges le gusta la franqueza y la nobleza prototípicas del español
cuando éstas se manifiestan de modo natural y anónimo. “Los españoles
cuando no pretenden ser genios, son personas excelentes”. ¿Qué hubiera
dicho, entonces, de Dalí, si lo hubiera conocido? Ahora bien, hay
otras cosas, al parecer también típicas de los españoles, que a
Borges no le hacen mucha gracia. Por ejemplo el aberrante gusto, no
exactamente en el uso del taco, sino en la utilización de determinadas
palabras demasiado pintorescas que denotan una inclinación malsana por
lo pedestre. En una comida, Bioy Casares conoce la palabra
“esparadrapo” de boca de Camilo José Cela. Cuando Bioy se la comunica
a Borges, éste, escandalizado profiere: “Esas palabras denigrantes que
tienen los españoles son opiniones sobre la realidad: expresan la
convicción de que todo es despreciable, una inmundicia. Al español que
escribe con palabras oscuras, no lo tomamos por secreto sacerdote del
idioma, sino por labriego”. Lo que no comprendo es cómo Borges no
convirtió su violenta y prejuiciosa parrafada en un ensayo sobre la ya
no presunta, sino declarada metafísica del ser de lo español
basándose, como elementos de juicio, tanto en la churretosa
contundencia sonora de determinadas palabras como en el olor que
determinadas calles de ciertos pueblos castellanos despedían hacia
1890, según constataron los viajeros y documentos de la época… Estamos
de acuerdo que el realismo español ha sido prosaico en literatura,
pero ha sido ese prosaísmo, precisamente, el que pintores y escritores
han procurado convertir en antídoto del mismo; el que un Solana, por
ejemplo, exorciza a través del esperpento pictórico y del crudo
artículo denunciatorio. ¿Qué papel ha tenido el prosaísmo en el
Quijote, por ejemplo? ¿Y qué suerte de silenciosa transfiguración
de la realidad se produce en un Velázquez, quien, sin añadirle
elementos fantásticos, nos la devuelve, llena del delicado misterio de
sí? Borges se muestra demasiado influenciado por el viejo estereotipo
del español llano, castizo, militaroide o grosero, convirtiendo ese
estereotipo en canon. Si en otras ocasiones elogia la sonoridad del
castellano, destaca el riguroso juego de simetrías que articula la
estructura del verso en la obra de los poetas clásicos españoles, o
comenta el libre juego de la alternancia verbal de los modos “ser” y
“estar” en la frase, cosa de la que carecen otras lenguas, ahora,
fulminantemente, se desposee al español de toda exquisitez literaria y
se le hace descender al humus del lenguaje por la infecta aparición de
una palabra tan chocante como “esparadrapo”. Por otro lado, también,
Borges parece, repentinamente, haber perdido el humor: en la
utilización estratégica de esas “palabras denigrantes” está su
conjuración, ya que lo que a Borges le resulta repugnante, a otros se
les antoja, precisamente, la peculiaridad expresiva del castellano.
Ninguna lengua es fatal e inercialmente su mero vocabulario:
conjugando sus capacidades y limitaciones, las combinaciones
resultantes pueden, incluso, ofrecernos el aspecto de una lengua
nueva.
Borges
vuelve a emitir un juicio desmesurado cuando denuncia lo que considera
una falta de generosidad, al constatar que no hay ejemplos en la
literatura española que celebren los triunfos bélicos de extranjeros.
¡Como si semejante cosa fuera la norma universal! Cita el ejemplo de
Lepanto, de Chesterton y dice que esa ausencia denota malos
sentimientos. Francamente, no creo que se pueda ser tan contundente.
Es como
decir que por estar mirando inopinadamente hacia la izquierda,
condenase todo lo que ocurriera a mi derecha ya que un tercero que me
observa, sospecha que detesto lo que se encuentra en ese lado al no
mirarlo. Habrá que entender que quien ha repetido lo de “la caudalosa
amistad de los españoles”, no juzgue a estos sino al Imperio y a su
historia.
Otro
ejemplo fugaz de cómo actúa el estereotipo es cuando comentando la
palabra “juerga” no puede imaginar otra escenificación de su
significado que la de un tablao andaluz, con guitarras, vino y
señoritas disponibles, seguramente reflejo de lo que vio cuando viajó
a España por primera vez.
Pero el
estereotipo no sólo atañe a formas de pensar, de actuar, de hablar.
Existe una curiosa tipología de especímenes reunidos por su aspecto
físico. Hablando del poeta Rega Molina, dice que “era hijo de
español, pertenecía a ese tipo de español simiesco…” Seguramente
Borges se refería a un tipo de español que proliferó a mediados y
finales del XIX, de baja estatura, ancho de espaldas, piel morena y
mirada fija que emigró a Sudamérica, diseminándose por varios países,
entre ellos, Argentina, y que era muy amigo de hacer chistes sobre las
sustancias naturales que desprendemos los seres humanos. Creo que este
tipo de español acabó extinguiéndose. La evolución genética, en acorde
con la bonanza económica, ha hecho maravillas. Aunque juro haber visto
daguerrotipos de individuos españoles con rostros de indudable
atractivo y sorpresiva actualidad….
Los
nombres más frecuentes en las conversaciones de Borges sobre
literatura española y universal, como era de esperar, son los de
Cervantes, Góngora y Quevedo. Hay un juicio oscilante entre estos dos
últimos, que favorece, finalmente, a Góngora: “Lo mejor de Góngora es
mejor que lo mejor de Mallarmé”. Elogia el buen hacer literario y la
inteligencia de Fray Luis de León y piensa que San Juan de La Cruz es
uno de los mayores ejemplos de poesía amatoria.
Las
críticas a Gracián no descubren nada nuevo,- sus obras son una puesta
en escena de cartón piedra, sus textos, un mero mecanismo,
prolongación vacía del pensamiento escolástico, etc. -; pero
precisamente ese carácter de mecanismo que reduce la obra de Gracián a
mera manifestación de signo puro, se convierte en objeto negativo de
discusión reincidente. Esto no deja de corresponderse con lo que
Alberto Manguel recuerda: que a Borges le interesa tanto lo que dicen
los pensadores como la forma en que lo dicen.
La
aventura espiritual de Unamuno le gusta, incluso quiso ser Unamuno, de
alguna manera, como en más de una ocasión dijo, pero el exabrupto de
la prosa unamuniana, la impetuosidad en la formulación del pensamiento
es algo ofensivo para quien conoce muy bien la importancia de las
formas. “Unamuno escribió que él veía a Dios como el productor de
inmortalidad y que sólo eso le interesaba: su inmortalidad. Qué bruto.
Cómo no le interesaba saber que el mundo tiene algún sentido. ¿Por qué
le interesaba tanto su inmortalidad? No creo que Unamuno hubiera
adelantado mucho en el proceso de despersonalización”.
Estamos de
acuerdo en que los modos de Unamuno pecan de impaciencia, que puede
parecer un ansioso egoísta en ese ademán de casi agarrar por la
pechera a la divinidad reclamando inmortalidad propia, pero también
habría que preguntarle a Borges si ese “proceso de
despersonalización”, es por fascículos o prevé algún final real fuera
de toda retórica. Unamuno es un bruto, pero de las tosquedades de su
viejo y admirado Schopenhauer, Borges no dice una palabra. Más
adelante parece darse cuenta de que hay razones para reclamar
íntimamente esa inmortalidad personal, y piensa que acaso la querencia
de Unamuno pueda ser justificable. Lo que pasa es que Borges se
encuentra cómodo en lo impersonal; lo personal es quizá demasiado
complicado, es, a fin de cuentas, barroco, ya que en el concierto
universal de las multiplicidades en liza, requerir atención y
justicia absoluta para uno puede resultar complicado o quimérico.
Ortega es
otro de sus imposibles. Sencillamente lo rechaza por la cursilería de
su estilo, admitiendo que su pensamiento tiene aciertos, aunque
tampoco demasiados. Se atreve a criticar la hiperfamosa definición del
yo orteguiano y piensa que, a veces, superamos las circunstancias,
que no nos determinan tanto como Ortega apunta. Rechaza que sólo
seamos el producto de la historia, afirmando que nuestra excelencia
quizá resida en poder desligarnos de las servidumbres mentales y
sociales que nos impone. Cuando comprobó que Ortega no desistía en
sus ocasionales florituras, dejó de leerlo. Aquí, lo que a Borges le
molesta es la autocomplacencia. Personalmente, admito que el tono
pedagógico y los tirabuzones literarios que Ortega se permite a placer
en sus exposiciones se convierten en interferencias de sus
interesantes incursiones, pero ello no alcanza un nivel tan
escandaloso como para que la lectura se torne imposible. Aunque, en
definitiva, quizá Borges hizo bien; no sabemos cómo hubiera
reaccionado si hubiera leído lo que Ortega escribió, en el tomo VII de
El Espectador, sobre la forma de ser de los argentinos.
De Azorín dice que “debe
ser el único caso de éxito por méritos negativos”, lo cual convierte
al personaje Azorín en una curiosa rareza. Lo leerán quienes gusten de
su tempo literario. Simplemente.
Baroja es
otro de los criticados por el desmadejamiento de su estilo, pero les
atrae (a Borges y a Bioy) la honestidad con que mira la realidad.
El juicio
final sobre la literatura española es algo desalentador, pues según
Borges estamos hablando más de un espectro que de una realidad: “La
literatura española, mejorada por los traductores, ha engañado al
mundo. Cuando el idioma español sea la lengua universal, se descubrirá
el engaño”.
Esto
recuerda lo que Mircea Eliade dice acerca de los personajes de las
novelas de Dostoyevsky, cuando explica que el efecto alucinado que
presentan es más producto de la traducción que realidad originaria.
Ahora bien, aun contando con este importante dato, sería bien
laborioso negar el dramatismo dostoyevskiano, las novelas de
Dostoyevsky o, incluso, los personajes mismos. Simplemente, la
traducción multiplica o desfigura hasta cierto punto, aspectos
originales, y quizá, de un modo, felizmente irremediable.
Lo que
viene a decir Borges no es que la literatura española sea una
entelequia, sino que la traducción sobredimensiona engañosamente unos
efectos que son más modestos en origen. La traducción, pues, en
algunos casos, convierte al texto traducido en hipérbole de sí mismo.
Pero quizá, sean esos efectos modestos lo ilusorio y no a la inversa.
Es decir, que hay que agradecer el equívoco de que el mundo haya
interpretado tan españolamente la literatura española… Borges habla
más de un efecto estético que de una moral, de unas tramas, de unos
personajes. Sin embargo, ¿por qué Umberto Eco, a la hora de buscar una
lengua que pueda igualarse al alemán en fuerza sonora elige el
español? En realidad, quizá el efecto engañoso sea la familiaridad
con la lengua que creemos dominar. “La familiaridad produce
indiferencia”, como dijo Huxley.
Lo que
ocurre con la afirmación borgiana es que, debido a la especificidad
que denuncia, convierte a la literatura española en algo excepcional.
¿Cómo ha engañado la literatura española a todos los lectores no
españoles del mundo? ¿Cómo ha articulado su trampantojo para cautivar
a los críticos de ambos hemisferios? Eso es lo que Borges no explica,
y no lo explica porque hacerlo comportaría la indistinta aplicación de
ese juicio a muchas otras literaturas.
El error
de perspectiva consiste en aplicarlo extraordinariamente a una sola
literatura. Don Quijote, Sancho, Don Juan, Carmen, todos son
personajes literarios y de los más elocuentemente reales del
imaginario universal. Sencillamente, sin la idiosincrasia del pueblo
español y los avatares de su historia, serían estos personajes
literarios los que no existirían. El propio Borges admite que es
impensable un Don Juan en el mundo árabe, por ejemplo. Cierto es que
“las españoladas” han sido imitadas y promocionadas por los mismos
españoles; eso no indica sino que el artificio no existiría sin un
modelo, probablemente menos explosivo, pero real. Si admitimos que la
españolada es no sólo una parodia sino que se basa en una falacia, y
que no existe una tipicidad española salvo la que se representa en las
españoladas mismas, tendrían que pulular indistintamente, pero del
mismo llamativo modo que las españoladas, las italianadas, las
belgicadas, las eslovaquiadas, las francesadas, las alemanadas, cosa
que no sé si es tan claramente frecuente.
En
definitiva, ¿resulta aplicable lo dicho por Borges a otras literaturas
sobre las que no pesa un juicio tan severo? Porque lo que en
definitiva se postula en esa frase es que lo español no existe, salvo
captado-interpretado por mentes foráneas, lo que hace de la cuestión,
por un lado, una discusión nominalista, y por otro, un problema
irreductible, ya que lo mismo podría decirse de los productos
culturales de otras naciones: su identidad dependería de su percepción
por los otros. Típico juego de espejos borgiano.
Citaré un
par de ejemplos. Cuando Heine visita Italia, se ve desbordado por la
luz, la vivacidad de las gentes y las bellezas arquitectónicas de las
ciudades, y llega a decir, quejándose, que mientras Italia tiene a
Vivaldi, a Scarlati, a Paganini, ellos sólo tienen a Mozart. No hay
ironía en la apreciación. Heine veía pobre la cultura germana frente a
la rutilante Italia. Quizás hayan sido los no germanos los que han
santificado a Mozart.
Recientemente se ha traducido íntegramente al castellano la obra magna
de Hegel, “Fenomenología del Espíritu”. Según los profesores
universitarios tanto españoles como alemanes, esta traducción ha
mejorado la caótica prosa del pensador alemán. ¿No apuntan ambos
ejemplos a la reversibilidad de lo dicho por Borges?
Yo creo
que si la literatura española no hubiera entrado en crisis a partir
del siglo XVII, y hubiéramos podido contar con más ejemplos notables,
con una Ilustración y un romanticismo más productivos, Borges no
hubiera tenido que contentarse únicamente con los clásicos y no
hubiera dicho lo que Bioy recoge y nosotros estamos comentando.
Hay un
detalle importante en la frase de Borges: cuando todo el mundo hable
español, nos daremos cuenta de lo equívoco de su prestigio, de la
nadería final de su literatura. Esto resulta tan discutible como
groseramente obvio. Equivale a decir que la universalidad de una
lengua comportaría la uniformidad del pensamiento, la imposibilidad de
interpretar de modo distinto la realidad al modo en que, en este
caso, la lengua española nos permite hacerlo, cuestión más que
evidente y que sería aplicable a cualquier otra lengua, fueran las que
fueran sus posibilidades y limitaciones. Si en el mundo sólo hubiera
españoles, está claro que dejaría de haberlos, del mismo modo que si
sólo hubiera daneses. Necesitaríamos una valoración distinta a la mera
generalidad nacionalista no ya para diferenciarnos, sino para hacer
surtir la diferencia a través de clasificaciones distintas. La
diferencia se convertiría en el objetivo a perseguir y producir,
resultaría necesaria para percibirnos. Mientras existan alemanes, por
ejemplo, los alemanes no podrán dejar de percibir la literatura
española como alemanes. Por eso, Borges dice “Cuando el idioma español
sea la lengua universal”, es decir, cuando todos hablemos una sola
lengua, se acabará el misterio, la especificidad. El ejemplo de la
extensión del español en Sudamérica, confirmando la creación de otras
literaturas en el seno del mismo idioma, parece demostrar lo
contrario. La perspicacia borgiana corre el riesgo de convertirse en
una perogrullada, porque de lo contrario, ¿porqué es precisamente la
literatura española la que“ha engañado al mundo”? ¿Posee algo
realmente propio que es lo que hace que se la considere de un modo
concreto? ¿O cualquier literatura tendrá, irremediablemente, para el
lector no perteneciente a su idioma, alguna particularidad, alguna
señal identitaria, aunque sólo sea la que tónicamente imponga la
lengua en que esté escrita?
En el caso
fictivo de que en el mundo sólo se hablara español, está claro que la
diferencia posible habría que buscarla dentro de la propia
lengua, en las simas o periferias de ésta. Las circunstancias y las
mentes creadoras subvertirían esa lengua única. Pero volvemos a lo ya
referido. También sería lamentable que en el mundo sólo se hablara
francés, o chino, o argentino, abortándose las posibilidades
constructivas y tímbricas de otros idiomas…. La totalidad de las obras
escritas en una lengua, están condicionadas, huelga decirlo, por la
plasticidad y la primordialidad del idioma en que han sido producidas.
Lo dicho por Borges supone más un cuestionamiento de las identidades
que una mera crítica al influjo equívoco de una literatura en
especial. Yo, a veces, he fantaseado con la idea de que el mundo era
sólo España. Al final, acabo viendo españolas rubias que se me antojan
inglesas, conductas de “españoles” extrañas a las de los españoles.
Aun hablando y pensando en un mismo idioma, el monolitismo de las
personas es ilusorio. Claro que, no sé si Borges se dio cuenta de todo
esto al decir lo que dijo.
RAREZAS,
PURITANISMOS, INCAPACIDADES
Son conocidas de todos las críticas de índole política que han caído
sobre Borges, acusándolo de reaccionario e insolidario, o bien su
polémica, larga en el tiempo, con Sábato, sobre sus reticencias al
compromiso social. Parafraseando unas declaraciones del propio Borges
a un periodista que le interrogó sobre sus tendencias políticas,
creemos, como él mismo dijo, que ya hizo bastante escribiendo lo que
escribió, que escribir literatura fantástica o poesía, también es
defender el mundo, admitiendo que el compromiso con la sociedad en que
se vive debía consistir en una opción ética e íntima del escritor y no
en la manifestación de un automatismo militante.
De todos
modos, es, como siempre, el modo en que Borges se distancia o se
desentiende, el casto guarecimiento en el escepticismo, lo que, ante
la urgencia de los hechos sobre los que hay que pronunciarse, nos
irrita.
Hablando de la
“naturaleza funcional del discurso clásico”, Barthes dice que las
palabras de éste “se encaminan hacia el álgebra”. A veces he pensado
que este apunte barthesiano, revela las aspiraciones del estilo
prosístico de Borges, pero que aplicado a la postura que adopta ante
los azares y violencias concretas de la existencia, lo ubican
físicamente ante los desenvolvimientos, precisamente, menos
algebraicos de la vida. Cuando el poeta Lanza del Vasto, como motivo
de la independencia de Argelia, protesta con una huelga de hambre para
que esa independencia se produjese de modo incruento, a Borges y a
Bioy parece chocarles el modo original que tiene el poeta de
protestar. Es como si se lanzara al suelo a llorar haciendo
responsables a los otros, comenta Borges. Al parecer, en vez del modo
civilizado e inteligente de protestar de Lanza del Vasto, que busca
provocar la reacción de las fuerzas políticas implicándolas en la
responsabilidad del destino de un ciudadano francés que es él mismo,
la forma adecuada hubiera sido, según Borges, volar, directamente,
por los aires los tanques franceses. A Borges no le molesta que Lanza
del Vasto protestase, sino la atrevida forma en que éste lo hizo.
Hablando
de Rimbaud, dice que su suerte literaria depende sólo de un poema,
El Barco ebrio. Supongo que simularía no darse cuenta de que, como
dice Leopoldo María Panero, “lo que importa de Rimbaud no es lo que
dice, sino por qué se dice y cómo se dice”. Obviar el valor
extraliterario de Rimbaud, aunque sus biógrafos acaben por sumarnos en
el hastío, no es algo tan fácil todavía.
A veces parece que
Borges mire el mundo aislado, desde una burbuja de cristal. “Qué raro
que a la gente le guste el vino”, dice. Tan extraño como que florezca
una rosa, desde luego.
De la
música de Stravinsky, elogia su colorido y vivacidad, pero a
continuación, previniéndose de toda desmesura, advierte: “Mejor no
decírselo a Stravinsky. A lo mejor su música expresa toda la tristeza
del mundo moderno”. De nuevo, la paradoja actuando sorpresivamente.
¿Qué quiere decir Borges? ¿Qué el compositor ruso no sabía lo que
escribía?
En
realidad, lo que Borges sugiere es que la música stravinskyana es una
expresión de la alienación de la sociedad moderna, y claro, lo peor de
estar alienado es no saberlo. Lo que ocurre es que este tipo de
cautelosas observaciones sobre la música contemporánea,- recordemos,
de paso, la descalificación tajante que hace de Piazzola o la burla,
de la que también Bioy participa, sobre la libertad interpretativa en
las composiciones musicales de vanguardia - , parecen revelar lo que
podríamos denominar una cierta incapacidad dionisíaca. En Borges hay
una asimetría entre la dimensión de sus lecturas y los gustos
musicales. No es tanto que tema mórbidamente abandonarse, como que se
niegue a aceptar la aventura no clásica de la música moderna. ¡Pero si
el mismísimo Gardel le parecía ya una aberración del tango originario!
Literariamente, puede surcar los laberintos de un Joyce, reflexionar
sobre las pesadillas de un Kafka, evocar las viriles gestas de los
antepasados, los esplendores de batallas míticas, pero experimenta una
curiosa ineptitud para hacer lo mismo con la diversa y riquísima
música de su tiempo.
A veces
Borges es anodinamente cruel. Refiriendo el fallido intento de
Menéndez y Pelayo y Gurmersindo Laverde de presentar una historia de
la ciencia española a través del volumen titulado de esta forma y cuya
primera edición es de 1876, dice que “se reunían a conversar: los
imagino muy sucios, evil smelling”. Caramba. ¡Diablillos
apestosos! Para decir que ambos autores concibieron una obra más
artificial que ilustrativa o pedagógica, los convierte en arteros
conspiradores de la verdad, en brujos preparando una receta venenosa y
les aplica una sanción religiosa basada en la dualidad
pureza-impureza. Yo creo que no los incluyó en su Historia
universal de la infamia, porque ambos autores urdieron la
travesura “a escondidas”, mientras que los piratas, bandidos y
gángster de su libro son ejemplares: hacían el mal abiertamente, y
disparan sin pensárselo dos veces a la cara. Supongo que si en vez de
ser españoles, se hubiera tratado de dos pseudoeruditos franceses o
ingleses tratando de hacer circular por las escuelas de su época algún
tipo de mistificación histórica, Borges habría sido más benigno,
interpretando el hecho cómicamente o justificándolos aunque sólo fuera
como creadores de apócrifos, pero no los hubiera imaginado “sucios”,
precisamente.
Es algo muy elemental decir que una afirmación cualquiera suscita la
opuesta en el interlocutor que escucha. Personalmente, no he leído el
volumen de Bioy a la defensiva, todo lo contrario: ya he dicho que
nunca se me han hecho tan gratas y leves a la lectura las más de 1500
páginas del presente libro. Podría escribir otro artículo tan largo
como este sobre las numerosas e interesantes observaciones que Borges
nos facilita a través de su amanuense secreto, Bioy, sobre los más
diversos aspectos de la literatura y de la vida. Y desde luego, bien
lejos de mis intenciones el esbozar, siquiera, un retrato moral de
Borges. Simplemente he reaccionado ante las afirmaciones que me han
parecido injustas, previsiblemente feroces o artificiosas, ante los
tics y las observaciones del Borges que me parece más extraño y
maquinal. Como Borges renunció a su yo, su inteligencia habla por él.
De ahí que resulte tan brillante como antipático.
Lo que he pretendido no ha sido juzgar sino comentar. En realidad, y
leyéndolas con cierta perspectiva, las consideraciones de Borges sobre
la literatura española, por ejemplo, aunque conservando su capacidad
provocadora, también suenan ya algo tópicas, como si en parte, hoy las
hubiéramos superado o aceptado.
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